La cita de las cinco
El cliente de las cuatro y media canceló nuestra reunión.
Mi tren de regreso a Madrid salía a las ocho. Decidí dar una vuelta sin
alejarme mucho de la estación. Aunque el invierno estaba llegando a su fin y el
sol de primavera no calentaba mucho, el día era agradable. Al final de una
calle descubrí una plaza acogedora con varios bares y tiendas. Un grupo de
mujeres tomaba algo en una de las terrazas y un grupo de niños correteaban
entre las mesas.
Me fui a
una terraza más alejada. Un camarero con cara cansada me tomó la nota. Mientras
esperaba, estiré las piernas y me puse cómodo. Cerré los ojos y por un instante
me quedé ajeno a la vida que me rodeaba.
—Señor —era
el camarero—, aquí tiene su café con leche, el agua y el chupito de Habana Club.
Son nueve con cincuenta.
Le di un
billete de diez y dije que se quedara con el cambio. Cogí la taza y eché el
primer sorbo del café. Estaba bien cargado, como me gusta. Volví a mirar a la
plaza. Un hombre me llamó la atención. Estaba parado debajo de una farola. A
unos diez metros. El hombre miraba de frente, hacia la calle por la que había
llegado yo. Lo observé mejor. Era de edad mediana. Llevaba traje y sombrero. Miró
el reloj un par de veces. Se tocó el bolsillo de su chaqueta. Sacó el teléfono
móvil y llamó. Por su expresión comprendí que nadie contestaba.
Cuando
iba por la mitad del café, detrás del hombre se puso otro, un señor mayor.
Cuando terminé el café, se les acercaron un par de hombres más. Y otro. Me
pareció oír «¿Es aquí?». Alguien dijo que todavía no se sabía, pero por si
acaso habría que esperar.
Se aproximaron
dos señoras. Las reconocí, eran de aquel grupo de mujeres con niños. Afiné el
oído:
—Carmen,
—dijo una de ellas—, parece que va a haber algo. —Me quedo a ver qué pasa. ¿Te
apuntas?
La tal
Carmen asintió con la cabeza e hizo un gesto hacia las otras mujeres. La cola crecía.
Conté doce, no, catorce personas. Un par de chicas, pegadas a sus móviles,
quedaron las últimas.
Bebí mi
chupito de ron de un trago. Delante de mí la cola se hacía más larga. El primer
hombre, ajeno a lo que pasaba detrás de él, miraba su reloj cada poco. Yo también miré el mío. Las siete menos cuarto.
No me atrevía a marcharme. Llamé al camarero. Le pedí una cerveza y le pregunté
por la fila de gente, si sabía algo al respecto.
—Nunca se
sabe. —Encogió los hombros y entró en el bar.
Mientras tanto,
la fila crecía y ya llegaba hasta el otro lado de la plaza. Los recién llegados
preguntaban a los últimos. Estos asentían con la cabeza. El primer hombre
seguía en su sitio con la vista fija delante.
Llegó una
furgoneta. Con tanta gente no podía pasar. Vinieron dos policías en las motos.
Obligaron a dejar el paso. La fila se abrió y se cerró. Los policías se subieron a las motos y se fueron por donde habían venido.
Mi segunda cerveza estaba entera. Dejé el dinero en la mesa y me acerqué. Enseguida oí
unos gritos que me enviaban al final de la cola. Pasé de largo. Necesitaba
saber la razón de todo aquello.
Me
acerqué al hombre. Le dije muy bajito:
—¿A quién
espera?
El hombre
dio un respingo. Me miró estupefacto, como si se despertara:
—Ella me
dijo que la esperara aquí. A las cinco.
Quise
decirle que ya había pasado más de dos horas y que ella, sea quien sea, seguro
que no vendría. Igual le había tomado el pelo. Pero no me atreví. Le puse la
mano en el hombro y lo apreté. El señor número dos se dio cuenta. Dejó la cola
en silencio. Una de las mujeres, Carmen, dijo que tenía que ir a algún sitio y
se alejó apresuradamente. Su amiga la siguió. Las dos chicas de los móviles se
marcharon acompañadas de sus risas. Poco a poco la cola se estaba dispersando.
Antes de
salir de la plaza, me giré. El hombre seguía ahí, alumbrado por la farola.
Solo. Mirando el reloj.
04/03/2026, Gijón
© La Pluma del Este
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