Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

23 de febrero de 2026

La última fotografía

 

La última fotografía

 

 

Benjamín García, un fotógrafo con la absoluta ausencia de escrúpulos, hacía su ronda diaria por los juzgados del Manhattan. Necesitaba con urgencia alguna foto de un asesino en carne y hueso, o de alguien de la mafia. Tampoco le vendría mal una reyerta entre los parientes de los acusados y los de las víctimas. Y si esta incluía a la policía, mucho mejor. Todos piensan que la acción está en la calle. ¡Qué va! En los juzgados, cuando la realidad abofetea al culpable y deja a la víctima totalmente desnuda ante el sistema, afloran los instintos primarios de los individuos. No sería la primera vez que el objetivo de su cámara quedaba salpicado de sangre. Cada peldaño de aquel imponente edificio es una montaña de Sísifo para los que buscan la justicia. Y muchos, nunca la encuentran…

     Ya eran las dos de la tarde y García empezaba a aburrirse. No le interesaba otro robagallinas andrajoso; ni aquellos pillos que estafaron cuatro peniques a una vieja malencarada. Seguro que lo tenía merecido. Él haría lo mismo. Por agarrada…

     El fotógrafo se impacientaba. El sudor le empapaba su pobremente cubierta cabeza, lo que hacía que las luces de las enormes arañas se reflejaran en su calva.  El chicle que llevaba masticando horas, ya le sabía a goma quemada, y esto no engañaba a su prominente estómago. Sin embargo, su olfato fotográfico le decía que algo bueno iba a ocurrir y él estaría ahí para retratarlo. Solo había que esperar. Ya comerá después una buena hamburguesa triple en la Hudson Grill…

      —¡Por favor! Te lo suplico… Solo escúchame…

    Benjamín afinó su oído. Algo estaba pasando al otro lado de la escalinata. Quitó el protector de la Filmanka y, abriendo con su abdomen el camino, empezó a moverse en busca de la fotografía que le pagaría su añorada cheeseburger y, quién sabe, si el alquiler del mes.

     —Cariño, por favor… Por favor…  Todo ha sido un malentendido… Yo no te engañé… Tú eres la única para mí… Seguro que hay una explicación…

     Por fin, el fotógrafo se presentó en la escena. Con pasos suaves y movimientos delicados, lo que de ninguna manera correspondía con su envergadura y con la cámara lista para disparar, se acercó a un trío: dos hombres y una mujer. 

    Uno, el tipo lloriqueante y de rodillas, y con toda seguridad era el que hablaba, agarraba con fuerzas las manos de la mujer. Esta, en una postura fría y adusta, ni siquiera lo miraba. Con los labios apretados en una fina línea, la mujer tenía una mirada ausente. Se notaba que pertenecía a la alta clase. El abrigo de visón, el broche de oro y un peinado muy cuidado bajo un bonete, señalaban que no le faltaban ni el dinero, ni el gusto al gastarlo. El otro hombre, tenía toda la pinta de un picapleitos. Y detrás, justo al fondo, cerca de la salida, estaba un mirón, de los que hay muchos por estos lares. Benjamín García, nada podría hacer al respecto: el cotilla estaría incluido en la imagen. Apretó el botón y la cámara empezó a hacer su trabajo. Con tres fotografías bastaría. El abogado cogió a la mujer por el codo para irse. Benjamín García, sin sentir ni una pizca de empatía por el tipo suplicante, también estaba a punto de marchar cuando la mujer se giró. Sus ojos de gris hielo se clavaron en el pobre desgraciado que seguía en el suelo en la misma postura.

      —Señor Harris. Solo necesito un par de minutos con mi marido… exmarido.

   ¡Qué interesante! García ya tenía las imágenes para vender; ahora tocaba escuchar (nunca se sabe; toda la información es dinero), así que se mimetizó con el entorno. El arrodillado seguía con su súplica:

   —Margaret, tú me conoces… Por favor… Yo no merezco esto… Nunca te engañé…

    —Ahora escúchame tú, querido… —Ese “querido” salió de la boca de la mujer letra por letra. Como si las masticara y las escupiera con mucho asco. Seguido, la mujer se agachó y se acercó al oído del hombre. —Claro que sí, querido… Tú no has hecho nada. He sido yo… Yo he pagado a la muchacha para que se meta en la cama contigo. Ahora me quedaré con mi mitad y… cuando encuentren el cuerpo de esa fulana y uno de tus gemelos entre las sábanas de su cama, me quedaré con todo…

     El hombre se quedó pálido. Benjamín García, más pálido aún. El abogado, sin enterarse de nada, se miraba las uñas. El tipo del fondo ya se había ido. Los testigos de aquella revelación, el marido— bueno, exmarido—y el fotógrafo entrometido con caras de susto miraban a la mujer. Dos ojos de hielo gris se clavaron en Benjamín.

    —Mmm… Vaya, el tercero en discordia. Como siempre. Señor… fotógrafo… No tengo el gusto.

     —Benjamín García, señora. —Nada más decir su nombre, Benjamín mordió su lengua. Pero ya era tarde. La mujer hizo una señal al abogado para que se vaya.

   —Dígame su precio, por favor. Imagino que no le vendría nada mal algo de liquidez.

    —Yo no oí nada, señora… Soy una tumba… Pero su marido, exmarido, aquí presente, seguro que la delatará…

    —Bah, ¿este cobarde? Es su palabra contra la mía. Ahora tengo que hacer unos recados… ¿Cenamos juntos? ¿Tiene algún lugar al que le apetezca ir? Ah, no olvide traer las diapositivas. Entonces, ¿cuál es su precio?

     —Con veinte mil me daré por satisfecho… —La mujer ni se inmutó.

     «Benja, Benja, ¿en qué lío te has metido…? Pero es un buen dinero, a fin de cuentas. Con esto podrás largarte a Florida». Esta suculenta idea empezó a ocupar todo el sitio en la enorme cabeza del fotógrafo, expulsando cualquier atisbo de la señal del peligro.

       —Hudson Grill, en la calle 44. ¿Lo conoce, señora? ¿Le parece bien a las seis?

       —Perfecto. Ahí lo veré. —La mujer bajó la vista a su exmarido, que seguía de rodillas, encogido y con las manos agarradas del pelo.  Estaba totalmente abatido. —¿Todavía sigues aquí, idiota? Anda, ahí está tu abogado con la policía. Seguro que tenéis mucho de qué hablar. Adiós…

     Benjamín García volvió a sacar su infalible Filmanka. Hoy era su día de suerte. Entre las fotos y un inesperado pago por estar callado, podría pensar en su futuro.

          

       Hudson Grill estaba repleto, pero el fotógrafo, gracias a su innegable apetito y las generosas propinas, disponía de un reservado: una mesita en el rincón más alejado. Él ya iba por su segunda cerveza cuando apareció la mujer. La señora Ferguson. Él hizo los deberes. Su marido era propietario de tres mataderos: dos en el Bronx y uno en Newark. Un yate amarrado en el Hudson. Tierras, edificios y un ático en la Quinta Avenida. Sin hijos. Y ahora la señora Ferguson se quedaría con todo. Si la trabaja bien, podrá sacarle lo que sea. Veinte mil solo es el principio…

       La mujer se sentó enfrente. Llevaba un sombrero ancho que le tapaba la cara. Una gabardina gris y los guantes. Sus ojos acerados brillaban en la oscuridad. Parecía esperar algo…

      El camarero apareció de la nada y apuntó las comidas y las bebidas. La mujer pidió solo un Martini. Después de depositar la bandeja llena, el camarero volvió a desaparecer.

     —Señor García. Tengo prisa. Aquí tiene el dinero. —Y le pasó un paquete marrón amarrado con una cuerda. —Cuéntelo, por favor. Así estaré tranquila que todo esté correcto. ¿Las diapositivas?

      Benjamín García, con dedos temblorosos, sacó un sobre. La mujer registró con mucha atención su contenido y, dándose por satisfecha, volvió a insistirle que recuente el dinero.

      El fotógrafo, muy impaciente, agarró el paquete y lo abrió. Nunca vio tanto dinero. Lo sacó, humedeció un dedo con la saliva y empezó a contar los billetes de veinte dólares.

        —Uno, dos, tres, cuatro… diez, once… quince… veinticuatro…

    Cada vez le costaba más mover la lengua. La boca se le volvió pastosa. Cuando intentó mojar el dedo, la saliva era espesa, casi azulada. Le faltaba el aire. El corazón, desbocado, parecía salírsele del pecho. Se sentía morir. En medio de su agonía, alzó la vista hacia la señora Ferguson. Ella le sostuvo la mirada y sonrió.

        Antes de que su cabeza cayera sobre la triple cheeseburger, Benjamín García comprendió que nunca viajaría a Florida…


         


    

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23/02/2026, Gijón

17 de febrero de 2026

El viaje a ninguna parte

 

El viaje a ninguna parte

 

 

 

          —«Un viaje a Hawái podría ser tuyo». Oooh, qué mono. Siempre he soñado con esto. Cariñito, ¿qué pone en tu galletita?
          —«Sin esfuerzo no hay premio». Bah, chorradas. Típico. ¿Te imaginas a una enorme fábrica con cientos de chinos recortando estos mensajitos y hablando de los tontos que creen en estas gilipolleces?
          —Eres un descrédulo.
          — ¿No será “incrédulo”?
          —Otra vez me corriges. Ya te vale. —La mujer, una morena despampanante, le dio un pequeño golpe en el pecho de su acompañante.
          El hombre, riéndose a carcajadas, tiró el dinero en la mesa, cogió a la mujer por la cintura y le estampó un beso en la boca. La dejó pasar por delante y le dio un cachete en el culo. Abrazados y felices, salieron del restaurante chino a la oscura y desierta calle. Sus risas y jolgorio rebotaron en las paredes sin vida.
          Ellos no lo sabían, pero había alguien observándolos. La dichosa frase «Un viaje a Hawái podría ser tuyo» era la señal que esperaba el asesino. Así escogía a sus víctimas. La guapa iba a tener su viaje, pero no a las islas paradisíacas. Su sótano necesitaba a una nueva huésped.
          El tipo apuró la botella de cerveza, la escondió en el bolsillo de su gabardina y salió por la puerta de atrás. Nadie se fijó en él. Él no era nadie.
 



© La Pluma del Este

16/02/2026, Gijón


         

 

 

         


15 de febrero de 2026

Un felón entre nosotros

Un felón entre nosotros


 

Marco dudó… Los presentes contuvieron la respiración. César sonrió… y entonces cayó. El telón de terciopelo carmesí, desgastado en algunas partes, cubrió el escenario. El público rompió en aplausos. El telón volvió a subir. Marco, con una gran sonrisa, se inclinó. César seguía en el suelo. Marco, desconcentrado, le dio un ligero puntapié. César no se movió. 
       Marco gritó y se tiró al suelo al lado de César. El emperador estaba muerto, bien muerto. De la comisura de su boca caía una espuma blanca. Acudieron corriendo un par de tramoyistas. Después, los actores. Las frases: «No respira», «Está muerto» y «¡¡Está muertoooo!!», saltaron desde el escenario al anfiteatro. El público, horrorizado, entre empujones y gritos, se echó a la calle. Se encendieron las luces, pero no fueron suficientes para combatir la lúgubre e inexorable certeza de que algo maligno había comenzado. 
         En el escenario, abarrotado de personal del teatro, apareció una mujer elegante de pelo rubio ondulado. No era una actriz. La dejaron pasar. Al llegar hasta el cadáver, se arrodilló, tocó la cara cárdena del muerto, se cubrió el rostro con las manos, engalanadas con guantes de encaje negro, y empezó a llorar.
         —Oh, mi pobre Winston. ¿Qué te han hecho, mi vida? ¿Quién? ¿Qué será de mí ahora?
          Las lágrimas de abatimiento de los actores se interrumpieron por las sirenas de la policía. Como pajarillos asustados, se reunieron en una esquina del escenario.  La mujer se quedó al lado del cadáver de su marido, rodeada de un círculo de luz.
        —¡Policía! ¡Todos quietos! Sargento, lleve a unos agentes y cubra todas las entradas y salidas. ¿Dónde está César? —Un tipo orondo enseñó su placa pegada a la barriga y guiñó un ojo. —Soy teniente Briggs, de la comisaría del Bronx.
         Con el paso firme de uno que sabe lo que hay que hacer y que tiene todo bajo control, Briggs se paró en seco ante la endeble escalerilla del escenario. Resopló al empezar a subir. Aquellos peldaños, y su propia gordura, eran un óbice que detestaba reconocer y, mucho menos, que los demás lo supieran.
          Se acercó al cadáver y con manos temblorosas sacó un sucio pañuelo. Se lo pasó por la cara colorada y la brillante calva, se inclinó. Miró a la esposa. La repasó descaradamente. Y dio su veredicto:
          —Está envenenado. Y huele a almendras. Cianuro… Ejem… Sin duda alguna, el arma preferida de las mujeres. ¿Es así, señora…?
          —Mercer… Señora Mercer. Y la víctima, mi marido, es un actor muy famoso, Winston Mercer. ¿Me acusa usted de algo, teniente?
          —Todos los aquí presentes sois sospechosos. ¿Quién es el jefe de esto?
       —Soy el director del teatro y el fallecido es mi socio. Mi nombre es Augusto Perkins. Y respondo por todos los trabajadores… S… Somos una familia. Y esto es un terrible accidente. Estoy seguro de ello. Sus sospechas son indignantes.
          Briggs levantó la mano como para espantar a un molesto insecto:
          —Ya, ya. Esto lo dicen todos. Sargento, busque un camerino decente. Vamos a interrogarles uno a uno. Nos llevará tiempo. Y mande a alguien a Luigi’s a por una pizza de cebolla y anchoas. Diles que es para mí… Y que no tarden. Ah, deje pasar al forense.
          El director con delicadeza levantó a la señora Mercer y se la llevó con el resto. El forense, un tipo gris y escuálido, acompañado de un par de ayudantes, hizo varias fotos y ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocar el cuerpo en la camilla, de entre su ropa cayó un sobre.
          A pesar de su corpulencia, Briggs se agachó con agilidad a recogerlo.
         —¡Qué sorpresa! Sin destinatario ni remitente. Veamos qué pone. — Sus dedos de salchicha abrieron el sobre. Los ojillos del teniente se movieron rápidamente por la carta. —Cómo no. Era tan previsible.
        El policía recorrió con la mirada a los presentes y la detuvo en la señora Mercer. Con un gesto teatral, posó la mano izquierda en la cintura y con la carta en la otra, empezó a leer:
        —En el caso de que mi muerte no sea natural, pregunten a mi esposa. Firmado: Winston Mercer. Nada más. Sin fecha. Ah… Hay una pequeña marca. Un sello. —Briggs acercó la carta. —Es un círculo con una estrella. Bah. Sargento, detenga a la señora Mercer.
          —¡Soy inocente! ¡Quítenme las manos de encima, brutos!
          Un par de agentes agarraron a la señora Mercer y la sacaron en volandas.
          El teniente Briggs, muy satisfecho de sí mismo y paladeando la sabrosa pizza que iba a devorar en breve, estaba contento con la rápida resolución del crimen. Briggs era contumaz por naturaleza: una vez elegía al culpable, el resto solo eran detalles. Y este caso era de lo más sencillo.
         



© La Pluma del Este

              03/02/2026, Gijón


12 de febrero de 2026

Segunda vida

Segunda vida 




Hoy será el día. Sí. Lo sentí nada más levantarme. Una especie de anticipación hizo revolotear las mariposas en mi estómago. Hoy encontraría un tesoro, un santo grial de los buscadores de trastos viejos.
     Nico se rascó la oreja y me miró con cara perruna de fastidio. No le apetecía nada salir del calor de las mantas a buscar, no se sabe qué.
     —Anda, vagoneta. Te haré un sándwich. —Esta palabra mágica hizo que mi perro pierda su dignidad y salga de la cama como un rayo—. Hoy será nuestro día de suerte.
     Llevaba dos horas dando vueltas con mi furgoneta. Cada vez era más difícil encontrar muebles y objetos antiguos. La gente ya no los tiraba: los vendía o los mandaba a restaurar. A eso me dedico yo: dar una segunda vida y descubrir los tesoros donde los demás ven solo basura.
     El tiempo pasaba, la aguja de gasolina se acercaba a la línea roja y Nico se impacientaba.
     Al girar en una glorieta, me metí por una calle que llevaba a un barrio de casas bajas. No era un lugar bueno para encontrar nada, pero era de sentido único y no me quedó otra que seguir.
     Y, sorpresa: justo delante vi un enorme contenedor de escombros lleno de muebles, sillas y alguna que otra lámpara de araña. Varios obreros seguían sacando más y más enseres de una enorme casa. Me sentí como una buscadora de tesoros en una cueva repleta de joyas.
        Pisé el freno y salté de la furgoneta. Les pegué un buen susto a los hombres. Me miraron como a una loca. Y no los culpo.
     —Buenos días, señores. ¡Cuántos trastos! ¿No les importaría regalarme algunos? — acompañé la frase con una sonrisa angelical.
        Pasé la siguiente hora llenando la furgoneta con varias mesitas, una cómoda de madera de palisandro, un aparador de raíz, cuatro sillas francesas, dos espejos recubiertos con pan de oro, otro de pie, cinco lámparas y un secreter de nogal con docenas de cajoncitos. Un poco rayado, pero era la mejor pieza. El santo grial de los trastos. El que lo ha desechado, no tenía ni idea de su valor.
         Los trabajadores me contaron que la dueña de la casa, una señora mayor, había fallecido hacía cuatro meses y que la propiedad pasaba a manos de un sobrino nieto que vive en América, quien la puso a la venta. Los nuevos propietarios no querían saber nada de «la basura y los trastos de una vieja». Me sentí triste por aquella desconocida.
        Nunca entendí por qué la gente tira toda una vida en un contenedor. Sí, todas esas cosas formaban parte de la vida de alguien. Es obvio que cada objeto es el tiempo gastado en conseguirlo, la ilusión en comprarlo, el lugar que ocupa y su utilidad. Es la historia de una familia, parte de su herencia… Yo no tengo nada de esto. ¿Será que por esto busco y me apropio de los restos de las vidas ajenas?
        Definitivamente, debo parar. En el almacén apenas queda espacio. Amontoné las nuevas “adquisiciones” en un rincón y me llevé el secreter a la zona del taller. No podía esperar para ponerle las manos encima y tenía una clienta perfecta que me pagaría un buen precio por la pieza. Aunque, quizás, me lo quedaría para mí. La tentación era demasiado fuerte.
        El mueble necesitaba una limpieza, así que empecé a sacar los cajoncitos. Todos ensamblados en espiga, sin clavos ni tornillos. En la parte frontal, cada uno estaba tallado con flores y pajarillos. Sin duda alguna, la pieza había sido creada por la mano amorosa de un ebanista. Un cajón no quiso salir. Qué extraño, no vi ninguna cerradura. Parecía que estaba atascado. Tiré de la perilla. Nada. Tiré más fuerte. Tampoco. Hacer palanca podría dañar la madera.
        Alumbré con la linterna dentro y debajo del mueble. La superficie lisa no tenía ningún pestillo ni nada por el estilo. Nico, echado en su cama, me miraba con cara cansada. Me senté a su lado para tomar un poco de distancia y observar… Pues, claro. ¡Qué tonta soy! Es de estos que tienen un compartimiento secreto.
     Acerqué un foco, cogí la lupa y me puse a observar la talla. Lo vi. Apenas un imperceptible agujerito, justo en el ojo del pajarillo. Y no era carcoma. Metí la punta de un alfiler y oí un chasquido. El cajoncito se abrió. Por un segundo creí que encontraría una joya: un collar de esos antiguos, un broche. Algo de valor.
     Cuando saqué el cajón del todo, vi un paquete alargado envuelto en terciopelo azul.  A pesar de los años, la luz del foco avivó su color.  Lo llevé a la mesa de trabajo y lo desenvolví con cuidado. A la vista quedaron varios sobres, algo amarillentos, amarrados con una cinta descolorida.
    Nunca me ha pasado nada igual. En mis trabajos encontré algunas monedas, recibos, botones y chucherías sin valor. Pero esto era la vida de alguien. Su historia. Algo tan íntimo y valioso que había necesitado estar oculto.
     Quité la cinta. Eran cuatro sobres y todos tenían un horrible cuño: «Destinatario desconocido». Todos estaban cerrados. Me sentí incómoda e indecisa. ¿Los abro? No lo sé… ¿Y por qué no? La propietaria estaba muerta, el mueble era mío y lo que llevaba dentro, también.
     —Nico, ¿qué me dices? ¿Los abro o no? — Aunque suene estúpido, mi conciencia necesitaba algún tipo de aprobación. Hasta un perro me valía.
          Nico bostezó y volvió a dormirse.
          —Vale, las abro.
         Las abrí y dispuse todo el contenido sobre la mesa. Quería leer las cartas según las fechas. Cuatro cartas, cuatro fotografías en color sepia. En todas, la misma mujer. Bonita. Morena. De pelo ondulado. Sonriente. Feliz. Podría tener unos veinte y tantos años, aunque en aquella época las mujeres se veían mayores.  Por detrás, las fotografías tenían escrito a mano el lugar y la fecha. Madrid, mayo 1953. Toledo, junio 1953. Otra vez, Madrid, julio 1953 y octubre del mismo año.
       Abrí primera carta, fechada el veinte de mayo de mil novecientos cincuenta y tres:
          «Querido, Osvaldo.
         Desde que ayer nos despedimos en la estación, mi mundo se ha derrumbado…»
 
      Pobre mujer. Me acurruqué en el viejo sillón y proseguí con la lectura. Cada palabra estaba llena de amor. Las líneas, escritas con letra pulcra y, ligeramente alargada, hablaban de paseos, de conversaciones en un banco del parque, de besos a escondidas. De sus primeros besos. De preguntas sobre si todo aquello era un sueño. Sobre si él sentía lo mismo. Sobre si, en su viaje, la echaba de menos. Le mandaba besos y cariño. Y se llamaba, Amalia.
      Mi garganta estaba seca. Me levanté a por una taza de café y agua y cogí otra carta. Fecha: el veinticinco de junio del mismo año.
 
          «Querido Osvaldo.
          Ha pasado un mes y no tengo noticias de ti…»
 
   Oh, vaya. Al final, este tipo empezaba a darme una mala espina. Amalia le contaba sobre su vida: el fin de sus clases de secretariado, las prácticas en un bufete con un posible empleo, sus padres que se iban al pueblo. Y, al final, con un suave aire de reproche, le preguntaba por qué no había contestado a su carta anterior. Por supuesto, besos de lo más cariñosos y añoranza por su amor.
   Los quejidos de Nico me trajeron a la vida real. Pobrecito mío, lo tenía abandonado. Salimos a dar un paseo. Casi no le dejé olisquear como le gustaba; necesitaba volver para seguir leyendo. De aquella Amalia me separaban más de setenta años y, sin embargo, vivíamos las mismas preocupaciones.
     La tercera carta, de quince de agosto, ya no empezaba por «querido», sino Osvaldo a secas. Vaya, vaya… ¿Qué habrá pasado? Aquí decía que ha recibido sus cartas devueltas. «Destinatario desconocido». ¡Ya lo sabía! El tipo la engañó. Muchacha, no te merece.  Parecía que tenía manchas secas de lágrimas. ¿Pero por qué volvía a mandarle la carta? Ah, decía que no tiene otro modo de comunicarse con él y que era la única esperanza que le quedaba.
        Quise llorar. Por Amalia, por mí. Por las mujeres. Tontas y enamoradas. Rompí el sobre de la última carta. La tinta corrida por las lágrimas. Cuatro líneas escuetas:
 
          «Osvaldo.
          No entiendo nada. ¿Acaso te ha pasado algo? Ruego a Dios que no sea así. Tu hijo te va a necesitar. En diciembre serás padre. Ruego al Santísimo que esta carta, por fin, te encuentre. No sé qué hacer…
                                                          Siempre tuya, Amalia.»
 
     ¡Madre mía! Qué horror. Sola, embarazada y en aquella época. Pobre mujer. Me puse a llorar. A grito pelado. Nico, también. Y así, los dos, mi perro y yo, lloramos por aquella señora. Sola, en una casa vacía, sin nadie en los últimos momentos de su vida…
          Espera, espera. Sola, no. Había tenido un hijo. O una hija.
          Encendí el ordenador. Busqué la dirección de las cartas. No existe. En Google Maps encontré la casa. No creo que sería complicado dar el nombre de la antigua propietaria.
       Pasé varias semanas reuniendo la información: tanatorio, registro de propiedad, archivos, internet, anuncios en varios grupos de Facebook. Tenía la esperanza de que alguien reconociera a la mujer de las fotos.  Y, mientras tanto, el secreter, como un testigo mudo, se erguía sobre los soportes. No podía tocarlo. Todavía no.
      Tres meses después, ya en Navidades, abrí la puerta del taller y vi algo blanco. Una carta. Mi dirección estaba escrita a mano. El remitente, Juan Osvaldo Pérez, Pamplona. Con manos temblorosas rompí el sobre.
 
          «Estimada Katerina.
          Le escribo con esperanza de que esta carta llegue a sus manos. La dirección es la que figura en su página de muebles. Me encantaría hablar con usted sobre mi madre, Amalia Menéndez Acosta. Y perdone que la contacte por este medio; no me gustan las redes sociales. Sin embargo, es mi hijo quien vio su anuncio.
          Estaremos en su ciudad a mediados de enero. Nos encantaría verla, si le es posible. Le dejo mi teléfono para seguir en contacto.
Un cordial saludo. Juan Osvaldo.»
 
       Me puse a bailar. A reír. Y a llorar de alegría. Nico, sentado en su rincón, me miraba como si dijera: «¿Ves, ama? Tanta preocupación no era para tanto». Me paré frente al secreter y quité la tela que lo cubría.
        —Por fin ha llegado tu turno, muchacho. Vamos a hacerte brillar como mereces.





        28/01/2026, Gijón
© La Pluma del Este

10 de febrero de 2026

El precio del silencio

 El precio del silencio


Excelencia


Cuando lea esta carta, yo ya estaré de camino a algún lugar olvidado por Dios y hombres de bien. Dejo en sus manos obrar en consecuencia con lo que le voy a confesar en estas líneas. No pediré perdón, porque no lo merezco. He cometido el mayor de los pecados: quitar una vida. Su peso me aplasta como una losa de una tumba. No tuve elección. No suplico su comprensión. Esto ya da igual. ¿Cómo podría un hombre tan virtuoso como vos entender a un pecador como yo? Y mucho menos, concederme la absolución.
          Ella era una feligresa muy asidua de la parroquia… Imagino su perplejidad, Excelencia. Sí, he matado a una mujer. Es tan irónico: jamás he amado a una.
         
          Era la tarde de viernes, justo después de Acción de Gracias. Yo leía esperando que alguien entre para confesarse. La puerta del confesionario se abrió y se cerró. Después de unos carraspeos se instaló el silencio. Esperé unos instantes. Noté un olor a canela y manzana. Una voz áspera, no supe si de un hombre o mujer, pronunció:
          —Perdóname, Padre, he pecado.
          —Dime… Hijo mío. Hija mía. ¿Cuál es tu pecado? Seguramente entre los tres: tú, yo y el Santísimo, podremos encontrar una solución.
          —¿So… solución? Ya la encontré, Padre. Justo en este mismo momento ella estará agonizando…
          Tuve la sensación de que la otra persona estaba sonriendo. Su voz se aclaró. Era femenina:
          —Tantos años de cuidados y sin un triste gracias… Me harté. ¿Sabe? Ha sido más fácil de lo que imaginaba. Dejé las pastillas justo al alcance de su mano. Dije que eran las vitaminas. Y como la pobre no se entera de nada, las tomó todas.
          Me quedé sin palabras, Excelencia. Era la confesión de un asesinato. Cuando logré reaccionar, ella ya se había ido, y en mi interior empezó una guerra.
          Mi primer impulso era acudir a la policía. ¿Pero qué podría decirles? Se trataba de una confesión sagrada. ¿Un anónimo, quizás? No había visto su rostro. No sabía quién era, ni dónde buscarla.
          Pero no tuve que esperar mucho. El domingo, muy temprano, me llamaron desde un tanatorio para oficiar el funeral de la señora C.D.P. Más tarde, con la iglesia llena de dolientes, sentí una mirada. Fue una presión muda, insistente. Me incomodó. Alcé los ojos y la vi. Estaba vestida de negro. Delgada. Corriente. Tan corriente que resultaba invisible. Lloraba y discretamente se secaba con un pañuelo blanco. Era la sobrina de la difunta. Me miró. Sin ningún rastro de culpa.   Con ojos de alguien que ha dado un paso al abismo. El mundo se me vino encima: era ella.   Y sabía que yo lo sabía. Y sabía también que yo no podía denunciarla. Se la veía segura de su impunidad. Quizás incluso complacida por ello…         
          Perdóneme, Excelencia, pero aquel día me sentí prisionero de la iglesia. Quise gritar que la asesina de aquella pobre mujer estaba justo ahí, al lado de su ataúd, y que había vivido bajo el mismo techo que su víctima. Odié mis votos. No me servían para salvar a nadie. No había justicia… Solo el silencio como respuesta a mis plegarias.
 
          Pasaron unos tres meses. Y de nuevo aquel olor a manzana y canela flotando en el aire. Me encogí de miedo. Quise desaparecer. No podía compartir aquel espacio sagrado con una asesina. Cuando habló, su voz me clavó al banco de madera, como aguja a un insecto.
          —Perdóneme, Padre, he pecado.
          Guardé silencio.
          —¿No me dice nada? ¿Acaso le doy miedo, cura? Bah, da igual. Vengo a por el perdón. Me arrepiento. Vaya muerte más inútil… Tenía que haber asegurado la herencia antes. ¿Quién iba a decir que la vieja lo dejaría todo a una sobrina lejana? Y esa vino con dos mocosos. Tienen toda la casa hecha un desastre.
          —Entrégate a la policía, hija mía. Reconoce tu pecado y serás libre ante Dios. —logré decir, al fin, con una voz que no parecía la mía.
          —Ni hablar. Esa advenediza no se va a quedar con lo que me pertenece. Donde hay uno, hay dos. De hecho, yo ya sé lo que hay que hacer. Limpio y rápido. Ya nos vemos, padre.
          Salí del confesionario como un poseso. Tenía que detenerla.
          —¡Espera! No lo hagas. Es tu familia. Son inocentes. Vas a dejar huérfanos a los niños. Ten piedad. ¡Te denunciaré a la policía!
          Ella se volvió despacio y se acercó a mí.   Olí su perfume a manzana y canela y me repugnó.
          —Pero no hará, ¿verdad, cura? ¿Dónde quedaría entonces el secreto de la confesión?
          —¿Por qué lo haces? ¿Por qué confiesas tus crímenes aquí? ¿Por qué a mí?
    —Ni yo lo sé. Aquel día vi a la vieja retorciéndose en la cama y pidiendo la extremaunción… Así que vine aquí. Como podía haber ido a cualquier otra iglesia. —Hizo una breve pausa—. Ah, otra cosa. Ni se le ocurra contarlo a nadie. Los niños podrían tener un accidente. Esas cosas pasan a diario.
         
           Me quedé ahí, cobarde e inútil. Una mujer iba a morir y yo no sabía qué hacer para evitarlo. Sus hijos eran el precio por mi silencio. Me rompí en pedazos.   Lloré. Recé.
          ¿Recuerda, Excelencia, aquella vez cuando acudí a usted desesperado? Le pregunté qué debía hacer si en un confesionario conocía un delito que aún podía evitarse. Y su respuesta era que todo estaba en manos de Dios. Desde entonces mi fe empezó a tambalearse. El Santísimo no respondía a mis oraciones. Y yo empezaba a comprender que el silencio también era una respuesta. 
          Llamé a la policía desde una cabina. Les avisé de que se iba a producir un asesinato. Di la dirección y colgué. Me sentí aliviado por descargar una parte de mi peso a los hombros de la ley… Qué necio fui. Qué confiado.
          Al no escuchar nada raro en las noticias, sentí alivio. Aun así, al día siguiente, me acerqué a la casa para confirmar por mí mismo que todo iba bien, que la familia estaba a salvo y que la asesina había sido detenida.
 
          Todavía recuerdo como si fuera ayer las luces azules, la ambulancia alejándose y, en su lugar, el furgón funerario aparcando despacio. La calle, abarrotada de gente, se sumía en silencio, roto por algún que otro llanto aislado.
          Yo me quedé en shock. Había llegado demasiado tarde. Por mi culpa. Solo por mi culpa. Oí decir: «Pobrecita, tan joven. Ha dejado a dos niños huérfanos». «Cuando llegaron del colegio con su tía, encontraron a su madre en la bañera. Muerta». «Habrá resbalado, la pobre. No sería la primera vez. Pasa más de lo que creemos».   Yo sabía la verdad.
          La vi salir de la casa abrazando a dos niños, de unos cinco y diez años. Se alzaba por encima de ellos como un ave oscura. Me vio. Sonrió. Y ahí, en aquel preciso instante, comprendí que los niños serían los siguientes. Sentí rabia e impotencia. Quise gritar que allí, delante de todos, estaba la asesina de su madre. Pero no tenía pruebas. ¿Qué podía hacer yo, un sacerdote de una pequeña parroquia, un simple peón en una terrible partida?
          Volví a llamar a la policía. Muchas veces. Pasé frente a su casa noche tras noche, como un ladrón en las sombras. A través de las ventanas la veía tranquila, incluso feliz. Los niños reían. Mi conciencia, poco a poco, se adormeció.
          Reconozco mi debilidad, Excelencia. Acepté el crimen y su falta del castigo. Como usted dijo: todo está en manos del Señor. ¿Y quién era yo para juzgar sus designios?
         
          Pasó el verano. En el día de Nuestra Señora de los Dolores, la iglesia estaba llena de penitentes. Me sentía cansado, pero en paz. Mi fe comenzaba, lentamente, a recomponerse. A última hora de la tarde me encontraba aún en el confesionario. Entonces regresó aquel olor. Manzana y canela.
          —Perdone, padre… He pecado.
          Me quedé inmóvil, sudando y temblando de frío al mismo tiempo.
          —Por si le interesa, la policía ha cerrado el caso. Accidente doméstico en la bañera. Tan corriente hoy en día.
          —Sé que fuiste tú —dije. —¿Puedes vivir con ello? ¿Mirar a los ojos de esos niños sin sentir nada? He rezado por tu alma. Veo que ha sido inútil.
          Su risa hueca me heló la sangre: 
          —Padre, no sea ingenuo. Solo he esperado el tiempo prudencial. Serían muy sospechosos dos accidentes seguidos y en la misma casa. Ahora soy su tutora legal.   Nos iremos de viaje. A los muchachos les vendrá bien el crucero en un barco. Y, ¿quién sabe?, igual ahí podría pasar alguna tragedia; un resbalón para coger una pelota o una caída accidental al mar… Cosas más raras suceden.
         Algo se rompió dentro de mí:
         —¡Maldita! ¡Deja a los niños en paz!
         Le di su absolución… El confesionario quedó en silencio.
        Aquella noche nadie entró en la iglesia. Sentí a Dios. ¿O era el Satanás que me empujó a cometer el crimen? ¿Acaso importa? Solo sé que ella ya no respiraba y los niños, pobres inocentes, seguían vivos. Si he nacido únicamente para cargar con esto, lo acepto.
 
P.D. El cuerpo se encuentra en la cripta, bajo la iglesia.
      
No rece por mí, Excelencia. No lo necesito. Ya estoy en paz.

                                                      Juan A.A.
 

 



                                                                                                                         20/01/2026, Gijón

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