27 de noviembre de 2025

174. Club Lunar de Mujeres Exhaustas

 Club Lunar de Mujeres Exhaustas





Pasaban los años y ella seguía corriendo detrás del tiempo. Ser madre, esposa, hija, nuera, empleada, cuidadora de dos perros, un conejo y varios peces la dejaba más cansada que Hércules con las caballerizas. A pesar de ello, no tenía la gloria mitológica como recompensa.

          Después de un día que parecía un maratón que ni el mismísimo Filípides aguantaría, se daba por satisfecha. Sin embargo, con la casa recogida, los niños bañados y el marido roncando, tenía ganas de no despertar en un año. Finalmente, cerró el libro, apagó la luz de la mesita y volvió a rogar al cielo, al universo o a lo que haya allá arriba:

          —Por favor, ¡un descanso! Un respiro, aunque sea de cinco minutos, sin que nadie me llame «mamá», «cari», «hija» o «señora».

         Y el universo, o eso que hay allá arriba, la escuchó…

          Cuando despertó, la envolvía un silencio muy silencioso. Nada del zumbido de la nevera, ni del torturador goteo del grifo de la cocina, ni de los ronquidos de al lado… Era un silencio solemne, cósmico, de esos que te asustan y, aun así, te dejan extasiada. Sobrecogida, la mujer salió de la cama. Y, en vez de pisar la gastada y áspera alfombrilla, sus pies se hundieron en el suave polvo lunar. ¿Lunar? Pues, sí. Si no, ¿cómo se podría explicar que la enorme bola azul llamada Tierra colgaba justo allí, delante? Tampoco se sorprendió al ver que su cama era una especie de mini platillo que se sostenía en el aire, cubierto con sábanas de algodón egipcio y decenas de mullidos cojines de plumas.

          —Buenoooooo… esto sí que es desconectar —se dijo, y soltó una carcajada que se perdió en el vacío.

          Dio un par de saltitos, primero algo torpes; después saltó como Pegaso, abrió sus brazos y gritó:

          —¡Soy una con el universo! ¡¡Soy-una-con-el-u-ni-ver-sooooo!! —se sentía libre y ligera. Ni un «¿qué hay de comer?», ni un «cari, me falta un calcetín», ni un «hija, dile a tu padre…», ni siquiera «Señora Rodríguez, bla, bla, bla…».

          Se tumbó bocarriba sobre el polvo chispeante, mirando a las estrellas. Mientras estaba haciendo un ángel lunar, vio a un pequeño marcianito verde con las alitas doradas de un querubín. ¿O más bien, lunarcito? Pero ¡qué mono, por Dios! La saludó con su manita de tres dedos, le tiró un tubo dorado y se desvaneció con cara de fastidio. A la terrícola le pareció oír: «Otra más. ¿A dónde vamos a parar?» ¿Otra más? ¿Dónde?

          Nuestra exploradora espacial abrió el tubo y sacó un pergamino.

 

Querida nueva amiga,

Si estás aquí, significa que ha llegado el momento de conocer

Club Lunar de Mujeres Exhaustas. Ponte cómoda en tu cama y agárrate fuerte.

 La aventura te espera.

         

                                                           Las Discípulas de Hera,

 las que encontraron este refugio antes que tú.

 

          —Universo, querido, te pasaste de generoso —rio y se acomodó entre los innumerables cojines. —Yo solo pedí cinco minutos y me mandaste las vacaciones interplanetarias.

          La cama-platillo o el platillo-cama se elevó hacia las estrellas, sobrevoló el borde de un inmenso cráter y se precipitó abajo, a través de una espesa niebla.

          Lo que vio nuestra intrépida viajera, la dejó sin palabras. Un mundo de color y luz se expandía por toda la superficie. En el centro del cráter y rodeado de exuberantes jardines en cascada; en la cima de un monte, se erguía un magnífico palacio. Sus cúpulas de cristal brillaban en colores que ni siquiera una mujer sabría nombrar. Donde alcanzaba la vista, las innumerables fuentes disparaban hacia el cielo un líquido rosa sospechoso.  A su alrededor, las miríadas de marcianitos-lunarcitos cargaban bandejas de copas flauta, llenas de… ¿Champán rosado? Uno pasó muy raudo justo por encima de la cama-platillo. Y casi muere del susto cuando un brazo ágil, surgido de entre cojines, agarró una copa llena. La mujer la apuró de un trago. Las finas burbujas le cosquillearon la garganta.  No recordaba haber bebido algo tan exquisito. Cazó a un par de camareros voladores y les dejó sin su carga.

          Después de varias, bueno, bastantes, copas de champán, nuestra dama estaba feliz y relajada. Hasta que… se vio rodeada de un enorme enjambre de bombones de Godiva. En forma de corazón, de bolitas; de chocolate blanco, negro y con leche; con perlitas y polvo de oro; con y sin relleno… Todos querían ser tocados y saboreados. ¿Qué milagro era ese? La mujer se pellizcó y se tiró del pelo. Le ha dolido.

          —Definitivamente, estoy loca o colocada. Pero no me iré de aquí sin probar esta maravilla. —Y se metió un Godiva en la boca. Cerró los ojos de placer… Lo siguieron una docena más y más champán. Lo extraño es que ella no se sentía ni ebria ni llena. —Definitivamente, estoy muerta y este era el paraíso.

         Con la boca y las manos manchadas de chocolate, la mujer, por fin, vio que no estaba sola. Había muchas más mujeres. Unas, navegando en los barquitos de colores; otras, nadando; otras, tomando el café en las terrazas llenas de flores, o, paseando sin más… Todas vestidas con túnicas vaporosas y el pelo suelto. Como en la antigua Grecia. Con nostalgia se acordó de su viaje de novios a Atenas. Hace muchísimo. En su otra vida. Las mujeres, muy sonrientes, la saludaban y le daban la bienvenida.

         Con una pirueta en el aire, digna de un caza de combate, la cama-platillo aterrizó… No —alunizó— en las afueras del resort. El contraste con el mundo bucólico que acababa de sobrevolar era tremendo. Un llano polvoriento gris y montículos de sacos apilados. Se respiraba la atmósfera triste y opresiva.  Un poco más allá, una enorme puerta de oro desprendía una cálida luz.  Una fila de mujeres, cada una con un saco en la espalda, esperaban su turno para pasar…  El platillo-cama dejó a nuestra viajera y desapareció con rumbo incierto.

          Unos marcianitos-lunarcitos con caras de pocos amigos la cargaron con un enorme saco lleno de… piedras negras, violetas y amarillas, y la colocaron en la fila con las demás mujeres:

         —Anda, ¿más peso? Y yo que pensaba que estaba de vacaciones. —Nadie le hizo caso. Nadie hablaba. Cada una llevaba su saco. Y todos contenían la distinta carga. Las piedras negras eran las pérdidas; las rojas, amores rotos; las amarillas, facturas y deudas; las azules, las enfermedades; las violetas, preocupaciones; las marrones, la soledad…

          Ya en la puerta, una mujer bellísima, con pinta de diosa, preguntaba algo a cada visitante, la abrazada y le pedía desprenderse del saco. Unas lo quitaban como un abrigo; otras, lloraban y se agarraban a él como si de su segunda piel se tratase… Finalmente, con una sonrisa y espalda recta, cruzaban la puerta y desaparecían en el oasis lunar. 

          —Hola, querida. Puedes dejar tu saco aquí. Te esperará hasta que vuelvas. Nadie más que tú podrá sobrellevar tu carga…  Sé bienvenida al Club Lunar de Mujeres Exhaustas.

          A nuestra heroína le ha costado lo suyo dejar el saco multicolor. Aquellas piedras eran parte de su vida.

          Por fin, ya ligera como una pluma, la mujer atravesó la puerta. En un parpadeo, su camisón de Pikachu se transfiguró en una túnica vaporosa, y la coleta de cuatro pelos en una preciosa melena. (JL se moriría de envidia, segurísimo.) Se unió al grupo de las recién llegadas.  Ahora ya se veía bella y, por primera vez, se sentía hermosa, rodeada de otras como ella: mujeres corrientes, convertidas en diosas… aunque el hechizo no duraría mucho. 

          Las nuevas exhaustas se acercaron, todavía deslumbradas por sus nuevos ropajes, hacia un gran poste informativo que brillaba como el neón celestial. Allí, en letras plateadas, se anunciaban las actividades y talleres:

 

Aprende a decir NO.

Trucos para evitar las cenas en casa de tu suegra.

Idioma para dejar sin palabras a tu hijo/hija adolescente.

¿A dónde van los calcetines?,

Los maridos no nacen, se hacen.

Meditación exprés para no matar a tu jefe…

 

         Nuestra diosa viajera iba leyendo entre risas… hasta que, de golpe, se topó con alguien conocido. Ni más, ni menos que su jefa.  Sí, la misma cabrona que la tenía amargada con quejas, encargos imposibles y correos electrónicos y llamadas a deshoras. ¿Qué hacía allí?

          Ella no lo sabía, pero en aquel reino lunar, incluso su odiada jefa, se había desprendido de su saco de piedras: el marido que la había cambiado por una más joven, el cuidado de su madre enferma, los problemas en la empresa y su lucha para mantenerla a flote… Por primera vez no le pareció una bruja sin corazón, sino una igual, una diosa cansada y rota como las demás. Compartieron las confidencias, bebieron y rieron… Dos mujeres corrientes con sus cicatrices. Y entre risas, nuestra protagonista eligió su primer taller: Aprende a decir NO. Y su jefa: Meditación exprés para no matar a tu jefe…

          El despertador casi la tira de la cama.

         —¡Ostras! Vaya sueñecito… Ufff. —Despeinada y de nuevo con el camisón de Pikachu, nuestra protagonista, salió de la cama. La de siempre. El tacto áspero de la alfombrilla la devolvió a la realidad. Y empezó la batalla: «¡Mamaaaaaa! ¿Planchaste mi falda plisada?», «¡Mamaaaaaa! Tobi llenó mi jersey negro de pelo», «¡¡Guau, guau!!», «Cariño, acuérdate de que este domingo comemos con mis padres».

          Con una sonrisa enigmática y la calma de quien ha viajado por lunas, ha visto palacios de cristal y Godivas que llueven del cielo, la valiente viajera intergaláctica, se enfrentó a su familia. Los niños chillaban, los perros ladraban, el marido, en busca del calcetín perdido, el conejo con cara de susto y los peces… Todo esto parecía el universo entero.  Ella respiró hondo y, con la fuerza de Minotauro, soltó:

          —¡¡NO!!

          Y el mundo, al menos por un segundo, se detuvo. El libro Mitología de la antigua Grecia, se cayó de la estantería.

 

 

           En la oficina, como siempre, con prisas y sin aliento, se dio de bruces con la jefa. Con cara de susto y con un “lo siento” en la boca, nuestra heroína se quedó sin palabras cuando la otra le guiñó el ojo. Y supo que ambas recordaban la Luna.

 



27/11/2025, Gijón (o Luna...)

        © La Pluma del Este


17 de octubre de 2025

169. La némesis de San Pedro

 

La némesis de San Pedro

 

 

La vida empieza muchas veces

 

 

La fila interminable de almas se perdía entre las montañas de nubes semejantes a algodón de azúcar. Por encima de ella volaba una melodía de murmullos, suspiros y quejidos, salpicados de llantos y de alguna que otra risa infantil. Los hombres, intentando mantener el tipo y mirándose las uñas o el reloj, seguían sin creer del todo que este era su viaje final. Las mujeres, retocándose el pelo y hablando entre ellas, parecían estar en la cola de un supermercado. Los niños —niños son— corrían y jugaban, ajenos a la brevedad de sus vidas. Y los ancianos, encorvados bajo el peso de los años, esperaban con paciencia al eterno descanso. Todas las almas llegaban a las puertas del cielo por caminos distintos, pero compartían la misma expresión: «¿Este es el fin? ¿Estoy muerto? ¿Ya…?»
   El apóstol San Pedro, en toda su deslumbrante magnificencia —aunque con la paciencia desarrollada por los siglos en el mismo puesto— les franqueaba las puertas del cielo. Cogía a cada uno de la mano, posaba la otra en su cabeza, le bendecía y, con un gesto tan amable como rutinario, lo guiaba a través de las puertas al Más Allá. A veces murmuraba algo como “siguiente” o “ahí no lo vas a necesitar”. Aquel lugar respiraba la calma perpetua. La aceptación del sino no dejaba lugar al… ¿Alboroto?
          Un murmullo, al principio bajo, iba subiendo de tono. Lo siguieron los empujones y saltitos. Algunas almas salieron de la fila. Otras quisieron subirse a las nubes cercanas. El Apóstol tomó la postura de su santa indignación y con una voz de trueno preguntó:
   —¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¿Por qué este alboroto?
       Y entre las piernas de la corpulenta señora de cierta edad y de un respetuoso anciano apareció… ¿Un perro?
       San Pedro restregó sus ojos con la túnica celestial y volvió a mirar. Sí. Delante de él estaba un perro. Grande, peludo y con una oreja mirando para abajo y con la otra, al lado contrario. Su lengua, como una bayeta colorada, salía y entraba de la dentuda boca. El perro se sentó sobre sus cuartos traseros y clavó la mirada en San Pedro.
   —¡¡Guau!! ¡Guau! ¿Guaaaau? —es lo que oyeron los presentes. Sin embargo, el Apóstol entendió lo siguiente: —Saludos, Guardián de las puertas. ¿Viste a mi Amo?
     Aunque parezca mentira, el Gran Apóstol quedó mudo. Después, recuperó la compostura y le contestó al polizón:
        —No, no he visto a tu amo… todavía. Y tú, no deberías estar aquí. Vuelve al cielo de mascotas… Siguiente…
         El perro no se movió. De hecho, de una nubecita se hizo la cama, se rascó, se relamió, se mordió las uñas y, después de todo este ritual, clavó su penetrante mirada en San Pedro.
      Desde aquel momento se acabó la tranquilidad de las almas y la concentración del Guardián de las puertas. La fila ya no era ordenada ni iba más allá de las nubes de algodón de azúcar. Aquello se parecía más a una romería, pero sin orquesta. Los niños querían jugar con el perro; las mujeres chillaban para que tuvieran cuidado; los hombres se preguntaban si el perro era suyo y los viejos, con lágrimas en los ojos, recordaban a las mascotas de su infancia.
        Tal desatino no podía continuar. Así que San Pedro chascó los dedos y el perro desapareció. No es que lo matara, nada por el estilo. El perro bajó al mundo de los vivos para buscar a su amo. Y todo ha vuelto a su sitio. Pero no por mucho tiempo.
     Mientras en el cielo apenas pasaron un par de horas, en la Tierra, toda una vida perruna. Y de nuevo en las puertas del Más Allá apareció un perro. Esta vez, una cosita canija y escuálida, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas y con los dientes mellados; y… con una oreja mirando para abajo y con la otra, en dirección contraria. Un señor distinguido, que estaba a punto de cruzar la puerta, pisó la colita del perro y este empezó a chillar. Era un sonido tan estridente que taladró los oídos al mismísimo San Pedro. Las almas se dispersaron, como las ovejas por un prado. 
       —¿Tú otra vez? Y no, no he visto a tu amo. ¿Lo buscaste? Vaya, cuánto lo siento. Adiós. —Con el chasquido de los dedos, el Apóstol mandó al chihuahua a la tierra. Otra vez.
    Al chihuahua siguió un pastor alemán; a ese, un perro salchicha. Después, un labrador chocolate, un perro mestizo, un caniche… Todos tenían una oreja mirando para abajo y la otra, en dirección contraria; todos tenían la mirada penetrante de ojos sabios, todos buscaban al mismo Amo y todos eran el mismo perro. San Pedro vivía en un perpetuo déjà vu. Ni los ángeles, ni el resto de los apóstoles, sabían explicar cómo un alma de un simple perro estuviera conectada tan fuertemente a un ser humano. Era un amor tan inmenso e imperecedero que traspasaba la existencia.
     San Pedro ya no se molestaba en arreglar la fila de almas. Total, ¿para qué? Si en cualquier momento aprecia Perro, y todo iba al traste. El Guardián de las Puertas pedía una tregua, un descanso. Y, aunque era un pecado solo de pensarlo, rogaba por la pronta aparición del Amo. ¿Cuántos perros puede haber en la vida de un humano?
      Miles y miles de almas llenaban la infinita pradera sin tener mucha prisa para pasar al Más Allá. Unas charlaban, otras jugaban a pillapilla, otras cotilleaban sobre los demás. Nadie prestaba atención a las inmensas puertas doradas y al ser celestial que las guardaba. Sentado en un taburete, cabizbajo y muy, muy cansado, el Apóstol San Pedro, por vez primera en su milenaria historia laboral, no cumplía con su trabajo.
        —¡¡Guau!! ¡Guau! ¿Guaaaau?
        —Vete. Haz lo que quieras, pero déjalo ya.
        —¡¡Guauuuuuu!!
        San Pedro se levantó y estuvo a punto de mandar a Perro lejos, cuando una mano anciana lo paró. Ahí, justo delante, estaba un enorme perro peludo y con una oreja mirando para abajo y con la otra, al lado contrario. Su lengua, como una bayeta colorada, salía y entraba de la dentuda boca. A su lado, un anciano frágil. Ambos se apoyaban el uno en el otro. El perro se sentó sobre sus cuartos traseros y clavó la mirada en San Pedro.
     —Hola, amigo. ¿Así que has vuelto? Y encontraste a tu Amo. Dígame, señor, ¿cómo un perro ha sido capaz de vivir varias vidas para encontrar una, la suya? ¿Por qué? ¿Qué os ata?
     —Ese chucho grandullón, me salvó cuando yo tenía unos cinco años. Cuando los alemanes entraron en nuestro pueblo, mataron a todos. Y este maravilloso animal, me cubrió con su cuerpo. Quedó herido. Se murió, pero me salvó a mí. Jamás lo olvidé. Tuve varios perros y a todos les llamé por su nombre: Niko. Y ruego que nos deje pasar estas puertas juntos. Se lo suplico.
    San Pedro frunció el ceño. La petición del anciano incumplía las reglas: las almas humanas no se mezclaban con las de mascotas. El perro, Niko, sentado sobre sus cuartos traseros, le miraba fijamente con sus penetrantes ojos marrones. Ojos de un ser que ha visto y sufrido tanto y por un amor imperecedero.
    —Anda, pasad. Y, Niko, no te quiero ver rondando por aquí. Ya hemos perdido demasiado tiempo. El cielo no debe esperar.





17/10/2025, Gijón

© La Pluma del Este

         

2 de octubre de 2025

167. De oro al heno

 

De oro al heno

 

 

El palacio real, rebosante de actividad, se preparaba para el decimoctavo cumpleaños de la heredera del trono, la princesa Emma. Carros de flores frescas y de toda clase de viandas formaban una larga fila en el portón lateral del castillo. Los mercaderes vendían telas, perfumes y chucherías, compitiendo con malabaristas y juglares por la atención y las monedas del público. Los olores a humo, a pan recién hecho, a carne asada y especias se propagaban por todos los rincones y se mezclaban con la peste del estiércol de caballos. Las lujosas carrozas de invitados entraban acompañadas por la estridente fanfarria de los trovadores. Los ricos y el pueblo llano se mezclaban en las calles y plazas; en tan extraordinaria celebración, todos se entregaban al cotilleo sobre la familia real y la corte.
       La causa de todo aquel alboroto, la princesa Emma, estaba sentada en la terraza de sus aposentos. Rodeada de damiselas, tomaba una infusión de hierbas aromáticas en una taza de la más fina porcelana, con su meñique real alzado. Sonriendo de medio lado, lo justo para evitar las arrugas alrededor de su preciosa boca, Emma estaba complacida con ser el centro de atención. Los regalos estaban llegando desde hacía días y ella se impacientaba por abrirlos. La curiosidad la estaba matando. Así que decidió no esperar más y, escoltada por el séquito, se dirigió al salón rosado.
    Por la inmensa estancia pululaban los pajes y sirvientes, colocando sobre las mesas innumerables cajas y paquetes, envueltos con los primorosos papeles de seda y finas telas. La princesa, orgullosa y henchida como las velas de un barco, empezó a pasearse entre los regalos leyendo las tarjetas con las felicitaciones. El conde tal, la baronesa cual, los señores de nosequé… Gente que no conocía, y cuyo nombre apenas merecía su atención.
       Sus bonitos pies la llevaron a una mesita apartada. Y ahí la vio: una hermosa arca de madera noble, ornada con intrincados dibujos de flores y animales. Las gemas incrustadas en la tapa se reflejaron en los ávidos ojos de la princesa. Con premura, Emma la levantó. Y lo que vio dentro no la impresionó ni lo más mínimo:
      —¿Y para qué quiero yo un libro? Y, mucho menos, uno viejo y sobre plantas y cosas raras. Bah. Sin embargo, el arca me agrada. —Y sin más dilación, tiró el libro por la ventana, que se precipitó, con sus páginas revoloteando como un pájaro raro, y aterrizó en un montón de heno. Los caballos ahí presentes quedaron ojipláticos del susto e interrumpieron su apacible almuerzo. Un joven mozo salvó al pobre libro de la excesiva curiosidad de los equinos.
      —Vaya, vaya. Los de arriba se han vuelto locos; tiran la sabiduría por la ventana. —El mozo recogió el libro.
         «Codex… Salu… ¿tis?», murmuró para sí. «Vaya nombre. Suena a un libro de curas, aunque quizás más a brujería.» Se quitó la camisa y con mucho cuidado envolvió su hallazgo. Después de apaciguar a los caballos, desapareció en las caballerizas reales.
       Era bien entrada la noche y la fiesta continuaba. La música, los gritos y vítores que salían por las ventanas y puertas del palacio, se oían a leguas. Sin embargo, en una pequeña habitación, alejada del bullicio, justo detrás de las caballerizas, reinaba el silencio y, a la luz de una lumbre, se veía a un hombre joven, doblado sobre un libro. Con suma delicadeza, su dedo se movía de renglón en renglón y sus labios dibujaban las palabras leídas. El muchacho se llamaba Stefan y trabajaba de mozo en los establos reales. Y, como pueden adivinar, en sus manos tenía el libro que la princesa desechó con tanto desdén. Antes de quedarse con el libro, Stefan intentó averiguar su procedencia, pero nadie le supo decir nada.
     Pasaron días y lunas. Los reyes buscaban para su hija, la princesa Emma, un pretendiente que cumpliera con las expectativas, y el mozo de cuadra Stefan pasaba las noches devorando las páginas y absorbiendo el conocimiento del libro caído del cielo.
    Al principio, él no entendía las escrituras. Las palabras antiguas lo volvían loco y, a la vez, ansioso por descubrir qué contaban. Los dibujos muy detallados de plantas y flores venían acompañados por listas y recetas de pócimas. Stefan se frustraba, ya que comprendía la importancia del códice. En el día de feria acudió a un mercader, famoso por sus viajes. El avispado vendedor reconoció que aquel libro era un tesoro y ofreció a Stefan una bolsa de doblones. El muchacho se negó, pero le pagó todo lo que tenía ahorrado por un diccionario. Estaba obsesionado con desentrañar la olvidada lengua. La siguiente noche, encerrado en su cuartucho en compañía de dos libros, Stefan se sumergió en el mundo de la curandería. A este narrador se le escapa, pero por algún milagro o a manos de un espíritu errante, el libro había encontrado a su receptor. Y, sin la más mínima sospecha, el mozo de establo se convirtió en el discípulo del Codex Salutis y, con ello, en el futuro sanador del reino.
    Muchas lunas después, Stefan ya era conocido por su talento y arte de curar. Aun así, seguía siendo humilde y continuaba viviendo en su pequeño cuarto. Un día conoció a la altiva princesa. Su mundo y tranquilidad se vinieron abajo y ninguna pócima ni ungüento logró curarle la fiebre del corazón enamorado. Pero esa…  es otra historia.

 


02/10/2025, Gijón

© La Pluma del Este


26 de septiembre de 2025

166. Belleza que no ves

 

Belleza que no ves

 

 

El muchacho se encontraba metido en la burbuja de la apasionada relación con su móvil. Con espalda encorvada y los ojos fijos en la pantalla, estaba ajeno al mundo que lo rodeaba. El mundo también lo ignoraba: el sol, como cada día, bañaba en oro las copas de los árboles y pintaba en arcoíris los chorros de la fuente; el viento seguía jugando con las hojas; los atrevidos gorriones robaban las migas de pan a las palomas y los viandantes iban a sus asuntos. El muchacho sintió un suave golpe en la rodilla. Alzó la mirada: un viejo en gabardina (en un día de sol y sin una pizca de nubes) y gafas oscuras con un bastón blanco tanteaba el banco en busca de asiento.
        —Perdona, joven —dijo el anciano con voz serena—, me siento aquí cada tarde. Podemos compartir el banco.
      El chico dudó un momento, pero se movió a un lado. Agarró el teléfono y volvió a construir un muro alrededor. El anciano se dejó caer despacio, con movimientos medidos por la costumbre, y levantó su cara hacia el cielo.
     —El tiempo va a cambiar. Huele a mar. Pronto lloverá. ¿Trajiste el paraguas, chico?
          El muchacho lo miró extrañado:
          —N-no… ¿Cómo sabes eso si… no puedes ver? —sus dedos como relámpagos se movieron por la pantalla. — La app del tiempo no dice nada de lluvia.
          El anciano sonrió:
         —Yo no necesito ver. Yo lo siento todo. Mira más allá de la fuente. ¿Acaso no hay ahí dos gaviotas bañándose en el estanque? Y justo encima otras tres, dando vueltas.
    —¿De verdad estás ciego o me tomas el pelo? —El chico lo miró con desconfianza.
         —Lo estoy desde que nací. Mis ojos nunca han visto ni el cielo, ni las nubes, ni las flores… ni el rostro de mi madre, ni el de mi hija.
         —Jolín, señor. De veras lo siento. Yo no me imagino vivir sin ver nada.
         El viejo se giró y la cara del chaval se reflejó en las gafas oscuras:
         —Pero es que no ves nada, joven. Estás metido de cabeza en este cacharro y no te fijas en lo que te rodea.
          —Sí que veo. Mira, tío. Perdón. Señor. Aquí puedo ver los vídeos con mis cantantes favoritos; seguir a los influencers; jugar online; ver lo que sea y hablar con mis colegas.
          —Y, sin embargo, no ves nada. Todo aquello es fachada y postín. Guárdate el teléfono y cierra los ojos por un momento. Mira la belleza que te rodea. No con los ojos, sino con tu mente. Y tienes una gran ventaja sobre mí: conoces los colores.
          El chico cerró los ojos y dejó que el sol besara su pecosa nariz. Sus hombros, a principio tensos, se relajaron. Se apoyó en el respaldo. Estiró sus largas piernas y se cruzó de brazos. Aspiró el aire estival.
          El viejo esbozó una cálida sonrisa:
          —¿Qué ves?
          —Mmmm… Así de pronto. Hay gente hablando… Dos señoras mayores. Un niño. No. Una niña en el columpio. Tendrá unos cinco años. Se ríe como mi hermana pequeña. Por esto lo sé. Hay pájaros. De estos pequeños y rápidos. Gorriones. Viento con las gotas de agua… Será de la fuente. —El chico quedó ensimismado…
          —Acabas de describir un cuadro hermoso de la vida real. Solo te ha faltado un detalle. Al otro lado del estanque, enfrente de nosotros, hay un banco. Y aquella muchacha, tan bonita, dejó de leer. Cerró su libro de golpe. Se oyó hasta aquí. No te ha quitado el ojo. Yo que tú, iría a saludarla.
          El muchacho se enderezó de golpe. La chica le regaló una sonrisa.
          —Anda, ve a conocerla... Ah —dijo el anciano con socarronería—, estas gotas no son de la fuente. Corre y atecháos que va a caer un buen chaparrón. Los teléfonos no lo saben todo.





26/09/2925, Gijón
© La Pluma del Este

5 de septiembre de 2025

164. El zar caído

El zar caído 





“Fui zar de la carretera…

Hoy aguardo mi final entre la chatarra.”

V12 

 

 

Permítanme presentarme: soy Mercedes-Benz M120, aunque se me conoce como el V12. “Nací” en Affalterbach, un pueblito en el sur de Alemania. Mis primeros recuerdos son una continua sucesión de destellos: ruido metálico, golpes, chispas, máquinas con brazos largos, aceite y manos humanas hundidas en mis entrañas. Lo siguiente que recuerdo es estar en un podio al lado de otros como yo: elegantes y de líneas perfectas…

          Los flashes de las cámaras de fotos rebotaban en mi superficie negra y lisa como un espejo. Con cada centímetro de mi carrocería sentía el deseo de poseerme. Ay, qué ilusos son los humanos. No lo pueden tener todo. Yo elijo a mi conductor… aunque esa vez el destino me la ha jugado.

          Aquel aciago día me vi rodeado de un grupo de hombres con trajes mal cortados, zapatos nuevos que aún chirriaban, y miradas voraces, hambrientas de todo. Olían a vodka y hablaban en una lengua áspera. Venían de un país que acababa de desmoronarse y con una estúpida creencia de que el mundo les debía algo. Ese día supe lo que significaba la palabra ruso: hambre, codicia y desprecio por los semejantes.

          Entre ellos había uno especialmente atento a mis atributos. No dejaba de dar vueltas a mi alrededor. Me tocaba con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme. Sus ojos de acero, tan parecidos a mis piezas metálicas, cobraron vida. Sin duda alguna, querría tenerme… Cueste lo que cueste. Me sentí complacido. El ruso pidió que me arrancaran y acercó su oreja para oír el latido de mi motor. Su rostro inerte quedó reflejado en mi capó. Un maletín negro pasó de manos.  Mi destino quedó sellado al de Igor Ivánovich Maksimov, un politicucho gris, salido de las cloacas del Kremlin. 

          Llegamos a Moscú con mucha pompa. Igor se pavoneaba y sembraba la envidia entre los suyos. Me conducía con mano firme por la calle Tverskaya, donde los muros rojos del Kremlin creaban sombras dentadas en el asfalto gris. Al salir del centro, que era un falso escaparate para el mundo, la imagen cambiaba: la nieve sucia tapaba los traicioneros baches. El humo de fábricas supervivientes de posperestroika teñía el aire de gris. Los imponentes edificios estatales cedían el paso a las casas viejas y mal cuidadas. Y los rusos, gente triste y también gris, formaban interminables colas para comprar el pan. Las luces frías de neón, la señal luminosa del occidente, alumbraban toda aquella decadencia.

          Entre Ladas y Moskvich destartalados, yo me erigí en el zar de la carretera. Por donde pasaba, la ciudad entera se inclinaba ante mí. Ni Chaykas, ni Volgas, coches oficiales, me eclipsaban. Yo, era el primer V12 que los moscovitas contemplaban boquiabiertos. Pronto descubrí que toda aquella ciudad respiraba violencia y negocios turbios y yo no era un mero observador. El motor enganchado a la gasolina rusa, cada derrape, cada giro, cada paso por el arco de la Torre Spasskaya, llevando a Igor a las reuniones secretas en el Kremlin, me hacían partícipe de aquella falsa opulencia.

       A los tres meses de mi nueva vida en Moscú he presenciado la caída de mi propietario. De hecho, cayó desde una de las ventanas del Ministerio de Transporte: sus sesos quedaron pegados en mi parabrisas.  

       El cambio radical de mi vida llegó con Vasil Kondratov, apodado Dolgorukiy (Mano Larga). Con él me sumergí en el mundo oculto de Bratva, la mafia rusa. Yo era su orgullo y estatus. Él era el más rudo entre los rudos. Más bestia entre los salvajes con trajes de cachemir. Su abrigo de lobo acariciaba mi tapicería. Muy pronto me acostumbré al peso de sus armas en mi guantera. Sus manos fuertes y con cicatrices, agarraban el volante de cuero y mi metal rugía y corría por las calles, dejando los coches de la competencia o de la policía rezagados como viejas tartanas. Las balas silbaban a mi alrededor y ninguna osaba rozarme. En mis asientos han sucumbido las mujeres más bellas… Y lloraron los hombres débiles… Sin embargo, el fatalismo empujaba a los rusos a vivir rápido y sin miedo a morir. ¡Qué tiempos aquellos!

          Y toda esa existencia acabó con un relámpago de disparos, carrera, más disparos, un choque y seis vueltas de campana. Todavía huelo el humo mezclado con sangre y aceite… Vasil con el cuerpo dentro del parabrisas y su abrigo, teñido de rojo, goteaba sangre. Su nueva novia, la que antes era la novia de su competidor, con la cara incrustada de cristales… Fuego… y una explosión.

          Poca cosa ha quedado de mí, después de que me cortaran para sacar los cuerpos. Los ecos de aquella explosión aún resuenan entre mis restos y olor a gasolina, me recuerda lo efímero de la gloria. Ahora, dos años después, yo, el legendario y magnífico V12 que ha tenido una vida corta, pero apasionante, estoy en un desguace a la espera de convertirme en un cubo de metal retorcido.  Sonrío por dentro. Así es la vida… Ojalá fuera un coche normal, como aquellos, familiares; con los asientos llenos de dedos azucarados y de pelos de un perro, haciendo viajes bajo el sol con risas y canciones. Pero mi destino era otro. Y aquí estoy, recordando y esperando mi final…

           ¿O no?

         






05/09/2025, Gijón
 © La Pluma del Este

26 de agosto de 2025

163. Las divagaciones de una escritora sin libro

 Las divagaciones de una escritora sin libro



¿Qué por qué escribo?
¿Qué es la escritura para mí?
 
   Son las preguntas que me hago, mientras me siento a llenar una hoja en blanco con los recuerdos distorsionados o, al revés, recuperados por la memoria; con las ideas locas y los hechos, a la primera vista imposibles, pero superados por la realidad.
   Empecé a escribir hace poco, hará unos tres años, y en el idioma que no es mío. Entré en una etapa de mi vida que exigía buscar un equilibrio mental entre cuidar de un familiar con el deterioro cognitivo y no perder la cabeza en el proceso. Desde entonces, la escritura es un puerto seguro en tierra firme, donde se refugia mi mente cansada. Yo escribo no solo para contar las historias, sino para quedarme un ratito en un lugar, donde todo encaja, aunque sea trágico y oscuro.
    El hecho de escribir me permite controlar lo incontrolable. En la vida real no puedes decidir cuándo empiece una tempestad, pero en una página la puedes invocar o aplacarla; puedes crear y destruir; amar a través de los personajes; luchar y salir victorioso de mil y una batallas y dejar que el mal triunfe…
  Soy la técnica de mi propio laboratorio y puedo experimentar con todo lo que me fascina o inquieta. Mezclo mi imaginación con las vivencias, pruebo cosas que en la vida real jamás haría… Y si me equivoco (lo que pasa más a menudo de lo que me gustaría), nadie sufrirá las consecuencias. Muchas páginas tachonadas y rotas acabarán en la papelera, pero yo seguiré probando, probando y fallando para volver a empezar…
   Escribir es reflexionar y dar mil vueltas en la cabeza a esa idea que te persigue y no te deja dormir. Y cuando, por fin, la agarras, te das cuenta de que tienes que hacer cambios, ya que ni todo es blanco, ni todo es negro. Hay una amplia gama de tonalidades que permiten dibujar un cuadro más realista, más profundo. No deja de ser cierto, que los que escribimos, estamos jugando a ser Dios, aunque sobre un puñado de páginas y con el riesgo de borrar los párrafos enteros. O borrarlo todo…
    Cuesta aceptarlo, pero los escritores somos ladrones. Así de sencillo. Para inspirarnos, no nos va en prenda robar gestos, miradas, palabras sueltas, experiencias ajenas, comentarios leídos en las redes, desgracias y alegrías… Una simple fotografía ajada, en blanco y negro, o un anuncio en el periódico local nos arrastra en una vorágine de ideas que se agolpan por salir y ocupar las hojas blancas… Así, cada palabra escrita se encadena a la otra y otra, creando historias no contadas. Y entre las líneas dejamos una huella invisible de nosotros mismos…
  Los personajes, como los reflejos distorsionados, tienen impresos los rasgos del carácter de un escritor. Es imposible disociarse del todo. Nuestra manera de hablar, de pensar, las emociones y las vivencias se reflejan en los protagonistas, sean héroes o villanos, o en la voz del narrador. Todos tenemos esta parte oscura de nuestro ser que ocultamos y, sin embargo, al escribir, encontramos la libertad para plasmar e imprimir nuestra oscuridad en un villano para después destruirlo.
      Suena liberador, ¿verdad? Pero no. Todo tiene su precio. En cada hoja, el escritor se desnuda ante sus lectores; remueve las emociones intensas —propias y ajenas— y las vuelve a vivir para plasmarlas. El anonimato interior se pierde y dejamos expuestas las partes de nosotros mismos, aunque estén disfrazadas.
       Al escribir, vivimos más en los mundos imaginarios que en el real. Es un lujo poder evadirse por un momento. También es una trampa. En nuestros mundos podemos ajustar la luz, el clima y las palabras. Hasta los silencios dicen algo. Las tramas tienen sentido y cada giro, un propósito. Hay lógica. En la vida real, el mundo es más áspero, plano, incoherente, feo… Y aparece la grieta: una parte de nosotros quiere quedar ahí, escribiendo sin fin, y la otra sabe que hay que volver aquí, a la realidad, donde late la materia prima.
   ¿Podría dejar de escribir? Podría… Total, nunca seré una gran escritora… Sin embargo, siento que tengo que hacerlo.
    La escritura no es solo un pasatiempo para mí. Es un lugar al que vuelvo como una agente secreta, como un despiadado asesino, como un espíritu, como la capitana del barco o como un náufrago que busca la salvación. Aunque este maravilloso lugar me quita el sueño, me hace mirar en el vacío, darle vueltas y vueltas a la cabeza. También es donde yo soy yo; es donde mi voz suena auténtica.
   Las historias que cuento son la forma en la que proceso el mundo que me rodea. No es solo que me gusta narrar, es que todo lo que vivo, veo e imagino lo paso por el filtro narrativo de mi cabeza. Si intentara dejar de escribir, lo seguiría haciendo mentalmente, sin papel. Y esto sería como dejar de respirar y seguir caminando. No duraría mucho y volvería a garabatear las hojas con las ideas locas y sin sentido, pero que son las semillas de las historias que esperan por ser contadas. Además, para mí escribir es un acto de memoria y resistencia. Quiero dejar una huella y constancia de algo, aunque sea inventado, para que no perezca en el tiempo. 
         
 
       Escribo para dar vida a mi imaginación…
 



                                                                                                             15/08/2025, Gijón                                                                         © La Pluma del Este


18 de agosto de 2025

162. Los pucheros de la memoria

 Los pucheros de la memoria




En cualquier época del año, la cocina de mi Babushka rebosaba de colores.
     En invierno, cuando mirabas por una ventana, solo veías un manto blanco infinito que, más allá, cerca del horizonte, se tornaba gris. Sin embargo, si mirabas por la otra, esta pureza se rompía con cientos de esqueletos de los árboles del bosque cercano, que dormían con un sueño agitado. De vez en cuando las ramas, cargadas de pesada escarcha, se rompían y, si afinabas bien el oído, podías oír sus quejidos de dolor. Aquel mundo de blanco y negro era un fondo perfecto para el espectáculo de color que se daba en la cocina de mi Babusia.
      Las mazorcas amarillas de maíz seco, amontonadas en un cesto del mimbre blanqueado, esperaban a punto de ser desgranadas por nosotros, un grupo de primos de todas las edades. Entre bromas y carcajadas, las semillas doradas llenaban el otro cesto, más pequeño, destinado a las gallinas. Y Babusia, meneando la cabeza, se afanaba pelando una enorme calabaza rayada. Los suculentos trozos de un naranja intenso poco a poco colmaban una gran olla de hierro fundido. Luego, Babusia la rellenaba con la leche del día, añadiéndole arroz, azúcar, mantequilla y una pizca de sal y palitos de canela. La olla, ya tapada, iba directamente al horno. Y en poco tiempo, el aroma envolvente se expandía por todos los rincones de la casa; azucarado, sabroso y lleno de recuerdos. 
     Nuestro trabajo y la preparación del puchero de calabaza dulce se terminaban a la par. Recuerdo las caras felices alrededor de una amplia mesa, cubierta por un mantel floral y con los platos blancos esmaltados, repletos de trozos humeantes de calabaza, salpicados de perlitas de arroz. Y, cómo no, una hogaza de pan casero, con la corteza dorada y crujiente, coronando el festín…
       Y cuando llegaba, Velykodeñ, el Día Grande de la Pascua ortodoxa, el arcoíris se instalaba no solo en la cocina, sino también en el comedor y en las habitaciones; en todas las mesas disponibles para exponer las coloridas pascuas, los huevos pintados y los Pyrogý, rellenos de requesón, de semillas de amapola, de mermelada casera…
    Mientras cierro los ojos, puedo sentir la brisa que está jugando con las miríadas de pétalos de manzanos y cerezos, y sus ramas, apenas vestidas de diminutas hojas esmeralda. Veo el sol irrumpiendo por las ventanas de la cocina, abiertas de par en par, y a Babusia y sus hijas, mis tías y mi madre, con manos y delantales manchados de harina…
      No era fácil amasar a mano, así que lo hacíamos por turnos. Dejábamos a reposar aquella gigantesca masa hecha de kilos y kilos de harina, de decenas de huevos de gallina y oca, con las yemas de un amarillo intenso; levadura fresca, mantequilla y azúcar. La masa crecía y la volvíamos a amasar. Y todo el trabajo, se acompañaba de alegría, canciones y risas, chistes y recuerdos… Una de mis tías había “asaltado” el escondite de mi abuelo y nos trajo una garrafa de cristal llena de nalyvka, el vino casero, fresco y dulce, hecho de frutas. Era la receta especial del abuelo.
     Y, por fin, llegaba el momento de repartir la suave y elástica masa, de un tono amarillo. Nos untábamos las manos en el aceite y las hundíamos con mucha delicadeza. Trozo a trozo, la masa palpitante se adaptaba a los moldes y esperaba a ser pintada con las yemas de huevo de ganso. Después de reposar los moldes, Babusia con el sumo cuidado los metía en el horno. Y el carbón pálido, moteado de un rojo incandescente, los envolvía en un caluroso abrazo.
    Poco a poco, surgían los aromas… Un sinfín de ellos. Embriagadores, de los que te alimentan el alma, que te hacen sentir como un niño. Así huele el recuerdo de amor. Ese amor de infancia, de lo bueno, de la familia…
     Las pascuas, con las cortezas, doradas y brillantes, que sobresalían de los moldes, se sacaban del horno y Babusia las ponía en filas para enfriar. Pasadas unas horas, empezaba la fiesta de color. Cada pascua, con mucho cuidado, se decoraba con la pasta de azúcar, bolitas de chocolate, arena comestible de distintos colores, flores de oblea, figuritas de gominolas… Y todos participábamos en ello. Con más o menos éxito…  Con la decoración hecha, las pascuas se colocaban en bandejas a la espera de ser bendecidas… Ahora tocaba el turno a las decenas de huevos cocidos. Solo de recordarlo, me río… ¡Cómo nos poníamos de coloridos! Del mismo color que los huevos pintados: rojos, verdes, amarillos, naranjas, azules, violetas… Los adultos nos reñían, pero, a pesar de todo, aquello era la felicidad pura…
    Ya en pleno verano empezaba la preparación de mermelada. Los cestos de mimbre rebozaban de fresas, frambuesas, cerezas, grosellas negras y rojas… Aquella explosión de los rojos de distintas tonalidades se mezclaba con el blanco de azúcar. La cocina se convertía en un laboratorio mágico y Babusia, armada con la cuchara de palo, era la maga creadora. Las ollas llenas hervían, y la espuma de un rosa intenso subía sin parar, y yo, mi hermano y algunos de los primos, con cucharones en mano, la recogíamos en platos de porcelana blanca. El contraste era espectacular. Al enfriar, la espuma desaparecía y solo quedaba el jugo dulce y espeso de frutas. Cada uno de nosotros, con un pedazo de pan y una gran taza de leche bien fría, dejábamos los platos limpísimos y quedábamos a la espera de la siguiente recogida. 
    En otoño llegaban las manzanas de colores, la remolacha, las patatas, las vainas de frijoles, los girasoles con pipas apretadas en dibujos geométricos perfectos… Y mi Babusia, como si fuera una reina de aquel mundo que ya no existe.
    ¿Por qué, cuando recordamos nuestra infancia, los recuerdos nos llevan irremediablemente a la cocina de nuestras madres y abuelas? ¿Por qué los recuerdos más vívidos se asocian con la comida y las reuniones alrededor de una mesa? ¿Por qué somos capaces de cerrar los ojos y percibir el aroma de nuestros recuerdos? ¿No será que la cocina es el corazón palpitante de una casa? ¿O un taller donde los recuerdos se guardan en los frascos? Pienso que para describir lo que siente cada uno al respecto, sobran las metáforas. Para mí, la cocina es una única palabra: FAMILIA.






                                                                                      16/08/2025, Gijón
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Nota de autor: BABUSIA- abuela en ucraniano

23 de julio de 2025

161. Top Secret

 Top Secret

(Universo La Muerte Perfumada)



   —Coronel, ¿qué me puede contar sobre la Muerte Perfumada? ¿Es alguien real o es solo una quimera?

   —Todo este asunto no es del dominio público, Señor. Ya me entiende. Su ficha está sellada. Solo hay rumores y poco más.

   —Descuide.

   —Es una agente libre de SBU. No se sabe su edad exacta. Podría tener cuarenta y tantos años. Nació en Kyiv. Terminó ahí el colegio y el bachillerato. La reclutaron cuando estudiaba en la Escuela del Secretariado Internacional. Era muy joven cuando la policía secreta la introdujo en el operativo de la caza de los especuladores en el mercado negro. Ya entonces era atrevida, mentía sin pestañear y era camaleónica. Parecía una típica muchacha boba e inocente, fácil de engañar, que iba por ahí con “los verdes” de su papá. Los contrabandistas caían en sus redes como moscas. Pero uno la reconoció y tuvieron que retirarla de las calles.

» Apareció unos años después en la Universidad de Asuntos Interiores en Kharkiv. Acabó la carrera con el diploma rojo con el rango de teniente mayor. En aquella época también ganó varias medallas en artes marciales. Era una buena pieza. Después, desapareció. Aunque he oído que estuvo en una unidad especial de Seguridad Nacional dedicada a Sudamérica. Por esto es tan buena en español.

» No se sabe la cantidad exacta de los cadáveres a sus espaldas, ya que trabaja muy discretamente. Cuando empezó, mataba con cualquier objeto que tenía entre las manos. Una vez usó una patata. ¿A quién se le podría ocurrir esto? Le metió a un señor de la guerra la patata hasta el fondo de la garganta. Solo de imaginarlo, me dan náuseas.

» En algún momento se dedicó a matar por medio de perfumes. Limpio y muy elegante. Sin rastro. Nadie sabe qué tipo de sustancias venenosas usa. Dicen que está medio retirada. Aunque, de vez en cuando, acepta algún que otro trabajo. Por cierto, señor secretario, ¿por qué necesita saber sobre ella?

—Aquí tiene el dosier con toda la información del objetivo y la mitad de pago en bitcoins. El resto, al finalizar. Haga que acepte el trabajo. Adiós, coronel. Cierre al salir y olvídese de esta reunión.




                                                                 23/05/2025... en alguna parte de Kyiv                                                                               

                                                                                             © La Pluma del Este

                                                                                     

21 de julio de 2025

160. Las tres damas

 Las tres damas




   —Lourdes, por el amor de Dios, ¿vas a seguir de luto en las fiestas de San Xuan? Ya pasó un año desde que murió Gonzalo, que en paz descanse. —Rezongó Mercedes, santificándose y con la cara de fastidio. —¡Pareces la Virgen de Dolores!
   —Ahí le has dado, tengo dolores por todos lados. —Le espetó Lourdes. —Y, además, soy más que una viuda. ¡Soy viudísima y con mucho orgullo!… No como otras que yo me sé. —Esta última frase Lourdes murmuró hacia dentro.
   —¿Qué has dicho? ¡Dímelo en la cara, jodia!
   —¡Chicas! ¡Chicas! No empecemos con las tonterías. —Intervino Maricarmen, saliendo del baño, ya vestida para la fiesta—. Lourdes, eres viuda, pero sigues viva. Así que disfruta de lo que te queda en este mundo. Que yo me acuerde, tu marido odiaba el negro. Nunca lo vi ni con un pantalón, ni con unos zapatos negros… Espera, espera… ¿Serás cabrona? ¡Ja, ja, ja! ¡Todo este tiempo lo hiciste adrede!   
   Las tres amigas se partieron de risa. Como en los viejos tiempos, con sus setenta y tantos bien llevados y con el peso de vivencias encima, seguían pareciendo unas chavalas.
   Las calles del pueblo, como unos ríos de colores, llenos de vecinos y visitantes, vestidos en ropas de domingo, desembocaban en la plaza mayor. Ahí la brisa marina desparramaba el olor a churrasco, a empanadas y a pulpo cocido. En el escenario, unos gaiteros con más entusiasmo que ritmo, tocaban la muiñeira y varias parejas la bailaban como si su vida fuera en ello.
   Mercedes, apartando la multitud, se lanzó como una treintañera en medio de los bailarines. Se le arrimó un jubilado de buen ver y le juró que era un pariente lejano de los de Luar na Lubre. Maricarmen, exhibiendo la paciencia de una maestra retirada, discutía con el pulpeiro por la escasa cantidad de pulpo por ración. Lourdes, seguía vestida de cuervo y,
bajo una sombrilla de encaje blanco, heredada de su madre, saboreaba el licor de café, que bajaba fresquito por la garganta y encendía su cuerpo por dentro. Lourdes sonreía. Alguien le dio un codazo:
    —¡Dale, mujer! ¡San Xuan no resucita a los muertos, pero anima a los vivos!
   Horas después, ya en plena noche, las tres damas volvían al hostal. Las calles engalanadas apenas tenían transeúntes. Algún que otro borracho con alegría desentonaba “Asturias, patria querida” (los asturianos no pierden ni una fiesta de sus vecinos gallegos y viceversa), provocando los perezosos ladridos de los perros. Lourdes, Maricarmen y Mercedes, riéndose a carcajadas, caminaban descalzas y felices.
    —¡Paren! ¡Chicas! Propongo una cosa. Tssss… ¿Y si hacemos esto todos los años? —dijo Lourdes con su vestido negro subido por encima de las rodillas. 
    —Si no nos la palmamos antes, ¡ja, ja, ja! —rio Maricarmen.
  —¡Bah! Total, ¿qué más nos da? Que nos entierren aquí, entre gaitas y albariño. —Sentenció Mercedes.





 

                                                                       21/07/2025, Gijón 

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