El odio
Mi odio a esta decadente ciudad era tan intenso como el que
sentía por mi padre. Estoy convencida de que, si no hubiera conocido a mi
madrastra, nuestras vidas serían diferentes. Mejores. Desde que ellas se fueron
y yo me quedé anclada a un viejo decrépito, los sueños de una vida plena y
feliz —que jamás viviré— se transformaron en odio… Ooo-di-ooo. Me fascina cómo
suena. Saboreo esta palabra y sus cinco letras. He descubierto su enorme poder
y lo que significa para mi existencia.
La nieve,
húmeda y gris, como cenizas pegajosas, apenas cubría la fealdad que me rodeaba.
El silbido estridente de la fábrica había expulsado a las bandadas de cuervos
de sus escondites. Los pájaros estaban volando en círculos por encima de los
tejados y sus incansables graznidos taladraban mi cerebro. Los pocos
transeúntes se deslizaban como fantasmas, sobre los charcos de aguanieve
estancada. Yo caminaba despacio con las
manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, mi único abrigo… Su tela áspera era
mi caparazón. Viejo. Humedecido. Como yo. El crujido de la nieve bajo mis botas
sonaba a cristales rotos. Faltaban doce minutos para mi turno; tendría que
darme prisa. Pero me daba igual… ¿Lo sabéis? No. Claro que no. Nadie lo sabe.
Desde niña, me encantaba la nieve, tan blanca y tan pura al caer, aunque
terminaba derritiéndose, mezclada con el barro. Siempre supe que aquella pureza
de antaño se pudriría, hasta devorar la olvidada perfección de nuestras vidas.
De mi vida… Bastaba esperar el tiempo suficiente.
Desde hace
semanas, un sueño extraño me persigue como una sombra. Siempre el mismo. Siempre
distinto. Veo un piso… muy bonito. Es donde viven ellas, mis dos hermanastras…
Las gemelas Ana y Eva. Hablan. Discuten. Se ríen… ¿De mí? Sé que estoy ahí, con
ellas… Las miro y las odio… La envidia me corroe… Ellas están libres… Un reloj
de la pared marca la hora… Las ocho y cuarto… ¿De la mañana o de la noche? Oigo
una risa… la mía… Después, oscuridad…
Me despierto
en plena noche con una sensación de que algo no encaja. Que algo va a pasar. Y que
pasará pronto. Sin embargo, no me hace sentir mal, no… Es otra sensación… Y me
quedo mirando a la grieta zigzagueante del techo, que se desvanece detrás de
las cortinas húmedas y frías. Me tapo con la manta de mi mamá. Y me siento a
salvo, aunque sé que es un engaño.
Cada
mañana dejo la comida y las pastillas de mi padre en la mesa y me voy a malgastar
mi vida en un trabajo que odio. No todas tuvimos la suerte de ir a la
universidad. Recuerdo a mi madrastra (ojalá no descanse en paz, esté donde esté)
hablando orgullosa de sus hijas y de lo listas e inteligentes que eran. La zorra se quedó preñada para cazar a mi
padre. Y él, desgraciado, olvidó a mi mamá en un suspiro… Este cabrón merece
estar muerto…
Día tras
día… de lunes a viernes. Durante nueve horas estoy atrapada en un almacén de
ferretería. La hora de descanso, la paso sentada en una caja de herramientas,
masticando un bocadillo seco… Pensando… Recordando… Ana rompió un dibujo que
hice a mi papá… Dijeron que era pequeña y no lo sabía… Eva se había quedado con mi peluche… Me lo
había regalado mi mamá… Su tarta de cumpleaños era más grande y mejor que la
mía… Después ni siquiera la tuve… Eran cosas insignificantes, pequeñas para
cualquiera, pero para mí eran las piedras que llenaban un saco… Yo las contaba
y se regodeaba de su peso y cantidad; grababa en mi memoria cada sonrisa
fingida, cada gesto, cada celada. Y el odio, como una diminuta llama, empezaba
a crecer…
Los fines
de semana me quedaba encerrada en mi habitación, llorando, odiando,
planificando mi libertad… Y así, el hilo invisible de la envidia, surgido en mi
niñez, se iba convirtiendo en una enorme bola que me estaba aplastando con todo
su peso. Pobre de mí…
Otra
noche más. El mismo sueño. Sin embargo, distinto. La misma habitación… Mis
hermanastras. Tan felices, tan seguras. Se ríen… Me miran. Dicen algo. Yo
contesto. Avanzo un paso. Hacia ellas. Entonces sus rostros cambian. Sus ojos
se congelan… Sus bocas se abren en un grito mudo… Y yo… y yo también grito… Me
despierto con la manta enredada en mi cuello. Apretándome como una soga. Y, por
fin, sé lo que debo hacer… No puedo continuar, siendo una mera observadora de
mi vida. Tengo que soltar las piedras que me ahogan. He tomado una decisión…
Salí con
prisa, muy despistada, dejando el batiburrillo de pastillas al alcance de mi
demente padre. También, por error, la garrafa de lejía, al lado del fregadero…
Imaginé que querría el agua para tragarlas, aunque la llave de paso estuviera
cerrada… Por si acaso. Con los enfermos así nunca se sabe…
Me sentía
eufórica y expectante. Iba por la calle rápido. Casi volando sobre la mugre y
saltando los infinitos charcos. Ligera como si fuera uno de aquellos cuervos.
El bocadillo del almuerzo me supo a un manjar exquisito. Mis pensamientos revoloteaban en todas las
direcciones. Mi teléfono, sin llamadas. El plan para cambiar mi vida ya estaba
en marcha. ¿Cuál sería mi siguiente paso? Aunque sabía lo que tenía que hacer.
Me faltaba una pieza para el cómo… Ese algo que me completara. Que fuera infalible.
Mi mirada saltaba de una caja a la otra. Sabía qué contenían. Y ninguna me
convencía. Sentí rabia… Hoy era el día señalado. No podía postergarlo más.
A las seis menos cinco me preparaba para irme. A mi casa, no. Si no me han llamado todavía, es que nadie sabía nada. Mejor. Empezaba a enfadarme… Necesitaba algo ya. ¿Qué podría ser? Al acercarme a la puerta de salida, lo vi… Brillaba detrás del cristal, como si hubiera estado aguardándome. Me atraía… Necesitaba sentirlo en mis manos. Era la pieza perfecta para mi cometido. Volví adentro. Sabía dónde estaba la caja repleta de ellas. Nadie se daría cuenta de que faltaba una y, sin embargo, esa única bastaría para todo…
La nieve mojada seguía cayendo sin
parar…
Mientras
caminaba, pegada a los edificios, contaba los pasos… Estaba nerviosa. Tenía las
mariposas en el estómago. Recuerdo haber tenido la misma sensación cuando fui
al baile con el chico aquel… ¿Cómo se llamaba? ¿Winston? ¿Willy?… Era muy mono…
¿Qué habrá sido de él? Se ha ido también de esta ciénaga. Muy pocos prosperan
aquí… Por ejemplo, mi madrastra. Después de abandonar a mi padre, se casó con
el gerente… Pero, por suerte, no disfrutó mucho de su vida de rica… Una caída
por una escalera resbaladiza en pleno invierno y de noche… Pasa a cualquiera.
Lo sé de primera mano… Y su tristísimo viudo, un vejestorio, se ocupó de las
hermanastras. Aquel es su edificio. Tiene un portero cotilla. Zalamero y
pegajoso como un chicle viejo. Pero yo entraré por detrás. Trabajar con herramientas
tiene su ventaja… Solo tengo que asegurarme de que ellas estén en casa… Solas. Nos
queda una charla pendiente y muchas cosas que aclarar. Entre ellas y yo.
Detrás de
la puerta se oía la música y risas… Antes de subir, las vi entrar cargadas de
bolsas de boutiques de moda… Las imaginé yendo de una habitación a otra
probando modelitos. Seguro que ni ahorrando un año me podría permitir
semejantes caprichos… Llamé a la puerta.
—¿Hermana? Qué raro verte por aquí. ¿Ha pasado algo con el padre? Pasa,
pasa… —Ana, en un vestido negro ajustadísimo con la cremallera abierta hasta las
nalgas, me dejó pasar. —¡Evaaaa! Vino Cécil. Ven.
Eva llevaba
solo unas bragas diminutas y el sujetador con relleno. Se acercó para darme un
beso. Yo me alejé un paso… lo justo para sacar el hacha del caparazón de mi
abrigo… Su mango encajaba de maravilla en mi mano. Un golpe en la cabeza… Se
oyó un “crack”. El hacha entró más fácil de lo que había imaginado. Eva voló un
par de metros… Ana intentó gritar… Pero su boca estaba muda… Yo empecé a reír.
¡Qué subidón! Otro golpe de gracia hizo que su brazo cayera a mis pies. Quiso
huir… El hacha la ensartó en medio de la espalda… Un río de sangre bajó hacia
el valle de su trasero… Allí estaba yo: tranquila, ligera, engrandecida por mi
valor. Y feliz por primera vez en mucho tiempo…
Antes de
salir me fijé en el reloj de la pared… Debajo de las salpicaduras de sangre
marcaba las ocho y cuarto… Como en mi sueño. Me regocijé: al final, los sueños
se cumplen. Vaya, vaya… ¿Quién lo iba a decir?
Salí al
callejón… El aire frío y áspero limpió mis pulmones del olor dulzón de la
sangre. Levanté mi rostro hacia la nieve. Era blanca y perfecta. Sus copos,
como las plumas, se posaban en mi piel… Me hacían cosquillas. Me sentí flotar.
El sonido
de las sirenas me devolvió a la realidad. Sonreí: no me atraparían tan
fácilmente. La nieve cubriría mi rastro. Corrí hacia el río helado, el puente
que me llevaría a la libertad. Mi respiración humeaba en el aire gélido. Cada
paso crujía sobre la brillante superficie. Miré atrás: las sirenas rebotaban
contra los edificios, rojas y furiosas. Seguí corriendo… El hielo cantaba.
Justo en el medio del río su color se oscureció. ¡No podía ser! Era más fino de
lo que pensaba; empezó a quebrarse bajo mis botas. Resbalé. Caí de rodillas. Quise
levantarme y me hundí hasta la cintura. Intenté agarrarme. El frío me mordió
los dedos… Yo seguía peleando por mantenerme a flote. El agua me abrazaba cada vez más fuerte, me
arrastraba… Y, mientras, me hundía lentamente, los cuervos daban vueltas en
círculos sobre mí, riéndose, esperando mi final.
Y los odié por ello…
21/08/2025, Gijón
© La
Pluma del Este

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