“Detrás de la puerta — Vol. I”
Una colección de relatos noir y suspense psicológico donde lo cotidiano puede volverse inquietante.
Disponible en Amazon a partir del 1 de junio.
Relatos, cuentos y poesía. Literatura con atmósfera noir, gótica y emocional, escrita desde el Este.
Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.
Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.
Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.
“Detrás de la puerta — Vol. I”
Una colección de relatos noir y suspense psicológico donde lo cotidiano puede volverse inquietante.
Disponible en Amazon a partir del 1 de junio.
11/05/2026,
Gijón
© La
Pluma del Este
Con
un escueto “Mis condolencias, señora”, la trabajadora de la morgue le entregó
una bolsa de plástico con las pertenencias de su padre. Le pidió que las
revisara antes de firmar.
Laura
volcó el contenido sobre una mesa de metal. El sonido de unas llaves resonó en
el pasillo desierto. Las recogió. Apretó el llavero en el puño. Era el regalo
que hizo a su padre: un corazón partido por la mitad. Ella tenía la otra mitad.
Guardó las llaves en el bolso junto con la gastada cartera de cuero. Volvió a meter
en el plástico la ropa y el par de zapatillas viejas. Al pasar al lado de un
contenedor, los tiró dentro.
Cuando
aparcó su viejo Ford detrás del invernadero, ya era casi de noche. La tarde en
la funeraria había sido una continua ida y venida de gente vestida de negro. Le
preguntaban algo, ella les respondía. Le traían papeles para firmar; ella los
firmaba. Sin cuestionar nada. Daba por hecho que era lo normal en esos casos.
Nunca tuvo que enterrar a nadie. En el mundo solo estaban ella y su padre. Su
madre los había abandonado cuando ella era pequeña. Ahora, se quedaba sola.
Subió
al porche. Abrió la puerta sin prisa. La casa no la invitaba a entrar. Una idea
se dibujó en el rostro de Laura. Cerró la puerta y bajó rápidamente las
escaleras. Se dirigió al invernadero.
Sacó
las llaves de su padre. Se giró como si esperara que él la fuera a parar. El
jardín oscuro le devolvió el silencio. Agarró las llaves con fuerza. Una encajó
en la cerradura. Detrás del cristal estaba el mundo desconocido para ella. Un
suave clic rompió la prohibición de entrar allí. Su padre nunca la dejó
siquiera asomarse. Y ella jamás le desobedeció.
Se
quedó parada en el umbral sin atreverse a dar un paso.
—Perdona,
papá—apenas susurró.
Y
entró.
El
olor la recibió de inmediato: dulce, empalagoso y con fondo picante. Con la linterna
del móvil dio con el interruptor. Las filas de fluorescentes iluminaron macetas
con flores que no conocía.
Las
flores la miraron.
Se
adentró por el pasillo principal. A su paso, las plantas empezaron a emitir una
especie de murmullo. Se fijó en unas de florecitas blancas. Eran delicadas. Perfectas
para un ramo. En el centro del invernadero vio una maceta enorme con un árbol cubierto
de flores amarillas en forma de campanas. Las tocó. El árbol tembló. El olor
dulce y embriagador envolvió a Laura. Estaba
segura de que a su padre le encantaría que el aroma de sus flores lo acompañara
bajo tierra. Sonrió. Dejó su bolso en una silla de hierro y se puso a buscar
unas tijeras de podar.
En
una esquina, al fondo, vio un armario viejo. Estaba cerrado. Volvió a por las
llaves de su padre. La puerta se abrió como si alguien la hubiera engrasado. Cogió
unas tijeras, un alambre de jardín y unos periódicos viejos. Una cofre metálico
del tamaño de una caja de zapatos le llamó la atención. Estaba cerrado con un
candado pequeño. Lo sacudió. Dentro había algo. Lo recogió todo y se lo llevó a
la mesa de trabajo.
En
un cuarto de hora ya tenía cortadas varias docenas de flores. Para dar más
aroma al arreglo, añadió una rama con campanas amarillas. Lo dispuso todo sobre
la mesa. Su mirada se detuvo en el cofre. Entre las llaves de su padre no encontró
ninguna que abriera el candado. Cogió un
martillo. Con un par de golpes, el
candado se rompió. Laura levantó la tapa.
Lo
primero que vio fue una fotografía de ella, pequeña, en brazos de una mujer. Su
madre. Tenían el mismo color de pelo: rubio. La sonrisa de su madre estaba
llena de vida y amor. Laura hizo un amago de romper la foto. La estrujó. Se
dobló sobre la mesa. Cogió la fotografía de nuevo y la estiró con cuidado. Con
los dedos temblorosos repasó la cara de su madre, el pelo, los brazos, la mano
que abrazaba a la pequeña Laura. Se fijó en el anillo que llevaba: la cabeza de
un gato con ojillos negros.
Dejó
la fotografía a un lado. Sacó de la caja un pequeño paquete. Dentro, un pasador
de pelo con un mechón moreno. Había una tarjeta escrita a mano. Reconoció la
letra de su padre. «Mónica. 15. 23-07-1984. Valdora.» En el siguiente había una barra de labios, de
un rojo estridente con un mechón rojizo. «Celeste. 23. 14-04-1981. “El
Kilómetro 9”.» Otro paquetito, otro nombre, otra fecha, otro cabello… Y otro
más. Laura tenía la boca seca. Le temblaban las manos. Abrió otro. Un anillo
con la cabeza de un gato, con dos piedrecitas negras por ojos, resbaló de sus
manos y cayó al suelo. Un mechón rubio, largo, se deslizó por su mano. Laura gritó.
Luego se derrumbó. Se abrazó a sí misma y lloró… Después se quedó dormida.
El
sonido de su teléfono la despertó a las ocho menos cuarto de la mañana. Eran
los de la funeraria. El entierro sería a las doce y media. Ellos llamarían a un
cura. El seguro de su padre cubriría los gastos. Laura dijo sí a todo y colgó.
Las
flores cortadas la noche anterior se veían mustias. Laura las metió en una
palangana con agua. Rompió la fotografía en pequeños trozos y los enterró bajo
el árbol de las campanas.
—Adiós,
mamá.
Salió al jardín. Los rayos de sol tiñeron su
pelo de oro. La sorprendió el silencio. Los pájaros se habían ido a otro lugar.
Subió lentamente las escaleras y entró en casa. Pasadas un par de horas, ya vestida
de negro, volvió al invernadero.
Las
flores cortadas habían recuperado su esplendor. Los “recuerdos” de su padre
seguían desperdigados sobre la mesa. Laura los metió en un bolsito de tela. Se
puso un mandil viejo y empezó a crear el arreglo floral que su padre merecía.
Ocultó el bolsito entre los tallos.
Aparte
del cura y dos enterradores, solo un par de parroquianos asistieron a dar el
último adiós a su amigo de copas. A Laura no le sorprendió aquello. Se acercó a
la tumba abierta. Cogió un puñado de tierra y se lo guardó en el bolsillo. Después
tiró el ramo de flores sobre el ataúd. El sol de mediodía se reflejó en su
anillo con cabeza de gato.
Más
tarde, cuando Laura volvió al invernadero, las flores suspiraron. Metió la mano
en el bolsillo y sacó la tierra. La echó bajo el árbol de las campanas. Cerró
la puerta del invernadero por dentro. Se puso los guantes de jardinería.
—Papá,
enséñame cómo se hace…
08/04/2026, Gijón
© La Pluma del Este
Querido Lector, espero que este relato te haya hecho sentir. Me gustaria saber qué piensas al respecto. ¿Hasta dónde puede llegar el amor por un padre? ¿Hay secretos que deberían permanecer enterrados? ¿Los hijos deberían seguir los pasos de sus padres? Te leo...
Las sigueintes historias que no te dejarán indiferente:
(Absentia,
latín)
I. Acción y efecto de
ausentarse o estar ausente.
Como cada día, él le daba un beso a su esposa y se
iba a trabajar. Durante años hacía y decía lo mismo. Un beso ya breve, rutinario,
un “te veo a la noche” desganado, como si no tuviera ganas de volver. Ella
contaba minutos para que él se marchara. Y poco después, vestida elegantemente, se iba a ver a su joven amante.
II.
Tiempo en que alguien está ausente.
Una noche él tardaba en volver. Ella lo esperaba con
el valor reunido después de fingir el amor durante los últimos años. Quería el
divorcio. Como un animal enjaulado daba vueltas por el salón. Miraba por la
ventana. Él no llegaba. Le llamó al móvil repetidas veces. Saltaba el
contestador. Se durmió en el sofá, tapada con la vieja bata de él.
III.
Falta o privación de algo.
Despertó con una sensación de que algo malo había
pasado. Un nudo se instaló en su estómago. Volvió a llamar a su marido. El
teléfono seguía muerto. Su amante la llamó. Varias veces. Le mandó mensajes. No
contestó. La preocupación crecía a cada minuto. Llamó al trabajo. Su marido no
había ido ni ayer, ni los últimos cuatro meses… Se había despedido. Y no le
dijo absolutamente nada. ¿Por qué?
IV.
Derecho. Condición legal de la persona cuyo paradero se ignora.
La policía dejó sus cosas revueltas y se llevaron
una camiseta para el perro. La acribillaron con cientos de preguntas: ¿si sabía
de esto?, ¿si sabía de lo otro?, ¿qué relación tenían?, ¿si todo iba bien entre
ellos? Tras veinte años de matrimonio, ella no fue capaz de contestar nada. Su
vida conyugal era intangible… Quedaron en avisarla con lo que fuera. El nombre
de su marido engrosó la lista de desaparecidos.
V.
Medicina. Supresión brusca, aunque pasajera, de la conciencia.
Su amante dejó el teléfono saturado. En algún
momento tendría que hablar con él. Pero no ahora. Ahora él era una
complicación. Se sentía herida y traicionada. Por Dios, ¿por qué? No tenía
derecho. Era ella la que engañaba. ¿Quién de los dos era el peor? Se sirvió una
copa de whisky, el preferido de su marido. La casa la aplastaba con el
silencio. Encendió la televisión. Noticias: en la playa cercana han encontrado
el cadáver de un hombre… Lo supo. Se desmayó.
Vi.
Psicología. Distracción del ánimo respecto de la situación o acción en que se
encuentra el sujeto.
La morgue dejó su mente embotada. Lo vio. Allí.
Solo… sobre el acero gris, tapado con una sábana. Como en películas policíacas que
vieron juntos. Causa de la muerte: un infarto. Encontraron sus cosas en un
barco. Lo compró hace un año. Lo estaba restaurando. Con qué dinero, nadie lo
supo decir. El barco llevaba el nombre de ella: Lilith. La inspectora hablaba y
preguntaba. Ella no oía nada. Cuando eran jóvenes, soñaban en navegar. Juntos. Su
mirada no se separaba del bulto blanco que era su marido. Sus dedos se tocaban
la boca. Ahí la besó por última vez.
12/09/2025, Gijón
© La Pluma del Este
Querido Lector, te agradezco por la visita y por la lectura de mis historias.
Te dejo esta pregunta:
¿Cuándo fue la última vez que miraste de verdad a quien tienes al lado?...
Si te ha gustado este relato, te invito a leer otros:
© La Pluma del Este
16/02/2026, Gijón
El precio del silencio
Excelencia
20/01/2026, Gijón
© La Pluma del Este
—Abogado de la defensa, ¿cómo se declara la acusada?
—No culpable, Señoría.
—¿Y la acusada desea hacer alguna
declaración?
—Sí, Señoría.
—Suba al estrado, señorita Acosta.
¿Jura decir la verdad?
—Gracias, Señoría. Sí. Lo juro.
—Prosiga, la acusada.
—Antes de todo les ruego que me
comprendan, por favor. Me encontré superada por las circunstancias… No vi otra
salida… Tuve que hacerlo. Quiero que oigan mi historia. Estoy segura de que
cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo…
» Todo empezó hace un año. Yo soy una mujer corriente. Como pueden ver, ni guapa ni delgada, sino todo lo contrario. No soy de esas que enamoran por donde van. Pero, a principios de febrero del año pasado, mi soledad y el deseo de tener un hombre decente en mi vida me llevaron a un estado de desesperación. Ver parejas se me hacía insoportable. Y mucho más cuando parecían felices y enamoradas. Ya tengo una edad, ¿saben? Y el tiempo vuela. Así que el día catorce se me ocurrió ir a la iglesia de San Valentín. ¿No es un santo de novios? Pues eso. Le llevé un ramo de rosas y unas velas y me puse a rezar. Recé mucho. Muchísimo. Estuve arrodillada durante horas y horas…
»
Aquella misma noche me despertó un ruido. Cuando encendí la lámpara de la
mesita, a los pies de la cama, vi sentado a un niño, o alguien que se le parecía
mucho. Estaba desnudo, con el pelo rubio ensortijado, unas alitas muy cucas y
un arco dorado y flechas…
La sala del tribunal explotó en risas
y carcajadas. El juez mandó callar al público so pena de expulsión y pidió a la
acusada continuar.
—Gracias, Señoría. Ejem, ejem… En conjunto, era la cosita más adorable que yo haya visto nunca. Y, de repente, se dirigió a mí con una voz muy grave: “Mujer, vamos al grano. Mi jefe, San Valentín, me mandó a solucionar tu problema. Dime cómo lo quieres. No te enrolles demasiado, que no tengo toda la noche. Hay montones de pedigüeños como tú. No me mires con esa cara de boba. Al hombre, ¿cómo lo quieres?”.
» Apenas pude articular una palabra para contestarle:
—No lo sé. Así, de pronto… Que sea
muy detallista y romántico, que me regale flores, que me… —Y el Cupido
desapareció con la palabra “hecho” flotando en el aire.
» Al día siguiente, al abrir la puerta de mi piso, vi un enorme ramo de rosas rojas con una tarjeta:
Para la mujer más bella del mundo,
la que me hace vibrar como un abejorro buscando el dulce néctar de las flores.
Siempre tuyo, tu
enamorado secreto.
N. B.
» Madre mía, me puse loca de contenta. Nunca, jamás, me habían regalado ni siquiera un cactus escamochado. ¿Quién sería ese hombre?
»
Al llegar al trabajo, también había allí un enorme ramo de rosas. Los
compañeros estaban ojipláticos viendo aquello. Y yo, tan contenta. Por fin
alguien se había fijado en mí. El ramo también tenía una tarjeta:
Las rosas rojas para mi dulce rosa escarlata.
Con todo el amor,
tu enamorado secreto.
N. B.
» Cuando llegué a casa con mis rosas, en la puerta de nuevo había un enorme ramo, pero de lirios, con una tarjeta y un poema muy romántico que hablaba de mis atributos físicos. Había tantas flores que ocupé con ellas todos los jarrones y botes que tenía.
»
Al día siguiente, otra vez en la puerta había un enorme ramo de rosas blancas,
con tarjeta. Y en el trabajo, también, con tarjeta. Regalé mis flores a todos
los compañeros. Estaba muy contenta y ellos, también.
»
Al volver a casa, de nuevo encontré un gigantesco ramo de flores en mi felpudo.
Gladiolos o dalias. Ya no me acuerdo. Con otra tarjeta y un poema. Tuve que ir
al chino a comprar más jarrones. La casa olía como un jardín botánico o como un
funeral. Mi mente está confusa al respecto.
»
Y así, durante varias semanas, tres o cuatro enormes ramos de flores cada día.
Ya no sabía dónde meterlos. Los compañeros empezaban a reírse a mis espaldas.
Tampoco nadie quería flores, ni regaladas. Entre las marchitas y las frescas me
mareaba. Los vecinos se quejaron de que los ramos amontonados en mi puerta
daban mal olor y aspecto de abandono. Ya no podía más… Estaba desesperada…
Ejem…
»
Llamé a la policía. Me dijeron que nada podían hacer al respecto, ya que no era
ningún delito regalar flores. Tampoco se molestaron en averiguar quién era el
repartidor o florista que traía los ramos. Me dio la impresión de que les
divertía la situación…
Las risas del público subieron de
tono y el juez de nuevo llamó al orden:
—Señores y señoras presentes, me veo obligado a interrumpir este juicio para un receso de media hora. Espero que recapaciten y, a la vuelta, tomen esta corte con más seriedad y respeto. Acusada, seguiremos con su declaración después del receso. Tómese un descanso, veo que lo necesita. Se levanta la sesión.
Pasada media hora, después de subir
al estrado, la señorita Acosta continuó con la voz temblorosa:
—La situación empeoró cuando la
prensa se instaló en el portal. Salir de mi casa a diario se convirtió en un
suplicio… No podía dar un paso sin una alcachofa en mi cara… Sobre mí
publicaron en el periódico local y nacional. Ya ni hablo de las redes sociales…
Mi cara estaba en todas partes. Hasta llamaron a mis padres, pobrecitos ellos.
Me pusieron varios apodos: la mujer de mil rosas, la mujer florero, la mujer de
flores marchitas… Era insoportable vivir así… Ejem, ejem, ejem…
»
Y, mientras tanto, los ramos aparecían en mi puerta y en el trabajo como por
arte de magia. Ahí es cuando comprendí que Cupido me había tomado el pelo. Esto
no podía continuar más, así que volví a la iglesia para suplicar a San Valentín
que parara esta locura…
—¡Ruego el silencio en la sala!
Aguacil, expulse a aquel grupo del fondo. Este juicio no es una broma, señores.
Señorita Acosta, ¿desea un vaso de agua?
—Le agradezco, Señoría.
— Continúe, por favor.
— Como dije, volví a la iglesia. Y me
quedé allí rezando durante horas. Por la noche, el Cupido no apareció. (El
público volvió a reír. La acusada empezó a llorar). Perdonen, pero es que todo
es tan absurdo, lo sé… He vuelto otras dos o tres veces a suplicar a San
Valentín.
»
Cuando ya perdí la esperanza de ser escuchada, el Cupido apareció en mi
dormitorio. Estaba muy enfadado; me gritó y me llamó de todo. Que yo era una
caprichosa, chivata, que no sabía lo que quería…
»
Parece mentira, pero aquel ser me culpaba de todo… (La pobre mujer lloraba y no
paraba de sonarse la nariz). Con su flecha gesticulaba como un loco. Así que no
aguanté y se la arranqué de la mano. Lo agarré por sus alitas con la otra y le
clavé la flecha. Justo en la barriguita… Y la volví a clavar y clavar y clavar…
Cuando me di cuenta, el cuerpo del Cupido parecía un colador… Estaba muerto.
Muy muerto. Después, desapareció.
La sala del tribunal quedó en
silencio. El juez, con la expresión cariacontecida, no sabía di reír o llorar
con la mujer. Señorita Acosta continuó con la declaración:
— Llamé a urgencias. Creyeron que
estaba bromeando. Llamé a la policía… Varias veces… Cuando vinieron, los
acompañaba una ambulancia. Ejem, ejem… Para mí… Me ingresaron en la planta de
psiquiatría… Estuve ahí casi tres meses…
» Un día, cuando pasaba delante de una floristería, algo hizo “clic” en mi cabeza. Así que fui a la gasolinera más cercana y compré una garrafa de gasolina. Esperé a que las floristas cerraran la tienda. Ya de noche, con una tapa de registro, rompí el escaparate; metí la garrafa dentro y la volqué. Con un fular hice la mecha y prendí el fuego.
»
Me senté en el banco de un jardín cercano a disfrutar del espectáculo. Por vez
primera en un año estaba feliz y aliviada
El silencio en la sala se rompió con
un suspiro múltiple, seguido de toses y carraspeos. La acusada se dirigió al
jurado:
— Señores del jurado. No me importa ir
a la cárcel, ¿sabéis? Mientras no haya flores ahí…
El Cupido “ataca” de nuevo
La Pluma del Este
Hoy,
25/03/2024, hemos sabido que en una pequeña ciudad de EE. UU., Tennesi
Stone, una mujer ha prendido fuego a una tienda de juguetes y ha disparado a un
camión de reparto de Toys & A con un arma semiautomática. El conductor
salió ileso. Tampoco hubo víctimas entre los trabajadores de la tienda.
Mi odio a esta decadente ciudad era tan intenso como el que
sentía por mi padre. Estoy convencida de que, si no hubiera conocido a mi
madrastra, nuestras vidas serían diferentes. Mejores. Desde que ellas se fueron
y yo me quedé anclada al viejo decrépito, los sueños de una vida plena y
feliz —que jamás viviré— se transformaron en odio… Ooo-di-ooo. Me fascina cómo
suena. Saboreo esta palabra y sus cuatro letras. He descubierto su enorme poder
y lo que significa para mi existencia.
La nieve,
húmeda y gris, como cenizas pegajosas, apenas cubría la fealdad que me rodeaba.
El silbido estridente de la fábrica había expulsado a las bandadas de cuervos
de sus escondites. Los pájaros estaban volando en círculos por encima de los
tejados y sus incansables graznidos taladraban mi cerebro. Los pocos
transeúntes se deslizaban como fantasmas, sobre los charcos de aguanieve
estancada. Yo caminaba despacio con las
manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, mi único abrigo… Su tela áspera era
mi caparazón. Viejo. Humedecido. Como yo. El crujido de la nieve bajo mis botas
sonaba a cristales rotos. Faltaban doce minutos para mi turno; tendría que
darme prisa. Pero me daba igual… ¿Lo sabéis? No. Claro que no. Nadie lo sabe.
Desde niña, me encantaba la nieve, tan blanca y tan pura al caer, aunque
terminaba derritiéndose, mezclada con el barro. Siempre supe que aquella pureza
de antaño se pudriría, hasta devorar la olvidada perfección de nuestras vidas.
De mi vida… Bastaba esperar el tiempo suficiente.
Desde hace
semanas, un sueño extraño me persigue como una sombra. Siempre el mismo. Siempre
distinto. Veo un piso… muy bonito. Es donde viven ellas, mis dos hermanastras…
Las gemelas Ana y Eva. Hablan. Discuten. Se ríen… ¿De mí? Sé que estoy ahí, con
ellas… Las miro y las odio… La envidia me corroe… Ellas están libres… Un reloj
de la pared marca la hora… Las ocho y cuarto… ¿De la mañana o de la noche? Oigo
una risa… la mía… Después, oscuridad…
Me despierto
en plena noche con una sensación de que algo no encaja. Que algo va a pasar. Y que
pasará pronto. Sin embargo, no me hace sentir mal, no… Es otra sensación… Y me
quedo mirando a la grieta zigzagueante del techo, que se desvanece detrás de
las cortinas húmedas y frías. Me tapo con la manta de mi mamá. Y me siento a
salvo, aunque sé que es un engaño.
Cada
mañana dejo la comida y las pastillas de mi padre en la mesa y me voy a malgastar
mi vida en un trabajo que odio. No todas tuvimos la suerte de ir a la
universidad. Recuerdo a mi madrastra (ojalá no descanse en paz, esté donde esté)
hablando orgullosa de sus hijas y de lo listas e inteligentes que eran. La zorra se quedó preñada para cazar a mi
padre. Y él, desgraciado, olvidó a mi mamá en un suspiro… Este cabrón merece
estar muerto…
Día tras
día… de lunes a viernes. Durante nueve horas estoy atrapada en un almacén de
ferretería. La hora de descanso, la paso sentada en una caja de madera,
masticando un bocadillo seco… Pensando… Recordando… Ana rompió un dibujo que
hice a mi papá… Dijeron que era pequeña y no lo sabía… Eva se había quedado con mi peluche… Me lo
había regalado mi mamá… Su tarta de cumpleaños era más grande y mejor que la
mía… Después ni siquiera la tuve… Eran cosas insignificantes, pequeñas para
cualquiera, pero para mí eran las piedras que llenaban un saco… Yo las contaba
y se regodeaba de su peso y cantidad; grababa en mi memoria cada sonrisa
fingida, cada gesto, cada celada. Y el odio, como una diminuta llama, empezaba
a crecer…
Los fines
de semana me quedaba encerrada en mi habitación, llorando, odiando,
planificando mi libertad… Y así, el hilo invisible de la envidia, surgido en mi
niñez, se iba convirtiendo en una enorme bola que me estaba aplastando con todo
su peso. Pobre de mí…
Otra
noche más. El mismo sueño. Sin embargo, distinto. La misma habitación… Mis
hermanastras. Tan felices, tan seguras. Se ríen… Me miran. Dicen algo. Yo
contesto. Avanzo un paso. Hacia ellas. Entonces sus rostros cambian. Sus ojos
se congelan… Sus bocas se abren en un grito mudo… Y yo… y yo también grito… Me
despierto con la manta enredada en mi cuello. Apretándome como una soga. Y, por
fin, sé lo que debo hacer… No puedo continuar, siendo una mera observadora de
mi vida. Tengo que soltar las piedras que me ahogan. He tomado una decisión…
Salí con
prisa, muy despistada, dejando el batiburrillo de pastillas al alcance de mi
demente padre. También, por error, la garrafa de lejía, al lado del fregadero…
Imaginé que querría el agua para tragarlas, aunque la llave de paso estuviera
cerrada… Por si acaso. Con los enfermos así nunca se sabe…
Me sentía
eufórica y expectante. Iba por la calle rápido. Casi volando sobre la mugre y
saltando los infinitos charcos. Ligera como si fuera uno de aquellos cuervos.
El bocadillo del almuerzo me supo a un manjar exquisito. Mis pensamientos revoloteaban en todas las
direcciones. Mi teléfono, sin llamadas. El plan para cambiar mi vida ya estaba
en marcha. ¿Cuál sería mi siguiente paso? Aunque sabía lo que tenía que hacer.
Me faltaba una pieza para el cómo… Ese algo que me completara. Que fuera infalible.
Mi mirada saltaba de una caja a la otra. Sabía qué contenían. Y ninguna me
convencía. Sentí rabia… Hoy era el día señalado. No podía postergarlo más.
A las seis menos cinco me preparaba para irme. A mi casa, no. Si no me han llamado todavía, es que nadie sabía nada. Mejor. Empezaba a enfadarme… Necesitaba algo ya. ¿Qué podría ser? Al acercarme a la puerta de salida, lo vi… Brillaba detrás del cristal, como si hubiera estado aguardándome. Me atraía… Necesitaba sentirlo en mis manos. Era la pieza perfecta para mi cometido. Volví adentro. Sabía dónde estaba la caja repleta de ellas. Nadie se daría cuenta de que faltaba una y, sin embargo, esa única bastaría para todo…
La nieve mojada seguía cayendo sin
parar…
Mientras
caminaba, pegada a los edificios, contaba los pasos… Estaba nerviosa. Tenía las
mariposas en el estómago. Recuerdo haber tenido la misma sensación cuando fui
al baile con el chico aquel… ¿Cómo se llamaba? ¿Winston? ¿Willy?… Era muy mono…
¿Qué habrá sido de él? Se ha ido también de esta ciénaga. Muy pocos prosperan
aquí… Por ejemplo, mi madrastra. Después de abandonar a mi padre, se casó con
el gerente… Pero, por suerte, no disfrutó mucho de su vida de rica… Una caída
por una escalera resbaladiza en pleno invierno y de noche… Pasa a cualquiera.
Lo sé de primera mano… Y su tristísimo viudo, un vejestorio, se ocupó de las
hermanastras. Aquel es su edificio. Tiene un portero cotilla. Zalamero y
pegajoso como un chicle viejo. Pero yo entraré por detrás. Trabajar con herramientas
tiene su ventaja… Solo tengo que asegurarme de que ellas estén en casa… Solas. Nos
queda una charla pendiente y muchas cosas que aclarar. Entre ellas y yo.
Detrás de
la puerta se oía la música y risas… Antes de subir, las vi entrar cargadas de
bolsas de boutiques de moda… Las imaginé yendo de una habitación a otra
probando modelitos. Seguro que ni ahorrando un año me podría permitir
semejantes caprichos… Llamé a la puerta.
—¿Hermana? Qué raro verte por aquí. ¿Ha pasado algo con el padre? Pasa,
pasa… —Ana, en un vestido negro ajustadísimo con la cremallera abierta hasta las
nalgas, me dejó pasar. —¡Evaaaa! Vino Cécil. Ven.
Eva llevaba
solo unas bragas diminutas y el sujetador con relleno. Se acercó para darme un
beso. Yo me alejé un paso… lo justo para sacar el hacha del caparazón de mi
abrigo… Su mango encajaba de maravilla en mi mano. Un golpe en la cabeza… Se
oyó un “crack”. El hacha entró más fácil de lo que había imaginado. Eva voló un
par de metros… Ana intentó gritar… Pero su boca estaba muda… Yo empecé a reír.
¡Qué subidón! Otro golpe de gracia hizo que su brazo cayera a mis pies. Quiso
huir… El hacha la ensartó en medio de la espalda… Un río de sangre bajó hacia
el valle de su trasero… Allí estaba yo: tranquila, ligera, engrandecida por mi
valor. Y feliz por primera vez en mucho tiempo…
Antes de
salir me fijé en el reloj de la pared… Debajo de las salpicaduras de sangre
marcaba las ocho y cuarto… Como en mi sueño. Me regocijé: al final, los sueños
se cumplen. Vaya, vaya… ¿Quién lo iba a decir?
Salí al
callejón… El aire frío y áspero limpió mis pulmones del olor dulzón de la
sangre. Levanté mi rostro hacia la nieve. Era blanca y perfecta. Sus copos,
como las plumas, se posaban en mi piel… Me hacían cosquillas. Me sentí flotar.
El sonido
de las sirenas me devolvió a la realidad. Sonreí: no me atraparían tan
fácilmente. La nieve cubriría mi rastro. Corrí hacia el río helado, el puente
que me llevaría a la libertad. Mi respiración humeaba en el aire gélido. Cada
paso crujía sobre la brillante superficie. Miré atrás: las sirenas rebotaban
contra los edificios, rojas y furiosas. Seguí corriendo… El hielo cantaba.
Justo en el medio del río su color se oscureció. ¡No podía ser! Era más fino de
lo que pensaba; empezó a quebrarse bajo mis botas. Resbalé. Caí de rodillas. Quise
levantarme y me hundí hasta la cintura. Intenté agarrarme. El frío me mordió
los dedos… Yo seguía peleando por mantenerme a flote. El agua me abrazaba cada vez más fuerte, me
arrastraba… Y, mientras, me hundía lentamente, los cuervos daban vueltas en
círculos sobre mí, riéndose, esperando mi final.
Y los odié por ello…
21/08/2025, Gijón
© La Pluma del Este
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Al abrir la puerta de la mansarda, un olor a rancio y a
las cosas olvidadas me dio de lleno. Di un paso. Otro… Hacía mucho que nadie entraba.
Ahora que lo pienso, desde que mi abuelo desapareció. Él pasaba horas aquí,
encerrado. Se podía oír sus balbuceos al hablar consigo mismo… O, con alguien. Mis recuerdos de aquellos años son solo los
retazos de la memoria. Y, sin embargo, sé que he entrado aquí una vez… Mi
abuelo estaba escribiendo en una libreta… Muy absorto. Cuando me vio en la
puerta, se enfadó muchísimo, me gritó y me echó. Me tropecé y caí por la
escalera. Desde entonces tengo el tic de tocarme la cicatriz de mi frente. También
discutió con mis padres. Después nos fuimos a nuestra nueva casa y el abuelo se
quedó aquí… Solo… Durante veinticinco años. Sin llamadas, sin cartas, sin
felicitaciones por Navidades y cumpleaños… Nunca hemos vuelto… Hasta ahora.
Hacía unos seis años que el abuelo había
desaparecido sin dejar rastro. Mis padres pusieron la casa en venta. Yo decidí,
por fin, mitigar mi curiosidad y ver por mí mismo por qué él pasaba tanto
tiempo en esta buhardilla…
Con la
linterna del teléfono vislumbré una lámpara de pie. La encendí… La pantalla,
que ahora era un hogar de las arañas, desprendió una luz amarillenta. La sombra
del dibujo intrincado de la telaraña se reflejó en el techo. Al lado de la
lámpara estaba un sillón antiguo y gastado y una mesita, llena de libretas
apiladas. Me fijé en un par de guantes toscos de cuero que estaban colgados en
el respaldo. ¿Qué hacían ahí?… Enfrente del sillón, en el centro de la estancia,
había una estructura tapada con una sábana. Di una vuelta alrededor. La luz de
la linterna se reflejó en las desnudas paredes. Pero las esquinas y las aristas
de la buhardilla protegieron su oscuridad de mi invasión. Quité la sábana… Y
descubrí un enorme espejo ovalado.
Me miré y
no me vi reflejado en él. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Lo toqué.
Mis dedos casi se quedan pegados a la helada superficie. El cristal muerto
estaba rodeado por una moldura negra y exageradamente repujada con rosas de un
rojo intenso. Las toqué… Y el espejo cobró vida… Los tallos, llenos de espinas,
empezaron a retorcerse como serpientes. Y su sonido, una especie de crujido y
tintineo, se propagó por la habitación… Me pinché… Las rosas se quedaron quietas…
A la espera… La sangre, formando un finísimo riachuelo, empezó a bajar por mi
brazo… Metí el dedo en la boca… Mi boca se llenó de sangre… ¡Dios! ¿¡Si era
solo un pinchazo de nada!? Sentí un mareo. Di un paso hacia atrás y tropecé con
el sillón. Caí en él y una nube de polvo se elevó al techo. Miré al espejo. ¿O
el espejo era el que miraba en mí?
Recogí
del suelo una libreta. La frase “La celera te mata”, “la celera te mata”, se
repetía centenares de veces en cada página… Abrí otra libreta… Las ojeé una
detrás de otra y todas, con más o menos inteligibilidad, tenían escrita la
misma frase: “La celera te mata” … Me quedé sentado una hora… ¿O dos? ¿O más? Me
sentía débil… La sangre no paraba de gotear. No tenía ni fuerzas ni ganas para
moverme y llegar hasta el teléfono que estaba tirado en el suelo. Tampoco creo
que valdría para algo; la linterna habrá gastado la batería.
Miré al
espejo. Ahora tenía una mancha oscura que poco a poco aumentaba de tamaño. Yo,
como un conejo frente a una serpiente, no podía apartar la mirada. Y, la mancha se convirtió en un rostro. El de
una mujer joven y bellísima. Sus ojos color whisky estaban fijos en mí. De
repente, el rostro empezó a cambiar. Ahora
me miraba una cara antigua, marchita y de muecas exageradas, que se rompieron
con una risa desdentada… De aquella boca horrorosa no salía ningún sonido y,
sin embargo, mi mente la oía. Una risa repugnante. Mi cabeza empezó a dar
vueltas. La risa era más y más alta. Mi mente se licuaba con aquel sonido. De
repente, todo paró… La cara desapareció.
Entonces
comenzó el tráfago: pasos arriba, pasos abajo, a los lados, golpes en el techo;
la lámpara parpadeaba al compás. Las arañas enloquecidas subían por las paredes
en oleadas. Era como si la mansarda entera se hubiera despertado de un letargo.
Las libretas, como las aves siniestras, batiendo las hojas, formaron un círculo
alrededor del espejo. Volando y volando cada vez más rápido, crearon una
especie de torbellino. Yo me sentí arrastrado hacia él. Me aferré al sillón… Era
una locura. Esto no podía pasar. Mis dedos ya apenas se agarraban al tapizado. Me
di cuenta de que ni el sillón, ni la lámpara, ni la mesita se movían. Era total
y absolutamente ilógico. Recé a Dios,
llamé a mi madre, lloré como un crío… Miré hacia el espejo… Convertido en una
boca oscura y hambrienta, el espejo estaba a punto de engullirme… De nuevo la
risa de aquella horrible mujer sonó en mi cabeza: «Ven, muchacho. No seas
cobarde. Con tu abuelo no fue suficiente. Ni con tu hijo pagarás por el daño
causado. Y los muertos no olvidan. ¡Ja, ja, ja!» … ¿Hijo? No tengo hijos… Una
mano huesuda salió del remolino y empezó a arrastrarme hacia dentro. ¡¡Nooooooooo!!
—Cariño,
¿qué te pasa? Despierta… Te llamé un montón de veces. Me tenías muy preocupada.
¿Te pasa algo?… Dime, cariño. —Sandra, mi novia, estaba de rodillas con cara de
susto y preocupación. —He llamado a tu trabajo, también a tus padres. Y me
dijeron que ibas a venir aquí. Menos mal que la puerta estaba abierta y pude
entrar sin montar un escándalo a estas horas de la noche.
Mi cabeza
seguía dando vueltas. Me sentía confuso sin distinguir qué era el sueño y qué
era la realidad. La voz preocupada de Sandra y sus besos poco a poco me sacaron
de la pesadilla vivida:
—San,
estoy bien. No te preocupes. Solo que los recuerdos de mi infancia aquí y la
historia con mi abuelo me dejaron hecho polvo. ¿Viste mi …? —el resto de la
frase quedó atascado en mi garganta. El espejo seguía ahí, pero totalmente
diferente. Era un espejo normal, con el marco labrado y repujado en oro. Nada
que ver con la monstruosidad que me quiso engullir.
—¡Qué
espejo más bonito! Y es de pie. Estas piezas no se ven a menudo. En un
anticuario cuestan unos cientos de euros o más. ¿Podríamos quedar con él? En
nuestro dormitorio se vería divino.
Solo de
imaginar revivir la pesadilla salida de este espejo me dio escalofríos.
—Vaya,
cariño. Cómo sois los hombres, ja, ja, ja. Las mujeres siempre vemos joyas
donde vosotros veis las antiguallas. Pues si no te gusta, aquí se queda. Cambia
esa cara… Te voy a decir algo que te va a levantar el ánimo. De hecho, por esto
estaba loca por encontrarte. ¿Te acuerdas de que te dije que me sentía rara?
Pues… ¡Chan-chan! ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un bebé!
Salté del
sillón como un muelle. ¡Dios! ¡Seré padre! El amor que sentía por esta
maravillosa mujer me hizo sentir el hombre más feliz del mundo. La abracé, la
besé en su boca, su frente, su pelo. Olí la fragancia del perfume en su cuello…
Y me miré mi mano izquierda que jugaba con el mechón rubio… En la yema del dedo
corazón claramente se veía un pinchazo. Miré al espejo. Desde dentro salió
volando una fotografía… Suspendida en el aire, que parecía jugar con ella, la
fotografía se posó en la mesita. Como si estuviera ahí todo este tiempo. La
cogí con la mano temblorosa.
—¿Y esta
foto? ¿Quiénes son, cielo?
—Mi…
Ejem, ejem… Es mi abuelo y la mujer tiene que ser mi abuela. Y la niña, es mi
madre. ¿Sabes?, no llegué a conocer a mi abuela. Ni siquiera vi sus fotos. Es como si jamás
hubiese existido. Cuando yo nací, ella ya había muerto. No sé más. Igual mis
padres nos pueden hablar de ella. —La fotografía temblaba en mis manos. No
podía ser… Era una locura. ¡La mujer del
espejo era mi abuela!
Cuando
cerraba la puerta de la mansarda pude oír la risa diabólica de la vieja… «La
celera te mata… la celera te mata, ¡ja, ja, ja, ja!»
38/12/2025, Gijón
© La
Pluma del Este