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27 de abril de 2026

190. La caja de las palabras.

 

La caja de las palabras

 

 

La nieve caía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.  Yo caminaba con cuidado, apoyando bien cada pie, evitando las placas traicioneras de hielo que se asomaban bajo la capa blanca. Había olvidado cómo se veía este barrio en invierno. El barrio donde nací y viví hasta los diecinueve años. El mismo al que nunca pensé volver.
   La caja de regalo, con un lazo rojo, se me hacía más pesada a cada paso que me acercaba al n.º 14 de la calle Monet.
    Las casas pasaban a mi lado: unas con ventanas apagadas; otras, con luces y risas. La mía, al final de la calle, se veía oscura y silenciosa.
    He tardado demasiado en volver. Un día, hacía cuatro meses, ella dejó de enviarme las cartas. Yo le escribí muchas. No envié ninguna.
Llegué a la escalera de la puerta verde. La única en toda la calle. Fui yo quien eligió el color. La pinté con mi padre. Me quedé ahí, contemplando cada grieta de la pintura reseca. Quise dar la vuelta. La caja, llena de palabras, me obligó a quedarme. Subí los escalones. Toqué el timbre. Su eco resonó en una casa vacía.
    Metí la mano bajo el jersey y saqué la llave, colgada de una cinta roja. Me vi con diez años volviendo del colegio… La puerta chirrió… El olor a cerrado me dio de lleno.
    —Mamá…
    Aunque ya presentía que nadie me iba a responder.
    La cuarta tabla del pasillo crujió. En el salón, los muebles, son fantasmas blancos.       Quité la sábana del aparador. Los marcos de fotos con la felicidad congelada me miraron con docenas de ojos. Apreté la caja contra mi pecho.
Entré en la cocina. Recordé el olor a café recién hecho, las rosquillas de canela y anís…  Me pareció oír a mis padres charlando sobre naderías. Una lágrima, después otra, resbalaron por mis mejillas.
    —Hola, ¿hay alguien ahí? Salga o llamo a la policía.
Salí. Una mujer mayor, apoyada en un bastón, me repasó de arriba abajo. La tranquilicé:
    —Hola, soy Laura, la hija de Juan y Julia. Vine a ver a mi madre.
    —Vaya, hija. Cuánto lo siento. Julia murió el otoño pasado.
    La caja de regalo con el lazo rojo resbaló de mis manos… Después de dar varios botes por las escaleras, el contenido de la caja se desparramó en la nieve. Los «Hoy hice la mermelada de grosellas, tu preferida», «Papá está enfermo», «Te quiero, hija», «Te echamos de menos» se mezclaron con los sobres cerrados de mis promesas incumplidas… Ya ni me acuerdo por qué.
    Me derrumbé ahí mismo. Quise gritar, quise pedir perdón, rogar para que el tiempo volviera atrás. No hice nada de esto. Solo me quedé sentada en la fría escalera de mi antigua casa.


    Y la nieve seguía cayendo en silencio.






                                                                                                                       31/03/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Queridos Lectores, si este relato les hizo sentir algo, me encantaria leerlo en vuestros comentarios.  


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Chupachups

El odio

15 de junio de 2025

El pan de Eliza

 El pan de Eliza



 

La guerra había terminado…
        De la aldea de Tres Pinos, solo quedó el nombre. Los tres troncos quemados se alzaban hasta el cielo como tres gigantes negros. Con sus ramas retorcidas y rotas, los pinos lloraban, y su savia ámbar, que bajaba en finos riachuelos, se endurecía y brillaba bajo el sol de principio de otoño.
   Los habitantes, que se habían escondido en las profundidades del bosque, empezaron su triste regreso al hogar. Mujeres, niños y viejos, acompañados de unos pocos hombres, (ya que muchos estaban en la guerra o caídos en las batallas), con lágrimas, contemplaban las ruinas de sus vidas. Las casitas de adobe y madera, saqueadas y algunas, quemadas, ofrecían una dolorosa imagen.
      Eliza, la panadera del pueblo, estaba de pie frente a su casa. No estaba quemada, pero su puerta de roble macizo colgaba de un solo gozne; las ventanas sin vidrio parecían los ojos de un muerto. El suelo estaba cubierto de trocitos de cerámica y de utensilios de cocina rotos… Ella solo estaba preocupada por una cosa, el horno. Con el corazón encogido, entró. El destrozo de sus pertenencias la llenó de congoja… El horno de pan tenía una grieta que, como una cicatriz, lo recorría de arriba abajo. Eliza se encomendó a Dios, con esperanza de que, aun así, pudiera cumplir con su cometido.
    La mujer, con mucho esfuerzo, movió el viejo arcón, dejando a la vista la trampilla al sótano. Se sintió aliviada: los saqueadores no la habían visto. Su “tesoro”: bandejas de hierro, varios sacos de trigo de centeno y un tarro de miel que pudo esconder antes de huir — estaba a salvo. Después de limpiar y ordenar, se puso a hacer el pan…
       Los habitantes en silencio se afanaban en arreglar sus casas y en limpiar los estragos. Entre los ruidos de hachas y martillos, se oían sollozos y quejas de los hambrientos niños: las bayas y las setas no llenaban sus barrigas. Sin monedas o productos para hacer el trueque, solo quedaba rezar y esperar el día siguiente…
    Al llegar la noche, Eliza metió las hogazas en el horno. Cuando sacó la primera bandeja, el olor al pan recién hecho, se expandió por su casa. Y a través de las tablas que tapaban las ventanas llegó a las calles del pueblo, dormido con un sueño inquieto.
       Las horas pasaban y la cocina se llenaba de los panes. Eliza los pintaba con un moñito de hierbas aromáticas mojado en la aguamiel. Esta se secaba en las cortezas calientes dejando un apetecible brillo dorado. El pan de centeno y miel, la receta que heredó de su abuela, estaba listo para ser repartido. Como una sombra más, la panadera con mucho sigilo recorrió las calles de Tres Pinos, dejando el pan en las casas de sus habitantes.
        A la mañana siguiente, nadie dijo nada. Pero se oyeron las risas de los niños. Eliza estaba feliz y volvió a hacer el pan, rezando para que el horno aguante, y después lo repartió, ocultándose en la noche.
      Al tercer día, cuando la mujer salía de casa, en la puerta encontró un ramo de flores. Después, unas bayas silvestres. Les siguieron los cubos llenos de agua. Sal. Huevos…  El juego continuó varios días más. Por la noche, Eliza repartía el pan y por la mañana encontraba los pagos que le dejaban sus vecinos.
     Hasta que una mañana, alguien llamó a su puerta. Era Marcos, el albañil del pueblo. Detrás de él, los vecinos, sonrientes.
      —Buenos días, Eliza. Este pan tan rico que haces, no lo puedes hacer en una casa sin ventanas, con una puerta que apenas cierra y el horno que está a punto de partirse por la mitad. Venimos para ayudar.
         Eliza, con las lágrimas en los ojos y sorprendida por tanta generosidad, les dio la bienvenida. Enseguida su casa se llenó de ruido, de risas y de canto…
      El sol de otoño teñía de oro los tejados de caña recién colocada. La brisa templada jugaba con las hojas caídas. El gallo en alguna casa de un poco más allá cantaba a plena voz. La vida tranquila después de tanto dolor se hacía notar poco a poco.
         Eliza, sentada en un tocón y rodeada de alegres niños, se sentía abrumada y… agradecida. Y en aquel momento se dio cuenta de que, al salvar la panadería, se salvaba el pueblo. Y que la esperanza, como el olor al pan recién hecho, llegaría a todos los rincones de aquella aldea, llamada Tres Pinos, y a mucho más allá: a la comarca que estaba recuperando la paz. Aunque no por mucho tiempo, pero, al fin y al cabo, la añorada paz.
         



13/06/0225, Gijón

© La Pluma del Este


26 de mayo de 2025

Por fin en casa

Por fin en casa 



 
Cuando entré por la puerta de mi nueva casa, otra nueva casa, ella me miró y se fue arriba. Cuando mi nueva mamá me llevó a mi habitación, vi que también era la de ella. Mi nueva hermana estaba en su cama con unos cascos y mirando el teléfono. Esta vez pasó de mí. Dejé mi mochila en la otra cama, la mía, y bajé a merendar. Ella se quedó en la habitación.
          Al volver, vi que una línea de tiza en el suelo partía la habitación por la mitad. Me quedé en mi mitad. Le di un “buenas noches”. No me contestó. Me despertó un sonido. Era ella. Estaba llorando, muy bajito. Pero yo la oía. Yo también me puse a llorar. Pero por dentro.
          Cuando desperté por la mañana, ella ya no estaba. En mi mesita había una muñeca Barbie y una nota. Leí: «Bienvenida». Abracé a la Barbie y lloré… Pero en voz alta.





                                                                    24/05/2025, Gijón

© La Pluma del Este


2 de marzo de 2025

Un jardín en la cabeza

Un jardín en la cabeza


“Si mis cuernos fueran flores,
yo tendría un frondoso jardín en la cabeza”.

Proverbio popular

 

 En un confortable sofá de un elegante despacho:
—Es mi mujer… Tssss… Hola, Tere… Aquí, liadísimo con el papeleo y me da que tendré que viajar.  Ah, ¿sí? … ¿No te importa? … ¡Dios! Acabo de acordarme del aniversario de tus padres… No podré ir. ¡Cuánto lo siento, cariño!… Ya… Dales un beso de mi parte y no escatimes con el regalo… Sí… Tú me conoces y sabes que nunca fallo a las celebraciones familiares. Eeh… Es que vino un cliente de Alemania y tengo que irme urgentemente a… Madrid. Sí, sí… Hoy mismo… ¿De veras?… Y yo a ti…
—¡Al final lo resolviste, mi vida! ¡Qué ilusión! Iremos de compras, a restaurantes… ¡Qué feliz estoy! Ven, que te lo demostraré…
—Mmmmm, siiiiiiiiii… Haremos lo que tú quieras, nena… Qué raro… Me extraña que mi esposa no insistiera… Ni se cabreó conmigo. Es como si se alegrara… Estaba rarísima…
 
 
En la cama revuelta de un lujoso hotel:
—¡Qué coincidencia! ¡Estamos de suerte! Así que tenemos mucho tiempo… Ven, mi fierecilla… Ufff, cómo me pones… Te comeré entera…
—¡Ha salido mejor de lo que pensaba!… Y qué fácil. Ni siquiera tuve que mentir… Mmmmm… Espera un momento. ¡Qué narices! ¡Mis padres celebran su aniversario en un crucero que les regalamos!… ¿A qué vino lo de darles el beso de su parte? De hecho, ayer él mismo los llevó al aeropuerto… Qué raro todo esto. Bueno, al hecho, pecho y al cuerpo, alegría. ¿Dónde lo hemos dejado, machote? ¿Dijiste “comer”?…
 





22/02/2025, Gijón
© La Pluma del Este



Este relato participa en el reto de  El Tintero de Oro dedicado al desamor.






16 de diciembre de 2024

Frío

 Frío



Frío…
Siento mucho frío…
   La despiadada gelidez clava sus garras y me come … Mordisco a mordisco. Trozo a trozo. Con mucho esfuerzo, enfoco mi mirada en la luna: llena, redonda, impasible. Su perfecta luz no desprende calor. También es fría. Muy, muy fría.
   La luna es el testigo mudo. Es como si me observara desde su infinita distancia. Ella lo ve todo, lo contempla, no toma partido por nadie. Ella es el ojo fijo del universo. Con su luz blanca ilumina lo justo para que uno sepa donde está y en qué situación. Sería mejor que las nubes no se hubieran movido. Así yo seguiría en las penumbras. Solo. Desvaneciéndome. Como si no existiera…
   Debo moverme. Los pensamientos cortocircuitados, como flashes, me impelan a luchar. ¡Muévete! ¡Levántate! ¡Arrástrate! Poco a poco. Para que te vean, si hay suerte. ¿Y el dolor? ¿Qué hago con tanto dolor que me tiene clavado en esta congelada zanja? No puedo. Estoy cansado… De todo… De luchar. De sufrir. De vivir.
   Quiero gritar… Pero mis labios están pegados con la sangre helada. Hace un rato lloré. Las lágrimas congeladas me han roto la piel. Sentí el dolor. Pero ya no. Estoy en las últimas…
   ¡Dios! ¡Voy a morir! ¡Qué absurdo! Yo solo tuve un reventón de la rueda. En esta solitaria carretera no había nadie. Y… no puse el chaleco. El puto camión apareció de la nada. Un tremendo golpe me hizo volar por los aires. Desde arriba vi el blanco e infinito páramo, mi coche, las luces traseras de la máquina mortal… Después, una caída en la nevada cuneta… Y el silencio…
  He perdido la última gota de calor que me quedaba. Luna… Luuuuna… Frío, fri… o…




                                                               16/12/2024, Gijón









18 de agosto de 2024

Noticias

 Noticias




La noticia, seguida de un dolor punzante, me dejó estupefacta. El reloj, regalo de mi padre para mis dieciséis, estaba hecho trizas y la sangre, que caía de un profundísimo corte, se mezclaba con la arena y el cristal — un desastre a mis pies. Y pensar que, hasta hace nada, yo estaba tan tranquila…
   En la televisión hablaban de las manifestaciones, “especialmente violentas”, de los agricultores. Las imágenes de cientos de tractores y gente de campo se alternaban con los de la policía preparada para dispersarles.
   El sol, salido de entre las nubes, entró descaradamente por la ventana, sacando a la luz toneladas de polvo y bolas de pelo de los perros. ¡Por Dios! ¡Si ayer mismo pasé el aspirador! Antes de que se me ocurriera volver a aspirar, bajé la persiana: así el salón se verá limpio. Encendí la lámpara de pie.
   La plancha soltó el vapor, avisándome que ya estaba preparada para dejar perfecto un montón de ropa que llevaba esperando… ¿Cuánto? ¿Una semana? La verdad es que no me gusta planchar, aunque se me da bastante bien. Y, según leí en algún blog de esos que dan soluciones a todos los problemas de la vida, tiene su lado positivo. Es como meditar: sabemos que es necesario, pero nunca lo hacemos. Así es con la plancha. Mientras estiras las arrugas y poco a poco las conviertes en una prenda suave, perfumada y preparada para ir al armario para después volver a estar sucia y estrujada (la rueda de la vida), tienes la mente en blanco.  En estos momentos solo piensas en planchar… En nada más. Meditación.
   Las noticias de la tele me deprimen. Tampoco me veo con las ganas de empezar una nueva serie. Me conozco. Si me engancho, dejaré que el aspirador y la plancha queden apartados para el después. La fuerza de voluntad se fomenta con estos pequeños sacrificios. Me siento fuerte y apago la televisión.
   Pido a Alexa que ponga la cadena de siempre. De nuevo noticias. Madre mía. Estoy a punto de pedirle algo de música. Veo que el reloj de arena necesita que le den la vuelta. Dios, qué dispersa estoy hoy. Así nunca acabaré de planchar. Y ya toca preparar la cena.
   Este reloj… Cuantos recuerdos. Me lo regaló mi padre como el “símbolo a la puntualidad”. Sí, mi papá tenía un sentido de humor un poco negro, ya que de adolescente yo llegaba tarde a todos los sitios. Le doy la vuelta. Tiene polvo. Agarro el bajo de mi camiseta de “andar por casa” y empiezo a limpiar…
   «Ahora proseguimos con el sorteo de cada viernes. Cinco… Cero… Uno… Seis… Nueve. El número ganador es cincuenta mil ciento sesenta y nueve. La serie cincuenta y cinco. Les recordamos que al acierto de las cinco cifras le corresponde el premio de doscientos cincuenta mil euros. Si coincide también la serie, el premio es de un millón de euros. Enhorabuena a los afortunados.»
   Me quedé congelada en el tiempo y en el espacio, con el reloj en la mano y con la fecha de mi cumpleaños, dando vueltas en la cabeza: cinco de enero de mil novecientos sesenta y nueve. Lo llevo jugando un montón de años… ¡Un cuarto de millón de euros! ¡Me ha tocado! ¡Me ha to...!
    ¡Crack! ¡Dios, qué dolor! El reloj, regalo de mi papá, está hecho trizas y la sangre, que cae a chorros de mi mano, se mezcla con la arena y el cristal. Empiezo a llorar y gritar de dolor y rabia. El reloj de los diez minutos, el único objeto de mi padre que me quedaba…






                                                                          17/08/2024, Gijón






  


14 de mayo de 2024

La Isla Bonita

La Isla Bonita






Nunca he sentido tanta impotencia.
   Ver a mi hija de tres años comer aquella cosa del color grisáceo y de una textura apelmazada, llamada “el pan”, con tanta ansia y disfrute, me dejaba hecha polvo. Pobre niña no sabía lo que era un pan blanco, esponjoso y rico, untado con la mantequilla y mermelada, con un vaso de leche de verdad y no de polvo amarillento, hecho de no se sabe qué…
   Vine a Cuba cuando la URSS empezaba a desmoronarse y su ayuda a la Isla disminuía con mucha rapidez. Sin sospecharlo, todos íbamos de cabeza al “periodo especial”. 
   Para los cubanos fueron los años de hambre y miseria. Con los apagones de dieciséis horas diarias. Con las estanterías de los supermercados vacías. Farmacias, sin medicamentos. Por la libreta apenas se vendían los productos básicos. Para conseguir huevos, mantequilla o algo de leche, recurríamos a la “bolsa negra” - el mercado ilegal. 
   Tuvimos que adaptarnos para sobrevivir. Aprendimos a sacar donde no había nada; reciclar, reinventar. Hacer lo que nunca uno ha pensado para llenar la barriga con algo. Éramos como aquellos niños pobres que miran los escaparates con golosinas; así veíamos las “shopping” para los turistas y gente con contactos, llenos de todo tipo de productos, y sin poder siquiera entrar ahí.
   Lloraba mucho, metida en el baño. Lloraba cuando acostaba a mi pequeña, contando sus costillas. Y me sentía culpable por no darle más, porque ella no tenía la misma infancia que tuve yo.
   Me ha costado mucho muchísimo esfuerzo para salir de la isla.  Pero al final me marché, me escapé y me llevé a mi hija conmigo…
   Sin embargo, una parte de mi corazón ha quedado ahí para siempre.







                                                                                                                        14/01/2023, Gijón

2 de diciembre de 2023

Chupachups

Chupachups 




En su otra y perfecta vida, él era un hombre afortunado: un buen puesto en un banco, una bella esposa, dos hijos niño y niña, una envidiable posición y bien relacionado. El destino le sonreía. Parecía tocado con la mano de Dios. Pero hace cinco años, en Navidades, todo aquello le fue arrebatado…
   Dos agentes entraron en su despacho. Con un tremendo pesar, le informaron que había pasado un terrible accidente con víctimas mortales. Un camión sin frenos invadió la terraza de una pizzería cercana. La misma, donde lo esperaban su mujer e hijos. Nunca habían estado ahí antes. Fue él quien sugirió el sitio. Aquel mismo día él murió también.
   Ahora observa a decenas de personas que pasan por su lado sin verlo. Son vísperas Navideñas y ellos corren, como hormigas, en busca de comida y regalos. Él antes también era así, pero la pérdida de su familia le ha roto su mente, dejándolo incapacitado para enfrentarse a la vida. Con depresión, sin trabajo, con deudas y falta de apoyo, se vio en la calle como un desecho.
Compartía esta esquina con un chico rumano, pero la mafia, después de darle una buena paliza por no ser «rentable», lo ha devuelto a su país. Con él no se metían. Por ahora.
El sonido de unas monedas, al caer, lo sacó de su ensimismamiento. Levantó la mirada y vio una mano pequeña que le ofrecía un Chupachups de fresa, acompañado de una alegre sonrisa infantil.
   Dos agentes entraron en su despacho. Con un tremendo pesar, le informaron que había pasado un terrible accidente con víctimas mortales. Un camión sin frenos invadió la terraza de una pizzería cercana. La misma, donde lo esperaban su mujer e hijos. Nunca habían estado ahí antes. Fue él quien sugirió el sitio. Si no fuera por él, su familia jamás estaría ahí. Aquel mismo día él murió también.
   Ahora observa a decenas de personas que pasan por su lado sin verlo. Son vísperas Navideñas y ellos corren, como hormigas, en busca de comida y regalos. Él antes también era así, pero la pérdida de su familia le ha roto su mente, dejándolo incapacitado para enfrentarse a la vida. Con depresión, sin trabajo, con deudas y falta de apoyo, se vio en la calle como un desecho.
Compartía esta esquina con un chico rumano, pero la mafia, después de darle una buena paliza por no ser «rentable», lo ha devuelto a su país. Con él no se metían. Por ahora.
El sonido de unas monedas, al caer, lo sacó de su ensimismamiento. Levantó la mirada y vio una mano pequeña que le ofrecía un Chupachups de fresa, acompañado de una alegre sonrisa infantil.



                                                                                       

                                                                                 



12 de octubre de 2023

Sé que volverá

  Sé que volverá


 

  

¡Amo, qué alegría! Veo que sacas mi arnés y la correa. Andas de un lado para otro. ¡Guau! Vamos a salir. ¡¡Guau, me encanta!! Adoro ir contigo, aunque hasta la esquina. Sé que ya no soy un cachorro y no me muevo tan rápido, pero los paseos largos me chiflan.
 ¿Bajamos al garaje? Mucho mejor. ¡¡Guau!! ¿Vamos de viaje? ¿Podemos ir al pueblo? Porfaaaaaaa… Me encantaría volver a ver a la hembra que vive al lado. Hemos llegado a un medio acuerdo. La tengo en el bote, como decís, los humanos. Solo falta traerle una salchicha. ¡Qué alegría! ¡Me encanta! Pa-se-o, pa-se-o… Nos-va-mos-de-pa-se-o…
   Amo, te noto extraño. Huelo preocupación. Tu tranquilo. Hacemos un buen equipo: tú y yo. Aunque no le gusto demasiado a tu nueva hembra. No te preocupes, la ganaré. Soy un especialista en las hembras. Sé que ella se enfadó mucho cuando mordí su bolso. Pero es que estaba tan apetecible y olía tan bien que no me pude resistir. Ya sé que los perros tan mayores como yo no deberían hacer estas cosas. Pero no he podido aguantar… Nunca más. Te lo prometo. ¡Ah! Lo de aquel zapato, no cuenta. Te pedí el perdón. Aunque me debes una por lo del otro día: meterme un termómetro por el culo no ha molado nada de nada. Esto no se hace. Y sin esperar. Uff… Todavía me tiemblan los cuartos traseros al recordar aquella encerrona en la clínica.
     Me encanta ir en coche contigo. Nunca sabes qué aventura vamos a vivir. Ay, qué tiempos aquellos, cuando éramos unos críos. Tú, con tu pelota de futbol, y yo con la mía, de goma. Qué bien nos lo pasábamos. Y hasta dormíamos juntos. Ahora tienes la puerta cerrada. Bah, no pasa nada. Estoy más a gusto en la cocina donde pasa el tubo de agua caliente. Uno ya tiene edad, ¿sabes? Aunque me siento como un chaval todavía.
     ¡¡Aaaaaamo!! Creo que te equivocaste del camino. El olor es diferente. No es por ahí. Date la vuelta. Hola, estoy aquí, atrás. Te veo por el espejo. Veo tu mirada. Mírame. ¿Por qué no me miras? Te-has-e-qui-vo-ca-do. ¿A dónde vamos? ¿Un sitio nuevo? ¡¡Guau!! ¡Vamos de aventura como antes! ¡¡¡Guau!!!
     ¿Por qué paras el coche? ¿Ya hemos llegado? No veo nada alrededor. Bueno, sí, un bosque. ¿Vamos a un bosque? ¡Pero si nunca vamos al bosque! Bueno, una aventura misteriosa, ¡guau!
     Mira como salto la valla. Ups. Qué golpe. Antes, yo volaría por encima. Mejor me pasaré por debajo. Ni se te ocurra reírte. Y no lo cuentes a la perra del vecino. Uno tiene su orgullo. Uff, aquí huele diferente. Me gusta. ¿A dónde vamos? ¿Me vas a amarrar? ¿Y cómo se supone que vaya contigo si me dejas aquí como a un cachorro maleducado? Aaaaamo… Mírame. ¡¡Guau!! ¡¡Un pícnic!! Trajiste mi mantita, el cuenco y la comida. También me vale, aunque unas ricas salchichas molarían mucho más.
     ¿A dónde vas? Puedes levantar tu pata aquí mismo, somos machos. Estas cosas no me molestan. ¡Aaaaamo! ¿A dónde vas? Esto ya no me hace gracia. No te veo. ¡Guau! ¡¡Guau!! ¡¡¡Guau!!! ¡¡¡Aaaaaaamo!!! ¡¡¡Aaaaaaamo!!! No quiero quedarme aquí. Esta correa es muy fuerte. ¡¡¡Guau!!! ¡¡¡Guauuuuuu!!!
    Oigo tu coche cada vez más lejos. ¡Guau! ¡¡¡Guauuuuuu!!! ¡No me dejes aquí! Quiero irme a casa. No sé qué ha pasado. No entiendo nada. ¿Qué hice? ¿Por qué te fuiste? Quiero volver contigo a nuestra casa… Tranquilo, Max, respira. Seguro que volverá. Sin ti no podrá vivir.  
     ¡Guau!… Moja… Lluvia… Odio la lluvia. ¡¡¡Aaaaamo!!! ¡¿Dónde estás?! Tengo que soltarme como sea. A ver esos dientes. Puedo con esa correa. Uff. Cuesta. Un poco más. Se resiste. Ya falta poco. Qué dolor en la boca. Sangre. Lo que faltaba: un diente roto. Sigo que ya casi está. ¡Ya! ¡Estoy libre!
     ¡¡¡Aaaaamo!!! ¡¡¡Guau!!! ¡¡¡Guau!!! ¡¿Dónde estás?! No hay nadie. A ver ese olfato. Coche estaba aquí y se fue… Por allá. Eso es. Ahí está la casa. ¡¡Aaamo!! ¡¡¡Voooy!!!…
     Tenía que haber bebido el agua del cuenco. ¿Ahora qué? Me muero de sed y este camino no termina nunca.
    Las patas me duelen un montón. Uff. Qué frío hace. Tengo hambre. Cuando llegue a casa no me quejaré del pienso. Lo comeré todo. Después, salchicha. Voy a echarme un ratito aquí, justo al lado de la carretera. Así mi amo me verá más rápido. Volverá… Segurísimo…
    


Sé que volverá…






                                                                                                                  11/10/2023, Gijón

La Pluma del Este






Este relato es una participación en el concurso de El tintero de oro





Te invito a conocer otras historias con los animales como protagonistas:





   

20 de julio de 2023

El destino

El destino




Él

Es el colmo de lo absurdo.
   Él, que es un hombre acaudalado, que tiene carencia de empatía y fobia a los pobres, no puede apartar la mirada de aquel niño de la calle, sucio y famélico.
   El muchacho se muestra cauto cuando el hombre medroso se baja de su lujoso coche y le ofrece una chocolatina. La pequeña mano con una tremenda celeridad la hace desaparecer en sus andrajosos ropajes. Su mirada furtiva muestra mucho miedo y a la vez, la candidez, tan propia de un niño, acostumbrado a cuidarse de sí mismo.
   El hombre tiene una solución idónea para el chico. Su esposa había tenido varios abortos y le mentaba cada poco sobre aquello. Así que echa una plegaria diligente al cielo y acompaña a su futuro hijo al coche.



Ella

Las ha vuelto a ver: madre e hija.
  Como cada tarde, iban, cogidas de la mano, hacia el carrusel, rodeado de familias felices y de niños, esperando su turno. Todo muy bucólico y perfecto. Sentía tanta envidia, que le costaba hasta respirar. ¿Por qué no ellos? ¿Qué han hecho para merecer el semejante castigo?
   Había abortado cuatro veces. Con cada pérdida, el sueño de tener hijos se hacía más efímero. Su marido ya lo había aceptado. Decía que la amaba por encima de todo. Pero ella entró en depresión y llevaba ya varias semanas sin salir de casa, convirtiéndose en una mera espectadora de vidas ajenas.
   Vio el coche de su esposo cruzando el portón. Qué raro, es muy pronto para que volviera del trabajo. Al abrirle la puerta, este entró con una enigmática sonrisa. De repente, una cara, pequeña y sucia, se asomó detrás de su gabardina. Unos enormes ojos marrones, llenos de inseguridad y vulnerabilidad, la han apresado para siempre.
   Un niño, un hijo. Destino…








                                                                                                                  05/01/2023, Gijón


13 de mayo de 2023

Me voy...

 Me voy…




Me estoy muriendo o, por lo menos, es lo que oigo alrededor. Gente susurrando, el sonido del agua, el pitido molesto… Y el frío, mucho frío. Lo siento apoderándose de mi cuerpo.
   Estaba pescando. O esta era mi intención. Vine muy pronto. Dejé a mi esposa durmiendo. Tan bella después de tantos años. Le di un beso. Por fin pude cumplir mi deseo: ir a pescar. Para un pensionista recién estrenado es algo incondicional. Estar tranquilo, sin prisas, solo con la naturaleza. La unión con lo divino. Suena cursi, lo sé. Creo que he cogido un par de buenas truchas.
    Después, un fuerte dolor en el pecho…
  Mi cerebro casi sin oxígeno me dice que me voy. Me siento tranquilo… El agua está llevando mis recuerdos como los pétalos de flores…






                                                                                                                           09/05/2023, Gijón


12 de mayo de 2023

Tamara

Tamara




Al jubilarme me aficioné a pasear a primera hora de la mañana, cuando el pueblo está tranquilo y apacible, las calles desiertas y los pájaros, todavía desperezándose. 
  El día de hoy prometía ser soleado y con una agradable temperatura. Lo que en el Norte llamamos «un día guapo». El perro de aquel tipo de nuevo meó en mi puerta. Estuve a punto de llamarle la atención cuando sonó el teléfono. Qué raro a estas horas. Reconocí el número de la factoría donde trabajé hasta hace nada.
   —Diga.
 —Tamara, soy Juan. Ha pasado lo que temías. El horno ha reventado y esto es un infierno. Ya envié un coche para recogerte.
  Enseguida marqué el teléfono de mi hijo que, siguiendo mis pasos, también trabajaba ahí. No lo cogió. De camino lo intenté varias veces. Nada.
  El coche no me pudo acercar más y tuve que abrirme el paso entre las ambulancias, policía y gente gritando.
  Lo que vi, me dejó medio muerta. Montañas de amasijos de metal ardiendo y mi hijo podría estas en algún lugar de este infierno. Volví a llamarle. Una y otra vez. Nada.
  Pasaron las horas. He perdido la noción del tiempo ayudando a poner algo de orden en aquel caos. Mi hijo está bien. Mi hijo está bien…
  Su cuerpo apareció a la mañana siguiente. En su mano agarraba el teléfono.
  Era un día gris y feo. La lluvia lavaba la sal de mis ojos…







                                                Este relato es la precuela del relato «Hola, guapa»


                                                                                                   
                                                                                                      07/05/2023, Gijón
  

17 de marzo de 2023

Hola, guapa

 Hola, guapa




Se asoma al acantilado: son unos veinte metros de caída. Solo dar un paso. Solo uno. Inclinarse y unirse al mar.
    Cierra los ojos y la invaden los recuerdos. Aborto, separación del “amor de su vida”, pérdida de negocio, las deudas… Demasiado peso y sin las fuerzas para llevarlo.
    Cuando estaba feliz, vino con él aquí. Entre la naturaleza, los paseos, la rica comida, su amor ha dado el fruto: después de tantos años de intentos, se quedó embarazada. Su felicidad era infinita. Planes, ilusiones, compras, el cuarto del bebé. A los cinco meses lo ha perdido todo y su vida se desmoronó. 
    Un paso… Solo uno…
  — Hola, qué bien se respira aquí, ¿verdad?
    Gira la cabeza y ve a una mujer risueña con un enorme saco a sus pies.
  — Soy Tamara y tú, ¿cómo te llamas, guapa? ¿Eres de por aquí? Nunca te he visto. ¿Te hospedas en la Casona de Juana? No te imaginas cuánto plástico hay por ahí abajo. Ni en cien años podré sacarlo. 
    El parloteo de la tal Tamara la saca de quicio. “Será pesada. ¿Por qué no me deja tranquila?” Y la mujer sigue. Que nosequé ecologistas, de nosequé alcalde, la vecina, el panadero… 
    Mientras tanto, el sol se hunde en el mar y el nordeste se adueña de los acantilados.
   — ¿Me ayudas a llevar este desastre al contenedor? Está a veinte minutos. Después te vienes a mi casa. Tengo un rico cocido. Odio cenar sola desde que hace diez días enterré a mi único hijo.






                                                                                                           01/03/20123, Gijón



7 de marzo de 2023

Solo

 Solo


  
Llevaba muchos días sin comer. 
   El agua pútrida de los charcos apenas mitigaba su sed. Iba sin rumbo, intentando salir de aquel bosque, lleno de árboles ahilados. Se sentía inane y abandonado.
    Antes su vida era feliz: estaba enjundioso y querido por su amo zahorí, al que acompañaba en sus búsquedas, muy lejos de los humanos, con bosques y valles interminables alrededor. 
    Una mañana el amo no se levantó. Su mirada consternada quedó fija en el cielo. Él permaneció a su lado días y noches. El pájaro alicorto que pudo cazar no le sació y, aun así, siguió velando a su amo.
    El oso salió de la maleza mirándolo con befa, sabiendo que no era un rival para pelear por el cadáver. Así que se arrastró bajo un tronco para esperar que el oso termine su festín.
    Macilento y zarrapastroso, salió de su escondite y emprendió la marcha. Divisó un claro entre los árboles. Este era una ciénaga y sus fuegos fatuos, brillando en la oscuridad, alumbraban el camino a casa…





                                                                 05/12/2022, Gijón





26 de febrero de 2023

Buscando la libertad

    Buscando la libertad





El mar hambriento jugaba con la chalupa como un depredador con su presa antes de engullirla. Las oscuras aguas esperaban un sacrificio.
    Los pasajeros, apretujándose unos a otros, rezaban para que terminase aquel infierno. Calados hasta los huesos, los niños ya no lloraban. Ella abrazaba a su hijo intentando darle calor que apenas ya conservaba. Su marido, con manos temblorosas, guiaba el bote.
    Con una tremenda embestida, el mar venció. Por última vez, ella miró a su amor antes de ser arrastrados al abismo…
    Gritos, frío, silencio y oscuridad…
    Key West volvió a iluminar aquellas aguas, llenas de vidas cosechadas. Las almas, buscando la libertad, se dirigieron hacia su luz…







      P.D. Dedicado a los miles de cubanos que se tiran al mar en busca de libertad…
                                                                                              
                                                                                                     27/11/2022, Gijón