La
confesión
“La
lengua materna es la verdadera herida que nunca se cierra.”
Norman
Manea
Soy el padre Joaquín Suárez
Arroyo.
A las puertas de la muerte me
confieso. No quiero dejar este mundo con un secreto que pesa tanto en mi
conciencia…
Hace unos quince años, en esta ciudad
en la que los traficantes de droga y de armas campaban a sus anchas, la
conocimos como Lucrecia la gallega, aunque para los suyos era la agente Liuba.
Para la misión, ella tuvo que olvidar su lengua materna y ocultarla en el
rincón más recóndito de su mente, dejando todo el espacio al español. Lo
hablaba y escribía a la perfección; aun así, se notaba que no era de por aquí.
Por eso fingía ser hija de españoles, o gallegos, como llamamos a los
inmigrantes que venían a las Américas para ganarse la vida.
Lucrecia regentaba un
restaurante español, Los Gallegos, la “herencia de sus padres”. Era una magnífica anfitriona.
Tenía muchos contactos del otro lado del charco, así que conseguía el mejor
vino español, el codiciado jamón de bellota y muchas delicias más. Su clientela,
de alto poder adquisitivo, gozaba del privilegio de saborear los platos
preparados por ella misma. Cabe señalar que, en su mayoría, eran cabecillas del
cartel, políticos corruptos y empresarios sin escrúpulos.
Era un lugar perfecto para escuchar y
recabar información. Ella estaba convencida de que el buen vino y la exquisita
comida, en un ambiente agradable y lleno de reservados, harían que los
traficantes se sintieran seguros y hablaran libremente. Y tenía razón. Los
clientes, agasajados, se relajaban sin la más mínima sospecha de que aquella
mujer que les servía exquisiteces era una agente infiltrada, ni de que todo el
local estaba plagado de cámaras y micrófonos.
Liuba reconoció que, en algunas
ocasiones, añadía drogas a las comidas y bebidas para soltar las lenguas. Como
servidor de Dios, no puedo aprobar sus métodos, pero ¿quién soy yo para
juzgarla? A Liuba no le interesaba el tráfico de drogas; aun así, como favor
personal, pasaba la información a la DEA.
Aquí haré un preámbulo para que
entiendan mejor la historia y por qué una agente ucraniana acabó en esta
maldita ciudad.
Desde la caída de la Unión
Soviética, los inmensos arsenales de armamento quedaron en manos de militares
corruptos y, desde ahí, fueron vendidos a delincuentes y terroristas del mundo
entero. El gobierno ucraniano, para demostrar su lealtad a los aliados
occidentales, montó una red de operaciones internacionales para la búsqueda y
localización de armas especialmente peligrosas. Los Kaláshnikov estaban por
todas partes, vendiéndose por peso; sin embargo, los misiles y las ojivas
nucleares eran otro cantar.
Liuba llevaba infiltrada casi seis
años. Para adaptarse, olvidó su nombre… Olvidó su vida anterior… Sus padres,
fallecidos cuando ella era muy joven, quedaron arrancados de su memoria como
una hoja marchita de un calendario.
Me confesó que, el primer mes de
estar allí, cuando cerraba los ojos, podía oler la nieve y oír el ruido que
hacía al pisarla. Y el borsch… Añoraba su sabor, su olor a hogar. Me explicó
que el borsch es una sopa típica ucraniana hecha con remolacha, col, papas y
carne. La cocinaba su babushka durante horas en el horno de leña. Y el
pan… blanco, oloroso, de trigo puro, con una corteza dorada que pedía ser rota
y untada con mantequilla cremosa.
Todo eso soñaba la agente Liuba en
los primeros días. Pero, al abrir los ojos, se daba cuenta de que estaba muy
lejos de casa. Y odió el arroz, odió los frijoles… Odió todo lo que no era su
querida Ucrania.
Esa mujer sufrió muchísimo. No tenía
con quién hablar ni con quién llorar. No tenía derecho a hacerlo. Era su
primera misión en este lado del charco y debía aguantar. Ella no importaba; la
misión lo era todo.
No se permitía hablar en ucraniano.
Nunca. Jamás. Ni a solas. Ni en sueños. Ni cuando le dolía. Nunca. Hablar en su
lengua por descuido era su sentencia de muerte.
Durante esos años, Liuba frustró
muchas operaciones de traficantes. Me confesó que alguna vez sintió el poder en
sus manos y que la posibilidad de ganar un millón de dólares en un solo día
estuvo a punto de hacerla sucumbir. La tentación del diablo era enorme. Caer en
el mal camino era fácil.
Pidió a sus superiores que la sacaran
de allí; estaba cansada. Se lo negaron. Era demasiado valiosa. Le ordenaron que
resistiera hasta que enviaran a otro. Liuba rozaba su límite. La templanza se
le agotaba… Y entonces ocurrió aquello.
Un día apareció en el restaurante un
hombre que hablaba español con un fuerte acento del este de Europa. Liuba se
dio cuenta enseguida de que era ruso. El tipo y los del cartel comenzaron a
hablar de “una mercancía muy delicada”. Se pasaban fotos y negociaban. Cuando
Liuba les acercó unas bebidas, vio que las imágenes eran de niñas y de chicas
muy jóvenes, todas blancas y rubias. Típicas niñas rusas o ucranianas.
Estaban en venta.
Dios mío, ¿cómo permites esto, Señor?
Perdóname por juzgarte. Ahora sé que pusiste a esa mujer en el camino de
aquellas pobres criaturas.
No sé cómo organizó con los
americanos el rescate, pero les cobró todos los favores. Solo tenían tres días
antes de que sacaran a las chicas hacia su destino.
Liuba averiguó que las niñas
estaban en un almacén. Drogó a los guardias. Las pequeñas, encerradas en
jaulas, lloraban aterradas, pero ella les habló en ruso. Las tranquilizó.
Recordó cómo le hablaba su madre cuando era niña. Las niñas se fueron con los hombres
de la DEA.
Todo salió bien. O eso creyó Liuba.
Regresó al restaurante para recoger
el material reunido y marcharse por fin. Iba a prender el fuego a seis años de
vida. Cuando empezó a echar la gasolina, la sorprendieron por detrás. Asustada,
exclamó:
—Gospody miy.
“Dios mío”, en ucraniano.
En ese instante se vio muerta.
El hombre que había entrado
era Juan Montesinos, uno de los jefes del cartel, obsesionado con Lucrecia,
rondándola sin descanso. Él se sorprendió tanto como ella. Pero Liuba no le dio
tiempo a reaccionar y le golpeó con una sartén.
Hubo una lucha brutal. Lo sé: vi el
estado en que llegó a la sacristía. El hombre era fuerte. No le disparó, pero
la acuchilló varias veces. Liuba luchó a muerte. Logró tumbarlo e intentó
estrangularlo. Apenas le quedaban fuerzas. No tenía arma. Entonces vio unas
papas en el suelo. Cogió una, se la metió en la boca y le tapó la nariz. Lo
asfixió. Prendió fuego al restaurante y escapó por poco.
Aquella misma noche la llevé con unos
indígenas a un pueblo de la selva, donde cuidaron de ella y curaron sus
heridas. La visité varias veces y me contó su historia. El restaurante quedó
reducido a cenizas. Entre los escombros apareció un cuerpo tan calcinado que ni
los dientes pudieron analizarse. Dieron por hecho que era Lucrecia la gallega.
Tuve que oficiar varias misas por su alma.
Un día fui a verla.
Ya no estaba.
Ruego
al Señor
por
su alma y que la cuide,
esté donde esté esta valiente mujer.
20/05/2025, Gijón
© La Pluma del Este
Este relato pertenece al Universo de La Muerte Perfumada, que relato a relato, historia a historia, se convertirá en un libro. Mientras tanto, te invito a leer:

No hay comentarios:
Publicar un comentario