Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

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9 de marzo de 2026

La confesión

 

La confesión

 

“La lengua materna es la verdadera herida que nunca se cierra.”

Norman Manea

 

Soy el padre Joaquín Suárez Arroyo.
          A las puertas de la muerte me confieso. No quiero dejar este mundo con un secreto que pesa tanto en mi conciencia…
          Hace unos quince años, en esta ciudad en la que los traficantes de droga y de armas campaban a sus anchas, la conocimos como Lucrecia la gallega, aunque para los suyos era la agente Liuba. Para la misión, ella tuvo que olvidar su lengua materna y ocultarla en el rincón más recóndito de su mente, dejando todo el espacio al español. Lo hablaba y escribía a la perfección; aun así, se notaba que no era de por aquí. Por eso fingía ser hija de españoles, o gallegos, como llamamos a los inmigrantes que venían a las Américas para ganarse la vida.
         Lucrecia regentaba un restaurante español, Los Gallegos, la “herencia de sus padres”. Era una magnífica anfitriona. Tenía muchos contactos del otro lado del charco, así que conseguía el mejor vino español, el codiciado jamón de bellota y muchas delicias más. Su clientela, de alto poder adquisitivo, gozaba del privilegio de saborear los platos preparados por ella misma. Cabe señalar que, en su mayoría, eran cabecillas del cartel, políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos.
      Era un lugar perfecto para escuchar y recabar información. Ella estaba convencida de que el buen vino y la exquisita comida, en un ambiente agradable y lleno de reservados, harían que los traficantes se sintieran seguros y hablaran libremente. Y tenía razón. Los clientes, agasajados, se relajaban sin la más mínima sospecha de que aquella mujer que les servía exquisiteces era una agente infiltrada, ni de que todo el local estaba plagado de cámaras y micrófonos.
        Liuba reconoció que, en algunas ocasiones, añadía drogas a las comidas y bebidas para soltar las lenguas. Como servidor de Dios, no puedo aprobar sus métodos, pero ¿quién soy yo para juzgarla? A Liuba no le interesaba el tráfico de drogas; aun así, como favor personal, pasaba la información a la DEA.
        Aquí haré un preámbulo para que entiendan mejor la historia y por qué una agente ucraniana acabó en esta maldita ciudad.
       Desde la caída de la Unión Soviética, los inmensos arsenales de armamento quedaron en manos de militares corruptos y, desde ahí, fueron vendidos a delincuentes y terroristas del mundo entero. El gobierno ucraniano, para demostrar su lealtad a los aliados occidentales, montó una red de operaciones internacionales para la búsqueda y localización de armas especialmente peligrosas. Los Kaláshnikov estaban por todas partes, vendiéndose por peso; sin embargo, los misiles y las ojivas nucleares eran otro cantar.
          Liuba llevaba infiltrada casi seis años. Para adaptarse, olvidó su nombre… Olvidó su vida anterior… Sus padres, fallecidos cuando ella era muy joven, quedaron arrancados de su memoria como una hoja marchita de un calendario.
          Me confesó que, el primer mes de estar allí, cuando cerraba los ojos, podía oler la nieve y oír el ruido que hacía al pisarla. Y el borsch… Añoraba su sabor, su olor a hogar. Me explicó que el borsch es una sopa típica ucraniana hecha con remolacha, col, papas y carne. La cocinaba su babushka durante horas en el horno de leña. Y el pan… blanco, oloroso, de trigo puro, con una corteza dorada que pedía ser rota y untada con mantequilla cremosa.
         Todo eso soñaba la agente Liuba en los primeros días. Pero, al abrir los ojos, se daba cuenta de que estaba muy lejos de casa. Y odió el arroz, odió los frijoles… Odió todo lo que no era su querida Ucrania.
         Esa mujer sufrió muchísimo. No tenía con quién hablar ni con quién llorar. No tenía derecho a hacerlo. Era su primera misión en este lado del charco y debía aguantar. Ella no importaba; la misión lo era todo.
         No se permitía hablar en ucraniano. Nunca. Jamás. Ni a solas. Ni en sueños. Ni cuando le dolía. Nunca. Hablar en su lengua por descuido era su sentencia de muerte.
      Durante esos años, Liuba frustró muchas operaciones de traficantes. Me confesó que alguna vez sintió el poder en sus manos y que la posibilidad de ganar un millón de dólares en un solo día estuvo a punto de hacerla sucumbir. La tentación del diablo era enorme. Caer en el mal camino era fácil.
          Pidió a sus superiores que la sacaran de allí; estaba cansada. Se lo negaron. Era demasiado valiosa. Le ordenaron que resistiera hasta que enviaran a otro. Liuba rozaba su límite. La templanza se le agotaba… Y entonces ocurrió aquello.
         Un día apareció en el restaurante un hombre que hablaba español con un fuerte acento del este de Europa. Liuba se dio cuenta enseguida de que era ruso. El tipo y los del cartel comenzaron a hablar de “una mercancía muy delicada”. Se pasaban fotos y negociaban. Cuando Liuba les acercó unas bebidas, vio que las imágenes eran de niñas y de chicas muy jóvenes, todas blancas y rubias. Típicas niñas rusas o ucranianas.
          Estaban en venta.
        Dios mío, ¿cómo permites esto, Señor? Perdóname por juzgarte. Ahora sé que pusiste a esa mujer en el camino de aquellas pobres criaturas.
          No sé cómo organizó con los americanos el rescate, pero les cobró todos los favores. Solo tenían tres días antes de que sacaran a las chicas hacia su destino.
        Liuba averiguó que las niñas estaban en un almacén. Drogó a los guardias. Las pequeñas, encerradas en jaulas, lloraban aterradas, pero ella les habló en ruso. Las tranquilizó. Recordó cómo le hablaba su madre cuando era niña. Las niñas se fueron con los hombres de la DEA.
          Todo salió bien. O eso creyó Liuba.
         Regresó al restaurante para recoger el material reunido y marcharse por fin. Iba a prender el fuego a seis años de vida. Cuando empezó a echar la gasolina, la sorprendieron por detrás. Asustada, exclamó:
          Gospody miy.
          “Dios mío”, en ucraniano.
         En ese instante se vio muerta.
El hombre que había entrado era Juan Montesinos, uno de los jefes del cartel, obsesionado con Lucrecia, rondándola sin descanso. Él se sorprendió tanto como ella. Pero Liuba no le dio tiempo a reaccionar y le golpeó con una sartén.
      Hubo una lucha brutal. Lo sé: vi el estado en que llegó a la sacristía. El hombre era fuerte. No le disparó, pero la acuchilló varias veces. Liuba luchó a muerte. Logró tumbarlo e intentó estrangularlo. Apenas le quedaban fuerzas. No tenía arma. Entonces vio unas papas en el suelo. Cogió una, se la metió en la boca y le tapó la nariz. Lo asfixió. Prendió fuego al restaurante y escapó por poco.
        Aquella misma noche la llevé con unos indígenas a un pueblo de la selva, donde cuidaron de ella y curaron sus heridas. La visité varias veces y me contó su historia. El restaurante quedó reducido a cenizas. Entre los escombros apareció un cuerpo tan calcinado que ni los dientes pudieron analizarse. Dieron por hecho que era Lucrecia la gallega. Tuve que oficiar varias misas por su alma.
 
 
          Un día fui a verla.
          Ya no estaba.

        

 

Ruego al Señor

por su alma y que la cuide,

 esté donde esté esta valiente mujer.





20/05/2025, Gijón

  © La Pluma del Este



Este relato pertenece al Universo de La Muerte Perfumada, que relato a relato, historia a historia, se convertirá en un libro. Mientras tanto, te invito a leer:

La suerte golpea dos veces

Nocturnidades recurrentes

En el bosque








23 de febrero de 2026

La última fotografía

 

La última fotografía

 

 

Benjamín García, un fotógrafo con la absoluta ausencia de escrúpulos, hacía su ronda diaria por los juzgados del Manhattan. Necesitaba con urgencia alguna foto de un asesino en carne y hueso, o de alguien de la mafia. Tampoco le vendría mal una reyerta entre los parientes de los acusados y los de las víctimas. Y si esta incluía a la policía, mucho mejor. Todos piensan que la acción está en la calle. ¡Qué va! En los juzgados, cuando la realidad abofetea al culpable y deja a la víctima totalmente desnuda ante el sistema, afloran los instintos primarios de los individuos. No sería la primera vez que el objetivo de su cámara quedaba salpicado de sangre. Cada peldaño de aquel imponente edificio es una montaña de Sísifo para los que buscan la justicia. Y muchos, nunca la encuentran…

     Ya eran las dos de la tarde y García empezaba a aburrirse. No le interesaba otro robagallinas andrajoso; ni aquellos pillos que estafaron cuatro peniques a una vieja malencarada. Seguro que lo tenía merecido. Él haría lo mismo. Por agarrada…

     El fotógrafo se impacientaba. El sudor le empapaba su pobremente cubierta cabeza, lo que hacía que las luces de las enormes arañas se reflejaran en su calva.  El chicle que llevaba masticando horas, ya le sabía a goma quemada, y esto no engañaba a su prominente estómago. Sin embargo, su olfato fotográfico le decía que algo bueno iba a ocurrir y él estaría ahí para retratarlo. Solo había que esperar. Ya comerá después una buena hamburguesa triple en la Hudson Grill…

      —¡Por favor! Te lo suplico… Solo escúchame…

    Benjamín afinó su oído. Algo estaba pasando al otro lado de la escalinata. Quitó el protector de la Filmanka y, abriendo con su abdomen el camino, empezó a moverse en busca de la fotografía que le pagaría su añorada cheeseburger y, quién sabe, si el alquiler del mes.

     —Cariño, por favor… Por favor…  Todo ha sido un malentendido… Yo no te engañé… Tú eres la única para mí… Seguro que hay una explicación…

     Por fin, el fotógrafo se presentó en la escena. Con pasos suaves y movimientos delicados, lo que de ninguna manera correspondía con su envergadura y con la cámara lista para disparar, se acercó a un trío: dos hombres y una mujer. 

    Uno, el tipo lloriqueante y de rodillas, y con toda seguridad era el que hablaba, agarraba con fuerzas las manos de la mujer. Esta, en una postura fría y adusta, ni siquiera lo miraba. Con los labios apretados en una fina línea, la mujer tenía una mirada ausente. Se notaba que pertenecía a la alta clase. El abrigo de visón, el broche de oro y un peinado muy cuidado bajo un bonete, señalaban que no le faltaban ni el dinero, ni el gusto al gastarlo. El otro hombre, tenía toda la pinta de un picapleitos. Y detrás, justo al fondo, cerca de la salida, estaba un mirón, de los que hay muchos por estos lares. Benjamín García, nada podría hacer al respecto: el cotilla estaría incluido en la imagen. Apretó el botón y la cámara empezó a hacer su trabajo. Con tres fotografías bastaría. El abogado cogió a la mujer por el codo para irse. Benjamín García, sin sentir ni una pizca de empatía por el tipo suplicante, también estaba a punto de marchar cuando la mujer se giró. Sus ojos de gris hielo se clavaron en el pobre desgraciado que seguía en el suelo en la misma postura.

      —Señor Harris. Solo necesito un par de minutos con mi marido… exmarido.

   ¡Qué interesante! García ya tenía las imágenes para vender; ahora tocaba escuchar (nunca se sabe; toda la información es dinero), así que se mimetizó con el entorno. El arrodillado seguía con su súplica:

   —Margaret, tú me conoces… Por favor… Yo no merezco esto… Nunca te engañé…

    —Ahora escúchame tú, querido… —Ese “querido” salió de la boca de la mujer letra por letra. Como si las masticara y las escupiera con mucho asco. Seguido, la mujer se agachó y se acercó al oído del hombre. —Claro que sí, querido… Tú no has hecho nada. He sido yo… Yo he pagado a la muchacha para que se meta en la cama contigo. Ahora me quedaré con mi mitad y… cuando encuentren el cuerpo de esa fulana y uno de tus gemelos entre las sábanas de su cama, me quedaré con todo…

     El hombre se quedó pálido. Benjamín García, más pálido aún. El abogado, sin enterarse de nada, se miraba las uñas. El tipo del fondo ya se había ido. Los testigos de aquella revelación, el marido— bueno, exmarido—y el fotógrafo entrometido con caras de susto miraban a la mujer. Dos ojos de hielo gris se clavaron en Benjamín.

    —Mmm… Vaya, el tercero en discordia. Como siempre. Señor… fotógrafo… No tengo el gusto.

     —Benjamín García, señora. —Nada más decir su nombre, Benjamín mordió su lengua. Pero ya era tarde. La mujer hizo una señal al abogado para que se vaya.

   —Dígame su precio, por favor. Imagino que no le vendría nada mal algo de liquidez.

    —Yo no oí nada, señora… Soy una tumba… Pero su marido, exmarido, aquí presente, seguro que la delatará…

    —Bah, ¿este cobarde? Es su palabra contra la mía. Ahora tengo que hacer unos recados… ¿Cenamos juntos? ¿Tiene algún lugar al que le apetezca ir? Ah, no olvide traer las diapositivas. Entonces, ¿cuál es su precio?

     —Con veinte mil me daré por satisfecho… —La mujer ni se inmutó.

     «Benja, Benja, ¿en qué lío te has metido…? Pero es un buen dinero, a fin de cuentas. Con esto podrás largarte a Florida». Esta suculenta idea empezó a ocupar todo el sitio en la enorme cabeza del fotógrafo, expulsando cualquier atisbo de la señal del peligro.

       —Hudson Grill, en la calle 44. ¿Lo conoce, señora? ¿Le parece bien a las seis?

       —Perfecto. Ahí lo veré. —La mujer bajó la vista a su exmarido, que seguía de rodillas, encogido y con las manos agarradas del pelo.  Estaba totalmente abatido. —¿Todavía sigues aquí, idiota? Anda, ahí está tu abogado con la policía. Seguro que tenéis mucho de qué hablar. Adiós…

     Benjamín García volvió a sacar su infalible Filmanka. Hoy era su día de suerte. Entre las fotos y un inesperado pago por estar callado, podría pensar en su futuro.

          

       Hudson Grill estaba repleto, pero el fotógrafo, gracias a su innegable apetito y las generosas propinas, disponía de un reservado: una mesita en el rincón más alejado. Él ya iba por su segunda cerveza cuando apareció la mujer. La señora Ferguson. Él hizo los deberes. Su marido era propietario de tres mataderos: dos en el Bronx y uno en Newark. Un yate amarrado en el Hudson. Tierras, edificios y un ático en la Quinta Avenida. Sin hijos. Y ahora la señora Ferguson se quedaría con todo. Si la trabaja bien, podrá sacarle lo que sea. Veinte mil solo es el principio…

       La mujer se sentó enfrente. Llevaba un sombrero ancho que le tapaba la cara. Una gabardina gris y los guantes. Sus ojos acerados brillaban en la oscuridad. Parecía esperar algo…

      El camarero apareció de la nada y apuntó las comidas y las bebidas. La mujer pidió solo un Martini. Después de depositar la bandeja llena, el camarero volvió a desaparecer.

     —Señor García. Tengo prisa. Aquí tiene el dinero. —Y le pasó un paquete marrón amarrado con una cuerda. —Cuéntelo, por favor. Así estaré tranquila que todo esté correcto. ¿Las diapositivas?

      Benjamín García, con dedos temblorosos, sacó un sobre. La mujer registró con mucha atención su contenido y, dándose por satisfecha, volvió a insistirle que recuente el dinero.

      El fotógrafo, muy impaciente, agarró el paquete y lo abrió. Nunca vio tanto dinero. Lo sacó, humedeció un dedo con la saliva y empezó a contar los billetes de veinte dólares.

        —Uno, dos, tres, cuatro… diez, once… quince… veinticuatro…

    Cada vez le costaba más mover la lengua. La boca se le volvió pastosa. Cuando intentó mojar el dedo, la saliva era espesa, casi azulada. Le faltaba el aire. El corazón, desbocado, parecía salírsele del pecho. Se sentía morir. En medio de su agonía, alzó la vista hacia la señora Ferguson. Ella le sostuvo la mirada y sonrió.

        Antes de que su cabeza cayera sobre la triple cheeseburger, Benjamín García comprendió que nunca viajaría a Florida…


         


    

  © La Pluma del Este

23/02/2026, Gijón



Si te ha gustado esta historia, te invito a leer estos relatos:

La mujer sin rostro

Frío

Doña Paca






17 de febrero de 2026

El viaje a ninguna parte

 

El viaje a ninguna parte

 

 

 

          —«Un viaje a Hawái podría ser tuyo». Oooh, qué mono. Siempre he soñado con esto. Cariñito, ¿qué pone en tu galletita?
          —«Sin esfuerzo no hay premio». Bah, chorradas. Típico. ¿Te imaginas a una enorme fábrica con cientos de chinos recortando estos mensajitos y hablando de los tontos que creen en estas gilipolleces?
          —Eres un descrédulo.
          — ¿No será “incrédulo”?
          —Otra vez me corriges. Ya te vale. —La mujer, una morena despampanante, le dio un pequeño golpe en el pecho de su acompañante.
          El hombre, riéndose a carcajadas, tiró el dinero en la mesa, cogió a la mujer por la cintura y le estampó un beso en la boca. La dejó pasar por delante y le dio un cachete en el culo. Abrazados y felices, salieron del restaurante chino a la oscura y desierta calle. Sus risas y jolgorio rebotaron en las paredes sin vida.
          Ellos no lo sabían, pero había alguien observándolos. La dichosa frase «Un viaje a Hawái podría ser tuyo» era la señal que esperaba el asesino. Así escogía a sus víctimas. La guapa iba a tener su viaje, pero no a las islas paradisíacas. Su sótano necesitaba a una nueva huésped.
          El tipo apuró la botella de cerveza, la escondió en el bolsillo de su gabardina y salió por la puerta de atrás. Nadie se fijó en él. Él no era nadie.
 



© La Pluma del Este

16/02/2026, Gijón


         

 

 

         


15 de febrero de 2026

Un felón entre nosotros

Un felón entre nosotros


 

Marco dudó… Los presentes contuvieron la respiración. César sonrió… y entonces cayó. El telón de terciopelo carmesí, desgastado en algunas partes, cubrió el escenario. El público rompió en aplausos. El telón volvió a subir. Marco, con una gran sonrisa, se inclinó. César seguía en el suelo. Marco, desconcentrado, le dio un ligero puntapié. César no se movió. 
       Marco gritó y se tiró al suelo al lado de César. El emperador estaba muerto, bien muerto. De la comisura de su boca caía una espuma blanca. Acudieron corriendo un par de tramoyistas. Después, los actores. Las frases: «No respira», «Está muerto» y «¡¡Está muertoooo!!», saltaron desde el escenario al anfiteatro. El público, horrorizado, entre empujones y gritos, se echó a la calle. Se encendieron las luces, pero no fueron suficientes para combatir la lúgubre e inexorable certeza de que algo maligno había comenzado. 
         En el escenario, abarrotado de personal del teatro, apareció una mujer elegante de pelo rubio ondulado. No era una actriz. La dejaron pasar. Al llegar hasta el cadáver, se arrodilló, tocó la cara cárdena del muerto, se cubrió el rostro con las manos, engalanadas con guantes de encaje negro, y empezó a llorar.
         —Oh, mi pobre Winston. ¿Qué te han hecho, mi vida? ¿Quién? ¿Qué será de mí ahora?
          Las lágrimas de abatimiento de los actores se interrumpieron por las sirenas de la policía. Como pajarillos asustados, se reunieron en una esquina del escenario.  La mujer se quedó al lado del cadáver de su marido, rodeada de un círculo de luz.
        —¡Policía! ¡Todos quietos! Sargento, lleve a unos agentes y cubra todas las entradas y salidas. ¿Dónde está César? —Un tipo orondo enseñó su placa pegada a la barriga y guiñó un ojo. —Soy teniente Briggs, de la comisaría del Bronx.
         Con el paso firme de uno que sabe lo que hay que hacer y que tiene todo bajo control, Briggs se paró en seco ante la endeble escalerilla del escenario. Resopló al empezar a subir. Aquellos peldaños, y su propia gordura, eran un óbice que detestaba reconocer y, mucho menos, que los demás lo supieran.
          Se acercó al cadáver y con manos temblorosas sacó un sucio pañuelo. Se lo pasó por la cara colorada y la brillante calva, se inclinó. Miró a la esposa. La repasó descaradamente. Y dio su veredicto:
          —Está envenenado. Y huele a almendras. Cianuro… Ejem… Sin duda alguna, el arma preferida de las mujeres. ¿Es así, señora…?
          —Mercer… Señora Mercer. Y la víctima, mi marido, es un actor muy famoso, Winston Mercer. ¿Me acusa usted de algo, teniente?
          —Todos los aquí presentes sois sospechosos. ¿Quién es el jefe de esto?
       —Soy el director del teatro y el fallecido es mi socio. Mi nombre es Augusto Perkins. Y respondo por todos los trabajadores… S… Somos una familia. Y esto es un terrible accidente. Estoy seguro de ello. Sus sospechas son indignantes.
          Briggs levantó la mano como para espantar a un molesto insecto:
          —Ya, ya. Esto lo dicen todos. Sargento, busque un camerino decente. Vamos a interrogarles uno a uno. Nos llevará tiempo. Y mande a alguien a Luigi’s a por una pizza de cebolla y anchoas. Diles que es para mí… Y que no tarden. Ah, deje pasar al forense.
          El director con delicadeza levantó a la señora Mercer y se la llevó con el resto. El forense, un tipo gris y escuálido, acompañado de un par de ayudantes, hizo varias fotos y ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocar el cuerpo en la camilla, de entre su ropa cayó un sobre.
          A pesar de su corpulencia, Briggs se agachó con agilidad a recogerlo.
         —¡Qué sorpresa! Sin destinatario ni remitente. Veamos qué pone. — Sus dedos de salchicha abrieron el sobre. Los ojillos del teniente se movieron rápidamente por la carta. —Cómo no. Era tan previsible.
        El policía recorrió con la mirada a los presentes y la detuvo en la señora Mercer. Con un gesto teatral, posó la mano izquierda en la cintura y con la carta en la otra, empezó a leer:
        —En el caso de que mi muerte no sea natural, pregunten a mi esposa. Firmado: Winston Mercer. Nada más. Sin fecha. Ah… Hay una pequeña marca. Un sello. —Briggs acercó la carta. —Es un círculo con una estrella. Bah. Sargento, detenga a la señora Mercer.
          —¡Soy inocente! ¡Quítenme las manos de encima, brutos!
          Un par de agentes agarraron a la señora Mercer y la sacaron en volandas.
          El teniente Briggs, muy satisfecho de sí mismo y paladeando la sabrosa pizza que iba a devorar en breve, estaba contento con la rápida resolución del crimen. Briggs era contumaz por naturaleza: una vez elegía al culpable, el resto solo eran detalles. Y este caso era de lo más sencillo.
         



© La Pluma del Este

              03/02/2026, Gijón