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27 de abril de 2026

190. La caja de las palabras.

 

La caja de las palabras

 

 

La nieve caía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.  Yo caminaba con cuidado, apoyando bien cada pie, evitando las placas traicioneras de hielo que se asomaban bajo la capa blanca. Había olvidado cómo se veía este barrio en invierno. El barrio donde nací y viví hasta los diecinueve años. El mismo al que nunca pensé volver.
   La caja de regalo, con un lazo rojo, se me hacía más pesada a cada paso que me acercaba al n.º 14 de la calle Monet.
    Las casas pasaban a mi lado: unas con ventanas apagadas; otras, con luces y risas. La mía, al final de la calle, se veía oscura y silenciosa.
    He tardado demasiado en volver. Un día, hacía cuatro meses, ella dejó de enviarme las cartas. Yo le escribí muchas. No envié ninguna.
Llegué a la escalera de la puerta verde. La única en toda la calle. Fui yo quien eligió el color. La pinté con mi padre. Me quedé ahí, contemplando cada grieta de la pintura reseca. Quise dar la vuelta. La caja, llena de palabras, me obligó a quedarme. Subí los escalones. Toqué el timbre. Su eco resonó en una casa vacía.
    Metí la mano bajo el jersey y saqué la llave, colgada de una cinta roja. Me vi con diez años volviendo del colegio… La puerta chirrió… El olor a cerrado me dio de lleno.
    —Mamá…
    Aunque ya presentía que nadie me iba a responder.
    La cuarta tabla del pasillo crujió. En el salón, los muebles, son fantasmas blancos.       Quité la sábana del aparador. Los marcos de fotos con la felicidad congelada me miraron con docenas de ojos. Apreté la caja contra mi pecho.
Entré en la cocina. Recordé el olor a café recién hecho, las rosquillas de canela y anís…  Me pareció oír a mis padres charlando sobre naderías. Una lágrima, después otra, resbalaron por mis mejillas.
    —Hola, ¿hay alguien ahí? Salga o llamo a la policía.
Salí. Una mujer mayor, apoyada en un bastón, me repasó de arriba abajo. La tranquilicé:
    —Hola, soy Laura, la hija de Juan y Julia. Vine a ver a mi madre.
    —Vaya, hija. Cuánto lo siento. Julia murió el otoño pasado.
    La caja de regalo con el lazo rojo resbaló de mis manos… Después de dar varios botes por las escaleras, el contenido de la caja se desparramó en la nieve. Los «Hoy hice la mermelada de grosellas, tu preferida», «Papá está enfermo», «Te quiero, hija», «Te echamos de menos» se mezclaron con los sobres cerrados de mis promesas incumplidas… Ya ni me acuerdo por qué.
    Me derrumbé ahí mismo. Quise gritar, quise pedir perdón, rogar para que el tiempo volviera atrás. No hice nada de esto. Solo me quedé sentada en la fría escalera de mi antigua casa.


    Y la nieve seguía cayendo en silencio.






                                                                                                                       31/03/2026, Gijón

© La Pluma del Este



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