6 de julio de 2026
20 de junio de 2026
197. El tiempo.
Buscando entre los archivos, he tropezado con este pequeño poema que escribí hace unos tres años. Me hizo sonreír. Tres años me parecen tan lejanos. He escrito tanto. He matado a tantos. He creado a los personajes entrañables que ya forman parte de mi viaje literario.
Y, sin embargo, esta poesía me recordó cómo empecé a escribir. Con miedo a cometer errores, con impaciencia por expresar lo que sentía, con la inseguridad de quien se aventura en un idioma que no es el suyo y con la ilusión de quien descubre un mundo nuevo.
Hoy releo estos versos con cariño. Son imperfectos, como lo éramos todos al comenzar. Pero también son sinceros. Y quizá por eso sigo guardándolos.
Y, sin embargo, esta poesía me recordó cómo empecé a escribir. Con miedo a cometer errores, con impaciencia por expresar lo que sentía, con la inseguridad de quien se aventura en un idioma que no es el suyo y con la ilusión de quien descubre un mundo nuevo.
Hoy releo estos versos con cariño. Son imperfectos, como lo éramos todos al comenzar. Pero también son sinceros. Y quizá por eso sigo guardándolos.
El tiempo
El tiempo, rallado en polvo,
cubre los caminos de la vida.
Seremos afortunados si encontramos a alguien
que tape los agujeros de nuestro corazón.
Que nos saque de la morada del miedo
a la luz del rubio día.
Y que nos llene de palabras de amor
cuando el mundo se rompa en mil pedazos.
Mayo de 2023, Gijón
Ⓒ La Pluma del Este❤️🌹
17 de junio de 2026
196. Testamento
Testamento
Don
Raimundo Vidal apenas llevaba dos horas en el ataúd, expuesto en el centro del
salón de la mansión familiar, y el ruido de los presentes ya se hacía notar. No
era un ruido concreto. Más bien un murmullo espeso, algún sollozo aislado, los
carraspeos como respuesta a las preguntas en voz baja. Las frases cortadas sobre
la casa, las tierras, los bonos y las cuentas. Lo mundano e interesado había desplazado el
ritual de la despedida de un ser humano.
Alex permanecía junto a la ventana, vestido completamente de negro. Nadie de sus parientes le prestaba atención. De hecho, la tía Brígida, la prima del difunto, lo había confundido con un empleado de la funeraria. Él le siguió la corriente. Nadie lo conocía. Ni siquiera sabían de su existencia. Él los conocía a todos.
El tiempo pasaba; el ruido ya parecía una recepción cualquiera. El muerto no importaba. Alex sentía pena por aquel hombre. Un padre ausente. Pero en fin de cuentas, su padre.
Recordó algunas comidas, regalos, cartas escritas con letra pequeña y firme —los treinta y tantos años de secretismos. Él era el fruto de una noche y antes llamaba «papá» al otro. Nunca llamó «papá» a Raimundo. Al quedar viuda, su madre aceptó que le pagara la universidad. Sin embargo, Alex no estaba cómodo con aquella deuda moral. Siempre había visto aquel dinero como el blanqueamiento de una ausencia. Por eso trabajó duro para devolverle cada céntimo.
El ruido subió de volumen. Alex se giró. Llegó la viuda. Tendría su edad. Un año arriba o abajo. El musculitos que la acompañaba sería su entrenador de pilates. La agarraba por la cintura. Raimundo ya le había avisado que en su casa las cosas andaban revueltas. Ni siquiera esperaron a que el marido estuviera enterrado. Si no fuera por el cáncer terminal, estos dos serían los sospechosos perfectos.
Asqueado, Alex se sirvió un vaso de whisky. El espectáculo continuaba.
Reunidos en corrillos y cuchicheando, los parientes parecían hienas alrededor de un cadáver. Alex y el muerto estaban solos. Por última vez contempló el rostro de su padre. Por un instante se vio a sí mismo.
La entrada de un hombre de traje azul oscuro y con un maletín negro interrumpió a los presentes. Era el abogado. Enseguida se vio acorralado por las caras ansiosas. El ruido se convirtió en un griterío. Todos le preguntaban a la vez y tiraban de él. Aquel espectáculo era obsceno. Era una parodia grotesca de un funeral. Raimundo lo sabía.
Alex se palpó la americana.
Alex permanecía junto a la ventana, vestido completamente de negro. Nadie de sus parientes le prestaba atención. De hecho, la tía Brígida, la prima del difunto, lo había confundido con un empleado de la funeraria. Él le siguió la corriente. Nadie lo conocía. Ni siquiera sabían de su existencia. Él los conocía a todos.
El tiempo pasaba; el ruido ya parecía una recepción cualquiera. El muerto no importaba. Alex sentía pena por aquel hombre. Un padre ausente. Pero en fin de cuentas, su padre.
Recordó algunas comidas, regalos, cartas escritas con letra pequeña y firme —los treinta y tantos años de secretismos. Él era el fruto de una noche y antes llamaba «papá» al otro. Nunca llamó «papá» a Raimundo. Al quedar viuda, su madre aceptó que le pagara la universidad. Sin embargo, Alex no estaba cómodo con aquella deuda moral. Siempre había visto aquel dinero como el blanqueamiento de una ausencia. Por eso trabajó duro para devolverle cada céntimo.
El ruido subió de volumen. Alex se giró. Llegó la viuda. Tendría su edad. Un año arriba o abajo. El musculitos que la acompañaba sería su entrenador de pilates. La agarraba por la cintura. Raimundo ya le había avisado que en su casa las cosas andaban revueltas. Ni siquiera esperaron a que el marido estuviera enterrado. Si no fuera por el cáncer terminal, estos dos serían los sospechosos perfectos.
Asqueado, Alex se sirvió un vaso de whisky. El espectáculo continuaba.
Reunidos en corrillos y cuchicheando, los parientes parecían hienas alrededor de un cadáver. Alex y el muerto estaban solos. Por última vez contempló el rostro de su padre. Por un instante se vio a sí mismo.
La entrada de un hombre de traje azul oscuro y con un maletín negro interrumpió a los presentes. Era el abogado. Enseguida se vio acorralado por las caras ansiosas. El ruido se convirtió en un griterío. Todos le preguntaban a la vez y tiraban de él. Aquel espectáculo era obsceno. Era una parodia grotesca de un funeral. Raimundo lo sabía.
Alex se palpó la americana.
A través de la tela sintió las aristas de un grueso sobre
con el testamento de su padre.
26/05/2026, Gijón
© La Pluma del Este
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