Un trabajo de película
(Universo La Muerte Perfumada)
¿Por qué una profesional tan sofisticada como yo ha
terminado en un lugar tan rústico como este?
Son
muchas razones: el paisaje, el paisanaje, la comida rica y la sidra, que es lo
mejor. Cuando un culín fresco baja por la garganta, te llena el paladar con
sabor a manzanas y tierra. Es toda una experiencia religiosa. Y cuando ves cómo
la escancian, con esas diminutas gotas doradas salpicando alrededor, te haces
partícipe de algo especial, solo visto en esta maravillosa tierra asturiana.
Cuando vi el escanciado por primera vez, me pareció muy raro. Pensé: esta gente está mal de la cabeza. ¿No es más fácil poner la botella justo encima del vaso? Lo intenté una vez. Las miradas de los parroquianos me mataron varias veces. Lo acepté con deportividad y sin tomar represalias. Como dicen: "A donde fueres, haz lo que vieres". Hasta hoy lo sigo a rajatabla. Perdonen, me estoy yendo por las ramas. ¿Por qué me he quedado a vivir aquí, en Asturias?
Han
pasado unos doce años de aquel trabajo. No era el mejor de mi carrera, pero le
tengo un cariño especial. Entonces mi nombre en clave era «Liuba». Todavía no
tenía una predilección especial por los perfumes. Me gustaba improvisar sobre
la marcha. Cualquier objeto podía ser un arma. Diversidad y diversión: ese era
mi lema. Con la edad me he vuelto más selectiva y apacible. Más limpia en mi
trabajo.
Como
saben, cada noviembre en Gijón se celebra el Festival Internacional de Cine.
Aquel año también participaba Rusia. Yo hablo y escribo perfectamente en
español; por eso me enviaron a mí en el papel de crítica de cine.
Según
nuestro contacto en Moscú, entre la delegación rusa venía un posible disidente
con información sobre una hipotética invasión rusa al territorio ucraniano,
incluyendo una posible adhesión de Crimea. ¿Quién podría creer semejante
locura? Mi cometido era encontrarme con él, ofrecerle una generosa cantidad de
dinero, una nueva identidad y refugio en cualquier parte del mundo para él, su
esposa y su gato…
Antes de
salir del piso franco, me miro en el espejo: la peluca negra, las gafas de
espía, la blusa blanca y el traje azul noche de pantalón me sientan de
maravilla. Los zapatos de aguja y plataforma añaden unos quince centímetros a
mi altura. Labios de un rojo intenso. Como señal, coloco una rosa amarilla en la
solapa. Me siento complacida: llamaré la atención a cada paso. Para completar
mi atuendo, un portadocumentos. Ah, no llevo armas. Son un engorro y suelen
dejarlo todo perdido.
La calle
Corrida está llena de gijoneses y turistas; los escaparates, ya preparados para
las Navidades, lucen guirnaldas; el aire es fresco y huele a mar. Yo voy
abriendo paso como Moisés. Me encanta esta sensación de poderío. Compruebo el
pinganillo del oído. Todo correcto. Los del apoyo, compañeros del CNI, ya están
preparados para recibir los “paquetes”.
El festival se celebra en el teatro Jovellanos, a unos
diez minutos a pie. Las luces de la célebre fachada se reflejan en centenares
de cabezas. La cola para entrar parece interminable. Pero esto no me importa,
ya que voy al café Dindurra, justo al lado.
La puerta
giratoria me lleva a un ambiente de época con olor a café recién hecho,
murmullo de clientes y música suave de jazz. Voy a la mesa acordada y me siento
cerca de la escalera que lleva a la segunda planta, sin perder de vista la
entrada al café. Pido una copa de cava.
—Aquí la
tiene, señora. ¿Desea alguna cosa más?
Aunque el
cava tiene buena pinta, me pongo como una energúmena con el camarero:
—¡Yo he
pedido un cava y esto es agua teñida sin apenas gas! ¡Quiero ver la botella y
que la abran delante de mí! ¡Y rápido, que no tengo toda la noche!
El
muchacho se pone a temblar y casi tira la bandeja. Me da mucha pena, el pobre.
Ya lo recompensaré con una buena propina.
Los clientes empiezan a girar la cabeza para ver qué está
pasando. Mi pelo a lo Cleopatra, el traje azul y la rosa amarilla son fáciles
de ver y recordar. De hecho, nunca olvidarán a esta pija maleducada.
—Buenas
noches, madame. ¿Me permite invitarla a una botella de champán?
Un hombre
de unos sesenta años, grueso y completamente calvo, se sienta en la silla de
enfrente. Se le ve nervioso. Tira de su pajarita como si lo fuera a ahogar. Su
chaqueta de punto tiene pelos blancos… de gato. Pone un libro sobre la mesa. Guerra
y paz, cómo no.
—No me
apetece el champán. A estas alturas prefiero un buen albariño.
—Ah, por
supuesto, faltaría más. A ver si hay un Santiago Ruiz. Dicen que es muy bueno.
El santo
y seña coinciden. Es mi contacto.
Esta vez
nos atiende una chica. Parece que el camarero de antes me cogió miedo,
pobrecito.
Tengo que
convencer al ruso y recoger la información. Después de un par de copas, el
hombre se relaja. Le digo que el dinero y los nuevos pasaportes le serían
entregados cuando su información estuviera contrastada. En media hora. Por
el pinganillo me confirman que su mujer y el gato ya están de camino a un lugar
seguro. Le enseño su foto en el móvil. Ella se ve contenta. El gato, no tanto. El
hombre se va tranquilo, dejando el libro en la mesa. Dentro está el pendrive.
Continúo
tomando mi vino. Veo que una mujer sube a la segunda planta. Ahí están los
servicios. La sigo. Es la agente española. Tenemos un tremendo parecido físico.
Nos cambiamos de ropa. Ella se convierte en mí. Yo, en ella: una mujer normal,
pelo castaño, chaqueta, vaqueros, deportivas y mochila. Perfecto. En el baño
compruebo la información en el ordenador y la mando a la SBU. Todo correcto. La
nueva “yo” se va con el libro. Rompo el pendrive y lo tiro por el desagüe.
Salgo del
baño y tropiezo de bruces con el joven camarero de antes. Siento un pinchazo en
el cuello. Antes de desmayarme veo su sonrisa lobuna. Me habla en ruso:
—Privet,
Liuba. Saludos desde Moscú…
Vuelvo en
mí con un tremendo dolor de cabeza. Tengo las extremidades entumecidas. Estoy
tirada en el suelo. Lo único que veo son las patas de una silla y un par de
pies embutidos en botas de estilo militar. Uno de esos pies me da una patada en
el estómago. El dolor punzante me provoca arcadas. Eso que vemos en las
películas americanas es una puñetera mentira. El primer golpe es el peor, por
lo inesperado. Es el que te deja con las fuerzas justas para no mearte encima.
—Despierta,
Bella Durmiente. Tenemos mucho de qué hablar y muy poco tiempo.
—¿Quién
es usted? ¿Por qué estoy aquí? No entiendo nada. Yo no hice nada —sé que no va
a colar, pero necesito despabilarme para reconocer la situación; mi español es
impecable—. Soy una turista. No soy rica. Nadie pagará mi rescate. Es un
secuestro, ¿no?
Mientras
sigo con la diatriba, empiezo a sentir el cuerpo y la cabeza, más lúcida. Tengo
las manos atadas con una brida. Solo llevo puestos los vaqueros y una camiseta.
Estoy descalza.
El ruso
me da otra patada. Esta vez estaba preparada. Y otra más.
—Vale,
vale. Por favor, no me pegue más. Ayúdeme a levantarme. Se lo suplico. Un poco
de agua, por favor. Esta cosa que me inyectó me dio una sed tremenda.
Ya
sentada en la silla, puedo inspeccionar el entorno. La habitación es cuadrada,
completamente vacía, alumbrada por una bombilla en el techo. La puerta queda a
mi izquierda. Está cerrada. Enfrente, una ventana. A ambos lados, unas cortinas
de terciopelo azul. Una está recogida y puedo ver la persiana bajada. No tengo la más remota idea de dónde estoy.
—No
intentes tus trucos. Te conozco muy bien, Liuba. Sé cómo trabajas. Aquí no
tienes nada que puedas usar como arma. La silla está atornillada al suelo. Toda
la casa está aislada, así que cualquier señal que quisieras transmitir a los
españoles queda bloqueada. Estás sola.
Ahora lo
veo mejor: unos treinta y pocos años, pelo rubio. No es muy alto, pero es fuerte.
Se machaca en el gimnasio. Su cara no encaja con su cuerpo: es demasiado
juvenil. Por eso me engañó en el bar. ¡Por Dios! Sé quién es. El Niño. El
puñetero torturador.
El sudor
frío me bajó entre los pechos. O pienso en algo muy rápido o no saldré de aquí
con vida. Este cabrón usa a la gente como sacos de boxeo. Después de pasar por
sus manos no queda ni un hueso entero; deja el cuerpo completamente molido y,
como buen sádico, disfruta con ello.
Salió a
por el agua. El dolor es insoportable. Creo que alguna costilla está rota.
Necesito ponerme en pie. No puedo dejar que me machaque así, sin más. Tengo que
llegar hasta la ventana y las cortinas.
—¿Ya te
has resucitado, Liuba? Bebe. —Me da un vaso de plástico, cómo no—. Tenemos mucho
trabajo por delante. No eres tan dura como me dijeron. ¿Sabes? Creo que sería
más divertido si me retaras o algo así. En tu dosier pone que eres campeona de
judo. De toda Ucrania. Me encantaría probar un cuerpo a cuerpo contigo. Uno
rápido.
El cabrón
me está provocando. Perfecto. Es mi oportunidad.
—Usted
sigue sin comprender que yo no soy esa persona —le espeté levantándome
indignada de la silla—. Yo soy una visitante aquí y ciudadana española. Usted
me tiene secuestrada. Me confundió con otra perso…
Otro
puñetazo. Esta vez en la barbilla. Di un par de pasos hacia la ventana. La
cabeza empezó a darme vueltas.
—Ay,
Liuba, Liuba. Esto me empieza a aburrir. ¿Dónde está el pendrive? ¿Cómo se
llama tu contacto ruso? ¿Quién desde Moscú les avisó?
Otro
golpe en el estómago me empujó hasta la ventana. Me agaché gimoteando y con los
dientes logré quitar la brida.
El cabrón
no lo esperaba. Lo agarré por la cabeza y le di un rodillazo en la cara.
Alcancé el alzapaños colgado de un gancho. Mi instinto no me falló. Esas
cortinas pesan muchísimo y, en vez de abrirlas, en muchas casas usan alzapaños
con borlas. Pero es una cuerda, a fin de cuentas. Me hice con él.
El ruso
atacó de nuevo, propinándome un cabezazo y varios puñetazos. Logré esquivar un
par de golpes a duras penas, pero le di una patada en la rodilla que lo hizo
caer. Me arrastró con él. Intentó quitarme la cuerda, pero fui más rápida. Lo
inmovilicé con una llave y logré pasarle el alzapaños por el cuello. Tuve que
tirar con todo mi cuerpo. Las manos ensangrentadas me resbalaban, dejando la
piel en carne viva.
El Niño,
como una culebra, intentaba zafarse de mi abrazo. Sus ojos inyectados en sangre
y su boca retorcida decían que ya faltaba poco para que la palmara de una puta
vez.
Por fin
se quedó rígido. Lo empujé a un lado. Respiré. Registré sus bolsillos: un fajo
de dinero en efectivo, un par de móviles —uno era el mío—, la llave de un coche,
más llaves y una tarjeta negra con letras doradas BB en cirílico. ¿Qué será?
Ya lo averiguaré después.
Salí de
la habitación arrastrando los pies, casi sin fuerzas. Me dolía todo. Solo la
adrenalina me empujaba a huir de aquel maldito lugar. Mis pertenencias estaban
en un rincón de lo que parecía un salón. Empecé a buscar la salida. Todo
indicaba que era un chalé. Con cuidado subí una persiana. Afuera, noche
cerrada. Encontré la llave y abrí la puerta.
El olor a
mar me refrescó los pulmones y mitigó las náuseas. Así que estaba cerca de la
costa. No vi ninguna casa alrededor. La de la que salí tenía toda la pinta de
un chalet vacacional. Tampoco vi ningún coche. Encendí el móvil. Mierda. El
cabrón me había sacado la tarjeta. Activé el localizador escondido en el tacón
de una bota y me oculté entre los arbustos.
Media
hora más tarde apareció el coche del CNI que me llevó de vuelta a Gijón…
Una lengua mojada y caliente me sacó de mi remoloneo matutino. Otra la acompañó. Mis dos hijos peludos empezaron a saltar encima de mí, “diciendo” que tenía que salir de la cama. El tacto del suelo fresco de madera me produjo un respingo. Abrí la pesada cortina y la recogí con un alzapaños. Sí. Ese mismo. El que me salvó la vida hace más de doce años.
La mágica vista de las escarpadas montañas de los Picos de Europa sigue maravillándome cada día…
07/02/2026, Gijón
© La Pluma del Este
