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7 de febrero de 2026

Un trabajo de película

 Un trabajo de película

(Universo La Muerte Perfumada)





¿Por qué una profesional tan sofisticada como yo ha terminado en un lugar tan rústico como este?
     Son muchas razones: el paisaje, el paisanaje, la comida rica y la sidra, que es lo mejor. Cuando un culín fresco baja por la garganta, te llena el paladar con sabor a manzanas y tierra. Es toda una experiencia religiosa. Y cuando ves cómo la escancian, con esas diminutas gotas doradas salpicando alrededor, te haces partícipe de algo especial, solo visto en esta maravillosa tierra asturiana.
     Cuando vi el escanciado por primera vez, me pareció muy raro. Pensé: esta gente está mal de la cabeza. ¿No es más fácil poner la botella justo encima del vaso? Lo intenté una vez. Las miradas de los parroquianos me mataron varias veces. Lo acepté con deportividad y sin tomar represalias. Como dicen: "A donde fueres, haz lo que vieres". Hasta hoy lo sigo a rajatabla. Perdonen, me estoy yendo por las ramas. ¿Por qué me he quedado a vivir aquí, en Asturias?
     Han pasado unos doce años de aquel trabajo. No era el mejor de mi carrera, pero le tengo un cariño especial. Entonces mi nombre en clave era «Liuba». Todavía no tenía una predilección especial por los perfumes. Me gustaba improvisar sobre la marcha. Cualquier objeto podía ser un arma. Diversidad y diversión: ese era mi lema. Con la edad me he vuelto más selectiva y apacible. Más limpia en mi trabajo.
      Como saben, cada noviembre en Gijón se celebra el Festival Internacional de Cine. Aquel año también participaba Rusia. Yo hablo y escribo perfectamente en español; por eso me enviaron a mí en el papel de crítica de cine.
      Según nuestro contacto en Moscú, entre la delegación rusa venía un posible disidente con información sobre una hipotética invasión rusa al territorio ucraniano, incluyendo una posible adhesión de Crimea. ¿Quién podría creer semejante locura? Mi cometido era encontrarme con él, ofrecerle una generosa cantidad de dinero, una nueva identidad y refugio en cualquier parte del mundo para él, su esposa y su gato…
     Antes de salir del piso franco, me miro en el espejo: la peluca negra, las gafas de espía, la blusa blanca y el traje azul noche de pantalón me sientan de maravilla. Los zapatos de aguja y plataforma añaden unos quince centímetros a mi altura. Labios de un rojo intenso. Como señal, coloco una rosa amarilla en la solapa. Me siento complacida: llamaré la atención a cada paso. Para completar mi atuendo, un portadocumentos. Ah, no llevo armas. Son un engorro y suelen dejarlo todo perdido.
     La calle Corrida está llena de gijoneses y turistas; los escaparates, ya preparados para las Navidades, lucen guirnaldas; el aire es fresco y huele a mar. Yo voy abriendo paso como Moisés. Me encanta esta sensación de poderío. Compruebo el pinganillo del oído. Todo correcto. Los del apoyo, compañeros del CNI, ya están preparados para recibir los “paquetes”.
       El festival se celebra en el teatro Jovellanos, a unos diez minutos a pie. Las luces de la célebre fachada se reflejan en centenares de cabezas. La cola para entrar parece interminable. Pero esto no me importa, ya que voy al café Dindurra, justo al lado.
       La puerta giratoria me lleva a un ambiente de época con olor a café recién hecho, murmullo de clientes y música suave de jazz. Voy a la mesa acordada y me siento cerca de la escalera que lleva a la segunda planta, sin perder de vista la entrada al café. Pido una copa de cava.
         —Aquí la tiene, señora. ¿Desea alguna cosa más?
       Aunque el cava tiene buena pinta, me pongo como una energúmena con el camarero:
        —¡Yo he pedido un cava y esto es agua teñida sin apenas gas! ¡Quiero ver la botella y que la abran delante de mí! ¡Y rápido, que no tengo toda la noche!
          El muchacho se pone a temblar y casi tira la bandeja. Me da mucha pena, el pobre. Ya lo recompensaré con una buena propina.
        Los clientes empiezan a girar la cabeza para ver qué está pasando. Mi pelo a lo Cleopatra, el traje azul y la rosa amarilla son fáciles de ver y recordar. De hecho, nunca olvidarán a esta pija maleducada.
       —Buenas noches, madame. ¿Me permite invitarla a una botella de champán?
        Un hombre de unos sesenta años, grueso y completamente calvo, se sienta en la silla de enfrente. Se le ve nervioso. Tira de su pajarita como si lo fuera a ahogar. Su chaqueta de punto tiene pelos blancos… de gato. Pone un libro sobre la mesa. Guerra y paz, cómo no.
         —No me apetece el champán. A estas alturas prefiero un buen albariño.
         —Ah, por supuesto, faltaría más. A ver si hay un Santiago Ruiz. Dicen que es muy bueno.
          El santo y seña coinciden. Es mi contacto.
         Esta vez nos atiende una chica. Parece que el camarero de antes me cogió miedo, pobrecito.
         Tengo que convencer al ruso y recoger la información. Después de un par de copas, el hombre se relaja. Le digo que el dinero y los nuevos pasaportes le serían entregados cuando su información estuviera contrastada. En media hora. Por el pinganillo me confirman que su mujer y el gato ya están de camino a un lugar seguro. Le enseño su foto en el móvil. Ella se ve contenta. El gato, no tanto. El hombre se va tranquilo, dejando el libro en la mesa. Dentro está el pendrive.
        Continúo tomando mi vino. Veo que una mujer sube a la segunda planta. Ahí están los servicios. La sigo. Es la agente española. Tenemos un tremendo parecido físico. Nos cambiamos de ropa. Ella se convierte en mí. Yo, en ella: una mujer normal, pelo castaño, chaqueta, vaqueros, deportivas y mochila. Perfecto. En el baño compruebo la información en el ordenador y la mando a la SBU. Todo correcto. La nueva “yo” se va con el libro. Rompo el pendrive y lo tiro por el desagüe.
       Salgo del baño y tropiezo de bruces con el joven camarero de antes. Siento un pinchazo en el cuello. Antes de desmayarme veo su sonrisa lobuna. Me habla en ruso:
         —Privet, Liuba. Saludos desde Moscú…
      Vuelvo en mí con un tremendo dolor de cabeza. Tengo las extremidades entumecidas. Estoy tirada en el suelo. Lo único que veo son las patas de una silla y un par de pies embutidos en botas de estilo militar. Uno de esos pies me da una patada en el estómago. El dolor punzante me provoca arcadas. Eso que vemos en las películas americanas es una puñetera mentira. El primer golpe es el peor, por lo inesperado. Es el que te deja con las fuerzas justas para no mearte encima.
         —Despierta, Bella Durmiente. Tenemos mucho de qué hablar y muy poco tiempo.
       —¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí? No entiendo nada. Yo no hice nada —sé que no va a colar, pero necesito despabilarme para reconocer la situación; mi español es impecable—. Soy una turista. No soy rica. Nadie pagará mi rescate. Es un secuestro, ¿no?
       Mientras sigo con la diatriba, empiezo a sentir el cuerpo y la cabeza, más lúcida. Tengo las manos atadas con una brida. Solo llevo puestos los vaqueros y una camiseta. Estoy descalza.
         El ruso me da otra patada. Esta vez estaba preparada. Y otra más.
        —Vale, vale. Por favor, no me pegue más. Ayúdeme a levantarme. Se lo suplico. Un poco de agua, por favor. Esta cosa que me inyectó me dio una sed tremenda.
       Ya sentada en la silla, puedo inspeccionar el entorno. La habitación es cuadrada, completamente vacía, alumbrada por una bombilla en el techo. La puerta queda a mi izquierda. Está cerrada. Enfrente, una ventana. A ambos lados, unas cortinas de terciopelo azul. Una está recogida y puedo ver la persiana bajada. No tengo la más remota idea de dónde estoy.
         —No intentes tus trucos. Te conozco muy bien, Liuba. Sé cómo trabajas. Aquí no tienes nada que puedas usar como arma. La silla está atornillada al suelo. Toda la casa está aislada, así que cualquier señal que quisieras transmitir a los españoles queda bloqueada. Estás sola.
          Ahora lo veo mejor: unos treinta y pocos años, pelo rubio. No es muy alto, pero es fuerte. Se machaca en el gimnasio. Su cara no encaja con su cuerpo: es demasiado juvenil. Por eso me engañó en el bar. ¡Por Dios! Sé quién es. El Niño. El puñetero torturador.
          El sudor frío me bajó entre los pechos. O pienso en algo muy rápido o no saldré de aquí con vida. Este cabrón usa a la gente como sacos de boxeo. Después de pasar por sus manos no queda ni un hueso entero; deja el cuerpo completamente molido y, como buen sádico, disfruta con ello.
          Salió a por el agua. El dolor es insoportable. Creo que alguna costilla está rota. Necesito ponerme en pie. No puedo dejar que me machaque así, sin más. Tengo que llegar hasta la ventana y las cortinas.
         —¿Ya te has resucitado, Liuba? Bebe. —Me da un vaso de plástico, cómo no—. Tenemos mucho trabajo por delante. No eres tan dura como me dijeron. ¿Sabes? Creo que sería más divertido si me retaras o algo así. En tu dosier pone que eres campeona de judo. De toda Ucrania. Me encantaría probar un cuerpo a cuerpo contigo. Uno rápido.
          El cabrón me está provocando. Perfecto. Es mi oportunidad.
     —Usted sigue sin comprender que yo no soy esa persona —le espeté levantándome indignada de la silla—. Yo soy una visitante aquí y ciudadana española. Usted me tiene secuestrada. Me confundió con otra perso…
          Otro puñetazo. Esta vez en la barbilla. Di un par de pasos hacia la ventana. La cabeza empezó a darme vueltas.
        —Ay, Liuba, Liuba. Esto me empieza a aburrir. ¿Dónde está el pendrive? ¿Cómo se llama tu contacto ruso? ¿Quién desde Moscú les avisó?
     Otro golpe en el estómago me empujó hasta la ventana. Me agaché gimoteando y con los dientes logré quitar la brida.
       El cabrón no lo esperaba. Lo agarré por la cabeza y le di un rodillazo en la cara. Alcancé el alzapaños colgado de un gancho. Mi instinto no me falló. Esas cortinas pesan muchísimo y, en vez de abrirlas, en muchas casas usan alzapaños con borlas. Pero es una cuerda, a fin de cuentas. Me hice con él.
     El ruso atacó de nuevo, propinándome un cabezazo y varios puñetazos. Logré esquivar un par de golpes a duras penas, pero le di una patada en la rodilla que lo hizo caer. Me arrastró con él. Intentó quitarme la cuerda, pero fui más rápida. Lo inmovilicé con una llave y logré pasarle el alzapaños por el cuello. Tuve que tirar con todo mi cuerpo. Las manos ensangrentadas me resbalaban, dejando la piel en carne viva.
     El Niño, como una culebra, intentaba zafarse de mi abrazo. Sus ojos inyectados en sangre y su boca retorcida decían que ya faltaba poco para que la palmara de una puta vez.
        Por fin se quedó rígido. Lo empujé a un lado. Respiré. Registré sus bolsillos: un fajo de dinero en efectivo, un par de móviles —uno era el mío—, la llave de un coche, más llaves y una tarjeta negra con letras doradas BB en cirílico. ¿Qué será? Ya lo averiguaré después.
       Salí de la habitación arrastrando los pies, casi sin fuerzas. Me dolía todo. Solo la adrenalina me empujaba a huir de aquel maldito lugar. Mis pertenencias estaban en un rincón de lo que parecía un salón. Empecé a buscar la salida. Todo indicaba que era un chalé. Con cuidado subí una persiana. Afuera, noche cerrada. Encontré la llave y abrí la puerta.
          El olor a mar me refrescó los pulmones y mitigó las náuseas. Así que estaba cerca de la costa. No vi ninguna casa alrededor. La de la que salí tenía toda la pinta de un chalet vacacional. Tampoco vi ningún coche. Encendí el móvil. Mierda. El cabrón me había sacado la tarjeta. Activé el localizador escondido en el tacón de una bota y me oculté entre los arbustos.
          Media hora más tarde apareció el coche del CNI que me llevó de vuelta a Gijón…
 
       Una lengua mojada y caliente me sacó de mi remoloneo matutino. Otra la acompañó. Mis dos hijos peludos empezaron a saltar encima de mí, “diciendo” que tenía que salir de la cama. El tacto del suelo fresco de madera me produjo un respingo. Abrí la pesada cortina y la recogí con un alzapaños. Sí. Ese mismo. El que me salvó la vida hace más de doce años.
        La mágica vista de las escarpadas montañas de los Picos de Europa sigue maravillándome cada día…

 

 


07/02/2026, Gijón

                © La Pluma del Este




CNI- Centro Nacional de Inteligencia

SBU- Sluzhba Bezpeky Ukrayiny (Servicio de Seguridad de Ucrania)

3 de febrero de 2026

El odio

 El odio




Mi odio a esta decadente ciudad era tan intenso como el que sentía por mi padre. Estoy convencida de que, si no hubiera conocido a mi madrastra, nuestras vidas serían diferentes. Mejores. Desde que ellas se fueron y yo me quedé anclada a un viejo decrépito, los sueños de una vida plena y feliz —que jamás viviré— se transformaron en odio… Ooo-di-ooo. Me fascina cómo suena. Saboreo esta palabra y sus cinco letras. He descubierto su enorme poder y lo que significa para mi existencia.

          La nieve, húmeda y gris, como cenizas pegajosas, apenas cubría la fealdad que me rodeaba. El silbido estridente de la fábrica había expulsado a las bandadas de cuervos de sus escondites. Los pájaros estaban volando en círculos por encima de los tejados y sus incansables graznidos taladraban mi cerebro. Los pocos transeúntes se deslizaban como fantasmas, sobre los charcos de aguanieve estancada.  Yo caminaba despacio con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, mi único abrigo… Su tela áspera era mi caparazón. Viejo. Humedecido. Como yo. El crujido de la nieve bajo mis botas sonaba a cristales rotos. Faltaban doce minutos para mi turno; tendría que darme prisa. Pero me daba igual… ¿Lo sabéis? No. Claro que no. Nadie lo sabe. Desde niña, me encantaba la nieve, tan blanca y tan pura al caer, aunque terminaba derritiéndose, mezclada con el barro. Siempre supe que aquella pureza de antaño se pudriría, hasta devorar la olvidada perfección de nuestras vidas. De mi vida… Bastaba esperar el tiempo suficiente.

         Desde hace semanas, un sueño extraño me persigue como una sombra. Siempre el mismo. Siempre distinto. Veo un piso… muy bonito. Es donde viven ellas, mis dos hermanastras… Las gemelas Ana y Eva. Hablan. Discuten. Se ríen… ¿De mí? Sé que estoy ahí, con ellas… Las miro y las odio… La envidia me corroe… Ellas están libres… Un reloj de la pared marca la hora… Las ocho y cuarto… ¿De la mañana o de la noche? Oigo una risa… la mía… Después, oscuridad…

          Me despierto en plena noche con una sensación de que algo no encaja. Que algo va a pasar. Y que pasará pronto. Sin embargo, no me hace sentir mal, no… Es otra sensación… Y me quedo mirando a la grieta zigzagueante del techo, que se desvanece detrás de las cortinas húmedas y frías. Me tapo con la manta de mi mamá. Y me siento a salvo, aunque sé que es un engaño.

         Cada mañana dejo la comida y las pastillas de mi padre en la mesa y me voy a malgastar mi vida en un trabajo que odio. No todas tuvimos la suerte de ir a la universidad. Recuerdo a mi madrastra (ojalá no descanse en paz, esté donde esté) hablando orgullosa de sus hijas y de lo listas e inteligentes que eran.  La zorra se quedó preñada para cazar a mi padre. Y él, desgraciado, olvidó a mi mamá en un suspiro… Este cabrón merece estar muerto…

          Día tras día… de lunes a viernes. Durante nueve horas estoy atrapada en un almacén de ferretería. La hora de descanso, la paso sentada en una caja de herramientas, masticando un bocadillo seco… Pensando… Recordando… Ana rompió un dibujo que hice a mi papá… Dijeron que era pequeña y no lo sabía…  Eva se había quedado con mi peluche… Me lo había regalado mi mamá… Su tarta de cumpleaños era más grande y mejor que la mía… Después ni siquiera la tuve… Eran cosas insignificantes, pequeñas para cualquiera, pero para mí eran las piedras que llenaban un saco… Yo las contaba y se regodeaba de su peso y cantidad; grababa en mi memoria cada sonrisa fingida, cada gesto, cada celada. Y el odio, como una diminuta llama, empezaba a crecer…

          Los fines de semana me quedaba encerrada en mi habitación, llorando, odiando, planificando mi libertad… Y así, el hilo invisible de la envidia, surgido en mi niñez, se iba convirtiendo en una enorme bola que me estaba aplastando con todo su peso. Pobre de mí…

          Otra noche más. El mismo sueño. Sin embargo, distinto. La misma habitación… Mis hermanastras. Tan felices, tan seguras. Se ríen… Me miran. Dicen algo. Yo contesto. Avanzo un paso. Hacia ellas. Entonces sus rostros cambian. Sus ojos se congelan… Sus bocas se abren en un grito mudo… Y yo… y yo también grito… Me despierto con la manta enredada en mi cuello. Apretándome como una soga. Y, por fin, sé lo que debo hacer… No puedo continuar, siendo una mera observadora de mi vida. Tengo que soltar las piedras que me ahogan. He tomado una decisión…

          Salí con prisa, muy despistada, dejando el batiburrillo de pastillas al alcance de mi demente padre. También, por error, la garrafa de lejía, al lado del fregadero… Imaginé que querría el agua para tragarlas, aunque la llave de paso estuviera cerrada… Por si acaso. Con los enfermos así nunca se sabe…

          Me sentía eufórica y expectante. Iba por la calle rápido. Casi volando sobre la mugre y saltando los infinitos charcos. Ligera como si fuera uno de aquellos cuervos. El bocadillo del almuerzo me supo a un manjar exquisito.  Mis pensamientos revoloteaban en todas las direcciones. Mi teléfono, sin llamadas. El plan para cambiar mi vida ya estaba en marcha. ¿Cuál sería mi siguiente paso? Aunque sabía lo que tenía que hacer. Me faltaba una pieza para el cómo… Ese algo que me completara. Que fuera infalible. Mi mirada saltaba de una caja a la otra. Sabía qué contenían. Y ninguna me convencía. Sentí rabia… Hoy era el día señalado. No podía postergarlo más.

          A las seis menos cinco me preparaba para irme. A mi casa, no. Si no me han llamado todavía, es que nadie sabía nada. Mejor. Empezaba a enfadarme… Necesitaba algo ya. ¿Qué podría ser? Al acercarme a la puerta de salida, lo vi… Brillaba detrás del cristal, como si hubiera estado aguardándome. Me atraía… Necesitaba sentirlo en mis manos. Era la pieza perfecta para mi cometido. Volví adentro. Sabía dónde estaba la caja repleta de ellas. Nadie se daría cuenta de que faltaba una y, sin embargo, esa única bastaría para todo… 

          La nieve mojada seguía cayendo sin parar…

     Mientras caminaba, pegada a los edificios, contaba los pasos… Estaba nerviosa. Tenía las mariposas en el estómago. Recuerdo haber tenido la misma sensación cuando fui al baile con el chico aquel… ¿Cómo se llamaba? ¿Winston? ¿Willy?… Era muy mono… ¿Qué habrá sido de él? Se ha ido también de esta ciénaga. Muy pocos prosperan aquí… Por ejemplo, mi madrastra. Después de abandonar a mi padre, se casó con el gerente… Pero, por suerte, no disfrutó mucho de su vida de rica… Una caída por una escalera resbaladiza en pleno invierno y de noche… Pasa a cualquiera. Lo sé de primera mano… Y su tristísimo viudo, un vejestorio, se ocupó de las hermanastras. Aquel es su edificio. Tiene un portero cotilla. Zalamero y pegajoso como un chicle viejo. Pero yo entraré por detrás. Trabajar con herramientas tiene su ventaja… Solo tengo que asegurarme de que ellas estén en casa… Solas. Nos queda una charla pendiente y muchas cosas que aclarar. Entre ellas y yo.

          Detrás de la puerta se oía la música y risas… Antes de subir, las vi entrar cargadas de bolsas de boutiques de moda… Las imaginé yendo de una habitación a otra probando modelitos. Seguro que ni ahorrando un año me podría permitir semejantes caprichos… Llamé a la puerta.

          —¿Hermana? Qué raro verte por aquí. ¿Ha pasado algo con el padre? Pasa, pasa… —Ana, en un vestido negro ajustadísimo con la cremallera abierta hasta las nalgas, me dejó pasar. —¡Evaaaa! Vino Cécil. Ven.

        Eva llevaba solo unas bragas diminutas y el sujetador con relleno. Se acercó para darme un beso. Yo me alejé un paso… lo justo para sacar el hacha del caparazón de mi abrigo… Su mango encajaba de maravilla en mi mano. Un golpe en la cabeza… Se oyó un “crack”. El hacha entró más fácil de lo que había imaginado. Eva voló un par de metros… Ana intentó gritar… Pero su boca estaba muda… Yo empecé a reír. ¡Qué subidón! Otro golpe de gracia hizo que su brazo cayera a mis pies. Quiso huir… El hacha la ensartó en medio de la espalda… Un río de sangre bajó hacia el valle de su trasero… Allí estaba yo: tranquila, ligera, engrandecida por mi valor. Y feliz por primera vez en mucho tiempo…

          Antes de salir me fijé en el reloj de la pared… Debajo de las salpicaduras de sangre marcaba las ocho y cuarto… Como en mi sueño. Me regocijé: al final, los sueños se cumplen. Vaya, vaya… ¿Quién lo iba a decir?

          Salí al callejón… El aire frío y áspero limpió mis pulmones del olor dulzón de la sangre. Levanté mi rostro hacia la nieve. Era blanca y perfecta. Sus copos, como las plumas, se posaban en mi piel… Me hacían cosquillas. Me sentí flotar.

          El sonido de las sirenas me devolvió a la realidad. Sonreí: no me atraparían tan fácilmente. La nieve cubriría mi rastro. Corrí hacia el río helado, el puente que me llevaría a la libertad. Mi respiración humeaba en el aire gélido. Cada paso crujía sobre la brillante superficie. Miré atrás: las sirenas rebotaban contra los edificios, rojas y furiosas. Seguí corriendo… El hielo cantaba. Justo en el medio del río su color se oscureció. ¡No podía ser! Era más fino de lo que pensaba; empezó a quebrarse bajo mis botas. Resbalé. Caí de rodillas. Quise levantarme y me hundí hasta la cintura. Intenté agarrarme. El frío me mordió los dedos… Yo seguía peleando por mantenerme a flote.  El agua me abrazaba cada vez más fuerte, me arrastraba… Y, mientras, me hundía lentamente, los cuervos daban vueltas en círculos sobre mí, riéndose, esperando mi final.

 

          Y los odié por ello…

         


                                                                                      21/08/2025, Gijón

© La Pluma del Este


20 de diciembre de 2023

El grupo de apoyo

                       El grupo de apoyo




 

   —Hola a todos. Espero que hayáis pasado un buen fin de semana. Veo que tenemos caras nuevas. ¿Alguien quiere empezar? Tú. Sí. ¿Te apetece presentarte y compartir con nosotros por qué estás aquí? No seas tímida. Adelante.
   —¡Ejem, ejem!… Ho…, hola a todos. Me llamo Alida.
   —¡¡¡Hola, Álida!!! —el grupo al unísono.
   —Gracias. Ssois muy amables. Ejem… Hace casi cinco años me he casado con un rey. Aunque parezca mentira, por amor. Me enamoré como loca de ese hombre.
   —¡Ji, ji, ji …!
   —¡Ejem! … Me han llamado de todo a mis espaldas. Pero no les guardo rencor. Cuando el rey se me declaró y pidió la mano, yo acepté encantada. Sabía que era viudo y que tenía una hijita del matrimonio anterior. No me importó, sino todo lo contrario: deseaba ser una buena madre para aquella niña. —Con la mano temblorosa, Alida cogió el vaso y bebió un poco de agua—.  Ahí es donde me equivoqué y me arrepiento de haber aceptado la proposición.
» Ya antes de la boda, Blancanieves, así se llama aquel demonio con cara de ángel, me quemó el velo “sin querer”. Era con el que se casaron mi madre y mi abuela. Llevaba en nuestra familia varias generaciones. Se lo hice saber a mi novio y él dijo que lo dejara pasar, que no era nada, que me compraría otro, más bonito y mucho más caro. Y su hija, abrazada a él, haciéndose la inocente, me miraba con los ojos llenos de odio.
» La luna de miel era maravillosa. Pero a la vuelta, empezó mi calvario… Yo, una extranjera en la corte, estaba comparada continuamente con la reina anterior. Que ella hacía las cosas de otra manera, que ella sabía de cocina, que cantaba como un ruiseñor, que era mejor que yo en todo… Blancanieves hacía travesuras y cuando yo la reñía e intentaba explicarle que una chica educada no escupe al suelo, no pega a los demás ni tira las cosas para que las criadas las recojan, ella se quejaba a su padre. —Glú, glú, glú… Ejem… —Empezamos a distanciarnos y a discutir por la niña. La pasión y el detallismo de mi marido dio paso a un frío trato de dos desconocidos bajo el mismo techo. Me he convertido en una paria. Si no fuera por el espejo mágico con el que podía hablar y llorar, me volvería loca. Y hace una semana Blancanieves ha huido. El rey, lleno de dolor y rabia, me culpó a mí en todo. Ha roto mi espejo. Estoy desesperada. Me he ido del castillo. Y creo que le voy a pedir el divorcio…
   —¡¡Plas, plas, plas!!
   —Muy bien, Álida. Eres muy valiente. Te apoyamos todos. Después te daré el contacto de un grupo de amigos que ayudan en estos casos. Todo saldrá bien. ¿Quién es la siguiente?
   —Ho… hola… Hola a todos. Soy Priscila.
   —¡¡¡Hola, Priscila!!!
  —Soy viuda con dos hijas y una hijastra. Mis hijas no son malas chicas, solo que su padre, mi primer marido, les pegaba a ellas y a mí cuando llegaba borracho a casa. Hasta que un día se mató, al caer del caballo. Y que Dios me perdone, me alegré por ello…
»Conocí a mi segundo marido cuando este paraba en nuestra posada. Era un hombre muy amable y agradable, también viudo. Después del luto prudencial, nos casamos. Él necesitaba a una madre para su hija y yo, a un buen padre para las mías. A principio todo iba bien. Vivimos muy felices. Las chicas eran hermanas entre sí. Hasta que, en invierno pasado, justo antes de la Navidad, mi marido se fue en busca de regalos y de uno en especial para su hija: los zapatos de cristal de roca tallados a mano. Cenicienta estaba encaprichada con ellos. Yo intentaba explicarle que eran muy raros y, seguro, carísimos, y que su padre ya no era joven para ir de viaje en pleno invierno. Pero la muchacha lo engatusó.  Mi queridísimo esposo consiguió los zapatos de cristal. Los trajo de las montañas lejanas del Reino de los Trolls. Volvió a casa justo en Nochebuena. A la mañana siguiente ya no se levantó. Tuvo muchísima fiebre. Con el temporal de ventisca, el médico no pudo llegar. Y a la noche siguiente, murió… Después del funeral, Cenicienta nos echó de casa. Hemos vuelto a la posada. Me siento rota por dentro y muy muy triste, por mí y por mis hijas. Cada día ruego a Dios que se apiade de aquella muchacha arisca y egoísta. Les agradezco por darme esta oportunidad. Necesitaba hablar con alguien. Muchas gracias a todos por escucharme. Si necesitáis un techo y un trabajo honrado, os ofrezco mi humilde posada.
   —¡¡¡Plas, plas, plas, plas…!!!
   —¡Muy bien, Priscila! ¡Qué alegría tenerte entre nosotros! Muchas gracias por tu ofrecimiento; lo tendremos en cuenta. ¿Quién es la siguiente? ¿Alguien más?
   —Ssssi…, sí, ssssoy, yo. Buenas tardes. Ejem… Me llamo Freda.
   —¡¡¡Hola, Freda!!!
   —Yo también me casé con un viudo con hijos. Y también intenté encajar en aquella familia y ser una madre para Hansel y Gretel. Soy muy buena cocinera, así que les preparaba todo tipo de dulces y pasteles, para agradar y llegar a sus corazones. Eran niños traviesos y no muy obedientes. Su padre trabajaba fuera. Era afilador y viajaba de un pueblo a otro. Ejem… Muchas veces estaba ausente varios días. Yo tenía que encargarme de los niños, el huerto, los animales y de la casa. Por más que les pedía ayuda a mis hijastros, estos se escabullían al bosque para no hacer nada. Solamente les importaba jugar. ¡Ejem! … Un poco de agua, por favor… Gracias… —Glú, glú… —Algunas veces desaparecían el día entero. Me daba mucho miedo que les pasara algo. Yo era responsable de ellos mientras su padre no estaba. Ejem, ejem…
» Hace ya un mes de aquello. Mi marido se fue a una ciudad más lejana que de costumbre. Nos besamos. Nos despedimos. Él abrazó a sus hijos y les ordenó que me ayudasen e hicieran caso. Hansel le dio su palabra de que sería el hombre de la casa. Gretel, como de costumbre, le regaló una adorable sonrisa a su padre.
» Yo me puse con los quehaceres y, como los niños rondaban cerca, me fui al huerto. Tardé ahí un par de horas. Volví a casa para preparar el almuerzo. Llamé a los niños. No vinieron… ¡Ejem, ejem…! Salí del cercado y entré en el bosque. Los volví a llamar. Nada. Grité y grité… Pero ni rastro de ellos. Dios, ¿dónde podrían estar? Me adentré más. Me daba muchísimo miedo. Todavía tiemblo de recordar aquello. ¡Ejem, ejem…! —Glú, glú, glú…— Lo siento, ¿por dónde iba? Ah, el bosque.
» Ya anochecía cuando en el suelo vi unas piedrecitas blancas.  Se adentraban al interior, a lo más profundo de la espesura. No me quedaba otra que seguirlas pensando que era algún tipo de broma de los niños. Me he quedado afónica de gritar tanto. Pero el bosque solo me devolvía mi propio eco. Dios, cómo lloraba por los pobres Hansel y Gretel. También me moría de miedo por lo que iba a decir a mi marido. Y así estaba yo, metiéndome más y más adentro, guiándome por las piedritas. Y, de repente, vi una luz. Casi corriendo llegué a un claro donde estaba una pequeña casa. Era de lo más extraño. No sabía que alguien podría vivir ahí. Lejos de todo. Entré. No había nadie. Solo una vela encendida en la polvorienta mesa… Las telarañas y el olor a rancio y cerrado me dijeron que hacía mucho que nadie la habitaba. De repente, la puerta se cerró de golpe… ¡Ejem, ejem, ejem…! Después, los postigos de las dos únicas ventanas. Me quedé solo en compañía de la velita. Empecé a dar las patadas a la puerta y gritar. Me entró pánico. Y lo que oí al otro lado me puso el pelo de punta: las voces infantiles seguidas de las carcajadas de Hansel y Gretel. Todo era una broma. Me querían ahí, sola y encerrada. A su merced.
» Yo les pedí, les supliqué, les rogué que me dejaran salir. Nada. Prometieron contar a su padre que yo los había abandonado y que me he ido con otro y se han marchado, dejándome ahí.
» Estuve encerrada en aquella casucha una eternidad. Por lo menos es lo que me pareció. Sin agua, sin comida. En plena oscuridad. Me rescataron de milagro unos leñadores. No conté a nadie lo que había pasado. Sois los primeros en oír mi historia. No tengo fuerzas para enfrentarme a los niños tan desalmados. Pero, quién sabe. Quizás algún día lo haré. Muchas gracias a todos por tener la paciencia de oírme.
   —¡Tremenda historia, la tuya, Priscila! ¿Puedo abrazarte? Eres una superviviente. Seguro que entre todos te podemos ayudar y apoyarte. Aplaudamos a esta valiente mujer.
   —¡¡¡Plas, plas, plas…!!!
  —Bueno, ¿alguien más? Nos queda todavía un cuarto de hora. Ah, vaya, ¡qué sorpresa! Pasa, pasa, no seas tímido. Aquí no mordemos a nadie. Preséntate, por favor.
   —Hola a todos…
   —¡¡Ejem…, ejem …, ejem …!!
  —¡Por favor! Dejemos que hable. No te preocupes. Sigue, por favor.
   —Hola, soy Lobo …




                                                                                        06/12/2023, Gijón

 

 

17 de julio de 2025

La entrevista

La entrevista 



        —Pase, por favor. Siéntase tranquila… Ya hemos leído su currículo, pero nos interesan los matices de su personalidad. Háblenos sobre usted. Sin prisa… Queremos conocerla.     
        —Vale, lo intentaré, pero ruego que comprendan que no es habitual para mí hacer esta especie de autorretrato.
» Como ya sabéis, nací en Ucrania cuando todavía era una parte de la URSS y me he formado ahí. Mi padre murió…  Lo mataron cuando yo tenía veinticuatro años; me tocó cuidar de mi familia. Ha sido muy difícil. Tuve que encargarme de todo. Esto me hizo sentir útil y valorada. Si bien, de vez en cuando, necesitaba un distanciamiento de todo…
» Soy exigente. A veces, maniática. Me gustan las cosas bien hechas. Mi papá me decía: “Hija, todo lo que hagas, hazlo de la mejor manera posible”. Hasta el día de hoy lo cumplo a rajatabla. Sigo el orden y la lógica, pero me esfuerzo por no llevarlos hasta los extremos. Vivir en Cuba y en España me ha “latinizado” un poco. ¿O será la edad que me ha vuelto más flexible?…
» Hace tres años descubrí la escritura creativa. Me vino bien para ordenar mi mente y dar una salida a mi imaginación. Me fascina la novela negra y el thriller policiaco… Puede que demasiado… En muchos de mis relatos muere alguien. Y me surgen las dudas: ¿sería capaz de matar?… Perdone por mi sinceridad… ¡Pero si yo hasta quito los caracoles del camino para que nadie los pise! Muchos perros de la zona me conocen. (Los cabroncetes saben que llevo las chuches en el bolso.) Mis peludos me adoran. Y lloro con las películas tristes. Jamás haría daño a nadie a propósito. Nunca. Esto sí, si me tocan a los míos, a mi familia, no respondo por mí… Lo siento… Creo que seguiré asesinando en mis escritos. Para desahogarme…
» Soy muy sensible… Y romántica…  Me encantan las flores. Mi favorita es el Clavel Turco. Es resistente y se adapta a cualquier terreno. Tiene unas florecitas aterciopeladas entre un marrón chocolate y el amarillo canario. Y con un olor fuerte y, a la vez, delicado. Cada vez que puedo, voy al pueblo a enterrarme en el jardín mondando, plantando y replantando. Hasta tengo un enorme arbusto de la uva crispa. Es muy típica de mi país, Ucrania. Para comer es algo ácida, pero para una mermelada, es perfecta…
» Me gusta muchísimo cocinar. Y mucho más, dar de comer. Si tuviera una casa grande y el dinero, haría fiestas cada mes. Invitaría a mis amigos y a algún que otro vecino. Es muy entretenido observar cuando las personas de diferentes círculos de interés y que no se conocen, al final de la velada, llegan a tener más en común de lo que pensaban. Conocer a gente nueva es muy enriquecedor… Ah, me inscribí en un curso de escritura. Ahí me encontré a cinco personas que me despiertan mucha curiosidad. Tengo ganas de saber más de ellos. O, por lo menos, lo que ellos querrán enseñar de sí mismos…
» Adoro hacer los regalos. Los detalles pequeños, sin importancia, pero como un símbolo de atención. Cuando veo alguna cosita que me gusta, a la mente me viene la persona adecuada para ella…
» Vivo en España desde hace casi treinta años y antes, cinco en Cuba, y todavía no llevo lo de dar dos besos para saludar. Los que me conocen saben cómo soy. Prefiero un apretón de manos. Sincero. Formal. Por el tacto y la manera de dar la mano se puede sentir cómo es el otro. Hay manos como si estuvieran muertas, flojas, frías y húmedas… Para mí, son personas que evitar.
» Perdón, señor, me he ido por las ramas… Uff, es difícil… Creo que lo que estoy contando no tiene sentido… ¿Sigo?… Vale… Mmmmm… Me gusta leer. Pero debería leer más. Tengo unos cincuenta libros nuevos sin abrir. Antes era compradora compulsiva. En un almacén guardo cajas y cajas de libros porque no tengo suficiente sitio en casa.  Libros… Quiero escribir uno. Aunque sea chiquirritico… Para cuando yo ya no esté en este mundo, alguien lo lea y se acuerde de mí…
» Por favor, tengo la garganta seca. ¿Me podría dar un poco de agua?… Gracias. Todo esto me pone nerviosa. Ah, soy puntual. Casi siempre. No me importa trabajar más, si se requiere.
        —Muy bien, señora. Ya tenemos una idea sobre su perfil y creemos que encaja perfectamente en nuestra empresa. Un par de preguntas más y terminamos. ¿Está usted dispuesta a viajar acompañando a nuestros huéspedes? Imagino que sabe conducir. ¿Tiene el carné?
        —Sí. De hecho, lo saqué a la primera. Pero lo de conducir lo tengo medio apartado. Cada vez que cojo el volante, pienso que voy a matar a alguien… Pero en el anuncio no decía que tenía que conducir. Viajar, sí, no me importaría.
        —Bien. Y una última pregunta. En el dosier que nos pasó un colaborador pone que en su juventud tuvo la preparación militar que incluía armas. Exactamente, AK-47. Lanzamiento de granada. Supervivencia. Lucha cuerpo a cuerpo. Participación activa en los juegos de guerra. ¿Es cierta esta información?
        —Bah… Esto fue hace tantísimo tiempo que ya ni me acuerdo. Pero si el puesto lo requiere, tendré que ponerme al día. Aunque es del todo sorprendente. Una ya no tiene edad para estas cosas. Ahora yo funciono más con la cabeza. Decía mi padre, que era un hombre muy sabio, que la mejor manera de ganar una pelea es evitarla. Huyendo, claro… Señores, he de reconocer que esta entrevista me tiene muy confundida. No… No estoy segura de si todo esto es necesario para trabajar en una residencia de ancianos.
        —No es una residencia corriente, señora, ni los ancianos son los normales. De hecho, todos son los ex activos de las FSE. Empieza mañana. 


 

 17/072025, Gijón

© La Pluma del Este


12 de octubre de 2023

Sé que volverás

  Sé que volverás


 


¡Amo, qué alegría!
Veo que sacas mi arnés y la correa. Andas de un lado a otro. ¡Guau! Vamos a salir. ¡¡Guau, me encanta!! Adoro ir contigo, aunque hasta la esquina. Sé que ya no soy un cachorro y no me muevo tan rápido, pero los paseos largos me chiflan.
   Bajamos al garaje. Mucho mejor. ¡¡Guau!! ¿Vamos de viaje? ¿Podemos ir al pueblo? Porfaaaaaaa… Me encantaría volver a ver a la hembra que vive al lado. Hemos llegado a un medio acuerdo. La tengo en el bote, como decís, los humanos. Solo falta traerle una salchicha. ¡Qué alegría! ¡Me encanta! Pa-se-o, pa-se-o… Nos-va-mos-de-pa-se-o…
   Amo, te noto extraño. Huelo preocupación. Tú, tranquilo. Hacemos un buen equipo: tú y yo. Aunque no le gusto demasiado a tu nueva hembra. Pero tranquilo, la ganaré. Soy un especialista en las hembras. Sé que ella se enfadó mucho cuando mordí su bolso. Pero es que estaba tan apetecible y olía tan bien que no me pude resistir. Ya sé que los perros tan mayores como yo no deberían hacer estas cosas. Pero no he podido aguantarme. Nunca más. Te lo prometo. ¡Ah! Lo de aquel zapato, no cuenta. Te pedí el perdón. Aunque me debes una por lo del otro día: meterme un termómetro por el culo no ha molado nada de nada. Esto no se hace. Y sin esperar. Uff. Todavía me tiemblan los cuartos traseros al recordar aquella encerrona en la clínica.
   Me encanta ir en coche contigo. Nunca sabes qué aventura vamos a vivir.
   ¡Ay, qué tiempos aquellos, cuando éramos unos críos! Tú, con tu pelota de fútbol, y yo con la mía, de goma. ¡Qué bien nos lo pasábamos! Y hasta dormíamos juntos. Ahora tienes la puerta cerrada. Bah, no pasa nada. Estoy más a gusto en la cocina donde pasa el tubo de agua caliente. Uno ya tiene edad, ¿sabes?, aunque me siento como un chaval todavía.
   ¡¡Aaaaaamo!! Creo que te equivocaste del camino. El olor es diferente. No es por ahí. Date la vuelta. Hola, estoy aquí, atrás. Te veo por el espejo. Veo tu mirada. Mírame. ¿Por qué no me miras? Te-has-e-qui-vo-ca-do. ¿A dónde vamos? ¿Un sitio nuevo? ¡¡Guau!! Vamos de aventura como antes. ¡¡¡Guau!!!
   ¿Por qué paras el coche? ¿Ya hemos llegado? No veo nada alrededor. Bueno, sí, un bosque. ¿Vamos a un bosque? ¡Pero si nunca vamos al bosque! Bueno, una aventura misteriosa, guau.
   Mira cómo salto la valla. Ups. ¡Qué golpe! Antes, yo volaría por encima. Mejor me pasaré por debajo. Ni se te ocurra reírte. Y no lo cuentes a la perra del vecino. Uno tiene su orgullo. Uff, aquí huele diferente. Me gusta. ¿A dónde vamos? ¿Me vas a amarrar? ¿Y cómo se supone que vaya contigo si me dejas aquí como a un cachorro maleducado? Aaaaamo. Mírame. ¡¡Guau!! ¡¡Un pícnic!! Trajiste mi mantita, el cuenco y la comida. También me vale, aunque unas ricas salchichas molarían mucho más.
   ¿A dónde vas? Puedes levantar tu pata aquí mismo, somos machos. Estas cosas no me molestan. ¡Aaaaamo! ¿A dónde vas? Esto ya no me hace gracia. No te veo. ¡Guau! ¡¡Guau!! ¡¡¡Guau!!! ¡¡¡Aaaaaaamo!!! ¡¡¡Aaaaaaamo!!! No quiero quedarme aquí. Esta correa es muy fuerte. ¡¡¡Guau!!! ¡¡¡Guauuuuuu!!!
   Oigo tu coche cada vez más lejos. ¡Guau! ¡¡¡Guauuuuuu!!! ¡No me dejes aquí! Quiero irme a casa. No sé qué ha pasado. No entiendo nada. ¿Qué hice? ¿Por qué te fuiste? Quiero volver contigo a nuestra casa. Tranquilo, Max, respira. Seguro que volverá. Sin ti no podrá vivir. 
   ¡Guau!… Moja… Lluvia… Odio la lluvia. ¡¡¡Aaaaamo!!! ¡¿Dónde estás?! Tengo que soltarme como sea. A ver esos dientes. Puedo con esa correa. Uff. Cuesta. Un poco más. Se resiste. Ya falta poco. Qué dolor en la boca. Sangre. Lo que faltaba: un diente roto. Sigo que ya casi está. ¡Ya! ¡Estoy libre!
   ¡¡¡Aaaaamo!!! ¡¡¡Guau!!! ¡¡¡Guau!!! ¡¿Dónde estás?! No hay nadie. A ver ese olfato. El coche estaba aquí y se fue… Por allá. Eso es. Ahí está la casa. ¡¡Aaamo!! ¡¡¡Voooy!!!…
   Tenía que haber bebido el agua del cuenco. ¿Ahora qué? Me muero de sed y este camino no termina nunca.
   Las patas me duelen un montón. Uff. ¡Qué frío hace! Tengo hambre. Cuando llegue a casa no me quejaré del pienso. Lo comeré todo. Después, salchicha. Voy a echarme un ratito aquí, justo al lado de la carretera. Así mi amo me verá más rápido. Volverá… Segurísimo… Sin mí no puede…
 

 

 

 


 






                                                                                                                  11/10/2023, Gijón


Este relato es una participación en el concurso de El tintero de oro






   

19 de diciembre de 2025

La celera te mata

 La celera te mata





Al abrir la puerta de la mansarda, un olor a rancio y a las cosas olvidadas me dio de lleno. Di un paso. Otro… Hacía mucho que nadie entraba. Ahora que lo pienso, desde que mi abuelo desapareció. Él pasaba horas aquí, encerrado. Se podía oír sus balbuceos al hablar consigo mismo… O, con alguien.  Mis recuerdos de aquellos años son solo los retazos de la memoria. Y, sin embargo, sé que he entrado aquí una vez… Mi abuelo estaba escribiendo en una libreta… Muy absorto. Cuando me vio en la puerta, se enfadó muchísimo, me gritó y me echó. Me tropecé y caí por la escalera. Desde entonces tengo el tic de tocarme la cicatriz de mi frente. También discutió con mis padres. Después nos fuimos a nuestra nueva casa y el abuelo se quedó aquí… Solo… Durante veinticinco años. Sin llamadas, sin cartas, sin felicitaciones por Navidades y cumpleaños… Nunca hemos vuelto…  Hasta ahora.

           Hacía unos seis años que el abuelo había desaparecido sin dejar rastro. Mis padres pusieron la casa en venta. Yo decidí, por fin, mitigar mi curiosidad y ver por mí mismo por qué él pasaba tanto tiempo en esta buhardilla…

          Con la linterna del teléfono vislumbré una lámpara de pie. La encendí… La pantalla, que ahora era un hogar de las arañas, desprendió una luz amarillenta. La sombra del dibujo intrincado de la telaraña se reflejó en el techo. Al lado de la lámpara estaba un sillón antiguo y gastado y una mesita, llena de libretas apiladas. Me fijé en un par de guantes toscos de cuero que estaban colgados en el respaldo. ¿Qué hacían ahí?… Enfrente del sillón, en el centro de la estancia, había una estructura tapada con una sábana. Di una vuelta alrededor. La luz de la linterna se reflejó en las desnudas paredes. Pero las esquinas y las aristas de la buhardilla protegieron su oscuridad de mi invasión. Quité la sábana… Y descubrí un enorme espejo ovalado.

          Me miré y no me vi reflejado en él. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Lo toqué. Mis dedos casi se quedan pegados a la helada superficie. El cristal muerto estaba rodeado por una moldura negra y exageradamente repujada con rosas de un rojo intenso. Las toqué… Y el espejo cobró vida… Los tallos, llenos de espinas, empezaron a retorcerse como serpientes. Y su sonido, una especie de crujido y tintineo, se propagó por la habitación… Me pinché… Las rosas se quedaron quietas… A la espera… La sangre, formando un finísimo riachuelo, empezó a bajar por mi brazo… Metí el dedo en la boca… Mi boca se llenó de sangre… ¡Dios! ¿¡Si era solo un pinchazo de nada!? Sentí un mareo. Di un paso hacia atrás y tropecé con el sillón. Caí en él y una nube de polvo se elevó al techo. Miré al espejo. ¿O el espejo era el que miraba en mí?

          Recogí del suelo una libreta. La frase “La celera te mata”, “la celera te mata”, se repetía centenares de veces en cada página… Abrí otra libreta… Las ojeé una detrás de otra y todas, con más o menos inteligibilidad, tenían escrita la misma frase: “La celera te mata” … Me quedé sentado una hora… ¿O dos? ¿O más? Me sentía débil… La sangre no paraba de gotear. No tenía ni fuerzas ni ganas para moverme y llegar hasta el teléfono que estaba tirado en el suelo. Tampoco creo que valdría para algo; la linterna habrá gastado la batería.

          Miré al espejo. Ahora tenía una mancha oscura que poco a poco aumentaba de tamaño. Yo, como un conejo frente a una serpiente, no podía apartar la mirada.  Y, la mancha se convirtió en un rostro. El de una mujer joven y bellísima. Sus ojos color whisky estaban fijos en mí. De repente, el rostro empezó a cambiar.  Ahora me miraba una cara antigua, marchita y de muecas exageradas, que se rompieron con una risa desdentada… De aquella boca horrorosa no salía ningún sonido y, sin embargo, mi mente la oía. Una risa repugnante. Mi cabeza empezó a dar vueltas. La risa era más y más alta. Mi mente se licuaba con aquel sonido. De repente, todo paró… La cara desapareció.

          Entonces comenzó el tráfago: pasos arriba, pasos abajo, a los lados, golpes en el techo; la lámpara parpadeaba al compás. Las arañas enloquecidas subían por las paredes en oleadas. Era como si la mansarda entera se hubiera despertado de un letargo. Las libretas, como las aves siniestras, batiendo las hojas, formaron un círculo alrededor del espejo. Volando y volando cada vez más rápido, crearon una especie de torbellino. Yo me sentí arrastrado hacia él. Me aferré al sillón… Era una locura. Esto no podía pasar. Mis dedos ya apenas se agarraban al tapizado. Me di cuenta de que ni el sillón, ni la lámpara, ni la mesita se movían. Era total y absolutamente ilógico.  Recé a Dios, llamé a mi madre, lloré como un crío… Miré hacia el espejo… Convertido en una boca oscura y hambrienta, el espejo estaba a punto de engullirme… De nuevo la risa de aquella horrible mujer sonó en mi cabeza: «Ven, muchacho. No seas cobarde. Con tu abuelo no fue suficiente. Ni con tu hijo pagarás por el daño causado. Y los muertos no olvidan. ¡Ja, ja, ja!» … ¿Hijo? No tengo hijos… Una mano huesuda salió del remolino y empezó a arrastrarme hacia dentro. ¡¡Nooooooooo!!

          —Cariño, ¿qué te pasa? Despierta… Te llamé un montón de veces. Me tenías muy preocupada. ¿Te pasa algo?… Dime, cariño. —Sandra, mi novia, estaba de rodillas con cara de susto y preocupación. —He llamado a tu trabajo, también a tus padres. Y me dijeron que ibas a venir aquí. Menos mal que la puerta estaba abierta y pude entrar sin montar un escándalo a estas horas de la noche.

          Mi cabeza seguía dando vueltas. Me sentía confuso sin distinguir qué era el sueño y qué era la realidad. La voz preocupada de Sandra y sus besos poco a poco me sacaron de la pesadilla vivida:

          —San, estoy bien. No te preocupes. Solo que los recuerdos de mi infancia aquí y la historia con mi abuelo me dejaron hecho polvo. ¿Viste mi …? —el resto de la frase quedó atascado en mi garganta. El espejo seguía ahí, pero totalmente diferente. Era un espejo normal, con el marco labrado y repujado en oro. Nada que ver con la monstruosidad que me quiso engullir.

          —¡Qué espejo más bonito! Y es de pie. Estas piezas no se ven a menudo. En un anticuario cuestan unos cientos de euros o más. ¿Podríamos quedar con él? En nuestro dormitorio se vería divino.

          Solo de imaginar revivir la pesadilla salida de este espejo me dio escalofríos.

          —Vaya, cariño. Cómo sois los hombres, ja, ja, ja. Las mujeres siempre vemos joyas donde vosotros veis las antiguallas. Pues si no te gusta, aquí se queda. Cambia esa cara… Te voy a decir algo que te va a levantar el ánimo. De hecho, por esto estaba loca por encontrarte. ¿Te acuerdas de que te dije que me sentía rara? Pues… ¡Chan-chan! ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un bebé!

          Salté del sillón como un muelle. ¡Dios! ¡Seré padre! El amor que sentía por esta maravillosa mujer me hizo sentir el hombre más feliz del mundo. La abracé, la besé en su boca, su frente, su pelo. Olí la fragancia del perfume en su cuello… Y me miré mi mano izquierda que jugaba con el mechón rubio… En la yema del dedo corazón claramente se veía un pinchazo. Miré al espejo. Desde dentro salió volando una fotografía… Suspendida en el aire, que parecía jugar con ella, la fotografía se posó en la mesita. Como si estuviera ahí todo este tiempo. La cogí con la mano temblorosa.

          —¿Y esta foto? ¿Quiénes son, cielo?

          —Mi… Ejem, ejem… Es mi abuelo y la mujer tiene que ser mi abuela. Y la niña, es mi madre. ¿Sabes?, no llegué a conocer a mi abuela.  Ni siquiera vi sus fotos. Es como si jamás hubiese existido. Cuando yo nací, ella ya había muerto. No sé más. Igual mis padres nos pueden hablar de ella. —La fotografía temblaba en mis manos. No podía ser…  Era una locura. ¡La mujer del espejo era mi abuela!

           Cuando cerraba la puerta de la mansarda pude oír la risa diabólica de la vieja… «La celera te mata… la celera te mata, ¡ja, ja, ja, ja!»





38/12/2025, Gijón

© La Pluma del Este


13 de mayo de 2023

Me voy...

 Me voy…




Me estoy muriendo o, por lo menos, es lo que oigo alrededor. Gente susurrando, el sonido del agua, el pitido molesto… Y el frío, mucho frío. Lo siento apoderándose de mi cuerpo.
   Estaba pescando. O esta era mi intención. Vine muy pronto. Dejé a mi esposa durmiendo. Tan bella después de tantos años. Le di un beso. Por fin pude cumplir mi deseo: ir a pescar. Para un pensionista recién estrenado es algo incondicional. Estar tranquilo, sin prisas, solo con la naturaleza. La unión con lo divino. Suena cursi, lo sé. Creo que he cogido un par de buenas truchas.
    Después, un fuerte dolor en el pecho…
  Mi cerebro casi sin oxígeno me dice que me voy. Me siento tranquilo… El agua está llevando mis recuerdos como los pétalos de flores…






                                                                                                                           09/05/2023, Gijón


10 de febrero de 2026

El precio del silencio

 El precio del silencio


Excelencia


Cuando lea esta carta, yo ya estaré de camino a algún lugar olvidado por Dios y hombres de bien. Dejo en sus manos obrar en consecuencia con lo que le voy a confesar en estas líneas. No pediré perdón, porque no lo merezco. He cometido el mayor de los pecados: quitar una vida. Su peso me aplasta como una losa de una tumba. No tuve elección. No suplico su comprensión. Esto ya da igual. ¿Cómo podría un hombre tan virtuoso como vos entender a un pecador como yo? Y mucho menos, concederme la absolución.
          Ella era una feligresa muy asidua de la parroquia… Imagino su perplejidad, Excelencia. Sí, he matado a una mujer. Es tan irónico: jamás he amado a una.
         
          Era la tarde de viernes, justo después de Acción de Gracias. Yo leía esperando que alguien entre para confesarse. La puerta del confesionario se abrió y se cerró. Después de unos carraspeos se instaló el silencio. Esperé unos instantes. Noté un olor a canela y manzana. Una voz áspera, no supe si de un hombre o mujer, pronunció:
          —Perdóname, Padre, he pecado.
          —Dime… Hijo mío. Hija mía. ¿Cuál es tu pecado? Seguramente entre los tres: tú, yo y el Santísimo, podremos encontrar una solución.
          —¿So… solución? Ya la encontré, Padre. Justo en este mismo momento ella estará agonizando…
          Tuve la sensación de que la otra persona estaba sonriendo. Su voz se aclaró. Era femenina:
          —Tantos años de cuidados y sin un triste gracias… Me harté. ¿Sabe? Ha sido más fácil de lo que imaginaba. Dejé las pastillas justo al alcance de su mano. Dije que eran las vitaminas. Y como la pobre no se entera de nada, las tomó todas.
          Me quedé sin palabras, Excelencia. Era la confesión de un asesinato. Cuando logré reaccionar, ella ya se había ido, y en mi interior empezó una guerra.
          Mi primer impulso era acudir a la policía. ¿Pero qué podría decirles? Se trataba de una confesión sagrada. ¿Un anónimo, quizás? No había visto su rostro. No sabía quién era, ni dónde buscarla.
          Pero no tuve que esperar mucho. El domingo, muy temprano, me llamaron desde un tanatorio para oficiar el funeral de la señora C.D.P. Más tarde, con la iglesia llena de dolientes, sentí una mirada. Fue una presión muda, insistente. Me incomodó. Alcé los ojos y la vi. Estaba vestida de negro. Delgada. Corriente. Tan corriente que resultaba invisible. Lloraba y discretamente se secaba con un pañuelo blanco. Era la sobrina de la difunta. Me miró. Sin ningún rastro de culpa.   Con ojos de alguien que ha dado un paso al abismo. El mundo se me vino encima: era ella.   Y sabía que yo lo sabía. Y sabía también que yo no podía denunciarla. Se la veía segura de su impunidad. Quizás incluso complacida por ello…         
          Perdóneme, Excelencia, pero aquel día me sentí prisionero de la iglesia. Quise gritar que la asesina de aquella pobre mujer estaba justo ahí, al lado de su ataúd, y que había vivido bajo el mismo techo que su víctima. Odié mis votos. No me servían para salvar a nadie. No había justicia… Solo el silencio como respuesta a mis plegarias.
 
          Pasaron unos tres meses. Y de nuevo aquel olor a manzana y canela flotando en el aire. Me encogí de miedo. Quise desaparecer. No podía compartir aquel espacio sagrado con una asesina. Cuando habló, su voz me clavó al banco de madera, como aguja a un insecto.
          —Perdóneme, Padre, he pecado.
          Guardé silencio.
          —¿No me dice nada? ¿Acaso le doy miedo, cura? Bah, da igual. Vengo a por el perdón. Me arrepiento. Vaya muerte más inútil… Tenía que haber asegurado la herencia antes. ¿Quién iba a decir que la vieja lo dejaría todo a una sobrina lejana? Y esa vino con dos mocosos. Tienen toda la casa hecha un desastre.
          —Entrégate a la policía, hija mía. Reconoce tu pecado y serás libre ante Dios. —logré decir, al fin, con una voz que no parecía la mía.
          —Ni hablar. Esa advenediza no se va a quedar con lo que me pertenece. Donde hay uno, hay dos. De hecho, yo ya sé lo que hay que hacer. Limpio y rápido. Ya nos vemos, padre.
          Salí del confesionario como un poseso. Tenía que detenerla.
          —¡Espera! No lo hagas. Es tu familia. Son inocentes. Vas a dejar huérfanos a los niños. Ten piedad. ¡Te denunciaré a la policía!
          Ella se volvió despacio y se acercó a mí.   Olí su perfume a manzana y canela y me repugnó.
          —Pero no hará, ¿verdad, cura? ¿Dónde quedaría entonces el secreto de la confesión?
          —¿Por qué lo haces? ¿Por qué confiesas tus crímenes aquí? ¿Por qué a mí?
    —Ni yo lo sé. Aquel día vi a la vieja retorciéndose en la cama y pidiendo la extremaunción… Así que vine aquí. Como podía haber ido a cualquier otra iglesia. —Hizo una breve pausa—. Ah, otra cosa. Ni se le ocurra contarlo a nadie. Los niños podrían tener un accidente. Esas cosas pasan a diario.
         
           Me quedé ahí, cobarde e inútil. Una mujer iba a morir y yo no sabía qué hacer para evitarlo. Sus hijos eran el precio por mi silencio. Me rompí en pedazos.   Lloré. Recé.
          ¿Recuerda, Excelencia, aquella vez cuando acudí a usted desesperado? Le pregunté qué debía hacer si en un confesionario conocía un delito que aún podía evitarse. Y su respuesta era que todo estaba en manos de Dios. Desde entonces mi fe empezó a tambalearse. El Santísimo no respondía a mis oraciones. Y yo empezaba a comprender que el silencio también era una respuesta. 
          Llamé a la policía desde una cabina. Les avisé de que se iba a producir un asesinato. Di la dirección y colgué. Me sentí aliviado por descargar una parte de mi peso a los hombros de la ley… Qué necio fui. Qué confiado.
          Al no escuchar nada raro en las noticias, sentí alivio. Aun así, al día siguiente, me acerqué a la casa para confirmar por mí mismo que todo iba bien, que la familia estaba a salvo y que la asesina había sido detenida.
 
          Todavía recuerdo como si fuera ayer las luces azules, la ambulancia alejándose y, en su lugar, el furgón funerario aparcando despacio. La calle, abarrotada de gente, se sumía en silencio, roto por algún que otro llanto aislado.
          Yo me quedé en shock. Había llegado demasiado tarde. Por mi culpa. Solo por mi culpa. Oí decir: «Pobrecita, tan joven. Ha dejado a dos niños huérfanos». «Cuando llegaron del colegio con su tía, encontraron a su madre en la bañera. Muerta». «Habrá resbalado, la pobre. No sería la primera vez. Pasa más de lo que creemos».   Yo sabía la verdad.
          La vi salir de la casa abrazando a dos niños, de unos cinco y diez años. Se alzaba por encima de ellos como un ave oscura. Me vio. Sonrió. Y ahí, en aquel preciso instante, comprendí que los niños serían los siguientes. Sentí rabia e impotencia. Quise gritar que allí, delante de todos, estaba la asesina de su madre. Pero no tenía pruebas. ¿Qué podía hacer yo, un sacerdote de una pequeña parroquia, un simple peón en una terrible partida?
          Volví a llamar a la policía. Muchas veces. Pasé frente a su casa noche tras noche, como un ladrón en las sombras. A través de las ventanas la veía tranquila, incluso feliz. Los niños reían. Mi conciencia, poco a poco, se adormeció.
          Reconozco mi debilidad, Excelencia. Acepté el crimen y su falta del castigo. Como usted dijo: todo está en manos del Señor. ¿Y quién era yo para juzgar sus designios?
         
          Pasó el verano. En el día de Nuestra Señora de los Dolores, la iglesia estaba llena de penitentes. Me sentía cansado, pero en paz. Mi fe comenzaba, lentamente, a recomponerse. A última hora de la tarde me encontraba aún en el confesionario. Entonces regresó aquel olor. Manzana y canela.
          —Perdone, padre… He pecado.
          Me quedé inmóvil, sudando y temblando de frío al mismo tiempo.
          —Por si le interesa, la policía ha cerrado el caso. Accidente doméstico en la bañera. Tan corriente hoy en día.
          —Sé que fuiste tú —dije. —¿Puedes vivir con ello? ¿Mirar a los ojos de esos niños sin sentir nada? He rezado por tu alma. Veo que ha sido inútil.
          Su risa hueca me heló la sangre: 
          —Padre, no sea ingenuo. Solo he esperado el tiempo prudencial. Serían muy sospechosos dos accidentes seguidos y en la misma casa. Ahora soy su tutora legal.   Nos iremos de viaje. A los muchachos les vendrá bien el crucero en un barco. Y, ¿quién sabe?, igual ahí podría pasar alguna tragedia; un resbalón para coger una pelota o una caída accidental al mar… Cosas más raras suceden.
         Algo se rompió dentro de mí:
         —¡Maldita! ¡Deja a los niños en paz!
         Le di su absolución… El confesionario quedó en silencio.
        Aquella noche nadie entró en la iglesia. Sentí a Dios. ¿O era el Satanás que me empujó a cometer el crimen? ¿Acaso importa? Solo sé que ella ya no respiraba y los niños, pobres inocentes, seguían vivos. Si he nacido únicamente para cargar con esto, lo acepto.
 
P.D. El cuerpo se encuentra en la cripta, bajo la iglesia.
      
No rece por mí, Excelencia. No lo necesito. Ya estoy en paz.

                                                      Juan A.A.
 

 



                                                                                                                         20/01/2026, Gijón

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