Mostrando entradas con la etiqueta Universo Noir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Universo Noir. Mostrar todas las entradas

6 de julio de 2026

198. El encuentro.

 El encuentro




 
Dorothy volvió a repasar los labios con el lápiz labial de un rojo chillón. Hizo un par de muecas para repartir el color. Con la punta de la uña quitó el exceso de carmín en las comisuras. Se examinó los dientes. Como solía pasar, estaban manchados de rojo. Se limpió con un dedo. Giró la cara a la izquierda, después a la derecha. Se pellizcó los pómulos. Se sonrió. Se guiñó el ojo. Miró el reloj, una cinta de oro en su delgada muñeca. Puso las gafas de sol negras que le cubrían la mitad del rostro y salió a la calle.
      Se giró para despedirse justo en el momento en que una bicicleta, surgida de la nada, le dio de pleno. ¡Boom!
      Una mala caída, un golpe en la esquina del bordillo…
      La bicicleta frenó unos metros más adelante. Dio la vuelta. Se paró un momento al lado de la cabeza de la mujer. Nadie hizo nada.


      La huella roja de las ruedas continuó su camino.



06/07/2026, Gijón

© La Pluma del Este

17 de junio de 2026

196. Testamento

 Testamento

 

 

Don Raimundo Vidal apenas llevaba dos horas en el ataúd, expuesto en el centro del salón de la mansión familiar, y el ruido de los presentes ya se hacía notar. No era un ruido concreto. Más bien un murmullo espeso, algún sollozo aislado, los carraspeos como respuesta a las preguntas en voz baja. Las frases cortadas sobre la casa, las tierras, los bonos y las cuentas. Lo mundano e interesado había desplazado el ritual de la despedida de un ser humano.
     Alex permanecía junto a la ventana, vestido completamente de negro. Nadie de sus parientes le prestaba atención. De hecho, la tía Brígida, la prima del difunto, lo había confundido con un empleado de la funeraria. Él le siguió la corriente. Nadie lo conocía. Ni siquiera sabían de su existencia. Él los conocía a todos.
    El tiempo pasaba; el ruido ya parecía una recepción cualquiera. El muerto no importaba. Alex sentía pena por aquel hombre. Un padre ausente. Pero en fin de cuentas, su padre.
     Recordó algunas comidas, regalos, cartas escritas con letra pequeña y firme —los treinta y tantos años de secretismos. Él era el fruto de una noche y antes llamaba «papá» al otro. Nunca llamó «papá» a Raimundo. Al quedar viuda, su madre aceptó que le pagara la universidad. Sin embargo, Alex no estaba cómodo con aquella deuda moral. Siempre había visto aquel dinero como el blanqueamiento de una ausencia. Por eso trabajó duro para devolverle cada céntimo.
     El ruido subió de volumen. Alex se giró. Llegó la viuda. Tendría su edad. Un año arriba o abajo. El musculitos que la acompañaba sería su entrenador de pilates. La agarraba por la cintura. Raimundo ya le había avisado que en su casa las cosas andaban revueltas. Ni siquiera esperaron a que el marido estuviera enterrado. Si no fuera por el cáncer terminal, estos dos serían los sospechosos perfectos.
     Asqueado, Alex se sirvió un vaso de whisky. El espectáculo continuaba.
    Reunidos en corrillos y cuchicheando, los parientes parecían hienas alrededor de un cadáver. Alex y el muerto estaban solos. Por última vez contempló el rostro de su padre. Por un instante se vio a sí mismo.
     La entrada de un hombre de traje azul oscuro y con un maletín negro interrumpió a los presentes. Era el abogado. Enseguida se vio acorralado por las caras ansiosas. El ruido se convirtió en un griterío. Todos le preguntaban a la vez y tiraban de él. Aquel espectáculo era obsceno. Era una parodia grotesca de un funeral. Raimundo lo sabía.   
     Alex se palpó la americana. 
A través de la tela sintió las aristas de un grueso sobre con el testamento de su padre.
 


26/05/2026, Gijón

© La Pluma del Este

16 de mayo de 2026

193. Sin testigos



Sin testigos 




La mujer menuda soltó el cuchillo. El atacante estaba en el suelo. Su sudadera negra no retenía la sangre y un enorme charco de un rojo oscuro dibujaba un círculo irregular en el asfalto.
     La mujer dio un paso atrás, después otro. Con las manos temblorosas intentó unir los girones de su vestido. En su cara se dibujaba la conciencia de lo que acababa de hacer. El sujeto apenas gemía. La mujer miró hacia los lados y sus vacilantes pasos se perdieron en el oscuro callejón.
    Una sombra se desprendió de una fachada de enfrente. Una anciana con un chucho en brazos se acercó al moribundo. Le dio una patada. Se agachó y recogió el cuchillo. Lo metió en el bolso y se fue calle abajo. 



 

11/05/2026, Gijón

© La Pluma del Este



Dime, querido Lector, ¿qué te ha parecido este relato?
¿Qué harías en el lugar de la anciana?

Y si te ha gustado, te invito a leer otras historias como estas:



19 de diciembre de 2025

175. La celera te mata

 La celera te mata





Al abrir la puerta de la mansarda, un olor a rancio y a las cosas olvidadas me dio de lleno. Di un paso. Otro… Hacía mucho que nadie entraba. Ahora que lo pienso, desde que mi abuelo desapareció. Él pasaba horas aquí, encerrado. Se podía oír sus balbuceos al hablar consigo mismo… O, con alguien.  Mis recuerdos de aquellos años son solo los retazos de la memoria. Y, sin embargo, sé que he entrado aquí una vez… Mi abuelo estaba escribiendo en una libreta… Muy absorto. Cuando me vio en la puerta, se enfadó muchísimo, me gritó y me echó. Me tropecé y caí por la escalera. Desde entonces tengo el tic de tocarme la cicatriz de mi frente. También discutió con mis padres. Después nos fuimos a nuestra nueva casa y el abuelo se quedó aquí… Solo… Durante veinticinco años. Sin llamadas, sin cartas, sin felicitaciones por Navidades y cumpleaños… Nunca hemos vuelto…  Hasta ahora.

           Hacía unos seis años que el abuelo había desaparecido sin dejar rastro. Mis padres pusieron la casa en venta. Yo decidí, por fin, mitigar mi curiosidad y ver por mí mismo por qué él pasaba tanto tiempo en esta buhardilla…

          Con la linterna del teléfono vislumbré una lámpara de pie. La encendí… La pantalla, que ahora era un hogar de las arañas, desprendió una luz amarillenta. La sombra del dibujo intrincado de la telaraña se reflejó en el techo. Al lado de la lámpara estaba un sillón antiguo y gastado y una mesita, llena de libretas apiladas. Me fijé en un par de guantes toscos de cuero que estaban colgados en el respaldo. ¿Qué hacían ahí?… Enfrente del sillón, en el centro de la estancia, había una estructura tapada con una sábana. Di una vuelta alrededor. La luz de la linterna se reflejó en las desnudas paredes. Pero las esquinas y las aristas de la buhardilla protegieron su oscuridad de mi invasión. Quité la sábana… Y descubrí un enorme espejo ovalado.

          Me miré y no me vi reflejado en él. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Lo toqué. Mis dedos casi se quedan pegados a la helada superficie. El cristal muerto estaba rodeado por una moldura negra y exageradamente repujada con rosas de un rojo intenso. Las toqué… Y el espejo cobró vida… Los tallos, llenos de espinas, empezaron a retorcerse como serpientes. Y su sonido, una especie de crujido y tintineo, se propagó por la habitación… Me pinché… Las rosas se quedaron quietas… A la espera… La sangre, formando un finísimo riachuelo, empezó a bajar por mi brazo… Metí el dedo en la boca… Mi boca se llenó de sangre… ¡Dios! ¿¡Si era solo un pinchazo de nada!? Sentí un mareo. Di un paso hacia atrás y tropecé con el sillón. Caí en él y una nube de polvo se elevó al techo. Miré al espejo. ¿O el espejo era el que miraba en mí?

          Recogí del suelo una libreta. La frase “La celera te mata”, “la celera te mata”, se repetía centenares de veces en cada página… Abrí otra libreta… Las ojeé una detrás de otra y todas, con más o menos inteligibilidad, tenían escrita la misma frase: “La celera te mata” … Me quedé sentado una hora… ¿O dos? ¿O más? Me sentía débil… La sangre no paraba de gotear. No tenía ni fuerzas ni ganas para moverme y llegar hasta el teléfono que estaba tirado en el suelo. Tampoco creo que valdría para algo; la linterna habrá gastado la batería.

          Miré al espejo. Ahora tenía una mancha oscura que poco a poco aumentaba de tamaño. Yo, como un conejo frente a una serpiente, no podía apartar la mirada.  Y, la mancha se convirtió en un rostro. El de una mujer joven y bellísima. Sus ojos color whisky estaban fijos en mí. De repente, el rostro empezó a cambiar.  Ahora me miraba una cara antigua, marchita y de muecas exageradas, que se rompieron con una risa desdentada… De aquella boca horrorosa no salía ningún sonido y, sin embargo, mi mente la oía. Una risa repugnante. Mi cabeza empezó a dar vueltas. La risa era más y más alta. Mi mente se licuaba con aquel sonido. De repente, todo paró… La cara desapareció.

          Entonces comenzó el tráfago: pasos arriba, pasos abajo, a los lados, golpes en el techo; la lámpara parpadeaba al compás. Las arañas enloquecidas subían por las paredes en oleadas. Era como si la mansarda entera se hubiera despertado de un letargo. Las libretas, como las aves siniestras, batiendo las hojas, formaron un círculo alrededor del espejo. Volando y volando cada vez más rápido, crearon una especie de torbellino. Yo me sentí arrastrado hacia él. Me aferré al sillón… Era una locura. Esto no podía pasar. Mis dedos ya apenas se agarraban al tapizado. Me di cuenta de que ni el sillón, ni la lámpara, ni la mesita se movían. Era total y absolutamente ilógico.  Recé a Dios, llamé a mi madre, lloré como un crío… Miré hacia el espejo… Convertido en una boca oscura y hambrienta, el espejo estaba a punto de engullirme… De nuevo la risa de aquella horrible mujer sonó en mi cabeza: «Ven, muchacho. No seas cobarde. Con tu abuelo no fue suficiente. Ni con tu hijo pagarás por el daño causado. Y los muertos no olvidan. ¡Ja, ja, ja!» … ¿Hijo? No tengo hijos… Una mano huesuda salió del remolino y empezó a arrastrarme hacia dentro. ¡¡Nooooooooo!!

          —Cariño, ¿qué te pasa? Despierta… Te llamé un montón de veces. Me tenías muy preocupada. ¿Te pasa algo?… Dime, cariño. —Sandra, mi novia, estaba de rodillas con cara de susto y preocupación. —He llamado a tu trabajo, también a tus padres. Y me dijeron que ibas a venir aquí. Menos mal que la puerta estaba abierta y pude entrar sin montar un escándalo a estas horas de la noche.

          Mi cabeza seguía dando vueltas. Me sentía confuso sin distinguir qué era el sueño y qué era la realidad. La voz preocupada de Sandra y sus besos poco a poco me sacaron de la pesadilla vivida:

          —San, estoy bien. No te preocupes. Solo que los recuerdos de mi infancia aquí y la historia con mi abuelo me dejaron hecho polvo. ¿Viste mi …? —el resto de la frase quedó atascado en mi garganta. El espejo seguía ahí, pero totalmente diferente. Era un espejo normal, con el marco labrado y repujado en oro. Nada que ver con la monstruosidad que me quiso engullir.

          —¡Qué espejo más bonito! Y es de pie. Estas piezas no se ven a menudo. En un anticuario cuestan unos cientos de euros o más. ¿Podríamos quedar con él? En nuestro dormitorio se vería divino.

          Solo de imaginar revivir la pesadilla salida de este espejo me dio escalofríos.

          —Vaya, cariño. Cómo sois los hombres, ja, ja, ja. Las mujeres siempre vemos joyas donde vosotros veis las antiguallas. Pues si no te gusta, aquí se queda. Cambia esa cara… Te voy a decir algo que te va a levantar el ánimo. De hecho, por esto estaba loca por encontrarte. ¿Te acuerdas de que te dije que me sentía rara? Pues… ¡Chan-chan! ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un bebé!

          Salté del sillón como un muelle. ¡Dios! ¡Seré padre! El amor que sentía por esta maravillosa mujer me hizo sentir el hombre más feliz del mundo. La abracé, la besé en su boca, su frente, su pelo. Olí la fragancia del perfume en su cuello… Y me miré mi mano izquierda que jugaba con el mechón rubio… En la yema del dedo corazón claramente se veía un pinchazo. Miré al espejo. Desde dentro salió volando una fotografía… Suspendida en el aire, que parecía jugar con ella, la fotografía se posó en la mesita. Como si estuviera ahí todo este tiempo. La cogí con la mano temblorosa.

          —¿Y esta foto? ¿Quiénes son, cielo?

          —Mi… Ejem, ejem… Es mi abuelo y la mujer tiene que ser mi abuela. Y la niña, es mi madre. ¿Sabes?, no llegué a conocer a mi abuela.  Ni siquiera vi sus fotos. Es como si jamás hubiese existido. Cuando yo nací, ella ya había muerto. No sé más. Igual mis padres nos pueden hablar de ella. —La fotografía temblaba en mis manos. No podía ser…  Era una locura. ¡La mujer del espejo era mi abuela!

           Cuando cerraba la puerta de la mansarda pude oír la risa diabólica de la vieja… «La celera te mata… la celera te mata, ¡ja, ja, ja, ja!»





38/12/2025, Gijón

© La Pluma del Este


24 de octubre de 2025

170. Un tesoro en la grieta

Un tesoro en la grieta

 

 

Antes de encerrarse en la garita, Gregorio hizo una ronda completa. Con linterna en mano comprobó las puertas, miró los candados, espantó a un par de ratas bien gordas. Y se dio el susto a sí mismo al tropezar con una tubería:

          —¡La madre que te…! Por un momento creí que era un puto cadáver. ¡Reostia! —Y, después de darle una patada, prosiguió.

           Era su primer turno de noche. Normalmente, le tocaba de día, pero el compañero dijo que no venía más y, ni corto ni perezoso, se largó de la empresa. Así que Gregorio aceptó cubrir este turno. Otros cien pavos más no le vendrían mal.  Y el curro era de los fáciles: cuidar una nave vieja llena de maquinaria oxidada, tubos de todo tipo y más trastos de hierro cubiertos por lona. ¿Quién iba a robar esa basura? Pero «donde manda el patrón, no manda el marinero». El trabajo era tranquilo y se cobraba bien. Con esta idea tan satisfactoria, Gregorio se metió en la garita, puso un pódcast sobre misterios y cerró los ojos.

          Un ruido lo sobresaltó. Parpadeó. Un haz de luz vagarosa[1] bailó a través del sucio cristal. Gregorio entreabrió la puerta. Por el pasillo central se movían unas sombras. Miró el reloj.  Era la una menos cuarto. Con el teléfono en mano y con el Revólver calibre treinta y ocho, en la otra, el vigilante se adentró en la oscuridad. Su corazón iba a mil por hora y en su cabeza todavía sonaba la historia sobre un espíritu de una siniestra anabolena[2] que envenenó a sus padres para quedarse con la herencia…

          Gregorio conocía bien el almacén y, moviéndose como un gato, asechó hacia el fondo, donde se oía una acalorada discusión. Se escondió detrás de una vieja furgoneta y se asomó con muchísimo cuidado. Lo que vio delante, lo dejó alucinado.

          —… no sean tan pelmazos. Aquí está todo el botín. ¿Acaso creen que yo les iba a estafar? ¿Por quién me tomáis? ¿Por un aurívoro[3]? —Un hombre regordete, vestido con un traje de raya fina que le quedaba dos tallas menos y con una rosa en la solapa, estaba enfrentado a otros dos con pinta de delincuentes.

          —Mire, señor Marcel, no es que no le creamos, pero aquí falta el pedrusco. Yo y Tuerto lo vimos con nuestros propios ojos antes de meterlo en la bolsa. Y aquí no está. Tuerto, lo viste, ¿no?

          —Ssssi… Y el naife[4] ese brillaba tanto que lo vi con mi ojo ciego. Ejem, ejem… Es un poco exagerado, pero es lo que vi. Y compartir el botín es de gente honrada. Estoy con Gordon.

          La discusión aumentaba de volumen. A Gregorio le extrañó que los tres ladrones no se preocuparan por causar tanto alboroto. De repente, el tal Gordon sujetó al trajeado por detrás y Tuerto empezó a registrarle los bolsillos. Señor Marcel, se zafó y agarró a su atacante por la barba. Se armó la pelamesa[5]: golpes, patadas, mordiscos. Los dos cayeron el suelo y empezaron a rodar… Gregorio salió de su escondite:

          —¡Parad ya! O llamo a la policía.

          Tuerto sacó un cuchillo.

          —¡Suelta el cuchillo o te pego un tiro! — Gritó Gregorio.

          Los tres no le hicieron ni caso. Tuerto se acercó a los compinches y, después de vacilar un momento, clavo el cuchillo. Gordon gritó y de su costado salió un chorro de sangre. Gregorio disparó. La bala pasó a través de Tuerto y se perdió en la oscuridad. El vigilante volvió a disparar… Nada. Mientras tanto, el señor Marcel se liberó del abrazo mortal de Gordon y sacó… una pistola pequeña. Tuerto, cuchillo en mano, lo miraba fijamente. ¿Quién era el primero —la bala o la puñalada? Gregorio, boquiabierto y, teléfono móvil en mano, no sabía si llamar al ciento doce o… Se oyó un disparo. Tuerto soltó el cuchillo y se agarró al abdomen. Cayó de rodillas. Señor Marcel se incorporó con dificultad y respirando como un fuelle viejo… Metió la mano dentro de la chaqueta y sacó un enorme diamante de un azul intenso. Los múltiples destellos saltaron de su mano y huyeron en todas las direcciones. Aquel brillo era de una estrella de hielo: imposible de describir ni alcanzar. Su belleza se reflejó en los ojos de los tres hombres. Gregorio, como un espectador involuntario, contemplaba la escena más surrealista y fantástica que haya visto.

          Tuerto con rapidez de su cuerpo moribundo, clavó el cuchillo en la ingle de señor Marcel. Este se cayó sentado, sin soltar el naife. Su mirada seguía clavada en la piedra. El suelo sucio de hormigón se teñía de rojo.  Tuerto se arrastró hacia la mano con diamante. Señor Marcel, con las últimas fuerzas que le quedaban, lo arrojó lejos.

          El naife rodó por el suelo y… Se precipitó por una grieta… Por un instante, su luz azul se elevó hacia el techo y se hundió en la profundidad. 

          Gregorio se acercó a los hombres para ver si estaban vivos. Los tocó… Y tocó el aire. Sin creer a sus ojos ni a lo que estaba pasando, siguió la estela azul. Llegó a la grieta, se puso de rodillas y lo vio: ahí, abajo, a unos cuantos metros, el diamante más raro y codiciado del mundo. El diamante azul. El naife.

          La alarma del móvil sonó a la una y media. Gregorio se sacudió el sueño. Tocaba hacer otra ronda. Al llegar al fondo de la nave, vio una especie de luminiscencia azul. Se acercó. De una grieta en el suelo salía una luz de color hielo…                                                                  


[1] Vagarosa- que vaga de un lugar al otro

[2] Anabolena- mujer alocada y trapisondista

[3] Aurívoro- codicioso de oro

[4] Naife- diamante de calidad superior

[5] Pelamesa- una pelea en que los contendientes se asen y mesan el cabello o la barba          

     

24/10/2025, Gijón
Autor: © La Pluma del Este
Todos los derechos reservados

7 de abril de 2025

142. «Mi caaaaasa»

 «Mi caaaaasa»

La frase épica de un ser extraterrestre


El ruido de butacas y voces me sacó de mi duermevela. Las repentinas luces se me clavaron en los ojos. Por fin había acabado mi suplicio.
     —¡Woow! ¡Qué trabajos más excelsos! Entre todos los cortos, el del “Apartamento” es el que más me gustó. El concepto es absolutamente subversivo y antagonista. A pesar de que es en blanco y negro, la gama de los obscuros transmite la desesperación y la cruda realidad de la vida proletaria. ¿Te das cuenta? ¡Se grabó en el año sesenta y ocho y, sin embargo, es muy contemporáneo! La lucha contra el sistema anquilosado y cómo este acaba con el individuo… La desesperanza y el acatamiento reducidos a una lista interminable de nombres cincelados en la pared… Uff. ¡Una auténtica obra de arte! Me dará mucho que pensar… ¿Qué te ha parecido? ¿Repetimos?… No te veo convencido…
La cara de mi ligue cambió del éxtasis supremo a la desconfianza suspicaz. No quise mentirle y crearle las falsas expectativas:
     —¿Qué quieres que te diga? Me dormí justo cuando apareció el tío con la gallina. Lo demás está cubierto por un tupido velo. Para la próxima, elijo yo la película. Una de Marvel o un buen thriller con un asesino en serie. Nunca vi una peli más rara. No tiene ningún sentido. Un tío lúgubre y su piso más lúgubre aún. Bufff, me dio hasta un repelús. Imagina vivir así, en una casa que te quiere matar… Es surrealista. —Me despaché a gusto. No sé si me dolieron más los diez euros de las entradas o la imposibilidad de poder seguir con mis planes de “conquista”. Por la cara que ella puso, la cita había acabado y sin posibilidad de repetir.
     Con un «adiós» seco y un «ya hablamos» nos despedimos en la parada de taxi. Sin mucho pesar por mi parte, terminé quedando con los colegas en el pub cercano.
   Unas cuantas rondas después, llegué a casa. Pasé de ducharme. Me tiré en la cama. La cabeza me daba vueltas. Intenté poner un pie en el suelo (según Manolo, ayuda a quitar el mareo), pero casi me pego un trompazo con la esquina de la mesita. Cerré los ojos…
     Me despertó el sonido del microondas. No me acordaba de haberlo encendido. Me levanté. Busqué la lámpara de la mesita. No la encontré. Mi mano agarró el cable y tiró de él. Al fondo del pasillo sonó una campanilla. Volví a tirar y volvió a sonar. Busqué mi móvil. Estaba apagado. Lo intenté encender… Nada. Seguro que se quedó sin la batería.
     Recorrí la pared hasta encontrar la llave de luz. La encendí. Vi a la lámpara de tres brazos flotando sobre mi cama… del revés, empujándose con los cables pelados como si fuera un calamar… Cerré los ojos. Definitivamente, seguía borracho.
     Quise levantarme, pero la cama, como las arenas movedizas, me empezó a arrastrar hacia dentro. El cabecero me salvó de ser engullido… Como pude, salí al pasillo. La lámpara me seguía. El pasillo se hizo interminable… Según caminaba, los cuadros cobraban vida: me salpicó el mar embravecido, unas gaviotas salieron volando hacia el salón; la ventisca de nieve me dejó helado y el suelo se volvió resbaladizo… Empecé a caer… Y caer… Miré abajo y vi la boca abierta de la lavadora. Dentro, una negrura infinita. Intenté agarrarme por el aplique, pero este me mordió… Grité de dolor y me solté… La lámpara seguía mis pasos… Detrás de ella, los libros y demás chucherías, en bandada como pájaros…   
     La lavadora me tragó…
   No sé cuánto tiempo estuve “viajando” … Sobrevolé un campo de calcetines, que se mecía en un oleaje multicolor. ¡Ahí es donde terminan todos! ¡Lo sabía!
     La caída terminó conmigo flotando en mi cocina. Debajo, en la mesa, mis tres perros jugaban al póquer. Lúa, la chihuahua, con sus dientes mellados, sostenía un enorme hueso como si fuera un cigarro cubano… Esta imagen me recordó algo que he visto en otra parte… En el medio de la mesa había un enorme plato de pechugas de pollo… El aire me dejó de sostener y me caí justo encima. Las pechugas salieron volando y los perros me atacaron… Empecé a correr…
     Llegué a la puerta de entrada. Estaba cerrada con llave. Llaves, llaves… Ah, en el cajón. Lo abrí… El cajón se estiró como un chicle… Tiré y tiré… Me quedé enredado… No podía moverme… El chicle se convirtió en la boa constrictor. ¡Odio a las serpientes! ¡¡Ayudaaaaaaa!! ¡Dios! ¡¡¡Que alguien me ayude!!!
     Me desperté en mi cama peleando con la manta. ¡Uff, joder! Ha sido un sueño. Encendí la lámpara de la mesita. El móvil marcaba las cuatro de la mañana. Madre mía, vaya sueñecito. Ni de coña volveré a un festival de esas pelis raras. Seguiré durmiendo…
      Cuando levanté la mirada al techo, me vi a mí mismo como en un espejo… Siendo engullido por una enorme anaconda…

 









                                                                                  07/04/2025, Gijón

© La Pluma del Este

20 de marzo de 2025

140. "El Rata"

"El rata" 



“El rata” era el gobernante en la sombra de Anapse, el país otrora maravilloso, pero desde hace seis lustros, abocado a la decadencia.
  Los presidentes cambiaban, pero él seguía enraizado en su escritorio. Ninguno quería sustituirlo. Él era tan imprescindible como el ministerio de la Extorsión. Él nunca tenía un «es absurdo» por respuesta. Si hacía falta crear alguna ley, por más ilógica que fuera, y pasar por encima de la otra, se hacía y punto. En su lúgubre despacho colgaba una frase enmarcada: 


Hay que dar al pueblo lo que no necesita 

para quitarle cualquier iniciativa de valerse por sí mismo”.


      “El Rata” estaba trabajando en su nueva idea: cobrar a los ciudadanos por respirar. El escollo que seguía persistiendo era el cómo quitar el aire a los que no pagaban.


     

 


 

19/03/2025, Gijón

© La Pluma del Este

 


3 de enero de 2025

Nocturnidades recurrentes

Nocturnidades recurrentes


Me desperté con una extraña sensación de que algo horrible iba a suceder.
   Encendí la lámpara de la mesita. Las agujas del reloj estaban a punto de reunirse en las doce. Salí de mi cama caliente al frescor del dormitorio. Los rescoldos de la chimenea apenas podían con el frío invernal que exudaban las paredes de piedra. Me arrebujé en la colcha, metí los pies en las heladas zapatillas y me acerqué a la ventana…
   El pueblo, cubierto por la espesa niebla y el humo de hogares, dormía con un profundo e invernal sueño. Ni los perros ladraban. Sin un ser vivo en las calles, los canes se refugiaban en sus casetas. Hacía demasiado frío para cumplir con su cometido.
   La luna, oculta detrás de las nubes, intentaba zafarse de su prisión.    La farola cerca de mi casa iluminaba a los delicados copos de la nieve que jugaban a perseguirse, creando pequeños remolinos blancos. Era la noche típica de un invierno cualquiera.
   Ya me iba de vuelta al acogedor capullo de mi cama cuando vi a un hombre surgir de la niebla. Iba encorvado, con pasos lentos y hundiéndose en la nieve. ¿Pero qué hacía ahí, fuera, a estas horas y precisamente en esta noche? No podría ser un vecino del pueblo, ya que todos estábamos seguros en nuestras casas y jamás nos atreveríamos a salir. Tendría que ser un forastero. Pobre ignorante. Estuve a punto de llamarlo, pero ha vuelto a desaparecer en la niebla. Como un fantasma. Eso es. No había nadie fuera y era la imaginación de mi cerebro medio dormido.
   Continué con mi retirada cuando un grito desgarrador me dejó clavado en el sitio… Otro más… Y un fuerte aullido.
   Una detrás de otra, las oscuras ventanas de mi calle se iluminaron con las tímidas luces. Algunas se abrieron. Unas cuantas cabezas se asomaron hacia la oscuridad. Yo, también… Nadie decía nada… Vi a santiguarse a doña Manuela desde su pequeña ventana. El cartero, don Francisco, secundó su gesto y cerró la suya.
   Parecía que todos estábamos esperando al final del desenlace. Los gritos se repitieron una y otra vez… Y gruñidos, mezclados con los ruidos de lucha a vida o muerte, entre la espesa niebla. Con otro aullido vino el silencio.
   El viento disipó las nubes y la brillante luna llena se hizo presente. La niebla se replegó cual cortina de un escenario y pudimos ver el horripilante espectáculo de la inmaculada nieve teñida de un rojo intenso como la sangre. De hecho, era la sangre. Esparcida por la calle principal de nuestro pueblo. Y algún que otro bulto oscuro. Es todo lo que había quedado del pobre forastero que se atrevió a salir en esta diabólica noche.
    Las cabezas de los vecinos desaparecieron, las ventanas se cerraron… Seguro que con los pestillos extra. Nunca se sabe… Igual se ha quedado con hambre.
   Y, por la mañana, la mayoría iremos al otro pueblo a por el pan fresco. El panadero tardará un par de días en volver a ser el mismo. Pobre hombre, quedará destrozado cuando su mujer le cuente lo de esta noche. Pero no es culpa de él. Ella tenía que haberlo encerrado mucho mejor. Les dije que mi presupuesto de la puerta blindada del sótano era muy razonable. Ahora, lo pagarán con más ganas. Ya miraré si les pongo un plus de inmediatez.
   Me voy a la cama. Mañana será un día muuuuy largo…





02/01/2025, Gijón

© La Pluma del Este

 

 

29 de octubre de 2024

Sara

 Sara




El hombre bajaba por la escalera hacia la oscuridad. Con mucho cuidado y apoyándose en las paredes de cemento, llegó al sótano. Encendió la bombilla.
   La puerta de hierro oxidado estaba abierta de par en par. La cadena y el candado, rotos, reflejaban la sucia luz.
   —Saraaaaaa…  Saraaaaaaaa… ¿Estás aquí? ¿Dónde te escondes? Has sido una chica mala. Muy mala. ¿Qué voy a hacer contigo ahora?
   Desde un rincón se oyó un lloro y suaves quejidos. Una sombra se ha movido y algo se arrastró hacia el hombre. Era una muchacha de unos trece años, delgada, desnuda y llena de sangre y arañazos. Su melena apelmazada escondía un rostro sucio y con los surcos claros de lágrimas.  Los ojos azules imploraron al hombre. Este la cubrió con una manta rosa.
     —Lo… lo… Siento muuucho. Por favor… Lo siento…
  —¿Cómo pudiste escapar? Te di el triple de somníferos, te encadené y cerré bien esta puerta de hierro. —El hombre la abrazó para tranquilizarla. —¡Qué desastre! Cada luna te haces más y más fuerte. Y esta vez has dejado cuerpos. ¡Hablamos de no cazar a las personas!… No tenías que haber ido a aquel parking.  ¡Tres hombres! ¡Destrozaste a tres tipos más grandes que yo, muchacha! De nuevo tendremos que mudarnos. Sube a ducharte y a descansar un poco. Avisaré al colegio que estás con la gripe… Pero… ¿Qué escondes ahí? ¡Madre mía!… ¿Un conejo vivo?
   —Papi, porfa, déjamelo. Quiero tenerlo. Por favor. No lo mataré. Lo prometo…



                                       


                                                                  28/10/2024, Gijón

22 de enero de 2024

SUCESOS: "El afortunado"



SUCESOS

Encontrado el cuerpo sin vida de un hombre

La Pluma del Este

 

 

Ayer, 22/01/2024, a las 10.35 de la mañana, un paseante de perros encontró el cuerpo sin vida de un hombre en la playa de San Lorenzo.

A.G.G. declaró que al principio pensó que era una alfombra enrollada, pero al acercarse vio que era un hombre vestido con un traje y gabardina.

Las autoridades no quieren especular, sin embargo, las fuentes cercanas hablan de un posible suicidio. El comisario Benítez no lo ha confirmado, pero tampoco lo ha desmentido.

Al finalizar su rueda de prensa, la policía ha pedido la colaboración ciudadana para poder identificar el cuerpo del desconocido. Para aportar la información sobre el caso, contactar por tel. 999 999 999.

Descripción del fallecido:

Varón de unos 50-52 años. Alto, de complexión mediana. Calvo. Vestido con el traje color azul marino y la gabardina gris. En el bolsillo interior de la misma se encontró una nota:

“Después de veinte años jugando los mismos números, este sábado, por fin, me ha tocado el Gordo. Con tanta suerte que mi mujer ha lavado mis pantalones sin mirar en los bolsillos.

Esto no es vida…”

Seguiremos informando.





                                                                                             22/01/2024








 

6 de octubre de 2023

La salvación


La salvación

 (Continuación de “La huida”)

 

   Su búsqueda diaria por los contenedores no le llenó el estómago: un trozo de pizza y una madalena rancia — es todo lo que encontró entre la basura. Y para el colmo, empezó a llover. Todavía hambriento, volvió a su escondrijo y se puso a dormir con el sonido de las gotas.
   Soñaba con un plato de carne y salchichas cuando oyó unos gritos. Se levantó con mucha rapidez. Salió a la calle y afinó su viejo oído. Los gritos se repitieron. Cruzó un par de callejones detrás de las naves. Se acercó al hueco que había en la valla. El ruido de una lucha lo llevó hasta unos matorrales.
   Vio a dos humanos peleándose. Uno estaba tirado en el suelo y el otro, encima, haciéndole daño. El de abajo lloraba y gritaba. Sufría. Era una hembra que peleaba por su vida. Tenía que ayudarle. Corrió y saltó a la espalda del malo y le clavó los dientes en el cuello. Su boca se le llenó de sangre. El humano gritó y soltó a su presa. Cuando se giró hacia él, su cara expresaba sorpresa y dolor.
   —¡Pero qué coño es…! — e intentó darle una patada. Él hincó los dientes en su pierna. El humano sacó una cosa brillante y la clavó en su lomo. Un fuerte dolor lo hizo caer. La humana, llena de golpes y arañazos, se levantó. Antes de caer inconsciente, por el rabillo del  ojo, vio que ella volvía con algo alargado en las manos y asestaba un tremendo golpe al malo. Otro. Y otro. Este caía. Después, oscuridad…
   Cuando abrió los ojos, se sintió aprisionado y con algo molesto en la boca. Un pitido le taladraba los oídos. Entre todos los olores del lugar reconoció a uno. De ella. Estaba ahí con él.
   —Te vas a poner bien. Muy pronto nos iremos a casa…







                                                                                                                 06/10/2023, Gijón

La Pluma del Este

28 de marzo de 2023

El final esperado

     El final esperado



Aquella infausta relación no presagiaba nada bueno…
    Los vecinos cada poco llamaban a la policía y ver varios coches aparcados enfrente del portal ya era algo habitual. El tipo salía esposado, pero volvía de nuevo a casa. Ella, aun estando vilipendiada y mancillada delante de todos, con marcas de golpes y arañazos, seguía sin denunciarlo. Era su marido y que los demás nos metiéramos en nuestros asuntos. 
    El verano pasado fue especialmente tórrido y las ventanas abiertas nos hacían partícipes de las tropelías del maltratador…
     Al oír los gritos infantiles, me tiré por las escaleras.
    Escuché farfullar a alguien. Un niño tenía su mirada límpida, fija en cada vez más grande charco de sangre…




                                                                                                25/01/2023, Gijón

© La Pluma del Este


19 de marzo de 2023

En la noche

En la noche

El pequeño ladrón



 

Lo despertó un ruido extraño…
Por la pequeña ventana de su tétrica habitación divisó a una figura embozada en una capa negra, metiéndose en el callejón del frente y dejando unos bultos detrás de sí.
La curiosidad pudo con el chico y este se bajó por la destartalada escalera haciendo el menor ruido posible.
   Gracias a su ingenio y audacia Chris sobrevivió en las calles desde el niño y vio de todo. Pero lo que encontró, lo dejó horrorizado: sus dos amigas, fulanas Katty y María, estaban tiradas dentro de un enorme charco de sangre. La luz mortecina de la farola se reflejaba en el líquido rojo creando un aura maléfico alrededor. En los pechos blancos de las mujeres se veían unos enormes agujeros: les faltaban sus corazones. ¿Qué monstruo pudo hacer esto? ¿Para qué?
   El chico, reprimiendo las arcadas, se santiguó y decidió seguir al asesino, ergo olvidar del todo su instinto de supervivencia. Se metió en el callejón. Por el rabillo de ojo vio a una sombra negra que entraba en un enorme y siniestro caserón.  De puntillas y pegado a las paredes, Chris la siguió y se coló por la ventana del sótano.
   El oscuro interior apestaba a la carne podrida y a algo más. Detrás de una vieja puerta se oía una voz carrasposa murmurando: «Sirenia… Me obedecerás… Sí… Estés viva o muerta… Me perteneces…
»

   La curiosidad pudo con el chico y este, a través del resquicio de la puerta, vio una habitación lúgubre. La luz azulada de alguna especie de fuego alumbraba una estantería llena de frascos y libros, una mesa y a un hombre siniestro en ropajes arcaicos practicando algún tipo de ritual.
   —Te ruego que me liberes… Deja que me vaya o mátame. — Suplicaba la voz de una mujer.
   A su espalda resonaron unos pasos y Chris se tapó la boca con las manos presa de pánico. Se apretó lo más posible a la oscura esquina del pasillo. El hombre de negro pasó a su lado casi rozándole. No lo ha visto. Gracias a Dios. El hombre con su mano enguantada abrió la puerta y entró.
  —Maestro, te traigo un obsequio. Te complacerá. Son tres corazones muy frescos, todavía palpitaban cuando los metí en la saca. Como me ordenaste. Ahora necesito verla. Me lo prometiste.
   —Tranquilo, muchacho. Todo a su tiempo. Dame la saca… Bien… Bien… Bien… Muy frescos. Ahora mi elixir estará listo. Vete. Y no te atrevas … La mataré si me desobedeces. Psss… Oigo un ruido. Mira si tenemos a algún intruso…
   Antes de que lo descubrieran el pequeño ladrón se arrastró fuera de su escondite y salió corriendo como el alma que lleva el Diablo.


  





                                                                                                                   19/03/2023, Gijón



20 de noviembre de 2022

En la noche


En la noche


Hombre de negro


   Es noche cerrada. Silencio. No se ve ni un alma. El viejo barrio está sumido en un sueño intranquilo. En alguna parte de la negrura empieza a oírse el eco de unos pasos que poco a poco resuenan en toda la calle, pobremente iluminada.

   Las paredes oscuras de los edificios acechan al transeúnte. Las ventanas, cerradas a cal y canto, son incapaces de proteger a sus habitantes de frío y humedad. Las sucias farolas apenas dan luz para reunir enjambres de insectos. La atmósfera execrable llena cada recoveco. Parece que el mismo mal está al asecho de algún incauto.

   Al acercarse los pasos, un gato callejero, muy cenceño, queda atónito en medio de la calle. Él conoce el comportamiento insidioso y atrabiliario de los humanos y se mete en el primer agujero que ve. Por ahora, estará a salvo. Los pasos continúan su camino.

   De repente, unas risas y el jolgorio rompen el tenso silencio cuando una taberna escupe a un borracho. El tipo, profiriendo obscenidades y con ganas de una buena trifulca, grita algo al transeúnte. Este se le acerca. Con un movimiento rápido, un puñal atraviesa las ropas andrajosas y el borracho cae con la mirada perpleja, balbuceando un galimatías. El asesino limpia la daga con un pañuelo níveo y prosigue su camino.

   Más adelante, en una pequeña plaza, un par de prostitutas se acercan a una farola para contar los míseros peniques. Con este frío hay pocos clientes. Apenas les llegará para pagar el cuartucho de mala muerte. Y para comer habrá que seguir trabajando. La noche es larga. Igual les cae algún ricachón generoso.

   La figura oscura con pasos firmes se dirige hasta ahí. No lo esperan. Ellas, tan denostadas por los demás, son una presa fácil. Nadie las echará en falta. No son nada, pero sus corazones frescos serán perfectos para que el experimento siga adelante. El Maestro estará complacido y le permitirá verla, aunque un minuto.

   La daga brilla en la noche…

 

 






                                                                                                              18/11/2022, Gijón




                                                                                                                                          

14 de octubre de 2022

002. La huida

La huida



Ya son las nueve de la noche. El polígono está desierto. La ventana de mi oficina, que está al ras de la calle, es un faro. Todo el mundo ya se fue, pero yo sigo trabajando. El cierre del año me tiene exhausta y quiero irme ya. Por fin termino con el papeleo y salgo a la oscuridad.
   El silencio me rodea. Estoy sola. Empiezo a caminar. Las escasas farolas, como silenciosos guardianes, apenas alumbran la calle. Huele a lluvia. Las primeras gotas me salpican la cara.
   Detrás de mí oigo unos pasos. Me giro y no veo a nadie. Pero me siento observada y el escalofrío recorre la espalda. Otra vez el ruido, pero de algo metálico, arrastrado por el asfalto. Busco el móvil. Me tiemblan las manos. Estoy muerta de miedo. ¡Mierda! Lo he dejado cargando en mi mesa. Tengo que llegar al coche. Los cuarenta metros que separan mi oficina de la plaza del aparcamiento, ahora son kilómetros.
   Empiezo a correr.
   Los pasos, también...
                                                                         







                                                        
                                                                                                 21/09/2023, Gijón

© La Pluma del Este