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16 de abril de 2026

189. Los lirios en la piel

 Los lirios en la piel





Dime… ¿alguna vez te ha quedado para para siempre una imagen que duró solo unos segundos? A mí, sí. Con el paso del tiempo, sigue grabada en mi memoria. En mi corazón.
    Por entonces, yo tenía trece años. Cada verano íbamos a Bilopilia, una pequeña ciudad del oeste de Ucrania. En su centro había edificios altos, fábricas, tiendas y un cine. Por el contrario, la casa de mis abuelos paternos se encontraba en la zona del campo, con pintorescas casitas de una planta, huertos y jardines. Cuando cierro los ojos, todavía puedo sentir el viento con olor dulce a flores de trigo sarraceno y oír el croar de las ranas de un riachuelo cercano.  Qué época más feliz. Una vida despreocupada. Tranquila. Pacífica.
    Los días soleados y con los quehaceres hechos, mis padres, mi hermano menor y yo íbamos a la playa del río Vyr a un par de kilómetros. Aquella vez mi mamá se quedó en casa.
  Los tres seguimos el camino serpenteante que recorría los campos de trigo, cruzaba el puente del tren y se perdía entre la espesura al otro lado del río.  Para nosotros era una aventura. Después de varios recodos más, el camino se abría a un gran prado.
   Familias con niños y grupos de chavales encontraban en ese bonito rincón un lugar de ocio y juegos. Yo solo quería nadar. Por entonces ya había acabado la escuela de natación y aprovechaba cada ocasión para zambullirme y hacer unos cuantos largos.
   Mi cuerpo de niña, delgado como un junco, apenas empezaba a despertar. Muchas sensaciones eran ajenas para mí. Recuerdo que llevaba un bikini rosa con diminutas florecillas y mi melena castaña en una trenza.
Ahí estaba yo, en la orilla del sinuoso y profundo río. La de enfrente era inaccesible, rodeada de juncos, algas y algún que otro lirio de agua. Qué flores tan bellas. Nadie se atrevía a nadar ahí, ya que era peligroso. Toqué el agua con la punta de los dedos y la piel se me puso de gallina de lo fría que estaba. No soy de zambullirme a la carrera. Así que entré poco a poco. Cuando el agua me llegó a la cintura, me lancé.  Me dejé arrastrar por la corriente y, al oír los gritos de mi padre, volví. Así una y otra vez… No es que yo fuera desobediente, sino que me gustaba probar mi fuerza y tensar un poco la paciencia paterna. ¿Quién no lo hizo?
    En el agua no solo estaba yo. Me fijé en un par de chavales adolescentes. Eran más morenos que el resto. Y su pelo era negro y ondulado. Nadaban como caballitos de mar. Cada vez que volvía a meterme en el río, los encontraba cerca de mí. También sentía la mirada de halcón de mi padre. En el fondo, aquello me divertía.
    Uno de los chicos, el mayor y más guapo, con ojos color miel, me sonreía, pero mantenía la distancia. Yo estaba confusa y encantada. Hasta que mi padre, cansado de aquel inocente flirteo, me obligó a recoger a mi hermano y salir del agua. Me dijo que los chavales eran zíngaros nómadas de un campamento cercano, mala compañía, y se fue a nadar.
   Yo estaba acostada en la toalla, boca arriba. Con los ojos cerrados escuchaba el silencio interrumpido por alguna risa. Sentía a mi hermano cerca, cazando mariposas. De repente, una sombra y algo frío y mojado cayó sobre mí. Grité y salté. Un ramo de lirios se desparramó a mi alrededor. Yo no entendía nada. Vi a mi padre acercarse con cara seria. Me giré y los vi. A los dos chicos zíngaros riéndose a carcajadas y huyendo. El guapo me guiñó el ojo.
  Sintiéndome culpable, recogí las flores y las devolví al río. Nos vestimos y emprendimos el camino de vuelta.
Íbamos por un pequeño bosque. Ya faltaba poco para llegar al puente del ferrocarril, cuando sentimos unos temblores y el ruido de las ramas al romperse. Nos giramos.     A poca distancia vi a los chicos zíngaros a caballo. El guapo me miraba fijamente. Hizo que su caballo se pusiera sobre las patas traseras. El hermoso corcel bailó y soltó un relincho. El muchacho me tiró un beso. Después, desapareció seguido de su amigo… Una parte de mí se quedó en aquel lugar hasta hoy.
   El resto del camino lo pasé en silencio, interrumpido por las burlas de mi hermano y los silbidos despreocupados de mi padre. Durante varios días yo era el centro de bromas y suspiros fingidos. En una familia suelen pasar esas cosas.

Mientras escribo estas líneas, la cara de aquel muchacho se dibuja con el humo. Toma forma y desaparece, dejando en el aire una pregunta sin contestar.
Una semana después volvimos a la playa. Con la excusa de querer dar un paseo, empecé a subir la colina cercana. Necesitaba saber si el campamento de los zíngaros seguía ahí. Las mariposas en mi estómago revoloteaban sin parar. Deseaba ver a aquel muchacho. ¿O no? ¿Qué le diría?
    Desde arriba, en un pequeño valle, vi los restos de las fogatas y las huellas de los carros que se perdían a lo lejos. Algo dentro de mí se rompió. Lloré en silencio. Suena absurdo, lo sé. Aun así, una diminuta esquirla se había clavado en mi corazón para siempre.
   Aquel día no nadé. Me quedé sentada mirando el río y los lirios de agua que se mecían suavemente, empujados por la brisa.

         

                                                      09/02/2026, Gijón         

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Hola, querido Lector. 
Me gusrtaria saber si te ha pasado algo parecido. Si atesoras ese recuerdo especial sobre algo que dejaste escapar... Algo lejano en el tiempo, y sin embargo, que algunas veces sube a la superficie de tu memoria. 
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