12 de febrero de 2026

Segunda vida

Segunda vida 




Hoy será el día. Sí. Lo sentí nada más levantarme. Una especie de anticipación hizo revolotear las mariposas en mi estómago. Hoy encontraría un tesoro, un santo grial de los buscadores de trastos viejos.
     Nico se rascó la oreja y me miró con cara perruna de fastidio. No le apetecía nada salir del calor de las mantas a buscar, no se sabe qué.
     —Anda, vagoneta. Te haré un sándwich. —Esta palabra mágica hizo que mi perro pierda su dignidad y salga de la cama como un rayo—. Hoy será nuestro día de suerte.
     Llevaba dos horas dando vueltas con mi furgoneta. Cada vez era más difícil encontrar muebles y objetos antiguos. La gente ya no los tiraba: los vendía o los mandaba a restaurar. A eso me dedico yo: dar una segunda vida y descubrir los tesoros donde los demás ven solo basura.
     El tiempo pasaba, la aguja de gasolina se acercaba a la línea roja y Nico se impacientaba.
     Al girar en una glorieta, me metí por una calle que llevaba a un barrio de casas bajas. No era un lugar bueno para encontrar nada, pero era de sentido único y no me quedó otra que seguir.
     Y, sorpresa: justo delante vi un enorme contenedor de escombros lleno de muebles, sillas y alguna que otra lámpara de araña. Varios obreros seguían sacando más y más enseres de una enorme casa. Me sentí como una buscadora de tesoros en una cueva repleta de joyas.
        Pisé el freno y salté de la furgoneta. Les pegué un buen susto a los hombres. Me miraron como a una loca. Y no los culpo.
     —Buenos días, señores. ¡Cuántos trastos! ¿No les importaría regalarme algunos? — acompañé la frase con una sonrisa angelical.
        Pasé la siguiente hora llenando la furgoneta con varias mesitas, una cómoda de madera de palisandro, un aparador de raíz, cuatro sillas francesas, dos espejos recubiertos con pan de oro, otro de pie, cinco lámparas y un secreter de nogal con docenas de cajoncitos. Un poco rayado, pero era la mejor pieza. El santo grial de los trastos. El que lo ha desechado, no tenía ni idea de su valor.
         Los trabajadores me contaron que la dueña de la casa, una señora mayor, había fallecido hacía cuatro meses y que la propiedad pasaba a manos de un sobrino nieto que vive en América, quien la puso a la venta. Los nuevos propietarios no querían saber nada de «la basura y los trastos de una vieja». Me sentí triste por aquella desconocida.
        Nunca entendí por qué la gente tira toda una vida en un contenedor. Sí, todas esas cosas formaban parte de la vida de alguien. Es obvio que cada objeto es el tiempo gastado en conseguirlo, la ilusión en comprarlo, el lugar que ocupa y su utilidad. Es la historia de una familia, parte de su herencia… Yo no tengo nada de esto. ¿Será que por esto busco y me apropio de los restos de las vidas ajenas?
        Definitivamente, debo parar. En el almacén apenas queda espacio. Amontoné las nuevas “adquisiciones” en un rincón y me llevé el secreter a la zona del taller. No podía esperar para ponerle las manos encima y tenía una clienta perfecta que me pagaría un buen precio por la pieza. Aunque, quizás, me lo quedaría para mí. La tentación era demasiado fuerte.
        El mueble necesitaba una limpieza, así que empecé a sacar los cajoncitos. Todos ensamblados en espiga, sin clavos ni tornillos. En la parte frontal, cada uno estaba tallado con flores y pajarillos. Sin duda alguna, la pieza había sido creada por la mano amorosa de un ebanista. Un cajón no quiso salir. Qué extraño, no vi ninguna cerradura. Parecía que estaba atascado. Tiré de la perilla. Nada. Tiré más fuerte. Tampoco. Hacer palanca podría dañar la madera.
        Alumbré con la linterna dentro y debajo del mueble. La superficie lisa no tenía ningún pestillo ni nada por el estilo. Nico, echado en su cama, me miraba con cara cansada. Me senté a su lado para tomar un poco de distancia y observar… Pues, claro. ¡Qué tonta soy! Es de estos que tienen un compartimiento secreto.
     Acerqué un foco, cogí la lupa y me puse a observar la talla. Lo vi. Apenas un imperceptible agujerito, justo en el ojo del pajarillo. Y no era carcoma. Metí la punta de un alfiler y oí un chasquido. El cajoncito se abrió. Por un segundo creí que encontraría una joya: un collar de esos antiguos, un broche. Algo de valor.
     Cuando saqué el cajón del todo, vi un paquete alargado envuelto en terciopelo azul.  A pesar de los años, la luz del foco avivó su color.  Lo llevé a la mesa de trabajo y lo desenvolví con cuidado. A la vista quedaron varios sobres, algo amarillentos, amarrados con una cinta descolorida.
    Nunca me ha pasado nada igual. En mis trabajos encontré algunas monedas, recibos, botones y chucherías sin valor. Pero esto era la vida de alguien. Su historia. Algo tan íntimo y valioso que había necesitado estar oculto.
     Quité la cinta. Eran cuatro sobres y todos tenían un horrible cuño: «Destinatario desconocido». Todos estaban cerrados. Me sentí incómoda e indecisa. ¿Los abro? No lo sé… ¿Y por qué no? La propietaria estaba muerta, el mueble era mío y lo que llevaba dentro, también.
     —Nico, ¿qué me dices? ¿Los abro o no? — Aunque suene estúpido, mi conciencia necesitaba algún tipo de aprobación. Hasta un perro me valía.
          Nico bostezó y volvió a dormirse.
          —Vale, las abro.
         Las abrí y dispuse todo el contenido sobre la mesa. Quería leer las cartas según las fechas. Cuatro cartas, cuatro fotografías en color sepia. En todas, la misma mujer. Bonita. Morena. De pelo ondulado. Sonriente. Feliz. Podría tener unos veinte y tantos años, aunque en aquella época las mujeres se veían mayores.  Por detrás, las fotografías tenían escrito a mano el lugar y la fecha. Madrid, mayo 1953. Toledo, junio 1953. Otra vez, Madrid, julio 1953 y octubre del mismo año.
       Abrí primera carta, fechada el veinte de mayo de mil novecientos cincuenta y tres:
          «Querido, Osvaldo.
         Desde que ayer nos despedimos en la estación, mi mundo se ha derrumbado…»
 
      Pobre mujer. Me acurruqué en el viejo sillón y proseguí con la lectura. Cada palabra estaba llena de amor. Las líneas, escritas con letra pulcra y, ligeramente alargada, hablaban de paseos, de conversaciones en un banco del parque, de besos a escondidas. De sus primeros besos. De preguntas sobre si todo aquello era un sueño. Sobre si él sentía lo mismo. Sobre si, en su viaje, la echaba de menos. Le mandaba besos y cariño. Y se llamaba, Amalia.
      Mi garganta estaba seca. Me levanté a por una taza de café y agua y cogí otra carta. Fecha: el veinticinco de junio del mismo año.
 
          «Querido Osvaldo.
          Ha pasado un mes y no tengo noticias de ti…»
 
   Oh, vaya. Al final, este tipo empezaba a darme una mala espina. Amalia le contaba sobre su vida: el fin de sus clases de secretariado, las prácticas en un bufete con un posible empleo, sus padres que se iban al pueblo. Y, al final, con un suave aire de reproche, le preguntaba por qué no había contestado a su carta anterior. Por supuesto, besos de lo más cariñosos y añoranza por su amor.
   Los quejidos de Nico me trajeron a la vida real. Pobrecito mío, lo tenía abandonado. Salimos a dar un paseo. Casi no le dejé olisquear como le gustaba; necesitaba volver para seguir leyendo. De aquella Amalia me separaban más de setenta años y, sin embargo, vivíamos las mismas preocupaciones.
     La tercera carta, de quince de agosto, ya no empezaba por «querido», sino Osvaldo a secas. Vaya, vaya… ¿Qué habrá pasado? Aquí decía que ha recibido sus cartas devueltas. «Destinatario desconocido». ¡Ya lo sabía! El tipo la engañó. Muchacha, no te merece.  Parecía que tenía manchas secas de lágrimas. ¿Pero por qué volvía a mandarle la carta? Ah, decía que no tiene otro modo de comunicarse con él y que era la única esperanza que le quedaba.
        Quise llorar. Por Amalia, por mí. Por las mujeres. Tontas y enamoradas. Rompí el sobre de la última carta. La tinta corrida por las lágrimas. Cuatro líneas escuetas:
 
          «Osvaldo.
          No entiendo nada. ¿Acaso te ha pasado algo? Ruego a Dios que no sea así. Tu hijo te va a necesitar. En diciembre serás padre. Ruego al Santísimo que esta carta, por fin, te encuentre. No sé qué hacer…
                                                          Siempre tuya, Amalia.»
 
     ¡Madre mía! Qué horror. Sola, embarazada y en aquella época. Pobre mujer. Me puse a llorar. A grito pelado. Nico, también. Y así, los dos, mi perro y yo, lloramos por aquella señora. Sola, en una casa vacía, sin nadie en los últimos momentos de su vida…
          Espera, espera. Sola, no. Había tenido un hijo. O una hija.
          Encendí el ordenador. Busqué la dirección de las cartas. No existe. En Google Maps encontré la casa. No creo que sería complicado dar el nombre de la antigua propietaria.
       Pasé varias semanas reuniendo la información: tanatorio, registro de propiedad, archivos, internet, anuncios en varios grupos de Facebook. Tenía la esperanza de que alguien reconociera a la mujer de las fotos.  Y, mientras tanto, el secreter, como un testigo mudo, se erguía sobre los soportes. No podía tocarlo. Todavía no.
      Tres meses después, ya en Navidades, abrí la puerta del taller y vi algo blanco. Una carta. Mi dirección estaba escrita a mano. El remitente, Juan Osvaldo Pérez, Pamplona. Con manos temblorosas rompí el sobre.
 
          «Estimada Katerina.
          Le escribo con esperanza de que esta carta llegue a sus manos. La dirección es la que figura en su página de muebles. Me encantaría hablar con usted sobre mi madre, Amalia Menéndez Acosta. Y perdone que la contacte por este medio; no me gustan las redes sociales. Sin embargo, es mi hijo quien vio su anuncio.
          Estaremos en su ciudad a mediados de enero. Nos encantaría verla, si le es posible. Le dejo mi teléfono para seguir en contacto.
Un cordial saludo. Juan Osvaldo.»
 
       Me puse a bailar. A reír. Y a llorar de alegría. Nico, sentado en su rincón, me miraba como si dijera: «¿Ves, ama? Tanta preocupación no era para tanto». Me paré frente al secreter y quité la tela que lo cubría.
        —Por fin ha llegado tu turno, muchacho. Vamos a hacerte brillar como mereces.





        28/01/2026, Gijón
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