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Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

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1 de mayo de 2026

191. La Donna


La Donna



Luigi’s era el típico restaurante italiano del Bronx; sin embargo, no tenía el aire de la vieja elegancia del sur de Europa. Situado en el 237 Arthur Avenue, era un pequeño local sin pretensiones. Tres ventanas, un poco más altas de lo normal, no permitían ver el interior. Las cortinillas de cuadros rojos no lograban suavizar la fachada de ladrillo tosco.  La puerta de madera estaba reforzada con tiras metálicas y no invitaba a entrar a curiosos o amantes de la comida. Más bien avisaba de que no era un lugar para los forasteros. Aun así, el olor a pizza, orégano y pancetta frita recordaba la cocina de una mamma napolitana.  
     Y no era casualidad. La jefa de la familia Esposito, la señora Lucía —la Donna, para empleados y competidores, era quien regentaba el restaurante heredado de su padre, Luigi. Era viuda y sus cuatro hijos, Antonio, Marco, Salvatore y Vincenzo, se ocupaban de los “otros negocios”, mucho más prósperos y peligrosos. Ella lo controlaba todo.
     Cada domingo por la noche, con el restaurante cerrado, la familia se reunía en el amplio almacén de la parte de atrás. Los Esposito, sentados alrededor de una gran mesa, disfrutaban de las viandas y del buen vino napolitano, traído de contrabando. Muchas veces tenían invitados de otras familias y no era raro ver el brillo de alguna placa de la policía sobre la mesa.
     Así, entre plato y plato, los Esposito decidían sobre la vida y la muerte de sus vecinos y de la competencia. Al final, los negocios eran los negocios. Había que respetar eso por encima de todo.
     Hoy era el domingo especial. El miércoles pasado había llegado un cargamento de whisky escocés camuflado dentro de los barriles de arenques y tocaba organizar el reparto. Donna Lucia estaba molesta. Era la primera vez que entraba semejante cantidad de alcohol. Ella prefería ser más discreta. Pero los muchachos se salieron con la suya y diez mil botellas no eran fáciles de esconder y colocar. Menos mal que tenían a la policía en el bolsillo. Ese Briggs era barato. Con comida y unos cientos de dólares, cerraba los ojos y la boca. Menos cuando devoraba su pasta.
     La Donna encendió un cigarrillo, inhaló y soltó una nube de humo. Tenía una sensación extraña. Le picaba la mano derecha. La rascó disimuladamente, pero las hormigas seguían ahí. Justo en el centro de la palma de la mano. Le pasaba siempre cuando alguien mentía. Cuando algo malo iba a pasar. Era un aviso. Uno de los que comía su comida y bebía su vino, no era quien decía ser. Una traición sobrevolaba la mesa.
     A través del humo, sus ojos acerados repasaron las caras de los presentes. A su mano derecha, su hijo mayor, Antonio, hablaba con Gennaro, su primo tercero. Era el único hijo de su primo Luigi, ya fallecido. Que Dios lo ampare. Salvatore y Vincenzo, en la otra punta de la mesa, discutían sobre las mujeres. Qué jóvenes y tontos, pero tan guapos como su padre. Que descanse en paz. Salvatore Bellomo no paraba de comer y cada poco rellenaba la copa. Le daba asco. Si no fuera por su lealtad con la familia Esposito, jamás dejaría que semejante cerdo ensuciara el mantel de hilo. Alessandro Santoro… Ay, Alessandro. Nunca le he permitido calentar su cama. El tiempo ya pasó. Solo quedan los recuerdos. Pero es un amigo fiel. A su padre, a ella…  y espera que a sus hijos.
     Donna Lucia miró a su izquierda. La silla de Marco estaba vacía. No lo veía desde el miércoles. Le pareció extraño. Con las ganas y el esfuerzo que puso en conseguir este cargamento, hoy no se presentó a la cena. Sus hermanos hablaron de una fulana y que estaba muy pillado por ella. Pero los negocios están por encima de todo. La familia también. Tendrá que hablar con el chico y ponerle las cosas claras. Su mano le seguía picando.
     Los ojos de la Donna se encontraron con la mirada de Matteo Vitale, a quien no conocía hasta ayer. Antonio dijo que venía desde el sur de Italia para buscar nuevos distribuidores. Era un hombre elegante, discreto, con bonitas canas en las sienes, demasiado perfecto para aquel lugar. Al presentarse, le besó la mano. Si tuviera veinte años menos, se metería en la cama con él. Donna Lucia se regañó a sí misma por los pensamientos tan indecentes.
Matteo Vitale esbozó una sonrisa y su mirada se elevó por encima de la Donna. Hizo un ligero gesto con la cabeza a alguien detrás de la mujer.
     Donna Lucia se giró un poco, pero no le dio tiempo para ver más. Algo rodeó su cuello y un dolor punzante la dejó paralizada. Se llevó las manos y tocó una cuerda. Intentó meter los dedos para aflojarla y se arrancó la piel del cuello.
     Antes de cerrar los ojos, vio la cara de su querido Marco… En su mirada no había nada. Ni siquiera odio.
     —¿Por qué? — apenas susurró.
     —Madre, esto es por la Cosa Nostra. Siempre dijiste: «Los negocios están por encima de todo».
     El silencio en la mesa se rompió con la caída de un cuerpo. Marco se sentó en la silla de su madre.

 



         

18/02/2026, Gijón

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27 de abril de 2026

190. La caja de las palabras.

 

La caja de las palabras

 

 

La nieve caía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.  Yo caminaba con cuidado, apoyando bien cada pie, evitando las placas traicioneras de hielo que se asomaban bajo la capa blanca. Había olvidado cómo se veía este barrio en invierno. El barrio donde nací y viví hasta los diecinueve años. El mismo al que nunca pensé volver.
   La caja de regalo, con un lazo rojo, se me hacía más pesada a cada paso que me acercaba al n.º 14 de la calle Monet.
    Las casas pasaban a mi lado: unas con ventanas apagadas; otras, con luces y risas. La mía, al final de la calle, se veía oscura y silenciosa.
    He tardado demasiado en volver. Un día, hacía cuatro meses, ella dejó de enviarme las cartas. Yo le escribí muchas. No envié ninguna.
Llegué a la escalera de la puerta verde. La única en toda la calle. Fui yo quien eligió el color. La pinté con mi padre. Me quedé ahí, contemplando cada grieta de la pintura reseca. Quise dar la vuelta. La caja, llena de palabras, me obligó a quedarme. Subí los escalones. Toqué el timbre. Su eco resonó en una casa vacía.
    Metí la mano bajo el jersey y saqué la llave, colgada de una cinta roja. Me vi con diez años volviendo del colegio… La puerta chirrió… El olor a cerrado me dio de lleno.
    —Mamá…
    Aunque ya presentía que nadie me iba a responder.
    La cuarta tabla del pasillo crujió. En el salón, los muebles, son fantasmas blancos.       Quité la sábana del aparador. Los marcos de fotos con la felicidad congelada me miraron con docenas de ojos. Apreté la caja contra mi pecho.
Entré en la cocina. Recordé el olor a café recién hecho, las rosquillas de canela y anís…  Me pareció oír a mis padres charlando sobre naderías. Una lágrima, después otra, resbalaron por mis mejillas.
    —Hola, ¿hay alguien ahí? Salga o llamo a la policía.
Salí. Una mujer mayor, apoyada en un bastón, me repasó de arriba abajo. La tranquilicé:
    —Hola, soy Laura, la hija de Juan y Julia. Vine a ver a mi madre.
    —Vaya, hija. Cuánto lo siento. Julia murió el otoño pasado.
    La caja de regalo con el lazo rojo resbaló de mis manos… Después de dar varios botes por las escaleras, el contenido de la caja se desparramó en la nieve. Los «Hoy hice la mermelada de grosellas, tu preferida», «Papá está enfermo», «Te quiero, hija», «Te echamos de menos» se mezclaron con los sobres cerrados de mis promesas incumplidas… Ya ni me acuerdo por qué.
    Me derrumbé ahí mismo. Quise gritar, quise pedir perdón, rogar para que el tiempo volviera atrás. No hice nada de esto. Solo me quedé sentada en la fría escalera de mi antigua casa.


    Y la nieve seguía cayendo en silencio.






                                                                                                                       31/03/2026, Gijón

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16 de abril de 2026

189. Los lirios en la piel

 Los lirios en la piel





Dime… ¿alguna vez te ha quedado para para siempre una imagen que duró solo unos segundos? A mí, sí. Con el paso del tiempo, sigue grabada en mi memoria. En mi corazón.
    Por entonces, yo tenía trece años. Cada verano íbamos a Bilopilia, una pequeña ciudad del oeste de Ucrania. En su centro había edificios altos, fábricas, tiendas y un cine. Por el contrario, la casa de mis abuelos paternos se encontraba en la zona del campo, con pintorescas casitas de una planta, huertos y jardines. Cuando cierro los ojos, todavía puedo sentir el viento con olor dulce a flores de trigo sarraceno y oír el croar de las ranas de un riachuelo cercano.  Qué época más feliz. Una vida despreocupada. Tranquila. Pacífica.
    Los días soleados y con los quehaceres hechos, mis padres, mi hermano menor y yo íbamos a la playa del río Vyr a un par de kilómetros. Aquella vez mi mamá se quedó en casa.
  Los tres seguimos el camino serpenteante que recorría los campos de trigo, cruzaba el puente del tren y se perdía entre la espesura al otro lado del río.  Para nosotros era una aventura. Después de varios recodos más, el camino se abría a un gran prado.
   Familias con niños y grupos de chavales encontraban en ese bonito rincón un lugar de ocio y juegos. Yo solo quería nadar. Por entonces ya había acabado la escuela de natación y aprovechaba cada ocasión para zambullirme y hacer unos cuantos largos.
   Mi cuerpo de niña, delgado como un junco, apenas empezaba a despertar. Muchas sensaciones eran ajenas para mí. Recuerdo que llevaba un bikini rosa con diminutas florecillas y mi melena castaña en una trenza.
Ahí estaba yo, en la orilla del sinuoso y profundo río. La de enfrente era inaccesible, rodeada de juncos, algas y algún que otro lirio de agua. Qué flores tan bellas. Nadie se atrevía a nadar ahí, ya que era peligroso. Toqué el agua con la punta de los dedos y la piel se me puso de gallina de lo fría que estaba. No soy de zambullirme a la carrera. Así que entré poco a poco. Cuando el agua me llegó a la cintura, me lancé.  Me dejé arrastrar por la corriente y, al oír los gritos de mi padre, volví. Así una y otra vez… No es que yo fuera desobediente, sino que me gustaba probar mi fuerza y tensar un poco la paciencia paterna. ¿Quién no lo hizo?
    En el agua no solo estaba yo. Me fijé en un par de chavales adolescentes. Eran más morenos que el resto. Y su pelo era negro y ondulado. Nadaban como caballitos de mar. Cada vez que volvía a meterme en el río, los encontraba cerca de mí. También sentía la mirada de halcón de mi padre. En el fondo, aquello me divertía.
    Uno de los chicos, el mayor y más guapo, con ojos color miel, me sonreía, pero mantenía la distancia. Yo estaba confusa y encantada. Hasta que mi padre, cansado de aquel inocente flirteo, me obligó a recoger a mi hermano y salir del agua. Me dijo que los chavales eran zíngaros nómadas de un campamento cercano, mala compañía, y se fue a nadar.
   Yo estaba acostada en la toalla, boca arriba. Con los ojos cerrados escuchaba el silencio interrumpido por alguna risa. Sentía a mi hermano cerca, cazando mariposas. De repente, una sombra y algo frío y mojado cayó sobre mí. Grité y salté. Un ramo de lirios se desparramó a mi alrededor. Yo no entendía nada. Vi a mi padre acercarse con cara seria. Me giré y los vi. A los dos chicos zíngaros riéndose a carcajadas y huyendo. El guapo me guiñó el ojo.
  Sintiéndome culpable, recogí las flores y las devolví al río. Nos vestimos y emprendimos el camino de vuelta.
Íbamos por un pequeño bosque. Ya faltaba poco para llegar al puente del ferrocarril, cuando sentimos unos temblores y el ruido de las ramas al romperse. Nos giramos.     A poca distancia vi a los chicos zíngaros a caballo. El guapo me miraba fijamente. Hizo que su caballo se pusiera sobre las patas traseras. El hermoso corcel bailó y soltó un relincho. El muchacho me tiró un beso. Después, desapareció seguido de su amigo… Una parte de mí se quedó en aquel lugar hasta hoy.
   El resto del camino lo pasé en silencio, interrumpido por las burlas de mi hermano y los silbidos despreocupados de mi padre. Durante varios días yo era el centro de bromas y suspiros fingidos. En una familia suelen pasar esas cosas.

Mientras escribo estas líneas, la cara de aquel muchacho se dibuja con el humo. Toma forma y desaparece, dejando en el aire una pregunta sin contestar.
Una semana después volvimos a la playa. Con la excusa de querer dar un paseo, empecé a subir la colina cercana. Necesitaba saber si el campamento de los zíngaros seguía ahí. Las mariposas en mi estómago revoloteaban sin parar. Deseaba ver a aquel muchacho. ¿O no? ¿Qué le diría?
    Desde arriba, en un pequeño valle, vi los restos de las fogatas y las huellas de los carros que se perdían a lo lejos. Algo dentro de mí se rompió. Lloré en silencio. Suena absurdo, lo sé. Aun así, una diminuta esquirla se había clavado en mi corazón para siempre.
   Aquel día no nadé. Me quedé sentada mirando el río y los lirios de agua que se mecían suavemente, empujados por la brisa.

         

                                                      09/02/2026, Gijón         

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Hola, querido Lector. 
Me gusrtaria saber si te ha pasado algo parecido. Si atesoras ese recuerdo especial sobre algo que dejaste escapar... Algo lejano en el tiempo, y sin embargo, que algunas veces sube a la superficie de tu memoria. 
Cuéntame... te leeré.


3 de abril de 2026

188. La cita de las cinco

La cita de las cinco



El cliente de las cuatro y media canceló nuestra reunión. Mi tren de regreso a Madrid salía a las ocho. Decidí dar una vuelta sin alejarme mucho de la estación. Aunque el invierno estaba llegando a su fin y el sol de primavera no calentaba mucho, el día era agradable. Al final de una calle descubrí una plaza acogedora con varios bares y tiendas. Un grupo de mujeres tomaba algo en una de las terrazas y unos niños correteaban entre las mesas.
     Me fui a una terraza más alejada. Un camarero con cara cansada me tomó la nota. Mientras esperaba, estiré las piernas y me puse cómodo. Cerré los ojos y por un instante me quedé ajeno a la vida que me rodeaba.
       —Señor —era el camarero—, aquí tiene su café con leche, el agua y el chupito de Habana Club. Son nueve con cincuenta.
         Le di un billete de diez y dije que se quedara con el cambio. Cogí la taza y eché el primer sorbo del café. Estaba bien cargado, como me gusta. Volví a mirar a la plaza. Un hombre me llamó la atención. Estaba parado debajo de una farola. A unos diez metros. El hombre miraba de frente, hacia la calle por la que había llegado yo. Lo observé mejor. Era de edad mediana. Llevaba traje y sombrero. Miró el reloj un par de veces. Se tocó el bolsillo de su chaqueta. Sacó el teléfono móvil y llamó. Por su expresión comprendí que nadie contestaba.
       Cuando iba por la mitad del café, detrás del hombre se puso otro, un señor mayor. Cuando terminé el café, se les acercaron un par de hombres más. Y otro. Me pareció oír «¿Es aquí?». Alguien dijo que todavía no se sabía, pero por si acaso habría que esperar.
         Se aproximaron dos señoras. Las reconocí, eran de aquel grupo de mujeres con niños. Afiné el oído:
         —Carmen, —dijo una de ellas—, parece que va a haber algo. —Me quedo a ver qué pasa. ¿Te apuntas?
          La tal Carmen asintió con la cabeza e hizo un gesto hacia las otras mujeres. La cola crecía. Conté doce, no, catorce personas. Un par de chicas, pegadas a sus móviles, quedaron las últimas.
          Bebí mi chupito de ron de un trago. Delante de mí la cola se hacía más larga. El primer hombre, ajeno a lo que pasaba detrás de él, miraba su reloj cada poco.  Yo también miré el mío. Las siete menos cuarto. No me atrevía a marcharme. Llamé al camarero. Le pedí una cerveza y le pregunté por la fila de gente, si sabía algo al respecto.
          —Nunca se sabe. —Encogió los hombros y entró en el bar.
       Mientras tanto, la fila crecía y ya llegaba hasta el otro lado de la plaza. Los recién llegados preguntaban a los últimos. Estos asentían con la cabeza. El primer hombre seguía en su sitio con la vista fija delante.
         Llegó una furgoneta. Con tanta gente no podía pasar. Vinieron dos policías en las motos. Obligaron a dejar el paso. La fila se abrió y se cerró. Los policías se subieron a las motos y se fueron por donde habían venido.
         Mi segunda cerveza estaba entera. Dejé el dinero en la mesa y me acerqué. Enseguida oí unos gritos que me enviaban al final de la cola. Pasé de largo. Necesitaba saber la razón de todo aquello.
          Me acerqué al hombre. Le dije muy bajito:
          —¿A quién espera?
          El hombre dio un respingo. Me miró estupefacto, como si se despertara:
         —Ella me dijo que la esperara aquí. A las cinco.
        Quise decirle que ya había pasado más de dos horas y que ella, sea quien sea, seguro que no vendría. Igual le había tomado el pelo. Pero no me atreví. Le puse la mano en el hombro y lo apreté. El señor número dos se dio cuenta. Dejó la cola en silencio. Una de las mujeres, Carmen, dijo que tenía que ir a algún sitio y se alejó apresuradamente. Su amiga la siguió. Las dos chicas de los móviles se marcharon acompañadas de sus risas. Poco a poco la cola se estaba dispersando.
        Antes de salir de la plaza, me giré. El hombre seguía ahí, alumbrado por la farola. Solo. Mirando el reloj.


 

      04/03/2026, Gijón

© La Pluma del Este


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Querido Lector, ¿te habrías puesto en la cola… o habrías seguido de largo?
 Te leo.

23 de marzo de 2026

187. Ausencia

 

Ausencia

(Absentia, latín)

 

I. Acción y efecto de ausentarse o estar ausente.

 

 

Como cada día, él le daba un beso a su esposa y se iba a trabajar. Durante años hacía y decía lo mismo. Un beso ya breve, rutinario, un “te veo a la noche” desganado, como si no tuviera ganas de volver. Ella contaba minutos para que él se marchara. Y poco después, vestida elegantemente, se iba a ver a su joven amante.

 

 

II. Tiempo en que alguien está ausente.

 

Una noche él tardaba en volver. Ella lo esperaba con el valor reunido después de fingir el amor durante los últimos años. Quería el divorcio. Como un animal enjaulado daba vueltas por el salón. Miraba por la ventana. Él no llegaba. Le llamó al móvil repetidas veces. Saltaba el contestador. Se durmió en el sofá, tapada con la vieja bata de él.

 

 

III. Falta o privación de algo.

 

Despertó con una sensación de que algo malo había pasado. Un nudo se instaló en su estómago. Volvió a llamar a su marido. El teléfono seguía muerto. Su amante la llamó. Varias veces. Le mandó mensajes. No contestó. La preocupación crecía a cada minuto. Llamó al trabajo. Su marido no había ido ni ayer, ni los últimos cuatro meses… Se había despedido. Y no le dijo absolutamente nada. ¿Por qué?

 


IV. Derecho. Condición legal de la persona cuyo paradero se ignora.

 

La policía dejó sus cosas revueltas y se llevaron una camiseta para el perro. La acribillaron con cientos de preguntas: ¿si sabía de esto?, ¿si sabía de lo otro?, ¿qué relación tenían?, ¿si todo iba bien entre ellos? Tras veinte años de matrimonio, ella no fue capaz de contestar nada. Su vida conyugal era intangible… Quedaron en avisarla con lo que fuera. El nombre de su marido engrosó la lista de desaparecidos.

  

V. Medicina. Supresión brusca, aunque pasajera, de la conciencia.

 

Su amante dejó el teléfono saturado. En algún momento tendría que hablar con él. Pero no ahora. Ahora él era una complicación. Se sentía herida y traicionada. Por Dios, ¿por qué? No tenía derecho. Era ella la que engañaba. ¿Quién de los dos era el peor? Se sirvió una copa de whisky, el preferido de su marido. La casa la aplastaba con el silencio. Encendió la televisión. Noticias: en la playa cercana han encontrado el cadáver de un hombre… Lo supo. Se desmayó.

 

 

Vi. Psicología. Distracción del ánimo respecto de la situación o acción en que se encuentra el sujeto.

 

La morgue dejó su mente embotada. Lo vio. Allí. Solo… sobre el acero gris, tapado con una sábana. Como en películas policíacas que vieron juntos. Causa de la muerte: un infarto. Encontraron sus cosas en un barco. Lo compró hace un año. Lo estaba restaurando. Con qué dinero, nadie lo supo decir. El barco llevaba el nombre de ella: Lilith. La inspectora hablaba y preguntaba. Ella no oía nada. Cuando eran jóvenes, soñaban en navegar. Juntos. Su mirada no se separaba del bulto blanco que era su marido. Sus dedos se tocaban la boca. Ahí la besó por última vez.





 

 12/09/2025, Gijón

© La Pluma del Este



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Te dejo esta pregunta:

 ¿Cuándo fue la última vez que miraste de verdad a quien tienes al lado?...



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17 de marzo de 2026

186. La nieve roja

 

La nieve roja



 —Cariño, ven aquí un momento. Tienes que ver esto. Trae mi cámara. Está en el cajón bajo de la cómoda.
     La voz urgente de mi marido me obligó a poner en pausa la lectura. Y ahora, ¿qué? Llegamos al pueblo hace cinco días y desde entonces no hemos parado de limpiar, arreglar, cortar leña. Todo para pasar la Navidad perfecta lejos de la ciudad y el ruido. Por fin estaba sola y sin trabajo pendiente. Traje varios libros con la intención de leerlos todos. Un sillón cómodo, una manta, el fuego y una copa de vino. Un lujo.  Pero me da que esto iba a postergarse para otro momento.
     —¡Apúrate o te lo vas a perder!
      Suspiré, dejé «1984» en la mesita, eché la manta sobre los hombros y fui en busca de la cámara. Cuando salí al porche, mi marido me la quitó de las manos con la impaciencia de un cazador de la imagen perfecta.
     —Mira. El cielo. ¿No es una maravilla? ¿A qué nunca has visto nada igual? Esta va directa al concurso. ¿Ves? El blanco de la nieve y ese rojo… Es perfecta. Te has quedado muda, cari.  Te lo dije.
     Miré arriba. Aquello no eran nubes, sino trozos de sangre espesa esparcidos hacia el horizonte. Me sentí aplastada y con falta de aire. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me arrebujé en la manta. Un recuerdo oculto subió a la superficie de mi memoria. Vi a mi marido haciendo ráfagas de fotos. Sus ojos brillaban de excitación. Mientras, yo esperaba que aquel cielo se derramara en una lluvia de sangre. Rojo sobre blanco. Como hace cuarenta años y a miles de kilómetros, en los lejanos Cárpatos.
 
     Pasar las vacaciones de invierno en la otra punta del país, sin mis padres, prometía ser una aventura. Éramos un grupo de unos cuarenta adolescentes y varios monitores adultos.
     Después de diez horas en tren ya nos conocíamos. Cuando llegamos al campamento, en mitad de la nada, rodeado de montañas y bosque, nos repartieron en varias cabañas. Todo era fiesta y jolgorio. La nieve era infinita. Solo podíamos desplazarnos por los estrechos caminos abiertos con palas y sal. Y para varias docenas de chavales era la invitación para empezar una guerra de bolas de nieve.
     Ahora pienso que aquella fue una época perfecta. Mi mente borró las discusiones, los celos y peleas por tonterías. De día hacíamos las actividades, rutas y paseos; por la noche, a la luz del fuego, nos contábamos las historias de miedo. ¡Qué típico en aquella edad! Y qué tontos fuimos por no hacer caso a los rumores sobre las desapariciones. Creíamos que eran chanzas de los lugareños para meter el miedo a los de la capital. A fin de cuentas, éramos forasteros. Y los forasteros no escuchaban, solo sonreían e iban a lo suyo.
     Cada mañana, a las siete en punto, salíamos a una explanada detrás de las cabañas para hacer la gimnasia matutina. El amanecer en los Cárpatos era majestuoso. Cuando el sol se asomaba por encima de los picos, teñía el cielo en los colores más inverosímiles: mezclas de rosa con amarillo, violeta con lavanda, azul noche con azul bebé. Y toda esta fiesta cromática convertía la nieve en una alfombra de diamantes.
      Aquella mañana, unos días antes de la Nochevieja, hacía muchísimo frío. Entre risas salimos en tropel para ejercitarnos y volver corriendo al calor de las casas. Fuera estaba más oscuro de lo normal. Las farolas apenas nos alumbraban el camino. La nieve no reflejaba su luz, sino que la absorbía. Nuestras risas no hacían eco. Como por una señal invisible, todos bajamos la voz. Cuando llegamos a la planicie, vimos a los monitores discutiendo con una señora mayor. La mujer parecía disgustada y no paraba de señalar al cielo: el más extraño que haya visto nunca. Sobre el fondo gris, las nubes de un rojo espeso se amontonaban como si fueran trozos de algún animal celestial. Herido. Destrozado. Mis compañeros quedaron boquiabiertos. Los chicos mantuvieron el tipo. Algunas amigas empezaron a llorar y corrieron en desbandada. Unos cuantos quedamos ahí, esperando sin saber el qué.
      La mujer se dio por vencida. Al pasar por mi lado, me miró a los ojos y meneó la cabeza. Me cogió de las manos. Sentí una descarga de corriente eléctrica.
    —Cielo de sangre. Korochun-chort, el Demonio de la nieve, está de caza. Cuídate, niña. Dile a tus amigos que no salgan después del ocaso de ahora en tres días. Vuestros cuidadores no me escuchan. Piensan que estoy loca. Y la vieja Marusia sabe lo que dice… Yo lo he visto antes. Muchas, muchas veces.
     Me quedé de piedra. Algo se removió en mi interior. Miedo y curiosidad a partes iguales. Korochun-chort. En aquella época era impensable buscar la información tecleando un par de palabras. Había que creer a los mayores. O no. Y yo solo era una niña de quince años que dos horas después iba con sus compañeros por el medio de la cresta de un monte y cantando a pleno pulmón. Me sentía viva y valiente. Tan valiente que me atreví a beber el agua de un pozo. Por la noche ya tenía fiebre y gastroenteritis que me dejaron postrada en la cama.
     Decidí ver el lado positivo de mi repentina enfermedad, ya que pude quedarme en la habitación sin hacer gimnasia y escaquearme de los preparativos para la celebración del Fin de Año. No me apetecía cargar troncos de madera para montar una enorme fogata. Estar calentita, a base de tés y sopas, leyendo a placer sin que nadie me moleste, no era un mal plan.
     La tarde del treinta y uno de diciembre era de locos. Mis compañeras me enterraron bajo vestidos y blusas. La habitación se convirtió en una pasarela de moda y un centro de maquillaje y peluquería. Era la primera vez que lo celebrábamos sin nuestras familias. Podíamos pasar la noche sin dormir, bailar y, quién sabe, besarse con algún chico a la luz de la fogata. Yo me moría de envidia. Tenía mucha ilusión para estrenar mi nuevo vestido y bailar con Tarás, un chico muy guapo que me traía libros y té. Pero seguía enferma y no podía alejarme mucho de un baño. Ser imprudente tenía un precio.
     La puerta de la calle se cerró con un golpe y me separó de las risas de mis amigas. Me quedé sola. En la cabaña y en todo el campamento. La fiesta se celebraba en un claro del bosque cercano.
      Era raro oír el silencio. Encendí la radio. La música me molestó con su ruido. La apagué. Cogí un libro. Los ojos me empezaron a picar y los cerré. Creo que me dormí. Me despertó un ruido. Un crujido en la planta baja. Ya era noche cerrada. A través del cristal se veía el cielo. Negro. Con miles de estrellas. Las farolas estaban apagadas. Muy extraño. Encendí la lámpara de la mesita. Nada. No había luz. Otra vez el crujido. Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Me quedé muy quieta. Afiné el oído. Abajo había alguien. ¿Tal vez alguna compañera que se había olvidado de algo? No me atreví a gritarle. Decidí esperar.   El ruido se repitió.  Más fuerte. Me tiré al suelo y pegué la oreja a la fría madera. Escuché unos jadeos. Pasos de un lado al otro. Abrir y cerrar de puertas. Alguien buscaba algo. Pisó la escalera. El crujir del cuarto escalón me dejó helada. Con cuidado moví la silla y la coloqué debajo de la manilla de la puerta. Me escondí detrás de la cama y me tapé con una manta.
     Los pasos se acercaron a mi habitación. Oí los resoplidos de algún tipo de animal. Tal vez un oso.  Me acordé de aquella mujer, Marusia, y del Demonio de la nieve. ¡Por Dios! ¿Será la verdad lo que dijo? Quise gritar. Me tapé la boca con las dos manos. Dejé de respirar. El sudor frío me bajó por la espalda. Esperé… Esa cosa seguía al otro lado de la puerta. Oí moverse la manilla. Rogué a la silla que aguantara. La cosa golpeó la puerta. La arañó. La madera resistió. Ay, mamita, ayúdame. Papá, ojalá estuvieras aquí…
       Fuera se oyeron unas risas.
      La cosa gruñó y se lanzó por las escaleras. Oí un portazo. Después, unos gritos ahogados.
     Conté hasta diez y salí de mi escondite. Miré por la ventana. La luz de la farola más cercana descubrió unas enormes huellas a través de la impoluta nieve. Bajé corriendo al vestíbulo y tranqué la puerta de entrada. Cogí un atizador y corrí a mi cuarto. Ahí me quedé hasta que oí sirenas y gritos.
Amanecía.
     Cuando salí al porche, una multitud de gente corría de un lado al otro: policías, perros, lugareños. En la cabaña vecina vi a los monitores consolar a los chicos. Me acerqué hasta ellos. Enseguida me rodearon con abrazos de alegría. Yo no entendía nada. Parecía que me daban por perdida.
     A trompicones me contaron que habían desaparecido Taras y Zoya. Parece que mientras los demás bailaban cerca de la hoguera, ellos se separaron del resto. Y nunca más se supo de ellos. Lo único que encontraron fueron unas huellas de algún tipo de animal y restos de sangre. El rastro se perdía en lo profundo del bosque. Los perros se negaban a buscar. Y, según los vecinos, esto pasaba en los años bisiestos. Aunque seguramente, eran cosas de viejos.
     Me quedé fría. Korochun-chort los raptó. Abrí la boca. La cerré. ¿Acaso me creerían? Mis amigos ya estaban muertos de miedo.
Los monitores y las autoridades locales decidieron dar por terminadas nuestras vacaciones. En un par de horas, vendrían unos autobuses a recogernos en el pueblo cercano. Hasta ahí había que ir a pie.
     Cuando llegué a mi habitación, en la puerta vi unos arañazos. No estaba loca ni era un sueño. Había ocurrido de verdad. Me callé y me obligué a olvidarlo todo. En aquella época no se hacían las preguntas incómodas.
     Los cuatro kilómetros que nos separaban del pueblo se convirtieron en una ruta larga y triste. Parecíamos los corderos yendo al matadero. Todos teníamos miedo. ¿Y yo? La que más. Veía al Demonio detrás de cada tronco; oía sus gritos en cada rama rota por el peso de la nieve; sentía sus ojos clavados en mí…  Los lugareños nos recibieron con caras serias y el conocimiento oculto de lo que había pasado. Lo vi en sus miradas. Antes de subir al autobús, sentí que alguien me agarraba del brazo. Era Marusia.
     —Ay, niña, cuánto lo siento. Cuídate y lleva esta cruz de madera de olmo. No te la quites nunca. Korochun-chort te conoce. Algún día te buscará.
Y nunca la quité.
 
 
     Un golpe seco me despertó en plena noche. Todavía estaba algo mareada por el champán. El cuerpo me dolía. Era un dolor placentero. Hicimos el amor como antes. Mi mano buscó a mi marido. Su lado de la cama estaba vacío. Sentí una ráfaga de aire frío.
     —¿Cariño? —Me puse la bata y bajé. La puerta de entrada estaba entreabierta.
Salí fuera. Caían suaves plumas de nieve. Grité a la oscuridad:
     —¡Manuel! —La noche me devolvió el silencio. Mi pie tropezó con algo. Era su cámara. Rota. La correa de piel estaba arrancada. Mi mano se manchó con sangre. Quise gritar. La garganta cerrada no pronunció ningún sonido. Busqué la vieja cruz de madera. La apreté con fuerza. 

Bajé al prado. Y ahí las vi— huellas grandes y separadas—que se perdían en la llanura blanca.
 




15/01/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Este relato pertenece a la série "El viento de la estepa".
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Un abrazo y gracias por leerme.

9 de marzo de 2026

185. La confesión

 

La confesión

 

“La lengua materna es la verdadera herida que nunca se cierra.”

Norman Manea

 

Soy el padre Joaquín Suárez Arroyo.
          A las puertas de la muerte me confieso. No quiero dejar este mundo con un secreto que pesa tanto en mi conciencia…
          Hace unos quince años, en esta ciudad en la que los traficantes de droga y de armas campaban a sus anchas, la conocimos como Lucrecia la gallega, aunque para los suyos era la agente Liuba. Para la misión, ella tuvo que olvidar su lengua materna y ocultarla en el rincón más recóndito de su mente, dejando todo el espacio al español. Lo hablaba y escribía a la perfección; aun así, se notaba que no era de por aquí. Por eso fingía ser hija de españoles, o gallegos, como llamamos a los inmigrantes que venían a las Américas para ganarse la vida.
         Lucrecia regentaba un restaurante español, Los Gallegos, la “herencia de sus padres”. Era una magnífica anfitriona. Tenía muchos contactos del otro lado del charco, así que conseguía el mejor vino español, el codiciado jamón de bellota y muchas delicias más. Su clientela, de alto poder adquisitivo, gozaba del privilegio de saborear los platos preparados por ella misma. Cabe señalar que, en su mayoría, eran cabecillas del cartel, políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos.
      Era un lugar perfecto para escuchar y recabar información. Ella estaba convencida de que el buen vino y la exquisita comida, en un ambiente agradable y lleno de reservados, harían que los traficantes se sintieran seguros y hablaran libremente. Y tenía razón. Los clientes, agasajados, se relajaban sin la más mínima sospecha de que aquella mujer que les servía exquisiteces era una agente infiltrada, ni de que todo el local estaba plagado de cámaras y micrófonos.
        Liuba reconoció que, en algunas ocasiones, añadía drogas a las comidas y bebidas para soltar las lenguas. Como servidor de Dios, no puedo aprobar sus métodos, pero ¿quién soy yo para juzgarla? A Liuba no le interesaba el tráfico de drogas; aun así, como favor personal, pasaba la información a la DEA.
        Aquí haré un preámbulo para que entiendan mejor la historia y por qué una agente ucraniana acabó en esta maldita ciudad.
       Desde la caída de la Unión Soviética, los inmensos arsenales de armamento quedaron en manos de militares corruptos y, desde ahí, fueron vendidos a delincuentes y terroristas del mundo entero. El gobierno ucraniano, para demostrar su lealtad a los aliados occidentales, montó una red de operaciones internacionales para la búsqueda y localización de armas especialmente peligrosas. Los Kaláshnikov estaban por todas partes, vendiéndose por peso; sin embargo, los misiles y las ojivas nucleares eran otro cantar.
          Liuba llevaba infiltrada casi seis años. Para adaptarse, olvidó su nombre… Olvidó su vida anterior… Sus padres, fallecidos cuando ella era muy joven, quedaron arrancados de su memoria como una hoja marchita de un calendario.
          Me confesó que, el primer mes de estar allí, cuando cerraba los ojos, podía oler la nieve y oír el ruido que hacía al pisarla. Y el borsch… Añoraba su sabor, su olor a hogar. Me explicó que el borsch es una sopa típica ucraniana hecha con remolacha, col, papas y carne. La cocinaba su babushka durante horas en el horno de leña. Y el pan… blanco, oloroso, de trigo puro, con una corteza dorada que pedía ser rota y untada con mantequilla cremosa.
         Todo eso soñaba la agente Liuba en los primeros días. Pero, al abrir los ojos, se daba cuenta de que estaba muy lejos de casa. Y odió el arroz, odió los frijoles… Odió todo lo que no era su querida Ucrania.
         Esa mujer sufrió muchísimo. No tenía con quién hablar ni con quién llorar. No tenía derecho a hacerlo. Era su primera misión en este lado del charco y debía aguantar. Ella no importaba; la misión lo era todo.
         No se permitía hablar en ucraniano. Nunca. Jamás. Ni a solas. Ni en sueños. Ni cuando le dolía. Nunca. Hablar en su lengua por descuido era su sentencia de muerte.
      Durante esos años, Liuba frustró muchas operaciones de traficantes. Me confesó que alguna vez sintió el poder en sus manos y que la posibilidad de ganar un millón de dólares en un solo día estuvo a punto de hacerla sucumbir. La tentación del diablo era enorme. Caer en el mal camino era fácil.
          Pidió a sus superiores que la sacaran de allí; estaba cansada. Se lo negaron. Era demasiado valiosa. Le ordenaron que resistiera hasta que enviaran a otro. Liuba rozaba su límite. La templanza se le agotaba… Y entonces ocurrió aquello.
         Un día apareció en el restaurante un hombre que hablaba español con un fuerte acento del este de Europa. Liuba se dio cuenta enseguida de que era ruso. El tipo y los del cartel comenzaron a hablar de “una mercancía muy delicada”. Se pasaban fotos y negociaban. Cuando Liuba les acercó unas bebidas, vio que las imágenes eran de niñas y de chicas muy jóvenes, todas blancas y rubias. Típicas niñas rusas o ucranianas.
          Estaban en venta.
        Dios mío, ¿cómo permites esto, Señor? Perdóname por juzgarte. Ahora sé que pusiste a esa mujer en el camino de aquellas pobres criaturas.
          No sé cómo organizó con los americanos el rescate, pero les cobró todos los favores. Solo tenían tres días antes de que sacaran a las chicas hacia su destino.
        Liuba averiguó que las niñas estaban en un almacén. Drogó a los guardias. Las pequeñas, encerradas en jaulas, lloraban aterradas, pero ella les habló en ruso. Las tranquilizó. Recordó cómo le hablaba su madre cuando era niña. Las niñas se fueron con los hombres de la DEA.
          Todo salió bien. O eso creyó Liuba.
         Regresó al restaurante para recoger el material reunido y marcharse por fin. Iba a prender el fuego a seis años de vida. Cuando empezó a echar la gasolina, la sorprendieron por detrás. Asustada, exclamó:
          Gospody miy.
          “Dios mío”, en ucraniano.
         En ese instante se vio muerta.
El hombre que había entrado era Juan Montesinos, uno de los jefes del cartel, obsesionado con Lucrecia, rondándola sin descanso. Él se sorprendió tanto como ella. Pero Liuba no le dio tiempo a reaccionar y le golpeó con una sartén.
      Hubo una lucha brutal. Lo sé: vi el estado en que llegó a la sacristía. El hombre era fuerte. No le disparó, pero la acuchilló varias veces. Liuba luchó a muerte. Logró tumbarlo e intentó estrangularlo. Apenas le quedaban fuerzas. No tenía arma. Entonces vio unas papas en el suelo. Cogió una, se la metió en la boca y le tapó la nariz. Lo asfixió. Prendió fuego al restaurante y escapó por poco.
        Aquella misma noche la llevé con unos indígenas a un pueblo de la selva, donde cuidaron de ella y curaron sus heridas. La visité varias veces y me contó su historia. El restaurante quedó reducido a cenizas. Entre los escombros apareció un cuerpo tan calcinado que ni los dientes pudieron analizarse. Dieron por hecho que era Lucrecia la gallega. Tuve que oficiar varias misas por su alma.
 
 
          Un día fui a verla.
          Ya no estaba.

        

 

Ruego al Señor

por su alma y que la cuide,

 esté donde esté esta valiente mujer.





20/05/2025, Gijón

  © La Pluma del Este



Este relato pertenece al Universo de La Muerte Perfumada, que relato a relato, historia a historia, se convertirá en un libro. Mientras tanto, te invito a leer:

La suerte golpea dos veces

Nocturnidades recurrentes

En el bosque








23 de febrero de 2026

184. La última fotografía

 

La última fotografía

 

 

Benjamín García, un fotógrafo con la absoluta ausencia de escrúpulos, hacía su ronda diaria por los juzgados del Manhattan. Necesitaba con urgencia alguna foto de un asesino en carne y hueso, o de alguien de la mafia. Tampoco le vendría mal una reyerta entre los parientes de los acusados y los de las víctimas. Y si esta incluía a la policía, mucho mejor. Todos piensan que la acción está en la calle. ¡Qué va! En los juzgados, cuando la realidad abofetea al culpable y deja a la víctima totalmente desnuda ante el sistema, afloran los instintos primarios de los individuos. No sería la primera vez que el objetivo de su cámara quedaba salpicado de sangre. Cada peldaño de aquel imponente edificio es una montaña de Sísifo para los que buscan la justicia. Y muchos, nunca la encuentran…

     Ya eran las dos de la tarde y García empezaba a aburrirse. No le interesaba otro robagallinas andrajoso; ni aquellos pillos que estafaron cuatro peniques a una vieja malencarada. Seguro que lo tenía merecido. Él haría lo mismo. Por agarrada…

     El fotógrafo se impacientaba. El sudor le empapaba su pobremente cubierta cabeza, lo que hacía que las luces de las enormes arañas se reflejaran en su calva.  El chicle que llevaba masticando horas, ya le sabía a goma quemada, y esto no engañaba a su prominente estómago. Sin embargo, su olfato fotográfico le decía que algo bueno iba a ocurrir y él estaría ahí para retratarlo. Solo había que esperar. Ya comerá después una buena hamburguesa triple en la Hudson Grill…

      —¡Por favor! Te lo suplico… Solo escúchame…

    Benjamín afinó su oído. Algo estaba pasando al otro lado de la escalinata. Quitó el protector de la Filmanka y, abriendo con su abdomen el camino, empezó a moverse en busca de la fotografía que le pagaría su añorada cheeseburger y, quién sabe, si el alquiler del mes.

     —Cariño, por favor… Por favor…  Todo ha sido un malentendido… Yo no te engañé… Tú eres la única para mí… Seguro que hay una explicación…

     Por fin, el fotógrafo se presentó en la escena. Con pasos suaves y movimientos delicados, lo que de ninguna manera correspondía con su envergadura y con la cámara lista para disparar, se acercó a un trío: dos hombres y una mujer. 

    Uno, el tipo lloriqueante y de rodillas, y con toda seguridad era el que hablaba, agarraba con fuerzas las manos de la mujer. Esta, en una postura fría y adusta, ni siquiera lo miraba. Con los labios apretados en una fina línea, la mujer tenía una mirada ausente. Se notaba que pertenecía a la alta clase. El abrigo de visón, el broche de oro y un peinado muy cuidado bajo un bonete, señalaban que no le faltaban ni el dinero, ni el gusto al gastarlo. El otro hombre, tenía toda la pinta de un picapleitos. Y detrás, justo al fondo, cerca de la salida, estaba un mirón, de los que hay muchos por estos lares. Benjamín García, nada podría hacer al respecto: el cotilla estaría incluido en la imagen. Apretó el botón y la cámara empezó a hacer su trabajo. Con tres fotografías bastaría. El abogado cogió a la mujer por el codo para irse. Benjamín García, sin sentir ni una pizca de empatía por el tipo suplicante, también estaba a punto de marchar cuando la mujer se giró. Sus ojos de gris hielo se clavaron en el pobre desgraciado que seguía en el suelo en la misma postura.

      —Señor Harris. Solo necesito un par de minutos con mi marido… exmarido.

   ¡Qué interesante! García ya tenía las imágenes para vender; ahora tocaba escuchar (nunca se sabe; toda la información es dinero), así que se mimetizó con el entorno. El arrodillado seguía con su súplica:

   —Margaret, tú me conoces… Por favor… Yo no merezco esto… Nunca te engañé…

    —Ahora escúchame tú, querido… —Ese “querido” salió de la boca de la mujer letra por letra. Como si las masticara y las escupiera con mucho asco. Seguido, la mujer se agachó y se acercó al oído del hombre. —Claro que sí, querido… Tú no has hecho nada. He sido yo… Yo he pagado a la muchacha para que se meta en la cama contigo. Ahora me quedaré con mi mitad y… cuando encuentren el cuerpo de esa fulana y uno de tus gemelos entre las sábanas de su cama, me quedaré con todo…

     El hombre se quedó pálido. Benjamín García, más pálido aún. El abogado, sin enterarse de nada, se miraba las uñas. El tipo del fondo ya se había ido. Los testigos de aquella revelación, el marido— bueno, exmarido—y el fotógrafo entrometido con caras de susto miraban a la mujer. Dos ojos de hielo gris se clavaron en Benjamín.

    —Mmm… Vaya, el tercero en discordia. Como siempre. Señor… fotógrafo… No tengo el gusto.

     —Benjamín García, señora. —Nada más decir su nombre, Benjamín mordió su lengua. Pero ya era tarde. La mujer hizo una señal al abogado para que se vaya.

   —Dígame su precio, por favor. Imagino que no le vendría nada mal algo de liquidez.

    —Yo no oí nada, señora… Soy una tumba… Pero su marido, exmarido, aquí presente, seguro que la delatará…

    —Bah, ¿este cobarde? Es su palabra contra la mía. Ahora tengo que hacer unos recados… ¿Cenamos juntos? ¿Tiene algún lugar al que le apetezca ir? Ah, no olvide traer las diapositivas. Entonces, ¿cuál es su precio?

     —Con veinte mil me daré por satisfecho… —La mujer ni se inmutó.

     «Benja, Benja, ¿en qué lío te has metido…? Pero es un buen dinero, a fin de cuentas. Con esto podrás largarte a Florida». Esta suculenta idea empezó a ocupar todo el sitio en la enorme cabeza del fotógrafo, expulsando cualquier atisbo de la señal del peligro.

       —Hudson Grill, en la calle 44. ¿Lo conoce, señora? ¿Le parece bien a las seis?

       —Perfecto. Ahí lo veré. —La mujer bajó la vista a su exmarido, que seguía de rodillas, encogido y con las manos agarradas del pelo.  Estaba totalmente abatido. —¿Todavía sigues aquí, idiota? Anda, ahí está tu abogado con la policía. Seguro que tenéis mucho de qué hablar. Adiós…

     Benjamín García volvió a sacar su infalible Filmanka. Hoy era su día de suerte. Entre las fotos y un inesperado pago por estar callado, podría pensar en su futuro.

          

       Hudson Grill estaba repleto, pero el fotógrafo, gracias a su innegable apetito y las generosas propinas, disponía de un reservado: una mesita en el rincón más alejado. Él ya iba por su segunda cerveza cuando apareció la mujer. La señora Ferguson. Él hizo los deberes. Su marido era propietario de tres mataderos: dos en el Bronx y uno en Newark. Un yate amarrado en el Hudson. Tierras, edificios y un ático en la Quinta Avenida. Sin hijos. Y ahora la señora Ferguson se quedaría con todo. Si la trabaja bien, podrá sacarle lo que sea. Veinte mil solo es el principio…

       La mujer se sentó enfrente. Llevaba un sombrero ancho que le tapaba la cara. Una gabardina gris y los guantes. Sus ojos acerados brillaban en la oscuridad. Parecía esperar algo…

      El camarero apareció de la nada y apuntó las comidas y las bebidas. La mujer pidió solo un Martini. Después de depositar la bandeja llena, el camarero volvió a desaparecer.

     —Señor García. Tengo prisa. Aquí tiene el dinero. —Y le pasó un paquete marrón amarrado con una cuerda. —Cuéntelo, por favor. Así estaré tranquila que todo esté correcto. ¿Las diapositivas?

      Benjamín García, con dedos temblorosos, sacó un sobre. La mujer registró con mucha atención su contenido y, dándose por satisfecha, volvió a insistirle que recuente el dinero.

      El fotógrafo, muy impaciente, agarró el paquete y lo abrió. Nunca vio tanto dinero. Lo sacó, humedeció un dedo con la saliva y empezó a contar los billetes de veinte dólares.

        —Uno, dos, tres, cuatro… diez, once… quince… veinticuatro…

    Cada vez le costaba más mover la lengua. La boca se le volvió pastosa. Cuando intentó mojar el dedo, la saliva era espesa, casi azulada. Le faltaba el aire. El corazón, desbocado, parecía salírsele del pecho. Se sentía morir. En medio de su agonía, alzó la vista hacia la señora Ferguson. Ella le sostuvo la mirada y sonrió.

        Antes de que su cabeza cayera sobre la triple cheeseburger, Benjamín García comprendió que nunca viajaría a Florida…


         


    

  © La Pluma del Este

23/02/2026, Gijón



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