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10 de febrero de 2026

El precio del silencio

 El precio del silencio


Excelencia


Cuando lea esta carta, yo ya estaré de camino a algún lugar olvidado por Dios y hombres de bien. Dejo en sus manos obrar en consecuencia con lo que le voy a confesar en estas líneas.  No pediré perdón, porque no lo merezco. He cometido el mayor de los pecados: quitar una vida. Su peso me aplasta como una losa de una tumba. No tuve elección. No suplico su comprensión. Esto ya da igual. ¿Cómo podría un hombre tan virtuoso como vos entender a un pecador como yo? Y mucho menos, concederme la absolución.
          Ella era una feligresa muy asidua de la parroquia… Imagino su perplejidad, Excelencia. Sí, he matado a una mujer. Es tan irónico: jamás he amado a una.
         
          Era la tarde de viernes, justo después de Acción de Gracias. Yo leía esperando que alguien entre en el confesionario. La puerta del confesionario se abrió y se cerró. Después de unos carraspeos se instaló el silencio. Esperé unos instantes. Noté un olor a canela y manzana. Una voz áspera, no supe si de un hombre o mujer, pronunció:
          —Perdóname, Padre, he pecado.
          —Dime… Hijo mío. Hija mía. ¿Cuál es tu pecado? Seguramente entre los tres: tú, yo y el Santísimo, podremos encontrar una solución.
          —¿So… solución? Ya la encontré, Padre. Justo en este mismo momento ella estará agonizando…
          Tuve la sensación de que la otra persona estaba sonriendo. Su voz se aclaró. Era femenina:
          —Tantos años de cuidados y sin un triste gracias… Me harté. ¿Sabe? Ha sido más fácil de lo que imaginaba. Dejé las pastillas justo al alcance de su mano. Dije que eran las vitaminas. Y como la pobre no se entera de nada, las tomó todas.
          Me quedé sin palabras, Excelencia. Era la confesión de un asesinato. Cuando logré reaccionar, ella ya se había ido, y en mi interior empezó una guerra.
          Mi primer impulso era acudir a la policía. ¿Pero qué podría decirles? Se trataba de una confesión sagrada. ¿Un anónimo, quizás? No había visto su rostro. No sabía quién era, ni dónde buscarla.
          Pero no tuve que esperar mucho. El domingo, muy temprano, me llamaron desde un tanatorio para oficiar el funeral de la señora C.D.P. Más tarde, con la iglesia llena de dolientes, sentí una mirada. Fue una presión muda, insistente. Me incomodó. Alcé los ojos y la vi. Estaba vestida de negro. Delgada. Corriente. Tan corriente que resultaba invisible. Lloraba y discretamente se secaba con un pañuelo blanco. Era la sobrina de la difunta. Me miró. Sin ningún rastro de culpa.  Con ojos de alguien que ha dado un paso al abismo. El mundo se me vino encima: era ella.  Y sabía que yo lo sabía. Y sabía también que yo no podía denunciarla. Se la veía segura de su impunidad. Quizás incluso complacida por ello…         
          Perdóneme, Excelencia, pero aquel día me sentí prisionero de la iglesia. Quise gritar que la asesina de aquella pobre mujer estaba justo ahí, al lado de su ataúd, y que había vivido bajo el mismo techo que su víctima. Odié mis votos. No me servían para salvar a nadie. No había justicia… Solo el silencio como respuesta a mis plegarias.
 
          Pasaron unos tres meses. Y de nuevo aquel olor a manzana y canela flotando en el aire. Me encogí de miedo. Quise desaparecer. No podía compartir aquel espacio sagrado con una asesina. Cuando habló, su voz me clavó al banco de madera, como aguja a un insecto.
          —Perdóneme, Padre, he pecado.
          Guardé el silencio.
          —¿No me dice nada? ¿Acaso le doy miedo, cura? Bah, da igual. Vengo a por el perdón. Me arrepiento. Vaya muerte más inútil… Tenía que haber asegurado la herencia antes. ¿Quién iba a decir que la vieja lo dejaría todo a una sobrina lejana? Y esa vino con dos mocosos. Tienen toda la casa hecha un desastre.
          —Entrégate a la policía, hija mía. Reconoce tu pecado y serás libre ante Dios. —logré decir, al fin, con una voz que no parecía la mía.
          —Ni hablar. Esa advenediza no se va a quedar con lo que me pertenece. Donde hay uno, hay dos. De hecho, yo ya sé lo que hay que hacer. Limpio y rápido. Ya nos vemos, padre.
          Salí del confesionario como un poseso. Tenía que detenerla.
          —¡Espera! No lo hagas. Es tu familia. Son inocentes. Vas a dejar huérfanos a los niños. Ten piedad. ¡Te denunciaré a la policía!
          Ella se volvió despacio y se acercó a mí.  Olí su perfume a manzana y canela y me repugnó.
          —Pero no hará, ¿verdad, cura? ¿Dónde quedaría entonces el secreto de la confesión?
          —¿Por qué lo haces? ¿Por qué confiesas tus crímenes aquí? ¿Por qué a mí?
    —Ni yo lo sé. Aquel día vi a la vieja retorciéndose en la cama y pidiendo la extremaunción… Así que vine aquí. Como podía haber ido a cualquier otra iglesia. —Hizo una breve pausa—. Ah, otra cosa. Ni se le ocurra contarlo a nadie. Los niños podrían tener un accidente. Esas cosas pasan a diario.
         
           Me quedé ahí, cobarde e inútil. Una mujer iba a morir y yo no sabía qué hacer para evitarlo. Sus hijos eran el precio por mi silencio. Me rompí en pedazos.  Lloré. Recé.
          ¿Recuerda, Excelencia, de aquella vez cuando acudí a usted desesperado? Le pregunté qué debía hacer si en un confesionario conocía un delito que aún podía evitarse. Y su respuesta era que todo estaba en manos de Dios. Desde entonces mi fe empezó a tambalearse. El Santísimo no respondía a mis oraciones. Y yo empezaba a comprender que el silencio también era una respuesta. 
          Llamé a la policía desde una cabina. Les avisé de que se iba a producir un asesinato. Di la dirección y colgué. Me sentí aliviado por descargar una parte de mi peso a los hombros de la ley… Qué necio fui. Qué confiado.
          Al no escuchar nada raro en las noticias, sentí alivio. Aun así, al día siguiente, me acerqué a la casa para confirmar por mí mismo que todo iba bien, que la familia estaba a salvo y que la asesina había sido detenida.
 
          Todavía recuerdo como si fuera ayer las luces azules, la ambulancia alejándose y, en su lugar, el furgón funerario aparcando despacio. La calle, abarrotada de gente, se sumía en silencio, roto por algún que otro llanto aislado.
          Yo me quedé en shock. Había llegado demasiado tarde. Por mi culpa. Solo por mi culpa. Oí decir: «Pobrecita, tan joven. Ha dejado a dos niños huérfanos». «Cuando llegaron del colegio con su tía, encontraron a su madre en la bañera. Muerta». «Habrá resbalado, la pobre. No sería la primera vez. Pasa más de lo que creemos».  Yo sabía la verdad.
          La vi salir de la casa abrazando a dos niños, de unos cinco y diez años. Se alzaba por encima de ellos como un ave oscura. Me vio. Sonrió. Y ahí, en aquel preciso instante, comprendí que los niños serían los siguientes. Sentí rabia e impotencia. Quise gritar que allí, delante de todos, estaba la asesina de su madre. Pero no tenía pruebas. ¿Qué podía hacer yo, un sacerdote de una pequeña parroquia, un simple peón en una terrible partida?
          Volví a llamar a la policía. Muchas veces. Pasé frente a su casa noche tras noche, como un ladrón en las sombras. A través de las ventanas la veía tranquila, incluso feliz. Los niños reían. Mi conciencia, poco a poco, se adormeció.
          Reconozco mi debilidad, Excelencia. Acepté el crimen y su falta del castigo. Como usted dijo: todo está en manos del Señor. ¿Y quién era yo para juzgar sus designios?
         
          Pasó el verano. En el día de Nuestra Señora de los Dolores, la iglesia estaba llena de penitentes. Me sentía cansado, pero en paz. Mi fe comenzaba, lentamente, a recomponerse. A última hora de la tarde me encontraba aún en el confesionario. Entonces regresó aquel olor. Manzana y canela.
          —Perdone, padre… He pecado.
          Me quedé inmóvil, sudando y temblando de frío al mismo tiempo.
          —Por si le interesa, la policía ha cerrado el caso. Accidente doméstico en la bañera. Tan corriente hoy en día.
          —Sé que fuiste tú —dije. —¿Puedes vivir con ello? ¿Mirar a los ojos de esos niños sin sentir nada? He rezado por tu alma. Veo que ha sido inútil.
          Su risa hueca me heló la sangre: 
          —Padre, no sea ingenuo. Solo he esperado el tiempo prudencial. Serían muy sospechosos dos accidentes seguidos y en la misma casa. Ahora soy su tutora legal.  Nos iremos de viaje. A los muchachos les vendrá bien el crucero en un barco. Y, ¿quién sabe?, igual ahí podría pasar alguna tragedia; un resbalón para coger una pelota o una caída accidental al mar… Cosas más raras suceden.
         Algo se rompió dentro de mí:
         —¡Maldita! ¡Deja a los niños en paz!
         Le di su absolución… El confesionario quedó en silencio.
        Aquella noche nadie entró en la iglesia. Sentí a Dios. ¿O era el Satanás que me empujó a cometer el crimen? ¿Acaso importa? Solo sé que ella ya no respiraba y los niños, pobres inocentes, seguían vivos. Si he nacido únicamente para cargar con esto, lo acepto.
 
P.D. El cuerpo se encuentra en la cripta, bajo la iglesia.
      
No rece por mí, Excelencia. No lo necesito. Ya estoy en paz.

                                                      Juan A.A.
 

 



                                                                                                                         20/01/2026, Gijón

                                                                 © La Pluma del Este

5 de febrero de 2026

Muerte por flechazo

Muerte por flechazo 



         —Abogado de la defensa, ¿cómo se declara la acusada?

         —No culpable, Señoría.

         —¿Y la acusada desea hacer alguna declaración?

         —Sí, Señoría.

          —Suba al estrado, señorita Acosta. ¿Jura decir la verdad?

         —Gracias, Señoría. Sí. Lo juro.

         —Prosiga, la acusada.

         —Antes de todo les ruego que me comprendan, por favor. Me encontré superada por las circunstancias… No vi otra salida… Tuve que hacerlo. Quiero que oigan mi historia. Estoy segura de que cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo…

» Todo empezó hace un año. Yo soy una mujer corriente. Como pueden ver, ni guapa ni delgada, sino todo lo contrario. No soy de esas que enamoran por donde van. Pero, a principios de febrero del año pasado, mi soledad y el deseo de tener un hombre decente en mi vida me llevaron a un estado de desesperación. Ver parejas se me hacía insoportable. Y mucho más cuando parecían felices y enamoradas. Ya tengo una edad, ¿saben? Y el tiempo vuela. Así que el día catorce se me ocurrió ir a la iglesia de San Valentín. ¿No es un santo de novios? Pues eso. Le llevé un ramo de rosas y unas velas y me puse a rezar. Recé mucho. Muchísimo. Estuve arrodillada durante horas y horas…

» Aquella misma noche me despertó un ruido. Cuando encendí la lámpara de la mesita, a los pies de la cama, vi sentado a un niño, o alguien que se le parecía mucho. Estaba desnudo, con el pelo rubio ensortijado, unas alitas muy cucas y un arco dorado y flechas…

          La sala del tribunal explotó en risas y carcajadas. El juez mandó callar al público so pena de expulsión y pidió a la acusada continuar.

          —Gracias, Señoría. Ejem, ejem… En conjunto, era la cosita más adorable que yo haya visto nunca. Y, de repente, se dirigió a mí con una voz muy grave: “Mujer, vamos al grano. Mi jefe, San Valentín, me mandó a solucionar tu problema. Dime cómo lo quieres. No te enrolles demasiado, que no tengo toda la noche. Hay montones de pedigüeños como tú. No me mires con esa cara de boba. Al hombre, ¿cómo lo quieres?”.

» Apenas pude articular una palabra para contestarle:

          —No lo sé. Así, de pronto… Que sea muy detallista y romántico, que me regale flores, que me… —Y el Cupido desapareció con la palabra “hecho” flotando en el aire.

» Al día siguiente, al abrir la puerta de mi piso, vi un enorme ramo de rosas rojas con una tarjeta:

 Para la mujer más bella del mundo, 

la que me hace vibrar como un abejorro buscando el dulce néctar de las flores.

Siempre tuyo, tu enamorado secreto.

N. B.

» Madre mía, me puse loca de contenta. Nunca, jamás, me habían regalado ni siquiera un cactus escamochado. ¿Quién sería ese hombre?

» Al llegar al trabajo, también había allí un enorme ramo de rosas. Los compañeros estaban ojipláticos viendo aquello. Y yo, tan contenta. Por fin alguien se había fijado en mí. El ramo también tenía una tarjeta:

                                  Las rosas rojas para mi dulce rosa escarlata.

Con todo el amor, tu enamorado secreto.

N. B.

» Cuando llegué a casa con mis rosas, en la puerta de nuevo había un enorme ramo, pero de lirios, con una tarjeta y un poema muy romántico que hablaba de mis atributos físicos. Había tantas flores que ocupé con ellas todos los jarrones y botes que tenía.

» Al día siguiente, otra vez en la puerta había un enorme ramo de rosas blancas, con tarjeta. Y en el trabajo, también, con tarjeta. Regalé mis flores a todos los compañeros. Estaba muy contenta y ellos, también.

» Al volver a casa, de nuevo encontré un gigantesco ramo de flores en mi felpudo. Gladiolos o dalias. Ya no me acuerdo. Con otra tarjeta y un poema. Tuve que ir al chino a comprar más jarrones. La casa olía como un jardín botánico o como un funeral. Mi mente está confusa al respecto.

» Y así, durante varias semanas, tres o cuatro enormes ramos de flores cada día. Ya no sabía dónde meterlos. Los compañeros empezaban a reírse a mis espaldas. Tampoco nadie quería flores, ni regaladas. Entre las marchitas y las frescas me mareaba. Los vecinos se quejaron de que los ramos amontonados en mi puerta daban mal olor y aspecto de abandono. Ya no podía más… Estaba desesperada… Ejem…

» Llamé a la policía. Me dijeron que nada podían hacer al respecto, ya que no era ningún delito regalar flores. Tampoco se molestaron en averiguar quién era el repartidor o florista que traía los ramos. Me dio la impresión de que les divertía la situación…

          Las risas del público subieron de tono y el juez de nuevo llamó al orden:

           —Señores y señoras presentes, me veo obligado a interrumpir este juicio para un receso de media hora. Espero que recapaciten y, a la vuelta, tomen esta corte con más seriedad y respeto. Acusada, seguiremos con su declaración después del receso. Tómese un descanso, veo que lo necesita. Se levanta la sesión.

          Pasada media hora, después de subir al estrado, la señorita Acosta continuó con la voz temblorosa:

          —La situación empeoró cuando la prensa se instaló en el portal. Salir de mi casa a diario se convirtió en un suplicio… No podía dar un paso sin una alcachofa en mi cara… Sobre mí publicaron en el periódico local y nacional. Ya ni hablo de las redes sociales… Mi cara estaba en todas partes. Hasta llamaron a mis padres, pobrecitos ellos. Me pusieron varios apodos: la mujer de mil rosas, la mujer florero, la mujer de flores marchitas… Era insoportable vivir así… Ejem, ejem, ejem…

» Y, mientras tanto, los ramos aparecían en mi puerta y en el trabajo como por arte de magia. Ahí es cuando comprendí que Cupido me había tomado el pelo. Esto no podía continuar más, así que volví a la iglesia para suplicar a San Valentín que parara esta locura…

          —¡Ruego el silencio en la sala! Aguacil, expulse a aquel grupo del fondo. Este juicio no es una broma, señores. Señorita Acosta, ¿desea un vaso de agua?

          —Le agradezco, Señoría.

          — Continúe, por favor.

          — Como dije, volví a la iglesia. Y me quedé allí rezando durante horas. Por la noche, el Cupido no apareció. (El público volvió a reír. La acusada empezó a llorar). Perdonen, pero es que todo es tan absurdo, lo sé… He vuelto otras dos o tres veces a suplicar a San Valentín.

» Cuando ya perdí la esperanza de ser escuchada, el Cupido apareció en mi dormitorio. Estaba muy enfadado; me gritó y me llamó de todo. Que yo era una caprichosa, chivata, que no sabía lo que quería…

» Parece mentira, pero aquel ser me culpaba de todo… (La pobre mujer lloraba y no paraba de sonarse la nariz). Con su flecha gesticulaba como un loco. Así que no aguanté y se la arranqué de la mano. Lo agarré por sus alitas con la otra y le clavé la flecha. Justo en la barriguita… Y la volví a clavar y clavar y clavar… Cuando me di cuenta, el cuerpo del Cupido parecía un colador… Estaba muerto. Muy muerto. Después, desapareció.

          La sala del tribunal quedó en silencio. El juez, con la expresión cariacontecida, no sabía di reír o llorar con la mujer. Señorita Acosta continuó con la declaración:

          — Llamé a urgencias. Creyeron que estaba bromeando. Llamé a la policía… Varias veces… Cuando vinieron, los acompañaba una ambulancia. Ejem, ejem… Para mí… Me ingresaron en la planta de psiquiatría… Estuve ahí casi tres meses…

» Un día, cuando pasaba delante de una floristería, algo hizo “clic” en mi cabeza. Así que fui a la gasolinera más cercana y compré una garrafa de gasolina. Esperé a que las floristas cerraran la tienda. Ya de noche, con una tapa de registro, rompí el escaparate; metí la garrafa dentro y la volqué. Con un fular hice la mecha y prendí el fuego.

» Me senté en el banco de un jardín cercano a disfrutar del espectáculo. Por vez primera en un año estaba feliz y aliviada

          El silencio en la sala se rompió con un suspiro múltiple, seguido de toses y carraspeos. La acusada se dirigió al jurado:

          — Señores del jurado. No me importa ir a la cárcel, ¿sabéis? Mientras no haya flores ahí…

 




 

SUCESOS

El Cupido “ataca” de nuevo

La Pluma del Este

 

 

Hoy, 25/03/2024, hemos sabido que en una pequeña ciudad de EE. UU., Tennesi Stone, una mujer ha prendido fuego a una tienda de juguetes y ha disparado a un camión de reparto de Toys & A con un arma semiautomática. El conductor salió ileso. Tampoco hubo víctimas entre los trabajadores de la tienda.

 En su declaración a la policía, la mujer dijo: «Que ya estaba harta de tanto pu… oso de peluche y que ella solo quería a un hombre detallista y que el cabrón del Cupido le ha tomado el pelo…» Estas eran sus palabras exactas.

 Por lo que hemos podido averiguar, la señora americana, estuvo recibiendo ingentes cantidades de osos de peluche con un corazón rojo donde pone escrito I love you desde el Día de los Enamorados. La pobre tuvo una tremenda crisis nerviosa a causa de aquello.

 Queremos recordar a nuestros lectores un caso parecido que sucedió en España el año pasado. Pero aquí han sido los incontables ramos de flores frescas. Y la mujer, víctima de una pesada broma – lo que se confirmó en la investigación y la consiguiente sentencia – ha quemado una floristería. También sin víctimas.

 Seguiremos informando.

 

 © La Pluma del Este

 

 

 


3 de febrero de 2026

El odio

 El odio




Mi odio a esta decadente ciudad era tan intenso como el que sentía por mi padre. Estoy convencida de que, si no hubiera conocido a mi madrastra, nuestras vidas serían diferentes. Mejores. Desde que ellas se fueron y yo me quedé anclada a un viejo decrépito, los sueños de una vida plena y feliz —que jamás viviré— se transformaron en odio… Ooo-di-ooo. Me fascina cómo suena. Saboreo esta palabra y sus cinco letras. He descubierto su enorme poder y lo que significa para mi existencia.

          La nieve, húmeda y gris, como cenizas pegajosas, apenas cubría la fealdad que me rodeaba. El silbido estridente de la fábrica había expulsado a las bandadas de cuervos de sus escondites. Los pájaros estaban volando en círculos por encima de los tejados y sus incansables graznidos taladraban mi cerebro. Los pocos transeúntes se deslizaban como fantasmas, sobre los charcos de aguanieve estancada.  Yo caminaba despacio con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, mi único abrigo… Su tela áspera era mi caparazón. Viejo. Humedecido. Como yo. El crujido de la nieve bajo mis botas sonaba a cristales rotos. Faltaban doce minutos para mi turno; tendría que darme prisa. Pero me daba igual… ¿Lo sabéis? No. Claro que no. Nadie lo sabe. Desde niña, me encantaba la nieve, tan blanca y tan pura al caer, aunque terminaba derritiéndose, mezclada con el barro. Siempre supe que aquella pureza de antaño se pudriría, hasta devorar la olvidada perfección de nuestras vidas. De mi vida… Bastaba esperar el tiempo suficiente.

         Desde hace semanas, un sueño extraño me persigue como una sombra. Siempre el mismo. Siempre distinto. Veo un piso… muy bonito. Es donde viven ellas, mis dos hermanastras… Las gemelas Ana y Eva. Hablan. Discuten. Se ríen… ¿De mí? Sé que estoy ahí, con ellas… Las miro y las odio… La envidia me corroe… Ellas están libres… Un reloj de la pared marca la hora… Las ocho y cuarto… ¿De la mañana o de la noche? Oigo una risa… la mía… Después, oscuridad…

          Me despierto en plena noche con una sensación de que algo no encaja. Que algo va a pasar. Y que pasará pronto. Sin embargo, no me hace sentir mal, no… Es otra sensación… Y me quedo mirando a la grieta zigzagueante del techo, que se desvanece detrás de las cortinas húmedas y frías. Me tapo con la manta de mi mamá. Y me siento a salvo, aunque sé que es un engaño.

         Cada mañana dejo la comida y las pastillas de mi padre en la mesa y me voy a malgastar mi vida en un trabajo que odio. No todas tuvimos la suerte de ir a la universidad. Recuerdo a mi madrastra (ojalá no descanse en paz, esté donde esté) hablando orgullosa de sus hijas y de lo listas e inteligentes que eran.  La zorra se quedó preñada para cazar a mi padre. Y él, desgraciado, olvidó a mi mamá en un suspiro… Este cabrón merece estar muerto…

          Día tras día… de lunes a viernes. Durante nueve horas estoy atrapada en un almacén de ferretería. La hora de descanso, la paso sentada en una caja de herramientas, masticando un bocadillo seco… Pensando… Recordando… Ana rompió un dibujo que hice a mi papá… Dijeron que era pequeña y no lo sabía…  Eva se había quedado con mi peluche… Me lo había regalado mi mamá… Su tarta de cumpleaños era más grande y mejor que la mía… Después ni siquiera la tuve… Eran cosas insignificantes, pequeñas para cualquiera, pero para mí eran las piedras que llenaban un saco… Yo las contaba y se regodeaba de su peso y cantidad; grababa en mi memoria cada sonrisa fingida, cada gesto, cada celada. Y el odio, como una diminuta llama, empezaba a crecer…

          Los fines de semana me quedaba encerrada en mi habitación, llorando, odiando, planificando mi libertad… Y así, el hilo invisible de la envidia, surgido en mi niñez, se iba convirtiendo en una enorme bola que me estaba aplastando con todo su peso. Pobre de mí…

          Otra noche más. El mismo sueño. Sin embargo, distinto. La misma habitación… Mis hermanastras. Tan felices, tan seguras. Se ríen… Me miran. Dicen algo. Yo contesto. Avanzo un paso. Hacia ellas. Entonces sus rostros cambian. Sus ojos se congelan… Sus bocas se abren en un grito mudo… Y yo… y yo también grito… Me despierto con la manta enredada en mi cuello. Apretándome como una soga. Y, por fin, sé lo que debo hacer… No puedo continuar, siendo una mera observadora de mi vida. Tengo que soltar las piedras que me ahogan. He tomado una decisión…

          Salí con prisa, muy despistada, dejando el batiburrillo de pastillas al alcance de mi demente padre. También, por error, la garrafa de lejía, al lado del fregadero… Imaginé que querría el agua para tragarlas, aunque la llave de paso estuviera cerrada… Por si acaso. Con los enfermos así nunca se sabe…

          Me sentía eufórica y expectante. Iba por la calle rápido. Casi volando sobre la mugre y saltando los infinitos charcos. Ligera como si fuera uno de aquellos cuervos. El bocadillo del almuerzo me supo a un manjar exquisito.  Mis pensamientos revoloteaban en todas las direcciones. Mi teléfono, sin llamadas. El plan para cambiar mi vida ya estaba en marcha. ¿Cuál sería mi siguiente paso? Aunque sabía lo que tenía que hacer. Me faltaba una pieza para el cómo… Ese algo que me completara. Que fuera infalible. Mi mirada saltaba de una caja a la otra. Sabía qué contenían. Y ninguna me convencía. Sentí rabia… Hoy era el día señalado. No podía postergarlo más.

          A las seis menos cinco me preparaba para irme. A mi casa, no. Si no me han llamado todavía, es que nadie sabía nada. Mejor. Empezaba a enfadarme… Necesitaba algo ya. ¿Qué podría ser? Al acercarme a la puerta de salida, lo vi… Brillaba detrás del cristal, como si hubiera estado aguardándome. Me atraía… Necesitaba sentirlo en mis manos. Era la pieza perfecta para mi cometido. Volví adentro. Sabía dónde estaba la caja repleta de ellas. Nadie se daría cuenta de que faltaba una y, sin embargo, esa única bastaría para todo… 

          La nieve mojada seguía cayendo sin parar…

     Mientras caminaba, pegada a los edificios, contaba los pasos… Estaba nerviosa. Tenía las mariposas en el estómago. Recuerdo haber tenido la misma sensación cuando fui al baile con el chico aquel… ¿Cómo se llamaba? ¿Winston? ¿Willy?… Era muy mono… ¿Qué habrá sido de él? Se ha ido también de esta ciénaga. Muy pocos prosperan aquí… Por ejemplo, mi madrastra. Después de abandonar a mi padre, se casó con el gerente… Pero, por suerte, no disfrutó mucho de su vida de rica… Una caída por una escalera resbaladiza en pleno invierno y de noche… Pasa a cualquiera. Lo sé de primera mano… Y su tristísimo viudo, un vejestorio, se ocupó de las hermanastras. Aquel es su edificio. Tiene un portero cotilla. Zalamero y pegajoso como un chicle viejo. Pero yo entraré por detrás. Trabajar con herramientas tiene su ventaja… Solo tengo que asegurarme de que ellas estén en casa… Solas. Nos queda una charla pendiente y muchas cosas que aclarar. Entre ellas y yo.

          Detrás de la puerta se oía la música y risas… Antes de subir, las vi entrar cargadas de bolsas de boutiques de moda… Las imaginé yendo de una habitación a otra probando modelitos. Seguro que ni ahorrando un año me podría permitir semejantes caprichos… Llamé a la puerta.

          —¿Hermana? Qué raro verte por aquí. ¿Ha pasado algo con el padre? Pasa, pasa… —Ana, en un vestido negro ajustadísimo con la cremallera abierta hasta las nalgas, me dejó pasar. —¡Evaaaa! Vino Cécil. Ven.

        Eva llevaba solo unas bragas diminutas y el sujetador con relleno. Se acercó para darme un beso. Yo me alejé un paso… lo justo para sacar el hacha del caparazón de mi abrigo… Su mango encajaba de maravilla en mi mano. Un golpe en la cabeza… Se oyó un “crack”. El hacha entró más fácil de lo que había imaginado. Eva voló un par de metros… Ana intentó gritar… Pero su boca estaba muda… Yo empecé a reír. ¡Qué subidón! Otro golpe de gracia hizo que su brazo cayera a mis pies. Quiso huir… El hacha la ensartó en medio de la espalda… Un río de sangre bajó hacia el valle de su trasero… Allí estaba yo: tranquila, ligera, engrandecida por mi valor. Y feliz por primera vez en mucho tiempo…

          Antes de salir me fijé en el reloj de la pared… Debajo de las salpicaduras de sangre marcaba las ocho y cuarto… Como en mi sueño. Me regocijé: al final, los sueños se cumplen. Vaya, vaya… ¿Quién lo iba a decir?

          Salí al callejón… El aire frío y áspero limpió mis pulmones del olor dulzón de la sangre. Levanté mi rostro hacia la nieve. Era blanca y perfecta. Sus copos, como las plumas, se posaban en mi piel… Me hacían cosquillas. Me sentí flotar.

          El sonido de las sirenas me devolvió a la realidad. Sonreí: no me atraparían tan fácilmente. La nieve cubriría mi rastro. Corrí hacia el río helado, el puente que me llevaría a la libertad. Mi respiración humeaba en el aire gélido. Cada paso crujía sobre la brillante superficie. Miré atrás: las sirenas rebotaban contra los edificios, rojas y furiosas. Seguí corriendo… El hielo cantaba. Justo en el medio del río su color se oscureció. ¡No podía ser! Era más fino de lo que pensaba; empezó a quebrarse bajo mis botas. Resbalé. Caí de rodillas. Quise levantarme y me hundí hasta la cintura. Intenté agarrarme. El frío me mordió los dedos… Yo seguía peleando por mantenerme a flote.  El agua me abrazaba cada vez más fuerte, me arrastraba… Y, mientras, me hundía lentamente, los cuervos daban vueltas en círculos sobre mí, riéndose, esperando mi final.

 

          Y los odié por ello…

         


                                                                                      21/08/2025, Gijón

© La Pluma del Este


19 de diciembre de 2025

La celera te mata

 La celera te mata





Al abrir la puerta de la mansarda, un olor a rancio y a las cosas olvidadas me dio de lleno. Di un paso. Otro… Hacía mucho que nadie entraba. Ahora que lo pienso, desde que mi abuelo desapareció. Él pasaba horas aquí, encerrado. Se podía oír sus balbuceos al hablar consigo mismo… O, con alguien.  Mis recuerdos de aquellos años son solo los retazos de la memoria. Y, sin embargo, sé que he entrado aquí una vez… Mi abuelo estaba escribiendo en una libreta… Muy absorto. Cuando me vio en la puerta, se enfadó muchísimo, me gritó y me echó. Me tropecé y caí por la escalera. Desde entonces tengo el tic de tocarme la cicatriz de mi frente. También discutió con mis padres. Después nos fuimos a nuestra nueva casa y el abuelo se quedó aquí… Solo… Durante veinticinco años. Sin llamadas, sin cartas, sin felicitaciones por Navidades y cumpleaños… Nunca hemos vuelto…  Hasta ahora.

           Hacía unos seis años que el abuelo había desaparecido sin dejar rastro. Mis padres pusieron la casa en venta. Yo decidí, por fin, mitigar mi curiosidad y ver por mí mismo por qué él pasaba tanto tiempo en esta buhardilla…

          Con la linterna del teléfono vislumbré una lámpara de pie. La encendí… La pantalla, que ahora era un hogar de las arañas, desprendió una luz amarillenta. La sombra del dibujo intrincado de la telaraña se reflejó en el techo. Al lado de la lámpara estaba un sillón antiguo y gastado y una mesita, llena de libretas apiladas. Me fijé en un par de guantes toscos de cuero que estaban colgados en el respaldo. ¿Qué hacían ahí?… Enfrente del sillón, en el centro de la estancia, había una estructura tapada con una sábana. Di una vuelta alrededor. La luz de la linterna se reflejó en las desnudas paredes. Pero las esquinas y las aristas de la buhardilla protegieron su oscuridad de mi invasión. Quité la sábana… Y descubrí un enorme espejo ovalado.

          Me miré y no me vi reflejado en él. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Lo toqué. Mis dedos casi se quedan pegados a la helada superficie. El cristal muerto estaba rodeado por una moldura negra y exageradamente repujada con rosas de un rojo intenso. Las toqué… Y el espejo cobró vida… Los tallos, llenos de espinas, empezaron a retorcerse como serpientes. Y su sonido, una especie de crujido y tintineo, se propagó por la habitación… Me pinché… Las rosas se quedaron quietas… A la espera… La sangre, formando un finísimo riachuelo, empezó a bajar por mi brazo… Metí el dedo en la boca… Mi boca se llenó de sangre… ¡Dios! ¿¡Si era solo un pinchazo de nada!? Sentí un mareo. Di un paso hacia atrás y tropecé con el sillón. Caí en él y una nube de polvo se elevó al techo. Miré al espejo. ¿O el espejo era el que miraba en mí?

          Recogí del suelo una libreta. La frase “La celera te mata”, “la celera te mata”, se repetía centenares de veces en cada página… Abrí otra libreta… Las ojeé una detrás de otra y todas, con más o menos inteligibilidad, tenían escrita la misma frase: “La celera te mata” … Me quedé sentado una hora… ¿O dos? ¿O más? Me sentía débil… La sangre no paraba de gotear. No tenía ni fuerzas ni ganas para moverme y llegar hasta el teléfono que estaba tirado en el suelo. Tampoco creo que valdría para algo; la linterna habrá gastado la batería.

          Miré al espejo. Ahora tenía una mancha oscura que poco a poco aumentaba de tamaño. Yo, como un conejo frente a una serpiente, no podía apartar la mirada.  Y, la mancha se convirtió en un rostro. El de una mujer joven y bellísima. Sus ojos color whisky estaban fijos en mí. De repente, el rostro empezó a cambiar.  Ahora me miraba una cara antigua, marchita y de muecas exageradas, que se rompieron con una risa desdentada… De aquella boca horrorosa no salía ningún sonido y, sin embargo, mi mente la oía. Una risa repugnante. Mi cabeza empezó a dar vueltas. La risa era más y más alta. Mi mente se licuaba con aquel sonido. De repente, todo paró… La cara desapareció.

          Entonces comenzó el tráfago: pasos arriba, pasos abajo, a los lados, golpes en el techo; la lámpara parpadeaba al compás. Las arañas enloquecidas subían por las paredes en oleadas. Era como si la mansarda entera se hubiera despertado de un letargo. Las libretas, como las aves siniestras, batiendo las hojas, formaron un círculo alrededor del espejo. Volando y volando cada vez más rápido, crearon una especie de torbellino. Yo me sentí arrastrado hacia él. Me aferré al sillón… Era una locura. Esto no podía pasar. Mis dedos ya apenas se agarraban al tapizado. Me di cuenta de que ni el sillón, ni la lámpara, ni la mesita se movían. Era total y absolutamente ilógico.  Recé a Dios, llamé a mi madre, lloré como un crío… Miré hacia el espejo… Convertido en una boca oscura y hambrienta, el espejo estaba a punto de engullirme… De nuevo la risa de aquella horrible mujer sonó en mi cabeza: «Ven, muchacho. No seas cobarde. Con tu abuelo no fue suficiente. Ni con tu hijo pagarás por el daño causado. Y los muertos no olvidan. ¡Ja, ja, ja!» … ¿Hijo? No tengo hijos… Una mano huesuda salió del remolino y empezó a arrastrarme hacia dentro. ¡¡Nooooooooo!!

          —Cariño, ¿qué te pasa? Despierta… Te llamé un montón de veces. Me tenías muy preocupada. ¿Te pasa algo?… Dime, cariño. —Sandra, mi novia, estaba de rodillas con cara de susto y preocupación. —He llamado a tu trabajo, también a tus padres. Y me dijeron que ibas a venir aquí. Menos mal que la puerta estaba abierta y pude entrar sin montar un escándalo a estas horas de la noche.

          Mi cabeza seguía dando vueltas. Me sentía confuso sin distinguir qué era el sueño y qué era la realidad. La voz preocupada de Sandra y sus besos poco a poco me sacaron de la pesadilla vivida:

          —San, estoy bien. No te preocupes. Solo que los recuerdos de mi infancia aquí y la historia con mi abuelo me dejaron hecho polvo. ¿Viste mi …? —el resto de la frase quedó atascado en mi garganta. El espejo seguía ahí, pero totalmente diferente. Era un espejo normal, con el marco labrado y repujado en oro. Nada que ver con la monstruosidad que me quiso engullir.

          —¡Qué espejo más bonito! Y es de pie. Estas piezas no se ven a menudo. En un anticuario cuestan unos cientos de euros o más. ¿Podríamos quedar con él? En nuestro dormitorio se vería divino.

          Solo de imaginar revivir la pesadilla salida de este espejo me dio escalofríos.

          —Vaya, cariño. Cómo sois los hombres, ja, ja, ja. Las mujeres siempre vemos joyas donde vosotros veis las antiguallas. Pues si no te gusta, aquí se queda. Cambia esa cara… Te voy a decir algo que te va a levantar el ánimo. De hecho, por esto estaba loca por encontrarte. ¿Te acuerdas de que te dije que me sentía rara? Pues… ¡Chan-chan! ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un bebé!

          Salté del sillón como un muelle. ¡Dios! ¡Seré padre! El amor que sentía por esta maravillosa mujer me hizo sentir el hombre más feliz del mundo. La abracé, la besé en su boca, su frente, su pelo. Olí la fragancia del perfume en su cuello… Y me miré mi mano izquierda que jugaba con el mechón rubio… En la yema del dedo corazón claramente se veía un pinchazo. Miré al espejo. Desde dentro salió volando una fotografía… Suspendida en el aire, que parecía jugar con ella, la fotografía se posó en la mesita. Como si estuviera ahí todo este tiempo. La cogí con la mano temblorosa.

          —¿Y esta foto? ¿Quiénes son, cielo?

          —Mi… Ejem, ejem… Es mi abuelo y la mujer tiene que ser mi abuela. Y la niña, es mi madre. ¿Sabes?, no llegué a conocer a mi abuela.  Ni siquiera vi sus fotos. Es como si jamás hubiese existido. Cuando yo nací, ella ya había muerto. No sé más. Igual mis padres nos pueden hablar de ella. —La fotografía temblaba en mis manos. No podía ser…  Era una locura. ¡La mujer del espejo era mi abuela!

           Cuando cerraba la puerta de la mansarda pude oír la risa diabólica de la vieja… «La celera te mata… la celera te mata, ¡ja, ja, ja, ja!»





38/12/2025, Gijón

© La Pluma del Este


7 de noviembre de 2025

El trato roto

 

El trato roto

 

¿Y esa cara? ¿No me esperabas? Cuánto lo siento —bueno, no del todo cierto—. Llevo mucho tiempo postergando este encuentro. Y no, no te molestes en llamar a tus… treinta y siete guardaespaldas. Ni a la secretaria. Tampoco creo que estés preocupado por ellos. Para ti son solo siervos. Ni más ni menos que tú para mí. Te veo muy desmejorado… seco. Es como si te faltara algo dentro.

          Observo un brillo de desdén en tus ojos. Vaya, vaya. He tocado tu punto débil: eres de una soberbia digna de admirar. Cuando mi Padre dictó los diez mandamientos, pensó en los humanos como tú. Sabía que erais débiles. Tú has infringido cada mandamiento cientos de veces. Y, aunque me cueste admitirlo, celebro que hubieras ampliado la lista con unos cuantos más. Solo de imaginar la cara de mi Padre me da un enorme placer. ¡Ja, ja, ja!

          Ah, hablando del susodicho. Dios Todopoderoso, ¿acaso este hombre aquí presente, no es tu obra? Míralo: ha llegado a lo más alto del poder. Ha exprimido a los ciudadanos-hormiga con los impuestos inverosímiles; solo le queda cobrarles por respirar. En cada elección les mentía y prometía cosas que jamás cumpliría. Y reconozco —hasta a mí me ha superado—: mientras yo convenzo y cumplo los deseos de mis clientes en la intimidad, él engaña con facilidad a los millones. ¡Y a plena luz del día! La mentira es su sustento… Ha dividido la sociedad. Ha colonizado todas las instituciones. Sin miramientos deja muertos en vida a los disidentes y a los opositores. Y sin mancharse las manos. Su trato a las mujeres es de la más exquisita malevolencia; las usa sin piedad y las tira… En fin. No vine aquí para alimentar su desmesurado ego. Deseo acabar con esto ya. Así que, Padre, mira a tu obra. Se le ve engreído y a la vez, insignificante, ¿verdad? Pero no me culpes por ello: yo solo le di un pequeño empujón y el resto es el mérito suyo. ¿No te apetece negociar por su alma inmortal, Dios? Te ofrezco una oveja descarrilada para tu redil… Ah. No contestas. Entiendo.

          Tú, gusano, ¿a dónde vas? No he acabado contigo… todavía. Me propuse buscarte una salida, una redención. Pero para ti no hay lugar ni arriba ni abajo. Voy al grano: vine para romper nuestro trato. No hay alma que reclamar. Estás vacío. Otra vez esa cara… No te quiero en mi reino. Serías capaz de confabular a mis demonios contra mí. Morirás ahora. Y te quedarás en ninguna parte. Tú solo y la Nada. Adiós…



 

          04/11/2025, Gijón

© La Pluma del Este

24 de octubre de 2025

Un tesoro en la grieta

Un tesoro en la grieta

 

 

Antes de encerrarse en la garita, Gregorio hizo una ronda completa. Con linterna en mano comprobó las puertas, miró los candados, espantó a un par de ratas bien gordas. Y se dio el susto a sí mismo al tropezar con una tubería:

          —¡La madre que te…! Por un momento creí que era un puto cadáver. ¡Reostia! —Y, después de darle una patada, prosiguió.

           Era su primer turno de noche. Normalmente, le tocaba de día, pero el compañero dijo que no venía más y, ni corto ni perezoso, se largó de la empresa. Así que Gregorio aceptó cubrir este turno. Otros cien pavos más no le vendrían mal.  Y el curro era de los fáciles: cuidar una nave vieja llena de maquinaria oxidada, tubos de todo tipo y más trastos de hierro cubiertos por lona. ¿Quién iba a robar esa basura? Pero «donde manda el patrón, no manda el marinero». El trabajo era tranquilo y se cobraba bien. Con esta idea tan satisfactoria, Gregorio se metió en la garita, puso un pódcast sobre misterios y cerró los ojos.

          Un ruido lo sobresaltó. Parpadeó. Un haz de luz vagarosa[1] bailó a través del sucio cristal. Gregorio entreabrió la puerta. Por el pasillo central se movían unas sombras. Miró el reloj.  Era la una menos cuarto. Con el teléfono en mano y con el Revólver calibre treinta y ocho, en la otra, el vigilante se adentró en la oscuridad. Su corazón iba a mil por hora y en su cabeza todavía sonaba la historia sobre un espíritu de una siniestra anabolena[2] que envenenó a sus padres para quedarse con la herencia…

          Gregorio conocía bien el almacén y, moviéndose como un gato, asechó hacia el fondo, donde se oía una acalorada discusión. Se escondió detrás de una vieja furgoneta y se asomó con muchísimo cuidado. Lo que vio delante, lo dejó alucinado.

          —… no sean tan pelmazos. Aquí está todo el botín. ¿Acaso creen que yo les iba a estafar? ¿Por quién me tomáis? ¿Por un aurívoro[3]? —Un hombre regordete, vestido con un traje de raya fina que le quedaba dos tallas menos y con una rosa en la solapa, estaba enfrentado a otros dos con pinta de delincuentes.

          —Mire, señor Marcel, no es que no le creamos, pero aquí falta el pedrusco. Yo y Tuerto lo vimos con nuestros propios ojos antes de meterlo en la bolsa. Y aquí no está. Tuerto, lo viste, ¿no?

          —Ssssi… Y el naife[4] ese brillaba tanto que lo vi con mi ojo ciego. Ejem, ejem… Es un poco exagerado, pero es lo que vi. Y compartir el botín es de gente honrada. Estoy con Gordon.

          La discusión aumentaba de volumen. A Gregorio le extrañó que los tres ladrones no se preocuparan por causar tanto alboroto. De repente, el tal Gordon sujetó al trajeado por detrás y Tuerto empezó a registrarle los bolsillos. Señor Marcel, se zafó y agarró a su atacante por la barba. Se armó la pelamesa[5]: golpes, patadas, mordiscos. Los dos cayeron el suelo y empezaron a rodar… Gregorio salió de su escondite:

          —¡Parad ya! O llamo a la policía.

          Tuerto sacó un cuchillo.

          —¡Suelta el cuchillo o te pego un tiro! — Gritó Gregorio.

          Los tres no le hicieron ni caso. Tuerto se acercó a los compinches y, después de vacilar un momento, clavo el cuchillo. Gordon gritó y de su costado salió un chorro de sangre. Gregorio disparó. La bala pasó a través de Tuerto y se perdió en la oscuridad. El vigilante volvió a disparar… Nada. Mientras tanto, el señor Marcel se liberó del abrazo mortal de Gordon y sacó… una pistola pequeña. Tuerto, cuchillo en mano, lo miraba fijamente. ¿Quién era el primero —la bala o la puñalada? Gregorio, boquiabierto y, teléfono móvil en mano, no sabía si llamar al ciento doce o… Se oyó un disparo. Tuerto soltó el cuchillo y se agarró al abdomen. Cayó de rodillas. Señor Marcel se incorporó con dificultad y respirando como un fuelle viejo… Metió la mano dentro de la chaqueta y sacó un enorme diamante de un azul intenso. Los múltiples destellos saltaron de su mano y huyeron en todas las direcciones. Aquel brillo era de una estrella de hielo: imposible de describir ni alcanzar. Su belleza se reflejó en los ojos de los tres hombres. Gregorio, como un espectador involuntario, contemplaba la escena más surrealista y fantástica que haya visto.

          Tuerto con rapidez de su cuerpo moribundo, clavó el cuchillo en la ingle de señor Marcel. Este se cayó sentado, sin soltar el naife. Su mirada seguía clavada en la piedra. El suelo sucio de hormigón se teñía de rojo.  Tuerto se arrastró hacia la mano con diamante. Señor Marcel, con las últimas fuerzas que le quedaban, lo arrojó lejos.

          El naife rodó por el suelo y… Se precipitó por una grieta… Por un instante, su luz azul se elevó hacia el techo y se hundió en la profundidad. 

          Gregorio se acercó a los hombres para ver si estaban vivos. Los tocó… Y tocó el aire. Sin creer a sus ojos ni a lo que estaba pasando, siguió la estela azul. Llegó a la grieta, se puso de rodillas y lo vio: ahí, abajo, a unos cuantos metros, el diamante más raro y codiciado del mundo. El diamante azul. El naife.

          La alarma del móvil sonó a la una y media. Gregorio se sacudió el sueño. Tocaba hacer otra ronda. Al llegar al fondo de la nave, vio una especie de luminiscencia azul. Se acercó. De una grieta en el suelo salía una luz de color hielo…                                                                  


[1] Vagarosa- que vaga de un lugar al otro

[2] Anabolena- mujer alocada y trapisondista

[3] Aurívoro- codicioso de oro

[4] Naife- diamante de calidad superior

[5] Pelamesa- una pelea en que los contendientes se asen y mesan el cabello o la barba          

     

24/10/2025, Gijón
Autor: © La Pluma del Este
Todos los derechos reservados

10 de octubre de 2025

Doña Paca

 

Doña Paca

 

 

«Meigas.

Haberlas, haylas».

Un dicho gallego

  

Tanto si querías enterarte de algo o asistir al entierro de alguien; comprar un kilo de azúcar o un puñado de clavos; tomar una pinta de vino o un café de la manga, la bodega Camiño Verde era el lugar apropiado.
          Desde hacía mucho, de hecho, nadie lo recuerda, lo regentaba doña Paca: una mujer de una edad indeterminable. De niños la recordábamos de la misma manera: un delantal floreado impecable, el pelo canoso en un moño muy estirado y los ojos verdes detrás de las gafas, mirando muy dentro de ti. Yo acabo de cumplir los cincuenta y doña Paca está igual. Es como si el tiempo no pasara por ella.
          En Camiño Verde, aparte de lo expuesto arriba, se daba la comida. El mismo menú: el conejo guisado con patatas fritas, bollos rellenos de carne… de conejo y la empanada… Adivinen. Sí. De conejo también. Para la tranquilidad de espíritu de los parroquianos, doña Paca no los hacía a la vez. Y, menos mal. Sin embargo, de postre no había nada, ya que a la doña no le iban los dulces.  Tampoco le iba la gente faltosa y maltratadora de mujeres, niños y hasta animales.
         Cuando tenía delante a un energúmeno así, lo miraba fijamente y sus ojos verdes oscurecían y sus labios pronunciaban unas palabras. Lo he visto en persona. Soy muy observadora, ¿sabe? Y al día siguiente, doña Paca colgaba el menú con algún plato de conejo. ¡Qué cosas! Imagino que, la pobre, se desquitaba de su mal humor cocinando. Pero su fijación por la carne de conejo era del todo inexplicable.
          Pasaban los años, los chiquillos crecíamos; la gente se moría y se celebraban los bautizos; los alcaldes cambiaban de color y en Camiño Verde el tiempo permanecía parado. En otros locales de la comarca ya tenían las televisiones en color, juegos de mesa para la chavalería, hasta las máquinas de esas… ¡Tragaperras! Pero la doña Paca se resistía a lo moderno y solo cobraba en dinero contante y sonante. Por aquella época ya empezaban a aparecer los inspectores. De trabajo, de sanidad, de hacienda… Mira, igual como usted. Algunos muy educados y respetuosos, otros, todo lo contrario… Uff, parecía que habían sido engendrados por el mismísimo Belcebú. Le querían poner multas por todo. Pobre doña Paca… Nunca tuvo los ojos tan oscuros, casi negros. Y nunca comimos tantos platos de conejo. Hasta lo ponía de pincho. Ah, pero con una nueva receta, por la recomendación mía, el conejo escabechado. ¡Qué delicia!
          Perdóneme usted, señor inspector, le solté un rollo tremendo. Veo que esta carta de la Hacienda viene a nombre de la doña Paca. Cuánto lo siento. Pero no está. Se ha jubilado y me ha dejado el negocio. ¿Quién soy? No, no soy su hija. ¿Qué dice? ¿De veras le parezco mucho? Gracias por el cumplido. Soy doña Pácata. A su servicio. ¿Un café? ¿Un vinito? ¿No? Pues, vale. ¿El libro de cuentas? De eso no tenemos, señor… No le acepto esas faltas de respeto. No, señor. Aunque, si insiste. Déjeme verlo un poco de cerca. Su cara me suena muchísimo…
 

“Coello serás, coello quedarás,
ata que o vento leve o mal que fixeches.”
 
Conejo serás, conejo quedarás,
hasta que el viento se lleve el mal que hiciste.
 

          De nuevo tendré que tirar de YouTube para más recetas de conejo. Y mira que me hubiera gustado cocinar algo diferente. Pero lo que Dios ha repartido, el hombre no lo ha de cambiar.