Relatos, cuentos y poesía. Literatura con atmósfera noir, gótica y emocional, escrita desde el Este.
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Bienvenido a La Pluma del Este
Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.
Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.
Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.
17 de marzo de 2026
La nieve roja
—Cariño, ven aquí un momento. Tienes que ver esto. Trae mi cámara. Está en el cajón bajo de la cómoda.
Bajé al prado. Y ahí las vi— huellas grandes y separadas—que se perdían en la llanura blanca.
1 de febrero de 2026
La modista de alegría
La modista de alegría
En 1945, cuando las ruinas de Kyiv seguían cubiertas por
un velo de tristeza, el único punto de color lo ponía el balcón del segundo
piso de la casa de los Kravchuk. En la calle Lystopadna era uno de los pocos
edificios que quedaban en pie. Allí vivía Olga Vasilievna, modista de la época
de paz y una mujer extravagante por naturaleza.
Con los
años de guerra y hambre, todos tenían el armario igual de apagado; pero Olga
insistía en colgar de la barandilla oxidada cintas de tela teñida con remolacha
y cáscara de cebolla, como si quisiera provocar a la miseria a un combate
«cuerpo a cuerpo». Y, casi siempre, Olga ganaba.
No era
una mujer fuerte. Tampoco una mártir. Era más bien un torbellino indeciso: tres
ideas a la vez y ninguna terminada. Cosía, descosía, volvía a coser… y acababa
sacando una prenda que solo a ella le parecía sensata.
Su taller,
que se extendía por todas las habitaciones, era un caos delicioso. Cajones
desbordados de botones sin pareja, cordones, cuerdas, ovillos enredados como
serpientes de colores. Retales de manteles y cortinas quemados se mezclaban con prendas
heredadas de abuelas que ya nadie recordaba. Todo aquel batiburrillo pertenecía
a la otra época cuando el sol alumbraba la belleza y el cielo azul no albergaba
la muerte. Los uniformes militares de un verde tristón y un gris apagado
ocupaban una habitación entera. Últimamente, era lo que más podía conseguir en
los mercadillos improvisados. Aquel revoltijo Olga Vasilievna lo llamaba «inventario
con posibilidades». Para los demás era solo «trapos».
Las
clientas no acudían buscándola por talento, sino por pura curiosidad. Y,
también, como no, porque era de las pocas afortunadas que conservaban la
máquina de coser. Las señoras entraban, se sentaban, suspiraban, y le dejaban
sus prendas con un gesto resignado.
—Pero no
me pongas nada raro, ¿eh? —decía siempre alguna.
Olga asentía
muy seria, y luego hacía exactamente lo contrario. Si una falda tenía un agujero,
ella lo convertía en un bolsillito secreto para meter deseos escritos en papel
o, simplemente, unas pocas monedas escondidas de los ladrones. Si una camisa
venía amarillenta, la teñía con zelionka, dejándola de un verde agua, «como
la esperanza», decía. Y si una prenda estaba demasiado gastada, la transformaba
en otra cosa que nadie había pedido: un pañuelo psicodélico, una camisita para
un bebé, un delantal que recordaba a una vidriera rota.
Algunas
clientas resoplaban de indignación. Otras, especialmente las jovencitas, se
encariñaban con esas rarezas. A pesar de dolor y miseria, ellas seguían siendo
niñas.
Pero lo
que nadie sabía —porque ella no lo confesaba ni en sueños— era que Olga
Vasilievna no soportaba la idea de que todo siguiera igual después de la
guerra. Le repugnaba el gris, la repetición, la gente anodina caminando
cabizbaja como si ya no tuviera permiso para soñar. Así que, en vez de quejarse,
hacía lo único que sabía: meter color donde no lo habían pedido.
Un día la
modista hizo algo que la convirtió en una pequeña leyenda local. Decidió dar la
salida a la ropa verde caqui. De un montón escogió un abrigo militar, rígido,
ajado, más muerto que vivo. Lo descosió, lo lavó y lo golpeó con una tabla. La
tela se ablandó. Olga sonrió… Mil ideas revolotearon en su cabeza…
Estuvo
encerrada cuatro días. Los vecinos, extrañados, pensaron de todo. ¿Habrá muerto
la loca excéntrica? Sin embargo, el sonido de la Singer que se escuchaba detrás
de las ventanas cerradas a cal y canto les decía lo contrario.
Al quinto
día, Olga Vasilievna Kravchuk, la modista de la calle Lystopadna, surgió como
ave Fénix. De hecho, se parecía a una. Vestía un abrigo verde lleno de parches
circulares de colores imposibles. Aquel caleidoscopio ambulante rompía la
monotonía de luto. Era indecente. Era provocador. Cuando detrás de espesas
nubes salió el sol, el abrigo cobró vida.
Los
viandantes se ofendieron. Algunas mujeres se santiguaron. Olga, sin hacerles
caso, se dirigió al mercado.
Al día
siguiente, tres jovencitas de la zona llamaron a su puerta, fascinados por
aquella locura que era la comidilla en todo el distrito.
—Queremos
algo así. Algo que rompa la tristeza.
Y Olga,
agradecida, sintió un calorcito en el pecho. No había salvado a nadie. No había
sido ejemplo de nada. Sencillamente, su extravagancia había encontrado espejo.
Y eso, en los tiempos que corrían, era casi un milagro sin pretensiones.
Desde
entonces, el barrio siguió igual de pobre, igual de cansado… pero cada tanto,
en medio de la calle, asomaba una prenda absurda, colorida, terca. Un
recordatorio de que, incluso cuando la vida te obliga a andar encorvado,
siempre existe alguien capaz de enderezar la costura.
5 de septiembre de 2025
El zar caído
El zar caído
“Fui
zar de la carretera…
Hoy
aguardo mi final entre la chatarra.”
Permítanme presentarme: soy Mercedes-Benz M120, aunque se
me conoce como el V12. “Nací” en Affalterbach, un pueblito en el sur de
Alemania. Mis primeros recuerdos son una continua sucesión de destellos: ruido
metálico, golpes, chispas, máquinas con brazos largos, aceite y manos humanas hundidas
en mis entrañas. Lo siguiente que recuerdo es estar en un podio al lado de
otros como yo: elegantes y de líneas perfectas…
Los
flashes de las cámaras de fotos rebotaban en mi superficie negra y lisa como un
espejo. Con cada centímetro de mi carrocería sentía el deseo de poseerme. Ay,
qué ilusos son los humanos. No lo pueden tener todo. Yo elijo a mi conductor…
aunque esa vez el destino me la ha jugado.
Aquel
aciago día me vi rodeado de un grupo de hombres con trajes mal cortados,
zapatos nuevos que aún chirriaban, y miradas voraces, hambrientas de todo.
Olían a vodka y hablaban en una lengua áspera. Venían de un país que acababa de
desmoronarse y con una estúpida creencia de que el mundo les debía algo. Ese
día supe lo que significaba la palabra ruso: hambre, codicia y desprecio
por los semejantes.
Entre
ellos había uno especialmente atento a mis atributos. No dejaba de dar vueltas
a mi alrededor. Me tocaba con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme. Sus
ojos de acero, tan parecidos a mis piezas metálicas, cobraron vida. Sin duda
alguna, querría tenerme… Cueste lo que cueste. Me sentí complacido. El ruso pidió
que me arrancaran y acercó su oreja para oír el latido de mi motor. Su rostro
inerte quedó reflejado en mi capó. Un maletín negro pasó de manos. Mi destino quedó sellado al de Igor Ivánovich
Maksimov, un politicucho gris, salido de las cloacas del Kremlin.
Llegamos
a Moscú con mucha pompa. Igor se pavoneaba y sembraba la envidia entre los
suyos. Me conducía con mano firme por la calle Tverskaya, donde los muros rojos
del Kremlin creaban sombras dentadas en el asfalto gris. Al salir del centro, que era un falso escaparate para el mundo, la imagen cambiaba: la nieve sucia tapaba
los traicioneros baches. El humo de fábricas supervivientes de posperestroika
teñía el aire de gris. Los imponentes edificios estatales cedían el paso a las casas
viejas y mal cuidadas. Y los rusos, gente triste y también gris, formaban
interminables colas para comprar el pan. Las luces frías de neón, la señal
luminosa del occidente, alumbraban toda aquella decadencia.
Entre Ladas
y Moskvich destartalados, yo me erigí en el zar de la carretera. Por donde pasaba,
la ciudad entera se inclinaba ante mí. Ni Chaykas, ni Volgas, coches oficiales,
me eclipsaban. Yo, era el primer V12 que los moscovitas contemplaban
boquiabiertos. Pronto descubrí que toda aquella ciudad respiraba violencia y
negocios turbios y yo no era un mero observador. El motor enganchado a la
gasolina rusa, cada derrape, cada giro, cada paso por el arco de la Torre
Spasskaya, llevando a Igor a las reuniones secretas en el Kremlin, me hacían
partícipe de aquella falsa opulencia.
A los
tres meses de mi nueva vida en Moscú he presenciado la caída de mi propietario.
De hecho, cayó desde una de las ventanas del Ministerio de Transporte: sus
sesos quedaron pegados en mi parabrisas.
El cambio
radical de mi vida llegó con Vasil Kondratov, apodado Dolgorukiy (Mano Larga).
Con él me sumergí en el mundo oculto de Bratva, la mafia rusa. Yo era su
orgullo y estatus. Él era el más rudo entre los rudos. Más bestia entre los
salvajes con trajes de cachemir. Su abrigo de lobo acariciaba mi tapicería. Muy
pronto me acostumbré al peso de sus armas en mi guantera. Sus manos fuertes y con
cicatrices, agarraban el volante de cuero y mi metal rugía y corría por las
calles, dejando los coches de la competencia o de la policía rezagados como viejas
tartanas. Las balas silbaban a mi alrededor y ninguna osaba rozarme. En mis
asientos han sucumbido las mujeres más bellas… Y lloraron los hombres débiles… Sin
embargo, el fatalismo empujaba a los rusos a vivir rápido y sin miedo a morir. ¡Qué
tiempos aquellos!
Y toda
esa existencia acabó con un relámpago de disparos, carrera, más disparos, un
choque y seis vueltas de campana. Todavía huelo el humo mezclado con sangre y
aceite… Vasil con el cuerpo dentro del parabrisas y su abrigo, teñido de rojo, goteaba
sangre. Su nueva novia, la que antes era la novia de su competidor, con la cara
incrustada de cristales… Fuego… y una explosión.
Poca cosa
ha quedado de mí, después de que me cortaran para sacar los cuerpos. Los ecos
de aquella explosión aún resuenan entre mis restos y olor a gasolina, me
recuerda lo efímero de la gloria. Ahora, dos años después, yo, el legendario y
magnífico V12 que ha tenido una vida corta, pero apasionante, estoy en un
desguace a la espera de convertirme en un cubo de metal retorcido. Sonrío por dentro. Así es la vida… Ojalá fuera
un coche normal, como aquellos, familiares; con los asientos llenos de dedos
azucarados y de pelos de un perro, haciendo viajes bajo el sol con risas y
canciones. Pero mi destino era otro. Y aquí estoy, recordando y esperando mi
final…
¿O no?
18 de agosto de 2025
Los pucheros de la memoria
Los pucheros de la memoria
En cualquier época del año, la cocina de mi Babushka
rebosaba de colores.
En
invierno, cuando mirabas por una ventana, solo veías un manto blanco infinito que,
más allá, cerca del horizonte, se tornaba gris. Sin embargo, si mirabas por la
otra, esta pureza se rompía con cientos de esqueletos de los árboles del bosque
cercano, que dormían con un sueño agitado. De vez en cuando las ramas, cargadas
de pesada escarcha, se rompían y, si afinabas bien el oído, podías oír sus
quejidos de dolor. Aquel mundo de blanco y negro era un fondo perfecto para el
espectáculo de color que se daba en la cocina de mi Babusia.
Las
mazorcas amarillas de maíz seco, amontonadas en un cesto del
mimbre blanqueado, esperaban a punto de ser desgranadas por nosotros, un grupo
de primos de todas las edades. Entre bromas y carcajadas, las semillas doradas
llenaban el otro cesto, más pequeño, destinado a las gallinas. Y Babusia, meneando
la cabeza, se afanaba pelando una enorme calabaza rayada. Los suculentos trozos
de un naranja intenso poco a poco colmaban una gran olla de hierro fundido. Luego, Babusia la rellenaba con la leche del día, añadiéndole arroz, azúcar,
mantequilla y una pizca de sal y palitos de canela. La olla, ya tapada, iba
directamente al horno. Y en poco tiempo, el aroma envolvente se expandía por
todos los rincones de la casa; azucarado, sabroso y lleno de recuerdos.
Nuestro
trabajo y la preparación del puchero de calabaza dulce se terminaban a la par.
Recuerdo las caras felices alrededor de una amplia mesa, cubierta por un mantel
floral y con los platos blancos esmaltados, repletos de trozos humeantes de
calabaza, salpicados de perlitas de arroz. Y, cómo no, una hogaza de pan
casero, con la corteza dorada y crujiente, coronando el festín…
Y cuando
llegaba, Velykodeñ, el Día Grande de la Pascua ortodoxa, el arcoíris se
instalaba no solo en la cocina, sino también en el comedor y en las
habitaciones; en todas las mesas disponibles para exponer las coloridas pascuas,
los huevos pintados y los Pyrogý, rellenos de requesón, de semillas de amapola, de mermelada
casera…
Mientras cierro
los ojos, puedo sentir la brisa que está jugando con las miríadas de pétalos de
manzanos y cerezos, y sus ramas, apenas vestidas de diminutas hojas esmeralda. Veo
el sol irrumpiendo por las ventanas de la cocina, abiertas de par en par, y a Babusia
y sus hijas, mis tías y mi madre, con manos y delantales manchados de harina…
No era
fácil amasar a mano, así que lo hacíamos por turnos. Dejábamos a reposar aquella
gigantesca masa hecha de kilos y kilos de harina, de decenas de huevos de
gallina y oca, con las yemas de un amarillo intenso; levadura fresca,
mantequilla y azúcar. La masa crecía y la volvíamos a amasar. Y todo el
trabajo, se acompañaba de alegría, canciones y risas, chistes y recuerdos… Una
de mis tías había “asaltado” el escondite de mi abuelo y nos trajo una garrafa
de cristal llena de nalyvka, el vino casero, fresco y dulce, hecho de frutas.
Era la receta especial del abuelo.
Y, por
fin, llegaba el momento de repartir la suave y elástica masa, de un tono amarillo. Nos untábamos las manos en el aceite y las
hundíamos con mucha delicadeza. Trozo a trozo, la masa palpitante se adaptaba a
los moldes y esperaba a ser pintada con las yemas de huevo de ganso. Después de
reposar los moldes, Babusia con el sumo cuidado los metía en el horno. Y el
carbón pálido, moteado de un rojo incandescente, los envolvía en un caluroso
abrazo.
Poco a
poco, surgían los aromas… Un sinfín de ellos. Embriagadores, de los que te
alimentan el alma, que te hacen sentir como un niño. Así huele el recuerdo de
amor. Ese amor de infancia, de lo bueno, de la familia…
Las
pascuas, con las cortezas, doradas y brillantes, que sobresalían de los moldes,
se sacaban del horno y Babusia las ponía en filas para enfriar. Pasadas unas
horas, empezaba la fiesta de color. Cada pascua, con mucho cuidado, se decoraba
con la pasta de azúcar, bolitas de chocolate, arena comestible de distintos colores,
flores de oblea, figuritas de gominolas… Y todos participábamos en ello.
Con más o menos éxito… Con la decoración
hecha, las pascuas se colocaban en bandejas a la espera de ser bendecidas…
Ahora tocaba el turno a las decenas de huevos cocidos. Solo de recordarlo, me río…
¡Cómo nos poníamos de coloridos! Del mismo color que los huevos pintados:
rojos, verdes, amarillos, naranjas, azules, violetas… Los adultos nos reñían,
pero, a pesar de todo, aquello era la felicidad pura…
Ya en
pleno verano empezaba la preparación de mermelada. Los cestos de mimbre rebozaban de fresas, frambuesas, cerezas, grosellas negras y rojas… Aquella
explosión de los rojos de distintas tonalidades se mezclaba con el blanco de
azúcar. La cocina se convertía en un laboratorio mágico y Babusia, armada con
la cuchara de palo, era la maga creadora. Las ollas llenas hervían, y la espuma
de un rosa intenso subía sin parar, y yo, mi hermano y algunos de los primos,
con cucharones en mano, la recogíamos en platos de porcelana blanca. El
contraste era espectacular. Al enfriar, la espuma desaparecía y solo quedaba el
jugo dulce y espeso de frutas. Cada uno de nosotros, con un pedazo de pan y una
gran taza de leche bien fría, dejábamos los platos limpísimos y quedábamos a la
espera de la siguiente recogida.
En otoño
llegaban las manzanas de colores, la remolacha, las patatas, las vainas de
frijoles, los girasoles con pipas apretadas en dibujos geométricos perfectos… Y
mi Babusia, como si fuera una reina de aquel mundo que ya no existe.
¿Por qué,
cuando recordamos nuestra infancia, los recuerdos nos llevan irremediablemente
a la cocina de nuestras madres y abuelas? ¿Por qué los recuerdos más vívidos se
asocian con la comida y las reuniones alrededor de una mesa? ¿Por qué somos
capaces de cerrar los ojos y percibir el aroma de nuestros recuerdos? ¿No será
que la cocina es el corazón palpitante de una casa? ¿O un taller donde los
recuerdos se guardan en los frascos? Pienso que para describir lo que siente
cada uno al respecto, sobran las metáforas. Para mí, la cocina es una única
palabra: FAMILIA.
17 de julio de 2025
La entrevista
La entrevista
—Pase, por favor. Siéntase tranquila… Ya
hemos leído su currículo, pero nos interesan los matices de su personalidad. Háblenos
sobre usted. Sin prisa… Queremos conocerla.
—Vale, lo intentaré, pero ruego que
comprendan que no es habitual para mí hacer esta especie de autorretrato.
» Como ya sabéis, nací en
Ucrania cuando todavía era una parte de la URSS y me he formado ahí. Mi padre
murió… Lo mataron cuando yo tenía
veinticuatro años; me tocó cuidar de mi familia. Ha sido muy difícil. Tuve que
encargarme de todo. Esto me hizo sentir útil y valorada. Si bien, de vez en
cuando, necesitaba un distanciamiento de todo…
» Soy exigente. A veces,
maniática. Me gustan las cosas bien hechas. Mi papá me decía: “Hija, todo lo
que hagas, hazlo de la mejor manera posible”. Hasta el día de hoy lo cumplo a
rajatabla. Sigo el orden y la lógica, pero me esfuerzo por no llevarlos hasta los
extremos. Vivir en Cuba y en España me ha “latinizado” un poco. ¿O será la edad
que me ha vuelto más flexible?…
» Hace tres años descubrí la
escritura creativa. Me vino bien para ordenar mi mente y dar una salida a mi
imaginación. Me fascina la novela negra y el thriller policiaco… Puede que
demasiado… En muchos de mis relatos muere alguien. Y me surgen las dudas: ¿sería
capaz de matar?… Perdone por mi sinceridad… ¡Pero si yo hasta quito los
caracoles del camino para que nadie los pise! Muchos perros de la zona me
conocen. (Los cabroncetes saben que llevo las chuches en el bolso.) Mis peludos
me adoran. Y lloro con las películas tristes. Jamás haría daño a nadie a
propósito. Nunca. Esto sí, si me tocan a los míos, a mi familia, no respondo
por mí… Lo siento… Creo que seguiré asesinando en mis escritos. Para
desahogarme…
» Soy muy sensible… Y
romántica… Me encantan las flores. Mi
favorita es el Clavel Turco. Es resistente y se adapta a cualquier terreno.
Tiene unas florecitas aterciopeladas entre un marrón chocolate y el amarillo
canario. Y con un olor fuerte y, a la vez, delicado. Cada vez que puedo, voy al
pueblo a enterrarme en el jardín mondando, plantando y replantando. Hasta tengo
un enorme arbusto de la uva crispa. Es muy típica de mi país, Ucrania. Para
comer es algo ácida, pero para una mermelada, es perfecta…
» Me gusta muchísimo
cocinar. Y mucho más, dar de comer. Si tuviera una casa grande y el dinero,
haría fiestas cada mes. Invitaría a mis amigos y a algún que otro vecino. Es
muy entretenido observar cuando las personas de diferentes círculos de interés
y que no se conocen, al final de la velada, llegan a tener más en común de lo
que pensaban. Conocer a gente nueva es muy enriquecedor… Ah, me inscribí en un
curso de escritura. Ahí me encontré a cinco personas que me despiertan mucha curiosidad.
Tengo ganas de saber más de ellos. O, por lo menos, lo que ellos querrán
enseñar de sí mismos…
» Adoro hacer los regalos. Los
detalles pequeños, sin importancia, pero como un símbolo de atención. Cuando
veo alguna cosita que me gusta, a la mente me viene la persona adecuada para
ella…
» Vivo en España desde hace casi
treinta años y antes, cinco en Cuba, y todavía no llevo lo de dar dos besos para
saludar. Los que me conocen saben cómo soy. Prefiero un apretón de manos.
Sincero. Formal. Por el tacto y la manera de dar la mano se puede sentir cómo
es el otro. Hay manos como si estuvieran muertas, flojas, frías y húmedas… Para
mí, son personas que evitar.
» Perdón, señor, me he ido
por las ramas… Uff, es difícil… Creo que lo que estoy contando no tiene
sentido… ¿Sigo?… Vale… Mmmmm… Me gusta leer. Pero debería leer más. Tengo unos
cincuenta libros nuevos sin abrir. Antes era compradora compulsiva. En un
almacén guardo cajas y cajas de libros porque no tengo suficiente sitio en casa. Libros… Quiero escribir uno. Aunque sea
chiquirritico… Para cuando yo ya no esté en este mundo, alguien lo lea y se
acuerde de mí…
» Por favor, tengo la
garganta seca. ¿Me podría dar un poco de agua?… Gracias. Todo esto me pone
nerviosa. Ah, soy puntual. Casi siempre. No me importa trabajar más, si se
requiere.
—Muy bien, señora. Ya tenemos una idea
sobre su perfil y creemos que encaja perfectamente en nuestra empresa. Un par
de preguntas más y terminamos. ¿Está usted dispuesta a viajar acompañando a
nuestros huéspedes? Imagino que sabe conducir. ¿Tiene el carné?
—Sí. De hecho, lo saqué a la primera.
Pero lo de conducir lo tengo medio apartado. Cada vez que cojo el volante,
pienso que voy a matar a alguien… Pero en el anuncio no decía que tenía que
conducir. Viajar, sí, no me importaría.
—Bien. Y una última pregunta. En el
dosier que nos pasó un colaborador pone que en su juventud tuvo la preparación
militar que incluía armas. Exactamente, AK-47. Lanzamiento de granada.
Supervivencia. Lucha cuerpo a cuerpo. Participación activa en los juegos de
guerra. ¿Es cierta esta información?
—Bah… Esto fue hace tantísimo tiempo
que ya ni me acuerdo. Pero si el puesto lo requiere, tendré que ponerme al día.
Aunque es del todo sorprendente. Una ya no tiene edad para estas cosas. Ahora
yo funciono más con la cabeza. Decía mi padre, que era un hombre muy sabio, que
la mejor manera de ganar una pelea es evitarla. Huyendo, claro… Señores, he de
reconocer que esta entrevista me tiene muy confundida. No… No estoy segura de si
todo esto es necesario para trabajar en una residencia de ancianos.
—No es una residencia corriente, señora,
ni los ancianos son los normales. De hecho, todos son los ex activos de las
FSE. Empieza mañana.
© La
Pluma del Este
1 de julio de 2025
No mires atrás
No mires atrás
Me dijo que no mirara atrás…
Y le hice caso. Agarré a nuestro hijo; lo apreté fuertemente
contra mi pecho y empecé a arrastrarme por el pasillo. En la calle y delante de
nuestra casa se oían las voces de los enemigos: gritos de nuestros vecinos,
chillidos de los perros y continuos disparos de los Kaláshnikov. Los asesinos
estaban a punto de entrar.
«Salva a
nuestro hijo, corre…», me dijo. «Te amo, los amo a los dos… Marchaos…».
Antes de
salir por la puerta trasera que daba al bosque, me giré… Lo vi… Estaba de pie
con una mano agarrándose a su abdomen. La camisa nívea, teñida de un rojo
intenso, no absorbía la sangre y esta corría como un río… En la otra mano tenía
una granada.
La puerta
de la entrada se abrió… Oí hombres gritando… Él, como si supiera que lo estaba
mirando, se giró… Y me sonrió. Con sus perfectos dientes blancos agarraba la
anilla…
Corrí
como nunca… La onda explosiva nos alcanzó cuando llegamos a los primeros
árboles… Nuestro hijo, con los ojos muy abiertos, no se quejó, no lloró. Él
solo miraba detrás de mí y en sus pupilas se reflejaba el fuego que devoraba
nuestro hogar, nuestras vidas, nuestros sueños…
Me dijo
que no mirara atrás… Sin embargo, no dejo de hacerlo, buscándome a mí misma, la
que se quedó junto a él.
8 de junio de 2025
El coro de la vida
El coro de la vida
Después de semanas de
combates, por fin, Oleksiyivka estaba libre de los invasores. Otro trocito de Ucrania que retornaba y
encajaba como una pieza del puzle en todo uno. Una pieza, un pueblo, donde
antes vivían en paz sus cinco mil habitantes. Otrora preciosos jardines y
parques ahora eran troncos quemados, saliendo de la destrozada tierra en garras
negras y torcidas, señalando al cielo azul y libre, por poco tiempo, de los
drones.
Los soldados ucranianos con extrema
precaución registraban las ruinas de cientos de casas; de vez en cuando
tropezaban con los cadáveres de vacas, caballos… hinchados y a punto de
reventar… Ni siquiera las alimañas se atrevían a disfrutar de la comida fácil.
A los rusos les encantaba disparar a cualquier ser viviente solo por diversión.
Lo más extraño es que en el aire no
había ningún sonido, solo el crujir de las piedras y cascotes que pisaban los
soldados. Después de tres años de guerra todavía les encogía este silencio
raro, neutro… Es como si la misma existencia se ha quedado quieta sin saber qué
hacer: huir al otro lugar, más pacífico, o, brotar con el riesgo de que mañana
o dentro de una semana, la muerte volverá a adueñarse de todo…
El coro de la vida había enmudecido…
Sin embargo, el silencio también significaba
que el pueblo estaba liberado del todo… Los cadáveres de ocupantes, dejados
atrás en la retirada, esperaban la misericordia de los liberadores… Sin
merecerla.
De repente, una voz profunda,
ligeramente ronca, se elevó al cielo… La siguieron otras… Las voces cansadas de
los soldados, hombres, padres de familia, estudiantes que pusieron sus vidas en
un aparte, empezaron a cantar:
Aún no han muerto ni la gloria, ni la libertad de Ucrania,
Aún a nosotros, hermanos compatriotas, nos sonreirá la fortuna.
Se desvanecerán nuestros enemigos, como el rocío bajo el sol.
Gobernaremos nosotros, hermanos, en nuestra propia tierra.
El alma y el cuerpo sacrificaremos por nuestra libertad,
Y mostraremos que nosotros, hermanos, somos de la estirpe cosaca.
La armonía y la belleza han roto el
silencio. Ni siquiera importaba el mañana; igual algunos de ellos ni siquiera vivían
una hora más… No importaba. Este pequeño trozo de tierra de sus antepasados
merecía purificarse… Donde se cantaba el himno de Ucrania era la tierra libre y
abierta a la esperanza y la vida…
08/06/2025, Gijón
©
La Pluma
del Este
21 de febrero de 2025
Babuci
Babuci
Docenas de babuci, sentadas en las banquetas y las cajas
de fruta, ocupan la acera alrededor del mercado. Ellas son la alegría para la
vista con sus vestidos estampados, los delantales replanchados y los pañuelos
florales en las cabezas.
Venden un poco de todo:
las pipas de girasol y calabaza, los caramelos de colores en un palo, las cestitas
repletas de frambuesas y grosellas, las galletas caseras, los pyrozhký, rellenos
de carne picada, mermelada o requesón; las manzanas recién cogidas del
árbol, expuestas sobre los paños impolutos, las zanahorias, los tomates de un
rojo intenso, los ramos de olorosas peonías…
Aunque es la costumbre, mi madre nunca regatea
con ellas, y les paga lo que le piden. Un día me dijo que ella misma podría ser
una de estas abuelitas. Entonces yo no lo entendí. Mi mamá, tan joven y guapa, jamás
sería una viejita arrugada, con las manos llenas de callos. Se lo dije y ella
me dio un beso y me compró una piruleta.
En aquel momento yo
no sabía que tenía la razón: mi mamá nunca llegó a envejecer. Yo era solo una
niña que estaba feliz chupando un osito de caramelo rosa.
19 de febrero de 2025
La carretera de la muerte
La carretera de la muerte
En memoria de mi abuelo Vania
Estaba congelado.Los primeros días podía sentir cómo los dedos se encogían dentro
de los toscos botines. Le dolían. Siguiendo el consejo del compañero de litera,
empezó a envolverlos en trapos para aislarse del gélido suelo siberiano. Pronto los pliegues de tela le provocaron las ampollas que reventaron, segregando la sangre y el pus. Se acostumbró. Los labios rajados
por el viento polar apenas pronunciaban las palabras. Alguna vez, muy rara, entre
los compañeros compartían un trozo de grasa de oso, para suavizar los labios y
quitar los pellejos de la piel seca. La boca se le llenaba de sangre caliente.
Dolía. Pero él sabía que era un dolor buscado y que significaba que todavía
podía sentir y saborear. Era un hombre de
treinta y cuatro años y ya era un viejo doblado por los trabajos forzados. Su
vista empezaba a fallarle. La nieve de un blanco brillante le quemaba las
pupilas. Aunque para lo que había que ver, le era suficiente. Se acostumbró
también. Su cuerpo gritaba y
protestaba por la mísera comida, la suciedad, el frío y los castigos. Con el
tiempo, el dolor ya era un órgano más. ¿Humanidad y
esperanza? Las palabras muy lejanas y con un significado olvidado ya. ¿Y la fe?
Esta quedó sepultada bajo kilómetros y kilómetros de la carretera junto a los
incontables cadáveres de otros tantos como él, “enemigos del pueblo soviético”… La saloma, cantada
por miles de gargantas rotas, se elevó hacia el cielo plomizo y se expandió por
la interminable carretera de la muerte. Los trabajos gloriosos en honor y la
grandeza del amado líder continuaban…
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| Foto del Museo Nacional de la República Komy. |
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| Uno de tantos cementerios de los presos políticos que pasaron por el Gulag (Vorkuta). |
![]() |
| Cartel pone: "El trabajo es el honor, la gloria, la valentía y el heroísmo". I. Stalin |
18/02/2025, Gijón
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