14 de diciembre de 2024
4 de diciembre de 2024
Cuando...
Cuando…
Cuando
veas mis zapatos viejos,
Solo
así imaginarás los caminos tortuosos
Que
me ha tocado recorrer.
Cuando
veas las arrugas de mis ojos,
Comprenderás
las lágrimas,
De
dicha y dolor, derramadas.
Cuando
veas mis manos cuarteadas,
Verás
los años de trabajo
Arduo
y constante para crear mi mundo.
Cuando
veas mi mirada ausente,
Sabrás
que me he perdido
En
la memoria y amores, dejados atrás.
Cuando
me veas caminar encorvado,
Dirás
que soy un viejo. Sin embargo,
Es
por el peso de mis decisiones y no años.
Cuando
me veas sonreír, siéntete feliz por mí,
Ya
que es la alegría de haber vivido bien
Es
la que me ilumina el alma.
El amor no retornado
El amor no retornado
Ay, pobre de mí y de mi alma,
Que sufre llena de amor
Por la doncella altanera.
Y afligido por dolor,
Yo vago como un espectro
En un mundo sin color.
Le he cantado mis poemas,
Segado por su esplendor
La adoré como a una virgen
Por su belleza y candor.
Y sangre, la he derramado,
En la hazaña por su amor.
Reté a nobles y vasallos,
Para rendirle mi honor.
Regalos, telas y alhajas,
No han ganado su valor.
Nunca seré digno de ella…
Soy, simplemente, un bufón.
04/12/2024, Gijón
20 de noviembre de 2024
No se han ido
No se han ido
El sol matutino se asomó de entre los árboles y se
desparramó por el claro. El plácido e invernal sueño se rompió. La batalla de bolas de nieve ha empezado. Decenas de proyectiles, de un lado y de otro, dieron en
el blanco…
Las carcajadas
infantiles llenaron el silencioso parque con alegría y gozo. Algún bromista
sacudió las ramas bajas y la lluvia nevada cubrió por completo a los pequeños
traviesos. El jolgorio, acompañado de bolas voladoras de nieve, asustó a los
indignados pájaros. Los niños corrieron hacia los columpios.
—¡Quién llega
el primero, puede montar el columpio dos veces! ¡Nico, sígueme!
—¡No es
justo! Yo tengo los pies pequeños y Sergey y Nico, siempre llegan primeros… No
es justo… No voy.
—Katia, no
les hagas caso. Ya sabes cómo son. Te toman el pelo. Además, ellos no son tan
malos. Son solo… chicos. Y te quieren. Dame la mano; verás qué rápido llegamos.
—Las dos chicas, corrieron alborozadas cuando sus amigos ya montaban en el
columpio. Y para resarcirse, las niñas empezaron a lanzarles las bolas de
nieve.
El jolgorio
se interrumpió cuando por el recodo del camino aparecieron una mujer con una
niña de unos cinco-seis años. Se dirigieron hacia el parque. Los chicos,
sorprendidos por la inesperable compañía, han huido, dejando los columpios
oscilando en vacío.
—¡Mamaaaa!
¿Por qué los niños se fueron? Yo quiero jugar con ellos. ¿Por qué ellos no
quieren jugar conmigo?
—¿Qué niños,
cielo? Ahí no hay nadie. Solo estamos tú y yo.
—¡Sí que estaban!
Dos chicos grandes, una chica grande y una como yo. Se han ido por ahí…
—Cariño, aquí
no había nadie. Ven al columpio. Te empujaré lo más fuerte que pueda. Hasta el
mismísimo cielo.
Cuando se
acercaron, los delicados copos de la nieve ya empezaban a cubrir las múltiples
huellas de pequeños pies, que se alejaban hacia la espesura del parque… Ahí es
donde había un orfanato… Antes de la guerra.
—¡Mamá! ¡Te
lo dije! Yo vi a unos niños. Quiero jugar con ellos. Vamos a buscarlos.
—No, cielo.
Ahora tenemos que irnos. Empieza a nevar. Vendremos el otro día. —La madre, con
un gesto disimulado, secó una lágrima y cogió a su hija en brazos. Los rumores
eran ciertos. Los niños no se habían ido…
6 de noviembre de 2024
La primavera en mí
La primavera en mí
Los primeros rayos de sol, al principio con timidez, y
después con más alegría, besan el encaje blanco de los árboles
dormidos. La cálida luz traspasa las ramas y dibuja en la nieve intrincadas figuras. Y, poco a poco, el sonido de las gotas llena el aire con
la melodía de la primavera. Pim pam, pim pam, pim pam… La corteza se vuelve oscura
por la humedad. Las ramas, desprendiéndose del peso, se enderezan con alivio.
Algunas, ya rotas, pierden su preciada savia. Unas caerán al suelo y se
pudrirán, otras, con un poder inexplicable, curarán sus heridas y volverán a
llenarse de tiernas hojas.
Los diamantes
de la nieve se resisten al desvanecimiento y brillan con la fuerza de un animal
herido. En algunos lugares ya se asoma la tierra. El musgo verde esmeralda
retiene las gotas de agua. De vez en cuando se ven las delicadas campanillas de invierno. Son las primeras flores al salir de la tierra dormida. Algunas brotan
de entre el manto blanco. Con sus verdes y finas hojas crean un contraste lleno
de vida. Su tallo delgado aguanta una preciosa florecilla blanca, que cabecea
al vaivén de la brisa. Su aroma sutil y ligeramente dulce, se expande por el
bosquecito.
Ahí se ve un carbonero.
Y otro… Y otro… Son pequeñas aves, muy hermosasas y espabiladas, que, con las plumas
de azul y amarillo, destacan sobre el fondo blanco. Sus trinos, ahora más
alegres, cantan las alabanzas a la primavera. Ellos también se han cansado del
frío.
Solo a unos
pasos más allá, justo detrás del viejo roble, se oye el susurro del agua. El
riachuelo, libre de hielo, se abre el camino entre la nieve y divide el claro
del bosque con un corte irregular. En unos días, crecerá, se desbordará y
correrá hacia el sur, entregándose al Gran Río. Y de ahí, al mar.
Cómo pasa el
tiempo. Ya ni me acuerdo de cuantos de estos despertares yo he visto. Al
trigésimo segundo dejé de contar. Después, los años dejaron de importarme. A estas alturas ya conozco todos los árboles,
sus ramas, las flores, las aves y hasta algún que otro ciervo. Los zorros y
lobos, nunca se quedan. No les gusta mucho esta parte del bosque. Y los
comprendo. Sé que me tienen miedo. No creo que sea algo personal. Es más bien
por su instinto.
Me encanta la llegada de primavera. A través de los árboles puedo observar qué hay más allá.
En invierno, todo es monocolor. Pero ahora, veo manchas oscuras y verdes de la
tierra. Los sonidos y olores me traen a la memoria cosas… Las bellas cosas que he
vivido. Pero mis recuerdos se van desdibujando como las huellas en la
nieve que se derrite.
Ah, qué
pena es la mía por no poder ir más allá de este montículo. Mi destino y castigo
es dar vueltas y vueltas a su alrededor.
Estoy anclado a él …
Para siempre.
Es donde yazco.
Esta es mi tumba…
© La Pluma del Este
06/11/2024, Gijón
29 de octubre de 2024
Sara
Sara
El hombre bajaba por la escalera hacia la oscuridad.
Con mucho cuidado y apoyándose en las paredes de cemento, llegó al sótano. Encendió
la bombilla.
La puerta de
hierro oxidado estaba abierta de par en par. La cadena y el candado, rotos,
reflejaban la sucia luz.
—Saraaaaaa… Saraaaaaaaa… ¿Estás aquí? ¿Dónde te escondes?
Has sido una chica mala. Muy mala. ¿Qué voy a hacer contigo ahora?
Desde un
rincón se oyó un lloro y suaves quejidos. Una sombra se ha movido y algo se
arrastró hacia el hombre. Era una muchacha de unos trece años, delgada, desnuda
y llena de sangre y arañazos. Su melena apelmazada escondía un rostro sucio y
con los surcos claros de lágrimas. Los
ojos azules imploraron al hombre. Este la cubrió con una manta rosa.
—Lo… lo…
Siento muuucho. Por favor… Lo siento…
—¿Cómo
pudiste escapar? Te di el triple de somníferos, te encadené y cerré bien esta
puerta de hierro. —El hombre la abrazó para tranquilizarla. —¡Qué desastre!
Cada luna te haces más y más fuerte. Y esta vez has dejado cuerpos. ¡Hablamos
de no cazar a las personas!… No tenías que haber ido a aquel parking. ¡Tres hombres! ¡Destrozaste a tres tipos
más grandes que yo, muchacha! De nuevo tendremos que mudarnos. Sube a ducharte
y a descansar un poco. Avisaré al colegio que estás con la gripe… Pero… ¿Qué
escondes ahí? ¡Madre mía!… ¿Un conejo vivo?
—Papi, porfa,
déjamelo. Quiero tenerlo. Por favor. No lo mataré. Lo prometo…
19 de octubre de 2024
Leleka
Leleka
Hace mucho, mucho tiempo, cuando todavía no existían
países que conocemos hoy, en la vasta estepa de Europa oriental, donde el río Slavútich
corre hacia el mar Negro, había un asentamiento eslavo.
Sus pobladores,
gente humilde y pacífica, vivían en casas de troncos de madera, medio enterradas
en el suelo, y con los tejados de paja. Sus vidas eran sencillas: sembraban la tierra,
cazaban, recogían bayas silvestres, pescaban, cuidaban del ganado. También
comerciaban con otros asentamientos.
Ya en aquella
época existían los oficios de tramperos, curtidores, carpinteros, y nunca podía
faltar un herrero. Y en nuestro poblado
había uno, que con su esposa y dos hijos pequeños: una niña de tres
primaveras, y el chico, de unas pocas lunas – vivían en una bonita casa cerca
de la empalizada.
Una tarde de
caluroso y seco agosto, sobre el asentamiento cayó una gran tormenta. El día se
hizo noche. Los rayos barrieron la estepa. Los truenos hicieron temblar el
suelo. El ganado se asustó y se desperdigó por los campos. Casi todo el pueblo
corrió en su busca. También el herrero con su mujer, dejando solos a sus hijos
que dormían ajenos a todo el alboroto.
De repente, un
rayo impactó en el tejado de una casa. Este se prendió en un abrir y cerrar de
ojos. La lluvia no podía apagar el fuego que devoraba la paja con gran
ferocidad. Los perros empezaron a ladrar y aullar. Pero no había nadie cerca
para apagar las llamas.
Desde lejos los
vecinos vieron el incendio y dieron la vuelta. El ganado no importaba, ya que, con
el viento tan fuerte, el fuego podría destruir el pueblo entero.
El herrero y
su mujer gritaron impotentes: era su casa la que se quemaba y con sus hijos
dentro. No llegarían a tiempo para salvar a los pequeños de la terrible muerte.
Una testigo ocasional, que interrumpió su viaje para refugiarse del temporal en un establo, observaba el horror que se expandía delante de sus ojos. Una casa se
quemaba. Perros no paraban de aullar. Y un sonido, suave y repetitivo… Un
llanto… De un bebé humano… Ella no podía hacer nada al respecto. No estaba
preparada para aquello. Pero el llanto le taladraba los oídos, la empujaba a hacer algo…
Encontrando
el valor que no tenía, la cigüeña blanca salió de su refugio. Con grandes
zancadas se acercó a una ventana y saltó dentro. Había mucho humo, la paja en
llamas caía desde el techo. La cigüeña, afinando su oído, encontró en un rincón
a una cría humana que abrazaba con fuerza a otra más joven.
El ave, con
su largo pico, agarró a una de las criaturas por sus plumas de tela y la
arrastró fuera. La dejó ahí, bajo la lluvia, y volvió a meterse dentro a por la
otra.
El calor abrazador
le quemaba sus largas patas. Sus plumas blancas se ennegrecieron por el hollín.
Con el pico la cigüeña intentaba apagar el fuego. Por fin, pudo a agarrar a la
cría humana y, con las últimas fuerzas que le quedaban, se arrojó por la
ventana.
Ya entonces
había mucha gente alrededor luchando con el fuego. El herrero y su esposa
abrazaban a sus hijos llorando y dando las gracias a Dios y al ave que, sacrificándose,
salvó la vida de los niños.
La cigüeña
pasó más de una luna recuperándose de sus quemaduras, cuidada por los humanos.
Desde entonces su pico y patas se han vuelto rojos y las alas, se tiñeron de
negro.
El herrero
estaba muy agradecido. Y en un enorme árbol construyó un nido para que la
salvadora de sus hijos pudiera anidar cerca.
Y así,
después de muchos años, que se convirtieron en siglos, alrededor de los
pueblos, en los postes, los árboles, en las cúpulas de las iglesias, podemos
ver impresionantes nidos de las cigüeñas, protectoras de hogar y de niños.
Leleka (ucraniano) es cigüeña.
Río Slavútich hoy lo conocemos por el río Dnipró – más grande de Europa.
Eslavos – aquí hablamos sobre los pueblos que habitan en Ucrania. Cabe señalar que los eslavos son el grupo etnolingüístico más grande de Europa central y oriental.
Primavera — medida de tiempo que se entiende como un año.
Lunas — medida de tiempo de un ciclo completo de luna, cercana a un mes.
16 de octubre de 2024
El botín
El botín
—¿Qué te cuentas, primo? —Nada. Aquí estoy, esperando. —¿A quién? —Psss, disimula. No chilles. Habla bajo. —Vaaale. ¿Y? —¿Y qué? —Pareces tonto. Te lo estoy preguntando yo. ¿A quién esperas? —No a quién, sino a qué. A una oportunidad. ¿Ves a los tres en aquella
mesa? Llevo un rato observándolos. Dos de ellos han pedido hamburguesas
completas y la otra, un perrito caliente. Están devorando sus hamburguesas. Ni
las raspas quedarán. Pero la del perrito lo está mareando. No tiene pinta de
poder con él. Lo dejará casi entero. Segurísimo…
Se van. ¡Ahora! ¡Sígueme! Dos gaviotas
se abalanzan sobre la mesa del bar y, rompiendo las copas y botellas, huyen con
el botín: medio bollo de pan… Sin el perrito.
15 de octubre de 2024
Hijo de mi tierra
Hijo de mi tierra
25 de septiembre de 2024
Árbol
Árbol
A cada uno, sus zapatos
A cada uno, sus zapatos
Una llave
Una llave
24 de septiembre de 2024
Respeten a los mayores
Respeten a los mayores
Mira por dónde pisas
Mira por dónde pisas
Mientras caía, se acordó de toda su vida.
Y, al
estamparse, maldijo la piel de plátano que acaba de pisar.
Él nunca te olvidará
Él nunca te olvidará
11 de septiembre de 2024
Madre
Madre
Ella es el amor primero.
Ella es aquel eslabón,
Que te une al mundo entero.
Y aunque le rompas el corazón
Te dará un perdón sincero.
Estará ahí para escuchar
Y ayudarte con tus problemas.
Sin pegar el ojo va a esperar
Si hace falta, las noches enteras,
Para verte a casa regresar.
Será tu amiga y confidente,
El hombro firme en el que llorar.
Estará contigo muy paciente
Hasta que tú podrás recuperar
Tus fuerzas y seguir de frente.
Mamá, mamita, madre.
Madre, mamita, mamá…
Su corazón y el tuyo laten
Como si fuera uno, al compás.
31 de agosto de 2024
La presentación
La presentación en toda regla
(O lo que puedo contarles y dejarles vivos)
Hola, mi querido lector.
Permíteme que me presente. Soy a la que llaman «La Muerte Perfumada». Por supuesto, es un nombre en clave, dado que el que me dieron mis padres al nacer está olvidado. Lo hice olvidar. Y los que lo sabían, ya no están entre los vivos.
Soy una mujer normal: ni alta, ni baja; ni delgada, ni rellenita; ni guapa ni fea… En todos los sentidos, no llamo la atención, a no ser que se requiera según qué circunstancias. Soy muy inteligente, sin duda alguna. Hablo varios idiomas con fluidez: ruso, ucraniano (es donde nací), español, inglés, francés, alemán y mandarín. Me encanta leer y tengo una magnífica memoria. Soy muy buena en el terreno desconocido, ya que mi sentido de orientación casi nunca me falla. También soy muy, pero que muy, resolutiva. Es mi punto fuerte. Encuentro la solución a cualquier situación. Y como un valor añadido a mi perfil, soy camaleónica. Sí, sí. Observo que no puede contener la sonrisa, querido lector. Es que no miento. Me encanta disfrazarme. ¿Igual por qué de niña nunca lo he podido hacer? Será por esto. El oficio al que me dedico es muy antiguo. No. No es el que él piensa. No saque tan rápido las conclusiones. De hecho, es el oficio que me eligió a mí de muy joven y es otra historia de la que no voy a hablar. Por ahora.
La Muerte Perfumada… Me encanta cómo suena. Aunque me ha llevado años crear este renombre y la fama. Muchos años y demasiados cadáveres a mis espaldas… Muy justificados, sin duda alguna. Soy una asesina. Fría, retorcida y despiadada asesina que tiene sus propias reglas. Los que me contratan solo requieren de mis servicios cuando hay que ser tan delicado como un alfarero y tan sutil como una pluma. Y esta soy yo. Cuando yo acepto un trabajo, no hay nada que me pare. Así que espero no tenerle entre mis encargos.
Por ahora, no diré nada más. Dejaré que me vaya conociendo poco a poco, sorbito a sorbito, como un McKallan de dieciocho años. Lo bueno se disfruta lentamente y yo soy muy, pero que muy buena en lo mío.
Nos vemos… Ja, ja, ja… Es una broma. Espero no verlo nunca.
La Muerte PerfumadaEn Gijón, a 30 de agosto de 2024.
Permíteme que me presente. Soy a la que llaman «La Muerte Perfumada». Por supuesto, es un nombre en clave, dado que el que me dieron mis padres al nacer está olvidado. Lo hice olvidar. Y los que lo sabían, ya no están entre los vivos.
Soy una mujer normal: ni alta, ni baja; ni delgada, ni rellenita; ni guapa ni fea… En todos los sentidos, no llamo la atención, a no ser que se requiera según qué circunstancias. Soy muy inteligente, sin duda alguna. Hablo varios idiomas con fluidez: ruso, ucraniano (es donde nací), español, inglés, francés, alemán y mandarín. Me encanta leer y tengo una magnífica memoria. Soy muy buena en el terreno desconocido, ya que mi sentido de orientación casi nunca me falla. También soy muy, pero que muy, resolutiva. Es mi punto fuerte. Encuentro la solución a cualquier situación. Y como un valor añadido a mi perfil, soy camaleónica. Sí, sí. Observo que no puede contener la sonrisa, querido lector. Es que no miento. Me encanta disfrazarme. ¿Igual por qué de niña nunca lo he podido hacer? Será por esto.
La Muerte Perfumada… Me encanta cómo suena. Aunque me ha llevado años crear este renombre y la fama. Muchos años y demasiados cadáveres a mis espaldas… Muy justificados, sin duda alguna. Soy una asesina. Fría, retorcida y despiadada asesina que tiene sus propias reglas. Los que me contratan solo requieren de mis servicios cuando hay que ser tan delicado como un alfarero y tan sutil como una pluma. Y esta soy yo. Cuando yo acepto un trabajo, no hay nada que me pare. Así que espero no tenerle entre mis encargos.
Por ahora, no diré nada más. Dejaré que me vaya conociendo poco a poco, sorbito a sorbito, como un McKallan de dieciocho años. Lo bueno se disfruta lentamente y yo soy muy, pero que muy buena en lo mío.
Nos vemos… Ja, ja, ja… Es una broma. Espero no verlo nunca.
18 de agosto de 2024
Noticias
Noticias
La noticia, seguida de un dolor
punzante, me dejó estupefacta. El reloj, regalo de mi padre para mis dieciséis,
estaba hecho trizas y la sangre, que caía de un profundísimo corte, se mezclaba
con la arena y el cristal — un desastre a mis pies. Y pensar que, hasta hace
nada, yo estaba tan tranquila…
En la televisión hablaban de las manifestaciones, “especialmente
violentas”, de los agricultores. Las imágenes de cientos de tractores y gente
de campo se alternaban con los de la policía preparada para dispersarles.
El sol, salido de entre las nubes, entró descaradamente por la ventana,
sacando a la luz toneladas de polvo y bolas de pelo de los perros. ¡Por Dios! ¡Si
ayer mismo pasé el aspirador! Antes de que se me ocurriera volver a aspirar,
bajé la persiana: así el salón se verá limpio. Encendí la lámpara de pie.
La plancha soltó el vapor, avisándome que ya estaba preparada para dejar
perfecto un montón de ropa que llevaba esperando… ¿Cuánto? ¿Una semana? La
verdad es que no me gusta planchar, aunque se me da bastante bien. Y, según leí
en algún blog de esos que dan soluciones a todos los problemas de la vida,
tiene su lado positivo. Es como meditar: sabemos que es necesario, pero nunca
lo hacemos. Así es con la plancha. Mientras estiras las arrugas y poco a poco
las conviertes en una prenda suave, perfumada y preparada para ir al armario
para después volver a estar sucia y estrujada (la rueda de la vida), tienes la
mente en blanco. En estos momentos solo
piensas en planchar… En nada más. Meditación.
Las noticias de la tele me deprimen. Tampoco me veo con las ganas de
empezar una nueva serie. Me conozco. Si me engancho, dejaré que el aspirador y
la plancha queden apartados para el después. La fuerza de voluntad se fomenta
con estos pequeños sacrificios. Me siento fuerte y apago la televisión.
Pido a Alexa que ponga la cadena de siempre. De nuevo noticias. Madre
mía. Estoy a punto de pedirle algo de música. Veo que el reloj de arena necesita
que le den la vuelta. Dios, qué dispersa estoy hoy. Así nunca acabaré de
planchar. Y ya toca preparar la cena.
Este reloj… Cuantos recuerdos. Me lo regaló mi padre como el “símbolo a
la puntualidad”. Sí, mi papá tenía un sentido de humor un poco negro, ya que de
adolescente yo llegaba tarde a todos los sitios. Le doy la vuelta. Tiene polvo.
Agarro el bajo de mi camiseta de “andar por casa” y empiezo a limpiar…
«Ahora proseguimos con el sorteo de cada viernes. Cinco… Cero… Uno…
Seis… Nueve. El número ganador es cincuenta mil ciento sesenta y nueve. La serie
cincuenta y cinco. Les recordamos que al acierto de las cinco cifras le corresponde
el premio de doscientos cincuenta mil euros. Si coincide también la serie, el
premio es de un millón de euros. Enhorabuena a los afortunados.»
Me quedé congelada en el tiempo y en el espacio, con el reloj en la mano y con
la fecha de mi cumpleaños, dando vueltas en la cabeza: cinco de enero de mil
novecientos sesenta y nueve. Lo llevo jugando un montón de años… ¡Un cuarto de
millón de euros! ¡Me ha tocado! ¡Me ha to...!
¡Crack! ¡Dios, qué dolor! El
reloj, regalo de mi papá, está hecho trizas y la sangre, que cae a chorros de
mi mano, se mezcla con la arena y el cristal. Empiezo a llorar y gritar de
dolor y rabia. El reloj de los diez minutos, el único objeto de mi padre que me
quedaba…
17/08/2024, Gijón





















