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17 de marzo de 2026

La nieve roja

 

La nieve roja



 —Cariño, ven aquí un momento. Tienes que ver esto. Trae mi cámara. Está en el cajón bajo de la cómoda.
     La voz urgente de mi marido me obligó a poner en pausa la lectura. Y ahora, ¿qué? Llegamos al pueblo hace cinco días y desde entonces no hemos parado de limpiar, arreglar, cortar leña. Todo para pasar la Navidad perfecta lejos de la ciudad y el ruido. Por fin estaba sola y sin trabajo pendiente. Traje varios libros con la intención de leerlos todos. Un sillón cómodo, una manta, el fuego y una copa de vino. Un lujo.  Pero me da que esto iba a postergarse para otro momento.
     —¡Apúrate o te lo vas a perder!
      Suspiré, dejé «1984» en la mesita, eché la manta sobre los hombros y fui en busca de la cámara. Cuando salí al porche, mi marido me la quitó de las manos con la impaciencia de un cazador de la imagen perfecta.
     —Mira. El cielo. ¿No es una maravilla? ¿A qué nunca has visto nada igual? Esta va directa al concurso. ¿Ves? El blanco de la nieve y ese rojo… Es perfecta. Te has quedado muda, cari.  Te lo dije.
     Miré arriba. Aquello no eran nubes, sino trozos de sangre espesa esparcidos hacia el horizonte. Me sentí aplastada y con falta de aire. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me arrebujé en la manta. Un recuerdo oculto subió a la superficie de mi memoria. Vi a mi marido haciendo ráfagas de fotos. Sus ojos brillaban de excitación. Mientras, yo esperaba que aquel cielo se derramara en una lluvia de sangre. Rojo sobre blanco. Como hace cuarenta años y a miles de kilómetros, en los lejanos Cárpatos.
 
     Pasar las vacaciones de invierno en la otra punta del país, sin mis padres, prometía ser una aventura. Éramos un grupo de unos cuarenta adolescentes y varios monitores adultos.
     Después de diez horas en tren ya nos conocíamos. Cuando llegamos al campamento, en mitad de la nada, rodeado de montañas y bosque, nos repartieron en varias cabañas. Todo era fiesta y jolgorio. La nieve era infinita. Solo podíamos desplazarnos por los estrechos caminos abiertos con palas y sal. Y para varias docenas de chavales era la invitación para empezar una guerra de bolas de nieve.
     Ahora pienso que aquella fue una época perfecta. Mi mente borró las discusiones, los celos y peleas por tonterías. De día hacíamos las actividades, rutas y paseos; por la noche, a la luz del fuego, nos contábamos las historias de miedo. ¡Qué típico en aquella edad! Y qué tontos fuimos por no hacer caso a los rumores sobre las desapariciones. Creíamos que eran chanzas de los lugareños para meter el miedo a los de la capital. A fin de cuentas, éramos forasteros. Y los forasteros no escuchaban, solo sonreían e iban a lo suyo.
     Cada mañana, a las siete en punto, salíamos a una explanada detrás de las cabañas para hacer la gimnasia matutina. El amanecer en los Cárpatos era majestuoso. Cuando el sol se asomaba por encima de los picos, teñía el cielo en los colores más inverosímiles: mezclas de rosa con amarillo, violeta con lavanda, azul noche con azul bebé. Y toda esta fiesta cromática convertía la nieve en una alfombra de diamantes.
      Aquella mañana, unos días antes de la Nochevieja, hacía muchísimo frío. Entre risas salimos en tropel para ejercitarnos y volver corriendo al calor de las casas. Fuera estaba más oscuro de lo normal. Las farolas apenas nos alumbraban el camino. La nieve no reflejaba su luz, sino que la absorbía. Nuestras risas no hacían eco. Como por una señal invisible, todos bajamos la voz. Cuando llegamos a la planicie, vimos a los monitores discutiendo con una señora mayor. La mujer parecía disgustada y no paraba de señalar al cielo: el más extraño que haya visto nunca. Sobre el fondo gris, las nubes de un rojo espeso se amontonaban como si fueran trozos de algún animal celestial. Herido. Destrozado. Mis compañeros quedaron boquiabiertos. Los chicos mantuvieron el tipo. Algunas amigas empezaron a llorar y corrieron en desbandada. Unos cuantos quedamos ahí, esperando sin saber el qué.
      La mujer se dio por vencida. Al pasar por mi lado, me miró a los ojos y meneó la cabeza. Me cogió de las manos. Sentí una descarga de corriente eléctrica.
    —Cielo de sangre. Korochun-chort, el Demonio de la nieve, está de caza. Cuídate, niña. Dile a tus amigos que no salgan después del ocaso de ahora en tres días. Vuestros cuidadores no me escuchan. Piensan que estoy loca. Y la vieja Marusia sabe lo que dice… Yo lo he visto antes. Muchas, muchas veces.
     Me quedé de piedra. Algo se removió en mi interior. Miedo y curiosidad a partes iguales. Korochun-chort. En aquella época era impensable buscar la información tecleando un par de palabras. Había que creer a los mayores. O no. Y yo solo era una niña de quince años que dos horas después iba con sus compañeros por el medio de la cresta de un monte y cantando a pleno pulmón. Me sentía viva y valiente. Tan valiente que me atreví a beber el agua de un pozo. Por la noche ya tenía fiebre y gastroenteritis que me dejaron postrada en la cama.
     Decidí ver el lado positivo de mi repentina enfermedad, ya que pude quedarme en la habitación sin hacer gimnasia y escaquearme de los preparativos para la celebración del Fin de Año. No me apetecía cargar troncos de madera para montar una enorme fogata. Estar calentita, a base de tés y sopas, leyendo a placer sin que nadie me moleste, no era un mal plan.
     La tarde del treinta y uno de diciembre era de locos. Mis compañeras me enterraron bajo vestidos y blusas. La habitación se convirtió en una pasarela de moda y un centro de maquillaje y peluquería. Era la primera vez que lo celebrábamos sin nuestras familias. Podíamos pasar la noche sin dormir, bailar y, quién sabe, besarse con algún chico a la luz de la fogata. Yo me moría de envidia. Tenía mucha ilusión para estrenar mi nuevo vestido y bailar con Tarás, un chico muy guapo que me traía libros y té. Pero seguía enferma y no podía alejarme mucho de un baño. Ser imprudente tenía un precio.
     La puerta de la calle se cerró con un golpe y me separó de las risas de mis amigas. Me quedé sola. En la cabaña y en todo el campamento. La fiesta se celebraba en un claro del bosque cercano.
      Era raro oír el silencio. Encendí la radio. La música me molestó con su ruido. La apagué. Cogí un libro. Los ojos me empezaron a picar y los cerré. Creo que me dormí. Me despertó un ruido. Un crujido en la planta baja. Ya era noche cerrada. A través del cristal se veía el cielo. Negro. Con miles de estrellas. Las farolas estaban apagadas. Muy extraño. Encendí la lámpara de la mesita. Nada. No había luz. Otra vez el crujido. Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Me quedé muy quieta. Afiné el oído. Abajo había alguien. ¿Tal vez alguna compañera que se había olvidado de algo? No me atreví a gritarle. Decidí esperar.   El ruido se repitió.  Más fuerte. Me tiré al suelo y pegué la oreja a la fría madera. Escuché unos jadeos. Pasos de un lado al otro. Abrir y cerrar de puertas. Alguien buscaba algo. Pisó la escalera. El crujir del cuarto escalón me dejó helada. Con cuidado moví la silla y la coloqué debajo de la manilla de la puerta. Me escondí detrás de la cama y me tapé con una manta.
     Los pasos se acercaron a mi habitación. Oí los resoplidos de algún tipo de animal. Tal vez un oso.  Me acordé de aquella mujer, Marusia, y del Demonio de la nieve. ¡Por Dios! ¿Será la verdad lo que dijo? Quise gritar. Me tapé la boca con las dos manos. Dejé de respirar. El sudor frío me bajó por la espalda. Esperé… Esa cosa seguía al otro lado de la puerta. Oí moverse la manilla. Rogué a la silla que aguantara. La cosa golpeó la puerta. La arañó. La madera resistió. Ay, mamita, ayúdame. Papá, ojalá estuvieras aquí…
       Fuera se oyeron unas risas.
      La cosa gruñó y se lanzó por las escaleras. Oí un portazo. Después, unos gritos ahogados.
     Conté hasta diez y salí de mi escondite. Miré por la ventana. La luz de la farola más cercana descubrió unas enormes huellas a través de la impoluta nieve. Bajé corriendo al vestíbulo y tranqué la puerta de entrada. Cogí un atizador y corrí a mi cuarto. Ahí me quedé hasta que oí sirenas y gritos.
Amanecía.
     Cuando salí al porche, una multitud de gente corría de un lado al otro: policías, perros, lugareños. En la cabaña vecina vi a los monitores consolar a los chicos. Me acerqué hasta ellos. Enseguida me rodearon con abrazos de alegría. Yo no entendía nada. Parecía que me daban por perdida.
     A trompicones me contaron que habían desaparecido Taras y Zoya. Parece que mientras los demás bailaban cerca de la hoguera, ellos se separaron del resto. Y nunca más se supo de ellos. Lo único que encontraron fueron unas huellas de algún tipo de animal y restos de sangre. El rastro se perdía en lo profundo del bosque. Los perros se negaban a buscar. Y, según los vecinos, esto pasaba en los años bisiestos. Aunque seguramente, eran cosas de viejos.
     Me quedé fría. Korochun-chort los raptó. Abrí la boca. La cerré. ¿Acaso me creerían? Mis amigos ya estaban muertos de miedo.
Los monitores y las autoridades locales decidieron dar por terminadas nuestras vacaciones. En un par de horas, vendrían unos autobuses a recogernos en el pueblo cercano. Hasta ahí había que ir a pie.
     Cuando llegué a mi habitación, en la puerta vi unos arañazos. No estaba loca ni era un sueño. Había ocurrido de verdad. Me callé y me obligué a olvidarlo todo. En aquella época no se hacían las preguntas incómodas.
     Los cuatro kilómetros que nos separaban del pueblo se convirtieron en una ruta larga y triste. Parecíamos los corderos yendo al matadero. Todos teníamos miedo. ¿Y yo? La que más. Veía al Demonio detrás de cada tronco; oía sus gritos en cada rama rota por el peso de la nieve; sentía sus ojos clavados en mí…  Los lugareños nos recibieron con caras serias y el conocimiento oculto de lo que había pasado. Lo vi en sus miradas. Antes de subir al autobús, sentí que alguien me agarraba del brazo. Era Marusia.
     —Ay, niña, cuánto lo siento. Cuídate y lleva esta cruz de madera de olmo. No te la quites nunca. Korochun-chort te conoce. Algún día te buscará.
Y nunca la quité.
 
 
     Un golpe seco me despertó en plena noche. Todavía estaba algo mareada por el champán. El cuerpo me dolía. Era un dolor placentero. Hicimos el amor como antes. Mi mano buscó a mi marido. Su lado de la cama estaba vacío. Sentí una ráfaga de aire frío.
     —¿Cariño? —Me puse la bata y bajé. La puerta de entrada estaba entreabierta.
Salí fuera. Caían suaves plumas de nieve. Grité a la oscuridad:
     —¡Manuel! —La noche me devolvió el silencio. Mi pie tropezó con algo. Era su cámara. Rota. La correa de piel estaba arrancada. Mi mano se manchó con sangre. Quise gritar. La garganta cerrada no pronunció ningún sonido. Busqué la vieja cruz de madera. La apreté con fuerza. 

Bajé al prado. Y ahí las vi— huellas grandes y separadas—que se perdían en la llanura blanca.
 




15/01/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Este relato pertenece a la série "El viento de la estepa".
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1 de febrero de 2026

La modista de alegría

 La modista de alegría



 

En 1945, cuando las ruinas de Kyiv seguían cubiertas por un velo de tristeza, el único punto de color lo ponía el balcón del segundo piso de la casa de los Kravchuk. En la calle Lystopadna era uno de los pocos edificios que quedaban en pie. Allí vivía Olga Vasilievna, modista de la época de paz y una mujer extravagante por naturaleza.           

           Con los años de guerra y hambre, todos tenían el armario igual de apagado; pero Olga insistía en colgar de la barandilla oxidada cintas de tela teñida con remolacha y cáscara de cebolla, como si quisiera provocar a la miseria a un combate «cuerpo a cuerpo». Y, casi siempre, Olga ganaba.

          No era una mujer fuerte. Tampoco una mártir. Era más bien un torbellino indeciso: tres ideas a la vez y ninguna terminada. Cosía, descosía, volvía a coser… y acababa sacando una prenda que solo a ella le parecía sensata.

          Su taller, que se extendía por todas las habitaciones, era un caos delicioso. Cajones desbordados de botones sin pareja, cordones, cuerdas, ovillos enredados como serpientes de colores. Retales de manteles y cortinas quemados se mezclaban con prendas heredadas de abuelas que ya nadie recordaba. Todo aquel batiburrillo pertenecía a la otra época cuando el sol alumbraba la belleza y el cielo azul no albergaba la muerte. Los uniformes militares de un verde tristón y un gris apagado ocupaban una habitación entera. Últimamente, era lo que más podía conseguir en los mercadillos improvisados. Aquel revoltijo Olga Vasilievna lo llamaba «inventario con posibilidades». Para los demás era solo «trapos».

          Las clientas no acudían buscándola por talento, sino por pura curiosidad. Y, también, como no, porque era de las pocas afortunadas que conservaban la máquina de coser. Las señoras entraban, se sentaban, suspiraban, y le dejaban sus prendas con un gesto resignado.

          —Pero no me pongas nada raro, ¿eh? —decía siempre alguna.

          Olga asentía muy seria, y luego hacía exactamente lo contrario. Si una falda tenía un agujero, ella lo convertía en un bolsillito secreto para meter deseos escritos en papel o, simplemente, unas pocas monedas escondidas de los ladrones. Si una camisa venía amarillenta, la teñía con zelionka, dejándola de un verde agua, «como la esperanza», decía. Y si una prenda estaba demasiado gastada, la transformaba en otra cosa que nadie había pedido: un pañuelo psicodélico, una camisita para un bebé, un delantal que recordaba a una vidriera rota.

          Algunas clientas resoplaban de indignación. Otras, especialmente las jovencitas, se encariñaban con esas rarezas. A pesar de dolor y miseria, ellas seguían siendo niñas.

          Pero lo que nadie sabía —porque ella no lo confesaba ni en sueños— era que Olga Vasilievna no soportaba la idea de que todo siguiera igual después de la guerra. Le repugnaba el gris, la repetición, la gente anodina caminando cabizbaja como si ya no tuviera permiso para soñar. Así que, en vez de quejarse, hacía lo único que sabía: meter color donde no lo habían pedido.

          Un día la modista hizo algo que la convirtió en una pequeña leyenda local. Decidió dar la salida a la ropa verde caqui. De un montón escogió un abrigo militar, rígido, ajado, más muerto que vivo. Lo descosió, lo lavó y lo golpeó con una tabla. La tela se ablandó. Olga sonrió… Mil ideas revolotearon en su cabeza…

          Estuvo encerrada cuatro días. Los vecinos, extrañados, pensaron de todo. ¿Habrá muerto la loca excéntrica? Sin embargo, el sonido de la Singer que se escuchaba detrás de las ventanas cerradas a cal y canto les decía lo contrario.

          Al quinto día, Olga Vasilievna Kravchuk, la modista de la calle Lystopadna, surgió como ave Fénix. De hecho, se parecía a una. Vestía un abrigo verde lleno de parches circulares de colores imposibles. Aquel caleidoscopio ambulante rompía la monotonía de luto. Era indecente. Era provocador. Cuando detrás de espesas nubes salió el sol, el abrigo cobró vida.

           Los viandantes se ofendieron. Algunas mujeres se santiguaron. Olga, sin hacerles caso, se dirigió al mercado.

          Al día siguiente, tres jovencitas de la zona llamaron a su puerta, fascinados por aquella locura que era la comidilla en todo el distrito.

          —Queremos algo así. Algo que rompa la tristeza.

          Y Olga, agradecida, sintió un calorcito en el pecho. No había salvado a nadie. No había sido ejemplo de nada. Sencillamente, su extravagancia había encontrado espejo. Y eso, en los tiempos que corrían, era casi un milagro sin pretensiones.

          Desde entonces, el barrio siguió igual de pobre, igual de cansado… pero cada tanto, en medio de la calle, asomaba una prenda absurda, colorida, terca. Un recordatorio de que, incluso cuando la vida te obliga a andar encorvado, siempre existe alguien capaz de enderezar la costura.




                                                                                                         13/01/2026, Gijón
© La Pluma del Este

5 de septiembre de 2025

El zar caído

El zar caído 





“Fui zar de la carretera…

Hoy aguardo mi final entre la chatarra.”

V12 

 

 

Permítanme presentarme: soy Mercedes-Benz M120, aunque se me conoce como el V12. “Nací” en Affalterbach, un pueblito en el sur de Alemania. Mis primeros recuerdos son una continua sucesión de destellos: ruido metálico, golpes, chispas, máquinas con brazos largos, aceite y manos humanas hundidas en mis entrañas. Lo siguiente que recuerdo es estar en un podio al lado de otros como yo: elegantes y de líneas perfectas…

          Los flashes de las cámaras de fotos rebotaban en mi superficie negra y lisa como un espejo. Con cada centímetro de mi carrocería sentía el deseo de poseerme. Ay, qué ilusos son los humanos. No lo pueden tener todo. Yo elijo a mi conductor… aunque esa vez el destino me la ha jugado.

          Aquel aciago día me vi rodeado de un grupo de hombres con trajes mal cortados, zapatos nuevos que aún chirriaban, y miradas voraces, hambrientas de todo. Olían a vodka y hablaban en una lengua áspera. Venían de un país que acababa de desmoronarse y con una estúpida creencia de que el mundo les debía algo. Ese día supe lo que significaba la palabra ruso: hambre, codicia y desprecio por los semejantes.

          Entre ellos había uno especialmente atento a mis atributos. No dejaba de dar vueltas a mi alrededor. Me tocaba con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme. Sus ojos de acero, tan parecidos a mis piezas metálicas, cobraron vida. Sin duda alguna, querría tenerme… Cueste lo que cueste. Me sentí complacido. El ruso pidió que me arrancaran y acercó su oreja para oír el latido de mi motor. Su rostro inerte quedó reflejado en mi capó. Un maletín negro pasó de manos.  Mi destino quedó sellado al de Igor Ivánovich Maksimov, un politicucho gris, salido de las cloacas del Kremlin. 

          Llegamos a Moscú con mucha pompa. Igor se pavoneaba y sembraba la envidia entre los suyos. Me conducía con mano firme por la calle Tverskaya, donde los muros rojos del Kremlin creaban sombras dentadas en el asfalto gris. Al salir del centro, que era un falso escaparate para el mundo, la imagen cambiaba: la nieve sucia tapaba los traicioneros baches. El humo de fábricas supervivientes de posperestroika teñía el aire de gris. Los imponentes edificios estatales cedían el paso a las casas viejas y mal cuidadas. Y los rusos, gente triste y también gris, formaban interminables colas para comprar el pan. Las luces frías de neón, la señal luminosa del occidente, alumbraban toda aquella decadencia.

          Entre Ladas y Moskvich destartalados, yo me erigí en el zar de la carretera. Por donde pasaba, la ciudad entera se inclinaba ante mí. Ni Chaykas, ni Volgas, coches oficiales, me eclipsaban. Yo, era el primer V12 que los moscovitas contemplaban boquiabiertos. Pronto descubrí que toda aquella ciudad respiraba violencia y negocios turbios y yo no era un mero observador. El motor enganchado a la gasolina rusa, cada derrape, cada giro, cada paso por el arco de la Torre Spasskaya, llevando a Igor a las reuniones secretas en el Kremlin, me hacían partícipe de aquella falsa opulencia.

       A los tres meses de mi nueva vida en Moscú he presenciado la caída de mi propietario. De hecho, cayó desde una de las ventanas del Ministerio de Transporte: sus sesos quedaron pegados en mi parabrisas.  

       El cambio radical de mi vida llegó con Vasil Kondratov, apodado Dolgorukiy (Mano Larga). Con él me sumergí en el mundo oculto de Bratva, la mafia rusa. Yo era su orgullo y estatus. Él era el más rudo entre los rudos. Más bestia entre los salvajes con trajes de cachemir. Su abrigo de lobo acariciaba mi tapicería. Muy pronto me acostumbré al peso de sus armas en mi guantera. Sus manos fuertes y con cicatrices, agarraban el volante de cuero y mi metal rugía y corría por las calles, dejando los coches de la competencia o de la policía rezagados como viejas tartanas. Las balas silbaban a mi alrededor y ninguna osaba rozarme. En mis asientos han sucumbido las mujeres más bellas… Y lloraron los hombres débiles… Sin embargo, el fatalismo empujaba a los rusos a vivir rápido y sin miedo a morir. ¡Qué tiempos aquellos!

          Y toda esa existencia acabó con un relámpago de disparos, carrera, más disparos, un choque y seis vueltas de campana. Todavía huelo el humo mezclado con sangre y aceite… Vasil con el cuerpo dentro del parabrisas y su abrigo, teñido de rojo, goteaba sangre. Su nueva novia, la que antes era la novia de su competidor, con la cara incrustada de cristales… Fuego… y una explosión.

          Poca cosa ha quedado de mí, después de que me cortaran para sacar los cuerpos. Los ecos de aquella explosión aún resuenan entre mis restos y olor a gasolina, me recuerda lo efímero de la gloria. Ahora, dos años después, yo, el legendario y magnífico V12 que ha tenido una vida corta, pero apasionante, estoy en un desguace a la espera de convertirme en un cubo de metal retorcido.  Sonrío por dentro. Así es la vida… Ojalá fuera un coche normal, como aquellos, familiares; con los asientos llenos de dedos azucarados y de pelos de un perro, haciendo viajes bajo el sol con risas y canciones. Pero mi destino era otro. Y aquí estoy, recordando y esperando mi final…

           ¿O no?

         






05/09/2025, Gijón
 © La Pluma del Este

18 de agosto de 2025

Los pucheros de la memoria

 Los pucheros de la memoria




En cualquier época del año, la cocina de mi Babushka rebosaba de colores.
     En invierno, cuando mirabas por una ventana, solo veías un manto blanco infinito que, más allá, cerca del horizonte, se tornaba gris. Sin embargo, si mirabas por la otra, esta pureza se rompía con cientos de esqueletos de los árboles del bosque cercano, que dormían con un sueño agitado. De vez en cuando las ramas, cargadas de pesada escarcha, se rompían y, si afinabas bien el oído, podías oír sus quejidos de dolor. Aquel mundo de blanco y negro era un fondo perfecto para el espectáculo de color que se daba en la cocina de mi Babusia.
      Las mazorcas amarillas de maíz seco, amontonadas en un cesto del mimbre blanqueado, esperaban a punto de ser desgranadas por nosotros, un grupo de primos de todas las edades. Entre bromas y carcajadas, las semillas doradas llenaban el otro cesto, más pequeño, destinado a las gallinas. Y Babusia, meneando la cabeza, se afanaba pelando una enorme calabaza rayada. Los suculentos trozos de un naranja intenso poco a poco colmaban una gran olla de hierro fundido. Luego, Babusia la rellenaba con la leche del día, añadiéndole arroz, azúcar, mantequilla y una pizca de sal y palitos de canela. La olla, ya tapada, iba directamente al horno. Y en poco tiempo, el aroma envolvente se expandía por todos los rincones de la casa; azucarado, sabroso y lleno de recuerdos. 
     Nuestro trabajo y la preparación del puchero de calabaza dulce se terminaban a la par. Recuerdo las caras felices alrededor de una amplia mesa, cubierta por un mantel floral y con los platos blancos esmaltados, repletos de trozos humeantes de calabaza, salpicados de perlitas de arroz. Y, cómo no, una hogaza de pan casero, con la corteza dorada y crujiente, coronando el festín…
       Y cuando llegaba, Velykodeñ, el Día Grande de la Pascua ortodoxa, el arcoíris se instalaba no solo en la cocina, sino también en el comedor y en las habitaciones; en todas las mesas disponibles para exponer las coloridas pascuas, los huevos pintados y los Pyrogý, rellenos de requesón, de semillas de amapola, de mermelada casera…
    Mientras cierro los ojos, puedo sentir la brisa que está jugando con las miríadas de pétalos de manzanos y cerezos, y sus ramas, apenas vestidas de diminutas hojas esmeralda. Veo el sol irrumpiendo por las ventanas de la cocina, abiertas de par en par, y a Babusia y sus hijas, mis tías y mi madre, con manos y delantales manchados de harina…
      No era fácil amasar a mano, así que lo hacíamos por turnos. Dejábamos a reposar aquella gigantesca masa hecha de kilos y kilos de harina, de decenas de huevos de gallina y oca, con las yemas de un amarillo intenso; levadura fresca, mantequilla y azúcar. La masa crecía y la volvíamos a amasar. Y todo el trabajo, se acompañaba de alegría, canciones y risas, chistes y recuerdos… Una de mis tías había “asaltado” el escondite de mi abuelo y nos trajo una garrafa de cristal llena de nalyvka, el vino casero, fresco y dulce, hecho de frutas. Era la receta especial del abuelo.
     Y, por fin, llegaba el momento de repartir la suave y elástica masa, de un tono amarillo. Nos untábamos las manos en el aceite y las hundíamos con mucha delicadeza. Trozo a trozo, la masa palpitante se adaptaba a los moldes y esperaba a ser pintada con las yemas de huevo de ganso. Después de reposar los moldes, Babusia con el sumo cuidado los metía en el horno. Y el carbón pálido, moteado de un rojo incandescente, los envolvía en un caluroso abrazo.
    Poco a poco, surgían los aromas… Un sinfín de ellos. Embriagadores, de los que te alimentan el alma, que te hacen sentir como un niño. Así huele el recuerdo de amor. Ese amor de infancia, de lo bueno, de la familia…
     Las pascuas, con las cortezas, doradas y brillantes, que sobresalían de los moldes, se sacaban del horno y Babusia las ponía en filas para enfriar. Pasadas unas horas, empezaba la fiesta de color. Cada pascua, con mucho cuidado, se decoraba con la pasta de azúcar, bolitas de chocolate, arena comestible de distintos colores, flores de oblea, figuritas de gominolas… Y todos participábamos en ello. Con más o menos éxito…  Con la decoración hecha, las pascuas se colocaban en bandejas a la espera de ser bendecidas… Ahora tocaba el turno a las decenas de huevos cocidos. Solo de recordarlo, me río… ¡Cómo nos poníamos de coloridos! Del mismo color que los huevos pintados: rojos, verdes, amarillos, naranjas, azules, violetas… Los adultos nos reñían, pero, a pesar de todo, aquello era la felicidad pura…
    Ya en pleno verano empezaba la preparación de mermelada. Los cestos de mimbre rebozaban de fresas, frambuesas, cerezas, grosellas negras y rojas… Aquella explosión de los rojos de distintas tonalidades se mezclaba con el blanco de azúcar. La cocina se convertía en un laboratorio mágico y Babusia, armada con la cuchara de palo, era la maga creadora. Las ollas llenas hervían, y la espuma de un rosa intenso subía sin parar, y yo, mi hermano y algunos de los primos, con cucharones en mano, la recogíamos en platos de porcelana blanca. El contraste era espectacular. Al enfriar, la espuma desaparecía y solo quedaba el jugo dulce y espeso de frutas. Cada uno de nosotros, con un pedazo de pan y una gran taza de leche bien fría, dejábamos los platos limpísimos y quedábamos a la espera de la siguiente recogida. 
    En otoño llegaban las manzanas de colores, la remolacha, las patatas, las vainas de frijoles, los girasoles con pipas apretadas en dibujos geométricos perfectos… Y mi Babusia, como si fuera una reina de aquel mundo que ya no existe.
    ¿Por qué, cuando recordamos nuestra infancia, los recuerdos nos llevan irremediablemente a la cocina de nuestras madres y abuelas? ¿Por qué los recuerdos más vívidos se asocian con la comida y las reuniones alrededor de una mesa? ¿Por qué somos capaces de cerrar los ojos y percibir el aroma de nuestros recuerdos? ¿No será que la cocina es el corazón palpitante de una casa? ¿O un taller donde los recuerdos se guardan en los frascos? Pienso que para describir lo que siente cada uno al respecto, sobran las metáforas. Para mí, la cocina es una única palabra: FAMILIA.






                                                                                      16/08/2025, Gijón
© La Pluma del Este



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Nota de autor: BABUSIA- abuela en ucraniano

17 de julio de 2025

La entrevista

La entrevista 



        —Pase, por favor. Siéntase tranquila… Ya hemos leído su currículo, pero nos interesan los matices de su personalidad. Háblenos sobre usted. Sin prisa… Queremos conocerla.     
        —Vale, lo intentaré, pero ruego que comprendan que no es habitual para mí hacer esta especie de autorretrato.
» Como ya sabéis, nací en Ucrania cuando todavía era una parte de la URSS y me he formado ahí. Mi padre murió…  Lo mataron cuando yo tenía veinticuatro años; me tocó cuidar de mi familia. Ha sido muy difícil. Tuve que encargarme de todo. Esto me hizo sentir útil y valorada. Si bien, de vez en cuando, necesitaba un distanciamiento de todo…
» Soy exigente. A veces, maniática. Me gustan las cosas bien hechas. Mi papá me decía: “Hija, todo lo que hagas, hazlo de la mejor manera posible”. Hasta el día de hoy lo cumplo a rajatabla. Sigo el orden y la lógica, pero me esfuerzo por no llevarlos hasta los extremos. Vivir en Cuba y en España me ha “latinizado” un poco. ¿O será la edad que me ha vuelto más flexible?…
» Hace tres años descubrí la escritura creativa. Me vino bien para ordenar mi mente y dar una salida a mi imaginación. Me fascina la novela negra y el thriller policiaco… Puede que demasiado… En muchos de mis relatos muere alguien. Y me surgen las dudas: ¿sería capaz de matar?… Perdone por mi sinceridad… ¡Pero si yo hasta quito los caracoles del camino para que nadie los pise! Muchos perros de la zona me conocen. (Los cabroncetes saben que llevo las chuches en el bolso.) Mis peludos me adoran. Y lloro con las películas tristes. Jamás haría daño a nadie a propósito. Nunca. Esto sí, si me tocan a los míos, a mi familia, no respondo por mí… Lo siento… Creo que seguiré asesinando en mis escritos. Para desahogarme…
» Soy muy sensible… Y romántica…  Me encantan las flores. Mi favorita es el Clavel Turco. Es resistente y se adapta a cualquier terreno. Tiene unas florecitas aterciopeladas entre un marrón chocolate y el amarillo canario. Y con un olor fuerte y, a la vez, delicado. Cada vez que puedo, voy al pueblo a enterrarme en el jardín mondando, plantando y replantando. Hasta tengo un enorme arbusto de la uva crispa. Es muy típica de mi país, Ucrania. Para comer es algo ácida, pero para una mermelada, es perfecta…
» Me gusta muchísimo cocinar. Y mucho más, dar de comer. Si tuviera una casa grande y el dinero, haría fiestas cada mes. Invitaría a mis amigos y a algún que otro vecino. Es muy entretenido observar cuando las personas de diferentes círculos de interés y que no se conocen, al final de la velada, llegan a tener más en común de lo que pensaban. Conocer a gente nueva es muy enriquecedor… Ah, me inscribí en un curso de escritura. Ahí me encontré a cinco personas que me despiertan mucha curiosidad. Tengo ganas de saber más de ellos. O, por lo menos, lo que ellos querrán enseñar de sí mismos…
» Adoro hacer los regalos. Los detalles pequeños, sin importancia, pero como un símbolo de atención. Cuando veo alguna cosita que me gusta, a la mente me viene la persona adecuada para ella…
» Vivo en España desde hace casi treinta años y antes, cinco en Cuba, y todavía no llevo lo de dar dos besos para saludar. Los que me conocen saben cómo soy. Prefiero un apretón de manos. Sincero. Formal. Por el tacto y la manera de dar la mano se puede sentir cómo es el otro. Hay manos como si estuvieran muertas, flojas, frías y húmedas… Para mí, son personas que evitar.
» Perdón, señor, me he ido por las ramas… Uff, es difícil… Creo que lo que estoy contando no tiene sentido… ¿Sigo?… Vale… Mmmmm… Me gusta leer. Pero debería leer más. Tengo unos cincuenta libros nuevos sin abrir. Antes era compradora compulsiva. En un almacén guardo cajas y cajas de libros porque no tengo suficiente sitio en casa.  Libros… Quiero escribir uno. Aunque sea chiquirritico… Para cuando yo ya no esté en este mundo, alguien lo lea y se acuerde de mí…
» Por favor, tengo la garganta seca. ¿Me podría dar un poco de agua?… Gracias. Todo esto me pone nerviosa. Ah, soy puntual. Casi siempre. No me importa trabajar más, si se requiere.
        —Muy bien, señora. Ya tenemos una idea sobre su perfil y creemos que encaja perfectamente en nuestra empresa. Un par de preguntas más y terminamos. ¿Está usted dispuesta a viajar acompañando a nuestros huéspedes? Imagino que sabe conducir. ¿Tiene el carné?
        —Sí. De hecho, lo saqué a la primera. Pero lo de conducir lo tengo medio apartado. Cada vez que cojo el volante, pienso que voy a matar a alguien… Pero en el anuncio no decía que tenía que conducir. Viajar, sí, no me importaría.
        —Bien. Y una última pregunta. En el dosier que nos pasó un colaborador pone que en su juventud tuvo la preparación militar que incluía armas. Exactamente, AK-47. Lanzamiento de granada. Supervivencia. Lucha cuerpo a cuerpo. Participación activa en los juegos de guerra. ¿Es cierta esta información?
        —Bah… Esto fue hace tantísimo tiempo que ya ni me acuerdo. Pero si el puesto lo requiere, tendré que ponerme al día. Aunque es del todo sorprendente. Una ya no tiene edad para estas cosas. Ahora yo funciono más con la cabeza. Decía mi padre, que era un hombre muy sabio, que la mejor manera de ganar una pelea es evitarla. Huyendo, claro… Señores, he de reconocer que esta entrevista me tiene muy confundida. No… No estoy segura de si todo esto es necesario para trabajar en una residencia de ancianos.
        —No es una residencia corriente, señora, ni los ancianos son los normales. De hecho, todos son los ex activos de las FSE. Empieza mañana. 


 

 17/072025, Gijón

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1 de julio de 2025

No mires atrás

No mires atrás




Me dijo que no mirara atrás…
   Y le hice caso. Agarré a nuestro hijo; lo apreté fuertemente contra mi pecho y empecé a arrastrarme por el pasillo. En la calle y delante de nuestra casa se oían las voces de los enemigos: gritos de nuestros vecinos, chillidos de los perros y continuos disparos de los Kaláshnikov. Los asesinos estaban a punto de entrar.
   «Salva a nuestro hijo, corre…», me dijo. «Te amo, los amo a los dos… Marchaos…».
     Antes de salir por la puerta trasera que daba al bosque, me giré… Lo vi… Estaba de pie con una mano agarrándose a su abdomen. La camisa nívea, teñida de un rojo intenso, no absorbía la sangre y esta corría como un río… En la otra mano tenía una granada.
   La puerta de la entrada se abrió… Oí hombres gritando… Él, como si supiera que lo estaba mirando, se giró… Y me sonrió. Con sus perfectos dientes blancos agarraba la anilla…
   Corrí como nunca… La onda explosiva nos alcanzó cuando llegamos a los primeros árboles… Nuestro hijo, con los ojos muy abiertos, no se quejó, no lloró. Él solo miraba detrás de mí y en sus pupilas se reflejaba el fuego que devoraba nuestro hogar, nuestras vidas, nuestros sueños…
  Me dijo que no mirara atrás… Sin embargo, no dejo de hacerlo, buscándome a mí misma, la que se quedó junto a él.
                                      




                                                                                 01/07/2025, Gijón

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8 de junio de 2025

El coro de la vida

El coro de la vida 





Después de semanas de combates, por fin, Oleksiyivka estaba libre de los invasores.  Otro trocito de Ucrania que retornaba y encajaba como una pieza del puzle en todo uno. Una pieza, un pueblo, donde antes vivían en paz sus cinco mil habitantes. Otrora preciosos jardines y parques ahora eran troncos quemados, saliendo de la destrozada tierra en garras negras y torcidas, señalando al cielo azul y libre, por poco tiempo, de los drones.
          Los soldados ucranianos con extrema precaución registraban las ruinas de cientos de casas; de vez en cuando tropezaban con los cadáveres de vacas, caballos… hinchados y a punto de reventar… Ni siquiera las alimañas se atrevían a disfrutar de la comida fácil. A los rusos les encantaba disparar a cualquier ser viviente solo por diversión.
          Lo más extraño es que en el aire no había ningún sonido, solo el crujir de las piedras y cascotes que pisaban los soldados. Después de tres años de guerra todavía les encogía este silencio raro, neutro… Es como si la misma existencia se ha quedado quieta sin saber qué hacer: huir al otro lugar, más pacífico, o, brotar con el riesgo de que mañana o dentro de una semana, la muerte volverá a adueñarse de todo…
           El coro de la vida había enmudecido…
           Sin embargo, el silencio también significaba que el pueblo estaba liberado del todo… Los cadáveres de ocupantes, dejados atrás en la retirada, esperaban la misericordia de los liberadores… Sin merecerla.
            De repente, una voz profunda, ligeramente ronca, se elevó al cielo… La siguieron otras… Las voces cansadas de los soldados, hombres, padres de familia, estudiantes que pusieron sus vidas en un aparte, empezaron a cantar:
 

Aún no han muerto ni la gloria, ni la libertad de Ucrania,

Aún a nosotros, hermanos compatriotas, nos sonreirá la fortuna.

Se desvanecerán nuestros enemigos, como el rocío bajo el sol.

Gobernaremos nosotros, hermanos, en nuestra propia tierra.

 

Coro: 

El alma y el cuerpo sacrificaremos por nuestra libertad,

Y mostraremos que nosotros, hermanos, somos de la estirpe cosaca.

 

         La armonía y la belleza han roto el silencio. Ni siquiera importaba el mañana; igual algunos de ellos ni siquiera vivían una hora más… No importaba. Este pequeño trozo de tierra de sus antepasados merecía purificarse… Donde se cantaba el himno de Ucrania era la tierra libre y abierta a la esperanza y la vida…
 




 

                                                                  08/06/2025, Gijón

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21 de febrero de 2025

Babuci

 Babuci


 

Docenas de babuci, sentadas en las banquetas y las cajas de fruta, ocupan la acera alrededor del mercado. Ellas son la alegría para la vista con sus vestidos estampados, los delantales replanchados y los pañuelos florales en las cabezas.
   Venden un poco de todo: las pipas de girasol y calabaza, los caramelos de colores en un palo, las cestitas repletas de frambuesas y grosellas, las galletas caseras, los pyrozhký, rellenos de carne picada, mermelada o requesón; las manzanas recién cogidas del árbol, expuestas sobre los paños impolutos, las zanahorias, los tomates de un rojo intenso, los ramos de olorosas peonías…
    Aunque es la costumbre, mi madre nunca regatea con ellas, y les paga lo que le piden. Un día me dijo que ella misma podría ser una de estas abuelitas. Entonces yo no lo entendí. Mi mamá, tan joven y guapa, jamás sería una viejita arrugada, con las manos llenas de callos. Se lo dije y ella me dio un beso y me compró una piruleta.
   En aquel momento yo no sabía que tenía la razón: mi mamá nunca llegó a envejecer. Yo era solo una niña que estaba feliz chupando un osito de caramelo rosa.
 

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Nota de autor:
Babuci – pl. “abuelas” en ucraniano.
Pyrozhký – en Ucrania, similar a las “empanadillas”.



                                                                                                                                         
                                                                                                                           20/02/2025, Gijón
                                                                                                              © La Pluma del Este

19 de febrero de 2025

La carretera de la muerte

La carretera de la muerte 

En memoria de mi abuelo Vania





Estaba congelado.
Los primeros días podía sentir cómo los dedos se encogían dentro de los toscos botines. Le dolían. Siguiendo el consejo del compañero de litera, empezó a envolverlos en trapos para aislarse del gélido suelo siberiano. Pronto los pliegues de tela le provocaron las ampollas que reventaron, segregando la sangre y el pus. Se acostumbró.
   Los labios rajados por el viento polar apenas pronunciaban las palabras. Alguna vez, muy rara, entre los compañeros compartían un trozo de grasa de oso, para suavizar los labios y quitar los pellejos de la piel seca. La boca se le llenaba de sangre caliente. Dolía. Pero él sabía que era un dolor buscado y que significaba que todavía podía sentir y saborear.
    Era un hombre de treinta y cuatro años y ya era un viejo doblado por los trabajos forzados. Su vista empezaba a fallarle. La nieve de un blanco brillante le quemaba las pupilas. Aunque para lo que había que ver, le era suficiente. Se acostumbró también.
   Su cuerpo gritaba y protestaba por la mísera comida, la suciedad, el frío y los castigos. Con el tiempo, el dolor ya era un órgano más.
   ¿Humanidad y esperanza? Las palabras muy lejanas y con un significado olvidado ya. ¿Y la fe? Esta quedó sepultada bajo kilómetros y kilómetros de la carretera junto a los incontables cadáveres de otros tantos como él, “enemigos del pueblo soviético”…
   La saloma, cantada por miles de gargantas rotas, se elevó hacia el cielo plomizo y se expandió por la interminable carretera de la muerte. Los trabajos gloriosos en honor y la grandeza del amado líder continuaban…

 

Foto del Museo Nacional de la República Komy.


 


Uno de tantos cementerios de los presos políticos que pasaron por el Gulag (Vorkuta).

 

Cartel pone: "El trabajo es el honor, la gloria, la valentía y el heroísmo". I. Stalin


Nota de autor: Hay pocos documentos fotográficos de aquella época que cubrió unos cuarenta años de la historia de la URSS. Mi abuelo paterno, de 1943 a 1953, estuvo preso en un Gulag siberiano. Participó en la construcción de la "carretera de la muerte": la carretera de Kolyma. Quedó en libertad a la muerte de Stalin en 1953. 

18/02/2025, Gijón

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20 de noviembre de 2024

No se han ido

 No se han ido




 

El sol matutino se asomó de entre los árboles y se desparramó por el claro. El plácido e invernal sueño se rompió. La batalla de bolas de nieve ha empezado. Decenas de proyectiles, de un lado y de otro, dieron en el blanco…
   Las carcajadas infantiles llenaron el silencioso parque con alegría y gozo. Algún bromista sacudió las ramas bajas y la lluvia nevada cubrió por completo a los pequeños traviesos. El jolgorio, acompañado de bolas voladoras de nieve, asustó a los indignados pájaros. Los niños corrieron hacia los columpios.
   —¡Quién llega el primero, puede montar el columpio dos veces! ¡Nico, sígueme!
   —¡No es justo! Yo tengo los pies pequeños y Sergey y Nico, siempre llegan primeros… No es justo… No voy.
   —Katia, no les hagas caso. Ya sabes cómo son. Te toman el pelo. Además, ellos no son tan malos. Son solo… chicos. Y te quieren. Dame la mano; verás qué rápido llegamos. —Las dos chicas, corrieron alborozadas cuando sus amigos ya montaban en el columpio. Y para resarcirse, las niñas empezaron a lanzarles las bolas de nieve.
   El jolgorio se interrumpió cuando por el recodo del camino aparecieron una mujer con una niña de unos cinco-seis años. Se dirigieron hacia el parque. Los chicos, sorprendidos por la inesperable compañía, han huido, dejando los columpios oscilando en vacío.
   —¡Mamaaaa! ¿Por qué los niños se fueron? Yo quiero jugar con ellos. ¿Por qué ellos no quieren jugar conmigo?
   —¿Qué niños, cielo? Ahí no hay nadie. Solo estamos tú y yo.
   —¡Sí que estaban! Dos chicos grandes, una chica grande y una como yo. Se han ido por ahí…
   —Cariño, aquí no había nadie. Ven al columpio. Te empujaré lo más fuerte que pueda. Hasta el mismísimo cielo.
   Cuando se acercaron, los delicados copos de la nieve ya empezaban a cubrir las múltiples huellas de pequeños pies, que se alejaban hacia la espesura del parque… Ahí es donde había un orfanato… Antes de la guerra.
   —¡Mamá! ¡Te lo dije! Yo vi a unos niños. Quiero jugar con ellos. Vamos a buscarlos.
   —No, cielo. Ahora tenemos que irnos. Empieza a nevar. Vendremos el otro día. —La madre, con un gesto disimulado, secó una lágrima y cogió a su hija en brazos. Los rumores eran ciertos. Los niños no se habían ido…




20/11/2024, Gijón
 
 

6 de noviembre de 2024

La primavera en mí

 La primavera en mí



Los primeros rayos de sol, al principio con timidez, y después con más alegría, besan el encaje blanco de los árboles dormidos. La cálida luz traspasa las ramas y dibuja en la nieve intrincadas figuras. Y, poco a poco, el sonido de las gotas llena el aire con la melodía de la primavera. Pim pam, pim pam, pim pam… La corteza se vuelve oscura por la humedad. Las ramas, desprendiéndose del peso, se enderezan con alivio. Algunas, ya rotas, pierden su preciada savia. Unas caerán al suelo y se pudrirán, otras, con un poder inexplicable, curarán sus heridas y volverán a llenarse de tiernas hojas.
   Los diamantes de la nieve se resisten al desvanecimiento y brillan con la fuerza de un animal herido. En algunos lugares ya se asoma la tierra. El musgo verde esmeralda retiene las gotas de agua. De vez en cuando se ven las delicadas campanillas de invierno. Son las primeras flores al salir de la tierra dormida. Algunas brotan de entre el manto blanco. Con sus verdes y finas hojas crean un contraste lleno de vida. Su tallo delgado aguanta una preciosa florecilla blanca, que cabecea al vaivén de la brisa. Su aroma sutil y ligeramente dulce, se expande por el bosquecito.
   Ahí se ve un carbonero. Y otro… Y otro… Son pequeñas aves, muy hermosasas y espabiladas, que, con las plumas de azul y amarillo, destacan sobre el fondo blanco. Sus trinos, ahora más alegres, cantan las alabanzas a la primavera. Ellos también se han cansado del frío.
   Solo a unos pasos más allá, justo detrás del viejo roble, se oye el susurro del agua. El riachuelo, libre de hielo, se abre el camino entre la nieve y divide el claro del bosque con un corte irregular. En unos días, crecerá, se desbordará y correrá hacia el sur, entregándose al Gran Río. Y de ahí, al mar.
   Cómo pasa el tiempo. Ya ni me acuerdo de cuantos de estos despertares yo he visto. Al trigésimo segundo dejé de contar. Después, los años dejaron de importarme. A estas alturas ya conozco todos los árboles, sus ramas, las flores, las aves y hasta algún que otro ciervo. Los zorros y lobos, nunca se quedan. No les gusta mucho esta parte del bosque. Y los comprendo. Sé que me tienen miedo. No creo que sea algo personal. Es más bien por su instinto.  
   Me encanta la llegada de primavera. A través de los árboles puedo observar qué hay más allá. En invierno, todo es monocolor. Pero ahora, veo manchas oscuras y verdes de la tierra. Los sonidos y olores me traen a la memoria cosas… Las bellas cosas que he vivido. Pero mis recuerdos se van desdibujando como las huellas en la nieve que se derrite.
   Ah, qué pena es la mía por no poder ir más allá de este montículo. Mi destino y castigo es dar vueltas y vueltas a su alrededor. 

Estoy anclado a él … 

Para siempre. 

Es donde yazco. 

Esta es mi tumba…





© La Pluma del Este

06/11/2024, Gijón