Un felón entre nosotros
Marco dudó… Los presentes contuvieron la respiración. César
sonrió… y entonces cayó. El telón de terciopelo carmesí, desgastado en algunas
partes, cubrió el escenario. El
público rompió en aplausos. El telón volvió a subir. Marco, con una gran sonrisa,
se inclinó. César seguía en el suelo. Marco, desconcentrado, le dio un ligero
puntapié. César no se movió.
Marco
gritó y se tiró al suelo al lado de César. El emperador estaba muerto, bien
muerto. De la comisura de su boca caía una espuma blanca. Acudieron corriendo
un par de tramoyistas. Después, los actores. Las frases: «No respira», «Está
muerto» y «¡¡Está muertoooo!!», saltaron desde el escenario al anfiteatro. El
público, horrorizado, entre empujones y gritos, se echó a la calle. Se
encendieron las luces, pero no fueron suficientes para combatir la lúgubre
e inexorable certeza de que algo maligno había comenzado.
En el
escenario, abarrotado de personal del teatro, apareció una mujer elegante de
pelo rubio ondulado. No era una actriz. La dejaron pasar. Al llegar hasta el
cadáver, se arrodilló, tocó la cara cárdena del muerto, se cubrió el
rostro con las manos, engalanadas con guantes de encaje negro, y empezó a
llorar.
—Oh, mi
pobre Winston. ¿Qué te han hecho, mi vida? ¿Quién? ¿Qué será de mí ahora?
Las
lágrimas de abatimiento de los actores se interrumpieron por las sirenas de la
policía. Como pajarillos asustados, se reunieron en una esquina del
escenario. La mujer se quedó al lado del
cadáver de su marido, rodeada de un círculo de luz.
—¡Policía! ¡Todos quietos! Sargento, lleve a unos agentes y cubra todas
las entradas y salidas. ¿Dónde está César? —Un tipo orondo enseñó su placa
pegada a la barriga y guiñó un ojo. —Soy teniente Briggs, de la comisaría del
Bronx.
Con el paso
firme de uno que sabe lo que hay que hacer y que tiene todo bajo control,
Briggs se paró en seco ante la endeble escalerilla del escenario. Resopló al
empezar a subir. Aquellos peldaños, y su propia gordura, eran un óbice que
detestaba reconocer y, mucho menos, que los demás lo supieran.
Se
acercó al cadáver y con manos temblorosas sacó un sucio pañuelo. Se lo pasó por
la cara colorada y la brillante calva, se inclinó. Miró a la esposa. La repasó
descaradamente. Y dio su veredicto:
—Está
envenenado. Y huele a almendras. Cianuro… Ejem… Sin duda alguna, el arma
preferida de las mujeres. ¿Es así, señora…?
—Mercer… Señora
Mercer. Y la víctima, mi marido, es un actor muy famoso, Winston Mercer. ¿Me
acusa usted de algo, teniente?
—Todos los
aquí presentes sois sospechosos. ¿Quién es el jefe de esto?
—Soy el director
del teatro y el fallecido es mi socio. Mi nombre es Augusto Perkins. Y respondo
por todos los trabajadores… S… Somos una familia. Y esto es un terrible
accidente. Estoy seguro de ello. Sus sospechas son indignantes.
Briggs
levantó la mano como para espantar a un molesto insecto:
—Ya, ya.
Esto lo dicen todos. Sargento, busque un camerino decente. Vamos a
interrogarles uno a uno. Nos llevará tiempo. Y mande a alguien a Luigi’s a por
una pizza de cebolla y anchoas. Diles que es para mí… Y que no tarden. Ah, deje
pasar al forense.
El
director con delicadeza levantó a la señora Mercer y se la llevó con el resto.
El forense, un tipo gris y escuálido, acompañado de un par de ayudantes, hizo
varias fotos y ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocar el cuerpo en la
camilla, de entre su ropa cayó un sobre.
A pesar
de su corpulencia, Briggs se agachó con agilidad a recogerlo.
—¡Qué
sorpresa! Sin destinatario ni remitente. Veamos qué pone. — Sus dedos de
salchicha abrieron el sobre. Los ojillos del teniente se movieron rápidamente
por la carta. —Cómo no. Era tan previsible.
El policía
recorrió con la mirada a los presentes y la detuvo en la señora Mercer. Con un
gesto teatral, posó la mano izquierda en la cintura y con la carta en la otra,
empezó a leer:
—En el caso de que mi muerte no sea natural,
pregunten a mi esposa. Firmado: Winston Mercer. Nada más. Sin fecha. Ah… Hay
una pequeña marca. Un sello. —Briggs acercó la carta. —Es un círculo con una
estrella. Bah. Sargento, detenga a la señora Mercer.
—¡Soy
inocente! ¡Quítenme las manos de encima, brutos!
Un par de
agentes agarraron a la señora Mercer y la sacaron en volandas.
El
teniente Briggs, muy satisfecho de sí mismo y paladeando la sabrosa pizza que
iba a devorar en breve, estaba contento con la rápida resolución del crimen.
Briggs era contumaz por naturaleza: una vez elegía al culpable, el resto
solo eran detalles. Y este caso era de lo más sencillo.
03/02/2026, Gijón
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