La Donna
Luigi’s era el típico restaurante italiano del Bronx; sin
embargo, no tenía el aire de la vieja elegancia del sur de Europa. Situado en el
237 Arthur Avenue, era un pequeño local sin pretensiones. Tres ventanas, un
poco más altas de lo normal, no permitían ver el interior. Las cortinillas de
cuadros rojos no lograban suavizar la fachada de ladrillo tosco. La puerta de madera estaba reforzada con
tiras metálicas y no invitaba a entrar a curiosos o amantes de la comida. Más
bien avisaba de que no era un lugar para los forasteros. Aun así, el olor a
pizza, orégano y pancetta frita recordaba la cocina de una mamma
napolitana.
Y no era casualidad. La jefa
de la familia Esposito, la señora Lucía —la Donna, para empleados y
competidores, era quien regentaba el restaurante heredado de su padre, Luigi. Era
viuda y sus cuatro hijos, Antonio, Marco, Salvatore y Vincenzo, se ocupaban de
los “otros negocios”, mucho más prósperos y peligrosos. Ella lo controlaba
todo.
Cada domingo por la noche,
con el restaurante cerrado, la familia se reunía en el amplio almacén de la
parte de atrás. Los Esposito, sentados alrededor de una gran mesa, disfrutaban
de las viandas y del buen vino napolitano, traído de contrabando. Muchas veces
tenían invitados de otras familias y no era raro ver el brillo de alguna placa
de la policía sobre la mesa.
Así, entre plato y plato,
los Esposito decidían sobre la vida y la muerte de sus vecinos y de la
competencia. Al final, los negocios eran los negocios. Había que respetar eso
por encima de todo.
Hoy era el domingo especial.
El miércoles pasado había llegado un cargamento de whisky escocés camuflado
dentro de los barriles de arenques y tocaba organizar el reparto. Donna Lucia
estaba molesta. Era la primera vez que entraba semejante cantidad de alcohol.
Ella prefería ser más discreta. Pero los muchachos se salieron con la suya y
diez mil botellas no eran fáciles de esconder y colocar. Menos mal que tenían a
la policía en el bolsillo. Ese Briggs era barato. Con comida y unos cientos de
dólares, cerraba los ojos y la boca. Menos cuando devoraba su pasta.
La Donna encendió un
cigarrillo, inhaló y soltó una nube de humo. Tenía una sensación extraña. Le
picaba la mano derecha. La rascó disimuladamente, pero las hormigas seguían
ahí. Justo en el centro de la palma de la mano. Le pasaba siempre cuando
alguien mentía. Cuando algo malo iba a pasar. Era un aviso. Uno de los que
comía su comida y bebía su vino, no era quien decía ser. Una traición
sobrevolaba la mesa.
A través del humo, sus ojos
acerados repasaron las caras de los presentes. A su mano derecha, su hijo
mayor, Antonio, hablaba con Gennaro, su primo tercero. Era el único hijo de su
primo Luigi, ya fallecido. Que Dios lo ampare. Salvatore y Vincenzo, en la otra
punta de la mesa, discutían sobre las mujeres. Qué jóvenes y tontos, pero tan
guapos como su padre. Que descanse en paz. Salvatore Bellomo no paraba de comer
y cada poco rellenaba la copa. Le daba asco. Si no fuera por su lealtad con la
familia Esposito, jamás dejaría que semejante cerdo ensuciara el mantel de
hilo. Alessandro Santoro… Ay, Alessandro. Nunca le he permitido calentar su
cama. El tiempo ya pasó. Solo quedan los recuerdos. Pero es un amigo fiel. A su
padre, a ella… y espera que a sus hijos.
Donna Lucia miró a su
izquierda. La silla de Marco estaba vacía. No lo veía desde el miércoles. Le
pareció extraño. Con las ganas y el esfuerzo que puso en conseguir este
cargamento, hoy no se presentó a la cena. Sus hermanos hablaron de una fulana y
que estaba muy pillado por ella. Pero los negocios están por encima de todo. La
familia también. Tendrá que hablar con el chico y ponerle las cosas claras. Su
mano le seguía picando.
Los ojos de la Donna se
encontraron con la mirada de Matteo Vitale, a quien no conocía hasta ayer.
Antonio dijo que venía desde el sur de Italia para buscar nuevos
distribuidores. Era un hombre elegante, discreto, con bonitas canas en las
sienes, demasiado perfecto para aquel lugar. Al presentarse, le besó la mano.
Si tuviera veinte años menos, se metería en la cama con él. Donna Lucia se
regañó a sí misma por los pensamientos tan indecentes.
Matteo Vitale esbozó una
sonrisa y su mirada se elevó por encima de la Donna. Hizo un ligero gesto con
la cabeza a alguien detrás de la mujer.
Donna Lucia se giró un poco,
pero no le dio tiempo para ver más. Algo rodeó su cuello y un dolor punzante la
dejó paralizada. Se llevó las manos y tocó una cuerda. Intentó meter los dedos
para aflojarla y se arrancó la piel del cuello.
Antes de cerrar los ojos,
vio la cara de su querido Marco… En su mirada no había nada. Ni siquiera odio.
—¿Por qué? — apenas susurró.
—Madre, esto es por la Cosa
Nostra. Siempre dijiste: «Los negocios están por encima de todo».
El silencio en la mesa se
rompió con la caída de un cuerpo. Marco se sentó en la silla de su madre.
18/02/2026, Gijón
© La Pluma del Este
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