27 de octubre de 2026

163. Las divagaciones de una escritora


¿Que por qué escribo?
¿Qué es la escritura para mí?
 
   Son las preguntas que me hago, mientras me siento a llenar una hoja en blanco con los recuerdos distorsionados o, al revés, recuperados por la memoria; con las ideas locas y los hechos, a la primera vista imposibles, pero superados por la realidad.

   Empecé a escribir en octubre del 2022 y en el idioma que no es mío. Entré en una etapa de mi vida que exigía buscar un equilibrio mental entre cuidar de un familiar con el deterioro cognitivo y no perder la cabeza en el proceso. Desde entonces, la escritura es un puerto seguro en tierra firme, donde se refugia mi mente cansada. Yo escribo no solo para contar las historias, sino para quedarme un ratito en un lugar donde todo encaja, aunque sea trágico y oscuro.

    El hecho de escribir me permite controlar lo incontrolable. En la vida real no puedes decidir cuándo empiece una tempestad, pero en una página la puedes invocar o aplacarla; puedes crear y destruir; amar a través de los personajes; luchar y salir victorioso de mil y una batallas y dejar que el mal triunfe…

      Soy la técnica de mi propio laboratorio y puedo experimentar con todo lo que me fascina o inquieta. Mezclo mi imaginación con las vivencias, pruebo cosas que en la vida real jamás haría… Me atrevo sin más... Y si me equivoco (lo que pasa más a menudo de lo que me gustaría), nadie sufrirá las consecuencias. Muchas páginas tachonadas y rotas acabarán en la papelera, pero yo seguiré probando, probando y fallando para volver a empezar…

      Escribir es reflexionar y dar mil vueltas en la cabeza a esa idea que te persigue y no te deja dormir. Y cuando, por fin, la agarras, te das cuenta de que tienes que hacer cambios, ya que ni todo es blanco, ni todo es negro. Hay una amplia gama de tonalidades que permiten dibujar un cuadro más realista, más profundo. No deja de ser cierto que los que escribimos estamos jugando a ser Dios, aunque sobre un puñado de páginas y con el riesgo de borrar los párrafos enteros. O borrarlo todo…

     Cuesta aceptarlo, pero los escritores también somos ladrones. Así de sencillo. Para inspirarnos, no nos va en prenda robar gestos, miradas, palabras sueltas, experiencias ajenas, comentarios leídos en las redes, desgracias y alegrías… Una simple fotografía ajada, en blanco y negro, o un anuncio en el periódico local nos arrastra en una vorágine de ideas que se agolpan por salir y ocupar las hojas blancas… Así, cada palabra escrita se encadena a la otra y otra, creando historias no contadas. Y entre las líneas dejamos una huella invisible de nosotros mismos…

       Los personajes, como los reflejos distorsionados, tienen impresos los rasgos del carácter de un escritor. Es imposible disociarse del todo. Nuestra manera de hablar, de pensar, las emociones y las vivencias se reflejan en los protagonistas, sean héroes o villanos, o en la voz del narrador. Todos tenemos esta parte oscura de nuestro ser que ocultamos y, sin embargo, al escribir, encontramos la libertad para plasmar e imprimir nuestra oscuridad en un villano para después destruirlo.

      Suena liberador, ¿verdad? Pero no. Todo tiene su precio. En cada hoja, el escritor se desnuda ante sus lectores; remueve las emociones intensas —propias y ajenas— y las vuelve a vivir para plasmarlas. El anonimato interior se pierde y dejamos expuestas las partes de nosotros mismos, aunque estén disfrazadas.

      Al escribir, vivimos más en los mundos imaginarios que en el real. Es un lujo poder evadirse por un momento. También es una trampa. En nuestros mundos podemos ajustar la luz, el clima y las palabras. Hasta los silencios dicen algo. Las tramas tienen sentido y cada giro, un propósito. Hay lógica. En la vida real, el mundo es más áspero, plano, incoherente, feo… Y aparece la grieta: una parte de nosotros quiere quedar ahí, escribiendo sin fin, y la otra sabe que hay que volver aquí, a la realidad, donde existe la materia prima.

   ¿Podría dejar de escribir? Podría… Total, nunca seré una gran escritora… Sin embargo, siento que tengo que hacerlo.

       La escritura no es solo un pasatiempo para mí. Es un lugar al que vuelvo como una agente secreta, como un despiadado asesino, como un espíritu, como la capitana del barco o como un náufrago que busca la salvación. Aunque este maravilloso lugar me quita el sueño, me hace mirar en el vacío, darle vueltas y vueltas a la cabeza. También es donde yo soy yo; es donde mi voz suena auténtica.

       Las historias que cuento son la forma en la que proceso el mundo que me rodea. No es solo que me gusta narrar, es que todo lo que vivo, veo e imagino lo paso por el filtro narrativo de mi cabeza. Si intentara dejar de escribir, lo seguiría haciendo mentalmente, sin papel. Y esto sería como dejar de respirar y seguir caminando. No duraría mucho y volvería a garabatear las hojas con las ideas locas y sin sentido, pero que son las semillas de las historias que esperan por ser contadas. Hay momentos en que saco mis libretas garabateadas y las empiezo a hojear... Cuántas ideas, cuántos principios, cuántas historias por contar... Además, para mí escribir es un acto de memoria y resistencia. Quiero dejar una huella y constancia de algo, aunque sea inventado, para que no perezca en el tiempo. 
         
 
       Escribo para dar vida a mi imaginación…





                                                                                                             15/08/2025, Gijón                                                                         © La Pluma del Este


26 de octubre de 2026

Leyendo "En este momento"

 



"En este momento" ha caído en mis manos por un azar.

Yo llevaba en Threads un par de días. Después de la atmósfera de estancamiento de Facebook, descubrí que esta red social es como un soplo de aire fresco: dinámica, con gente interesante, hilos de conversaciones muy entretenidas y cientos de escritores y otros tantos lectores que buscan su libro. 

En el hilo Book Threads me llamó la atención un perfil, @enestemonento1. Por lo que vi, era una escritora que ofrecía leer su libro, que había escrito hace veintiséis años y que lo acababa de publicar en Amazon. ¡Qué cosa más extraña! Veintiséis años en un cajón. Se lo he preguntado y ella me lo ofreció a leer gratis. Lo he comprado y lo tengo ahora mismo aquí, al lado del ordenador. 

"En este momento" es un libro pequeño, pero con una gran historia entre sus páginas. Una de las protagonistas me hizo llorar. 

Y hay algo particular en este libro: la carta dirigida al Lector. Esta carta me dejó con una sensación agradable. He sentido que era importante para la escritora. 

La historia de las dos protagonistas me recordó algo de mi propia vida; algo que estaba escondido en mi niñez; algo que he vivido en mi propia familia. Y creo que no seré la única que sienta eso.

Emma Luz ha escrito un libro que, a pesar de las sombras y el dolor, deja un poso cálido de esperanza. 

No pretendo alabar este libro ni a su autora. Solo quiero compartir lo que he sentido al leerlo y lo que me ha quedado después de pasar la última página. 

Ojalá Emma Luz siga escribiendo. 

20 de octubre de 2026

202. El pájaro de papel

 

Serafima levantó la mirada del libro. Un pájaro de papel rosa se posó en su brazo. Era de esos que se hacen en Japón. La palabra se le quedó en la punta de la lengua... ¿Cómo era...? Ah... Origami. ¡Eso es! Empezó a buscar a un posible sospechoso, autor de aquella maravilla. En el fondo de la cafetería, en una mesa llena de figuritas de papel, vio a un hombre mayor, más bien viejecito, que se afanaba en doblar el papel.
     —Parece que le ha caído bien. —Dijo la camarera al pasar.
     —¿Y eso? ¿Quién es?
    —Lo llamamos el Viejo. Nadie sabe nada de él. Viene todos los días, se sienta en aquella mesa y se pone a doblar los papeles. Pide café o té, pero no los bebe. Solo dobla y dobla los papeles. Todas esas figuritas las mete en una caja y se va. Que yo sepa, no había regalado a nadie ninguna… Qué extraño. —Meneando la cabeza, la camarera continuó con su trabajo.
     Serafima dejó el dinero en la mesa y se acercó al rincón. El Viejo daba últimos toques a un conejito azul.
       —Ejem, ejem… Hola, señor. Le agradezco por el detalle…
     —Hija, coge la silla y siéntate —espetó el viejo con la voz carrasposa. —Elige el papel.
      La muchacha, indecisa, se sentó a su lado.
     —No entiendo nada. Señor, ¿por qué yo? ¿O acaso nos conocemos? Y, de hecho, no sé nada de origami ni me importa. Tengo que irme.
     —Pero, Teresita, si me llevas semanas pidiendo que te enseñe a hacer los pájaros de papel. Y hoy que tengo el día libre para hacerlo, te andas con prisas. Anda, coge esta hoja y fíjate cómo lo hago.
     —Señor, perdóneme, pero me confunde usted con otra persona. —Serafima hizo un ademán para irse, pero los ojos marrones llenos de anhelo la dejaron clavada en la silla.
     —Vale, pero quiero aprender a hacer una grulla. —Con disimulo, la muchacha envió un mensaje a su novio de que no iría al cine y que ya le contaría el porqué.
    Las siguientes horas, la camarera y los clientes habían podido observar a un anciano y a una mujer joven haciendo las figuritas de origami. Cada poco, desde aquel rincón alejado de la cafetería se oían risas y las aves de colores alzaban su alegre vuelo.
 


 

19/10/2026, Gijón

© La Pluma del Este