19 de diciembre de 2025

175. La celera te mata

 La celera te mata





Al abrir la puerta de la mansarda, un olor a rancio y a las cosas olvidadas me dio de lleno. Di un paso. Otro… Hacía mucho que nadie entraba. Ahora que lo pienso, desde que mi abuelo desapareció. Él pasaba horas aquí, encerrado. Se podía oír sus balbuceos al hablar consigo mismo… O, con alguien.  Mis recuerdos de aquellos años son solo los retazos de la memoria. Y, sin embargo, sé que he entrado aquí una vez… Mi abuelo estaba escribiendo en una libreta… Muy absorto. Cuando me vio en la puerta, se enfadó muchísimo, me gritó y me echó. Me tropecé y caí por la escalera. Desde entonces tengo el tic de tocarme la cicatriz de mi frente. También discutió con mis padres. Después nos fuimos a nuestra nueva casa y el abuelo se quedó aquí… Solo… Durante veinticinco años. Sin llamadas, sin cartas, sin felicitaciones por Navidades y cumpleaños… Nunca hemos vuelto…  Hasta ahora.

           Hacía unos seis años que el abuelo había desaparecido sin dejar rastro. Mis padres pusieron la casa en venta. Yo decidí, por fin, mitigar mi curiosidad y ver por mí mismo por qué él pasaba tanto tiempo en esta buhardilla…

          Con la linterna del teléfono vislumbré una lámpara de pie. La encendí… La pantalla, que ahora era un hogar de las arañas, desprendió una luz amarillenta. La sombra del dibujo intrincado de la telaraña se reflejó en el techo. Al lado de la lámpara estaba un sillón antiguo y gastado y una mesita, llena de libretas apiladas. Me fijé en un par de guantes toscos de cuero que estaban colgados en el respaldo. ¿Qué hacían ahí?… Enfrente del sillón, en el centro de la estancia, había una estructura tapada con una sábana. Di una vuelta alrededor. La luz de la linterna se reflejó en las desnudas paredes. Pero las esquinas y las aristas de la buhardilla protegieron su oscuridad de mi invasión. Quité la sábana… Y descubrí un enorme espejo ovalado.

          Me miré y no me vi reflejado en él. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Lo toqué. Mis dedos casi se quedan pegados a la helada superficie. El cristal muerto estaba rodeado por una moldura negra y exageradamente repujada con rosas de un rojo intenso. Las toqué… Y el espejo cobró vida… Los tallos, llenos de espinas, empezaron a retorcerse como serpientes. Y su sonido, una especie de crujido y tintineo, se propagó por la habitación… Me pinché… Las rosas se quedaron quietas… A la espera… La sangre, formando un finísimo riachuelo, empezó a bajar por mi brazo… Metí el dedo en la boca… Mi boca se llenó de sangre… ¡Dios! ¿¡Si era solo un pinchazo de nada!? Sentí un mareo. Di un paso hacia atrás y tropecé con el sillón. Caí en él y una nube de polvo se elevó al techo. Miré al espejo. ¿O el espejo era el que miraba en mí?

          Recogí del suelo una libreta. La frase “La celera te mata”, “la celera te mata”, se repetía centenares de veces en cada página… Abrí otra libreta… Las ojeé una detrás de otra y todas, con más o menos inteligibilidad, tenían escrita la misma frase: “La celera te mata” … Me quedé sentado una hora… ¿O dos? ¿O más? Me sentía débil… La sangre no paraba de gotear. No tenía ni fuerzas ni ganas para moverme y llegar hasta el teléfono que estaba tirado en el suelo. Tampoco creo que valdría para algo; la linterna habrá gastado la batería.

          Miré al espejo. Ahora tenía una mancha oscura que poco a poco aumentaba de tamaño. Yo, como un conejo frente a una serpiente, no podía apartar la mirada.  Y, la mancha se convirtió en un rostro. El de una mujer joven y bellísima. Sus ojos color whisky estaban fijos en mí. De repente, el rostro empezó a cambiar.  Ahora me miraba una cara antigua, marchita y de muecas exageradas, que se rompieron con una risa desdentada… De aquella boca horrorosa no salía ningún sonido y, sin embargo, mi mente la oía. Una risa repugnante. Mi cabeza empezó a dar vueltas. La risa era más y más alta. Mi mente se licuaba con aquel sonido. De repente, todo paró… La cara desapareció.

          Entonces comenzó el tráfago: pasos arriba, pasos abajo, a los lados, golpes en el techo; la lámpara parpadeaba al compás. Las arañas enloquecidas subían por las paredes en oleadas. Era como si la mansarda entera se hubiera despertado de un letargo. Las libretas, como las aves siniestras, batiendo las hojas, formaron un círculo alrededor del espejo. Volando y volando cada vez más rápido, crearon una especie de torbellino. Yo me sentí arrastrado hacia él. Me aferré al sillón… Era una locura. Esto no podía pasar. Mis dedos ya apenas se agarraban al tapizado. Me di cuenta de que ni el sillón, ni la lámpara, ni la mesita se movían. Era total y absolutamente ilógico.  Recé a Dios, llamé a mi madre, lloré como un crío… Miré hacia el espejo… Convertido en una boca oscura y hambrienta, el espejo estaba a punto de engullirme… De nuevo la risa de aquella horrible mujer sonó en mi cabeza: «Ven, muchacho. No seas cobarde. Con tu abuelo no fue suficiente. Ni con tu hijo pagarás por el daño causado. Y los muertos no olvidan. ¡Ja, ja, ja!» … ¿Hijo? No tengo hijos… Una mano huesuda salió del remolino y empezó a arrastrarme hacia dentro. ¡¡Nooooooooo!!

          —Cariño, ¿qué te pasa? Despierta… Te llamé un montón de veces. Me tenías muy preocupada. ¿Te pasa algo?… Dime, cariño. —Sandra, mi novia, estaba de rodillas con cara de susto y preocupación. —He llamado a tu trabajo, también a tus padres. Y me dijeron que ibas a venir aquí. Menos mal que la puerta estaba abierta y pude entrar sin montar un escándalo a estas horas de la noche.

          Mi cabeza seguía dando vueltas. Me sentía confuso sin distinguir qué era el sueño y qué era la realidad. La voz preocupada de Sandra y sus besos poco a poco me sacaron de la pesadilla vivida:

          —San, estoy bien. No te preocupes. Solo que los recuerdos de mi infancia aquí y la historia con mi abuelo me dejaron hecho polvo. ¿Viste mi …? —el resto de la frase quedó atascado en mi garganta. El espejo seguía ahí, pero totalmente diferente. Era un espejo normal, con el marco labrado y repujado en oro. Nada que ver con la monstruosidad que me quiso engullir.

          —¡Qué espejo más bonito! Y es de pie. Estas piezas no se ven a menudo. En un anticuario cuestan unos cientos de euros o más. ¿Podríamos quedar con él? En nuestro dormitorio se vería divino.

          Solo de imaginar revivir la pesadilla salida de este espejo me dio escalofríos.

          —Vaya, cariño. Cómo sois los hombres, ja, ja, ja. Las mujeres siempre vemos joyas donde vosotros veis las antiguallas. Pues si no te gusta, aquí se queda. Cambia esa cara… Te voy a decir algo que te va a levantar el ánimo. De hecho, por esto estaba loca por encontrarte. ¿Te acuerdas de que te dije que me sentía rara? Pues… ¡Chan-chan! ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un bebé!

          Salté del sillón como un muelle. ¡Dios! ¡Seré padre! El amor que sentía por esta maravillosa mujer me hizo sentir el hombre más feliz del mundo. La abracé, la besé en su boca, su frente, su pelo. Olí la fragancia del perfume en su cuello… Y me miré mi mano izquierda que jugaba con el mechón rubio… En la yema del dedo corazón claramente se veía un pinchazo. Miré al espejo. Desde dentro salió volando una fotografía… Suspendida en el aire, que parecía jugar con ella, la fotografía se posó en la mesita. Como si estuviera ahí todo este tiempo. La cogí con la mano temblorosa.

          —¿Y esta foto? ¿Quiénes son, cielo?

          —Mi… Ejem, ejem… Es mi abuelo y la mujer tiene que ser mi abuela. Y la niña, es mi madre. ¿Sabes?, no llegué a conocer a mi abuela.  Ni siquiera vi sus fotos. Es como si jamás hubiese existido. Cuando yo nací, ella ya había muerto. No sé más. Igual mis padres nos pueden hablar de ella. —La fotografía temblaba en mis manos. No podía ser…  Era una locura. ¡La mujer del espejo era mi abuela!

           Cuando cerraba la puerta de la mansarda pude oír la risa diabólica de la vieja… «La celera te mata… la celera te mata, ¡ja, ja, ja, ja!»





38/12/2025, Gijón

© La Pluma del Este


27 de noviembre de 2025

174. Club Lunar de Mujeres Exhaustas

 Club Lunar de Mujeres Exhaustas





Pasaban los años y ella seguía corriendo detrás del tiempo. Ser madre, esposa, hija, nuera, empleada, cuidadora de dos perros, un conejo y varios peces la dejaba más cansada que Hércules con las caballerizas. A pesar de ello, no tenía la gloria mitológica como recompensa.

          Después de un día que parecía un maratón que ni el mismísimo Filípides aguantaría, se daba por satisfecha. Sin embargo, con la casa recogida, los niños bañados y el marido roncando, tenía ganas de no despertar en un año. Finalmente, cerró el libro, apagó la luz de la mesita y volvió a rogar al cielo, al universo o a lo que haya allá arriba:

          —Por favor, ¡un descanso! Un respiro, aunque sea de cinco minutos, sin que nadie me llame «mamá», «cari», «hija» o «señora».

         Y el universo, o eso que hay allá arriba, la escuchó…

          Cuando despertó, la envolvía un silencio muy silencioso. Nada del zumbido de la nevera, ni del torturador goteo del grifo de la cocina, ni de los ronquidos de al lado… Era un silencio solemne, cósmico, de esos que te asustan y, aun así, te dejan extasiada. Sobrecogida, la mujer salió de la cama. Y, en vez de pisar la gastada y áspera alfombrilla, sus pies se hundieron en el suave polvo lunar. ¿Lunar? Pues, sí. Si no, ¿cómo se podría explicar que la enorme bola azul llamada Tierra colgaba justo allí, delante? Tampoco se sorprendió al ver que su cama era una especie de mini platillo que se sostenía en el aire, cubierto con sábanas de algodón egipcio y decenas de mullidos cojines de plumas.

          —Buenoooooo… esto sí que es desconectar —se dijo, y soltó una carcajada que se perdió en el vacío.

          Dio un par de saltitos, primero algo torpes; después saltó como Pegaso, abrió sus brazos y gritó:

          —¡Soy una con el universo! ¡¡Soy-una-con-el-u-ni-ver-sooooo!! —se sentía libre y ligera. Ni un «¿qué hay de comer?», ni un «cari, me falta un calcetín», ni un «hija, dile a tu padre…», ni siquiera «Señora Rodríguez, bla, bla, bla…».

          Se tumbó bocarriba sobre el polvo chispeante, mirando a las estrellas. Mientras estaba haciendo un ángel lunar, vio a un pequeño marcianito verde con las alitas doradas de un querubín. ¿O más bien, lunarcito? Pero ¡qué mono, por Dios! La saludó con su manita de tres dedos, le tiró un tubo dorado y se desvaneció con cara de fastidio. A la terrícola le pareció oír: «Otra más. ¿A dónde vamos a parar?» ¿Otra más? ¿Dónde?

          Nuestra exploradora espacial abrió el tubo y sacó un pergamino.

 

Querida nueva amiga,

Si estás aquí, significa que ha llegado el momento de conocer

Club Lunar de Mujeres Exhaustas. Ponte cómoda en tu cama y agárrate fuerte.

 La aventura te espera.

         

                                                           Las Discípulas de Hera,

 las que encontraron este refugio antes que tú.

 

          —Universo, querido, te pasaste de generoso —rio y se acomodó entre los innumerables cojines. —Yo solo pedí cinco minutos y me mandaste las vacaciones interplanetarias.

          La cama-platillo o el platillo-cama se elevó hacia las estrellas, sobrevoló el borde de un inmenso cráter y se precipitó abajo, a través de una espesa niebla.

          Lo que vio nuestra intrépida viajera, la dejó sin palabras. Un mundo de color y luz se expandía por toda la superficie. En el centro del cráter y rodeado de exuberantes jardines en cascada; en la cima de un monte, se erguía un magnífico palacio. Sus cúpulas de cristal brillaban en colores que ni siquiera una mujer sabría nombrar. Donde alcanzaba la vista, las innumerables fuentes disparaban hacia el cielo un líquido rosa sospechoso.  A su alrededor, las miríadas de marcianitos-lunarcitos cargaban bandejas de copas flauta, llenas de… ¿Champán rosado? Uno pasó muy raudo justo por encima de la cama-platillo. Y casi muere del susto cuando un brazo ágil, surgido de entre cojines, agarró una copa llena. La mujer la apuró de un trago. Las finas burbujas le cosquillearon la garganta.  No recordaba haber bebido algo tan exquisito. Cazó a un par de camareros voladores y les dejó sin su carga.

          Después de varias, bueno, bastantes, copas de champán, nuestra dama estaba feliz y relajada. Hasta que… se vio rodeada de un enorme enjambre de bombones de Godiva. En forma de corazón, de bolitas; de chocolate blanco, negro y con leche; con perlitas y polvo de oro; con y sin relleno… Todos querían ser tocados y saboreados. ¿Qué milagro era ese? La mujer se pellizcó y se tiró del pelo. Le ha dolido.

          —Definitivamente, estoy loca o colocada. Pero no me iré de aquí sin probar esta maravilla. —Y se metió un Godiva en la boca. Cerró los ojos de placer… Lo siguieron una docena más y más champán. Lo extraño es que ella no se sentía ni ebria ni llena. —Definitivamente, estoy muerta y este era el paraíso.

         Con la boca y las manos manchadas de chocolate, la mujer, por fin, vio que no estaba sola. Había muchas más mujeres. Unas, navegando en los barquitos de colores; otras, nadando; otras, tomando el café en las terrazas llenas de flores, o, paseando sin más… Todas vestidas con túnicas vaporosas y el pelo suelto. Como en la antigua Grecia. Con nostalgia se acordó de su viaje de novios a Atenas. Hace muchísimo. En su otra vida. Las mujeres, muy sonrientes, la saludaban y le daban la bienvenida.

         Con una pirueta en el aire, digna de un caza de combate, la cama-platillo aterrizó… No —alunizó— en las afueras del resort. El contraste con el mundo bucólico que acababa de sobrevolar era tremendo. Un llano polvoriento gris y montículos de sacos apilados. Se respiraba la atmósfera triste y opresiva.  Un poco más allá, una enorme puerta de oro desprendía una cálida luz.  Una fila de mujeres, cada una con un saco en la espalda, esperaban su turno para pasar…  El platillo-cama dejó a nuestra viajera y desapareció con rumbo incierto.

          Unos marcianitos-lunarcitos con caras de pocos amigos la cargaron con un enorme saco lleno de… piedras negras, violetas y amarillas, y la colocaron en la fila con las demás mujeres:

         —Anda, ¿más peso? Y yo que pensaba que estaba de vacaciones. —Nadie le hizo caso. Nadie hablaba. Cada una llevaba su saco. Y todos contenían la distinta carga. Las piedras negras eran las pérdidas; las rojas, amores rotos; las amarillas, facturas y deudas; las azules, las enfermedades; las violetas, preocupaciones; las marrones, la soledad…

          Ya en la puerta, una mujer bellísima, con pinta de diosa, preguntaba algo a cada visitante, la abrazada y le pedía desprenderse del saco. Unas lo quitaban como un abrigo; otras, lloraban y se agarraban a él como si de su segunda piel se tratase… Finalmente, con una sonrisa y espalda recta, cruzaban la puerta y desaparecían en el oasis lunar. 

          —Hola, querida. Puedes dejar tu saco aquí. Te esperará hasta que vuelvas. Nadie más que tú podrá sobrellevar tu carga…  Sé bienvenida al Club Lunar de Mujeres Exhaustas.

          A nuestra heroína le ha costado lo suyo dejar el saco multicolor. Aquellas piedras eran parte de su vida.

          Por fin, ya ligera como una pluma, la mujer atravesó la puerta. En un parpadeo, su camisón de Pikachu se transfiguró en una túnica vaporosa, y la coleta de cuatro pelos en una preciosa melena. (JL se moriría de envidia, segurísimo.) Se unió al grupo de las recién llegadas.  Ahora ya se veía bella y, por primera vez, se sentía hermosa, rodeada de otras como ella: mujeres corrientes, convertidas en diosas… aunque el hechizo no duraría mucho. 

          Las nuevas exhaustas se acercaron, todavía deslumbradas por sus nuevos ropajes, hacia un gran poste informativo que brillaba como el neón celestial. Allí, en letras plateadas, se anunciaban las actividades y talleres:

 

Aprende a decir NO.

Trucos para evitar las cenas en casa de tu suegra.

Idioma para dejar sin palabras a tu hijo/hija adolescente.

¿A dónde van los calcetines?,

Los maridos no nacen, se hacen.

Meditación exprés para no matar a tu jefe…

 

         Nuestra diosa viajera iba leyendo entre risas… hasta que, de golpe, se topó con alguien conocido. Ni más, ni menos que su jefa.  Sí, la misma cabrona que la tenía amargada con quejas, encargos imposibles y correos electrónicos y llamadas a deshoras. ¿Qué hacía allí?

          Ella no lo sabía, pero en aquel reino lunar, incluso su odiada jefa, se había desprendido de su saco de piedras: el marido que la había cambiado por una más joven, el cuidado de su madre enferma, los problemas en la empresa y su lucha para mantenerla a flote… Por primera vez no le pareció una bruja sin corazón, sino una igual, una diosa cansada y rota como las demás. Compartieron las confidencias, bebieron y rieron… Dos mujeres corrientes con sus cicatrices. Y entre risas, nuestra protagonista eligió su primer taller: Aprende a decir NO. Y su jefa: Meditación exprés para no matar a tu jefe…

          El despertador casi la tira de la cama.

         —¡Ostras! Vaya sueñecito… Ufff. —Despeinada y de nuevo con el camisón de Pikachu, nuestra protagonista, salió de la cama. La de siempre. El tacto áspero de la alfombrilla la devolvió a la realidad. Y empezó la batalla: «¡Mamaaaaaa! ¿Planchaste mi falda plisada?», «¡Mamaaaaaa! Tobi llenó mi jersey negro de pelo», «¡¡Guau, guau!!», «Cariño, acuérdate de que este domingo comemos con mis padres».

          Con una sonrisa enigmática y la calma de quien ha viajado por lunas, ha visto palacios de cristal y Godivas que llueven del cielo, la valiente viajera intergaláctica, se enfrentó a su familia. Los niños chillaban, los perros ladraban, el marido, en busca del calcetín perdido, el conejo con cara de susto y los peces… Todo esto parecía el universo entero.  Ella respiró hondo y, con la fuerza de Minotauro, soltó:

          —¡¡NO!!

          Y el mundo, al menos por un segundo, se detuvo. El libro Mitología de la antigua Grecia, se cayó de la estantería.

 

 

           En la oficina, como siempre, con prisas y sin aliento, se dio de bruces con la jefa. Con cara de susto y con un “lo siento” en la boca, nuestra heroína se quedó sin palabras cuando la otra le guiñó el ojo. Y supo que ambas recordaban la Luna.

 



27/11/2025, Gijón (o Luna...)

        © La Pluma del Este


24 de octubre de 2025

170. Un tesoro en la grieta

Un tesoro en la grieta

 

 

Antes de encerrarse en la garita, Gregorio hizo una ronda completa. Con linterna en mano comprobó las puertas, miró los candados, espantó a un par de ratas bien gordas. Y se dio el susto a sí mismo al tropezar con una tubería:

          —¡La madre que te…! Por un momento creí que era un puto cadáver. ¡Reostia! —Y, después de darle una patada, prosiguió.

           Era su primer turno de noche. Normalmente, le tocaba de día, pero el compañero dijo que no venía más y, ni corto ni perezoso, se largó de la empresa. Así que Gregorio aceptó cubrir este turno. Otros cien pavos más no le vendrían mal.  Y el curro era de los fáciles: cuidar una nave vieja llena de maquinaria oxidada, tubos de todo tipo y más trastos de hierro cubiertos por lona. ¿Quién iba a robar esa basura? Pero «donde manda el patrón, no manda el marinero». El trabajo era tranquilo y se cobraba bien. Con esta idea tan satisfactoria, Gregorio se metió en la garita, puso un pódcast sobre misterios y cerró los ojos.

          Un ruido lo sobresaltó. Parpadeó. Un haz de luz vagarosa[1] bailó a través del sucio cristal. Gregorio entreabrió la puerta. Por el pasillo central se movían unas sombras. Miró el reloj.  Era la una menos cuarto. Con el teléfono en mano y con el Revólver calibre treinta y ocho, en la otra, el vigilante se adentró en la oscuridad. Su corazón iba a mil por hora y en su cabeza todavía sonaba la historia sobre un espíritu de una siniestra anabolena[2] que envenenó a sus padres para quedarse con la herencia…

          Gregorio conocía bien el almacén y, moviéndose como un gato, asechó hacia el fondo, donde se oía una acalorada discusión. Se escondió detrás de una vieja furgoneta y se asomó con muchísimo cuidado. Lo que vio delante, lo dejó alucinado.

          —… no sean tan pelmazos. Aquí está todo el botín. ¿Acaso creen que yo les iba a estafar? ¿Por quién me tomáis? ¿Por un aurívoro[3]? —Un hombre regordete, vestido con un traje de raya fina que le quedaba dos tallas menos y con una rosa en la solapa, estaba enfrentado a otros dos con pinta de delincuentes.

          —Mire, señor Marcel, no es que no le creamos, pero aquí falta el pedrusco. Yo y Tuerto lo vimos con nuestros propios ojos antes de meterlo en la bolsa. Y aquí no está. Tuerto, lo viste, ¿no?

          —Ssssi… Y el naife[4] ese brillaba tanto que lo vi con mi ojo ciego. Ejem, ejem… Es un poco exagerado, pero es lo que vi. Y compartir el botín es de gente honrada. Estoy con Gordon.

          La discusión aumentaba de volumen. A Gregorio le extrañó que los tres ladrones no se preocuparan por causar tanto alboroto. De repente, el tal Gordon sujetó al trajeado por detrás y Tuerto empezó a registrarle los bolsillos. Señor Marcel, se zafó y agarró a su atacante por la barba. Se armó la pelamesa[5]: golpes, patadas, mordiscos. Los dos cayeron el suelo y empezaron a rodar… Gregorio salió de su escondite:

          —¡Parad ya! O llamo a la policía.

          Tuerto sacó un cuchillo.

          —¡Suelta el cuchillo o te pego un tiro! — Gritó Gregorio.

          Los tres no le hicieron ni caso. Tuerto se acercó a los compinches y, después de vacilar un momento, clavo el cuchillo. Gordon gritó y de su costado salió un chorro de sangre. Gregorio disparó. La bala pasó a través de Tuerto y se perdió en la oscuridad. El vigilante volvió a disparar… Nada. Mientras tanto, el señor Marcel se liberó del abrazo mortal de Gordon y sacó… una pistola pequeña. Tuerto, cuchillo en mano, lo miraba fijamente. ¿Quién era el primero —la bala o la puñalada? Gregorio, boquiabierto y, teléfono móvil en mano, no sabía si llamar al ciento doce o… Se oyó un disparo. Tuerto soltó el cuchillo y se agarró al abdomen. Cayó de rodillas. Señor Marcel se incorporó con dificultad y respirando como un fuelle viejo… Metió la mano dentro de la chaqueta y sacó un enorme diamante de un azul intenso. Los múltiples destellos saltaron de su mano y huyeron en todas las direcciones. Aquel brillo era de una estrella de hielo: imposible de describir ni alcanzar. Su belleza se reflejó en los ojos de los tres hombres. Gregorio, como un espectador involuntario, contemplaba la escena más surrealista y fantástica que haya visto.

          Tuerto con rapidez de su cuerpo moribundo, clavó el cuchillo en la ingle de señor Marcel. Este se cayó sentado, sin soltar el naife. Su mirada seguía clavada en la piedra. El suelo sucio de hormigón se teñía de rojo.  Tuerto se arrastró hacia la mano con diamante. Señor Marcel, con las últimas fuerzas que le quedaban, lo arrojó lejos.

          El naife rodó por el suelo y… Se precipitó por una grieta… Por un instante, su luz azul se elevó hacia el techo y se hundió en la profundidad. 

          Gregorio se acercó a los hombres para ver si estaban vivos. Los tocó… Y tocó el aire. Sin creer a sus ojos ni a lo que estaba pasando, siguió la estela azul. Llegó a la grieta, se puso de rodillas y lo vio: ahí, abajo, a unos cuantos metros, el diamante más raro y codiciado del mundo. El diamante azul. El naife.

          La alarma del móvil sonó a la una y media. Gregorio se sacudió el sueño. Tocaba hacer otra ronda. Al llegar al fondo de la nave, vio una especie de luminiscencia azul. Se acercó. De una grieta en el suelo salía una luz de color hielo…                                                                  


[1] Vagarosa- que vaga de un lugar al otro

[2] Anabolena- mujer alocada y trapisondista

[3] Aurívoro- codicioso de oro

[4] Naife- diamante de calidad superior

[5] Pelamesa- una pelea en que los contendientes se asen y mesan el cabello o la barba          

     

24/10/2025, Gijón
Autor: © La Pluma del Este
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17 de octubre de 2025

169. La némesis de San Pedro

 

La némesis de San Pedro

 

 

La vida empieza muchas veces

 

 

La fila interminable de almas se perdía entre las montañas de nubes semejantes a algodón de azúcar. Por encima de ella volaba una melodía de murmullos, suspiros y quejidos, salpicados de llantos y de alguna que otra risa infantil. Los hombres, intentando mantener el tipo y mirándose las uñas o el reloj, seguían sin creer del todo que este era su viaje final. Las mujeres, retocándose el pelo y hablando entre ellas, parecían estar en la cola de un supermercado. Los niños —niños son— corrían y jugaban, ajenos a la brevedad de sus vidas. Y los ancianos, encorvados bajo el peso de los años, esperaban con paciencia al eterno descanso. Todas las almas llegaban a las puertas del cielo por caminos distintos, pero compartían la misma expresión: «¿Este es el fin? ¿Estoy muerto? ¿Ya…?»
   El apóstol San Pedro, en toda su deslumbrante magnificencia —aunque con la paciencia desarrollada por los siglos en el mismo puesto— les franqueaba las puertas del cielo. Cogía a cada uno de la mano, posaba la otra en su cabeza, le bendecía y, con un gesto tan amable como rutinario, lo guiaba a través de las puertas al Más Allá. A veces murmuraba algo como “siguiente” o “ahí no lo vas a necesitar”. Aquel lugar respiraba la calma perpetua. La aceptación del sino no dejaba lugar al… ¿Alboroto?
          Un murmullo, al principio bajo, iba subiendo de tono. Lo siguieron los empujones y saltitos. Algunas almas salieron de la fila. Otras quisieron subirse a las nubes cercanas. El Apóstol tomó la postura de su santa indignación y con una voz de trueno preguntó:
   —¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¿Por qué este alboroto?
       Y entre las piernas de la corpulenta señora de cierta edad y de un respetuoso anciano apareció… ¿Un perro?
       San Pedro restregó sus ojos con la túnica celestial y volvió a mirar. Sí. Delante de él estaba un perro. Grande, peludo y con una oreja mirando para abajo y con la otra, al lado contrario. Su lengua, como una bayeta colorada, salía y entraba de la dentuda boca. El perro se sentó sobre sus cuartos traseros y clavó la mirada en San Pedro.
   —¡¡Guau!! ¡Guau! ¿Guaaaau? —es lo que oyeron los presentes. Sin embargo, el Apóstol entendió lo siguiente: —Saludos, Guardián de las puertas. ¿Viste a mi Amo?
     Aunque parezca mentira, el Gran Apóstol quedó mudo. Después, recuperó la compostura y le contestó al polizón:
        —No, no he visto a tu amo… todavía. Y tú, no deberías estar aquí. Vuelve al cielo de mascotas… Siguiente…
         El perro no se movió. De hecho, de una nubecita se hizo la cama, se rascó, se relamió, se mordió las uñas y, después de todo este ritual, clavó su penetrante mirada en San Pedro.
      Desde aquel momento se acabó la tranquilidad de las almas y la concentración del Guardián de las puertas. La fila ya no era ordenada ni iba más allá de las nubes de algodón de azúcar. Aquello se parecía más a una romería, pero sin orquesta. Los niños querían jugar con el perro; las mujeres chillaban para que tuvieran cuidado; los hombres se preguntaban si el perro era suyo y los viejos, con lágrimas en los ojos, recordaban a las mascotas de su infancia.
        Tal desatino no podía continuar. Así que San Pedro chascó los dedos y el perro desapareció. No es que lo matara, nada por el estilo. El perro bajó al mundo de los vivos para buscar a su amo. Y todo ha vuelto a su sitio. Pero no por mucho tiempo.
     Mientras en el cielo apenas pasaron un par de horas, en la Tierra, toda una vida perruna. Y de nuevo en las puertas del Más Allá apareció un perro. Esta vez, una cosita canija y escuálida, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas y con los dientes mellados; y… con una oreja mirando para abajo y con la otra, en dirección contraria. Un señor distinguido, que estaba a punto de cruzar la puerta, pisó la colita del perro y este empezó a chillar. Era un sonido tan estridente que taladró los oídos al mismísimo San Pedro. Las almas se dispersaron, como las ovejas por un prado. 
       —¿Tú otra vez? Y no, no he visto a tu amo. ¿Lo buscaste? Vaya, cuánto lo siento. Adiós. —Con el chasquido de los dedos, el Apóstol mandó al chihuahua a la tierra. Otra vez.
    Al chihuahua siguió un pastor alemán; a ese, un perro salchicha. Después, un labrador chocolate, un perro mestizo, un caniche… Todos tenían una oreja mirando para abajo y la otra, en dirección contraria; todos tenían la mirada penetrante de ojos sabios, todos buscaban al mismo Amo y todos eran el mismo perro. San Pedro vivía en un perpetuo déjà vu. Ni los ángeles, ni el resto de los apóstoles, sabían explicar cómo un alma de un simple perro estuviera conectada tan fuertemente a un ser humano. Era un amor tan inmenso e imperecedero que traspasaba la existencia.
     San Pedro ya no se molestaba en arreglar la fila de almas. Total, ¿para qué? Si en cualquier momento aprecia Perro, y todo iba al traste. El Guardián de las Puertas pedía una tregua, un descanso. Y, aunque era un pecado solo de pensarlo, rogaba por la pronta aparición del Amo. ¿Cuántos perros puede haber en la vida de un humano?
      Miles y miles de almas llenaban la infinita pradera sin tener mucha prisa para pasar al Más Allá. Unas charlaban, otras jugaban a pillapilla, otras cotilleaban sobre los demás. Nadie prestaba atención a las inmensas puertas doradas y al ser celestial que las guardaba. Sentado en un taburete, cabizbajo y muy, muy cansado, el Apóstol San Pedro, por vez primera en su milenaria historia laboral, no cumplía con su trabajo.
        —¡¡Guau!! ¡Guau! ¿Guaaaau?
        —Vete. Haz lo que quieras, pero déjalo ya.
        —¡¡Guauuuuuu!!
        San Pedro se levantó y estuvo a punto de mandar a Perro lejos, cuando una mano anciana lo paró. Ahí, justo delante, estaba un enorme perro peludo y con una oreja mirando para abajo y con la otra, al lado contrario. Su lengua, como una bayeta colorada, salía y entraba de la dentuda boca. A su lado, un anciano frágil. Ambos se apoyaban el uno en el otro. El perro se sentó sobre sus cuartos traseros y clavó la mirada en San Pedro.
     —Hola, amigo. ¿Así que has vuelto? Y encontraste a tu Amo. Dígame, señor, ¿cómo un perro ha sido capaz de vivir varias vidas para encontrar una, la suya? ¿Por qué? ¿Qué os ata?
     —Ese chucho grandullón, me salvó cuando yo tenía unos cinco años. Cuando los alemanes entraron en nuestro pueblo, mataron a todos. Y este maravilloso animal, me cubrió con su cuerpo. Quedó herido. Se murió, pero me salvó a mí. Jamás lo olvidé. Tuve varios perros y a todos les llamé por su nombre: Niko. Y ruego que nos deje pasar estas puertas juntos. Se lo suplico.
    San Pedro frunció el ceño. La petición del anciano incumplía las reglas: las almas humanas no se mezclaban con las de mascotas. El perro, Niko, sentado sobre sus cuartos traseros, le miraba fijamente con sus penetrantes ojos marrones. Ojos de un ser que ha visto y sufrido tanto y por un amor imperecedero.
    —Anda, pasad. Y, Niko, no te quiero ver rondando por aquí. Ya hemos perdido demasiado tiempo. El cielo no debe esperar.





17/10/2025, Gijón

© La Pluma del Este

         

2 de octubre de 2025

167. De oro al heno

 

De oro al heno

 

 

El palacio real, rebosante de actividad, se preparaba para el decimoctavo cumpleaños de la heredera del trono, la princesa Emma. Carros de flores frescas y de toda clase de viandas formaban una larga fila en el portón lateral del castillo. Los mercaderes vendían telas, perfumes y chucherías, compitiendo con malabaristas y juglares por la atención y las monedas del público. Los olores a humo, a pan recién hecho, a carne asada y especias se propagaban por todos los rincones y se mezclaban con la peste del estiércol de caballos. Las lujosas carrozas de invitados entraban acompañadas por la estridente fanfarria de los trovadores. Los ricos y el pueblo llano se mezclaban en las calles y plazas; en tan extraordinaria celebración, todos se entregaban al cotilleo sobre la familia real y la corte.
       La causa de todo aquel alboroto, la princesa Emma, estaba sentada en la terraza de sus aposentos. Rodeada de damiselas, tomaba una infusión de hierbas aromáticas en una taza de la más fina porcelana, con su meñique real alzado. Sonriendo de medio lado, lo justo para evitar las arrugas alrededor de su preciosa boca, Emma estaba complacida con ser el centro de atención. Los regalos estaban llegando desde hacía días y ella se impacientaba por abrirlos. La curiosidad la estaba matando. Así que decidió no esperar más y, escoltada por el séquito, se dirigió al salón rosado.
    Por la inmensa estancia pululaban los pajes y sirvientes, colocando sobre las mesas innumerables cajas y paquetes, envueltos con los primorosos papeles de seda y finas telas. La princesa, orgullosa y henchida como las velas de un barco, empezó a pasearse entre los regalos leyendo las tarjetas con las felicitaciones. El conde tal, la baronesa cual, los señores de nosequé… Gente que no conocía, y cuyo nombre apenas merecía su atención.
       Sus bonitos pies la llevaron a una mesita apartada. Y ahí la vio: una hermosa arca de madera noble, ornada con intrincados dibujos de flores y animales. Las gemas incrustadas en la tapa se reflejaron en los ávidos ojos de la princesa. Con premura, Emma la levantó. Y lo que vio dentro no la impresionó ni lo más mínimo:
      —¿Y para qué quiero yo un libro? Y, mucho menos, uno viejo y sobre plantas y cosas raras. Bah. Sin embargo, el arca me agrada. —Y sin más dilación, tiró el libro por la ventana, que se precipitó, con sus páginas revoloteando como un pájaro raro, y aterrizó en un montón de heno. Los caballos ahí presentes quedaron ojipláticos del susto e interrumpieron su apacible almuerzo. Un joven mozo salvó al pobre libro de la excesiva curiosidad de los equinos.
      —Vaya, vaya. Los de arriba se han vuelto locos; tiran la sabiduría por la ventana. —El mozo recogió el libro.
         «Codex… Salu… ¿tis?», murmuró para sí. «Vaya nombre. Suena a un libro de curas, aunque quizás más a brujería.» Se quitó la camisa y con mucho cuidado envolvió su hallazgo. Después de apaciguar a los caballos, desapareció en las caballerizas reales.
       Era bien entrada la noche y la fiesta continuaba. La música, los gritos y vítores que salían por las ventanas y puertas del palacio, se oían a leguas. Sin embargo, en una pequeña habitación, alejada del bullicio, justo detrás de las caballerizas, reinaba el silencio y, a la luz de una lumbre, se veía a un hombre joven, doblado sobre un libro. Con suma delicadeza, su dedo se movía de renglón en renglón y sus labios dibujaban las palabras leídas. El muchacho se llamaba Stefan y trabajaba de mozo en los establos reales. Y, como pueden adivinar, en sus manos tenía el libro que la princesa desechó con tanto desdén. Antes de quedarse con el libro, Stefan intentó averiguar su procedencia, pero nadie le supo decir nada.
     Pasaron días y lunas. Los reyes buscaban para su hija, la princesa Emma, un pretendiente que cumpliera con las expectativas, y el mozo de cuadra Stefan pasaba las noches devorando las páginas y absorbiendo el conocimiento del libro caído del cielo.
    Al principio, él no entendía las escrituras. Las palabras antiguas lo volvían loco y, a la vez, ansioso por descubrir qué contaban. Los dibujos muy detallados de plantas y flores venían acompañados por listas y recetas de pócimas. Stefan se frustraba, ya que comprendía la importancia del códice. En el día de feria acudió a un mercader, famoso por sus viajes. El avispado vendedor reconoció que aquel libro era un tesoro y ofreció a Stefan una bolsa de doblones. El muchacho se negó, pero le pagó todo lo que tenía ahorrado por un diccionario. Estaba obsesionado con desentrañar la olvidada lengua. La siguiente noche, encerrado en su cuartucho en compañía de dos libros, Stefan se sumergió en el mundo de la curandería. A este narrador se le escapa, pero por algún milagro o a manos de un espíritu errante, el libro había encontrado a su receptor. Y, sin la más mínima sospecha, el mozo de establo se convirtió en el discípulo del Codex Salutis y, con ello, en el futuro sanador del reino.
    Muchas lunas después, Stefan ya era conocido por su talento y arte de curar. Aun así, seguía siendo humilde y continuaba viviendo en su pequeño cuarto. Un día conoció a la altiva princesa. Su mundo y tranquilidad se vinieron abajo y ninguna pócima ni ungüento logró curarle la fiebre del corazón enamorado. Pero esa…  es otra historia.

 


02/10/2025, Gijón

© La Pluma del Este


26 de septiembre de 2025

166. Belleza que no ves

 

Belleza que no ves

 

 

El muchacho se encontraba metido en la burbuja de la apasionada relación con su móvil. Con espalda encorvada y los ojos fijos en la pantalla, estaba ajeno al mundo que lo rodeaba. El mundo también lo ignoraba: el sol, como cada día, bañaba en oro las copas de los árboles y pintaba en arcoíris los chorros de la fuente; el viento seguía jugando con las hojas; los atrevidos gorriones robaban las migas de pan a las palomas y los viandantes iban a sus asuntos. El muchacho sintió un suave golpe en la rodilla. Alzó la mirada: un viejo en gabardina (en un día de sol y sin una pizca de nubes) y gafas oscuras con un bastón blanco tanteaba el banco en busca de asiento.
        —Perdona, joven —dijo el anciano con voz serena—, me siento aquí cada tarde. Podemos compartir el banco.
      El chico dudó un momento, pero se movió a un lado. Agarró el teléfono y volvió a construir un muro alrededor. El anciano se dejó caer despacio, con movimientos medidos por la costumbre, y levantó su cara hacia el cielo.
     —El tiempo va a cambiar. Huele a mar. Pronto lloverá. ¿Trajiste el paraguas, chico?
          El muchacho lo miró extrañado:
          —N-no… ¿Cómo sabes eso si… no puedes ver? —sus dedos como relámpagos se movieron por la pantalla. — La app del tiempo no dice nada de lluvia.
          El anciano sonrió:
         —Yo no necesito ver. Yo lo siento todo. Mira más allá de la fuente. ¿Acaso no hay ahí dos gaviotas bañándose en el estanque? Y justo encima otras tres, dando vueltas.
    —¿De verdad estás ciego o me tomas el pelo? —El chico lo miró con desconfianza.
         —Lo estoy desde que nací. Mis ojos nunca han visto ni el cielo, ni las nubes, ni las flores… ni el rostro de mi madre, ni el de mi hija.
         —Jolín, señor. De veras lo siento. Yo no me imagino vivir sin ver nada.
         El viejo se giró y la cara del chaval se reflejó en las gafas oscuras:
         —Pero es que no ves nada, joven. Estás metido de cabeza en este cacharro y no te fijas en lo que te rodea.
          —Sí que veo. Mira, tío. Perdón. Señor. Aquí puedo ver los vídeos con mis cantantes favoritos; seguir a los influencers; jugar online; ver lo que sea y hablar con mis colegas.
          —Y, sin embargo, no ves nada. Todo aquello es fachada y postín. Guárdate el teléfono y cierra los ojos por un momento. Mira la belleza que te rodea. No con los ojos, sino con tu mente. Y tienes una gran ventaja sobre mí: conoces los colores.
          El chico cerró los ojos y dejó que el sol besara su pecosa nariz. Sus hombros, a principio tensos, se relajaron. Se apoyó en el respaldo. Estiró sus largas piernas y se cruzó de brazos. Aspiró el aire estival.
          El viejo esbozó una cálida sonrisa:
          —¿Qué ves?
          —Mmmm… Así de pronto. Hay gente hablando… Dos señoras mayores. Un niño. No. Una niña en el columpio. Tendrá unos cinco años. Se ríe como mi hermana pequeña. Por esto lo sé. Hay pájaros. De estos pequeños y rápidos. Gorriones. Viento con las gotas de agua… Será de la fuente. —El chico quedó ensimismado…
          —Acabas de describir un cuadro hermoso de la vida real. Solo te ha faltado un detalle. Al otro lado del estanque, enfrente de nosotros, hay un banco. Y aquella muchacha, tan bonita, dejó de leer. Cerró su libro de golpe. Se oyó hasta aquí. No te ha quitado el ojo. Yo que tú, iría a saludarla.
          El muchacho se enderezó de golpe. La chica le regaló una sonrisa.
          —Anda, ve a conocerla... Ah —dijo el anciano con socarronería—, estas gotas no son de la fuente. Corre y atecháos que va a caer un buen chaparrón. Los teléfonos no lo saben todo.





26/09/2925, Gijón
© La Pluma del Este

5 de septiembre de 2025

164. El zar caído

El zar caído 





“Fui zar de la carretera…

Hoy aguardo mi final entre la chatarra.”

V12 

 

 

Permítanme presentarme: soy Mercedes-Benz M120, aunque se me conoce como el V12. “Nací” en Affalterbach, un pueblito en el sur de Alemania. Mis primeros recuerdos son una continua sucesión de destellos: ruido metálico, golpes, chispas, máquinas con brazos largos, aceite y manos humanas hundidas en mis entrañas. Lo siguiente que recuerdo es estar en un podio al lado de otros como yo: elegantes y de líneas perfectas…

          Los flashes de las cámaras de fotos rebotaban en mi superficie negra y lisa como un espejo. Con cada centímetro de mi carrocería sentía el deseo de poseerme. Ay, qué ilusos son los humanos. No lo pueden tener todo. Yo elijo a mi conductor… aunque esa vez el destino me la ha jugado.

          Aquel aciago día me vi rodeado de un grupo de hombres con trajes mal cortados, zapatos nuevos que aún chirriaban, y miradas voraces, hambrientas de todo. Olían a vodka y hablaban en una lengua áspera. Venían de un país que acababa de desmoronarse y con una estúpida creencia de que el mundo les debía algo. Ese día supe lo que significaba la palabra ruso: hambre, codicia y desprecio por los semejantes.

          Entre ellos había uno especialmente atento a mis atributos. No dejaba de dar vueltas a mi alrededor. Me tocaba con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme. Sus ojos de acero, tan parecidos a mis piezas metálicas, cobraron vida. Sin duda alguna, querría tenerme… Cueste lo que cueste. Me sentí complacido. El ruso pidió que me arrancaran y acercó su oreja para oír el latido de mi motor. Su rostro inerte quedó reflejado en mi capó. Un maletín negro pasó de manos.  Mi destino quedó sellado al de Igor Ivánovich Maksimov, un politicucho gris, salido de las cloacas del Kremlin. 

          Llegamos a Moscú con mucha pompa. Igor se pavoneaba y sembraba la envidia entre los suyos. Me conducía con mano firme por la calle Tverskaya, donde los muros rojos del Kremlin creaban sombras dentadas en el asfalto gris. Al salir del centro, que era un falso escaparate para el mundo, la imagen cambiaba: la nieve sucia tapaba los traicioneros baches. El humo de fábricas supervivientes de posperestroika teñía el aire de gris. Los imponentes edificios estatales cedían el paso a las casas viejas y mal cuidadas. Y los rusos, gente triste y también gris, formaban interminables colas para comprar el pan. Las luces frías de neón, la señal luminosa del occidente, alumbraban toda aquella decadencia.

          Entre Ladas y Moskvich destartalados, yo me erigí en el zar de la carretera. Por donde pasaba, la ciudad entera se inclinaba ante mí. Ni Chaykas, ni Volgas, coches oficiales, me eclipsaban. Yo, era el primer V12 que los moscovitas contemplaban boquiabiertos. Pronto descubrí que toda aquella ciudad respiraba violencia y negocios turbios y yo no era un mero observador. El motor enganchado a la gasolina rusa, cada derrape, cada giro, cada paso por el arco de la Torre Spasskaya, llevando a Igor a las reuniones secretas en el Kremlin, me hacían partícipe de aquella falsa opulencia.

       A los tres meses de mi nueva vida en Moscú he presenciado la caída de mi propietario. De hecho, cayó desde una de las ventanas del Ministerio de Transporte: sus sesos quedaron pegados en mi parabrisas.  

       El cambio radical de mi vida llegó con Vasil Kondratov, apodado Dolgorukiy (Mano Larga). Con él me sumergí en el mundo oculto de Bratva, la mafia rusa. Yo era su orgullo y estatus. Él era el más rudo entre los rudos. Más bestia entre los salvajes con trajes de cachemir. Su abrigo de lobo acariciaba mi tapicería. Muy pronto me acostumbré al peso de sus armas en mi guantera. Sus manos fuertes y con cicatrices, agarraban el volante de cuero y mi metal rugía y corría por las calles, dejando los coches de la competencia o de la policía rezagados como viejas tartanas. Las balas silbaban a mi alrededor y ninguna osaba rozarme. En mis asientos han sucumbido las mujeres más bellas… Y lloraron los hombres débiles… Sin embargo, el fatalismo empujaba a los rusos a vivir rápido y sin miedo a morir. ¡Qué tiempos aquellos!

          Y toda esa existencia acabó con un relámpago de disparos, carrera, más disparos, un choque y seis vueltas de campana. Todavía huelo el humo mezclado con sangre y aceite… Vasil con el cuerpo dentro del parabrisas y su abrigo, teñido de rojo, goteaba sangre. Su nueva novia, la que antes era la novia de su competidor, con la cara incrustada de cristales… Fuego… y una explosión.

          Poca cosa ha quedado de mí, después de que me cortaran para sacar los cuerpos. Los ecos de aquella explosión aún resuenan entre mis restos y olor a gasolina, me recuerda lo efímero de la gloria. Ahora, dos años después, yo, el legendario y magnífico V12 que ha tenido una vida corta, pero apasionante, estoy en un desguace a la espera de convertirme en un cubo de metal retorcido.  Sonrío por dentro. Así es la vida… Ojalá fuera un coche normal, como aquellos, familiares; con los asientos llenos de dedos azucarados y de pelos de un perro, haciendo viajes bajo el sol con risas y canciones. Pero mi destino era otro. Y aquí estoy, recordando y esperando mi final…

           ¿O no?

         






05/09/2025, Gijón
 © La Pluma del Este