Los lirios en la piel
Dime… ¿alguna vez te ha quedado para para siempre una
imagen que duró solo unos segundos? A mí, sí. Con el paso del tiempo, sigue
grabada en mi memoria. En mi corazón.
Por entonces, yo tenía trece
años. Cada verano íbamos a Bilopilia, una pequeña ciudad del oeste de Ucrania. En
su centro había edificios altos, fábricas, tiendas y un cine. Por el contrario,
la casa de mis abuelos paternos se encontraba en la zona del campo, con pintorescas
casitas de una planta, huertos y jardines. Cuando cierro los ojos, todavía
puedo sentir el viento con olor dulce a flores de trigo sarraceno y oír el
croar de las ranas de un riachuelo cercano.
Qué época más feliz. Una vida despreocupada. Tranquila. Pacífica.
Los días soleados y con los
quehaceres hechos, mis padres, mi hermano menor y yo íbamos a la playa del río Vyr
a un par de kilómetros. Aquella vez mi mamá se quedó en casa.
Los tres seguimos el camino
serpenteante que recorría los campos de trigo, cruzaba el puente del tren y se
perdía entre la espesura al otro lado del río.
Para nosotros era una aventura. Después de varios recodos más, el camino
se abría a un gran prado.
Familias con niños y grupos
de chavales encontraban en ese bonito rincón un lugar de ocio y juegos. Yo solo
quería nadar. Por entonces ya había acabado la escuela de natación y
aprovechaba cada ocasión para zambullirme y hacer unos cuantos largos.
Mi cuerpo de niña, delgado
como un junco, apenas empezaba a despertar. Muchas sensaciones eran ajenas para
mí. Recuerdo que llevaba un bikini rosa con diminutas florecillas y mi melena
castaña en una trenza.
Ahí estaba yo, en la orilla
del sinuoso y profundo río. La de enfrente era inaccesible, rodeada de juncos,
algas y algún que otro lirio de agua. Qué flores tan bellas. Nadie se atrevía a
nadar ahí, ya que era peligroso. Toqué el agua con la punta de los dedos y la
piel se me puso de gallina de lo fría que estaba. No soy de zambullirme a la
carrera. Así que entré poco a poco. Cuando el agua me llegó a la cintura, me
lancé. Me dejé arrastrar por la
corriente y, al oír los gritos de mi padre, volví. Así una y otra vez… No es
que yo fuera desobediente, sino que me gustaba probar mi fuerza y tensar un
poco la paciencia paterna. ¿Quién no lo hizo?
En el agua no solo estaba
yo. Me fijé en un par de chavales adolescentes. Eran más morenos que el resto.
Y su pelo era negro y ondulado. Nadaban como caballitos de mar. Cada vez que
volvía a meterme en el río, los encontraba cerca de mí. También sentía la
mirada de halcón de mi padre. En el fondo, aquello me divertía.
Uno de los chicos, el mayor
y más guapo, con ojos color miel, me sonreía, pero mantenía la distancia. Yo
estaba confusa y encantada. Hasta que mi padre, cansado de aquel inocente
flirteo, me obligó a recoger a mi hermano y salir del agua. Me dijo que los
chavales eran zíngaros nómadas de un campamento cercano, mala compañía, y se
fue a nadar.
Yo estaba acostada en la
toalla, boca arriba. Con los ojos cerrados escuchaba el silencio interrumpido
por alguna risa. Sentía a mi hermano cerca, cazando mariposas. De repente, una
sombra y algo frío y mojado cayó sobre mí. Grité y salté. Un ramo de lirios se
desparramó a mi alrededor. Yo no entendía nada. Vi a mi padre acercarse con
cara seria. Me giré y los vi. A los dos chicos zíngaros riéndose a carcajadas y
huyendo. El guapo me guiñó el ojo.
Sintiéndome culpable, recogí
las flores y las devolví al río. Nos vestimos y emprendimos el camino de
vuelta.
Íbamos por un pequeño
bosque. Ya faltaba poco para llegar al puente del ferrocarril, cuando sentimos
unos temblores y el ruido de las ramas al romperse. Nos giramos. A poca
distancia vi a los chicos zíngaros a caballo. El guapo me miraba fijamente.
Hizo que su caballo se pusiera sobre las patas traseras. El hermoso corcel
bailó y soltó un relincho. El muchacho me tiró un beso. Después, desapareció
seguido de su amigo… Una parte de mí se quedó en aquel lugar hasta hoy.
El resto del camino lo pasé
en silencio, interrumpido por las burlas de mi hermano y los silbidos
despreocupados de mi padre. Durante varios días yo era el centro de bromas y
suspiros fingidos. En una familia suelen pasar esas cosas.
Mientras escribo estas
líneas, la cara de aquel muchacho se dibuja con el humo. Toma forma y
desaparece, dejando en el aire una pregunta sin contestar.
Una semana después volvimos
a la playa. Con la excusa de querer dar un paseo, empecé a subir la colina
cercana. Necesitaba saber si el campamento de los zíngaros seguía ahí. Las
mariposas en mi estómago revoloteaban sin parar. Deseaba ver a aquel muchacho.
¿O no? ¿Qué le diría?
Desde arriba, en un pequeño
valle, vi los restos de las fogatas y las huellas de los carros que se perdían
a lo lejos. Algo dentro de mí se rompió. Lloré en silencio. Suena absurdo, lo
sé. Aun así, una diminuta esquirla se había clavado en mi corazón para siempre.
Aquel día no nadé. Me quedé
sentada mirando el río y los lirios de agua que se mecían suavemente, empujados
por la brisa.
09/02/2026, Gijón
© La Pluma del Este
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Hola, querido Lector.
Me gusrtaria saber si te ha pasado algo parecido. Si atesoras ese recuerdo especial sobre algo que dejaste escapar... Algo lejano en el tiempo, y sin embargo, que algunas veces sube a la superficie de tu memoria.
Cuéntame... te leeré.

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