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1 de mayo de 2026

191. La Donna


La Donna



Luigi’s era el típico restaurante italiano del Bronx; sin embargo, no tenía el aire de la vieja elegancia del sur de Europa. Situado en el 237 Arthur Avenue, era un pequeño local sin pretensiones. Tres ventanas, un poco más altas de lo normal, no permitían ver el interior. Las cortinillas de cuadros rojos no lograban suavizar la fachada de ladrillo tosco.  La puerta de madera estaba reforzada con tiras metálicas y no invitaba a entrar a curiosos o amantes de la comida. Más bien avisaba de que no era un lugar para los forasteros. Aun así, el olor a pizza, orégano y pancetta frita recordaba la cocina de una mamma napolitana.  
     Y no era casualidad. La jefa de la familia Esposito, la señora Lucía —la Donna, para empleados y competidores, era quien regentaba el restaurante heredado de su padre, Luigi. Era viuda y sus cuatro hijos, Antonio, Marco, Salvatore y Vincenzo, se ocupaban de los “otros negocios”, mucho más prósperos y peligrosos. Ella lo controlaba todo.
     Cada domingo por la noche, con el restaurante cerrado, la familia se reunía en el amplio almacén de la parte de atrás. Los Esposito, sentados alrededor de una gran mesa, disfrutaban de las viandas y del buen vino napolitano, traído de contrabando. Muchas veces tenían invitados de otras familias y no era raro ver el brillo de alguna placa de la policía sobre la mesa.
     Así, entre plato y plato, los Esposito decidían sobre la vida y la muerte de sus vecinos y de la competencia. Al final, los negocios eran los negocios. Había que respetar eso por encima de todo.
     Hoy era el domingo especial. El miércoles pasado había llegado un cargamento de whisky escocés camuflado dentro de los barriles de arenques y tocaba organizar el reparto. Donna Lucia estaba molesta. Era la primera vez que entraba semejante cantidad de alcohol. Ella prefería ser más discreta. Pero los muchachos se salieron con la suya y diez mil botellas no eran fáciles de esconder y colocar. Menos mal que tenían a la policía en el bolsillo. Ese Briggs era barato. Con comida y unos cientos de dólares, cerraba los ojos y la boca. Menos cuando devoraba su pasta.
     La Donna encendió un cigarrillo, inhaló y soltó una nube de humo. Tenía una sensación extraña. Le picaba la mano derecha. La rascó disimuladamente, pero las hormigas seguían ahí. Justo en el centro de la palma de la mano. Le pasaba siempre cuando alguien mentía. Cuando algo malo iba a pasar. Era un aviso. Uno de los que comía su comida y bebía su vino, no era quien decía ser. Una traición sobrevolaba la mesa.
     A través del humo, sus ojos acerados repasaron las caras de los presentes. A su mano derecha, su hijo mayor, Antonio, hablaba con Gennaro, su primo tercero. Era el único hijo de su primo Luigi, ya fallecido. Que Dios lo ampare. Salvatore y Vincenzo, en la otra punta de la mesa, discutían sobre las mujeres. Qué jóvenes y tontos, pero tan guapos como su padre. Que descanse en paz. Salvatore Bellomo no paraba de comer y cada poco rellenaba la copa. Le daba asco. Si no fuera por su lealtad con la familia Esposito, jamás dejaría que semejante cerdo ensuciara el mantel de hilo. Alessandro Santoro… Ay, Alessandro. Nunca le he permitido calentar su cama. El tiempo ya pasó. Solo quedan los recuerdos. Pero es un amigo fiel. A su padre, a ella…  y espera que a sus hijos.
     Donna Lucia miró a su izquierda. La silla de Marco estaba vacía. No lo veía desde el miércoles. Le pareció extraño. Con las ganas y el esfuerzo que puso en conseguir este cargamento, hoy no se presentó a la cena. Sus hermanos hablaron de una fulana y que estaba muy pillado por ella. Pero los negocios están por encima de todo. La familia también. Tendrá que hablar con el chico y ponerle las cosas claras. Su mano le seguía picando.
     Los ojos de la Donna se encontraron con la mirada de Matteo Vitale, a quien no conocía hasta ayer. Antonio dijo que venía desde el sur de Italia para buscar nuevos distribuidores. Era un hombre elegante, discreto, con bonitas canas en las sienes, demasiado perfecto para aquel lugar. Al presentarse, le besó la mano. Si tuviera veinte años menos, se metería en la cama con él. Donna Lucia se regañó a sí misma por los pensamientos tan indecentes.
Matteo Vitale esbozó una sonrisa y su mirada se elevó por encima de la Donna. Hizo un ligero gesto con la cabeza a alguien detrás de la mujer.
     Donna Lucia se giró un poco, pero no le dio tiempo para ver más. Algo rodeó su cuello y un dolor punzante la dejó paralizada. Se llevó las manos y tocó una cuerda. Intentó meter los dedos para aflojarla y se arrancó la piel del cuello.
     Antes de cerrar los ojos, vio la cara de su querido Marco… En su mirada no había nada. Ni siquiera odio.
     —¿Por qué? — apenas susurró.
     —Madre, esto es por la Cosa Nostra. Siempre dijiste: «Los negocios están por encima de todo».
     El silencio en la mesa se rompió con la caída de un cuerpo. Marco se sentó en la silla de su madre.

 



         

18/02/2026, Gijón

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27 de abril de 2026

190. La caja de las palabras.

 

La caja de las palabras

 

 

La nieve caía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.  Yo caminaba con cuidado, apoyando bien cada pie, evitando las placas traicioneras de hielo que se asomaban bajo la capa blanca. Había olvidado cómo se veía este barrio en invierno. El barrio donde nací y viví hasta los diecinueve años. El mismo al que nunca pensé volver.
   La caja de regalo, con un lazo rojo, se me hacía más pesada a cada paso que me acercaba al n.º 14 de la calle Monet.
    Las casas pasaban a mi lado: unas con ventanas apagadas; otras, con luces y risas. La mía, al final de la calle, se veía oscura y silenciosa.
    He tardado demasiado en volver. Un día, hacía cuatro meses, ella dejó de enviarme las cartas. Yo le escribí muchas. No envié ninguna.
Llegué a la escalera de la puerta verde. La única en toda la calle. Fui yo quien eligió el color. La pinté con mi padre. Me quedé ahí, contemplando cada grieta de la pintura reseca. Quise dar la vuelta. La caja, llena de palabras, me obligó a quedarme. Subí los escalones. Toqué el timbre. Su eco resonó en una casa vacía.
    Metí la mano bajo el jersey y saqué la llave, colgada de una cinta roja. Me vi con diez años volviendo del colegio… La puerta chirrió… El olor a cerrado me dio de lleno.
    —Mamá…
    Aunque ya presentía que nadie me iba a responder.
    La cuarta tabla del pasillo crujió. En el salón, los muebles, son fantasmas blancos.       Quité la sábana del aparador. Los marcos de fotos con la felicidad congelada me miraron con docenas de ojos. Apreté la caja contra mi pecho.
Entré en la cocina. Recordé el olor a café recién hecho, las rosquillas de canela y anís…  Me pareció oír a mis padres charlando sobre naderías. Una lágrima, después otra, resbalaron por mis mejillas.
    —Hola, ¿hay alguien ahí? Salga o llamo a la policía.
Salí. Una mujer mayor, apoyada en un bastón, me repasó de arriba abajo. La tranquilicé:
    —Hola, soy Laura, la hija de Juan y Julia. Vine a ver a mi madre.
    —Vaya, hija. Cuánto lo siento. Julia murió el otoño pasado.
    La caja de regalo con el lazo rojo resbaló de mis manos… Después de dar varios botes por las escaleras, el contenido de la caja se desparramó en la nieve. Los «Hoy hice la mermelada de grosellas, tu preferida», «Papá está enfermo», «Te quiero, hija», «Te echamos de menos» se mezclaron con los sobres cerrados de mis promesas incumplidas… Ya ni me acuerdo por qué.
    Me derrumbé ahí mismo. Quise gritar, quise pedir perdón, rogar para que el tiempo volviera atrás. No hice nada de esto. Solo me quedé sentada en la fría escalera de mi antigua casa.


    Y la nieve seguía cayendo en silencio.






                                                                                                                       31/03/2026, Gijón

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16 de abril de 2026

189. Los lirios en la piel

 Los lirios en la piel





Dime… ¿alguna vez te ha quedado para para siempre una imagen que duró solo unos segundos? A mí, sí. Con el paso del tiempo, sigue grabada en mi memoria. En mi corazón.
    Por entonces, yo tenía trece años. Cada verano íbamos a Bilopilia, una pequeña ciudad del oeste de Ucrania. En su centro había edificios altos, fábricas, tiendas y un cine. Por el contrario, la casa de mis abuelos paternos se encontraba en la zona del campo, con pintorescas casitas de una planta, huertos y jardines. Cuando cierro los ojos, todavía puedo sentir el viento con olor dulce a flores de trigo sarraceno y oír el croar de las ranas de un riachuelo cercano.  Qué época más feliz. Una vida despreocupada. Tranquila. Pacífica.
    Los días soleados y con los quehaceres hechos, mis padres, mi hermano menor y yo íbamos a la playa del río Vyr a un par de kilómetros. Aquella vez mi mamá se quedó en casa.
  Los tres seguimos el camino serpenteante que recorría los campos de trigo, cruzaba el puente del tren y se perdía entre la espesura al otro lado del río.  Para nosotros era una aventura. Después de varios recodos más, el camino se abría a un gran prado.
   Familias con niños y grupos de chavales encontraban en ese bonito rincón un lugar de ocio y juegos. Yo solo quería nadar. Por entonces ya había acabado la escuela de natación y aprovechaba cada ocasión para zambullirme y hacer unos cuantos largos.
   Mi cuerpo de niña, delgado como un junco, apenas empezaba a despertar. Muchas sensaciones eran ajenas para mí. Recuerdo que llevaba un bikini rosa con diminutas florecillas y mi melena castaña en una trenza.
Ahí estaba yo, en la orilla del sinuoso y profundo río. La de enfrente era inaccesible, rodeada de juncos, algas y algún que otro lirio de agua. Qué flores tan bellas. Nadie se atrevía a nadar ahí, ya que era peligroso. Toqué el agua con la punta de los dedos y la piel se me puso de gallina de lo fría que estaba. No soy de zambullirme a la carrera. Así que entré poco a poco. Cuando el agua me llegó a la cintura, me lancé.  Me dejé arrastrar por la corriente y, al oír los gritos de mi padre, volví. Así una y otra vez… No es que yo fuera desobediente, sino que me gustaba probar mi fuerza y tensar un poco la paciencia paterna. ¿Quién no lo hizo?
    En el agua no solo estaba yo. Me fijé en un par de chavales adolescentes. Eran más morenos que el resto. Y su pelo era negro y ondulado. Nadaban como caballitos de mar. Cada vez que volvía a meterme en el río, los encontraba cerca de mí. También sentía la mirada de halcón de mi padre. En el fondo, aquello me divertía.
    Uno de los chicos, el mayor y más guapo, con ojos color miel, me sonreía, pero mantenía la distancia. Yo estaba confusa y encantada. Hasta que mi padre, cansado de aquel inocente flirteo, me obligó a recoger a mi hermano y salir del agua. Me dijo que los chavales eran zíngaros nómadas de un campamento cercano, mala compañía, y se fue a nadar.
   Yo estaba acostada en la toalla, boca arriba. Con los ojos cerrados escuchaba el silencio interrumpido por alguna risa. Sentía a mi hermano cerca, cazando mariposas. De repente, una sombra y algo frío y mojado cayó sobre mí. Grité y salté. Un ramo de lirios se desparramó a mi alrededor. Yo no entendía nada. Vi a mi padre acercarse con cara seria. Me giré y los vi. A los dos chicos zíngaros riéndose a carcajadas y huyendo. El guapo me guiñó el ojo.
  Sintiéndome culpable, recogí las flores y las devolví al río. Nos vestimos y emprendimos el camino de vuelta.
Íbamos por un pequeño bosque. Ya faltaba poco para llegar al puente del ferrocarril, cuando sentimos unos temblores y el ruido de las ramas al romperse. Nos giramos.     A poca distancia vi a los chicos zíngaros a caballo. El guapo me miraba fijamente. Hizo que su caballo se pusiera sobre las patas traseras. El hermoso corcel bailó y soltó un relincho. El muchacho me tiró un beso. Después, desapareció seguido de su amigo… Una parte de mí se quedó en aquel lugar hasta hoy.
   El resto del camino lo pasé en silencio, interrumpido por las burlas de mi hermano y los silbidos despreocupados de mi padre. Durante varios días yo era el centro de bromas y suspiros fingidos. En una familia suelen pasar esas cosas.

Mientras escribo estas líneas, la cara de aquel muchacho se dibuja con el humo. Toma forma y desaparece, dejando en el aire una pregunta sin contestar.
Una semana después volvimos a la playa. Con la excusa de querer dar un paseo, empecé a subir la colina cercana. Necesitaba saber si el campamento de los zíngaros seguía ahí. Las mariposas en mi estómago revoloteaban sin parar. Deseaba ver a aquel muchacho. ¿O no? ¿Qué le diría?
    Desde arriba, en un pequeño valle, vi los restos de las fogatas y las huellas de los carros que se perdían a lo lejos. Algo dentro de mí se rompió. Lloré en silencio. Suena absurdo, lo sé. Aun así, una diminuta esquirla se había clavado en mi corazón para siempre.
   Aquel día no nadé. Me quedé sentada mirando el río y los lirios de agua que se mecían suavemente, empujados por la brisa.

         

                                                      09/02/2026, Gijón         

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