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2 de junio de 2026

195. El diez de espadas

El diez de espadas 



La mujer no levantó la vista cuando él entró. Seguía repartiendo las cartas sobre un mantel negro. Los restos de humo flotaban alrededor de su pelo rojo; se arremolinaban en torno a las velas, se colaban dentro de los agujeros de la calavera colocada en un pedestal en el centro de la mesa. Nunca le gustó aquella cosa blanquecina.  Pero para Ludmila Varga era esencial en sus rituales de capnomancia. A él le daban igual sus engaños y fetiches. Toda esa patarata era para los tontos que se dejaban robar.
     Solo unos pocos sabían que la adivinación era una tapadera. Ludmila tenía espías por todo el Bronx y vendía la información a quien pudiera pagar. Él buscaba algo distinto, y Ludmila se lo conseguía sin hacer preguntas: venenos.
     —No te esperaba —dijo la adivina sin quitar los ojos de las cartas. Sus dedos se movían rápido y, por la expresión de su cara, no le gustaba lo que veía.
    Él no contestó. Con el gesto de un hombre telendo, se quitó el sombrero, se desabrochó la levita y se sentó frente a ella. Con la mano enguantada cogió una carta.
       —El diez de espadas... invertido. Ay, Ludmila, te veo preocupada. —Sonrió. Su boca brilló con un diente de oro. La sonrisa no llegó a sus ojos. —¿No me ofreces nada? Tengo la garganta seca.
     La mujer hesitó un momento. Después se levantó y acercó a la mesa una botella y un par de copas. Las llenó de un líquido ambarino. Un ruido en la puerta los interrumpió. Ludmila fue a ver qué pasaba. La oyó discutir con alguien. Era el momento perfecto. Con un gesto digno de un ilusionista, vertió algo en la copa de la adivina.
     Unos minutos después, Ludmila volvió. Estaba cariacontecida. Él, cómodo en la silla, seguía disfrutando del whisky de contrabando. Ludmila apuró su copa. Y antes de derrumbarse sobre la mesa, comprendió que sus cartas no le habían mentido. El diez de espadas. La traición. Su boca se llenó de espuma amarillenta.
     Él se quedó un rato bebiendo mientras ella agonizaba. Era feo. Después de tantos años, era la primera vez que veía el resultado de su trabajo en vivo. No le agradó. Era sucio.
     Cuando salió por la puerta de atrás, se le acercó un hombre hirsuto.
     —Patrón, hice lo que me mandaste. Le monté un buen pollo a esa bruja. Págame.
Lo que acordamos y un poco más. Ya sabes. La cosa está muy mala.
     —Cómo no, amigo. Acércate.
     El bastón, convertido en un estoque, se clavó bajo el esternón del vagabundo. La carta del diez de espadas quedó prendida en su pecho. El círculo estaba cerrado. La estúpida policía del Bronx jamás descubriría la verdad.


     Él estaba tranquilo.









02/06/2026, Gijón

© La Pluma del Este



1 de mayo de 2026

191. La Donna


La Donna



Luigi’s era el típico restaurante italiano del Bronx; sin embargo, no tenía el aire de la vieja elegancia del sur de Europa. Situado en el 237 Arthur Avenue, era un pequeño local sin pretensiones. Tres ventanas, un poco más altas de lo normal, no permitían ver el interior. Las cortinillas de cuadros rojos no lograban suavizar la fachada de ladrillo tosco.  La puerta de madera estaba reforzada con tiras metálicas y no invitaba a entrar a curiosos o amantes de la comida. Más bien avisaba de que no era un lugar para los forasteros. Aun así, el olor a pizza, orégano y pancetta frita recordaba la cocina de una mamma napolitana.  
     Y no era casualidad. La jefa de la familia Esposito, la señora Lucía —la Donna, para empleados y competidores, era quien regentaba el restaurante heredado de su padre, Luigi. Era viuda y sus cuatro hijos, Antonio, Marco, Salvatore y Vincenzo, se ocupaban de los “otros negocios”, mucho más prósperos y peligrosos. Ella lo controlaba todo.
     Cada domingo por la noche, con el restaurante cerrado, la familia se reunía en el amplio almacén de la parte de atrás. Los Esposito, sentados alrededor de una gran mesa, disfrutaban de las viandas y del buen vino napolitano, traído de contrabando. Muchas veces tenían invitados de otras familias y no era raro ver el brillo de alguna placa de la policía sobre la mesa.
     Así, entre plato y plato, los Esposito decidían sobre la vida y la muerte de sus vecinos y de la competencia. Al final, los negocios eran los negocios. Había que respetar eso por encima de todo.
     Hoy era el domingo especial. El miércoles pasado había llegado un cargamento de whisky escocés camuflado dentro de los barriles de arenques y tocaba organizar el reparto. Donna Lucia estaba molesta. Era la primera vez que entraba semejante cantidad de alcohol. Ella prefería ser más discreta. Pero los muchachos se salieron con la suya y diez mil botellas no eran fáciles de esconder y colocar. Menos mal que tenían a la policía en el bolsillo. Ese Briggs era barato. Con comida y unos cientos de dólares, cerraba los ojos y la boca. Menos cuando devoraba su pasta.
     La Donna encendió un cigarrillo, inhaló y soltó una nube de humo. Tenía una sensación extraña. Le picaba la mano derecha. La rascó disimuladamente, pero las hormigas seguían ahí. Justo en el centro de la palma de la mano. Le pasaba siempre cuando alguien mentía. Cuando algo malo iba a pasar. Era un aviso. Uno de los que comía su comida y bebía su vino, no era quien decía ser. Una traición sobrevolaba la mesa.
     A través del humo, sus ojos acerados repasaron las caras de los presentes. A su mano derecha, su hijo mayor, Antonio, hablaba con Gennaro, su primo tercero. Era el único hijo de su primo Luigi, ya fallecido. Que Dios lo ampare. Salvatore y Vincenzo, en la otra punta de la mesa, discutían sobre las mujeres. Qué jóvenes y tontos, pero tan guapos como su padre. Que descanse en paz. Salvatore Bellomo no paraba de comer y cada poco rellenaba la copa. Le daba asco. Si no fuera por su lealtad con la familia Esposito, jamás dejaría que semejante cerdo ensuciara el mantel de hilo. Alessandro Santoro… Ay, Alessandro. Nunca le he permitido calentar su cama. El tiempo ya pasó. Solo quedan los recuerdos. Pero es un amigo fiel. A su padre, a ella…  y espera que a sus hijos.
     Donna Lucia miró a su izquierda. La silla de Marco estaba vacía. No lo veía desde el miércoles. Le pareció extraño. Con las ganas y el esfuerzo que puso en conseguir este cargamento, hoy no se presentó a la cena. Sus hermanos hablaron de una fulana y que estaba muy pillado por ella. Pero los negocios están por encima de todo. La familia también. Tendrá que hablar con el chico y ponerle las cosas claras. Su mano le seguía picando.
     Los ojos de la Donna se encontraron con la mirada de Matteo Vitale, a quien no conocía hasta ayer. Antonio dijo que venía desde el sur de Italia para buscar nuevos distribuidores. Era un hombre elegante, discreto, con bonitas canas en las sienes, demasiado perfecto para aquel lugar. Al presentarse, le besó la mano. Si tuviera veinte años menos, se metería en la cama con él. Donna Lucia se regañó a sí misma por los pensamientos tan indecentes.
Matteo Vitale esbozó una sonrisa y su mirada se elevó por encima de la Donna. Hizo un ligero gesto con la cabeza a alguien detrás de la mujer.
     Donna Lucia se giró un poco, pero no le dio tiempo para ver más. Algo rodeó su cuello y un dolor punzante la dejó paralizada. Se llevó las manos y tocó una cuerda. Intentó meter los dedos para aflojarla y se arrancó la piel del cuello.
     Antes de cerrar los ojos, vio la cara de su querido Marco… En su mirada no había nada. Ni siquiera odio.
     —¿Por qué? — apenas susurró.
     —Madre, esto es por la Cosa Nostra. Siempre dijiste: «Los negocios están por encima de todo».
     El silencio en la mesa se rompió con la caída de un cuerpo. Marco se sentó en la silla de su madre.

 



         

18/02/2026, Gijón

© La Pluma del Este


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Y si te gusta el genero noir, te invito a leer estos relatos:

La mujer del café

El trato roto

Un tesoro en la grieta

23 de febrero de 2026

184. La última fotografía

 

La última fotografía

 

 

Benjamín García, un fotógrafo con la absoluta ausencia de escrúpulos, hacía su ronda diaria por los juzgados del Manhattan. Necesitaba con urgencia alguna foto de un asesino en carne y hueso, o de alguien de la mafia. Tampoco le vendría mal una reyerta entre los parientes de los acusados y los de las víctimas. Y si esta incluía a la policía, mucho mejor. Todos piensan que la acción está en la calle. ¡Qué va! En los juzgados, cuando la realidad abofetea al culpable y deja a la víctima totalmente desnuda ante el sistema, afloran los instintos primarios de los individuos. No sería la primera vez que el objetivo de su cámara quedaba salpicado de sangre. Cada peldaño de aquel imponente edificio es una montaña de Sísifo para los que buscan la justicia. Y muchos, nunca la encuentran…

     Ya eran las dos de la tarde y García empezaba a aburrirse. No le interesaba otro robagallinas andrajoso; ni aquellos pillos que estafaron cuatro peniques a una vieja malencarada. Seguro que lo tenía merecido. Él haría lo mismo. Por agarrada…

     El fotógrafo se impacientaba. El sudor le empapaba su pobremente cubierta cabeza, lo que hacía que las luces de las enormes arañas se reflejaran en su calva.  El chicle que llevaba masticando horas, ya le sabía a goma quemada, y esto no engañaba a su prominente estómago. Sin embargo, su olfato fotográfico le decía que algo bueno iba a ocurrir y él estaría ahí para retratarlo. Solo había que esperar. Ya comerá después una buena hamburguesa triple en la Hudson Grill…

      —¡Por favor! Te lo suplico… Solo escúchame…

    Benjamín afinó su oído. Algo estaba pasando al otro lado de la escalinata. Quitó el protector de la Filmanka y, abriendo con su abdomen el camino, empezó a moverse en busca de la fotografía que le pagaría su añorada cheeseburger y, quién sabe, si el alquiler del mes.

     —Cariño, por favor… Por favor…  Todo ha sido un malentendido… Yo no te engañé… Tú eres la única para mí… Seguro que hay una explicación…

     Por fin, el fotógrafo se presentó en la escena. Con pasos suaves y movimientos delicados, lo que de ninguna manera correspondía con su envergadura y con la cámara lista para disparar, se acercó a un trío: dos hombres y una mujer. 

    Uno, el tipo lloriqueante y de rodillas, y con toda seguridad era el que hablaba, agarraba con fuerzas las manos de la mujer. Esta, en una postura fría y adusta, ni siquiera lo miraba. Con los labios apretados en una fina línea, la mujer tenía una mirada ausente. Se notaba que pertenecía a la alta clase. El abrigo de visón, el broche de oro y un peinado muy cuidado bajo un bonete, señalaban que no le faltaban ni el dinero, ni el gusto al gastarlo. El otro hombre, tenía toda la pinta de un picapleitos. Y detrás, justo al fondo, cerca de la salida, estaba un mirón, de los que hay muchos por estos lares. Benjamín García, nada podría hacer al respecto: el cotilla estaría incluido en la imagen. Apretó el botón y la cámara empezó a hacer su trabajo. Con tres fotografías bastaría. El abogado cogió a la mujer por el codo para irse. Benjamín García, sin sentir ni una pizca de empatía por el tipo suplicante, también estaba a punto de marchar cuando la mujer se giró. Sus ojos de gris hielo se clavaron en el pobre desgraciado que seguía en el suelo en la misma postura.

      —Señor Harris. Solo necesito un par de minutos con mi marido… exmarido.

   ¡Qué interesante! García ya tenía las imágenes para vender; ahora tocaba escuchar (nunca se sabe; toda la información es dinero), así que se mimetizó con el entorno. El arrodillado seguía con su súplica:

   —Margaret, tú me conoces… Por favor… Yo no merezco esto… Nunca te engañé…

    —Ahora escúchame tú, querido… —Ese “querido” salió de la boca de la mujer letra por letra. Como si las masticara y las escupiera con mucho asco. Seguido, la mujer se agachó y se acercó al oído del hombre. —Claro que sí, querido… Tú no has hecho nada. He sido yo… Yo he pagado a la muchacha para que se meta en la cama contigo. Ahora me quedaré con mi mitad y… cuando encuentren el cuerpo de esa fulana y uno de tus gemelos entre las sábanas de su cama, me quedaré con todo…

     El hombre se quedó pálido. Benjamín García, más pálido aún. El abogado, sin enterarse de nada, se miraba las uñas. El tipo del fondo ya se había ido. Los testigos de aquella revelación, el marido— bueno, exmarido—y el fotógrafo entrometido con caras de susto miraban a la mujer. Dos ojos de hielo gris se clavaron en Benjamín.

    —Mmm… Vaya, el tercero en discordia. Como siempre. Señor… fotógrafo… No tengo el gusto.

     —Benjamín García, señora. —Nada más decir su nombre, Benjamín mordió su lengua. Pero ya era tarde. La mujer hizo una señal al abogado para que se vaya.

   —Dígame su precio, por favor. Imagino que no le vendría nada mal algo de liquidez.

    —Yo no oí nada, señora… Soy una tumba… Pero su marido, exmarido, aquí presente, seguro que la delatará…

    —Bah, ¿este cobarde? Es su palabra contra la mía. Ahora tengo que hacer unos recados… ¿Cenamos juntos? ¿Tiene algún lugar al que le apetezca ir? Ah, no olvide traer las diapositivas. Entonces, ¿cuál es su precio?

     —Con veinte mil me daré por satisfecho… —La mujer ni se inmutó.

     «Benja, Benja, ¿en qué lío te has metido…? Pero es un buen dinero, a fin de cuentas. Con esto podrás largarte a Florida». Esta suculenta idea empezó a ocupar todo el sitio en la enorme cabeza del fotógrafo, expulsando cualquier atisbo de la señal del peligro.

       —Hudson Grill, en la calle 44. ¿Lo conoce, señora? ¿Le parece bien a las seis?

       —Perfecto. Ahí lo veré. —La mujer bajó la vista a su exmarido, que seguía de rodillas, encogido y con las manos agarradas del pelo.  Estaba totalmente abatido. —¿Todavía sigues aquí, idiota? Anda, ahí está tu abogado con la policía. Seguro que tenéis mucho de qué hablar. Adiós…

     Benjamín García volvió a sacar su infalible Filmanka. Hoy era su día de suerte. Entre las fotos y un inesperado pago por estar callado, podría pensar en su futuro.

          

       Hudson Grill estaba repleto, pero el fotógrafo, gracias a su innegable apetito y las generosas propinas, disponía de un reservado: una mesita en el rincón más alejado. Él ya iba por su segunda cerveza cuando apareció la mujer. La señora Ferguson. Él hizo los deberes. Su marido era propietario de tres mataderos: dos en el Bronx y uno en Newark. Un yate amarrado en el Hudson. Tierras, edificios y un ático en la Quinta Avenida. Sin hijos. Y ahora la señora Ferguson se quedaría con todo. Si la trabaja bien, podrá sacarle lo que sea. Veinte mil solo es el principio…

       La mujer se sentó enfrente. Llevaba un sombrero ancho que le tapaba la cara. Una gabardina gris y los guantes. Sus ojos acerados brillaban en la oscuridad. Parecía esperar algo…

      El camarero apareció de la nada y apuntó las comidas y las bebidas. La mujer pidió solo un Martini. Después de depositar la bandeja llena, el camarero volvió a desaparecer.

     —Señor García. Tengo prisa. Aquí tiene el dinero. —Y le pasó un paquete marrón amarrado con una cuerda. —Cuéntelo, por favor. Así estaré tranquila que todo esté correcto. ¿Las diapositivas?

      Benjamín García, con dedos temblorosos, sacó un sobre. La mujer registró con mucha atención su contenido y, dándose por satisfecha, volvió a insistirle que recuente el dinero.

      El fotógrafo, muy impaciente, agarró el paquete y lo abrió. Nunca vio tanto dinero. Lo sacó, humedeció un dedo con la saliva y empezó a contar los billetes de veinte dólares.

        —Uno, dos, tres, cuatro… diez, once… quince… veinticuatro…

    Cada vez le costaba más mover la lengua. La boca se le volvió pastosa. Cuando intentó mojar el dedo, la saliva era espesa, casi azulada. Le faltaba el aire. El corazón, desbocado, parecía salírsele del pecho. Se sentía morir. En medio de su agonía, alzó la vista hacia la señora Ferguson. Ella le sostuvo la mirada y sonrió.

        Antes de que su cabeza cayera sobre la triple cheeseburger, Benjamín García comprendió que nunca viajaría a Florida…


         


    

  © La Pluma del Este

23/02/2026, Gijón



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La mujer sin rostro

Frío

Doña Paca






15 de febrero de 2026

182. Un felón entre nosotros

Un felón entre nosotros


 

Marco dudó… Los presentes contuvieron la respiración. César sonrió… y entonces cayó. El telón de terciopelo carmesí, desgastado en algunas partes, cubrió el escenario. El público rompió en aplausos. El telón volvió a subir. Marco, con una gran sonrisa, se inclinó. César seguía en el suelo. Marco, desconcentrado, le dio un ligero puntapié. César no se movió. 
       Marco gritó y se tiró al suelo al lado de César. El emperador estaba muerto, bien muerto. De la comisura de su boca caía una espuma blanca. Acudieron corriendo un par de tramoyistas. Después, los actores. Las frases: «No respira», «Está muerto» y «¡¡Está muertoooo!!», saltaron desde el escenario al anfiteatro. El público, horrorizado, entre empujones y gritos, se echó a la calle. Se encendieron las luces, pero no fueron suficientes para combatir la lúgubre e inexorable certeza de que algo maligno había comenzado. 
         En el escenario, abarrotado de personal del teatro, apareció una mujer elegante de pelo rubio ondulado. No era una actriz. La dejaron pasar. Al llegar hasta el cadáver, se arrodilló, tocó la cara cárdena del muerto, se cubrió el rostro con las manos, engalanadas con guantes de encaje negro, y empezó a llorar.
         —Oh, mi pobre Winston. ¿Qué te han hecho, mi vida? ¿Quién? ¿Qué será de mí ahora?
          Las lágrimas de abatimiento de los actores se interrumpieron por las sirenas de la policía. Como pajarillos asustados, se reunieron en una esquina del escenario.  La mujer se quedó al lado del cadáver de su marido, rodeada de un círculo de luz.
        —¡Policía! ¡Todos quietos! Sargento, lleve a unos agentes y cubra todas las entradas y salidas. ¿Dónde está César? —Un tipo orondo enseñó su placa pegada a la barriga y guiñó un ojo. —Soy teniente Briggs, de la comisaría del Bronx.
         Con el paso firme de uno que sabe lo que hay que hacer y que tiene todo bajo control, Briggs se paró en seco ante la endeble escalerilla del escenario. Resopló al empezar a subir. Aquellos peldaños, y su propia gordura, eran un óbice que detestaba reconocer y, mucho menos, que los demás lo supieran.
          Se acercó al cadáver y con manos temblorosas sacó un sucio pañuelo. Se lo pasó por la cara colorada y la brillante calva, se inclinó. Miró a la esposa. La repasó descaradamente. Y dio su veredicto:
          —Está envenenado. Y huele a almendras. Cianuro… Ejem… Sin duda alguna, el arma preferida de las mujeres. ¿Es así, señora…?
          —Mercer… Señora Mercer. Y la víctima, mi marido, es un actor muy famoso, Winston Mercer. ¿Me acusa usted de algo, teniente?
          —Todos los aquí presentes sois sospechosos. ¿Quién es el jefe de esto?
       —Soy el director del teatro y el fallecido es mi socio. Mi nombre es Augusto Perkins. Y respondo por todos los trabajadores… S… Somos una familia. Y esto es un terrible accidente. Estoy seguro de ello. Sus sospechas son indignantes.
          Briggs levantó la mano como para espantar a un molesto insecto:
          —Ya, ya. Esto lo dicen todos. Sargento, busque un camerino decente. Vamos a interrogarles uno a uno. Nos llevará tiempo. Y mande a alguien a Luigi’s a por una pizza de cebolla y anchoas. Diles que es para mí… Y que no tarden. Ah, deje pasar al forense.
          El director con delicadeza levantó a la señora Mercer y se la llevó con el resto. El forense, un tipo gris y escuálido, acompañado de un par de ayudantes, hizo varias fotos y ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocar el cuerpo en la camilla, de entre su ropa cayó un sobre.
          A pesar de su corpulencia, Briggs se agachó con agilidad a recogerlo.
         —¡Qué sorpresa! Sin destinatario ni remitente. Veamos qué pone. — Sus dedos de salchicha abrieron el sobre. Los ojillos del teniente se movieron rápidamente por la carta. —Cómo no. Era tan previsible.
        El policía recorrió con la mirada a los presentes y la detuvo en la señora Mercer. Con un gesto teatral, posó la mano izquierda en la cintura y con la carta en la otra, empezó a leer:
        —En el caso de que mi muerte no sea natural, pregunten a mi esposa. Firmado: Winston Mercer. Nada más. Sin fecha. Ah… Hay una pequeña marca. Un sello. —Briggs acercó la carta. —Es un círculo con una estrella. Bah. Sargento, detenga a la señora Mercer.
          —¡Soy inocente! ¡Quítenme las manos de encima, brutos!
          Un par de agentes agarraron a la señora Mercer y la sacaron en volandas.
          El teniente Briggs, muy satisfecho de sí mismo y paladeando la sabrosa pizza que iba a devorar en breve, estaba contento con la rápida resolución del crimen. Briggs era contumaz por naturaleza: una vez elegía al culpable, el resto solo eran detalles. Y este caso era de lo más sencillo.
         



© La Pluma del Este

              03/02/2026, Gijón


14 de mayo de 2025

150. Perfume, problemas y muerte asegurada

Perfume, problemas 
y muerte asegurada 



El manto de la noche cubría las desiertas calles. Las farolas perdían su luz en la emboriada oscuridad. Abrí la ventana de mi despacho. Me asomé. Encendí un cigarrillo… Solté una nube de humo… Llevaba unos días su cumbido a la galbana. Estaba jodido… Muy jodido. Sin un mísero caso que resolver, mi cartera tenía más agujeros que las dianas de un campo de tiro. No tenía ni para pagarme una cena decente…
      El humo de tabaco ascendía en el aire, mezclándose con el olor de las chimeneas, de gasolina y solo Dios sabe de qué más… Abajo, en el tugurio de enfrente, se oían las risas estridentes de mujeres y los gritos de borrachos. Los acordes de jazz apenas se notaban en aquel local de mala fama. Di una profunda calada al cigarrillo y lo tiré. Observé cómo el punto rojo caía en la negrura. Un instante después, unos faros alumbraron la sucia calle y despertaron a un borracho, tirado en medio. El tipo apenas pudo rodar hacia un lado para no ser aplastado por un Bentley negro.
    ¿Un cochazo así y en esta calle de mala muerte? ¿Quién podría ser? Se paró en mi entrada. Salió el conductor, un tipo grandote, y abrió la puerta del pasajero. Antes de cerrar la ventana, solo pude atisbar una pierna larga en una media negra de rejilla y un zapato rojo de tacón, posándose en la mugrienta acera. Era de una mujer, sin duda alguna…
    Después de un par de golpes, la puerta de mi despacho casi saltó de los goznes. Un negro enorme, embutido en un traje hecho a medida, repasó toda la habitación y, con un gruñido, salió. Entró ella…
     Mil cosas pasaron por mi cabeza, obliterando todos los pensamientos lógicos de un hombre y, para más inri, de un detective. Era la mujer más impresionante que yo había visto nunca. No solo por su cara, el pelo o el cuerpo, no. Toda ella exudaba la sensualidad y el poder. El poder de una mujer que sabe que lo tiene y que sabe que lo puede usar a su antojo. 
    —¿Detective, Smith? Necesito de sus servicios y, por supuesto, exijo la discreción. —Su voz ligeramente ronca me hizo cosquillas… 
    —Siéntese, por favor. ¿Una copa? ¿No? Entonces me serviré una, estoy sitibundo. ¿De qué se trata? 
     —Me han informado de usted. Creo que es el hombre que busco. Necesito a alguien que no le tema a nada ni a nadie. Ni siquiera a las sombras de esta maldita ciudad. Y este es usted.
    No podía apartar la mirada de sus labios de un rojo sangre. Yo bebía de estos labios cada palabra que pronunciaban… Con dificultad pude asimilar que ella tenía un caso para mí… Un asesinato… Un robo… Una traición… Y una reliquia familiar desaparecida… Le pregunté si sospechaba de alguien.
   —Luisa Tolvaj, mi ex asistente. Es muy inteligente, aunque antes la llamaban “Babieca”. Es peligrosa y conoce muchos trucos. No debía haber confiado en ella, pero una es débil… Aquí tiene su fotografía. Lo dejo en sus manos… Ah, empiece por el club “Copablanca”, es ahí donde la conocí…
   Repasé mis apuntes y, por supuesto, acepté el caso. A estas alturas, yo ya estaba metido hasta las gónadas. Seguir al lado de ella y respirar el mismo aire me bastaba. Aunque…
   —Señora, voy a necesitar un adelanto. Mis honorarios...
   —Descuide. Aquí tiene un cheque. Si necesita algo más, hable con Patrick, mi chofer y… guardaespaldas. Adiós, señor Smith. Espero noticias suyas. Pronto… Y se fue… Dejando en el aire su perfume y el olor a un millón de problemas que acabo de aceptar. ¿Quién era esta mujer? ¿Y por qué tengo la sensación de que no saldré vivo de esto?
  




13/05/2025, Gijón

© La Pluma del Este

 

Nota de autor:
emboriado - neblinoso
galbana - pereza, desidia
sitibundo - sediento
obliterar - anular, tachar, borrar, obstruir los conductos
babieca - persona floja y boba


 


24 de abril de 2025

146. La mujer del café

 La mujer del café



Como cada noche de domingo, ella entra en el Automat. El café es grande, decorado en estilo de art déco, con detalles dorados y mucha luz que se desprende de las hileras de las lámparas del techo. La mujer podría buscar un rincón donde tomar un café sin que nadie viera su soledad; sin embargo, ella elige la mesa muy iluminada y cerca de la ventana. A la vista de todos. Como en un escaparate. Como un desafío. ¿Está esperando a alguien? ¿Viene en busca de los recuerdos? Nadie lo sabe, ya que no habla con nadie.
       Cada domingo a la misma hora ella está aquí, con su taza de café. Quita un guante y sus dedos delicados sienten el calor de la porcelana. El otro guante queda puesto. Igual que el abrigo. Es como si no quisiera quedarse mucho rato. Solo unos minutos, para tomar su café e irse… Pero estos minutos le pertenecen a ella. Cuando se va, su reflejo todavía sigue congelado en el cristal.
 

En una mesa del fondo, alguien observa la escena en silencio. El detective Smith todavía no lo sabe, pero pronto formará parte de la obra. 

 


23/04/2025, Gijón

La Pluma del Este