La caja de las palabras
La nieve caía despacio, como si tuviera
todo el tiempo del mundo. Yo caminaba
con cuidado, apoyando bien cada pie, evitando las placas traicioneras de hielo
que se asomaban bajo la capa blanca. Había olvidado cómo se veía este barrio en
invierno. El barrio donde nací y viví hasta los diecinueve años. El mismo al
que nunca pensé volver.
La caja de regalo, con
un lazo rojo, se me hacía más pesada a cada paso que me acercaba al n.º 14 de
la calle Monet.
Las casas pasaban a mi
lado: unas con ventanas apagadas; otras, con luces y risas. La mía, al final de
la calle, se veía oscura y silenciosa.
He tardado demasiado en
volver. Un día, hacía cuatro meses, ella dejó de enviarme las cartas. Yo le
escribí muchas. No envié ninguna.
Llegué a la escalera de
la puerta verde. La única en toda la calle. Fui yo quien eligió el color. La
pinté con mi padre. Me quedé ahí, contemplando cada grieta de la pintura
reseca. Quise dar la vuelta. La caja, llena de palabras, me obligó a quedarme.
Subí los escalones. Toqué el timbre. Su eco resonó en una casa vacía.
Metí la mano bajo el
jersey y saqué la llave, colgada de una cinta roja. Me vi con diez años
volviendo del colegio… La puerta chirrió… El olor a cerrado me dio de lleno.
—Mamá…
Aunque ya presentía que
nadie me iba a responder.
La cuarta tabla del
pasillo crujió. En el salón, los muebles, son fantasmas blancos. Quité la
sábana del aparador. Los marcos de fotos con la felicidad congelada me miraron
con docenas de ojos. Apreté la caja contra mi pecho.
Entré en la cocina. Recordé
el olor a café recién hecho, las rosquillas de canela y anís… Me pareció oír a
mis padres charlando sobre naderías. Una lágrima, después otra, resbalaron por
mis mejillas.
—Hola, ¿hay alguien ahí?
Salga o llamo a la policía.
Salí. Una mujer mayor, apoyada
en un bastón, me repasó de arriba abajo. La tranquilicé:
—Hola, soy Laura, la
hija de Juan y Julia. Vine a ver a mi madre.
—Vaya, hija. Cuánto lo
siento. Julia murió el otoño pasado.
La caja de regalo con el
lazo rojo resbaló de mis manos… Después de dar varios botes por las escaleras, el
contenido de la caja se desparramó en la nieve. Los «Hoy hice la mermelada de
grosellas, tu preferida», «Papá está enfermo», «Te quiero, hija», «Te echamos
de menos» se mezclaron con los sobres cerrados de mis promesas incumplidas… Ya
ni me acuerdo por qué.
Me derrumbé ahí mismo.
Quise gritar, quise pedir perdón, rogar para que el tiempo volviera atrás. No
hice nada de esto. Solo me quedé sentada en la fría escalera de mi antigua
casa.
Y la nieve seguía
cayendo en silencio.
© La
Pluma del Este
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