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7 de febrero de 2026

Un trabajo de película

 Un trabajo de película

(Universo La Muerte Perfumada)


¿Por qué una profesional tan sofisticada como yo ha terminado en un lugar tan rústico como este?

     Son muchas razones: el paisaje, el paisanaje, la comida rica y la sidra, que es lo mejor. Cuando un culín fresco baja por la garganta, te llena el paladar con sabor a manzanas y tierra. Es toda una experiencia religiosa. Y cuando ves cómo la escancian, con esas diminutas gotas doradas salpicando alrededor, te haces partícipe de algo especial, solo visto en esta maravillosa tierra asturiana.

     Cuando vi el escanciado por primera vez, me pareció muy raro. Pensé: esta gente está mal de la cabeza. ¿No es más fácil poner la botella justo encima del vaso? Lo intenté una vez. Las miradas de los parroquianos me mataron varias veces. Lo acepté con deportividad y sin tomar represalias. Como dicen: "A donde fueres, haz lo que vieres". Hasta hoy lo sigo a rajatabla. Perdonen, me estoy yendo por las ramas. ¿Por qué me he quedado a vivir aquí, en Asturias?

     Han pasado unos doce años de aquel trabajo. No era el mejor de mi carrera, pero le tengo un cariño especial. Entonces mi nombre en clave era «Liuba». Todavía no tenía una predilección especial por los perfumes. Me gustaba improvisar sobre la marcha. Cualquier objeto podía ser un arma. Diversidad y diversión: ese era mi lema. Con la edad me he vuelto más selectiva y apacible. Más limpia en mi trabajo.

      Como saben, cada noviembre en Gijón se celebra el Festival Internacional de Cine. Aquel año también participaba Rusia. Yo hablo y escribo perfectamente en español; por eso me enviaron a mí en el papel de crítica de cine.

      Según nuestro contacto en Moscú, entre la delegación rusa venía un posible disidente con información sobre una hipotética invasión rusa al territorio ucraniano, incluyendo una posible adhesión de Crimea. ¿Quién podría creer semejante locura? Mi cometido era encontrarme con él, ofrecerle una generosa cantidad de dinero, una nueva identidad y refugio en cualquier parte del mundo para él, su esposa y su gato…

     Antes de salir del piso franco, me miro en el espejo: la peluca negra, las gafas de espía, la blusa blanca y el traje azul noche de pantalón me sientan de maravilla. Los zapatos de aguja y plataforma añaden unos quince centímetros a mi altura. Labios de un rojo intenso. Como señal, coloco una rosa amarilla en la solapa. Me siento complacida: llamaré la atención a cada paso. Para completar mi atuendo, un portadocumentos. Ah, no llevo armas. Son un engorro y suelen dejarlo todo perdido.

     La calle Corrida está llena de gijoneses y turistas; los escaparates, ya preparados para las Navidades, lucen guirnaldas; el aire es fresco y huele a mar. Yo voy abriendo paso como Moisés. Me encanta esta sensación de poderío. Compruebo el pinganillo del oído. Todo correcto. Los del apoyo, compañeros del CNI, ya están preparados para recibir los “paquetes”.

       El festival se celebra en el teatro Jovellanos, a unos diez minutos a pie. Las luces de la célebre fachada se reflejan en centenares de cabezas. La cola para entrar parece interminable. Pero esto no me importa, ya que voy al café Dindurra, justo al lado.

       La puerta giratoria me lleva a un ambiente de época con olor a café recién hecho, murmullo de clientes y música suave de jazz. Voy a la mesa acordada y me siento cerca de la escalera que lleva a la segunda planta, sin perder de vista la entrada al café. Pido una copa de cava.

         —Aquí la tiene, señora. ¿Desea alguna cosa más?

       Aunque el cava tiene buena pinta, me pongo como una energúmena con el camarero:

        —¡Yo he pedido un cava y esto es agua teñida sin apenas gas! ¡Quiero ver la botella y que la abran delante de mí! ¡Y rápido, que no tengo toda la noche!

          El muchacho se pone a temblar y casi tira la bandeja. Me da mucha pena, el pobre. Ya lo recompensaré con una buena propina.

        Los clientes empiezan a girar la cabeza para ver qué está pasando. Mi pelo a lo Cleopatra, el traje azul y la rosa amarilla son fáciles de ver y recordar. De hecho, nunca olvidarán a esta pija maleducada.

       —Buenas noches, madame. ¿Me permite invitarla a una botella de champán?

        Un hombre de unos sesenta años, grueso y completamente calvo, se sienta en la silla de enfrente. Se le ve nervioso. Tira de su pajarita como si lo fuera a ahogar. Su chaqueta de punto tiene pelos blancos… de gato. Pone un libro sobre la mesa. Guerra y paz, cómo no.

         —No me apetece el champán. A estas alturas prefiero un buen albariño.

         —Ah, por supuesto, faltaría más. A ver si hay un Santiago Ruiz. Dicen que es muy bueno.

          El santo y seña coinciden. Es mi contacto.

         Esta vez nos atiende una chica. Parece que el camarero de antes me cogió miedo, pobrecito.

         Tengo que convencer al ruso y recoger la información. Después de un par de copas, el hombre se relaja. Le digo que el dinero y los nuevos pasaportes le serían entregados cuando su información estuviera contrastada. En media hora. Por el pinganillo me confirman que su mujer y el gato ya están de camino a un lugar seguro. Le enseño su foto en el móvil. Ella se ve contenta. El gato, no tanto. El hombre se va tranquilo, dejando el libro en la mesa. Dentro está el pendrive.

        Continúo tomando mi vino. Veo que una mujer sube a la segunda planta. Ahí están los servicios. La sigo. Es la agente española. Tenemos un tremendo parecido físico. Nos cambiamos de ropa. Ella se convierte en mí. Yo, en ella: una mujer normal, pelo castaño, chaqueta, vaqueros, deportivas y mochila. Perfecto. En el baño compruebo la información en el ordenador y la mando a la SBU. Todo correcto. La nueva “yo” se va con el libro. Rompo el pendrive y lo tiro por el desagüe.

       Salgo del baño y tropiezo de bruces con el joven camarero de antes. Siento un pinchazo en el cuello. Antes de desmayarme veo su sonrisa lobuna. Me habla en ruso:

         —Privet, Liuba. Saludos desde Moscú…

      Vuelvo en mí con un tremendo dolor de cabeza. Tengo las extremidades entumecidas. Estoy tirada en el suelo. Lo único que veo son las patas de una silla y un par de pies embutidos en botas de estilo militar. Uno de esos pies me da una patada en el estómago. El dolor punzante me provoca arcadas. Eso que vemos en las películas americanas es una puñetera mentira. El primer golpe es el peor, por lo inesperado. Es el que te deja con las fuerzas justas para no mearte encima.

         —Despierta, Bella Durmiente. Tenemos mucho de qué hablar y muy poco tiempo.

       —¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí? No entiendo nada. Yo no hice nada —sé que no va a colar, pero necesito despabilarme para reconocer la situación; mi español es impecable—. Soy una turista. No soy rica. Nadie pagará mi rescate. Es un secuestro, ¿no?

       Mientras sigo con la diatriba, empiezo a sentir el cuerpo y la cabeza, más lúcida. Tengo las manos atadas con una brida. Solo llevo puestos los vaqueros y una camiseta. Estoy descalza.

         El ruso me da otra patada. Esta vez estaba preparada. Y otra más.

        —Vale, vale. Por favor, no me pegue más. Ayúdeme a levantarme. Se lo suplico. Un poco de agua, por favor. Esta cosa que me inyectó me dio una sed tremenda.

       Ya sentada en la silla, puedo inspeccionar el entorno. La habitación es cuadrada, completamente vacía, alumbrada por una bombilla en el techo. La puerta queda a mi izquierda. Está cerrada. Enfrente, una ventana. A ambos lados, unas cortinas de terciopelo azul. Una está recogida y puedo ver la persiana bajada. No tengo la más remota idea de dónde estoy.

         —No intentes tus trucos. Te conozco muy bien, Liuba. Sé cómo trabajas. Aquí no tienes nada que puedas usar como arma. La silla está atornillada al suelo. Toda la casa está aislada, así que cualquier señal que quisieras transmitir a los españoles queda bloqueada. Estás sola.

          Ahora lo veo mejor: unos treinta y pocos años, pelo rubio. No es muy alto, pero es fuerte. Se machaca en el gimnasio. Su cara no encaja con su cuerpo: es demasiado juvenil. Por eso me engañó en el bar. ¡Por Dios! Sé quién es. El Niño. El puñetero torturador.

          El sudor frío me bajó entre los pechos. O pienso en algo muy rápido o no saldré de aquí con vida. Este cabrón usa a la gente como sacos de boxeo. Después de pasar por sus manos no queda ni un hueso entero; deja el cuerpo completamente molido y, como buen sádico, disfruta con ello.

          Salió a por el agua. El dolor es insoportable. Creo que alguna costilla está rota. Necesito ponerme en pie. No puedo dejar que me machaque así, sin más. Tengo que llegar hasta la ventana y las cortinas.

         —¿Ya te has resucitado, Liuba? Bebe. —Me da un vaso de plástico, cómo no—. Tenemos mucho trabajo por delante. No eres tan dura como me dijeron. ¿Sabes? Creo que sería más divertido si me retaras o algo así. En tu dosier pone que eres campeona de judo. De toda Ucrania. Me encantaría probar un cuerpo a cuerpo contigo. Uno rápido.

          El cabrón me está provocando. Perfecto. Es mi oportunidad.

     —Usted sigue sin comprender que yo no soy esa persona —le espeté levantándome indignada de la silla—. Yo soy una visitante aquí y ciudadana española. Usted me tiene secuestrada. Me confundió con otra perso…

          Otro puñetazo. Esta vez en la barbilla. Di un par de pasos hacia la ventana. La cabeza empezó a darme vueltas.

        —Ay, Liuba, Liuba. Esto me empieza a aburrir. ¿Dónde está el pendrive? ¿Cómo se llama tu contacto ruso? ¿Quién desde Moscú les avisó?

     Otro golpe en el estómago me empujó hasta la ventana. Me agaché gimoteando y con los dientes logré quitar la brida.

       El cabrón no lo esperaba. Lo agarré por la cabeza y le di un rodillazo en la cara. Alcancé el alzapaños colgado de un gancho. Mi instinto no me falló. Esas cortinas pesan muchísimo y, en vez de abrirlas, en muchas casas usan alzapaños con borlas. Pero es una cuerda, a fin de cuentas. Me hice con él.

     El ruso atacó de nuevo, propinándome un cabezazo y varios puñetazos. Logré esquivar un par de golpes a duras penas, pero le di una patada en la rodilla que lo hizo caer. Me arrastró con él. Intentó quitarme la cuerda, pero fui más rápida. Lo inmovilicé con una llave y logré pasarle el alzapaños por el cuello. Tuve que tirar con todo mi cuerpo. Las manos ensangrentadas me resbalaban, dejando la piel en carne viva.

     El Niño, como una culebra, intentaba zafarse de mi abrazo. Sus ojos inyectados en sangre y su boca retorcida decían que ya faltaba poco para que la palmara de una puta vez.

        Por fin se quedó rígido. Lo empujé a un lado. Respiré. Registré sus bolsillos: un fajo de dinero en efectivo, un par de móviles —uno era el mío—, la llave de un coche, más llaves y una tarjeta negra con letras doradas BB en cirílico. ¿Qué será? Ya lo averiguaré después.

       Salí de la habitación arrastrando los pies, casi sin fuerzas. Me dolía todo. Solo la adrenalina me empujaba a huir de aquel maldito lugar. Mis pertenencias estaban en un rincón de lo que parecía un salón. Empecé a buscar la salida. Todo indicaba que era un chalé. Con cuidado subí una persiana. Afuera, noche cerrada. Encontré la llave y abrí la puerta.

          El olor a mar me refrescó los pulmones y mitigó las náuseas. Así que estaba cerca de la costa. No vi ninguna casa alrededor. La de la que salí tenía toda la pinta de un chalet vacacional. Tampoco vi ningún coche. Encendí el móvil. Mierda. El cabrón me había sacado la tarjeta. Activé el localizador escondido en el tacón de una bota y me oculté entre los arbustos.

          Media hora más tarde apareció el coche del CNI que me llevó de vuelta a Gijón…

 

          Una lengua mojada y caliente me sacó de mi remoloneo matutino. Otra la acompañó. Mis dos hijos peludos empezaron a saltar encima de mí, “diciendo” que tenía que salir de la cama. El tacto del suelo fresco de madera me produjo un respingo. Abrí la pesada cortina y la recogí con un alzapaños. Sí. Ese mismo. El que me salvó la vida hace más de doce años.

        La mágica vista de las escarpadas montañas de los Picos de Europa sigue maravillándome cada día…

 

 


07/02/2026, Gijón

                © La Pluma del Este


23 de julio de 2025

Top Secret

 Top Secret

(Universo La Muerte Perfumada)



   —Coronel, ¿qué me puede contar sobre la Muerte Perfumada? ¿Es alguien real o es solo una quimera?

   —Todo este asunto no es del dominio público, Señor. Ya me entiende. Su ficha está sellada. Solo hay rumores y poco más.

   —Descuide.

   —Es una agente libre de SBU. No se sabe su edad exacta. Podría tener cuarenta y tantos años. Nació en Kyiv. Terminó ahí el colegio y el bachillerato. La reclutaron cuando estudiaba en la Escuela del Secretariado Internacional. Era muy joven cuando la policía secreta la introdujo en el operativo de la caza de los especuladores en el mercado negro. Ya entonces era atrevida, mentía sin pestañear y era camaleónica. Parecía una típica muchacha boba e inocente, fácil de engañar, que iba por ahí con “los verdes” de su papá. Los contrabandistas caían en sus redes como moscas. Pero uno la reconoció y tuvieron que retirarla de las calles.

» Apareció unos años después en la Universidad de Asuntos Interiores en Kharkiv. Acabó la carrera con el diploma rojo con el rango de teniente mayor. En aquella época también ganó varias medallas en artes marciales. Era una buena pieza. Después, desapareció. Aunque he oído que estuvo en una unidad especial de Seguridad Nacional dedicada a Sudamérica. Por esto es tan buena en español.

» No se sabe la cantidad exacta de los cadáveres a sus espaldas, ya que trabaja muy discretamente. Cuando empezó, mataba con cualquier objeto que tenía entre las manos. Una vez usó una patata. ¿A quién se le podría ocurrir esto? Le metió a un señor de la guerra la patata hasta el fondo de la garganta. Solo de imaginarlo, me dan náuseas.

» En algún momento se dedicó a matar por medio de perfumes. Limpio y muy elegante. Sin rastro. Nadie sabe qué tipo de sustancias venenosas usa. Dicen que está medio retirada. Aunque, de vez en cuando, acepta algún que otro trabajo. Por cierto, señor secretario, ¿por qué necesita saber sobre ella?

—Aquí tiene el dosier con toda la información del objetivo y la mitad de pago en bitcoins. El resto, al finalizar. Haga que acepte el trabajo. Adiós, coronel. Cierre al salir y olvídese de esta reunión.




                                                                 23/05/2025... en alguna parte de Kyiv                                                                               

                                                                                             © La Pluma del Este

                                                                                     

31 de agosto de 2024

La presentación

La presentación en toda regla
(O lo que puedo contarles y dejarles vivos)





Hola, mi querido lector. 
Permíteme que me presente. Soy a la que llaman «La Muerte Perfumada». Por supuesto, es un nombre en clave, dado que el que me dieron mis padres al nacer está olvidado. Lo hice olvidar. Y los que lo sabían, ya no están entre los vivos. 
   Soy una mujer normal: ni alta, ni baja; ni delgada, ni rellenita; ni guapa ni fea… En todos los sentidos, no llamo la atención, a no ser que se requiera según qué circunstancias. Soy muy inteligente, sin duda alguna. Hablo varios idiomas con fluidez: ruso, ucraniano (es donde nací), español, inglés, francés, alemán y mandarín. Me encanta leer y tengo una magnífica memoria. Soy muy buena en el terreno desconocido, ya que mi sentido de orientación casi nunca me falla. También soy muy, pero que muy, resolutiva. Es mi punto fuerte. Encuentro la solución a cualquier situación. Y como un valor añadido a mi perfil, soy camaleónica. Sí, sí. Observo que no puede contener la sonrisa, querido lector. Es que no miento. Me encanta disfrazarme. ¿Igual por qué de niña nunca lo he podido hacer? Será por esto. 
   El oficio al que me dedico es muy antiguo. No. No es el que él piensa. No saque tan rápido las conclusiones. De hecho, es el oficio que me eligió a mí de muy joven y es otra historia de la que no voy a hablar. Por ahora.
   La Muerte Perfumada… Me encanta cómo suena. Aunque me ha llevado años crear este renombre y la fama. Muchos años y demasiados cadáveres a mis espaldas… Muy justificados, sin duda alguna. Soy una asesina. Fría, retorcida y despiadada asesina que tiene sus propias reglas. Los que me contratan solo requieren de mis servicios cuando hay que ser tan delicado como un alfarero y tan sutil como una pluma. Y esta soy yo. Cuando yo acepto un trabajo, no hay nada que me pare. Así que espero no tenerle entre mis encargos. 
  Por ahora, no diré nada más. Dejaré que me vaya conociendo poco a poco, sorbito a sorbito, como un McKallan de dieciocho años. Lo bueno se disfruta lentamente y yo soy muy, pero que muy buena en lo mío. 
     Nos vemos… Ja, ja, ja… Es una broma. Espero no verlo nunca.
                              
                                                            

La Muerte Perfumada
En Gijón, a 30 de agosto de 2024.





10 de febrero de 2024

Liquidación de Polonia

Liquidación de Polonia
(Universo La Muerte Perfumada)





Es una mujer despampanante. 
La foto que me enviaron no le favorecía en absoluto. Si uno quiere imaginar a una valquiria, es ella: alta, bien formada, piernas interminables, melena rubia, ojos azul cielo, labios carnosos y la sonrisa perfecta con la dentadura a juego. Seguro que podría llevar a la cama a cualquiera, mujeres incluidas. Todos estarían orgullosos de haber llamado su atención. Darían lo que sea por estar con ella. Hasta sus vidas. Sí, es una zorra de mucho cuidado. En los círculos profesionales la llaman La Liquidadora. Yo la llamo, Polonia, por el agente químico que ella usa con mucho arte y éxito.
   Que se sepa, ha matado a una treintena de hombres y mujeres: los espías de la competencia, algunos oligarcas rusos y ucranianos, un par de agentes retirados de FSB, unos cuantos periodistas incómodos al Kremlin, dos o tres chinos que han cuestionado la línea del partido y, últimamente, opositores bielorrusos. Seguro que hay muchos más.
   ¿Qué hace ella en Gijón? Es un misterio.
   La llamada desde el SBU me sacó de mi retiro. Llevo viviendo en la zona desde hace más de diez años. Conozco Asturias y, a decir la verdad, ya me aburría y no me vendría mal algo de dinero fresco: con la subida de la inflación, las reformas en la aldea me dejaron casi sin fondos.
   Vuelvo con nuestra valquiria o la zorra Polonia.
   Entró en España desde Francia, por Irún. La he seguido desde entonces. Lleva en Gijón ya tres días. Se hospeda en el Moderné. Un hotel muy chic. Sale a correr por el muro de San Lorenzo, va de compras, come en restaurantes de moda. Y siempre sola. Qué raro. Esto sí, continuamente mira al móvil.
   Ya me estoy cansando de tanta ociosidad. Necesito acción. Y los dioses me han oído… La estoy siguiendo hasta una vinatería en el centro. Ella se sienta en la mesa del fondo y pide un albariño. Suena su teléfono. Son las veinte cero cero. La llamada dura apenas dos minutos. Polonia deja un billete en la mesa y se dirige al baño. Al pasar por mi lado, huelo su perfume. No se fija en mí. O eso creo. Mi disfraz de la anciana es perfecto.
   Pasaron diez minutos y ella sigue sin salir.
  Entro. Dentro no hay nadie. El ventanuco, que lleva a la parte de atrás, está abierto. Todo un clásico. Ahora tendré que tirar del localizador que le pegué en el trasero diez minutos antes.
   Me quito el disfraz.
  Ya es de noche. En el Norte, en noviembre oscurece pronto. Empieza a orbayar. Conozco bien Gijón y sé a dónde se dirige: los acantilados de Cimadevilla. Con este tiempo y a estas horas, ahí ya no hay nadie. Es un lugar perfecto para un encuentro secreto.  
   Subo la cuesta medio agachada y protegiéndome en los islotes de los árboles. Me dirijo a la fortaleza de Santa Catalina. Con los recovecos que tiene, es fácil pasar sin ser visto.
   Oigo voces. Es Polonia y un hombre. No le veo la cara. Está de espaldas. Le pasa un maletín y desaparece en la oscuridad. Ella, con su carga, se dirige a la salida del parque. La sigo. Me parece alucinante. O ella no es tan buena, como dicen, o yo no he perdido mis dotes de camuflaje.
   La Liquidadora vuelve al hotel. Mi informador confirma que se queda en su habitación. Tengo que seguir con mi plan, antes que ella acabe con el suyo. Todas las bebidas de la nevera llevan un fuerte somnífero. La cena, también. Cada vaso y las toallas, están impregnados. Solo tengo que esperar tranquilamente en el edificio de Hacienda, justo enfrente de sus ventanas. A través de infrarrojos veo que cae al suelo. Empieza lo bueno.
   Me engancho al cable y a la altura de unos quince metros, vuelo por encima de la calle de San Esteban. Entro por la ventana de la habitación contigua. Por supuesto, reservada para el caso. Abro la puerta de la suya y entro sigilosamente.
  Polonia, tirada en el medio del salón, duerme profundamente. Yo pongo la máscara, fabricada especialmente para mí. Saco mi frasco de perfume. Es muy repujado y parece una joya. ¿Y por qué no? Una tiene sus debilidades. Echo unas gotas en una almohada y la pongo en la cara de la durmiente. Unos cuantos espasmos y queda muy quieta. La subo a la cama. No sin cierto esfuerzo. Lo arreglo todo para que sea lo más estético y natural posible. Saco la foto y la envío al Centro. Guardo el maletín en mi mochila. Me llega el aviso con la confirmación bancaria. Perfecto. Ahora, las obras continuarán viento en popa.
   Ah, por cierto, en el mundillo me llaman la Muerte Perfumada.

 



   PD. Como dicen, la realidad supera la ficción. Soy una seguidora del blog literario EL TINTERO DE ORO. Y no me lo vais a creer: este mes hay un concurso inspirado en James Bond. Ja, ja, ja. Igual me animo y escribo algo. Tengo tantas cosas que contar…

                                                                                                                08/06/2023, Gijón


Nota de autor: FSB (Federalnaya Sluzhba Bezopasnosti) - Servicio Federal de Seguridad de Rusia

SBU (Sluzhba Bezpeky Ukrayiny) - Servicio de Seguridad de Ucrania

orbayo – así llamamos en Asturias una llovizna muy fina