Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

20 de junio de 2026

197. El tiempo.


Buscando entre los archivos, he tropezado con este pequeño poema que escribí hace unos tres años. Me hizo sonreír. Tres años me parecen tan lejanos. He escrito tanto. He matado a tantos. He creado a los personajes entrañables que ya forman parte de mi viaje literario.
     Y, sin embargo, esta poesía me recordó cómo empecé a escribir. Con miedo a cometer errores, con impaciencia por expresar lo que sentía, con la inseguridad de quien se aventura en un idioma que no es el suyo y con la ilusión de quien descubre un mundo nuevo.
     Hoy releo estos versos con cariño. Son imperfectos, como lo éramos todos al comenzar. Pero también son sinceros. Y quizá por eso sigo guardándolos.



El tiempo

El tiempo, rallado en polvo,
cubre los caminos de la vida.

Seremos afortunados si encontramos a alguien
que tape los agujeros de nuestro corazón.
Que nos saque de la morada del miedo
a la luz del rubio día.
Y que nos llene de cartas de amor
cuando el mundo se rompa en mil pedazos.






Mayo de 2023, Gijón

 Ⓒ La Pluma del Este❤️🌹

17 de junio de 2026

196. Testamento

 Testamento

 

 

Don Raimundo Vidal apenas llevaba dos horas en el ataúd, expuesto en el centro del salón de la mansión familiar, y el ruido de los presentes ya se hacía notar. No era un ruido concreto. Más bien un murmullo espeso, algún sollozo aislado, los carraspeos como respuesta a las preguntas en voz baja. Las frases cortadas sobre la casa, las tierras, los bonos y las cuentas. Lo mundano e interesado había desplazado el ritual de la despedida de un ser humano.
     Alex permanecía junto a la ventana, vestido completamente de negro. Nadie de sus parientes le prestaba atención. De hecho, la tía Brígida, la prima del difunto, lo había confundido con un empleado de la funeraria. Él le siguió la corriente. Nadie lo conocía. Ni siquiera sabían de su existencia. Él los conocía a todos.
    El tiempo pasaba; el ruido ya parecía una recepción cualquiera. El muerto no importaba. Alex sentía pena por aquel hombre. Un padre ausente. Pero en fin de cuentas, su padre.
     Recordó algunas comidas, regalos, cartas escritas con letra pequeña y firme —los treinta y tantos años de secretismos. Él era el fruto de una noche y antes llamaba «papá» al otro. Nunca llamó «papá» a Raimundo. Al quedar viuda, su madre aceptó que le pagara la universidad. Sin embargo, Alex no estaba cómodo con aquella deuda moral. Siempre había visto aquel dinero como el blanqueamiento de una ausencia. Por eso trabajó duro para devolverle cada céntimo.
     El ruido subió de volumen. Alex se giró. Llegó la viuda. Tendría su edad. Un año arriba o abajo. El musculitos que la acompañaba sería su entrenador de pilates. La agarraba por la cintura. Raimundo ya le había avisado que en su casa las cosas andaban revueltas. Ni siquiera esperaron a que el marido estuviera enterrado. Si no fuera por el cáncer terminal, estos dos serían los sospechosos perfectos.
     Asqueado, Alex se sirvió un vaso de whisky. El espectáculo continuaba.
    Reunidos en corrillos y cuchicheando, los parientes parecían hienas alrededor de un cadáver. Alex y el muerto estaban solos. Por última vez contempló el rostro de su padre. Por un instante se vio a sí mismo.
     La entrada de un hombre de traje azul oscuro y con un maletín negro interrumpió a los presentes. Era el abogado. Enseguida se vio acorralado por las caras ansiosas. El ruido se convirtió en un griterío. Todos le preguntaban a la vez y tiraban de él. Aquel espectáculo era obsceno. Era una parodia grotesca de un funeral. Raimundo lo sabía.   
     Alex se palpó la americana. 
A través de la tela sintió las aristas de un grueso sobre con el testamento de su padre.
 


26/05/2026, Gijón

© La Pluma del Este

2 de junio de 2026

195. El diez de espadas

El diez de espadas 



La mujer no levantó la vista cuando él entró. Seguía repartiendo las cartas sobre un mantel negro. Los restos de humo flotaban alrededor de su pelo rojo; se arremolinaban en torno a las velas, se colaban dentro de los agujeros de la calavera colocada en un pedestal en el centro de la mesa. Nunca le gustó aquella cosa blanquecina.  Pero para Ludmila Varga era esencial en sus rituales de capnomancia. A él le daban igual sus engaños y fetiches. Toda esa patarata era para los tontos que se dejaban robar.
     Solo unos pocos sabían que la adivinación era una tapadera. Ludmila tenía espías por todo el Bronx y vendía la información a quien pudiera pagar. Él buscaba algo distinto, y Ludmila se lo conseguía sin hacer preguntas: venenos.
     —No te esperaba —dijo la adivina sin quitar los ojos de las cartas. Sus dedos se movían rápido y, por la expresión de su cara, no le gustaba lo que veía.
    Él no contestó. Con el gesto de un hombre telendo, se quitó el sombrero, se desabrochó la levita y se sentó frente a ella. Con la mano enguantada cogió una carta.
       —El diez de espadas... invertido. Ay, Ludmila, te veo preocupada. —Sonrió. Su boca brilló con un diente de oro. La sonrisa no llegó a sus ojos. —¿No me ofreces nada? Tengo la garganta seca.
     La mujer hesitó un momento. Después se levantó y acercó a la mesa una botella y un par de copas. Las llenó de un líquido ambarino. Un ruido en la puerta los interrumpió. Ludmila fue a ver qué pasaba. La oyó discutir con alguien. Era el momento perfecto. Con un gesto digno de un ilusionista, vertió algo en la copa de la adivina.
     Unos minutos después, Ludmila volvió. Estaba cariacontecida. Él, cómodo en la silla, seguía disfrutando del whisky de contrabando. Ludmila apuró su copa. Y antes de derrumbarse sobre la mesa, comprendió que sus cartas no le habían mentido. El diez de espadas. La traición. Su boca se llenó de espuma amarillenta.
     Él se quedó un rato bebiendo mientras ella agonizaba. Era feo. Después de tantos años, era la primera vez que veía el resultado de su trabajo en vivo. No le agradó. Era sucio.
     Cuando salió por la puerta de atrás, se le acercó un hombre hirsuto.
     —Patrón, hice lo que me mandaste. Le monté un buen pollo a esa bruja. Págame.
Lo que acordamos y un poco más. Ya sabes. La cosa está muy mala.
     —Cómo no, amigo. Acércate.
     El bastón, convertido en un estoque, se clavó bajo el esternón del vagabundo. La carta del diez de espadas quedó prendida en su pecho. El círculo estaba cerrado. La estúpida policía del Bronx jamás descubriría la verdad.


     Él estaba tranquilo.









02/06/2026, Gijón

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