La nieve roja
—Cariño, ven aquí un momento. Tienes que ver
esto. Trae mi cámara. Está en el cajón bajo de la cómoda.
La voz urgente de mi marido me
obligó a poner en pausa la lectura. Y ahora, ¿qué? Llegamos al pueblo hace
cinco días y desde entonces no hemos parado de limpiar, arreglar, cortar leña. Todo
para pasar la Navidad perfecta lejos de la ciudad y el ruido. Por fin estaba sola
y sin trabajo pendiente. Traje varios libros con la intención de leerlos todos.
Un sillón cómodo, una manta, el fuego y una copa de vino. Un lujo. Pero me da que esto iba a postergarse para otro
momento.
—¡Apúrate o te lo vas a
perder!
Suspiré, dejé «1984» en la mesita, eché la
manta sobre los hombros y fui en busca de la cámara. Cuando salí al porche, mi
marido me la quitó de las manos con la impaciencia de un cazador de la imagen
perfecta.
—Mira. El cielo. ¿No es una
maravilla? ¿A qué nunca has visto nada igual? Esta va directa al concurso. ¿Ves?
El blanco de la nieve y ese rojo… Es perfecta. Te has quedado muda, cari. Te lo dije.
Miré arriba. Aquello no eran
nubes, sino trozos de sangre espesa esparcidos hacia el horizonte. Me sentí
aplastada y con falta de aire. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me arrebujé en
la manta. Un recuerdo oculto subió a la superficie de mi memoria. Vi a mi
marido haciendo ráfagas de fotos. Sus ojos brillaban de excitación. Mientras,
yo esperaba que aquel cielo se derramara en una lluvia de sangre. Rojo sobre
blanco. Como hace cuarenta años y a miles de kilómetros, en los lejanos Cárpatos.
Pasar las vacaciones de
invierno en la otra punta del país, sin mis padres, prometía ser una aventura.
Éramos un grupo de unos cuarenta adolescentes y varios monitores adultos.
Después de diez horas en
tren ya nos conocíamos. Cuando llegamos al campamento, en mitad de la nada,
rodeado de montañas y bosque, nos repartieron en varias cabañas. Todo era
fiesta y jolgorio. La nieve era infinita. Solo podíamos desplazarnos por los
estrechos caminos abiertos con palas y sal. Y para varias docenas de chavales
era la invitación para empezar una guerra de bolas de nieve.
Ahora pienso que aquella fue
una época perfecta. Mi mente borró las discusiones, los celos y peleas por
tonterías. De día hacíamos las actividades, rutas y paseos; por la noche, a la
luz del fuego, nos contábamos las historias de miedo. ¡Qué típico en aquella
edad! Y qué tontos fuimos por no hacer caso a los rumores sobre las
desapariciones. Creíamos que eran chanzas de los lugareños para meter el miedo
a los de la capital. A fin de cuentas, éramos forasteros. Y los forasteros no
escuchaban, solo sonreían e iban a lo suyo.
Cada mañana, a las siete en
punto, salíamos a una explanada detrás de las cabañas para hacer la gimnasia
matutina. El amanecer en los Cárpatos era majestuoso. Cuando el sol se asomaba
por encima de los picos, teñía el cielo en los colores más inverosímiles: mezclas
de rosa con amarillo, violeta con lavanda, azul noche con azul bebé. Y toda esta
fiesta cromática convertía la nieve en una alfombra de diamantes.
Aquella mañana, unos días
antes de la Nochevieja, hacía muchísimo frío. Entre risas salimos en tropel
para ejercitarnos y volver corriendo al calor de las casas. Fuera estaba más
oscuro de lo normal. Las farolas apenas nos alumbraban el camino. La nieve no
reflejaba su luz, sino que la absorbía. Nuestras risas no hacían eco. Como por
una señal invisible, todos bajamos la voz. Cuando llegamos a la planicie, vimos
a los monitores discutiendo con una señora mayor. La mujer parecía disgustada y
no paraba de señalar al cielo: el más extraño que haya visto nunca. Sobre el
fondo gris, las nubes de un rojo espeso se amontonaban como si fueran trozos de
algún animal celestial. Herido. Destrozado. Mis compañeros quedaron
boquiabiertos. Los chicos mantuvieron el tipo. Algunas amigas empezaron a
llorar y corrieron en desbandada. Unos cuantos quedamos ahí, esperando sin
saber el qué.
La mujer se dio por vencida.
Al pasar por mi lado, me miró a los ojos y meneó la cabeza. Me cogió de las
manos. Sentí una descarga de corriente eléctrica.
—Cielo de sangre. Korochun-chort,
el Demonio de la nieve, está de caza. Cuídate, niña. Dile a tus amigos que no
salgan después del ocaso de ahora en tres días. Vuestros cuidadores no me
escuchan. Piensan que estoy loca. Y la vieja Marusia sabe lo que dice… Yo lo he
visto antes. Muchas, muchas veces.
Me quedé de piedra. Algo se removió
en mi interior. Miedo y curiosidad a partes iguales. Korochun-chort. En
aquella época era impensable buscar la información tecleando un par de
palabras. Había que creer a los mayores. O no. Y yo solo era una niña de quince
años que dos horas después iba con sus compañeros por el medio de la cresta de
un monte y cantando a pleno pulmón. Me sentía viva y valiente. Tan valiente que
me atreví a beber el agua de un pozo. Por la noche ya tenía fiebre y
gastroenteritis que me dejaron postrada en la cama.
Decidí ver el lado positivo
de mi repentina enfermedad, ya que pude quedarme en la habitación sin hacer
gimnasia y escaquearme de los preparativos para la celebración del Fin de Año. No
me apetecía cargar troncos de madera para montar una enorme fogata. Estar
calentita, a base de tés y sopas, leyendo a placer sin que nadie me moleste, no
era un mal plan.
La tarde del treinta y uno
de diciembre era de locos. Mis compañeras me enterraron bajo vestidos y blusas.
La habitación se convirtió en una pasarela de moda y un centro de maquillaje y
peluquería. Era la primera vez que lo celebrábamos sin nuestras familias.
Podíamos pasar la noche sin dormir, bailar y, quién sabe, besarse con algún
chico a la luz de la fogata. Yo me moría de envidia. Tenía mucha ilusión para
estrenar mi nuevo vestido y bailar con Tarás, un chico muy guapo que me traía
libros y té. Pero seguía enferma y no podía alejarme mucho de un baño. Ser imprudente
tenía un precio.
La puerta de la calle se
cerró con un golpe y me separó de las risas de mis amigas. Me quedé sola. En la
cabaña y en todo el campamento. La fiesta se celebraba en un claro del bosque
cercano.
Era raro oír el silencio.
Encendí la radio. La música me molestó con su ruido. La apagué. Cogí un libro.
Los ojos me empezaron a picar y los cerré. Creo que me dormí. Me despertó un
ruido. Un crujido en la planta baja. Ya era noche cerrada. A través del cristal
se veía el cielo. Negro. Con miles de estrellas. Las farolas estaban apagadas.
Muy extraño. Encendí la lámpara de la mesita. Nada. No había luz. Otra vez el
crujido. Mi corazón empezó a latir a mil por hora. Me quedé muy quieta. Afiné
el oído. Abajo había alguien. ¿Tal vez alguna compañera que se había olvidado de
algo? No me atreví a gritarle. Decidí esperar. El ruido se repitió. Más fuerte. Me tiré al suelo y pegué la oreja
a la fría madera. Escuché unos jadeos. Pasos de un lado al otro. Abrir y cerrar
de puertas. Alguien buscaba algo. Pisó la escalera. El crujir del cuarto
escalón me dejó helada. Con cuidado moví la silla y la coloqué debajo de la
manilla de la puerta. Me escondí detrás de la cama y me tapé con una manta.
Los pasos se acercaron a mi habitación.
Oí los resoplidos de algún tipo de animal. Tal vez un oso. Me acordé de aquella mujer, Marusia, y del Demonio
de la nieve. ¡Por Dios! ¿Será la verdad lo que dijo? Quise gritar. Me tapé la
boca con las dos manos. Dejé de respirar. El sudor frío me bajó por la espalda.
Esperé… Esa cosa seguía al otro lado de la puerta. Oí moverse la manilla. Rogué
a la silla que aguantara. La cosa golpeó la puerta. La arañó. La madera
resistió. Ay, mamita, ayúdame. Papá, ojalá estuvieras aquí…
Fuera se oyeron unas risas.
La cosa gruñó y se lanzó por las escaleras. Oí
un portazo. Después, unos gritos ahogados.
Conté hasta diez y salí de
mi escondite. Miré por la ventana. La luz de la farola más cercana descubrió
unas enormes huellas a través de la impoluta nieve. Bajé corriendo al vestíbulo
y tranqué la puerta de entrada. Cogí un atizador y corrí a mi cuarto. Ahí me
quedé hasta que oí sirenas y gritos.
Amanecía.
Cuando salí al porche, una multitud
de gente corría de un lado al otro: policías, perros, lugareños. En la cabaña vecina
vi a los monitores consolar a los chicos. Me acerqué hasta ellos. Enseguida me
rodearon con abrazos de alegría. Yo no entendía nada. Parecía que me daban por perdida.
A trompicones me contaron
que habían desaparecido Taras y Zoya. Parece que mientras los demás bailaban
cerca de la hoguera, ellos se separaron del resto. Y nunca más se supo de
ellos. Lo único que encontraron fueron unas huellas de algún tipo de animal y
restos de sangre. El rastro se perdía en lo profundo del bosque. Los perros se
negaban a buscar. Y, según los vecinos, esto pasaba en los años bisiestos.
Aunque seguramente, eran cosas de viejos.
Me quedé fría. Korochun-chort
los raptó. Abrí la boca. La cerré. ¿Acaso me creerían? Mis amigos ya
estaban muertos de miedo.
Los monitores y las
autoridades locales decidieron dar por terminadas nuestras vacaciones. En un
par de horas, vendrían unos autobuses a recogernos en el pueblo cercano. Hasta
ahí había que ir a pie.
Cuando llegué a mi
habitación, en la puerta vi unos arañazos. No estaba loca ni era un sueño.
Había ocurrido de verdad. Me callé y me obligué a olvidarlo todo. En aquella
época no se hacían las preguntas incómodas.
Los cuatro kilómetros que
nos separaban del pueblo se convirtieron en una ruta larga y triste. Parecíamos
los corderos yendo al matadero. Todos teníamos miedo. ¿Y yo? La que más. Veía
al Demonio detrás de cada tronco; oía sus gritos en cada rama rota por el peso
de la nieve; sentía sus ojos clavados en mí…
Los lugareños nos recibieron con caras serias y el conocimiento oculto
de lo que había pasado. Lo vi en sus miradas. Antes de subir al autobús, sentí
que alguien me agarraba del brazo. Era Marusia.
—Ay, niña, cuánto lo siento.
Cuídate y lleva esta cruz de madera de olmo. No te la quites nunca. Korochun-chort
te conoce. Algún día te buscará.
Y nunca la quité.
Un golpe seco me despertó en
plena noche. Todavía estaba algo mareada por el champán. El cuerpo me dolía.
Era un dolor placentero. Hicimos el amor como antes. Mi mano buscó a mi marido.
Su lado de la cama estaba vacío. Sentí una ráfaga de aire frío.
—¿Cariño? —Me puse la bata y
bajé. La puerta de entrada estaba entreabierta.
Salí fuera. Caían suaves
plumas de nieve. Grité a la oscuridad:
—¡Manuel! —La noche me
devolvió el silencio. Mi pie tropezó con algo. Era su cámara. Rota. La correa
de piel estaba arrancada. Mi mano se manchó con sangre. Quise gritar. La
garganta cerrada no pronunció ningún sonido. Busqué la vieja cruz de madera. La
apreté con fuerza.
Bajé al prado. Y ahí las vi— huellas grandes y separadas—que
se perdían en la llanura blanca.
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Un abrazo y gracias por leerme.
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