La última
fotografía
Benjamín García, un fotógrafo con la absoluta ausencia de
escrúpulos, hacía su ronda diaria por los juzgados del Manhattan. Necesitaba con
urgencia alguna foto de un asesino en carne y hueso, o de alguien de la mafia.
Tampoco le vendría mal una reyerta entre los parientes de los acusados y los de
las víctimas. Y si esta incluía a la policía, mucho mejor. Todos piensan que la
acción está en la calle. ¡Qué va! En los juzgados, cuando la realidad abofetea
al culpable y deja a la víctima totalmente desnuda ante el sistema, afloran los
instintos primarios de los individuos. No sería la primera vez que el objetivo
de su cámara quedaba salpicado de sangre. Cada peldaño de aquel imponente
edificio es una montaña de Sísifo para los que buscan la justicia. Y muchos,
nunca la encuentran…
Ya eran las dos de la tarde y García empezaba a aburrirse. No le interesaba otro robagallinas andrajoso; ni aquellos pillos que estafaron cuatro peniques a una vieja malencarada. Seguro que lo tenía merecido. Él haría lo mismo. Por agarrada…
El fotógrafo se impacientaba. El sudor le empapaba su pobremente cubierta cabeza, lo que hacía que las luces de las enormes arañas se reflejaran en su calva. El chicle que llevaba masticando horas, ya le sabía a goma quemada, y esto no engañaba a su prominente estómago. Sin embargo, su olfato fotográfico le decía que algo bueno iba a ocurrir y él estaría ahí para retratarlo. Solo había que esperar. Ya comerá después una buena hamburguesa triple en la Hudson Grill…
—¡Por
favor! Te lo suplico… Solo escúchame…
Benjamín
afinó su oído. Algo estaba pasando al otro lado de la escalinata. Quitó el
protector de la Filmanka y, abriendo con su abdomen el camino, empezó a
moverse en busca de la fotografía que le pagaría su añorada cheeseburger y,
quién sabe, si el alquiler del mes.
—Cariño, por favor… Por favor… Todo ha sido un malentendido… Yo no te engañé… Tú eres la única para mí… Seguro que hay una explicación…
Por fin, el fotógrafo se presentó en la escena. Con pasos suaves y movimientos delicados, lo que de ninguna manera correspondía con su envergadura y con la cámara lista para disparar, se acercó a un trío: dos hombres y una mujer.
Uno, el tipo lloriqueante y de rodillas, y con toda seguridad era el que hablaba, agarraba con fuerzas las manos de la mujer. Esta, en una postura fría y adusta, ni siquiera lo miraba. Con los labios apretados en una fina línea, la mujer tenía una mirada ausente. Se notaba que pertenecía a la alta clase. El abrigo de visón, el broche de oro y un peinado muy cuidado bajo un bonete, señalaban que no le faltaban ni el dinero, ni el gusto al gastarlo. El otro hombre, tenía toda la pinta de un picapleitos. Y detrás, justo al fondo, cerca de la salida, estaba un mirón, de los que hay muchos por estos lares. Benjamín García, nada podría hacer al respecto: el cotilla estaría incluido en la imagen. Apretó el botón y la cámara empezó a hacer su trabajo. Con tres fotografías bastaría. El abogado cogió a la mujer por el codo para irse. Benjamín García, sin sentir ni una pizca de empatía por el tipo suplicante, también estaba a punto de marchar cuando la mujer se giró. Sus ojos de gris hielo se clavaron en el pobre desgraciado que seguía en el suelo en la misma postura.
—Señor
Harris. Solo necesito un par de minutos con mi marido… exmarido.
¡Qué
interesante! García ya tenía las imágenes para vender; ahora tocaba escuchar (nunca
se sabe; toda la información es dinero), así que se mimetizó con el entorno. El
arrodillado seguía con su súplica:
—Margaret,
tú me conoces… Por favor… Yo no merezco esto… Nunca te engañé…
—Ahora
escúchame tú, querido… —Ese “querido” salió de la boca de la mujer letra por
letra. Como si las masticara y las escupiera con mucho asco. Seguido, la mujer se
agachó y se acercó al oído del hombre. —Claro que sí, querido… Tú no has hecho
nada. He sido yo… Yo he pagado a la muchacha para que se meta en la cama
contigo. Ahora me quedaré con mi mitad y… cuando encuentren el cuerpo de esa
fulana y uno de tus gemelos entre las sábanas de su cama, me quedaré con todo…
El hombre
se quedó pálido. Benjamín García, más pálido aún. El abogado, sin enterarse de
nada, se miraba las uñas. El tipo del fondo ya se había ido. Los testigos de
aquella revelación, el marido— bueno, exmarido—y el fotógrafo entrometido con
caras de susto miraban a la mujer. Dos ojos de hielo gris se clavaron en
Benjamín.
—Mmm…
Vaya, el tercero en discordia. Como siempre. Señor… fotógrafo… No tengo el
gusto.
—Benjamín
García, señora. —Nada más decir su nombre, Benjamín mordió su lengua. Pero ya
era tarde. La mujer hizo una señal al abogado para que se vaya.
—Dígame
su precio, por favor. Imagino que no le vendría nada mal algo de liquidez.
—Yo no
oí nada, señora… Soy una tumba… Pero su marido, exmarido, aquí presente, seguro
que la delatará…
—Bah,
¿este cobarde? Es su palabra contra la mía. Ahora tengo que hacer unos recados…
¿Cenamos juntos? ¿Tiene algún lugar al que le apetezca ir? Ah, no olvide traer
las diapositivas. Entonces, ¿cuál es su precio?
—Con
veinte mil me daré por satisfecho… —La mujer ni se inmutó.
«Benja, Benja,
¿en qué lío te has metido…? Pero es un buen dinero, a fin de cuentas. Con esto
podrás largarte a Florida». Esta suculenta idea empezó a ocupar todo el sitio
en la enorme cabeza del fotógrafo, expulsando cualquier atisbo de la señal del
peligro.
—Hudson
Grill, en la calle 44. ¿Lo conoce, señora? ¿Le parece bien a las seis?
—Perfecto.
Ahí lo veré. —La mujer bajó la vista a su exmarido, que seguía de rodillas,
encogido y con las manos agarradas del pelo. Estaba totalmente abatido. —¿Todavía sigues
aquí, idiota? Anda, ahí está tu abogado con la policía. Seguro que tenéis mucho
de qué hablar. Adiós…
Benjamín
García volvió a sacar su infalible Filmanka. Hoy era su día de suerte.
Entre las fotos y un inesperado pago por estar callado, podría pensar en su
futuro.
Hudson Grill estaba repleto, pero el fotógrafo, gracias a su innegable apetito y las generosas propinas, disponía de un reservado: una mesita en el rincón más alejado. Él ya iba por su segunda cerveza cuando apareció la mujer. La señora Ferguson. Él hizo los deberes. Su marido era propietario de tres mataderos: dos en el Bronx y uno en Newark. Un yate amarrado en el Hudson. Tierras, edificios y un ático en la Quinta Avenida. Sin hijos. Y ahora la señora Ferguson se quedaría con todo. Si la trabaja bien, podrá sacarle lo que sea. Veinte mil solo es el principio…
La mujer
se sentó enfrente. Llevaba un sombrero ancho que le tapaba la cara. Una
gabardina gris y los guantes. Sus ojos acerados brillaban en la oscuridad.
Parecía esperar algo…
El
camarero apareció de la nada y apuntó las comidas y las bebidas. La mujer pidió
solo un Martini. Después de depositar la bandeja llena, el camarero volvió a
desaparecer.
—Señor
García. Tengo prisa. Aquí tiene el dinero. —Y le pasó un paquete marrón
amarrado con una cuerda. —Cuéntelo, por favor. Así estaré tranquila que todo esté
correcto. ¿Las diapositivas?
Benjamín
García, con dedos temblorosos, sacó un sobre. La mujer registró con mucha
atención su contenido y, dándose por satisfecha, volvió a insistirle que
recuente el dinero.
El
fotógrafo, muy impaciente, agarró el paquete y lo abrió. Nunca vio tanto
dinero. Lo sacó, humedeció un dedo con la saliva y empezó a contar los billetes
de veinte dólares.
—Uno,
dos, tres, cuatro… diez, once… quince… veinticuatro…
Cada vez
le costaba más mover la lengua. La boca se le volvió pastosa. Cuando intentó
mojar el dedo, la saliva era espesa, casi azulada. Le faltaba el aire. El
corazón, desbocado, parecía salírsele del pecho. Se sentía morir. En medio de
su agonía, alzó la vista hacia la señora Ferguson. Ella le sostuvo la mirada y sonrió.
Antes de
que su cabeza cayera sobre la triple cheeseburger, Benjamín García comprendió
que nunca viajaría a Florida…
23/02/2026, Gijón
© La
Pluma del Este

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