Segunda vida
Hoy será el día. Sí. Lo sentí nada más levantarme. Una
especie de anticipación hizo revolotear las mariposas en mi estómago. Hoy
encontraría un tesoro, un santo grial de los buscadores de trastos viejos.
Nico se
rascó la oreja y me miró con cara perruna de fastidio. No le apetecía nada
salir del calor de las mantas a buscar, no se sabe qué.
—Anda,
vagoneta. Te haré un sándwich. —Esta palabra mágica hizo que mi perro pierda su
dignidad y salga de la cama como un rayo—. Hoy será nuestro día de suerte.
Llevaba
dos horas dando vueltas con mi furgoneta. Cada vez era más difícil encontrar
muebles y objetos antiguos. La gente ya no los tiraba: los vendía o los mandaba
a restaurar. A eso me dedico yo: dar una segunda vida y descubrir los tesoros
donde los demás ven solo basura.
El tiempo
pasaba, la aguja de gasolina se acercaba a la línea roja y Nico se
impacientaba.
Al girar
en una glorieta, me metí por una calle que llevaba a un barrio de casas bajas. No
era un lugar bueno para encontrar nada, pero era de sentido único y no me quedó
otra que seguir.
Y, sorpresa:
justo delante vi un enorme contenedor de escombros lleno de muebles, sillas y
alguna que otra lámpara de araña. Varios obreros seguían sacando más y más enseres
de una enorme casa. Me sentí como una buscadora de tesoros en una cueva repleta
de joyas.
Pisé el
freno y salté de la furgoneta. Les pegué un buen susto a los hombres. Me
miraron como a una loca. Y no los culpo.
—Buenos
días, señores. ¡Cuántos trastos! ¿No les importaría regalarme algunos? —
acompañé la frase con una sonrisa angelical.
Pasé la siguiente
hora llenando la furgoneta con varias mesitas, una cómoda de madera de
palisandro, un aparador de raíz, cuatro sillas francesas, dos espejos recubiertos
con pan de oro, otro de pie, cinco lámparas y un secreter de nogal con docenas
de cajoncitos. Un poco rayado, pero era la mejor pieza. El santo grial de los trastos.
El que lo ha desechado, no tenía ni idea de su valor.
Los
trabajadores me contaron que la dueña de la casa, una señora mayor, había
fallecido hacía cuatro meses y que la propiedad pasaba a manos de un sobrino
nieto que vive en América, quien la puso a la venta. Los nuevos propietarios no
querían saber nada de «la basura y los trastos de una vieja». Me sentí triste
por aquella desconocida.
Nunca
entendí por qué la gente tira toda una vida en un contenedor. Sí, todas esas
cosas formaban parte de la vida de alguien. Es obvio que cada objeto es el
tiempo gastado en conseguirlo, la ilusión en comprarlo, el lugar que ocupa y su
utilidad. Es la historia de una familia, parte de su herencia… Yo no tengo nada
de esto. ¿Será que por esto busco y me apropio de los restos de las vidas
ajenas?
Definitivamente, debo parar. En el almacén apenas queda espacio.
Amontoné las nuevas “adquisiciones” en un rincón y me llevé el secreter a la
zona del taller. No podía esperar para ponerle las manos encima y tenía una
clienta perfecta que me pagaría un buen precio por la pieza. Aunque, quizás, me
lo quedaría para mí. La tentación era demasiado fuerte.
El mueble
necesitaba una limpieza, así que empecé a sacar los cajoncitos. Todos
ensamblados en espiga, sin clavos ni tornillos. En la parte frontal, cada uno
estaba tallado con flores y pajarillos. Sin duda alguna, la pieza había sido
creada por la mano amorosa de un ebanista. Un cajón no quiso salir. Qué
extraño, no vi ninguna cerradura. Parecía que estaba atascado. Tiré de la
perilla. Nada. Tiré más fuerte. Tampoco. Hacer palanca podría dañar la madera.
Alumbré
con la linterna dentro y debajo del mueble. La superficie lisa no tenía ningún
pestillo ni nada por el estilo. Nico, echado en su cama, me miraba con cara
cansada. Me senté a su lado para tomar un poco de distancia y observar… Pues,
claro. ¡Qué tonta soy! Es de estos que tienen un compartimiento secreto.
Acerqué
un foco, cogí la lupa y me puse a observar la talla. Lo vi. Apenas un imperceptible
agujerito, justo en el ojo del pajarillo. Y no era carcoma. Metí la punta de un
alfiler y oí un chasquido. El cajoncito se abrió. Por un segundo creí que
encontraría una joya: un collar de esos antiguos, un broche. Algo de valor.
Cuando
saqué el cajón del todo, vi un paquete alargado envuelto en terciopelo
azul. A pesar de los años, la luz del
foco avivó su color. Lo llevé a la mesa
de trabajo y lo desenvolví con cuidado. A la vista quedaron varios sobres, algo
amarillentos, amarrados con una cinta descolorida.
Nunca me
ha pasado nada igual. En mis trabajos encontré algunas monedas, recibos,
botones y chucherías sin valor. Pero esto era la vida de alguien. Su historia. Algo
tan íntimo y valioso que había necesitado estar oculto.
Quité la
cinta. Eran cuatro sobres y todos tenían un horrible cuño: «Destinatario
desconocido». Todos estaban cerrados. Me sentí incómoda e indecisa. ¿Los abro?
No lo sé… ¿Y por qué no? La propietaria estaba muerta, el mueble era mío y lo
que llevaba dentro, también.
—Nico,
¿qué me dices? ¿Los abro o no? — Aunque suene estúpido, mi conciencia
necesitaba algún tipo de aprobación. Hasta un perro me valía.
Nico
bostezó y volvió a dormirse.
—Vale,
las abro.
Las abrí
y dispuse todo el contenido sobre la mesa. Quería leer las cartas según las
fechas. Cuatro cartas, cuatro fotografías en color sepia. En todas, la misma
mujer. Bonita. Morena. De pelo ondulado. Sonriente. Feliz. Podría tener unos
veinte y tantos años, aunque en aquella época las mujeres se veían mayores. Por detrás, las fotografías tenían escrito a
mano el lugar y la fecha. Madrid, mayo 1953. Toledo, junio 1953. Otra vez,
Madrid, julio 1953 y octubre del mismo año.
Abrí
primera carta, fechada el veinte de mayo de mil novecientos cincuenta y tres:
«Querido,
Osvaldo.
Desde que ayer nos despedimos en la estación, mi mundo se ha
derrumbado…»
Pobre
mujer. Me acurruqué en el viejo sillón y proseguí con la lectura. Cada palabra
estaba llena de amor. Las líneas, escritas con letra pulcra y, ligeramente
alargada, hablaban de paseos, de conversaciones en un banco del parque, de
besos a escondidas. De sus primeros besos. De preguntas sobre si todo aquello
era un sueño. Sobre si él sentía lo mismo. Sobre si, en su viaje, la echaba de
menos. Le mandaba besos y cariño. Y se llamaba, Amalia.
Mi
garganta estaba seca. Me levanté a por una taza de café y agua y cogí otra
carta. Fecha: el veinticinco de junio del mismo año.
«Querido
Osvaldo.
Ha pasado un mes y no tengo noticias de ti…»
Oh, vaya.
Al final, este tipo empezaba a darme una mala espina. Amalia le contaba sobre
su vida: el fin de sus clases de secretariado, las prácticas en un bufete con
un posible empleo, sus padres que se iban al pueblo. Y, al final, con un suave
aire de reproche, le preguntaba por qué no había contestado a su carta
anterior. Por supuesto, besos de lo más cariñosos y añoranza por su amor.
Los
quejidos de Nico me trajeron a la vida real. Pobrecito mío, lo tenía
abandonado. Salimos a dar un paseo. Casi no le dejé olisquear como le gustaba; necesitaba
volver para seguir leyendo. De aquella Amalia me separaban más de setenta años
y, sin embargo, vivíamos las mismas preocupaciones.
La
tercera carta, de quince de agosto, ya no empezaba por «querido», sino Osvaldo
a secas. Vaya, vaya… ¿Qué habrá pasado? Aquí decía que ha recibido sus cartas
devueltas. «Destinatario desconocido». ¡Ya lo sabía! El tipo la engañó.
Muchacha, no te merece. Parecía que tenía
manchas secas de lágrimas. ¿Pero por qué volvía a mandarle la carta? Ah, decía
que no tiene otro modo de comunicarse con él y que era la única esperanza que le
quedaba.
Quise
llorar. Por Amalia, por mí. Por las mujeres. Tontas y enamoradas. Rompí el
sobre de la última carta. La tinta corrida por las lágrimas. Cuatro líneas
escuetas:
«Osvaldo.
No entiendo nada. ¿Acaso te ha pasado algo? Ruego a Dios que no sea así.
Tu hijo te va a necesitar. En diciembre serás padre. Ruego al Santísimo que
esta carta, por fin, te encuentre. No sé qué hacer…
Siempre tuya, Amalia.»
¡Madre
mía! Qué horror. Sola, embarazada y en aquella época. Pobre mujer. Me puse a
llorar. A grito pelado. Nico, también. Y así, los dos, mi perro y yo, lloramos
por aquella señora. Sola, en una casa vacía, sin nadie en los últimos momentos
de su vida…
Espera,
espera. Sola, no. Había tenido un hijo. O una hija.
Encendí
el ordenador. Busqué la dirección de las cartas. No existe. En Google Maps
encontré la casa. No creo que sería complicado dar el nombre de la antigua
propietaria.
Pasé
varias semanas reuniendo la información: tanatorio, registro de propiedad,
archivos, internet, anuncios en varios grupos de Facebook. Tenía la esperanza de
que alguien reconociera a la mujer de las fotos. Y, mientras tanto, el secreter, como un
testigo mudo, se erguía sobre los soportes. No podía tocarlo. Todavía no.
Tres
meses después, ya en Navidades, abrí la puerta del taller y vi algo blanco. Una
carta. Mi dirección estaba escrita a mano. El remitente, Juan Osvaldo Pérez,
Pamplona. Con manos temblorosas rompí el sobre.
«Estimada Katerina.
Le escribo con esperanza de que esta carta llegue a sus manos. La
dirección es la que figura en su página de muebles. Me encantaría hablar con
usted sobre mi madre, Amalia Menéndez Acosta. Y perdone que la contacte por
este medio; no me gustan las redes sociales. Sin embargo, es mi hijo quien vio
su anuncio.
Estaremos en su ciudad a mediados de enero. Nos encantaría verla, si le
es posible. Le dejo mi teléfono para seguir en contacto.
Un
cordial saludo. Juan Osvaldo.»
Me puse a
bailar. A reír. Y a llorar de alegría. Nico, sentado en su rincón, me miraba
como si dijera: «¿Ves, ama? Tanta preocupación no era para tanto». Me paré
frente al secreter y quité la tela que lo cubría.
—Por fin
ha llegado tu turno, muchacho. Vamos a hacerte brillar como mereces.
28/01/2026,
Gijón
© La Pluma del Este
