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Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

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23 de marzo de 2026

Ausencia

 

Ausencia

(Absentia, latín)

 

I. Acción y efecto de ausentarse o estar ausente.

 

 

Como cada día, él le daba un beso a su esposa y se iba a trabajar. Durante años hacía y decía lo mismo. Un beso ya breve, rutinario, un “te veo a la noche” desganado, como si no tuviera ganas de volver. Ella contaba minutos para que él se marchara. Y poco después, vestida elegantemente, se iba a ver a su joven amante.

 

 

II. Tiempo en que alguien está ausente.

 

Una noche él tardaba en volver. Ella lo esperaba con el valor reunido después de fingir el amor durante los últimos años. Quería el divorcio. Como un animal enjaulado daba vueltas por el salón. Miraba por la ventana. Él no llegaba. Le llamó al móvil repetidas veces. Saltaba el contestador. Se durmió en el sofá, tapada con la vieja bata de él.

 

 

III. Falta o privación de algo.

 

Despertó con una sensación de que algo malo había pasado. Un nudo se instaló en su estómago. Volvió a llamar a su marido. El teléfono seguía muerto. Su amante la llamó. Varias veces. Le mandó mensajes. No contestó. La preocupación crecía a cada minuto. Llamó al trabajo. Su marido no había ido ni ayer, ni los últimos cuatro meses… Se había despedido. Y no le dijo absolutamente nada. ¿Por qué?

 


IV. Derecho. Condición legal de la persona cuyo paradero se ignora.

 

La policía dejó sus cosas revueltas y se llevaron una camiseta para el perro. La acribillaron con cientos de preguntas: ¿si sabía de esto?, ¿si sabía de lo otro?, ¿qué relación tenían?, ¿si todo iba bien entre ellos? Tras veinte años de matrimonio, ella no fue capaz de contestar nada. Su vida conyugal era intangible… Quedaron en avisarla con lo que fuera. El nombre de su marido engrosó la lista de desaparecidos.

  

V. Medicina. Supresión brusca, aunque pasajera, de la conciencia.

 

Su amante dejó el teléfono saturado. En algún momento tendría que hablar con él. Pero no ahora. Ahora él era una complicación. Se sentía herida y traicionada. Por Dios, ¿por qué? No tenía derecho. Era ella la que engañaba. ¿Quién de los dos era el peor? Se sirvió una copa de whisky, el preferido de su marido. La casa la aplastaba con el silencio. Encendió la televisión. Noticias: en la playa cercana han encontrado el cadáver de un hombre… Lo supo. Se desmayó.

 

 

Vi. Psicología. Distracción del ánimo respecto de la situación o acción en que se encuentra el sujeto.

 

La morgue dejó su mente embotada. Lo vio. Allí. Solo… sobre el acero gris, tapado con una sábana. Como en películas policíacas que vieron juntos. Causa de la muerte: un infarto. Encontraron sus cosas en un barco. Lo compró hace un año. Lo estaba restaurando. Con qué dinero, nadie lo supo decir. El barco llevaba el nombre de ella: Lilith. La inspectora hablaba y preguntaba. Ella no oía nada. Cuando eran jóvenes, soñaban en navegar. Juntos. Su mirada no se separaba del bulto blanco que era su marido. Sus dedos se tocaban la boca. Ahí la besó por última vez.





 

 12/09/2025, Gijón

© La Pluma del Este



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Te dejo esta pregunta:

 ¿Cuándo fue la última vez que miraste de verdad a quien tienes al lado?...



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La luz de la esperanza

El ocaso




17 de marzo de 2026

La nieve roja

 

La nieve roja



 —Cariño, ven aquí un momento. Tienes que ver esto. Trae mi cámara. Está en el cajón bajo de la cómoda.
     La voz urgente de mi marido me obligó a poner en pausa la lectura. Y ahora, ¿qué? Llegamos al pueblo hace cinco días y desde entonces no hemos parado de limpiar, arreglar, cortar leña. Todo para pasar la Navidad perfecta lejos de la ciudad y el ruido. Por fin estaba sola y sin trabajo pendiente. Traje varios libros con la intención de leerlos todos. Un sillón cómodo, una manta, el fuego y una copa de vino. Un lujo.  Pero me da que esto iba a postergarse para otro momento.
     —¡Apúrate o te lo vas a perder!
      Suspiré, dejé «1984» en la mesita, eché la manta sobre los hombros y fui en busca de la cámara. Cuando salí al porche, mi marido me la quitó de las manos con la impaciencia de un cazador de la imagen perfecta.
     —Mira. El cielo. ¿No es una maravilla? ¿A qué nunca has visto nada igual? Esta va directa al concurso. ¿Ves? El blanco de la nieve y ese rojo… Es perfecta. Te has quedado muda, cari.  Te lo dije.
     Miré arriba. Aquello no eran nubes, sino trozos de sangre espesa esparcidos hacia el horizonte. Me sentí aplastada y con falta de aire. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me arrebujé en la manta. Un recuerdo oculto subió a la superficie de mi memoria. Vi a mi marido haciendo ráfagas de fotos. Sus ojos brillaban de excitación. Mientras, yo esperaba que aquel cielo se derramara en una lluvia de sangre. Rojo sobre blanco. Como hace cuarenta años y a miles de kilómetros, en los lejanos Cárpatos.
 
     Pasar las vacaciones de invierno en la otra punta del país, sin mis padres, prometía ser una aventura. Éramos un grupo de unos cuarenta adolescentes y varios monitores adultos.
     Después de diez horas en tren ya nos conocíamos. Cuando llegamos al campamento, en mitad de la nada, rodeado de montañas y bosque, nos repartieron en varias cabañas. Todo era fiesta y jolgorio. La nieve era infinita. Solo podíamos desplazarnos por los estrechos caminos abiertos con palas y sal. Y para varias docenas de chavales era la invitación para empezar una guerra de bolas de nieve.
     Ahora pienso que aquella fue una época perfecta. Mi mente borró las discusiones, los celos y peleas por tonterías. De día hacíamos las actividades, rutas y paseos; por la noche, a la luz del fuego, nos contábamos las historias de miedo. ¡Qué típico en aquella edad! Y qué tontos fuimos por no hacer caso a los rumores sobre las desapariciones. Creíamos que eran chanzas de los lugareños para meter el miedo a los de la capital. A fin de cuentas, éramos forasteros. Y los forasteros no escuchaban, solo sonreían e iban a lo suyo.
     Cada mañana, a las siete en punto, salíamos a una explanada detrás de las cabañas para hacer la gimnasia matutina. El amanecer en los Cárpatos era majestuoso. Cuando el sol se asomaba por encima de los picos, teñía el cielo en los colores más inverosímiles: mezclas de rosa con amarillo, violeta con lavanda, azul noche con azul bebé. Y toda esta fiesta cromática convertía la nieve en una alfombra de diamantes.
      Aquella mañana, unos días antes de la Nochevieja, hacía muchísimo frío. Entre risas salimos en tropel para ejercitarnos y volver corriendo al calor de las casas. Fuera estaba más oscuro de lo normal. Las farolas apenas nos alumbraban el camino. La nieve no reflejaba su luz, sino que la absorbía. Nuestras risas no hacían eco. Como por una señal invisible, todos bajamos la voz. Cuando llegamos a la planicie, vimos a los monitores discutiendo con una señora mayor. La mujer parecía disgustada y no paraba de señalar al cielo: el más extraño que haya visto nunca. Sobre el fondo gris, las nubes de un rojo espeso se amontonaban como si fueran trozos de algún animal celestial. Herido. Destrozado. Mis compañeros quedaron boquiabiertos. Los chicos mantuvieron el tipo. Algunas amigas empezaron a llorar y corrieron en desbandada. Unos cuantos quedamos ahí, esperando sin saber el qué.
      La mujer se dio por vencida. Al pasar por mi lado, me miró a los ojos y meneó la cabeza. Me cogió de las manos. Sentí una descarga de corriente eléctrica.
    —Cielo de sangre. Korochun-chort, el Demonio de la nieve, está de caza. Cuídate, niña. Dile a tus amigos que no salgan después del ocaso de ahora en tres días. Vuestros cuidadores no me escuchan. Piensan que estoy loca. Y la vieja Marusia sabe lo que dice… Yo lo he visto antes. Muchas, muchas veces.
     Me quedé de piedra. Algo se removió en mi interior. Miedo y curiosidad a partes iguales. Korochun-chort. En aquella época era impensable buscar la información tecleando un par de palabras. Había que creer a los mayores. O no. Y yo solo era una niña de quince años que dos horas después iba con sus compañeros por el medio de la cresta de un monte y cantando a pleno pulmón. Me sentía viva y valiente. Tan valiente que me atreví a beber el agua de un pozo. Por la noche ya tenía fiebre y gastroenteritis que me dejaron postrada en la cama.
     Decidí ver el lado positivo de mi repentina enfermedad, ya que pude quedarme en la habitación sin hacer gimnasia y escaquearme de los preparativos para la celebración del Fin de Año. No me apetecía cargar troncos de madera para montar una enorme fogata. Estar calentita, a base de tés y sopas, leyendo a placer sin que nadie me moleste, no era un mal plan.
     La tarde del treinta y uno de diciembre era de locos. Mis compañeras me enterraron bajo vestidos y blusas. La habitación se convirtió en una pasarela de moda y un centro de maquillaje y peluquería. Era la primera vez que lo celebrábamos sin nuestras familias. Podíamos pasar la noche sin dormir, bailar y, quién sabe, besarse con algún chico a la luz de la fogata. Yo me moría de envidia. Tenía mucha ilusión para estrenar mi nuevo vestido y bailar con Tarás, un chico muy guapo que me traía libros y té. Pero seguía enferma y no podía alejarme mucho de un baño. Ser imprudente tenía un precio.
     La puerta de la calle se cerró con un golpe y me separó de las risas de mis amigas. Me quedé sola. En la cabaña y en todo el campamento. La fiesta se celebraba en un claro del bosque cercano.
      Era raro oír el silencio. Encendí la radio. La música me molestó con su ruido. La apagué. Cogí un libro. Los ojos me empezaron a picar y los cerré. Creo que me dormí. Me despertó un ruido. Un crujido en la planta baja. Ya era noche cerrada. A través del cristal se veía el cielo. Negro. Con miles de estrellas. Las farolas estaban apagadas. Muy extraño. Encendí la lámpara de la mesita. Nada. No había luz. Otra vez el crujido. Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Me quedé muy quieta. Afiné el oído. Abajo había alguien. ¿Tal vez alguna compañera que se había olvidado de algo? No me atreví a gritarle. Decidí esperar.   El ruido se repitió.  Más fuerte. Me tiré al suelo y pegué la oreja a la fría madera. Escuché unos jadeos. Pasos de un lado al otro. Abrir y cerrar de puertas. Alguien buscaba algo. Pisó la escalera. El crujir del cuarto escalón me dejó helada. Con cuidado moví la silla y la coloqué debajo de la manilla de la puerta. Me escondí detrás de la cama y me tapé con una manta.
     Los pasos se acercaron a mi habitación. Oí los resoplidos de algún tipo de animal. Tal vez un oso.  Me acordé de aquella mujer, Marusia, y del Demonio de la nieve. ¡Por Dios! ¿Será la verdad lo que dijo? Quise gritar. Me tapé la boca con las dos manos. Dejé de respirar. El sudor frío me bajó por la espalda. Esperé… Esa cosa seguía al otro lado de la puerta. Oí moverse la manilla. Rogué a la silla que aguantara. La cosa golpeó la puerta. La arañó. La madera resistió. Ay, mamita, ayúdame. Papá, ojalá estuvieras aquí…
       Fuera se oyeron unas risas.
      La cosa gruñó y se lanzó por las escaleras. Oí un portazo. Después, unos gritos ahogados.
     Conté hasta diez y salí de mi escondite. Miré por la ventana. La luz de la farola más cercana descubrió unas enormes huellas a través de la impoluta nieve. Bajé corriendo al vestíbulo y tranqué la puerta de entrada. Cogí un atizador y corrí a mi cuarto. Ahí me quedé hasta que oí sirenas y gritos.
Amanecía.
     Cuando salí al porche, una multitud de gente corría de un lado al otro: policías, perros, lugareños. En la cabaña vecina vi a los monitores consolar a los chicos. Me acerqué hasta ellos. Enseguida me rodearon con abrazos de alegría. Yo no entendía nada. Parecía que me daban por perdida.
     A trompicones me contaron que habían desaparecido Taras y Zoya. Parece que mientras los demás bailaban cerca de la hoguera, ellos se separaron del resto. Y nunca más se supo de ellos. Lo único que encontraron fueron unas huellas de algún tipo de animal y restos de sangre. El rastro se perdía en lo profundo del bosque. Los perros se negaban a buscar. Y, según los vecinos, esto pasaba en los años bisiestos. Aunque seguramente, eran cosas de viejos.
     Me quedé fría. Korochun-chort los raptó. Abrí la boca. La cerré. ¿Acaso me creerían? Mis amigos ya estaban muertos de miedo.
Los monitores y las autoridades locales decidieron dar por terminadas nuestras vacaciones. En un par de horas, vendrían unos autobuses a recogernos en el pueblo cercano. Hasta ahí había que ir a pie.
     Cuando llegué a mi habitación, en la puerta vi unos arañazos. No estaba loca ni era un sueño. Había ocurrido de verdad. Me callé y me obligué a olvidarlo todo. En aquella época no se hacían las preguntas incómodas.
     Los cuatro kilómetros que nos separaban del pueblo se convirtieron en una ruta larga y triste. Parecíamos los corderos yendo al matadero. Todos teníamos miedo. ¿Y yo? La que más. Veía al Demonio detrás de cada tronco; oía sus gritos en cada rama rota por el peso de la nieve; sentía sus ojos clavados en mí…  Los lugareños nos recibieron con caras serias y el conocimiento oculto de lo que había pasado. Lo vi en sus miradas. Antes de subir al autobús, sentí que alguien me agarraba del brazo. Era Marusia.
     —Ay, niña, cuánto lo siento. Cuídate y lleva esta cruz de madera de olmo. No te la quites nunca. Korochun-chort te conoce. Algún día te buscará.
Y nunca la quité.
 
 
     Un golpe seco me despertó en plena noche. Todavía estaba algo mareada por el champán. El cuerpo me dolía. Era un dolor placentero. Hicimos el amor como antes. Mi mano buscó a mi marido. Su lado de la cama estaba vacío. Sentí una ráfaga de aire frío.
     —¿Cariño? —Me puse la bata y bajé. La puerta de entrada estaba entreabierta.
Salí fuera. Caían suaves plumas de nieve. Grité a la oscuridad:
     —¡Manuel! —La noche me devolvió el silencio. Mi pie tropezó con algo. Era su cámara. Rota. La correa de piel estaba arrancada. Mi mano se manchó con sangre. Quise gritar. La garganta cerrada no pronunció ningún sonido. Busqué la vieja cruz de madera. La apreté con fuerza. 

Bajé al prado. Y ahí las vi— huellas grandes y separadas—que se perdían en la llanura blanca.
 




15/01/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Este relato pertenece a la série "El viento de la estepa".
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Un abrazo y gracias por leerme.

9 de marzo de 2026

La confesión

 

La confesión

 

“La lengua materna es la verdadera herida que nunca se cierra.”

Norman Manea

 

Soy el padre Joaquín Suárez Arroyo.
          A las puertas de la muerte me confieso. No quiero dejar este mundo con un secreto que pesa tanto en mi conciencia…
          Hace unos quince años, en esta ciudad en la que los traficantes de droga y de armas campaban a sus anchas, la conocimos como Lucrecia la gallega, aunque para los suyos era la agente Liuba. Para la misión, ella tuvo que olvidar su lengua materna y ocultarla en el rincón más recóndito de su mente, dejando todo el espacio al español. Lo hablaba y escribía a la perfección; aun así, se notaba que no era de por aquí. Por eso fingía ser hija de españoles, o gallegos, como llamamos a los inmigrantes que venían a las Américas para ganarse la vida.
         Lucrecia regentaba un restaurante español, Los Gallegos, la “herencia de sus padres”. Era una magnífica anfitriona. Tenía muchos contactos del otro lado del charco, así que conseguía el mejor vino español, el codiciado jamón de bellota y muchas delicias más. Su clientela, de alto poder adquisitivo, gozaba del privilegio de saborear los platos preparados por ella misma. Cabe señalar que, en su mayoría, eran cabecillas del cartel, políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos.
      Era un lugar perfecto para escuchar y recabar información. Ella estaba convencida de que el buen vino y la exquisita comida, en un ambiente agradable y lleno de reservados, harían que los traficantes se sintieran seguros y hablaran libremente. Y tenía razón. Los clientes, agasajados, se relajaban sin la más mínima sospecha de que aquella mujer que les servía exquisiteces era una agente infiltrada, ni de que todo el local estaba plagado de cámaras y micrófonos.
        Liuba reconoció que, en algunas ocasiones, añadía drogas a las comidas y bebidas para soltar las lenguas. Como servidor de Dios, no puedo aprobar sus métodos, pero ¿quién soy yo para juzgarla? A Liuba no le interesaba el tráfico de drogas; aun así, como favor personal, pasaba la información a la DEA.
        Aquí haré un preámbulo para que entiendan mejor la historia y por qué una agente ucraniana acabó en esta maldita ciudad.
       Desde la caída de la Unión Soviética, los inmensos arsenales de armamento quedaron en manos de militares corruptos y, desde ahí, fueron vendidos a delincuentes y terroristas del mundo entero. El gobierno ucraniano, para demostrar su lealtad a los aliados occidentales, montó una red de operaciones internacionales para la búsqueda y localización de armas especialmente peligrosas. Los Kaláshnikov estaban por todas partes, vendiéndose por peso; sin embargo, los misiles y las ojivas nucleares eran otro cantar.
          Liuba llevaba infiltrada casi seis años. Para adaptarse, olvidó su nombre… Olvidó su vida anterior… Sus padres, fallecidos cuando ella era muy joven, quedaron arrancados de su memoria como una hoja marchita de un calendario.
          Me confesó que, el primer mes de estar allí, cuando cerraba los ojos, podía oler la nieve y oír el ruido que hacía al pisarla. Y el borsch… Añoraba su sabor, su olor a hogar. Me explicó que el borsch es una sopa típica ucraniana hecha con remolacha, col, papas y carne. La cocinaba su babushka durante horas en el horno de leña. Y el pan… blanco, oloroso, de trigo puro, con una corteza dorada que pedía ser rota y untada con mantequilla cremosa.
         Todo eso soñaba la agente Liuba en los primeros días. Pero, al abrir los ojos, se daba cuenta de que estaba muy lejos de casa. Y odió el arroz, odió los frijoles… Odió todo lo que no era su querida Ucrania.
         Esa mujer sufrió muchísimo. No tenía con quién hablar ni con quién llorar. No tenía derecho a hacerlo. Era su primera misión en este lado del charco y debía aguantar. Ella no importaba; la misión lo era todo.
         No se permitía hablar en ucraniano. Nunca. Jamás. Ni a solas. Ni en sueños. Ni cuando le dolía. Nunca. Hablar en su lengua por descuido era su sentencia de muerte.
      Durante esos años, Liuba frustró muchas operaciones de traficantes. Me confesó que alguna vez sintió el poder en sus manos y que la posibilidad de ganar un millón de dólares en un solo día estuvo a punto de hacerla sucumbir. La tentación del diablo era enorme. Caer en el mal camino era fácil.
          Pidió a sus superiores que la sacaran de allí; estaba cansada. Se lo negaron. Era demasiado valiosa. Le ordenaron que resistiera hasta que enviaran a otro. Liuba rozaba su límite. La templanza se le agotaba… Y entonces ocurrió aquello.
         Un día apareció en el restaurante un hombre que hablaba español con un fuerte acento del este de Europa. Liuba se dio cuenta enseguida de que era ruso. El tipo y los del cartel comenzaron a hablar de “una mercancía muy delicada”. Se pasaban fotos y negociaban. Cuando Liuba les acercó unas bebidas, vio que las imágenes eran de niñas y de chicas muy jóvenes, todas blancas y rubias. Típicas niñas rusas o ucranianas.
          Estaban en venta.
        Dios mío, ¿cómo permites esto, Señor? Perdóname por juzgarte. Ahora sé que pusiste a esa mujer en el camino de aquellas pobres criaturas.
          No sé cómo organizó con los americanos el rescate, pero les cobró todos los favores. Solo tenían tres días antes de que sacaran a las chicas hacia su destino.
        Liuba averiguó que las niñas estaban en un almacén. Drogó a los guardias. Las pequeñas, encerradas en jaulas, lloraban aterradas, pero ella les habló en ruso. Las tranquilizó. Recordó cómo le hablaba su madre cuando era niña. Las niñas se fueron con los hombres de la DEA.
          Todo salió bien. O eso creyó Liuba.
         Regresó al restaurante para recoger el material reunido y marcharse por fin. Iba a prender el fuego a seis años de vida. Cuando empezó a echar la gasolina, la sorprendieron por detrás. Asustada, exclamó:
          Gospody miy.
          “Dios mío”, en ucraniano.
         En ese instante se vio muerta.
El hombre que había entrado era Juan Montesinos, uno de los jefes del cartel, obsesionado con Lucrecia, rondándola sin descanso. Él se sorprendió tanto como ella. Pero Liuba no le dio tiempo a reaccionar y le golpeó con una sartén.
      Hubo una lucha brutal. Lo sé: vi el estado en que llegó a la sacristía. El hombre era fuerte. No le disparó, pero la acuchilló varias veces. Liuba luchó a muerte. Logró tumbarlo e intentó estrangularlo. Apenas le quedaban fuerzas. No tenía arma. Entonces vio unas papas en el suelo. Cogió una, se la metió en la boca y le tapó la nariz. Lo asfixió. Prendió fuego al restaurante y escapó por poco.
        Aquella misma noche la llevé con unos indígenas a un pueblo de la selva, donde cuidaron de ella y curaron sus heridas. La visité varias veces y me contó su historia. El restaurante quedó reducido a cenizas. Entre los escombros apareció un cuerpo tan calcinado que ni los dientes pudieron analizarse. Dieron por hecho que era Lucrecia la gallega. Tuve que oficiar varias misas por su alma.
 
 
          Un día fui a verla.
          Ya no estaba.

        

 

Ruego al Señor

por su alma y que la cuide,

 esté donde esté esta valiente mujer.





20/05/2025, Gijón

  © La Pluma del Este



Este relato pertenece al Universo de La Muerte Perfumada, que relato a relato, historia a historia, se convertirá en un libro. Mientras tanto, te invito a leer:

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