Bienvenido a La Pluma del Este

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10 de mayo de 2026

192. El invernadero

 El invernadero



Con un escueto “Mis condolencias, señora”, la trabajadora de la morgue le entregó una bolsa de plástico con las pertenencias de su padre. Le pidió que las revisara antes de firmar.

Laura volcó el contenido sobre una mesa de metal. El sonido de unas llaves resonó en el pasillo desierto. Las recogió. Apretó el llavero en el puño. Era el regalo que hizo a su padre: un corazón partido por la mitad. Ella tenía la otra mitad. Guardó las llaves en el bolso junto con la gastada cartera de cuero. Volvió a meter en el plástico la ropa y el par de zapatillas viejas. Al pasar al lado de un contenedor, los tiró dentro.

Cuando aparcó su viejo Ford detrás del invernadero, ya era casi de noche. La tarde en la funeraria había sido una continua ida y venida de gente vestida de negro. Le preguntaban algo, ella les respondía. Le traían papeles para firmar; ella los firmaba. Sin cuestionar nada. Daba por hecho que era lo normal en esos casos. Nunca tuvo que enterrar a nadie. En el mundo solo estaban ella y su padre. Su madre los había abandonado cuando ella era pequeña. Ahora, se quedaba sola.

Subió al porche. Abrió la puerta sin prisa. La casa no la invitaba a entrar. Una idea se dibujó en el rostro de Laura. Cerró la puerta y bajó rápidamente las escaleras. Se dirigió al invernadero.

Sacó las llaves de su padre. Se giró como si esperara que él la fuera a parar. El jardín oscuro le devolvió el silencio. Agarró las llaves con fuerza. Una encajó en la cerradura. Detrás del cristal estaba el mundo desconocido para ella. Un suave clic rompió la prohibición de entrar allí. Su padre nunca la dejó siquiera asomarse. Y ella jamás le desobedeció.

Se quedó parada en el umbral sin atreverse a dar un paso.

—Perdona, papá—apenas susurró.

Y entró.

El olor la recibió de inmediato: dulce, empalagoso y con fondo picante. Con la linterna del móvil dio con el interruptor. Las filas de fluorescentes iluminaron macetas con flores que no conocía.

Las flores la miraron.

Se adentró por el pasillo principal. A su paso, las plantas empezaron a emitir una especie de murmullo. Se fijó en unas de florecitas blancas. Eran delicadas. Perfectas para un ramo. En el centro del invernadero vio una maceta enorme con un árbol cubierto de flores amarillas en forma de campanas. Las tocó. El árbol tembló. El olor dulce y embriagador envolvió a Laura.  Estaba segura de que a su padre le encantaría que el aroma de sus flores lo acompañara bajo tierra. Sonrió. Dejó su bolso en una silla de hierro y se puso a buscar unas tijeras de podar.

En una esquina, al fondo, vio un armario viejo. Estaba cerrado. Volvió a por las llaves de su padre. La puerta se abrió como si alguien la hubiera engrasado. Cogió unas tijeras, un alambre de jardín y unos periódicos viejos. Una cofre metálico del tamaño de una caja de zapatos le llamó la atención. Estaba cerrado con un candado pequeño. Lo sacudió. Dentro había algo. Lo recogió todo y se lo llevó a la mesa de trabajo.

En un cuarto de hora ya tenía cortadas varias docenas de flores. Para dar más aroma al arreglo, añadió una rama con campanas amarillas. Lo dispuso todo sobre la mesa. Su mirada se detuvo en el cofre. Entre las llaves de su padre no encontró ninguna que abriera el candado.  Cogió un martillo.  Con un par de golpes, el candado se rompió. Laura levantó la tapa.

Lo primero que vio fue una fotografía de ella, pequeña, en brazos de una mujer. Su madre. Tenían el mismo color de pelo: rubio. La sonrisa de su madre estaba llena de vida y amor. Laura hizo un amago de romper la foto. La estrujó. Se dobló sobre la mesa. Cogió la fotografía de nuevo y la estiró con cuidado. Con los dedos temblorosos repasó la cara de su madre, el pelo, los brazos, la mano que abrazaba a la pequeña Laura. Se fijó en el anillo que llevaba: la cabeza de un gato con ojillos negros.

Dejó la fotografía a un lado. Sacó de la caja un pequeño paquete. Dentro, un pasador de pelo con un mechón moreno. Había una tarjeta escrita a mano. Reconoció la letra de su padre. «Mónica. 15. 23-07-1984. Valdora.»  En el siguiente había una barra de labios, de un rojo estridente con un mechón rojizo. «Celeste. 23. 14-04-1981. “El Kilómetro 9”.» Otro paquetito, otro nombre, otra fecha, otro cabello… Y otro más. Laura tenía la boca seca. Le temblaban las manos. Abrió otro. Un anillo con la cabeza de un gato, con dos piedrecitas negras por ojos, resbaló de sus manos y cayó al suelo. Un mechón rubio, largo, se deslizó por su mano. Laura gritó. Luego se derrumbó. Se abrazó a sí misma y lloró… Después se quedó dormida.

El sonido de su teléfono la despertó a las ocho menos cuarto de la mañana. Eran los de la funeraria. El entierro sería a las doce y media. Ellos llamarían a un cura. El seguro de su padre cubriría los gastos. Laura dijo sí a todo y colgó.

Las flores cortadas la noche anterior se veían mustias. Laura las metió en una palangana con agua. Rompió la fotografía en pequeños trozos y los enterró bajo el árbol de las campanas.

—Adiós, mamá.

 Salió al jardín. Los rayos de sol tiñeron su pelo de oro. La sorprendió el silencio. Los pájaros se habían ido a otro lugar. Subió lentamente las escaleras y entró en casa. Pasadas un par de horas, ya vestida de negro, volvió al invernadero.

Las flores cortadas habían recuperado su esplendor. Los “recuerdos” de su padre seguían desperdigados sobre la mesa. Laura los metió en un bolsito de tela. Se puso un mandil viejo y empezó a crear el arreglo floral que su padre merecía. Ocultó el bolsito entre los tallos.

Aparte del cura y dos enterradores, solo un par de parroquianos asistieron a dar el último adiós a su amigo de copas. A Laura no le sorprendió aquello. Se acercó a la tumba abierta. Cogió un puñado de tierra y se lo guardó en el bolsillo. Después tiró el ramo de flores sobre el ataúd. El sol de mediodía se reflejó en su anillo con cabeza de gato.

Más tarde, cuando Laura volvió al invernadero, las flores suspiraron. Metió la mano en el bolsillo y sacó la tierra. La echó bajo el árbol de las campanas. Cerró la puerta del invernadero por dentro. Se puso los guantes de jardinería.

—Papá, enséñame cómo se hace…

 

 


 

08/04/2026, Gijón

© La Pluma del Este


Querido Lector, espero que este relato te haya hecho sentir. Me gustaria saber qué piensas al respecto. ¿Hasta dónde puede llegar el amor por un padre? ¿Hay secretos que deberían permanecer enterrados? ¿Los hijos deberían seguir los pasos de sus padres? Te leo...


Las sigueintes historias que no te dejarán indiferente:

Mi vecina de arriba

La celera te mata

La mujer son rostro


1 de mayo de 2026

191. La Donna


La Donna



Luigi’s era el típico restaurante italiano del Bronx; sin embargo, no tenía el aire de la vieja elegancia del sur de Europa. Situado en el 237 Arthur Avenue, era un pequeño local sin pretensiones. Tres ventanas, un poco más altas de lo normal, no permitían ver el interior. Las cortinillas de cuadros rojos no lograban suavizar la fachada de ladrillo tosco.  La puerta de madera estaba reforzada con tiras metálicas y no invitaba a entrar a curiosos o amantes de la comida. Más bien avisaba de que no era un lugar para los forasteros. Aun así, el olor a pizza, orégano y pancetta frita recordaba la cocina de una mamma napolitana.  
     Y no era casualidad. La jefa de la familia Esposito, la señora Lucía —la Donna, para empleados y competidores, era quien regentaba el restaurante heredado de su padre, Luigi. Era viuda y sus cuatro hijos, Antonio, Marco, Salvatore y Vincenzo, se ocupaban de los “otros negocios”, mucho más prósperos y peligrosos. Ella lo controlaba todo.
     Cada domingo por la noche, con el restaurante cerrado, la familia se reunía en el amplio almacén de la parte de atrás. Los Esposito, sentados alrededor de una gran mesa, disfrutaban de las viandas y del buen vino napolitano, traído de contrabando. Muchas veces tenían invitados de otras familias y no era raro ver el brillo de alguna placa de la policía sobre la mesa.
     Así, entre plato y plato, los Esposito decidían sobre la vida y la muerte de sus vecinos y de la competencia. Al final, los negocios eran los negocios. Había que respetar eso por encima de todo.
     Hoy era el domingo especial. El miércoles pasado había llegado un cargamento de whisky escocés camuflado dentro de los barriles de arenques y tocaba organizar el reparto. Donna Lucia estaba molesta. Era la primera vez que entraba semejante cantidad de alcohol. Ella prefería ser más discreta. Pero los muchachos se salieron con la suya y diez mil botellas no eran fáciles de esconder y colocar. Menos mal que tenían a la policía en el bolsillo. Ese Briggs era barato. Con comida y unos cientos de dólares, cerraba los ojos y la boca. Menos cuando devoraba su pasta.
     La Donna encendió un cigarrillo, inhaló y soltó una nube de humo. Tenía una sensación extraña. Le picaba la mano derecha. La rascó disimuladamente, pero las hormigas seguían ahí. Justo en el centro de la palma de la mano. Le pasaba siempre cuando alguien mentía. Cuando algo malo iba a pasar. Era un aviso. Uno de los que comía su comida y bebía su vino, no era quien decía ser. Una traición sobrevolaba la mesa.
     A través del humo, sus ojos acerados repasaron las caras de los presentes. A su mano derecha, su hijo mayor, Antonio, hablaba con Gennaro, su primo tercero. Era el único hijo de su primo Luigi, ya fallecido. Que Dios lo ampare. Salvatore y Vincenzo, en la otra punta de la mesa, discutían sobre las mujeres. Qué jóvenes y tontos, pero tan guapos como su padre. Que descanse en paz. Salvatore Bellomo no paraba de comer y cada poco rellenaba la copa. Le daba asco. Si no fuera por su lealtad con la familia Esposito, jamás dejaría que semejante cerdo ensuciara el mantel de hilo. Alessandro Santoro… Ay, Alessandro. Nunca le he permitido calentar su cama. El tiempo ya pasó. Solo quedan los recuerdos. Pero es un amigo fiel. A su padre, a ella…  y espera que a sus hijos.
     Donna Lucia miró a su izquierda. La silla de Marco estaba vacía. No lo veía desde el miércoles. Le pareció extraño. Con las ganas y el esfuerzo que puso en conseguir este cargamento, hoy no se presentó a la cena. Sus hermanos hablaron de una fulana y que estaba muy pillado por ella. Pero los negocios están por encima de todo. La familia también. Tendrá que hablar con el chico y ponerle las cosas claras. Su mano le seguía picando.
     Los ojos de la Donna se encontraron con la mirada de Matteo Vitale, a quien no conocía hasta ayer. Antonio dijo que venía desde el sur de Italia para buscar nuevos distribuidores. Era un hombre elegante, discreto, con bonitas canas en las sienes, demasiado perfecto para aquel lugar. Al presentarse, le besó la mano. Si tuviera veinte años menos, se metería en la cama con él. Donna Lucia se regañó a sí misma por los pensamientos tan indecentes.
Matteo Vitale esbozó una sonrisa y su mirada se elevó por encima de la Donna. Hizo un ligero gesto con la cabeza a alguien detrás de la mujer.
     Donna Lucia se giró un poco, pero no le dio tiempo para ver más. Algo rodeó su cuello y un dolor punzante la dejó paralizada. Se llevó las manos y tocó una cuerda. Intentó meter los dedos para aflojarla y se arrancó la piel del cuello.
     Antes de cerrar los ojos, vio la cara de su querido Marco… En su mirada no había nada. Ni siquiera odio.
     —¿Por qué? — apenas susurró.
     —Madre, esto es por la Cosa Nostra. Siempre dijiste: «Los negocios están por encima de todo».
     El silencio en la mesa se rompió con la caída de un cuerpo. Marco se sentó en la silla de su madre.

 



         

18/02/2026, Gijón

© La Pluma del Este


Hola, querido Lector. 

Me encantaria saber qué te ha parecido este relato. 


Y si te gusta el genero noir, te invito a leer estos relatos:

La mujer del café

El trato roto

Un tesoro en la grieta

27 de abril de 2026

190. La caja de las palabras.

 

La caja de las palabras

 

 

La nieve caía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.  Yo caminaba con cuidado, apoyando bien cada pie, evitando las placas traicioneras de hielo que se asomaban bajo la capa blanca. Había olvidado cómo se veía este barrio en invierno. El barrio donde nací y viví hasta los diecinueve años. El mismo al que nunca pensé volver.
   La caja de regalo, con un lazo rojo, se me hacía más pesada a cada paso que me acercaba al n.º 14 de la calle Monet.
    Las casas pasaban a mi lado: unas con ventanas apagadas; otras, con luces y risas. La mía, al final de la calle, se veía oscura y silenciosa.
    He tardado demasiado en volver. Un día, hacía cuatro meses, ella dejó de enviarme las cartas. Yo le escribí muchas. No envié ninguna.
Llegué a la escalera de la puerta verde. La única en toda la calle. Fui yo quien eligió el color. La pinté con mi padre. Me quedé ahí, contemplando cada grieta de la pintura reseca. Quise dar la vuelta. La caja, llena de palabras, me obligó a quedarme. Subí los escalones. Toqué el timbre. Su eco resonó en una casa vacía.
    Metí la mano bajo el jersey y saqué la llave, colgada de una cinta roja. Me vi con diez años volviendo del colegio… La puerta chirrió… El olor a cerrado me dio de lleno.
    —Mamá…
    Aunque ya presentía que nadie me iba a responder.
    La cuarta tabla del pasillo crujió. En el salón, los muebles, son fantasmas blancos.       Quité la sábana del aparador. Los marcos de fotos con la felicidad congelada me miraron con docenas de ojos. Apreté la caja contra mi pecho.
Entré en la cocina. Recordé el olor a café recién hecho, las rosquillas de canela y anís…  Me pareció oír a mis padres charlando sobre naderías. Una lágrima, después otra, resbalaron por mis mejillas.
    —Hola, ¿hay alguien ahí? Salga o llamo a la policía.
Salí. Una mujer mayor, apoyada en un bastón, me repasó de arriba abajo. La tranquilicé:
    —Hola, soy Laura, la hija de Juan y Julia. Vine a ver a mi madre.
    —Vaya, hija. Cuánto lo siento. Julia murió el otoño pasado.
    La caja de regalo con el lazo rojo resbaló de mis manos… Después de dar varios botes por las escaleras, el contenido de la caja se desparramó en la nieve. Los «Hoy hice la mermelada de grosellas, tu preferida», «Papá está enfermo», «Te quiero, hija», «Te echamos de menos» se mezclaron con los sobres cerrados de mis promesas incumplidas… Ya ni me acuerdo por qué.
    Me derrumbé ahí mismo. Quise gritar, quise pedir perdón, rogar para que el tiempo volviera atrás. No hice nada de esto. Solo me quedé sentada en la fría escalera de mi antigua casa.


    Y la nieve seguía cayendo en silencio.






                                                                                                                       31/03/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Queridos Lectores, si este relato les hizo sentir algo, me encantaria leerlo en vuestros comentarios.  


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Chupachups

El odio