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27 de noviembre de 2025

Club Lunar de Mujeres Exhaustas

 Club Lunar de Mujeres Exhaustas





Pasaban los años y ella seguía corriendo detrás del tiempo. Ser madre, esposa, hija, nuera, empleada, cuidadora de dos perros, un conejo y varios peces la dejaba más cansada que Hércules con las caballerizas. A pesar de ello, no tenía la gloria mitológica como recompensa.

          Después de un día que parecía un maratón que ni el mismísimo Filípides aguantaría, se daba por satisfecha. Sin embargo, con la casa recogida, los niños bañados y el marido roncando, tenía ganas de no despertar en un año. Finalmente, cerró el libro, apagó la luz de la mesita y volvió a rogar al cielo, al universo o a lo que haya allá arriba:

          —Por favor, ¡un descanso! Un respiro, aunque sea de cinco minutos, sin que nadie me llame «mamá», «cari», «hija» o «señora».

         Y el universo, o eso que hay allá arriba, la escuchó…

          Cuando despertó, la envolvía un silencio muy silencioso. Nada del zumbido de la nevera, ni del torturador goteo del grifo de la cocina, ni de los ronquidos de al lado… Era un silencio solemne, cósmico, de esos que te asustan y, aun así, te dejan extasiada. Sobrecogida, la mujer salió de la cama. Y, en vez de pisar la gastada y áspera alfombrilla, sus pies se hundieron en el suave polvo lunar. ¿Lunar? Pues, sí. Si no, ¿cómo se podría explicar que la enorme bola azul llamada Tierra colgaba justo allí, delante? Tampoco se sorprendió al ver que su cama era una especie de mini platillo que se sostenía en el aire, cubierto con sábanas de algodón egipcio y decenas de mullidos cojines de plumas.

          —Buenoooooo… esto sí que es desconectar —se dijo, y soltó una carcajada que se perdió en el vacío.

          Dio un par de saltitos, primero algo torpes; después saltó como Pegaso, abrió sus brazos y gritó:

          —¡Soy una con el universo! ¡¡Soy-una-con-el-u-ni-ver-sooooo!! —se sentía libre y ligera. Ni un «¿qué hay de comer?», ni un «cari, me falta un calcetín», ni un «hija, dile a tu padre…», ni siquiera «Señora Rodríguez, bla, bla, bla…».

          Se tumbó bocarriba sobre el polvo chispeante, mirando a las estrellas. Mientras estaba haciendo un ángel lunar, vio a un pequeño marcianito verde con las alitas doradas de un querubín. ¿O más bien, lunarcito? Pero ¡qué mono, por Dios! La saludó con su manita de tres dedos, le tiró un tubo dorado y se desvaneció con cara de fastidio. A la terrícola le pareció oír: «Otra más. ¿A dónde vamos a parar?» ¿Otra más? ¿Dónde?

          Nuestra exploradora espacial abrió el tubo y sacó un pergamino.

 

Querida nueva amiga,

Si estás aquí, significa que ha llegado el momento de conocer

Club Lunar de Mujeres Exhaustas. Ponte cómoda en tu cama y agárrate fuerte.

 La aventura te espera.

         

                                                           Las Discípulas de Hera,

 las que encontraron este refugio antes que tú.

 

          —Universo, querido, te pasaste de generoso —rio y se acomodó entre los innumerables cojines. —Yo solo pedí cinco minutos y me mandaste las vacaciones interplanetarias.

          La cama-platillo o el platillo-cama se elevó hacia las estrellas, sobrevoló el borde de un inmenso cráter y se precipitó abajo, a través de una espesa niebla.

          Lo que vio nuestra intrépida viajera, la dejó sin palabras. Un mundo de color y luz se expandía por toda la superficie. En el centro del cráter y rodeado de exuberantes jardines en cascada; en la cima de un monte, se erguía un magnífico palacio. Sus cúpulas de cristal brillaban en colores que ni siquiera una mujer sabría nombrar. Donde alcanzaba la vista, las innumerables fuentes disparaban hacia el cielo un líquido rosa sospechoso.  A su alrededor, las miríadas de marcianitos-lunarcitos cargaban bandejas de copas flauta, llenas de… ¿Champán rosado? Uno pasó muy raudo justo por encima de la cama-platillo. Y casi muere del susto cuando un brazo ágil, surgido de entre cojines, agarró una copa llena. La mujer la apuró de un trago. Las finas burbujas le cosquillearon la garganta.  No recordaba haber bebido algo tan exquisito. Cazó a un par de camareros voladores y les dejó sin su carga.

          Después de varias, bueno, bastantes, copas de champán, nuestra dama estaba feliz y relajada. Hasta que… se vio rodeada de un enorme enjambre de bombones de Godiva. En forma de corazón, de bolitas; de chocolate blanco, negro y con leche; con perlitas y polvo de oro; con y sin relleno… Todos querían ser tocados y saboreados. ¿Qué milagro era ese? La mujer se pellizcó y se tiró del pelo. Le ha dolido.

          —Definitivamente, estoy loca o colocada. Pero no me iré de aquí sin probar esta maravilla. —Y se metió un Godiva en la boca. Cerró los ojos de placer… Lo siguieron una docena más y más champán. Lo extraño es que ella no se sentía ni ebria ni llena. —Definitivamente, estoy muerta y este era el paraíso.

         Con la boca y las manos manchadas de chocolate, la mujer, por fin, vio que no estaba sola. Había muchas más mujeres. Unas, navegando en los barquitos de colores; otras, nadando; otras, tomando el café en las terrazas llenas de flores, o, paseando sin más… Todas vestidas con túnicas vaporosas y el pelo suelto. Como en la antigua Grecia. Con nostalgia se acordó de su viaje de novios a Atenas. Hace muchísimo. En su otra vida. Las mujeres, muy sonrientes, la saludaban y le daban la bienvenida.

         Con una pirueta en el aire, digna de un caza de combate, la cama-platillo aterrizó… No —alunizó— en las afueras del resort. El contraste con el mundo bucólico que acababa de sobrevolar era tremendo. Un llano polvoriento gris y montículos de sacos apilados. Se respiraba la atmósfera triste y opresiva.  Un poco más allá, una enorme puerta de oro desprendía una cálida luz.  Una fila de mujeres, cada una con un saco en la espalda, esperaban su turno para pasar…  El platillo-cama dejó a nuestra viajera y desapareció con rumbo incierto.

          Unos marcianitos-lunarcitos con caras de pocos amigos la cargaron con un enorme saco lleno de… piedras negras, violetas y amarillas, y la colocaron en la fila con las demás mujeres:

         —Anda, ¿más peso? Y yo que pensaba que estaba de vacaciones. —Nadie le hizo caso. Nadie hablaba. Cada una llevaba su saco. Y todos contenían la distinta carga. Las piedras negras eran las pérdidas; las rojas, amores rotos; las amarillas, facturas y deudas; las azules, las enfermedades; las violetas, preocupaciones; las marrones, la soledad…

          Ya en la puerta, una mujer bellísima, con pinta de diosa, preguntaba algo a cada visitante, la abrazada y le pedía desprenderse del saco. Unas lo quitaban como un abrigo; otras, lloraban y se agarraban a él como si de su segunda piel se tratase… Finalmente, con una sonrisa y espalda recta, cruzaban la puerta y desaparecían en el oasis lunar. 

          —Hola, querida. Puedes dejar tu saco aquí. Te esperará hasta que vuelvas. Nadie más que tú podrá sobrellevar tu carga…  Sé bienvenida al Club Lunar de Mujeres Exhaustas.

          A nuestra heroína le ha costado lo suyo dejar el saco multicolor. Aquellas piedras eran parte de su vida.

          Por fin, ya ligera como una pluma, la mujer atravesó la puerta. En un parpadeo, su camisón de Pikachu se transfiguró en una túnica vaporosa, y la coleta de cuatro pelos en una preciosa melena. (JL se moriría de envidia, segurísimo.) Se unió al grupo de las recién llegadas.  Ahora ya se veía bella y, por primera vez, se sentía hermosa, rodeada de otras como ella: mujeres corrientes, convertidas en diosas… aunque el hechizo no duraría mucho. 

          Las nuevas exhaustas se acercaron, todavía deslumbradas por sus nuevos ropajes, hacia un gran poste informativo que brillaba como el neón celestial. Allí, en letras plateadas, se anunciaban las actividades y talleres:

 

Aprende a decir NO.

Trucos para evitar las cenas en casa de tu suegra.

Idioma para dejar sin palabras a tu hijo/hija adolescente.

¿A dónde van los calcetines?,

Los maridos no nacen, se hacen.

Meditación exprés para no matar a tu jefe…

 

         Nuestra diosa viajera iba leyendo entre risas… hasta que, de golpe, se topó con alguien conocido. Ni más, ni menos que su jefa.  Sí, la misma cabrona que la tenía amargada con quejas, encargos imposibles y correos electrónicos y llamadas a deshoras. ¿Qué hacía allí?

          Ella no lo sabía, pero en aquel reino lunar, incluso su odiada jefa, se había desprendido de su saco de piedras: el marido que la había cambiado por una más joven, el cuidado de su madre enferma, los problemas en la empresa y su lucha para mantenerla a flote… Por primera vez no le pareció una bruja sin corazón, sino una igual, una diosa cansada y rota como las demás. Compartieron las confidencias, bebieron y rieron… Dos mujeres corrientes con sus cicatrices. Y entre risas, nuestra protagonista eligió su primer taller: Aprende a decir NO. Y su jefa: Meditación exprés para no matar a tu jefe…

          El despertador casi la tira de la cama.

         —¡Ostras! Vaya sueñecito… Ufff. —Despeinada y de nuevo con el camisón de Pikachu, nuestra protagonista, salió de la cama. La de siempre. El tacto áspero de la alfombrilla la devolvió a la realidad. Y empezó la batalla: «¡Mamaaaaaa! ¿Planchaste mi falda plisada?», «¡Mamaaaaaa! Tobi llenó mi jersey negro de pelo», «¡¡Guau, guau!!», «Cariño, acuérdate de que este domingo comemos con mis padres».

          Con una sonrisa enigmática y la calma de quien ha viajado por lunas, ha visto palacios de cristal y Godivas que llueven del cielo, la valiente viajera intergaláctica, se enfrentó a su familia. Los niños chillaban, los perros ladraban, el marido, en busca del calcetín perdido, el conejo con cara de susto y los peces… Todo esto parecía el universo entero.  Ella respiró hondo y, con la fuerza de Minotauro, soltó:

          —¡¡NO!!

          Y el mundo, al menos por un segundo, se detuvo. El libro Mitología de la antigua Grecia, se cayó de la estantería.

 

 

           En la oficina, como siempre, con prisas y sin aliento, se dio de bruces con la jefa. Con cara de susto y con un “lo siento” en la boca, nuestra heroína se quedó sin palabras cuando la otra le guiñó el ojo. Y supo que ambas recordaban la Luna.

 



27/11/2025, Gijón (o Luna...)

        © La Pluma del Este


31 de marzo de 2025

El escriba de la corte

El escriba de la corte 


       

En el reino de Beríca, en la corte del rey Vatara, había un escriba llamado Vinicio.
     Era un muchacho agradable, respetuoso, ávido por el saber y con un gran talento para dibujar lo que veían sus ojos. Procedía de una familia humilde, pero gracias al trabajo y sacrificio, Vinicio entró en la escribanía, llegando a ser el ayudante del consejero real.
    En los escasos ratos libres, el muchacho iba a los jardines del palacio, donde en un rincón, oculto a las miradas, leía, escribía y dibujaba… Una hermosa ave de plumas verdes y rojas lo observaba desde una rama del cerezo cercano. Si un extraño viera la escena, le daría la impresión de que el pájaro estaba conmovido por el talento natural del muchacho y el amor que ponía en sus obras, pintadas o escritas.
    Un día, en pleno verano, al volver de un largo viaje, Vinicio, por fin, pudo escabullirse a su rincón secreto. Al acercarse, vio que lo ocupaba una doncella desconocida.
     —¡Cof!… ¡Cof!… Hola… Disculpe, creo que usted no debería estar aquí, sola. Este es un lugar privado… Mío…
     —Ah, ¿sí? ¿Y quién eres tú para tener un “lugar privado”? Este jardín, el castillo y todo lo que ves es “mi lugar”. Anda, déjame tranquila. Y ni se te ocurra decir a nadie que me has visto aquí. ¡No me mires embobado! ¡Vete! —Y así es como Vinicio conoció a la bella Yariel.
    El escriba entró en las cocinas del palacio hecho un basilisco. ¿Quién era aquella maleducada y arrogante muchacha? Nunca la había visto en la corte. Si no, recordaría su pelo color noche, los labios cual pétalos de rosas, la piel cremosa y los ojos, los pozos de agua esmeralda…
    —¿Y eso? Parece que te llevan mil demonios, muchacho. Benditos los ojos que te ven, hijo. Come un trozo del pastel. —Doña Gabriela, la cocinera, le guiñó el ojo. —Mastica… Toma la cerveza… Por si no te enteraste, tenemos a una duquesita en el palacio. Es la sobrina del rey. Dicen que es huérfana y ha vivido en un monasterio… Ya veo… La acabas de conocer. ¿Verdad que es una muchacha muy linda y educada? Algo mandona. En tres semanas revolvió el palacio y los alrededores. Cuando vio que teníamos las cacerolas viejas, encargó un montón de ellas al calderero. Mira cómo brillan. Da gusto cocinar en ellas. Y todos los días desayuna aquí. Aunque no es apropiado. Pero cualquiera le llevará la contraria.
    La cocinera seguía poniéndolo al día, pero Vinicio en su cabeza trazaba el plan de cómo recuperar su rincón secreto. Igual algún paje por unas monedas le avisaría sobre los movimientos de la “duquesita”.
    Así fue. Cuando Yariel salía del palacio, él iba a su lugar secreto y dibujaba con más ganas que nunca. Pero solo los retratos… ¿Adivináis de quién?… También escribía poesía… Muy romántica…
     Vinicio no sospechaba, pero la causante de sus “desdichas” hizo lo mismo que él: encargó a una doncella vigilar al “creído escribiente”.
      Este juego duró casi dos lunas, hasta que un día, el escriba, con las prisas, dejó olvidado un dibujo: el retrato de Yariel. No se sabe con certeza de quién dio el primer paso, pero los jóvenes se reconciliaron. Empezaron a pasear, leer, dibujar, recitar poesía y planear su vida juntos… Pobres, inocentes. Una noble de sangre real y un escriba, por más respetable que fuera, no tenían un futuro juntos. El rey Vatara lo dejó claro:
      —Sobrina, quiero tu felicidad. Pero mi deber es para con el reino. Voy a cumplir con la palabra dada. Desde los diez años estás comprometida con el príncipe Flodah de Rafaelia. Dentro de tres lunas cumples los dieciocho y te desposarás con él… Olvídate del escriba. Por el bien de todos.
   Yariel lloró, imploró, amenazó con matarse… Su tutor fue inflexible. Rafaelia era un reino con el que no convenía enemistarse.
       Cuando Vinicio se enteró de todo, pidió a su amada escapar. Con el dinero ahorrado y con sus conocimientos, tendrían una vida modesta, pero juntos. Zarparían en un barco hacia tierras lejanas donde nadie los conocía. Yariel lo aceptó…
    Sin embargo, esta misma noche, el rey, con la excusa de la recogida de los tributos, mandó a Vinicio, rodeado de aguaciles, a la fortaleza más lejana. Todo ha sido tan rápido que el muchacho no pudo avisar a su amada.
      Yariel se desesperaba… Acaba de conocer a su futuro marido y lo odió al instante. Era bajito y rechoncho, con el pelo grasiento aplastado y con un bigote justo en el medio de su cetrina cara. Con una voz chillona daba las órdenes como si fuera el dueño del reino. Y de ella misma. Nada le gustaba, nada le parecía bien a aquel mequetrefe. La muchacha estaba asustada.  Se creía abandonada por su amado. Se sentía desgraciada y sola… Muy sola…
     El lugar secreto del jardín otoñal había perdido su belleza. Las hojas marchitas cubrían el suelo. Las flores mustias eran perfectas para una muerta. Hace tiempo, Yariel había hurtado un frasquito de dedalera al médico real, como si supiera que le haría falta… Lo apuró…
      Los estandartes del castillo, bajados a la mitad, y el silencio han dicho a Vinicio que algo malo estaba pasando. La boda real se celebrará en dos días. Él escapó de sus guardianes y cabalgó sin parar para evitarla. Huirían esa misma noche.
    Nada más verlo, la cocinera enseguida lo arrastró por el pasillo hacia las habitaciones reales. Vinicio veía a las doncellas compungidas, a los guardias cabizbajos… Un oscuro presentimiento se apoderó de él…
     —¿Qué sucede? ¿Le pasó algo al rey?
     —Tssss, habla bajo. Es Yariel. No quería casarse y se quiso matar. Con tan mala suerte, (que dioses me perdonen), que, pobrecita ella, quedó postrada. Ni viva ni muerta… Por aquí pasaron curanderos y medicuchos y nadie pudo curarla. Lleva así cinco días. El príncipe «comosellame» se ha largado echando sapos por la boca. Se asustó por si era alguna brujería o la magia negra. Menos mal. El rey está destrozado… Se culpa por todo… Igual si ella siente que estás aquí, mejorará… Hemos llegado, pasa…
       Al entrar en la habitación oscura, el olor, dulce y repugnante, dio de lleno en su nariz. Había un delgado cuerpo en la enorme cama… Yariel… Apenas respiraba… Tenía las manos traslúcidas, la tez grisácea, los labios agrietados… Vinicio cayó de rodillas. La tocó, la abrazó, lloró… Después abrió las ventanas para sacar aquel olor nauseabundo de la muerte… Empezó a rezar…
      El día sucumbió a la noche; vino otro día y otra noche más… El muchacho lloraba, imploraba, se culpaba a sí mismo… Al cuarto amanecer, por la ventana entró un ave con el plumaje verde y rojo y en un instante tomó la forma femenina…
     —Saludos, Vinicio. Soy la diosa Masacu. No tenemos tiempo. Ella se muere… Tengo el permiso de los Supremos para inmiscuirme. No puedo hacer nada por ella, pero lo puedes hacer tú.
        —Haré lo que me pidas… ¿Qué debo hacer?
      —Soy la diosa de los dones: los doy y los quito. Te ofrezco el don de la curación que te servirá, pero solo por esta vez. A cambio te quitaré el don de plasmar la belleza. Para siempre. ¿Lo aceptas?
        —Sí… Sálvala, te lo ruego…
     Más tarde, cuando las doncellas entraron, en la habitación no había nadie. En el suelo, un par de plumas verdes…
        Nadie supo qué había pasado con Vinicio y Yariel. Aunque se rumoreaba que una pareja joven zarpó en el barco que iba al lejano reino de Anapse. ¿Eran nuestros enamorados? ¿Quién sabe? Ojalá sean felices, estén donde estén.



 

    

       25/03/2025, Gijón

© La Pluma del Este


12 de septiembre de 2023

La bendición caída del cielo

   La bendición caída del cielo






El valle y su pueblo, sedientos y con el verdor quemado, llevan semanas esperando por las preciosas gotas de la lluvia. Las hojas enroscadas de eucaliptos y los matorrales entre sus troncos podrían prenderse con una mínima chispa de algún desaprensivo amante de fuego. Los vecinos bajo el sol inmisericorde, en cuadrillas, trabajando a destajo, limpian los cortafuegos. Todo es poco para prevenir el desastre.
Los pájaros, cansados y perezosos por el calor, dejan sus trinos para el anochecer. Las vacas ya no se ven desperdigadas por los prados. Buscando la sombra, los rumiantes se esconden bajo las ramas protectoras de los árboles. A las tres de la tarde un silencio espeso cubre el valle y los montes alrededor. El calor es insoportable. Los paisanos del pueblo dicen que es para la lluvia. Ojalá.
   Pero los viejos no se equivocaron.
   Detrás del pico más alto han aparecido las nubes de gris plomizo con toques violeta. Y con ellos, los truenos. Su sonido es ensordecedor. Todo tiembla. Da miedo. El can de los vecinos se escondió en nuestra casa. Pobrecito. Y mira que es un perro de pueblo. ¿No se supone que ellos están acostumbrados a todo? Los nuestros, que vienen de la ciudad, pasan de este ruido y duermen a pata suelta. Son unos afortunados.
   Y con los truenos llegaron los rayos que partieron cielo en trozos irregulares. El fuerte viento trajo el olor a lluvia. La bendita lluvia.
  Las primeras gotas dejaron las manchas en la tierra seca. Una detrás de otra, y así, poco a poco, el suelo amarillento, oscureció, tomando el color de chocolate con leche.
   Al caer la noche, el temporal se hizo más fuerte: truenos, relámpagos, el vendaval y agua, a raudales. Ha sido imposible dormir con toda esta fanfarria de la naturaleza.
   Cuando llegó la mañana, los tímidos rayos de sol atravesaron las nubes. Su brillo se reflejó en las gotas de agua, dejando la alfombra de yerba, llena de brillantes gemas. Parece increíble, pero solo en una noche, la flora ha despertado más verde que en los últimos tres meses. Es sorprendente ver de cómo la tierra aprovecha cada oportunidad para volver a ser exuberante y llena de vida.
   Y, mirando un poco más allá, al fondo del valle, se ve la niebla hecha jirones, suspendida por encima de los tejados de las casas. Los montes, de un verde oscuro, más cercanos, y en gris y marrón apagado, más lejanos, rodean el valle como los guardianes de aquel secreto despertar…





                                                                                                                     09/09/2023, Trabada, Lugo

 
   

14 de agosto de 2023

La Ciudad Blanca

La Ciudad Blanca

 

 

Sobrecogidos por tan hermoso paisaje, los peregrinos no fueron capaces de dar un paso más y quedaron clavados en el promontorio para disfrutar de las vistas en su completa magnitud. La Ciudad Blanca, con toda su majestuosidad y opulencia, se abría camino entre las nubes.
   De color níveo y con las cúpulas doradas, sus palacios y catedrales se alzaban al infinito, retando a los mismísimos cielos. Los rayos áureos de sol se reflejaban en todos los edificios, sin dejar un rincón para las sombras. El brillo iridiscente de gemas incrustadas por doquier creaba un arcoíris que enmarcaba la ciudad entera. Una escalinata, bellamente tallada en la roca blanca, daba la bienvenida a los visitantes.
   De repente, el tañido cristalino de campanas rompió el silencio vespertino. Y el perfecto canto de muchas voces se elevó al cielo azul. Toda la ciudad empezó a entonar las alabanzas a la diosa Tea.
   Los peregrinos tenían la sensación de poder alcanzar la metrópoli con las manos, pero todavía les faltaba bajar con muchísimo cuidado los cientos de peldaños de la escalera de la Muerte y cruzar el campo de cadáveres y huesos blanqueados por el sol de los desafortunados que se habían despeñado.
   Después, pasar por la sinuosa carretera de piedra resbaladiza, que volaba por encima de las aguas cristalinas, habitadas por monstruosas criaturas. Los delicados pilares, llenos de intrincadas filigranas, clavados en el fondo del lago, aguantaban su colosal peso.
   Se veía algún que otro animal salvaje, retozando tranquilamente en las praderas de color esmeralda. Las bandadas de pequeñas aves surcaban los cielos y lo llenaban de colores vibrantes. Y el aroma embriagador, lleno de fragancias indescriptibles, lo rodeaba todo…






                                               

                                                                                                                   10/08/2023, Gijón

2 de julio de 2023

Fermín de Pompaelo

Fermín de Pompaelo




El obispo Fermín contempla su ciudad, cuando el sol ya empieza a teñir de oro bruñido los tejados de Pompaelo y sus calles estrechas se llenan del bullicio festivo.
   A Fermín le agradan las ferias. Cuando era un muchacho, se mezclaba con los vendedores, juglares errantes y gente, venida de Hispania y Aquitania. Su padre, el gobernador, no lo aprobaba. Y para frenar el ímpetu de su vástago, lo puso bajo la tutela del presbítero Honesto, que lo envió a Tolosa, en Occitania, para completar la formación. Cuando la fe cristiana lo llamó, Fermín solicitó que lo ordenasen como sacerdote.
   No sin dolor recuerda aquella época. Desde la muerte de Cristo, los cristianos no eran extraños en este mundo, pero los credos paganos todavía oscurecían las almas de los no creyentes.
   Hace unos cinco años regresó a su querida Pompaelo, ya como el obispo, para continuar con la obra de Dios. Hasta hoy.
   Mañana, después de maitines, Fermín de nuevo emprenderá el camino a las Galias. De ciudad en ciudad, convertirá a miles de personas. La fe crecerá y con ella, el miedo. Por esto los prefectos romanos lo querrán muerto. Y bajo el manto de la noche, de su cuello brotará un pañuelo carmesí.




                                                                                              28/05/2023, Gijón

Pompaelo - nombre de Pamplona en los tiempos del Imperio Romano.
Obispo Fermín - según las leyendas es gracias a él nace la festividad de Pamplona.
El pañuelo carmesí es el símbolo de la sangre que ha brotado del cuello de San Fermín.
Fuente: www.sanfermin.com





16 de marzo de 2023

El Mundo Oculto

 El mundo oculto



   

Unas manos invisibles lo arrastraban por el oscuro túnel, lleno de raíces y moho. Estaba confuso y mareado a causa de este extraño e irreal viaje. ¿Cómo ha terminado bajo tierra?
 Cada domingo iba al bosque para contemplar las aves. Especialmente al Trepador Azul. Lo vio en un árbol muy viejo y, al acercarse, tropezó y cayó en un agujero. Es todo lo que recordaba…
   Por fin, el túnel acabó en una enorme cueva. Sus límites se perdían en la oscuridad. Desde arriba bajaban las estalactitas de intrincadas formas, como si fueran lámparas que refulgían con miles de lucecitas de colores inimaginables. El aire estaba impregnado de aromas embriagadoras y se oía música y voces, cantando en una lengua melodiosa que no reconocía. Las manos lo han empujado al centro de la cueva.
   Ahí la vio…
  Se movía con gracia de una reina. Sus brazos eran como el mármol más níveo. Su largo pelo dorado, parecía tener vida propia. Su vestido, de telas más finas y delicadas, ligero y casi transparente, era un engarce perfecto para su hermoso cuerpo. Sus movimientos hipnóticos evocaban a las odaliscas más refinadas de las cortes de antiguos reyes. Lo miró con sus ojos violeta y le regaló una sonrisa. Lo llamó. Y, como si estuviera hechizado, quiso acompañarla en aquel vertiginoso baile por toda la eternidad…
   Cuando volvió en sí, en el bosque, ya caía la noche. Regresó a casa con el vago recuerdo de lo que ha pasado. ¿Era real o solo un sueño?
  Días después, al revelar las fotos, solo había una — de una bella mujer bailando.
Una especie de locura se apoderó de su mente. Sin pensar ni un minuto, decidió volver al bosque.
   Nunca se supo más de él…
 

 

      



                                                                                                      23/02/2023, Gijón

10 de marzo de 2023

El Nuevo Mundo

 El nuevo mundo


   Apareció en la Isla después de un naufragio. Se salvó, dejándose arrastrar por el ineluctable mar, agarrado a un pecio. Ahí, oculto al ojo ajeno, había un pueblucho de pescadores, piratas y putas, y que ahora era su hogar. Nadie sabía su verdadero nombre ni su procedencia. Lo llamaron Juan el Perdido.
   Después de muchos años él ya era contramaestre de la “Viuda Negra”, que surcaba aquellas latitudes en busca de tesoros y haciendo algún que otro trabajillo para la Corona. Juan conservaba todavía la mirada de un nefelibata, pero las muchas cicatrices que llevaba con orgullo mostraban el precio de aquella vida.
   Hoy celebraban la vuelta a casa, sin bajas y con un considerable botín.
   Acarició el morro de su caballo por debajo de la serreta y lo amarró a la aldaba, cerca de una pérgola llena de fragantes rosas. Entró en la taberna. Los presentes lo recibieron con risas y el jolgorio. La rolliza Mercedes salió detrás de la barra y le plantó un sonoro ósculo en la boca después de esconder los refulgentes doblones en el refajo de su inmensa falda.
   Cada poco algún parroquiano con pocas ganas de vivir abusaba de su paciencia, retándolo a pelear. Y esta vez no era diferente. Después una certera estocada bajo el esternón, el tipo quedó soleándose en la polvorienta calle. Los pequeños ladronzuelos le vaciaron los bolsillos en un abrir y cerrar de ojos.
 













                      
                                                                                                                         10/12/2022, Gijón

                    
Ineluctable - ineludible
Nefelibata - soñador
Serreta - una pieza del correaje de la cabeza de un equino