Relatos, cuentos y poesía. Literatura con atmósfera noir, gótica y emocional, escrita desde el Este.
Bienvenido a La Pluma del Este
Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.
Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.
Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.
17 de marzo de 2026
La nieve roja
—Cariño, ven aquí un momento. Tienes que ver esto. Trae mi cámara. Está en el cajón bajo de la cómoda.
Bajé al prado. Y ahí las vi— huellas grandes y separadas—que se perdían en la llanura blanca.
9 de marzo de 2026
La confesión
La
confesión
“La
lengua materna es la verdadera herida que nunca se cierra.”
Norman
Manea
Soy el padre Joaquín Suárez
Arroyo.
A las puertas de la muerte me
confieso. No quiero dejar este mundo con un secreto que pesa tanto en mi
conciencia…
Hace unos quince años, en esta ciudad
en la que los traficantes de droga y de armas campaban a sus anchas, la
conocimos como Lucrecia la gallega, aunque para los suyos era la agente Liuba.
Para la misión, ella tuvo que olvidar su lengua materna y ocultarla en el
rincón más recóndito de su mente, dejando todo el espacio al español. Lo
hablaba y escribía a la perfección; aun así, se notaba que no era de por aquí.
Por eso fingía ser hija de españoles, o gallegos, como llamamos a los
inmigrantes que venían a las Américas para ganarse la vida.
Lucrecia regentaba un
restaurante español, Los Gallegos, la “herencia de sus padres”. Era una magnífica anfitriona.
Tenía muchos contactos del otro lado del charco, así que conseguía el mejor
vino español, el codiciado jamón de bellota y muchas delicias más. Su clientela,
de alto poder adquisitivo, gozaba del privilegio de saborear los platos
preparados por ella misma. Cabe señalar que, en su mayoría, eran cabecillas del
cartel, políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos.
Era un lugar perfecto para escuchar y
recabar información. Ella estaba convencida de que el buen vino y la exquisita
comida, en un ambiente agradable y lleno de reservados, harían que los
traficantes se sintieran seguros y hablaran libremente. Y tenía razón. Los
clientes, agasajados, se relajaban sin la más mínima sospecha de que aquella
mujer que les servía exquisiteces era una agente infiltrada, ni de que todo el
local estaba plagado de cámaras y micrófonos.
Liuba reconoció que, en algunas
ocasiones, añadía drogas a las comidas y bebidas para soltar las lenguas. Como
servidor de Dios, no puedo aprobar sus métodos, pero ¿quién soy yo para
juzgarla? A Liuba no le interesaba el tráfico de drogas; aun así, como favor
personal, pasaba la información a la DEA.
Aquí haré un preámbulo para que
entiendan mejor la historia y por qué una agente ucraniana acabó en esta
maldita ciudad.
Desde la caída de la Unión
Soviética, los inmensos arsenales de armamento quedaron en manos de militares
corruptos y, desde ahí, fueron vendidos a delincuentes y terroristas del mundo
entero. El gobierno ucraniano, para demostrar su lealtad a los aliados
occidentales, montó una red de operaciones internacionales para la búsqueda y
localización de armas especialmente peligrosas. Los Kaláshnikov estaban por
todas partes, vendiéndose por peso; sin embargo, los misiles y las ojivas
nucleares eran otro cantar.
Liuba llevaba infiltrada casi seis
años. Para adaptarse, olvidó su nombre… Olvidó su vida anterior… Sus padres,
fallecidos cuando ella era muy joven, quedaron arrancados de su memoria como
una hoja marchita de un calendario.
Me confesó que, el primer mes de
estar allí, cuando cerraba los ojos, podía oler la nieve y oír el ruido que
hacía al pisarla. Y el borsch… Añoraba su sabor, su olor a hogar. Me explicó
que el borsch es una sopa típica ucraniana hecha con remolacha, col, papas y
carne. La cocinaba su babushka durante horas en el horno de leña. Y el
pan… blanco, oloroso, de trigo puro, con una corteza dorada que pedía ser rota
y untada con mantequilla cremosa.
Todo eso soñaba la agente Liuba en
los primeros días. Pero, al abrir los ojos, se daba cuenta de que estaba muy
lejos de casa. Y odió el arroz, odió los frijoles… Odió todo lo que no era su
querida Ucrania.
Esa mujer sufrió muchísimo. No tenía
con quién hablar ni con quién llorar. No tenía derecho a hacerlo. Era su
primera misión en este lado del charco y debía aguantar. Ella no importaba; la
misión lo era todo.
No se permitía hablar en ucraniano.
Nunca. Jamás. Ni a solas. Ni en sueños. Ni cuando le dolía. Nunca. Hablar en su
lengua por descuido era su sentencia de muerte.
Durante esos años, Liuba frustró
muchas operaciones de traficantes. Me confesó que alguna vez sintió el poder en
sus manos y que la posibilidad de ganar un millón de dólares en un solo día
estuvo a punto de hacerla sucumbir. La tentación del diablo era enorme. Caer en
el mal camino era fácil.
Pidió a sus superiores que la sacaran
de allí; estaba cansada. Se lo negaron. Era demasiado valiosa. Le ordenaron que
resistiera hasta que enviaran a otro. Liuba rozaba su límite. La templanza se
le agotaba… Y entonces ocurrió aquello.
Un día apareció en el restaurante un
hombre que hablaba español con un fuerte acento del este de Europa. Liuba se
dio cuenta enseguida de que era ruso. El tipo y los del cartel comenzaron a
hablar de “una mercancía muy delicada”. Se pasaban fotos y negociaban. Cuando
Liuba les acercó unas bebidas, vio que las imágenes eran de niñas y de chicas
muy jóvenes, todas blancas y rubias. Típicas niñas rusas o ucranianas.
Estaban en venta.
Dios mío, ¿cómo permites esto, Señor?
Perdóname por juzgarte. Ahora sé que pusiste a esa mujer en el camino de
aquellas pobres criaturas.
No sé cómo organizó con los
americanos el rescate, pero les cobró todos los favores. Solo tenían tres días
antes de que sacaran a las chicas hacia su destino.
Liuba averiguó que las niñas
estaban en un almacén. Drogó a los guardias. Las pequeñas, encerradas en
jaulas, lloraban aterradas, pero ella les habló en ruso. Las tranquilizó.
Recordó cómo le hablaba su madre cuando era niña. Las niñas se fueron con los hombres
de la DEA.
Todo salió bien. O eso creyó Liuba.
Regresó al restaurante para recoger
el material reunido y marcharse por fin. Iba a prender el fuego a seis años de
vida. Cuando empezó a echar la gasolina, la sorprendieron por detrás. Asustada,
exclamó:
—Gospody miy.
“Dios mío”, en ucraniano.
En ese instante se vio muerta.
El hombre que había entrado
era Juan Montesinos, uno de los jefes del cartel, obsesionado con Lucrecia,
rondándola sin descanso. Él se sorprendió tanto como ella. Pero Liuba no le dio
tiempo a reaccionar y le golpeó con una sartén.
Hubo una lucha brutal. Lo sé: vi el
estado en que llegó a la sacristía. El hombre era fuerte. No le disparó, pero
la acuchilló varias veces. Liuba luchó a muerte. Logró tumbarlo e intentó
estrangularlo. Apenas le quedaban fuerzas. No tenía arma. Entonces vio unas
papas en el suelo. Cogió una, se la metió en la boca y le tapó la nariz. Lo
asfixió. Prendió fuego al restaurante y escapó por poco.
Aquella misma noche la llevé con unos
indígenas a un pueblo de la selva, donde cuidaron de ella y curaron sus
heridas. La visité varias veces y me contó su historia. El restaurante quedó
reducido a cenizas. Entre los escombros apareció un cuerpo tan calcinado que ni
los dientes pudieron analizarse. Dieron por hecho que era Lucrecia la gallega.
Tuve que oficiar varias misas por su alma.
Un día fui a verla.
Ya no estaba.
Ruego
al Señor
por
su alma y que la cuide,
esté donde esté esta valiente mujer.
20/05/2025, Gijón
© La Pluma del Este
Este relato pertenece al Universo de La Muerte Perfumada, que relato a relato, historia a historia, se convertirá en un libro. Mientras tanto, te invito a leer:
23 de febrero de 2026
La última fotografía
La última
fotografía
Benjamín García, un fotógrafo con la absoluta ausencia de
escrúpulos, hacía su ronda diaria por los juzgados del Manhattan. Necesitaba con
urgencia alguna foto de un asesino en carne y hueso, o de alguien de la mafia.
Tampoco le vendría mal una reyerta entre los parientes de los acusados y los de
las víctimas. Y si esta incluía a la policía, mucho mejor. Todos piensan que la
acción está en la calle. ¡Qué va! En los juzgados, cuando la realidad abofetea
al culpable y deja a la víctima totalmente desnuda ante el sistema, afloran los
instintos primarios de los individuos. No sería la primera vez que el objetivo
de su cámara quedaba salpicado de sangre. Cada peldaño de aquel imponente
edificio es una montaña de Sísifo para los que buscan la justicia. Y muchos,
nunca la encuentran…
Ya eran las dos de la tarde y García empezaba a aburrirse. No le interesaba otro robagallinas andrajoso; ni aquellos pillos que estafaron cuatro peniques a una vieja malencarada. Seguro que lo tenía merecido. Él haría lo mismo. Por agarrada…
El fotógrafo se impacientaba. El sudor le empapaba su pobremente cubierta cabeza, lo que hacía que las luces de las enormes arañas se reflejaran en su calva. El chicle que llevaba masticando horas, ya le sabía a goma quemada, y esto no engañaba a su prominente estómago. Sin embargo, su olfato fotográfico le decía que algo bueno iba a ocurrir y él estaría ahí para retratarlo. Solo había que esperar. Ya comerá después una buena hamburguesa triple en la Hudson Grill…
—¡Por
favor! Te lo suplico… Solo escúchame…
Benjamín
afinó su oído. Algo estaba pasando al otro lado de la escalinata. Quitó el
protector de la Filmanka y, abriendo con su abdomen el camino, empezó a
moverse en busca de la fotografía que le pagaría su añorada cheeseburger y,
quién sabe, si el alquiler del mes.
—Cariño, por favor… Por favor… Todo ha sido un malentendido… Yo no te engañé… Tú eres la única para mí… Seguro que hay una explicación…
Por fin, el fotógrafo se presentó en la escena. Con pasos suaves y movimientos delicados, lo que de ninguna manera correspondía con su envergadura y con la cámara lista para disparar, se acercó a un trío: dos hombres y una mujer.
Uno, el tipo lloriqueante y de rodillas, y con toda seguridad era el que hablaba, agarraba con fuerzas las manos de la mujer. Esta, en una postura fría y adusta, ni siquiera lo miraba. Con los labios apretados en una fina línea, la mujer tenía una mirada ausente. Se notaba que pertenecía a la alta clase. El abrigo de visón, el broche de oro y un peinado muy cuidado bajo un bonete, señalaban que no le faltaban ni el dinero, ni el gusto al gastarlo. El otro hombre, tenía toda la pinta de un picapleitos. Y detrás, justo al fondo, cerca de la salida, estaba un mirón, de los que hay muchos por estos lares. Benjamín García, nada podría hacer al respecto: el cotilla estaría incluido en la imagen. Apretó el botón y la cámara empezó a hacer su trabajo. Con tres fotografías bastaría. El abogado cogió a la mujer por el codo para irse. Benjamín García, sin sentir ni una pizca de empatía por el tipo suplicante, también estaba a punto de marchar cuando la mujer se giró. Sus ojos de gris hielo se clavaron en el pobre desgraciado que seguía en el suelo en la misma postura.
—Señor
Harris. Solo necesito un par de minutos con mi marido… exmarido.
¡Qué
interesante! García ya tenía las imágenes para vender; ahora tocaba escuchar (nunca
se sabe; toda la información es dinero), así que se mimetizó con el entorno. El
arrodillado seguía con su súplica:
—Margaret,
tú me conoces… Por favor… Yo no merezco esto… Nunca te engañé…
—Ahora
escúchame tú, querido… —Ese “querido” salió de la boca de la mujer letra por
letra. Como si las masticara y las escupiera con mucho asco. Seguido, la mujer se
agachó y se acercó al oído del hombre. —Claro que sí, querido… Tú no has hecho
nada. He sido yo… Yo he pagado a la muchacha para que se meta en la cama
contigo. Ahora me quedaré con mi mitad y… cuando encuentren el cuerpo de esa
fulana y uno de tus gemelos entre las sábanas de su cama, me quedaré con todo…
El hombre
se quedó pálido. Benjamín García, más pálido aún. El abogado, sin enterarse de
nada, se miraba las uñas. El tipo del fondo ya se había ido. Los testigos de
aquella revelación, el marido— bueno, exmarido—y el fotógrafo entrometido con
caras de susto miraban a la mujer. Dos ojos de hielo gris se clavaron en
Benjamín.
—Mmm…
Vaya, el tercero en discordia. Como siempre. Señor… fotógrafo… No tengo el
gusto.
—Benjamín
García, señora. —Nada más decir su nombre, Benjamín mordió su lengua. Pero ya
era tarde. La mujer hizo una señal al abogado para que se vaya.
—Dígame
su precio, por favor. Imagino que no le vendría nada mal algo de liquidez.
—Yo no
oí nada, señora… Soy una tumba… Pero su marido, exmarido, aquí presente, seguro
que la delatará…
—Bah,
¿este cobarde? Es su palabra contra la mía. Ahora tengo que hacer unos recados…
¿Cenamos juntos? ¿Tiene algún lugar al que le apetezca ir? Ah, no olvide traer
las diapositivas. Entonces, ¿cuál es su precio?
—Con
veinte mil me daré por satisfecho… —La mujer ni se inmutó.
«Benja, Benja,
¿en qué lío te has metido…? Pero es un buen dinero, a fin de cuentas. Con esto
podrás largarte a Florida». Esta suculenta idea empezó a ocupar todo el sitio
en la enorme cabeza del fotógrafo, expulsando cualquier atisbo de la señal del
peligro.
—Hudson
Grill, en la calle 44. ¿Lo conoce, señora? ¿Le parece bien a las seis?
—Perfecto.
Ahí lo veré. —La mujer bajó la vista a su exmarido, que seguía de rodillas,
encogido y con las manos agarradas del pelo. Estaba totalmente abatido. —¿Todavía sigues
aquí, idiota? Anda, ahí está tu abogado con la policía. Seguro que tenéis mucho
de qué hablar. Adiós…
Benjamín
García volvió a sacar su infalible Filmanka. Hoy era su día de suerte.
Entre las fotos y un inesperado pago por estar callado, podría pensar en su
futuro.
Hudson Grill estaba repleto, pero el fotógrafo, gracias a su innegable apetito y las generosas propinas, disponía de un reservado: una mesita en el rincón más alejado. Él ya iba por su segunda cerveza cuando apareció la mujer. La señora Ferguson. Él hizo los deberes. Su marido era propietario de tres mataderos: dos en el Bronx y uno en Newark. Un yate amarrado en el Hudson. Tierras, edificios y un ático en la Quinta Avenida. Sin hijos. Y ahora la señora Ferguson se quedaría con todo. Si la trabaja bien, podrá sacarle lo que sea. Veinte mil solo es el principio…
La mujer
se sentó enfrente. Llevaba un sombrero ancho que le tapaba la cara. Una
gabardina gris y los guantes. Sus ojos acerados brillaban en la oscuridad.
Parecía esperar algo…
El
camarero apareció de la nada y apuntó las comidas y las bebidas. La mujer pidió
solo un Martini. Después de depositar la bandeja llena, el camarero volvió a
desaparecer.
—Señor
García. Tengo prisa. Aquí tiene el dinero. —Y le pasó un paquete marrón
amarrado con una cuerda. —Cuéntelo, por favor. Así estaré tranquila que todo esté
correcto. ¿Las diapositivas?
Benjamín
García, con dedos temblorosos, sacó un sobre. La mujer registró con mucha
atención su contenido y, dándose por satisfecha, volvió a insistirle que
recuente el dinero.
El
fotógrafo, muy impaciente, agarró el paquete y lo abrió. Nunca vio tanto
dinero. Lo sacó, humedeció un dedo con la saliva y empezó a contar los billetes
de veinte dólares.
—Uno,
dos, tres, cuatro… diez, once… quince… veinticuatro…
Cada vez
le costaba más mover la lengua. La boca se le volvió pastosa. Cuando intentó
mojar el dedo, la saliva era espesa, casi azulada. Le faltaba el aire. El
corazón, desbocado, parecía salírsele del pecho. Se sentía morir. En medio de
su agonía, alzó la vista hacia la señora Ferguson. Ella le sostuvo la mirada y sonrió.
Antes de
que su cabeza cayera sobre la triple cheeseburger, Benjamín García comprendió
que nunca viajaría a Florida…
© La Pluma del Este
23/02/2026, Gijón
Si te ha gustado esta historia, te invito a leer estos relatos:
17 de febrero de 2026
El viaje a ninguna parte
El
viaje a ninguna parte
—«Sin esfuerzo no hay premio». Bah, chorradas. Típico. ¿Te imaginas a una enorme fábrica con cientos de chinos recortando estos mensajitos y hablando de los tontos que creen en estas gilipolleces?
—Eres un descrédulo.
— ¿No será “incrédulo”?
—Otra vez me corriges. Ya te vale. —La mujer, una morena despampanante, le dio un pequeño golpe en el pecho de su acompañante.
El hombre, riéndose a carcajadas, tiró el dinero en la mesa, cogió a la mujer por la cintura y le estampó un beso en la boca. La dejó pasar por delante y le dio un cachete en el culo. Abrazados y felices, salieron del restaurante chino a la oscura y desierta calle. Sus risas y jolgorio rebotaron en las paredes sin vida.
Ellos no lo sabían, pero había alguien observándolos. La dichosa frase «Un viaje a Hawái podría ser tuyo» era la señal que esperaba el asesino. Así escogía a sus víctimas. La guapa iba a tener su viaje, pero no a las islas paradisíacas. Su sótano necesitaba a una nueva huésped.
El tipo apuró la botella de cerveza, la escondió en el bolsillo de su gabardina y salió por la puerta de atrás. Nadie se fijó en él. Él no era nadie.
© La Pluma del Este
16/02/2026, Gijón
15 de febrero de 2026
Un felón entre nosotros
Un felón entre nosotros
Marco dudó… Los presentes contuvieron la respiración. César
sonrió… y entonces cayó. El telón de terciopelo carmesí, desgastado en algunas
partes, cubrió el escenario. El
público rompió en aplausos. El telón volvió a subir. Marco, con una gran sonrisa,
se inclinó. César seguía en el suelo. Marco, desconcentrado, le dio un ligero
puntapié. César no se movió.
Marco
gritó y se tiró al suelo al lado de César. El emperador estaba muerto, bien
muerto. De la comisura de su boca caía una espuma blanca. Acudieron corriendo
un par de tramoyistas. Después, los actores. Las frases: «No respira», «Está
muerto» y «¡¡Está muertoooo!!», saltaron desde el escenario al anfiteatro. El
público, horrorizado, entre empujones y gritos, se echó a la calle. Se
encendieron las luces, pero no fueron suficientes para combatir la lúgubre
e inexorable certeza de que algo maligno había comenzado.
En el
escenario, abarrotado de personal del teatro, apareció una mujer elegante de
pelo rubio ondulado. No era una actriz. La dejaron pasar. Al llegar hasta el
cadáver, se arrodilló, tocó la cara cárdena del muerto, se cubrió el
rostro con las manos, engalanadas con guantes de encaje negro, y empezó a
llorar.
—Oh, mi
pobre Winston. ¿Qué te han hecho, mi vida? ¿Quién? ¿Qué será de mí ahora?
Las
lágrimas de abatimiento de los actores se interrumpieron por las sirenas de la
policía. Como pajarillos asustados, se reunieron en una esquina del
escenario. La mujer se quedó al lado del
cadáver de su marido, rodeada de un círculo de luz.
—¡Policía! ¡Todos quietos! Sargento, lleve a unos agentes y cubra todas
las entradas y salidas. ¿Dónde está César? —Un tipo orondo enseñó su placa
pegada a la barriga y guiñó un ojo. —Soy teniente Briggs, de la comisaría del
Bronx.
Con el paso
firme de uno que sabe lo que hay que hacer y que tiene todo bajo control,
Briggs se paró en seco ante la endeble escalerilla del escenario. Resopló al
empezar a subir. Aquellos peldaños, y su propia gordura, eran un óbice que
detestaba reconocer y, mucho menos, que los demás lo supieran.
Se
acercó al cadáver y con manos temblorosas sacó un sucio pañuelo. Se lo pasó por
la cara colorada y la brillante calva, se inclinó. Miró a la esposa. La repasó
descaradamente. Y dio su veredicto:
—Está
envenenado. Y huele a almendras. Cianuro… Ejem… Sin duda alguna, el arma
preferida de las mujeres. ¿Es así, señora…?
—Mercer… Señora
Mercer. Y la víctima, mi marido, es un actor muy famoso, Winston Mercer. ¿Me
acusa usted de algo, teniente?
—Todos los
aquí presentes sois sospechosos. ¿Quién es el jefe de esto?
—Soy el director
del teatro y el fallecido es mi socio. Mi nombre es Augusto Perkins. Y respondo
por todos los trabajadores… S… Somos una familia. Y esto es un terrible
accidente. Estoy seguro de ello. Sus sospechas son indignantes.
Briggs
levantó la mano como para espantar a un molesto insecto:
—Ya, ya.
Esto lo dicen todos. Sargento, busque un camerino decente. Vamos a
interrogarles uno a uno. Nos llevará tiempo. Y mande a alguien a Luigi’s a por
una pizza de cebolla y anchoas. Diles que es para mí… Y que no tarden. Ah, deje
pasar al forense.
El
director con delicadeza levantó a la señora Mercer y se la llevó con el resto.
El forense, un tipo gris y escuálido, acompañado de un par de ayudantes, hizo
varias fotos y ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocar el cuerpo en la
camilla, de entre su ropa cayó un sobre.
A pesar
de su corpulencia, Briggs se agachó con agilidad a recogerlo.
—¡Qué
sorpresa! Sin destinatario ni remitente. Veamos qué pone. — Sus dedos de
salchicha abrieron el sobre. Los ojillos del teniente se movieron rápidamente
por la carta. —Cómo no. Era tan previsible.
El policía
recorrió con la mirada a los presentes y la detuvo en la señora Mercer. Con un
gesto teatral, posó la mano izquierda en la cintura y con la carta en la otra,
empezó a leer:
—En el caso de que mi muerte no sea natural,
pregunten a mi esposa. Firmado: Winston Mercer. Nada más. Sin fecha. Ah… Hay
una pequeña marca. Un sello. —Briggs acercó la carta. —Es un círculo con una
estrella. Bah. Sargento, detenga a la señora Mercer.
—¡Soy
inocente! ¡Quítenme las manos de encima, brutos!
Un par de
agentes agarraron a la señora Mercer y la sacaron en volandas.
El
teniente Briggs, muy satisfecho de sí mismo y paladeando la sabrosa pizza que
iba a devorar en breve, estaba contento con la rápida resolución del crimen.
Briggs era contumaz por naturaleza: una vez elegía al culpable, el resto
solo eran detalles. Y este caso era de lo más sencillo.
© La Pluma del Este
03/02/2026, Gijón
© La Pluma del Este
12 de febrero de 2026
Segunda vida
Segunda vida
10 de febrero de 2026
El precio del silencio
El precio del silencio
Excelencia
Ella era una feligresa muy asidua de la parroquia… Imagino su perplejidad, Excelencia. Sí, he matado a una mujer. Es tan irónico: jamás he amado a una.
Era la tarde de viernes, justo después de Acción de Gracias. Yo leía esperando que alguien entre para confesarse. La puerta del confesionario se abrió y se cerró. Después de unos carraspeos se instaló el silencio. Esperé unos instantes. Noté un olor a canela y manzana. Una voz áspera, no supe si de un hombre o mujer, pronunció:
—Perdóname, Padre, he pecado.
—Dime… Hijo mío. Hija mía. ¿Cuál es tu pecado? Seguramente entre los tres: tú, yo y el Santísimo, podremos encontrar una solución.
—¿So… solución? Ya la encontré, Padre. Justo en este mismo momento ella estará agonizando…
Tuve la sensación de que la otra persona estaba sonriendo. Su voz se aclaró. Era femenina:
—Tantos años de cuidados y sin un triste gracias… Me harté. ¿Sabe? Ha sido más fácil de lo que imaginaba. Dejé las pastillas justo al alcance de su mano. Dije que eran las vitaminas. Y como la pobre no se entera de nada, las tomó todas.
Me quedé sin palabras, Excelencia. Era la confesión de un asesinato. Cuando logré reaccionar, ella ya se había ido, y en mi interior empezó una guerra.
Mi primer impulso era acudir a la policía. ¿Pero qué podría decirles? Se trataba de una confesión sagrada. ¿Un anónimo, quizás? No había visto su rostro. No sabía quién era, ni dónde buscarla.
Pero no tuve que esperar mucho. El domingo, muy temprano, me llamaron desde un tanatorio para oficiar el funeral de la señora C.D.P. Más tarde, con la iglesia llena de dolientes, sentí una mirada. Fue una presión muda, insistente. Me incomodó. Alcé los ojos y la vi. Estaba vestida de negro. Delgada. Corriente. Tan corriente que resultaba invisible. Lloraba y discretamente se secaba con un pañuelo blanco. Era la sobrina de la difunta. Me miró. Sin ningún rastro de culpa. Con ojos de alguien que ha dado un paso al abismo. El mundo se me vino encima: era ella. Y sabía que yo lo sabía. Y sabía también que yo no podía denunciarla. Se la veía segura de su impunidad. Quizás incluso complacida por ello…
Perdóneme, Excelencia, pero aquel día me sentí prisionero de la iglesia. Quise gritar que la asesina de aquella pobre mujer estaba justo ahí, al lado de su ataúd, y que había vivido bajo el mismo techo que su víctima. Odié mis votos. No me servían para salvar a nadie. No había justicia… Solo el silencio como respuesta a mis plegarias.
Pasaron unos tres meses. Y de nuevo aquel olor a manzana y canela flotando en el aire. Me encogí de miedo. Quise desaparecer. No podía compartir aquel espacio sagrado con una asesina. Cuando habló, su voz me clavó al banco de madera, como aguja a un insecto.
—Perdóneme, Padre, he pecado.
Guardé silencio.
—¿No me dice nada? ¿Acaso le doy miedo, cura? Bah, da igual. Vengo a por el perdón. Me arrepiento. Vaya muerte más inútil… Tenía que haber asegurado la herencia antes. ¿Quién iba a decir que la vieja lo dejaría todo a una sobrina lejana? Y esa vino con dos mocosos. Tienen toda la casa hecha un desastre.
—Entrégate a la policía, hija mía. Reconoce tu pecado y serás libre ante Dios. —logré decir, al fin, con una voz que no parecía la mía.
—Ni hablar. Esa advenediza no se va a quedar con lo que me pertenece. Donde hay uno, hay dos. De hecho, yo ya sé lo que hay que hacer. Limpio y rápido. Ya nos vemos, padre.
Salí del confesionario como un poseso. Tenía que detenerla.
—¡Espera! No lo hagas. Es tu familia. Son inocentes. Vas a dejar huérfanos a los niños. Ten piedad. ¡Te denunciaré a la policía!
Ella se volvió despacio y se acercó a mí. Olí su perfume a manzana y canela y me repugnó.
—Pero no hará, ¿verdad, cura? ¿Dónde quedaría entonces el secreto de la confesión?
—¿Por qué lo haces? ¿Por qué confiesas tus crímenes aquí? ¿Por qué a mí?
—Ni yo lo sé. Aquel día vi a la vieja retorciéndose en la cama y pidiendo la extremaunción… Así que vine aquí. Como podía haber ido a cualquier otra iglesia. —Hizo una breve pausa—. Ah, otra cosa. Ni se le ocurra contarlo a nadie. Los niños podrían tener un accidente. Esas cosas pasan a diario.
Me quedé ahí, cobarde e inútil. Una mujer iba a morir y yo no sabía qué hacer para evitarlo. Sus hijos eran el precio por mi silencio. Me rompí en pedazos. Lloré. Recé.
¿Recuerda, Excelencia, aquella vez cuando acudí a usted desesperado? Le pregunté qué debía hacer si en un confesionario conocía un delito que aún podía evitarse. Y su respuesta era que todo estaba en manos de Dios. Desde entonces mi fe empezó a tambalearse. El Santísimo no respondía a mis oraciones. Y yo empezaba a comprender que el silencio también era una respuesta.
Llamé a la policía desde una cabina. Les avisé de que se iba a producir un asesinato. Di la dirección y colgué. Me sentí aliviado por descargar una parte de mi peso a los hombros de la ley… Qué necio fui. Qué confiado.
Al no escuchar nada raro en las noticias, sentí alivio. Aun así, al día siguiente, me acerqué a la casa para confirmar por mí mismo que todo iba bien, que la familia estaba a salvo y que la asesina había sido detenida.
Todavía recuerdo como si fuera ayer las luces azules, la ambulancia alejándose y, en su lugar, el furgón funerario aparcando despacio. La calle, abarrotada de gente, se sumía en silencio, roto por algún que otro llanto aislado.
Yo me quedé en shock. Había llegado demasiado tarde. Por mi culpa. Solo por mi culpa. Oí decir: «Pobrecita, tan joven. Ha dejado a dos niños huérfanos». «Cuando llegaron del colegio con su tía, encontraron a su madre en la bañera. Muerta». «Habrá resbalado, la pobre. No sería la primera vez. Pasa más de lo que creemos». Yo sabía la verdad.
La vi salir de la casa abrazando a dos niños, de unos cinco y diez años. Se alzaba por encima de ellos como un ave oscura. Me vio. Sonrió. Y ahí, en aquel preciso instante, comprendí que los niños serían los siguientes. Sentí rabia e impotencia. Quise gritar que allí, delante de todos, estaba la asesina de su madre. Pero no tenía pruebas. ¿Qué podía hacer yo, un sacerdote de una pequeña parroquia, un simple peón en una terrible partida?
Volví a llamar a la policía. Muchas veces. Pasé frente a su casa noche tras noche, como un ladrón en las sombras. A través de las ventanas la veía tranquila, incluso feliz. Los niños reían. Mi conciencia, poco a poco, se adormeció.
Reconozco mi debilidad, Excelencia. Acepté el crimen y su falta del castigo. Como usted dijo: todo está en manos del Señor. ¿Y quién era yo para juzgar sus designios?
Pasó el verano. En el día de Nuestra Señora de los Dolores, la iglesia estaba llena de penitentes. Me sentía cansado, pero en paz. Mi fe comenzaba, lentamente, a recomponerse. A última hora de la tarde me encontraba aún en el confesionario. Entonces regresó aquel olor. Manzana y canela.
—Perdone, padre… He pecado.
Me quedé inmóvil, sudando y temblando de frío al mismo tiempo.
—Por si le interesa, la policía ha cerrado el caso. Accidente doméstico en la bañera. Tan corriente hoy en día.
—Sé que fuiste tú —dije. —¿Puedes vivir con ello? ¿Mirar a los ojos de esos niños sin sentir nada? He rezado por tu alma. Veo que ha sido inútil.
Su risa hueca me heló la sangre:
—Padre, no sea ingenuo. Solo he esperado el tiempo prudencial. Serían muy sospechosos dos accidentes seguidos y en la misma casa. Ahora soy su tutora legal. Nos iremos de viaje. A los muchachos les vendrá bien el crucero en un barco. Y, ¿quién sabe?, igual ahí podría pasar alguna tragedia; un resbalón para coger una pelota o una caída accidental al mar… Cosas más raras suceden.
Algo se rompió dentro de mí:
—¡Maldita! ¡Deja a los niños en paz!
Le di su absolución… El confesionario quedó en silencio.
Aquella noche nadie entró en la iglesia. Sentí a Dios. ¿O era el Satanás que me empujó a cometer el crimen? ¿Acaso importa? Solo sé que ella ya no respiraba y los niños, pobres inocentes, seguían vivos. Si he nacido únicamente para cargar con esto, lo acepto.
P.D. El cuerpo se encuentra en la cripta, bajo la iglesia.
No rece por mí, Excelencia. No lo necesito. Ya estoy en paz.
20/01/2026, Gijón
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