Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

2 de junio de 2026

195. El diez de espadas

El diez de espadas 



La mujer no levantó la vista cuando él entró. Seguía repartiendo las cartas sobre un mantel negro. Los restos de humo flotaban alrededor de su pelo rojo; se arremolinaban en torno a las velas, se colaban dentro de los agujeros de la calavera colocada en un pedestal en el centro de la mesa. Nunca le gustó aquella cosa blanquecina.  Pero para Ludmila Varga era esencial en sus rituales de capnomancia. A él le daban igual sus engaños y fetiches. Toda esa patarata era para los tontos que se dejaban robar.
     Solo unos pocos sabían que la adivinación era una tapadera. Ludmila tenía espías por todo el Bronx y vendía la información a quien pudiera pagar. Él buscaba algo distinto, y Ludmila se lo conseguía sin hacer preguntas: venenos.
     —No te esperaba —dijo la adivina sin quitar los ojos de las cartas. Sus dedos se movían rápido y, por la expresión de su cara, no le gustaba lo que veía.
    Él no contestó. Con el gesto de un hombre telendo, se quitó el sombrero, se desabrochó la levita y se sentó frente a ella. Con la mano enguantada cogió una carta.
       —El diez de espadas... invertido. Ay, Ludmila, te veo preocupada. —Sonrió. Su boca brilló con un diente de oro. La sonrisa no llegó a sus ojos. —¿No me ofreces nada? Tengo la garganta seca.
     La mujer hesitó un momento. Después se levantó y acercó a la mesa una botella y un par de copas. Las llenó de un líquido ambarino. Un ruido en la puerta los interrumpió. Ludmila fue a ver qué pasaba. La oyó discutir con alguien. Era el momento perfecto. Con un gesto digno de un ilusionista, vertió algo en la copa de la adivina.
     Unos minutos después, Ludmila volvió. Estaba cariacontecida. Él, cómodo en la silla, seguía disfrutando del whisky de contrabando. Ludmila apuró su copa. Y antes de derrumbarse sobre la mesa, comprendió que sus cartas no le habían mentido. El diez de espadas. La traición. Su boca se llenó de espuma amarillenta.
     Él se quedó un rato bebiendo mientras ella agonizaba. Era feo. Después de tantos años, era la primera vez que veía el resultado de su trabajo en vivo. No le agradó. Era sucio.
     Cuando salió por la puerta de atrás, se le acercó un hombre hirsuto.
     —Patrón, hice lo que me mandaste. Le monté un buen pollo a esa bruja. Págame.
Lo que acordamos y un poco más. Ya sabes. La cosa está muy mala.
     —Cómo no, amigo. Acércate.
     El bastón, convertido en un estoque, se clavó bajo el esternón del vagabundo. La carta del diez de espadas quedó prendida en su pecho. El círculo estaba cerrado. La estúpida policía del Bronx jamás descubriría la verdad.


     Él estaba tranquilo.









02/06/2026, Gijón

© La Pluma del Este



26 de mayo de 2026

194. Los otros pasajeros

 

Los otros pasajeros

 

 

 

Ellos no esperan en cualquier sitio. Se colocan donde el aire llega primero, caliente y sucio, arrastrando los olores que nadie más nota. Allí el suelo avisa antes que en ningún otro punto del andén. El temblor sube por el hormigón y se les mete dentro. El Viejo alza la cabeza.
     —Ahora.
    Se reparten sin mirarse. Cada uno sabe dónde ir. El Tuerto a un paso de la línea blanca. El Orejas pegado a la pared. El Manchas atrás, vigilando. El Nuevo, temblando, a su lado. El Dentudo, como siempre, un paso por delante.
     —Quieto —dice el Viejo entre los dientes.
     El Dentudo vuelve a la fila.
    El tren entra en Komsomolskaya como un animal enfadado. Ruge, chirría contra el metal. Las puertas se abren. La gente sale en oleadas. Empujan, tropiezan, arrastran las bolsas. Ellos se mezclan. Cabeza baja. Sin mirar. Sin hacerse notar.  
    Dejan pasar a los primeros, los rápidos. Luego los distraídos. Después, los que dejan caer las cosas sin darse cuenta. Ellos esperan ese momento. Siempre ese.
El Nuevo, no. Esta vez se pone más nervioso. Se agita. Levanta la cabeza. Huele el aire. Da un paso. El Manchas lo corta.
     —Quieto.
     Pero el Nuevo ya no está con ellos. Entre el metal, el sudor y la ropa mojada, hay otra cosa. Algo que no encaja allí... Se queda rígido. Gira la cabeza. Lo encuentra. Y corre.
     —¡Eh!
   Un golpe seco. Alguien se aparta. Un empujón. Una bolsa se cae. Algo se desparrama por el suelo.
    —¡Cuidado!
   El Nuevo se cuela entre las piernas, esquiva, empuja, tropieza. No se detiene. Atrás, el grupo no se mueve. No lo siguen. El Viejo ni siquiera levanta la voz. Saben cómo termina eso.
     Un grito rompe el ruido. El lugar entero contiene el aliento.
     —¡Papá! —la voz es pequeña, pero clara.
     El hombre sigue andando.
      —Papá, espera…
      Un tirón de manga. El hombre se gira, molesto. La niña señala.
      —Es Tobi… ¡Tobi!
      El Nuevo se lanza hacia la niña. La golpea, al llegar.  La tira al suelo. Las manos de ella se hunden en su pelaje. Lo agarra como si lo fuera a perder otra vez. Y entonces rompe a llorar.
      Nadie más se detiene. El flujo continúa. El viento cambia. Ellos vuelven a su sitio a esperar el siguiente tren.


       Como siempre.



La música es de FiftySounds.

22/04/2026, Gijón

© La Pluma del Este



¿Sabía que en el metro de Moscú viven perros callejeros que han aprendido a viajar en tren y sobrevivir entre millones de personas y que pudieran comportarse como los otros pasajeros? No todos tienen la misma suerte que nuestro Tobi del relato.


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16 de mayo de 2026

193. Sin testigos



Sin testigos 




La mujer menuda soltó el cuchillo. El atacante estaba en el suelo. Su sudadera negra no retenía la sangre y un enorme charco de un rojo oscuro dibujaba un círculo irregular en el asfalto.
     La mujer dio un paso atrás, después otro. Con las manos temblorosas intentó unir los girones de su vestido. En su cara se dibujaba la conciencia de lo que acababa de hacer. El sujeto apenas gemía. La mujer miró hacia los lados y sus vacilantes pasos se perdieron en el oscuro callejón.
    Una sombra se desprendió de una fachada de enfrente. Una anciana con un chucho en brazos se acercó al moribundo. Le dio una patada. Se agachó y recogió el cuchillo. Lo metió en el bolso y se fue calle abajo. 



 

11/05/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Dime, querido Lector, ¿qué te ha parecido este relato?
¿Qué harías en el lugar de la anciana?

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10 de mayo de 2026

192. El invernadero

 El invernadero



Con un escueto “Mis condolencias, señora”, la trabajadora de la morgue le entregó una bolsa de plástico con las pertenencias de su padre. Le pidió que las revisara antes de firmar.

Laura volcó el contenido sobre una mesa de metal. El sonido de unas llaves resonó en el pasillo desierto. Las recogió. Apretó el llavero en el puño. Era el regalo que hizo a su padre: un corazón partido por la mitad. Ella tenía la otra mitad. Guardó las llaves en el bolso junto con la gastada cartera de cuero. Volvió a meter en el plástico la ropa y el par de zapatillas viejas. Al pasar al lado de un contenedor, los tiró dentro.

Cuando aparcó su viejo Ford detrás del invernadero, ya era casi de noche. La tarde en la funeraria había sido una continua ida y venida de gente vestida de negro. Le preguntaban algo, ella les respondía. Le traían papeles para firmar; ella los firmaba. Sin cuestionar nada. Daba por hecho que era lo normal en esos casos. Nunca tuvo que enterrar a nadie. En el mundo solo estaban ella y su padre. Su madre los había abandonado cuando ella era pequeña. Ahora, se quedaba sola.

Subió al porche. Abrió la puerta sin prisa. La casa no la invitaba a entrar. Una idea se dibujó en el rostro de Laura. Cerró la puerta y bajó rápidamente las escaleras. Se dirigió al invernadero.

Sacó las llaves de su padre. Se giró como si esperara que él la fuera a parar. El jardín oscuro le devolvió el silencio. Agarró las llaves con fuerza. Una encajó en la cerradura. Detrás del cristal estaba el mundo desconocido para ella. Un suave clic rompió la prohibición de entrar allí. Su padre nunca la dejó siquiera asomarse. Y ella jamás le desobedeció.

Se quedó parada en el umbral sin atreverse a dar un paso.

—Perdona, papá—apenas susurró.

Y entró.

El olor la recibió de inmediato: dulce, empalagoso y con fondo picante. Con la linterna del móvil dio con el interruptor. Las filas de fluorescentes iluminaron macetas con flores que no conocía.

Las flores la miraron.

Se adentró por el pasillo principal. A su paso, las plantas empezaron a emitir una especie de murmullo. Se fijó en unas de florecitas blancas. Eran delicadas. Perfectas para un ramo. En el centro del invernadero vio una maceta enorme con un árbol cubierto de flores amarillas en forma de campanas. Las tocó. El árbol tembló. El olor dulce y embriagador envolvió a Laura.  Estaba segura de que a su padre le encantaría que el aroma de sus flores lo acompañara bajo tierra. Sonrió. Dejó su bolso en una silla de hierro y se puso a buscar unas tijeras de podar.

En una esquina, al fondo, vio un armario viejo. Estaba cerrado. Volvió a por las llaves de su padre. La puerta se abrió como si alguien la hubiera engrasado. Cogió unas tijeras, un alambre de jardín y unos periódicos viejos. Una cofre metálico del tamaño de una caja de zapatos le llamó la atención. Estaba cerrado con un candado pequeño. Lo sacudió. Dentro había algo. Lo recogió todo y se lo llevó a la mesa de trabajo.

En un cuarto de hora ya tenía cortadas varias docenas de flores. Para dar más aroma al arreglo, añadió una rama con campanas amarillas. Lo dispuso todo sobre la mesa. Su mirada se detuvo en el cofre. Entre las llaves de su padre no encontró ninguna que abriera el candado.  Cogió un martillo.  Con un par de golpes, el candado se rompió. Laura levantó la tapa.

Lo primero que vio fue una fotografía de ella, pequeña, en brazos de una mujer. Su madre. Tenían el mismo color de pelo: rubio. La sonrisa de su madre estaba llena de vida y amor. Laura hizo un amago de romper la foto. La estrujó. Se dobló sobre la mesa. Cogió la fotografía de nuevo y la estiró con cuidado. Con los dedos temblorosos repasó la cara de su madre, el pelo, los brazos, la mano que abrazaba a la pequeña Laura. Se fijó en el anillo que llevaba: la cabeza de un gato con ojillos negros.

Dejó la fotografía a un lado. Sacó de la caja un pequeño paquete. Dentro, un pasador de pelo con un mechón moreno. Había una tarjeta escrita a mano. Reconoció la letra de su padre. «Mónica. 15. 23-07-1984. Valdora.»  En el siguiente había una barra de labios, de un rojo estridente con un mechón rojizo. «Celeste. 23. 14-04-1981. “El Kilómetro 9”.» Otro paquetito, otro nombre, otra fecha, otro cabello… Y otro más. Laura tenía la boca seca. Le temblaban las manos. Abrió otro. Un anillo con la cabeza de un gato, con dos piedrecitas negras por ojos, resbaló de sus manos y cayó al suelo. Un mechón rubio, largo, se deslizó por su mano. Laura gritó. Luego se derrumbó. Se abrazó a sí misma y lloró… Después se quedó dormida.

El sonido de su teléfono la despertó a las ocho menos cuarto de la mañana. Eran los de la funeraria. El entierro sería a las doce y media. Ellos llamarían a un cura. El seguro de su padre cubriría los gastos. Laura dijo sí a todo y colgó.

Las flores cortadas la noche anterior se veían mustias. Laura las metió en una palangana con agua. Rompió la fotografía en pequeños trozos y los enterró bajo el árbol de las campanas.

—Adiós, mamá.

 Salió al jardín. Los rayos de sol tiñeron su pelo de oro. La sorprendió el silencio. Los pájaros se habían ido a otro lugar. Subió lentamente las escaleras y entró en casa. Pasadas un par de horas, ya vestida de negro, volvió al invernadero.

Las flores cortadas habían recuperado su esplendor. Los “recuerdos” de su padre seguían desperdigados sobre la mesa. Laura los metió en un bolsito de tela. Se puso un mandil viejo y empezó a crear el arreglo floral que su padre merecía. Ocultó el bolsito entre los tallos.

Aparte del cura y dos enterradores, solo un par de parroquianos asistieron a dar el último adiós a su amigo de copas. A Laura no le sorprendió aquello. Se acercó a la tumba abierta. Cogió un puñado de tierra y se lo guardó en el bolsillo. Después tiró el ramo de flores sobre el ataúd. El sol de mediodía se reflejó en su anillo con cabeza de gato.

Más tarde, cuando Laura volvió al invernadero, las flores suspiraron. Metió la mano en el bolsillo y sacó la tierra. La echó bajo el árbol de las campanas. Cerró la puerta del invernadero por dentro. Se puso los guantes de jardinería.

—Papá, enséñame cómo se hace…

 

 


 

08/04/2026, Gijón

© La Pluma del Este


Querido Lector, espero que este relato te haya hecho sentir. Me gustaria saber qué piensas al respecto. ¿Hasta dónde puede llegar el amor por un padre? ¿Hay secretos que deberían permanecer enterrados? ¿Los hijos deberían seguir los pasos de sus padres? Te leo...


Las sigueintes historias que no te dejarán indiferente:

Mi vecina de arriba

La celera te mata

La mujer son rostro


1 de mayo de 2026

191. La Donna


La Donna



Luigi’s era el típico restaurante italiano del Bronx; sin embargo, no tenía el aire de la vieja elegancia del sur de Europa. Situado en el 237 Arthur Avenue, era un pequeño local sin pretensiones. Tres ventanas, un poco más altas de lo normal, no permitían ver el interior. Las cortinillas de cuadros rojos no lograban suavizar la fachada de ladrillo tosco.  La puerta de madera estaba reforzada con tiras metálicas y no invitaba a entrar a curiosos o amantes de la comida. Más bien avisaba de que no era un lugar para los forasteros. Aun así, el olor a pizza, orégano y pancetta frita recordaba la cocina de una mamma napolitana.  
     Y no era casualidad. La jefa de la familia Esposito, la señora Lucía —la Donna, para empleados y competidores, era quien regentaba el restaurante heredado de su padre, Luigi. Era viuda y sus cuatro hijos, Antonio, Marco, Salvatore y Vincenzo, se ocupaban de los “otros negocios”, mucho más prósperos y peligrosos. Ella lo controlaba todo.
     Cada domingo por la noche, con el restaurante cerrado, la familia se reunía en el amplio almacén de la parte de atrás. Los Esposito, sentados alrededor de una gran mesa, disfrutaban de las viandas y del buen vino napolitano, traído de contrabando. Muchas veces tenían invitados de otras familias y no era raro ver el brillo de alguna placa de la policía sobre la mesa.
     Así, entre plato y plato, los Esposito decidían sobre la vida y la muerte de sus vecinos y de la competencia. Al final, los negocios eran los negocios. Había que respetar eso por encima de todo.
     Hoy era el domingo especial. El miércoles pasado había llegado un cargamento de whisky escocés camuflado dentro de los barriles de arenques y tocaba organizar el reparto. Donna Lucia estaba molesta. Era la primera vez que entraba semejante cantidad de alcohol. Ella prefería ser más discreta. Pero los muchachos se salieron con la suya y diez mil botellas no eran fáciles de esconder y colocar. Menos mal que tenían a la policía en el bolsillo. Ese Briggs era barato. Con comida y unos cientos de dólares, cerraba los ojos y la boca. Menos cuando devoraba su pasta.
     La Donna encendió un cigarrillo, inhaló y soltó una nube de humo. Tenía una sensación extraña. Le picaba la mano derecha. La rascó disimuladamente, pero las hormigas seguían ahí. Justo en el centro de la palma de la mano. Le pasaba siempre cuando alguien mentía. Cuando algo malo iba a pasar. Era un aviso. Uno de los que comía su comida y bebía su vino, no era quien decía ser. Una traición sobrevolaba la mesa.
     A través del humo, sus ojos acerados repasaron las caras de los presentes. A su mano derecha, su hijo mayor, Antonio, hablaba con Gennaro, su primo tercero. Era el único hijo de su primo Luigi, ya fallecido. Que Dios lo ampare. Salvatore y Vincenzo, en la otra punta de la mesa, discutían sobre las mujeres. Qué jóvenes y tontos, pero tan guapos como su padre. Que descanse en paz. Salvatore Bellomo no paraba de comer y cada poco rellenaba la copa. Le daba asco. Si no fuera por su lealtad con la familia Esposito, jamás dejaría que semejante cerdo ensuciara el mantel de hilo. Alessandro Santoro… Ay, Alessandro. Nunca le he permitido calentar su cama. El tiempo ya pasó. Solo quedan los recuerdos. Pero es un amigo fiel. A su padre, a ella…  y espera que a sus hijos.
     Donna Lucia miró a su izquierda. La silla de Marco estaba vacía. No lo veía desde el miércoles. Le pareció extraño. Con las ganas y el esfuerzo que puso en conseguir este cargamento, hoy no se presentó a la cena. Sus hermanos hablaron de una fulana y que estaba muy pillado por ella. Pero los negocios están por encima de todo. La familia también. Tendrá que hablar con el chico y ponerle las cosas claras. Su mano le seguía picando.
     Los ojos de la Donna se encontraron con la mirada de Matteo Vitale, a quien no conocía hasta ayer. Antonio dijo que venía desde el sur de Italia para buscar nuevos distribuidores. Era un hombre elegante, discreto, con bonitas canas en las sienes, demasiado perfecto para aquel lugar. Al presentarse, le besó la mano. Si tuviera veinte años menos, se metería en la cama con él. Donna Lucia se regañó a sí misma por los pensamientos tan indecentes.
Matteo Vitale esbozó una sonrisa y su mirada se elevó por encima de la Donna. Hizo un ligero gesto con la cabeza a alguien detrás de la mujer.
     Donna Lucia se giró un poco, pero no le dio tiempo para ver más. Algo rodeó su cuello y un dolor punzante la dejó paralizada. Se llevó las manos y tocó una cuerda. Intentó meter los dedos para aflojarla y se arrancó la piel del cuello.
     Antes de cerrar los ojos, vio la cara de su querido Marco… En su mirada no había nada. Ni siquiera odio.
     —¿Por qué? — apenas susurró.
     —Madre, esto es por la Cosa Nostra. Siempre dijiste: «Los negocios están por encima de todo».
     El silencio en la mesa se rompió con la caída de un cuerpo. Marco se sentó en la silla de su madre.

 



         

18/02/2026, Gijón

© La Pluma del Este


Hola, querido Lector. 

Me encantaria saber qué te ha parecido este relato. 


Y si te gusta el genero noir, te invito a leer estos relatos:

La mujer del café

El trato roto

Un tesoro en la grieta

27 de abril de 2026

190. La caja de las palabras.

 

La caja de las palabras

 

 

La nieve caía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.  Yo caminaba con cuidado, apoyando bien cada pie, evitando las placas traicioneras de hielo que se asomaban bajo la capa blanca. Había olvidado cómo se veía este barrio en invierno. El barrio donde nací y viví hasta los diecinueve años. El mismo al que nunca pensé volver.
   La caja de regalo, con un lazo rojo, se me hacía más pesada a cada paso que me acercaba al n.º 14 de la calle Monet.
    Las casas pasaban a mi lado: unas con ventanas apagadas; otras, con luces y risas. La mía, al final de la calle, se veía oscura y silenciosa.
    He tardado demasiado en volver. Un día, hacía cuatro meses, ella dejó de enviarme las cartas. Yo le escribí muchas. No envié ninguna.
Llegué a la escalera de la puerta verde. La única en toda la calle. Fui yo quien eligió el color. La pinté con mi padre. Me quedé ahí, contemplando cada grieta de la pintura reseca. Quise dar la vuelta. La caja, llena de palabras, me obligó a quedarme. Subí los escalones. Toqué el timbre. Su eco resonó en una casa vacía.
    Metí la mano bajo el jersey y saqué la llave, colgada de una cinta roja. Me vi con diez años volviendo del colegio… La puerta chirrió… El olor a cerrado me dio de lleno.
    —Mamá…
    Aunque ya presentía que nadie me iba a responder.
    La cuarta tabla del pasillo crujió. En el salón, los muebles, son fantasmas blancos.       Quité la sábana del aparador. Los marcos de fotos con la felicidad congelada me miraron con docenas de ojos. Apreté la caja contra mi pecho.
Entré en la cocina. Recordé el olor a café recién hecho, las rosquillas de canela y anís…  Me pareció oír a mis padres charlando sobre naderías. Una lágrima, después otra, resbalaron por mis mejillas.
    —Hola, ¿hay alguien ahí? Salga o llamo a la policía.
Salí. Una mujer mayor, apoyada en un bastón, me repasó de arriba abajo. La tranquilicé:
    —Hola, soy Laura, la hija de Juan y Julia. Vine a ver a mi madre.
    —Vaya, hija. Cuánto lo siento. Julia murió el otoño pasado.
    La caja de regalo con el lazo rojo resbaló de mis manos… Después de dar varios botes por las escaleras, el contenido de la caja se desparramó en la nieve. Los «Hoy hice la mermelada de grosellas, tu preferida», «Papá está enfermo», «Te quiero, hija», «Te echamos de menos» se mezclaron con los sobres cerrados de mis promesas incumplidas… Ya ni me acuerdo por qué.
    Me derrumbé ahí mismo. Quise gritar, quise pedir perdón, rogar para que el tiempo volviera atrás. No hice nada de esto. Solo me quedé sentada en la fría escalera de mi antigua casa.


    Y la nieve seguía cayendo en silencio.






                                                                                                                       31/03/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Queridos Lectores, si este relato les hizo sentir algo, me encantaria leerlo en vuestros comentarios.  


Les invito a leer otros relatos que tienen carga emocinal e invitan a pensar:

No estás solo

Chupachups

El odio

16 de abril de 2026

189. Los lirios en la piel

 Los lirios en la piel





Dime… ¿alguna vez te ha quedado para para siempre una imagen que duró solo unos segundos? A mí, sí. Con el paso del tiempo, sigue grabada en mi memoria. En mi corazón.
    Por entonces, yo tenía trece años. Cada verano íbamos a Bilopilia, una pequeña ciudad del oeste de Ucrania. En su centro había edificios altos, fábricas, tiendas y un cine. Por el contrario, la casa de mis abuelos paternos se encontraba en la zona del campo, con pintorescas casitas de una planta, huertos y jardines. Cuando cierro los ojos, todavía puedo sentir el viento con olor dulce a flores de trigo sarraceno y oír el croar de las ranas de un riachuelo cercano.  Qué época más feliz. Una vida despreocupada. Tranquila. Pacífica.
    Los días soleados y con los quehaceres hechos, mis padres, mi hermano menor y yo íbamos a la playa del río Vyr a un par de kilómetros. Aquella vez mi mamá se quedó en casa.
  Los tres seguimos el camino serpenteante que recorría los campos de trigo, cruzaba el puente del tren y se perdía entre la espesura al otro lado del río.  Para nosotros era una aventura. Después de varios recodos más, el camino se abría a un gran prado.
   Familias con niños y grupos de chavales encontraban en ese bonito rincón un lugar de ocio y juegos. Yo solo quería nadar. Por entonces ya había acabado la escuela de natación y aprovechaba cada ocasión para zambullirme y hacer unos cuantos largos.
   Mi cuerpo de niña, delgado como un junco, apenas empezaba a despertar. Muchas sensaciones eran ajenas para mí. Recuerdo que llevaba un bikini rosa con diminutas florecillas y mi melena castaña en una trenza.
Ahí estaba yo, en la orilla del sinuoso y profundo río. La de enfrente era inaccesible, rodeada de juncos, algas y algún que otro lirio de agua. Qué flores tan bellas. Nadie se atrevía a nadar ahí, ya que era peligroso. Toqué el agua con la punta de los dedos y la piel se me puso de gallina de lo fría que estaba. No soy de zambullirme a la carrera. Así que entré poco a poco. Cuando el agua me llegó a la cintura, me lancé.  Me dejé arrastrar por la corriente y, al oír los gritos de mi padre, volví. Así una y otra vez… No es que yo fuera desobediente, sino que me gustaba probar mi fuerza y tensar un poco la paciencia paterna. ¿Quién no lo hizo?
    En el agua no solo estaba yo. Me fijé en un par de chavales adolescentes. Eran más morenos que el resto. Y su pelo era negro y ondulado. Nadaban como caballitos de mar. Cada vez que volvía a meterme en el río, los encontraba cerca de mí. También sentía la mirada de halcón de mi padre. En el fondo, aquello me divertía.
    Uno de los chicos, el mayor y más guapo, con ojos color miel, me sonreía, pero mantenía la distancia. Yo estaba confusa y encantada. Hasta que mi padre, cansado de aquel inocente flirteo, me obligó a recoger a mi hermano y salir del agua. Me dijo que los chavales eran zíngaros nómadas de un campamento cercano, mala compañía, y se fue a nadar.
   Yo estaba acostada en la toalla, boca arriba. Con los ojos cerrados escuchaba el silencio interrumpido por alguna risa. Sentía a mi hermano cerca, cazando mariposas. De repente, una sombra y algo frío y mojado cayó sobre mí. Grité y salté. Un ramo de lirios se desparramó a mi alrededor. Yo no entendía nada. Vi a mi padre acercarse con cara seria. Me giré y los vi. A los dos chicos zíngaros riéndose a carcajadas y huyendo. El guapo me guiñó el ojo.
  Sintiéndome culpable, recogí las flores y las devolví al río. Nos vestimos y emprendimos el camino de vuelta.
Íbamos por un pequeño bosque. Ya faltaba poco para llegar al puente del ferrocarril, cuando sentimos unos temblores y el ruido de las ramas al romperse. Nos giramos.     A poca distancia vi a los chicos zíngaros a caballo. El guapo me miraba fijamente. Hizo que su caballo se pusiera sobre las patas traseras. El hermoso corcel bailó y soltó un relincho. El muchacho me tiró un beso. Después, desapareció seguido de su amigo… Una parte de mí se quedó en aquel lugar hasta hoy.
   El resto del camino lo pasé en silencio, interrumpido por las burlas de mi hermano y los silbidos despreocupados de mi padre. Durante varios días yo era el centro de bromas y suspiros fingidos. En una familia suelen pasar esas cosas.

Mientras escribo estas líneas, la cara de aquel muchacho se dibuja con el humo. Toma forma y desaparece, dejando en el aire una pregunta sin contestar.
Una semana después volvimos a la playa. Con la excusa de querer dar un paseo, empecé a subir la colina cercana. Necesitaba saber si el campamento de los zíngaros seguía ahí. Las mariposas en mi estómago revoloteaban sin parar. Deseaba ver a aquel muchacho. ¿O no? ¿Qué le diría?
    Desde arriba, en un pequeño valle, vi los restos de las fogatas y las huellas de los carros que se perdían a lo lejos. Algo dentro de mí se rompió. Lloré en silencio. Suena absurdo, lo sé. Aun así, una diminuta esquirla se había clavado en mi corazón para siempre.
   Aquel día no nadé. Me quedé sentada mirando el río y los lirios de agua que se mecían suavemente, empujados por la brisa.

         

                                                      09/02/2026, Gijón         

© La Pluma del Este


Si te ha gustado este relato, te invito a leer estos: 







Hola, querido Lector. 
Me gusrtaria saber si te ha pasado algo parecido. Si atesoras ese recuerdo especial sobre algo que dejaste escapar... Algo lejano en el tiempo, y sin embargo, que algunas veces sube a la superficie de tu memoria. 
Cuéntame... te leeré.


3 de abril de 2026

188. La cita de las cinco

La cita de las cinco



El cliente de las cuatro y media canceló nuestra reunión. Mi tren de regreso a Madrid salía a las ocho. Decidí dar una vuelta sin alejarme mucho de la estación. Aunque el invierno estaba llegando a su fin y el sol de primavera no calentaba mucho, el día era agradable. Al final de una calle descubrí una plaza acogedora con varios bares y tiendas. Un grupo de mujeres tomaba algo en una de las terrazas y unos niños correteaban entre las mesas.
     Me fui a una terraza más alejada. Un camarero con cara cansada me tomó la nota. Mientras esperaba, estiré las piernas y me puse cómodo. Cerré los ojos y por un instante me quedé ajeno a la vida que me rodeaba.
       —Señor —era el camarero—, aquí tiene su café con leche, el agua y el chupito de Habana Club. Son nueve con cincuenta.
         Le di un billete de diez y dije que se quedara con el cambio. Cogí la taza y eché el primer sorbo del café. Estaba bien cargado, como me gusta. Volví a mirar a la plaza. Un hombre me llamó la atención. Estaba parado debajo de una farola. A unos diez metros. El hombre miraba de frente, hacia la calle por la que había llegado yo. Lo observé mejor. Era de edad mediana. Llevaba traje y sombrero. Miró el reloj un par de veces. Se tocó el bolsillo de su chaqueta. Sacó el teléfono móvil y llamó. Por su expresión comprendí que nadie contestaba.
       Cuando iba por la mitad del café, detrás del hombre se puso otro, un señor mayor. Cuando terminé el café, se les acercaron un par de hombres más. Y otro. Me pareció oír «¿Es aquí?». Alguien dijo que todavía no se sabía, pero por si acaso habría que esperar.
         Se aproximaron dos señoras. Las reconocí, eran de aquel grupo de mujeres con niños. Afiné el oído:
         —Carmen, —dijo una de ellas—, parece que va a haber algo. —Me quedo a ver qué pasa. ¿Te apuntas?
          La tal Carmen asintió con la cabeza e hizo un gesto hacia las otras mujeres. La cola crecía. Conté doce, no, catorce personas. Un par de chicas, pegadas a sus móviles, quedaron las últimas.
          Bebí mi chupito de ron de un trago. Delante de mí la cola se hacía más larga. El primer hombre, ajeno a lo que pasaba detrás de él, miraba su reloj cada poco.  Yo también miré el mío. Las siete menos cuarto. No me atrevía a marcharme. Llamé al camarero. Le pedí una cerveza y le pregunté por la fila de gente, si sabía algo al respecto.
          —Nunca se sabe. —Encogió los hombros y entró en el bar.
       Mientras tanto, la fila crecía y ya llegaba hasta el otro lado de la plaza. Los recién llegados preguntaban a los últimos. Estos asentían con la cabeza. El primer hombre seguía en su sitio con la vista fija delante.
         Llegó una furgoneta. Con tanta gente no podía pasar. Vinieron dos policías en las motos. Obligaron a dejar el paso. La fila se abrió y se cerró. Los policías se subieron a las motos y se fueron por donde habían venido.
         Mi segunda cerveza estaba entera. Dejé el dinero en la mesa y me acerqué. Enseguida oí unos gritos que me enviaban al final de la cola. Pasé de largo. Necesitaba saber la razón de todo aquello.
          Me acerqué al hombre. Le dije muy bajito:
          —¿A quién espera?
          El hombre dio un respingo. Me miró estupefacto, como si se despertara:
         —Ella me dijo que la esperara aquí. A las cinco.
        Quise decirle que ya había pasado más de dos horas y que ella, sea quien sea, seguro que no vendría. Igual le había tomado el pelo. Pero no me atreví. Le puse la mano en el hombro y lo apreté. El señor número dos se dio cuenta. Dejó la cola en silencio. Una de las mujeres, Carmen, dijo que tenía que ir a algún sitio y se alejó apresuradamente. Su amiga la siguió. Las dos chicas de los móviles se marcharon acompañadas de sus risas. Poco a poco la cola se estaba dispersando.
        Antes de salir de la plaza, me giré. El hombre seguía ahí, alumbrado por la farola. Solo. Mirando el reloj.


 

      04/03/2026, Gijón

© La Pluma del Este


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Querido Lector, ¿te habrías puesto en la cola… o habrías seguido de largo?
 Te leo.

23 de marzo de 2026

187. Ausencia

 

Ausencia

(Absentia, latín)

 

I. Acción y efecto de ausentarse o estar ausente.

 

 

Como cada día, él le daba un beso a su esposa y se iba a trabajar. Durante años hacía y decía lo mismo. Un beso ya breve, rutinario, un “te veo a la noche” desganado, como si no tuviera ganas de volver. Ella contaba minutos para que él se marchara. Y poco después, vestida elegantemente, se iba a ver a su joven amante.

 

 

II. Tiempo en que alguien está ausente.

 

Una noche él tardaba en volver. Ella lo esperaba con el valor reunido después de fingir el amor durante los últimos años. Quería el divorcio. Como un animal enjaulado daba vueltas por el salón. Miraba por la ventana. Él no llegaba. Le llamó al móvil repetidas veces. Saltaba el contestador. Se durmió en el sofá, tapada con la vieja bata de él.

 

 

III. Falta o privación de algo.

 

Despertó con una sensación de que algo malo había pasado. Un nudo se instaló en su estómago. Volvió a llamar a su marido. El teléfono seguía muerto. Su amante la llamó. Varias veces. Le mandó mensajes. No contestó. La preocupación crecía a cada minuto. Llamó al trabajo. Su marido no había ido ni ayer, ni los últimos cuatro meses… Se había despedido. Y no le dijo absolutamente nada. ¿Por qué?

 


IV. Derecho. Condición legal de la persona cuyo paradero se ignora.

 

La policía dejó sus cosas revueltas y se llevaron una camiseta para el perro. La acribillaron con cientos de preguntas: ¿si sabía de esto?, ¿si sabía de lo otro?, ¿qué relación tenían?, ¿si todo iba bien entre ellos? Tras veinte años de matrimonio, ella no fue capaz de contestar nada. Su vida conyugal era intangible… Quedaron en avisarla con lo que fuera. El nombre de su marido engrosó la lista de desaparecidos.

  

V. Medicina. Supresión brusca, aunque pasajera, de la conciencia.

 

Su amante dejó el teléfono saturado. En algún momento tendría que hablar con él. Pero no ahora. Ahora él era una complicación. Se sentía herida y traicionada. Por Dios, ¿por qué? No tenía derecho. Era ella la que engañaba. ¿Quién de los dos era el peor? Se sirvió una copa de whisky, el preferido de su marido. La casa la aplastaba con el silencio. Encendió la televisión. Noticias: en la playa cercana han encontrado el cadáver de un hombre… Lo supo. Se desmayó.

 

 

Vi. Psicología. Distracción del ánimo respecto de la situación o acción en que se encuentra el sujeto.

 

La morgue dejó su mente embotada. Lo vio. Allí. Solo… sobre el acero gris, tapado con una sábana. Como en películas policíacas que vieron juntos. Causa de la muerte: un infarto. Encontraron sus cosas en un barco. Lo compró hace un año. Lo estaba restaurando. Con qué dinero, nadie lo supo decir. El barco llevaba el nombre de ella: Lilith. La inspectora hablaba y preguntaba. Ella no oía nada. Cuando eran jóvenes, soñaban en navegar. Juntos. Su mirada no se separaba del bulto blanco que era su marido. Sus dedos se tocaban la boca. Ahí la besó por última vez.





 

 12/09/2025, Gijón

© La Pluma del Este



Querido Lector, te agradezco por la visita y por la lectura de mis historias.

Te dejo esta pregunta:

 ¿Cuándo fue la última vez que miraste de verdad a quien tienes al lado?...



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17 de marzo de 2026

186. La nieve roja

 

La nieve roja



 —Cariño, ven aquí un momento. Tienes que ver esto. Trae mi cámara. Está en el cajón bajo de la cómoda.
     La voz urgente de mi marido me obligó a poner en pausa la lectura. Y ahora, ¿qué? Llegamos al pueblo hace cinco días y desde entonces no hemos parado de limpiar, arreglar, cortar leña. Todo para pasar la Navidad perfecta lejos de la ciudad y el ruido. Por fin estaba sola y sin trabajo pendiente. Traje varios libros con la intención de leerlos todos. Un sillón cómodo, una manta, el fuego y una copa de vino. Un lujo.  Pero me da que esto iba a postergarse para otro momento.
     —¡Apúrate o te lo vas a perder!
      Suspiré, dejé «1984» en la mesita, eché la manta sobre los hombros y fui en busca de la cámara. Cuando salí al porche, mi marido me la quitó de las manos con la impaciencia de un cazador de la imagen perfecta.
     —Mira. El cielo. ¿No es una maravilla? ¿A qué nunca has visto nada igual? Esta va directa al concurso. ¿Ves? El blanco de la nieve y ese rojo… Es perfecta. Te has quedado muda, cari.  Te lo dije.
     Miré arriba. Aquello no eran nubes, sino trozos de sangre espesa esparcidos hacia el horizonte. Me sentí aplastada y con falta de aire. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me arrebujé en la manta. Un recuerdo oculto subió a la superficie de mi memoria. Vi a mi marido haciendo ráfagas de fotos. Sus ojos brillaban de excitación. Mientras, yo esperaba que aquel cielo se derramara en una lluvia de sangre. Rojo sobre blanco. Como hace cuarenta años y a miles de kilómetros, en los lejanos Cárpatos.
 
     Pasar las vacaciones de invierno en la otra punta del país, sin mis padres, prometía ser una aventura. Éramos un grupo de unos cuarenta adolescentes y varios monitores adultos.
     Después de diez horas en tren ya nos conocíamos. Cuando llegamos al campamento, en mitad de la nada, rodeado de montañas y bosque, nos repartieron en varias cabañas. Todo era fiesta y jolgorio. La nieve era infinita. Solo podíamos desplazarnos por los estrechos caminos abiertos con palas y sal. Y para varias docenas de chavales era la invitación para empezar una guerra de bolas de nieve.
     Ahora pienso que aquella fue una época perfecta. Mi mente borró las discusiones, los celos y peleas por tonterías. De día hacíamos las actividades, rutas y paseos; por la noche, a la luz del fuego, nos contábamos las historias de miedo. ¡Qué típico en aquella edad! Y qué tontos fuimos por no hacer caso a los rumores sobre las desapariciones. Creíamos que eran chanzas de los lugareños para meter el miedo a los de la capital. A fin de cuentas, éramos forasteros. Y los forasteros no escuchaban, solo sonreían e iban a lo suyo.
     Cada mañana, a las siete en punto, salíamos a una explanada detrás de las cabañas para hacer la gimnasia matutina. El amanecer en los Cárpatos era majestuoso. Cuando el sol se asomaba por encima de los picos, teñía el cielo en los colores más inverosímiles: mezclas de rosa con amarillo, violeta con lavanda, azul noche con azul bebé. Y toda esta fiesta cromática convertía la nieve en una alfombra de diamantes.
      Aquella mañana, unos días antes de la Nochevieja, hacía muchísimo frío. Entre risas salimos en tropel para ejercitarnos y volver corriendo al calor de las casas. Fuera estaba más oscuro de lo normal. Las farolas apenas nos alumbraban el camino. La nieve no reflejaba su luz, sino que la absorbía. Nuestras risas no hacían eco. Como por una señal invisible, todos bajamos la voz. Cuando llegamos a la planicie, vimos a los monitores discutiendo con una señora mayor. La mujer parecía disgustada y no paraba de señalar al cielo: el más extraño que haya visto nunca. Sobre el fondo gris, las nubes de un rojo espeso se amontonaban como si fueran trozos de algún animal celestial. Herido. Destrozado. Mis compañeros quedaron boquiabiertos. Los chicos mantuvieron el tipo. Algunas amigas empezaron a llorar y corrieron en desbandada. Unos cuantos quedamos ahí, esperando sin saber el qué.
      La mujer se dio por vencida. Al pasar por mi lado, me miró a los ojos y meneó la cabeza. Me cogió de las manos. Sentí una descarga de corriente eléctrica.
    —Cielo de sangre. Korochun-chort, el Demonio de la nieve, está de caza. Cuídate, niña. Dile a tus amigos que no salgan después del ocaso de ahora en tres días. Vuestros cuidadores no me escuchan. Piensan que estoy loca. Y la vieja Marusia sabe lo que dice… Yo lo he visto antes. Muchas, muchas veces.
     Me quedé de piedra. Algo se removió en mi interior. Miedo y curiosidad a partes iguales. Korochun-chort. En aquella época era impensable buscar la información tecleando un par de palabras. Había que creer a los mayores. O no. Y yo solo era una niña de quince años que dos horas después iba con sus compañeros por el medio de la cresta de un monte y cantando a pleno pulmón. Me sentía viva y valiente. Tan valiente que me atreví a beber el agua de un pozo. Por la noche ya tenía fiebre y gastroenteritis que me dejaron postrada en la cama.
     Decidí ver el lado positivo de mi repentina enfermedad, ya que pude quedarme en la habitación sin hacer gimnasia y escaquearme de los preparativos para la celebración del Fin de Año. No me apetecía cargar troncos de madera para montar una enorme fogata. Estar calentita, a base de tés y sopas, leyendo a placer sin que nadie me moleste, no era un mal plan.
     La tarde del treinta y uno de diciembre era de locos. Mis compañeras me enterraron bajo vestidos y blusas. La habitación se convirtió en una pasarela de moda y un centro de maquillaje y peluquería. Era la primera vez que lo celebrábamos sin nuestras familias. Podíamos pasar la noche sin dormir, bailar y, quién sabe, besarse con algún chico a la luz de la fogata. Yo me moría de envidia. Tenía mucha ilusión para estrenar mi nuevo vestido y bailar con Tarás, un chico muy guapo que me traía libros y té. Pero seguía enferma y no podía alejarme mucho de un baño. Ser imprudente tenía un precio.
     La puerta de la calle se cerró con un golpe y me separó de las risas de mis amigas. Me quedé sola. En la cabaña y en todo el campamento. La fiesta se celebraba en un claro del bosque cercano.
      Era raro oír el silencio. Encendí la radio. La música me molestó con su ruido. La apagué. Cogí un libro. Los ojos me empezaron a picar y los cerré. Creo que me dormí. Me despertó un ruido. Un crujido en la planta baja. Ya era noche cerrada. A través del cristal se veía el cielo. Negro. Con miles de estrellas. Las farolas estaban apagadas. Muy extraño. Encendí la lámpara de la mesita. Nada. No había luz. Otra vez el crujido. Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Me quedé muy quieta. Afiné el oído. Abajo había alguien. ¿Tal vez alguna compañera que se había olvidado de algo? No me atreví a gritarle. Decidí esperar.   El ruido se repitió.  Más fuerte. Me tiré al suelo y pegué la oreja a la fría madera. Escuché unos jadeos. Pasos de un lado al otro. Abrir y cerrar de puertas. Alguien buscaba algo. Pisó la escalera. El crujir del cuarto escalón me dejó helada. Con cuidado moví la silla y la coloqué debajo de la manilla de la puerta. Me escondí detrás de la cama y me tapé con una manta.
     Los pasos se acercaron a mi habitación. Oí los resoplidos de algún tipo de animal. Tal vez un oso.  Me acordé de aquella mujer, Marusia, y del Demonio de la nieve. ¡Por Dios! ¿Será la verdad lo que dijo? Quise gritar. Me tapé la boca con las dos manos. Dejé de respirar. El sudor frío me bajó por la espalda. Esperé… Esa cosa seguía al otro lado de la puerta. Oí moverse la manilla. Rogué a la silla que aguantara. La cosa golpeó la puerta. La arañó. La madera resistió. Ay, mamita, ayúdame. Papá, ojalá estuvieras aquí…
       Fuera se oyeron unas risas.
      La cosa gruñó y se lanzó por las escaleras. Oí un portazo. Después, unos gritos ahogados.
     Conté hasta diez y salí de mi escondite. Miré por la ventana. La luz de la farola más cercana descubrió unas enormes huellas a través de la impoluta nieve. Bajé corriendo al vestíbulo y tranqué la puerta de entrada. Cogí un atizador y corrí a mi cuarto. Ahí me quedé hasta que oí sirenas y gritos.
Amanecía.
     Cuando salí al porche, una multitud de gente corría de un lado al otro: policías, perros, lugareños. En la cabaña vecina vi a los monitores consolar a los chicos. Me acerqué hasta ellos. Enseguida me rodearon con abrazos de alegría. Yo no entendía nada. Parecía que me daban por perdida.
     A trompicones me contaron que habían desaparecido Taras y Zoya. Parece que mientras los demás bailaban cerca de la hoguera, ellos se separaron del resto. Y nunca más se supo de ellos. Lo único que encontraron fueron unas huellas de algún tipo de animal y restos de sangre. El rastro se perdía en lo profundo del bosque. Los perros se negaban a buscar. Y, según los vecinos, esto pasaba en los años bisiestos. Aunque seguramente, eran cosas de viejos.
     Me quedé fría. Korochun-chort los raptó. Abrí la boca. La cerré. ¿Acaso me creerían? Mis amigos ya estaban muertos de miedo.
Los monitores y las autoridades locales decidieron dar por terminadas nuestras vacaciones. En un par de horas, vendrían unos autobuses a recogernos en el pueblo cercano. Hasta ahí había que ir a pie.
     Cuando llegué a mi habitación, en la puerta vi unos arañazos. No estaba loca ni era un sueño. Había ocurrido de verdad. Me callé y me obligué a olvidarlo todo. En aquella época no se hacían las preguntas incómodas.
     Los cuatro kilómetros que nos separaban del pueblo se convirtieron en una ruta larga y triste. Parecíamos los corderos yendo al matadero. Todos teníamos miedo. ¿Y yo? La que más. Veía al Demonio detrás de cada tronco; oía sus gritos en cada rama rota por el peso de la nieve; sentía sus ojos clavados en mí…  Los lugareños nos recibieron con caras serias y el conocimiento oculto de lo que había pasado. Lo vi en sus miradas. Antes de subir al autobús, sentí que alguien me agarraba del brazo. Era Marusia.
     —Ay, niña, cuánto lo siento. Cuídate y lleva esta cruz de madera de olmo. No te la quites nunca. Korochun-chort te conoce. Algún día te buscará.
Y nunca la quité.
 
 
     Un golpe seco me despertó en plena noche. Todavía estaba algo mareada por el champán. El cuerpo me dolía. Era un dolor placentero. Hicimos el amor como antes. Mi mano buscó a mi marido. Su lado de la cama estaba vacío. Sentí una ráfaga de aire frío.
     —¿Cariño? —Me puse la bata y bajé. La puerta de entrada estaba entreabierta.
Salí fuera. Caían suaves plumas de nieve. Grité a la oscuridad:
     —¡Manuel! —La noche me devolvió el silencio. Mi pie tropezó con algo. Era su cámara. Rota. La correa de piel estaba arrancada. Mi mano se manchó con sangre. Quise gritar. La garganta cerrada no pronunció ningún sonido. Busqué la vieja cruz de madera. La apreté con fuerza. 

Bajé al prado. Y ahí las vi— huellas grandes y separadas—que se perdían en la llanura blanca.
 




15/01/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Este relato pertenece a la série "El viento de la estepa".
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