Relatos, cuentos y poesía. Literatura con atmósfera noir, gótica y emocional, escrita desde el Este.
Bienvenido a La Pluma del Este
Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.
Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.
Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.
12 de febrero de 2026
Segunda vida
20 de junio de 2025
ANUNCIO
Un hombre, lleno de amor,
busca a la mujer para compartirlo
Nombre: Armando
P.F.
Profesión:
Fontanero, de tercera generación. Especialista en grifos de sentimientos que no
se abren, en fugas incesantes de lágrimas, en atascos de cañerías que llevan al
corazón.
Estatura: soy tan alto como tú
lo necesites; intentaré llegar al depósito de tu alma, aunque tenga que romper la
pared de tu indecisión y timidez.
Edad: 45 años (pero mi
llave inglesa está como nueva).
Ofrezco:
—reparaciones sentimentales del pasado sin
juzgar;
—un hombro firme y una mano, llena de callos,
para el apoyo duradero y sin fisuras;
—silencios cómplices mientras se vacía la
caldera;
—café o té a media mañana para acompañar una conversación
sin filtros.
Busco:
Una buena mujer que no tenga miedo de meterse
en los charcos emocionales (los domésticos ya los arreglo yo); que comprenda
que algunas veces lo que gotea no es una tubería, sino un corazón roto. No me
importa si eres una escritora, librera, ama de casa o maestra… Lo que me
importa es que te rías conmigo cuando me quede atrapado bajo un fregadero o,
cuando, un chorro de agua me salpique de la cabeza a los pies.
Garantía:
No puedo arreglar el corazón roto, pero
prometo quedarme a tu lado mientras se cura.
Llámame sin compromiso. Para una cosa o la
otra.

La imagen está tomada del artículo: ¿Cuánto cuesta llamar a un fontanero?
19/06/2025, Gijón
© La Pluma del Este
8 de mayo de 2025
Café en buena compañía
Café en buena compañía
Ella tiene todo bajo control. Su pelo, veteado de gris, recogido
en un moño y las gafas de pasta le dan un aire de descuidada elegancia. Con
amor y esmero ordena las infinitas estanterías por los géneros literarios y por
los nombres de los autores. Camina con pasos silenciosos en una suave cadencia
que solo ella es capaz de interpretar.
Cada viernes, a
las seis en punto, él se acerca al mostrador para devolver un libro y recoger uno
nuevo. Es alto y delgado, con un sombrero de ala que no esconde los ojos de color
whisky. Los ojos que adquieren un brillo socarrón al ver a la bibliotecaria. Las
frases: «¿Qué le ha parecido?». «Este tiene buenas críticas». «Este tiene un
final feliz» —es lo único que se atreve a pronunciar. Aun así, ella ya conoce
sus gustos y guarda los libros para él.
Un día, él le
dejará una nota dentro de uno: «¿Qué tal un café en buena compañía?».
Ella, tímida y con las cicatrices en su corazón, ignorará esta nota y otras
muchas más. Pero él no se dará por vencido. Hasta que un día ella leerá: «Cómo
duele reconocer que mi compañía no es tan buena. No la molestaré más». Ella,
asustada, al entregarle un libro, lo rozará con las puntas de los dedos y, mirándole
a los ojos, le dirá: «Hice bollos de canela riquísimos. Serán perfectos para acompañar
el café…».
Cada viernes, a las seis en punto, él se acerca al mostrador para devolver un libro y recoger uno nuevo. Es alto y delgado, con un sombrero de ala que no esconde los ojos de color whisky. Los ojos que adquieren un brillo socarrón al ver a la bibliotecaria. Las frases: «¿Qué le ha parecido?». «Este tiene buenas críticas». «Este tiene un final feliz» —es lo único que se atreve a pronunciar. Aun así, ella ya conoce sus gustos y guarda los libros para él.
Un día, él le dejará una nota dentro de uno: «¿Qué tal un café en buena compañía?». Ella, tímida y con las cicatrices en su corazón, ignorará esta nota y otras muchas más. Pero él no se dará por vencido. Hasta que un día ella leerá: «Cómo duele reconocer que mi compañía no es tan buena. No la molestaré más». Ella, asustada, al entregarle un libro, lo rozará con las puntas de los dedos y, mirándole a los ojos, le dirá: «Hice bollos de canela riquísimos. Serán perfectos para acompañar el café…».
© La
Pluma del Este
2 de mayo de 2025
La luz de la esperanza
La luz de la esperanza
—Que Dios
te proteja y te devuelva sano y salvo. —Con estas palabras y un prolongado beso,
Elisa se despidió de Abel, su prometido. Se mantuvo firme, sin demostrar la
congoja que le estrujaba el corazón, pero por dentro rogaba al mar que no cobrara
la vida de su amado, como a otros tantos, a cambio de la preciada pesca.
Sin
embargo, la barca de Abel no regresó ni aquel día, ni al siguiente… Pasó una
semana… Pasó otra… Y otra más… Abel no volvía. La desesperación de Elisa iba en
aumento igual que su barriga… Cada anochecer subía al promontorio desde el cual
divisaba el mar hasta el lejano horizonte, ahí donde este se unía con el cielo
en una finísima franja añil. Encendía un fanal que, con su resplandor, marcaba el
camino a casa.
Los del
pueblo ya cuchicheaban a sus espaldas y sus padres la querían enviar con una
prima lejana para «cubrir las vergüenzas» de su desdichada hija. Pero ella se
negaba rotundamente. Debía estar ahí cuando Abel regrese.
Las
semanas dieron paso a los meses. El verano cedió su lugar al otoño y Elisa cada
noche subía a la atalaya llevando el farol. Su padre, resignado, le construyó
un refugio… Ahí, protegida de las embestidas de viento y lluvia, mantenía la
llama viva de su fanal y de su esperanza. “Él volverá, seguro… Solo que está
perdido… Y yo tengo que guiarlo a casa”. Repetía una y otra vez… Al principio,
como la contestación a sus padres y vecinos, después como una consigna…
En las
puertas del invierno nació su hijo, Deene. Pobre muchacha, con la mente ida, no
podía criar al bebé y sus padres lo entregaron a una buena familia. Ya eran
mayores y con cuidar de su desdichada y demente hija era más que suficiente.
Pasaban
los años. Los viejos del pueblo iban ocupando las tumbas del cementerio; también los
padres de Elisa. Y ella ya vestía canas sobre sus andrajosos y desgastados
ropajes. Algunos niños se reían de la pobre «loca del farol», pero los del
pueblo no la molestaban y le llevaban la comida y alguna que otra prenda de
abrigo. Para la mayoría, Elisa era un ser extraño, ya que no comprendían su
obstinado amor y su inútil esperanza. Ella no ha sido la única que había
perdido a alguien en el mar. La vida de pescadores era así: corta e imprevista.
Una noche,
a mediados de agosto, el farol en el promontorio se apagó… Los vecinos,
sorprendidos, subieron para ver qué pasaba… El lugar estaba desierto. El viejo
farol, hecho trizas. De Elisa, ni rastro. Igual, la pobre, se volvió loca del
todo y se tiró por el acantilado. Y qué raro que no lo había hecho antes…
Un tiempo
después, algunos pescadores contaron que vieron entre las olas del mar a una pareja
joven, que bailaba encima del agua, y aseguraban que eran Eliza y Abel, por fin
reencontrados después de tantos años de espera…
02/05/2025, Gijón
25 de abril de 2025
Un amor imposible
Un amor imposible
Él la ama. Han llegado a este lugar casi al mismo tiempo.
Años de contemplación han hecho que él memorice cada detalle de su rostro, de
su cuerpo; cada pliegue de su efímero ropaje que con delicadeza enmarca su
bello cuerpo. En el ocaso, el sol poco a poco se va perdiendo entre los tejados
y con los últimos y rebeldes rayos alumbra el cuerpo de su amada en oro con
destellos de fuego. En estos momentos es cuando ella se ve más bella y vibrante
que nunca.
Su amor es
correspondido. Ella también lo ama. Desde siempre… Ama su cuerpo de un gran
luchador que la protege de las inclemencias del tiempo en el gélido invierno; del
sol abrazador en verano; de las lluvias y del despiadado viento del norte. Ella
conoce cada rasgo de su inmutable cara. Lo ve envejecer y no le importa. Ellos
son los únicos en este mundo. Están hechos el uno para el otro. Sin embargo, aunque
se miran con amor, están condenados a no tocarse jamás.
Ambos fueron tallados por la mano de un artista que insufló sus almas a la fría y perfecta piedra, dos estatuas en la fachada de un majestuoso y antiguo edificio: el hombre, un guerrero helenio, y la mujer, vestida en una túnica y con su largo cabello
recogido bajo una diadema. Pero la historia de su amor imposible llega a su final,
ya que pronto, en este lugar, se erguirá una mole de hormigón y cristal, y los
dos amantes de piedra, por fin, se unirán, convertidos en trozos y polvo del
mármol blanco.
24/04/2025, Gijón
© La Pluma del Este
14 de abril de 2025
Luna de abril
Luna de abril
Anochecía…
La luna poco a poco se adueñaba del cielo. Titilantes estrellas, diminutos
farolillos, se encendían en la inmensidad del cosmos. La brisa fresca de abril
jugaba con las llamas de la fogata… El olor de los naranjos en flor y de la
hierbabuena cubría el campamento. Los romaníes, reunidos alrededor del fuego,
esperaban que sucediera algo. El silencio lleno de magia estaba a punto de
romperse…
El acorde
de una guitarra rasgó la quietud y una melodía se expandió por el valle.
Alguien echó más leña al fuego y una miríada de chispas se elevó en el aire. Y,
como por un encantamiento, apareció ella… la cautivadora Rada. Empezó a bailar
con mucha delicadeza, como si le costara cada movimiento cimbreante de sus
caderas, de sus manos, de su cuello…
La música
sonaba cada vez más y más rápido. La joven cíngara, inmersa en aquel
vertiginoso baile, giraba, giraba y giraba… Su falda floreada tenía vida
propia: subía, bajaba, se arremolinaba alrededor de su cuerpo, enseñaba los
esbeltos tobillos adornados con las tobilleras de plata.
La guitarra
cantó su última nota y la mujer paró… El sudor brillaba en su piel. Con un
gesto lleno de sensualidad, apartó el cabello azabache de su cara… Y la noche
vio su belleza. Los ojos de un verde intenso miraron alrededor como si buscaran
a alguien… Con anhelo… Con la desesperación contenida… Sin encontrarlo… Un halo
de decepción y tristeza los llenó de lágrimas.
La romaní
hizo una señal a un grupo de hombres y estos sacaron del fuego un montón de
brasas y con los rastrillos las esparcieron por la tierra. La guitarra volvió a
sonar. La siguieron las decenas de palmadas, marcando el ritmo. La mujer se
subió la falda y, con decisión, pisó las brasas ardientes. Y volvió a bailar.
Esta vez era diferente. Es como si algún espíritu salvaje la poseyera y la
protegiera de quemarse viva. Este baile era un éxtasis puro… Las palmas, los
gritos, el canto de las mujeres y hombres, las panderetas, las campanillas… Un
vórtice de pasión se apoderó de los presentes… La bailarina de fuego paró…
Respiraba con agitación… El sudor brillaba en su cuello. El collar se posó en
sus pechos con un suave tintineo. Dio un paso hacia la oscuridad… Después, el otro…
Las
cortinas de la noche se abrieron y un hombre salió a la luz de la lumbre. El
fuego se reflejó en su ávida mirada, llena de añoranza. Estiró sus manos hacia
la mujer… Rada sonrió y se echó en sus brazos.
—Tardaste
—dijo con voz de susurro.
La noche
volvió a cerrar sus cortinas detrás de los enamorados… La brisa con olor a las
flores de naranjos y a hierbabuena poco a poco apagó la fogata… Los romaníes se
retiraron a sus carromatos… La luna cómplice se escondió entre las nubes para
que los amantes tuvieran la intimidad…
13/04/2025, Gijón
© La Pluma del Este
15 de noviembre de 2024
"Al César, lo que es de César"
“Al César, lo que es de César”
La situación era desesperante…Había que hacer algo y muy rápido…Era la cuestión de vida o muerte… Así que, después
de retozar una hora en leche de burra; dos horas de masajes emolientes con
aceites afrodisíacos; otras dos horas eligiendo sus joyas más espectaculares y
telas más finas que hacían resaltar su magnífica figura, Cleopatra, por fin,
estaba preparada para su encuentro con Cesar. Y a
continuación, se metió dentro de una alfombra…
5 de junio de 2024
Todas son iguales
Todas son iguales
— ¡Vaya pinta, tío! Ni que una manada de
búfalos pasara sobre ti. Hey, tú, sírvele a mi compadre un vaso de ese
matarratas que tienes. Y a mi otro. Joder, deja la botella, roñoso. Apúntala a
mi cuenta. Bebe, Jonny, y cuéntame tus peripecias.
—No hay mucho que conta, estoy jodio,
tío, eventao po dento. Y muy a disgusto. La puñetea Camen no me hace ni puto
caso. Y eso que me quedé pendao de ella naa más vela. Su cuepo, sus andaes, su
pote… Dese que está conmigo, come de lo mejocito. No escatimo en las viandas. Dueme
en el mejo sitio. Intento no fozala mucho. Y la cabona me tata así. Tengo el
cuepo paa escombo. Tengo golpes por toos laos. Estoy hecho un puñeteo moraón con
patas, joer. Man engañao con ella. Cuando vea al viejo Billy, le pegaé un tio
en toa fente.
—Por Cristo, ¿por qué hablas así?
—Joer. ¡Mia! Me fatan tes dientes, joer. La
cabona me tió cuando la quise montá. Me caí como un saco de bosta. Y la hija e
puta me pateó en la cabeza. Casi no lo cuento.
—Mal asunto con las hembras: las de dos
patas o de cuatro, todas son iguales. Venga,
toma otro vaso…
05/06/2024, Gijón
13 de mayo de 2024
La víspera del joropo
La víspera del joropo
Quedaba un día para el joropo y
ella todavía no sabía si Marcelo vendría.
Al ver sus ojos
verdes y la linda sonrisa, que no se le quitaba de la cara, supo que era para
ella. Por más que su amigo maripozuelo le advertía que era un picaflor y que
contaba las copuchentas a todas las mozas de los pueblos cercanos, para ella
eran tan solo rumores y habladurías de los envidiosos.
Él hacía bailar su corazón como un rayo del sol en el agua cristalina del
arroyo. Todo en él la atraía. Para ella él era perfecto y … lo amaba.
Marcelo, un huacho sin dinero y flacuchento, tocaba con la gran maestría
la marimba. Sus dedos con mucha delicadeza agarraban los palillos que recorrían
las láminas y ella imaginaba estos dedos sobre su cuerpo.
La semana pasada se han encontrado en el cocotal que quedaba más allá del
pueblo. Después de besarla con mucho brío,
le había confesado que era la única para él y que quería casarse con ella. Y
ella le contestó…
El grito de su madre
la bajó de las nubes:
—¡Hija, se te está quemando la
marucha! ¡Deja de soñar despierta y no me vengas con alharacas amorosas por un
muerto de hambre!
Quedaba un día para el joropo y
ella todavía no sabía si Marcelo vendría.
Al ver sus ojos
verdes y la linda sonrisa, que no se le quitaba de la cara, supo que era para
ella. Por más que su amigo maripozuelo le advertía que era un picaflor y que
contaba las copuchentas a todas las mozas de los pueblos cercanos, para ella
eran tan solo rumores y habladurías de los envidiosos.
Él hacía bailar su corazón como un rayo del sol en el agua cristalina del
arroyo. Todo en él la atraía. Para ella él era perfecto y … lo amaba.
Marcelo, un huacho sin dinero y flacuchento, tocaba con la gran maestría
la marimba. Sus dedos con mucha delicadeza agarraban los palillos que recorrían
las láminas y ella imaginaba estos dedos sobre su cuerpo.
La semana pasada se han encontrado en el cocotal que quedaba más allá del
pueblo. Después de besarla con mucho brío,
le había confesado que era la única para él y que quería casarse con ella. Y
ella le contestó…
El grito de su madre
la bajó de las nubes:
—¡Hija, se te está quemando la
marucha! ¡Deja de soñar despierta y no me vengas con alharacas amorosas por un
muerto de hambre!
9 de abril de 2024
El estreno desastroso..o no
El estreno desastroso… o no
22 de marzo de 2024
La traición
La traición
El hombre estaba blanco como papel y sin saber a dónde
meterse: tartamudeaba y temblaba; de su frente empapada resbalaban unas enormes
gotas de sudor. Por fin reunió algo de valor y soltó la primera frase, tan mañida
en el mundo entero:
— Cariño,
esto no es lo que parece. Es un malentendido. No te pongas así. Deja que te lo
explique…
— A ver,
cabronazo, ¿cómo me lo vas a explicar?— La mujer se sentía demasiado dolida y
decepcionada. —¿Cómo pudiste romper nuestro acuerdo? Y tú, ¿qué haces aquí
todavía? ¡Lárgate!
«Uf, vaya lío.
Nunca me pasó nada igual. Pobre hombre. No le envidio. Aunque su mujer está
buenísima. Pero ponerse así por una pizza, bueno, por dos, no es normal. Menos
mal que ya he cobrado». — El repartidor puso los pies en polvorosa. Los gritos
de la mujer sobre la dieta, el sacrificio y nosequé boda todavía se oían cuando
arrancó su moto.
18 de marzo de 2024
Las lágrimas de Ianthe
Las lágrimas de Ianthe
Las olas de un añil cristalino la estaban meciendo
arriba, abajo, arriba, abajo… El agua templada la envolvía con suavidad y los
rayos de sol besaban su hermoso cuerpo. Ianthe estaba relajada, se sentía feliz
y complacida con el momento de tranquilidad sin el molesto ajetreo de los
navíos. Aunque este rato no durara
mucho, ella aprovechaba cualquier oportunidad para salir a la superficie y
disfrutar de un cielo lleno de azules y de la enigmática costa, donde vivían
los humanos. Tenía prohibido acercarse a ellos. Su mera existencia dependía
de la ocultación. Un día, hace muchas lunas, ella ha roto el
tabú: conoció a un humano. Él la había enamorado con su música, aquel extraño
sonido que salía de un instrumento que tocaba. Lo vio por vez primera en una puesta de sol,
cuando sus rayos dibujaban el camino dorado hacia el horizonte. Después de
cazar unos peces, Ianthe retozaba en el suave vaivén de las olas. Él vino en
una nave blanca, una de tantas que surcan las aguas de su hogar. Echó el ancla y quedó muy quieto mirando al
más allá. Parecía que estaba rezando. Después abrió una especie de vasija y
tiró unos polvos al mar. Empezó a llorar. Lloró mucho, postrado de rodillas. Se
le veía muy triste y abatido. Después se sentó, abrió un enorme cofre y sacó
algo grande de una extraña forma redondeada. Puso este objeto entre sus piernas
y con un palo fino empezó a hacer unos movimientos. De repente, el
aire se llenó de un sonido delicado y a la vez potente. Ella nunca había oído
nada igual. Gaviotas y albatros se han enmudecido. Y el mar se calmó,
convirtiéndose en un enorme plato de cristal. Ianthe se sintió arrastrada por la triste
melodía y quiso acompañarla con su voz. Al unísono – el hombre y la sirena –
empezaron a tejer una bella canción que los atraparía en un vertiginoso baile
de emociones. El hombre dejó de tocar. Extrañado, se acercó
al borde para ver quién era la cantante. Pero ella ya se había sumergido en las
profundidades del mar. Pasaron unos
días y él volvió. De nuevo se
puso a tocar, pero esta vez la melodía era más alegre y que invitaba a bailar y
saltar las olas como si fuera un pez volador. Por lo menos es lo que ella sintió
en aquel momento. Ianthe lo acompañó con su voz cantarina y cuando él quiso
verla, se escabulló por debajo del navío sin atreverse a más. Pasaron
muchas lunas, varias tormentas y tempestades, pero el hombre volvía a la bahía
a tocar su música y la sirena le acompañaba en el ritual lleno de magia. Un día él no tocó.
En silencio se sentó en el borde de la nave con los pies colgando a la espera
de su acompañante misteriosa. Albergaba la esperanza de conocerla, por fin.
Amaba su voz y quería ponerle una cara. Ella se
acercó al yate y empezó a flotar, dejándose llevar por el suave oleaje. Sus miradas
se encontraron y se reconocieron al instante. Algo muy antiguo ha resurgido en
sus corazones. ¿Tal vez un amor de la vida pasada? ¿Quién lo sabe? Pero estos
dos seres tan diferentes se sintieron como uno solo. Se han reencontrado. Después
vinieron muchos atardeceres llenos de música y amor. Ella ya sabía
su nombre, Leonardo, y el extraño instrumento que tocaba era un «violonchelo».
Que aquel día, cuando lo vio por vez primera, él vino a tirar al mar las
cenizas de su mujer que había fallecido de una terrible enfermedad. Leonardo iba
a arrojarse al mar también, ya que no imaginaba vivir sin su esposa. Pero
conocerla a ella, Ianthe, le ha salvado de aquella terrible decisión. Él era
profesor en un lugar llamado “la universidad”. Vivía en una ciudad pequeña
costera, Sutomore, y le explicaba las maravillas de la vida en la tierra firme.
Ella le contaba sobre los tesoros ocultos de las profundidades y de sus
habitantes. Los dos eran huérfanos, dos almas solitarias, que tuvieron mucha
suerte de encontrarse en un mundo tan inmenso. El tiempo
pasaba. El pelo castaño de Leonardo iba cogiendo el color de la madera
blanquecida por el sol. Su cara poco a
poco se llenaba de arrugas. Ya no era tan fuerte y vigoroso. Sin embargo,
Ianthe seguía siendo la misma, con su melena violeta y la piel tersa y suave de
una mujer joven. La música de Leonardo ya no sonaba con tanto ímpetu, pero ella
seguía acompañándola con su voz cristalina. Con esto le bastaba. Algunas veces, Leonardo tardaba en regresar
y Ianthe nadaba dando vueltas, desesperada y loca de preocupación por su
enamorado. Pero él siempre volvía. Tocaba su violonchelo y ella cantaba para
él. Después, retozaban juntos en el suave vaivén de las olas. Un día él no volvió. Pasaron
varias lunas… Ella seguía
en el mismo lugar como si estuviera anclada con una cadena invisible: «Vendrá.
Seguro que volverá. Somos uno solo». De repente,
en el ocaso, apareció un navío que ella conocía tan bien. ¡Por fin! ¡Ha vuelto!
Ianthe estaba fuera de sí de alegría y preocupación. Lo reñiría por ser tan
desconsiderado y dejarla sola mucho tiempo. Se abrió paso entre las olas para
acercarse al yate. La persona
que la saludó no era Leonardo, sino una mujer joven. Después salió un hombre. Ella no sabía
qué hacer: huir o preguntar por su amante. La muchacha lo hizo por ella: —Hola, Ianthe. No te asustes, por favor.
Señor Leonardo nos habló mucho sobre ti. Somos sus alumnos y amigos. Yo soy
Dafne y él es Eric. Sentimos decirte que Leonardo ha fallecido. Su último deseo
era volver aquí, contigo. Estas son sus cenizas… Un grito desgarrador rompió la calma marina.
La sirena estiró sus manos para coger la urna con los restos de su amado y se
sumergió en aguas profundas. Los muchachos levantaron el ancla. El yate se
perdió en el ocaso siguiendo la estela dorada del sol. El silencio con su halo
mortuorio cubrió aquel rincón del Adriático, testigo de un gran amor y de una
gran pérdida. Todavía hoy,
después de cada tormenta, se oye el llanto de Ianthe. La sirena llora por su
amado. Algunos han visto su cabellera, ahora blanca, surcando las olas. Y los
más afortunados han podido encontrar unas raras perlas de color violeta. Dicen
que son las lágrimas de Ianthe. Pero pocos se atreven a buscarlas en el mar, el
dominio de una sirena enloquecida por el dolor.
15/03/2024, Gijón
9 de febrero de 2024
El cuervo
El cuervo
Hola, mi amor.
Me “desperté” ya convertido en este pájaro. Tengo vagos recuerdos de mi vida pasada. De lo que sí estoy seguro es de que te conocía a ti y que fuimos uno solo. Nos amábamos. Pero me morí. ¿De qué? No me acuerdo. Tampoco importa. Antes era yo y ahora, un cuervo.
Estoy muy cerca. Ahora vivo justo enfrente de nuestro piso. Sí, en ese edificio viejo y destartalado que no te gustaba. Aquí nadie me molesta y tengo una perfecta visión de ti. Te observo. Atesoro en mi pequeño cerebro cada momento. Los recuerdos como destellos me mantienen en este alfeizar conectado a ti.
Te veo llorar cada noche. Sola. En nuestro dormitorio. Mi foto sigue en la mesita. La besas antes de dormir. Me complace, pero también me duele que vives estancada. Quiero que disfrutes, que seas feliz. No hace falta que te olvides del todo de mí. Con un recuerdo y un pequeño rinconcito de tu corazón, me conformo.
El verano dio paso al otoño. Los primeros copos de la húmeda nieve están colándose por los cristales rotos de mi ventana. Sigo sin entender por qué estoy todavía aquí. ¿Qué es ese asunto pendiente que no me deja partir al más allá?
Los vecinos de abajo continúan con sus broncas interminables. Algunas cosas no cambian. Antes la mujer era tu amiga. Pero veo que te está evitando. Me acuerdo de aquella vez que me entrometí en medio de su pelea. El tipo me empujó por la escalera. Me di un buen golpe. A él lo han metido en la cárcel. Yo, una temporada, sufría terribles dolores de cabeza. Ahora me acuerdo: me morí unos meses después.
Veo que, a pesar de todo, el tipo ha vuelto con su mujer. Algunas no aprenden. La sigue pegando. Qué triste. Ahí la policía otra vez… No sé si valdrá para algo.
Ya es noche, fría y llena de estrellas. La nieve cubre todo como una manta impoluta. Descansa, mi amor. Yo seguiré velando por ti…
¿Y este brillo? ¡Fuego! En el piso de aquellos desgraciados.
Sigues durmiendo…
Tengo que coger la velocidad. ¡¡¡Vooooooy!!! Una vez… No se rompe. Otra vez… Y otra… El fuego es cada vez más fuerte. Mi pico rompe el cristal. ¡Por fin! El dolor es insoportable. Siento la sangre mojando mi plumaje. No importa. No puedo volar. Creo que he roto un ala. Pero te despertaste. Gracias a Dios. Sal, sal al balcón, ahí estarás a salvo. Ya vienen los bomberos. Te van a rescatar…
Uff, qué dolor. Mis plumas se prenden tan rápido. Me quemo. Ahora sé por qué he vuelto… Siempre ha sido por ti… Qué dolor, por Dios. ¿Y esta luz? Me llama… Me siento ligero y agradecido. El pobre cuervo yace convertido en cenizas. Yo, libre, vuelo hacia la luz…
© La Pluma del Este
29 de enero de 2024
En rojo
En rojo
Llevo media hora delante del armario abierto. ¿Qué
ponerme? ¿Una falda y una blusa a juego? ¿Este vestido de chiffon que me
envuelve como pétalos de rosas? ¿O el pantalón con la camiseta que resaltan mi
figura?
Cada día es
más difícil la elección. Total, ¿para qué? Estoy agobiada… Me siento tan
exhausta. Suena egoísta. Cualquiera puede decir que no soy la única que pasa
por esto. No puedo hablar por los demás. Sé lo que padezco yo… Es como vivir en
el limbo, rememorando los momentos del pasado y agarrándose a los hilos que los unen al de ahora. Sin éxito.
Intento sacar fuerzas para reponerme y fijar una sonrisa en mi cara, marcada con finas arrugas, unas por la edad y otras por lo que me tocó vivir. El amor
que siento y que he recibido me empuja adelante, pero tengo momentos de
debilidad y siento lástima de mí.
«¡Basta! ¡Enderézate!
¡Vístete y sal! Vete a verlo, ya es la hora. Seguro que estará como un tigre
enjaulado, marcando los pasos, inquieto y gritando a las cuidadoras».
Las tardes
largas son especialmente difíciles. Y yo no quiero que esté atontado con
pastillas. Un instante de reconocimiento en sus bellos ojos y yo estaré feliz.
Seguiré con nuestra rutina hasta el final…
Y sonará el “Vals
N.2” de Shostakovich, al que bailaremos abrazados como aquel día, cuando nos
conocimos. Los cinco maravillosos minutos hasta que él de nuevo volverá a vagar
por el laberinto oscuro de su memoria… Y yo me vestiré de rojo, el único color
que lo hará regresar a mí…
© La Pluma del Este
13 de diciembre de 2023
Don Alejandro
Don Alejandro
(Serie «El amor en el ocaso»)
Ya se han ido todos.
Él decidió
quedarse. No quería dejarla sola, así no. Se sentía culpable por no cuidarla
mejor, por no encontrar los mejores médicos, mejores tratamientos… Cualquier cosa que la salvara. Juntos han perdido la guerra y ella era la víctima.
Se fue tan
joven, tan llena de vitalidad, con tantas cosas por hacer. Maldita sea esta
porquería de vida: los buenos se mueren demasiado pronto y los malnacidos,
pisan la tierra hasta una vejez inmerecida. ¿Qué será de él? ¿Cómo estarán sus
hijos? Sí. Ya son adultos y lo comprenden. Pero él se siente menos hombre por
no proteger a su amor, a su mujer del puto cáncer. Quiere maldecir, pelearse
con alguien y con todos. Destrozar este
negro obelisco donde está ella…
—Papá, ven a
casa. Ya anochece. Llevas aquí casi cinco horas. Vente conmigo. —Su hijo mayor,
Julio, le echó una chaqueta por encima y lo abrazó—. Miguel y Natalia están en
casa esperándote para cenar. Llevas días sin comer en condiciones. Javi se
durmió, pobre. Te esperaba para que le leas un cuento. Ven, por favor.
Con el cuerpo
entumecido le costó caminar hasta el coche: «Así será mi vida —se
estremeció—. Paso a paso hasta que la de
la guadaña me lleve con mi esposa» …
Quince años
de aquello y la puñetera muerte lo sigue esquivando.
Los hijos ya
peinan canas. Su nieto, Javier, en la universidad. Y él, sigue viviendo sin
vivir y a punto de jubilarse. Las veces que soñó con Victoria, su mujer, esta
le pedía que deje de culparse a sí mismo; que viva, que sea feliz, que piense
en sus hijos y nietos. Pero la culpa seguía corroyéndolo por dentro. Sin
embargo, también reconocía que tenía que cambiar y hacer un esfuerzo para que
su vida no sea una mera existencia.
El internet
no era algo nuevo para él. De hecho, le encantaba.
Al mes de
su jubilación se puso a mirar las motos. Puede ser descabellado para un hombre
de sesenta y pico que nunca montó en una motocicleta. Las “famosas” crisis de
los cuarenta y cincuenta las pasó cuidando de su mujer y criando a los hijos,
así que no ha podido permitirse este lujo.
Después de
mirar decenas de páginas, encontró una Harley de segunda mano a buen precio.
Necesitaba algo de restauración y cariño para que volviera a ser una moto de
ensueño. Su nieto mayor estaba encantado. Los hijos y las nueras le llamaron un
“viejo insensato”. Y que “estaba loco
para montar una moto con casi setenta años”. «Bah. No hay quien los entienda —pensaba—. Se quejan por todo. O no vivo o me arriesgo demasiado».
Un año de
trabajos con la moto en compañía de Javi, hizo que su alma
rejuveneciera. En vez de un nieto, tenía a un amigo joven que lo mantenía al
tanto de las novedades en este mundo tan loco e inmediato. Iba al gimnasio,
empezó a correr, se apuntó a las clases de cocina. Y, madre mía, ahí estaba
rodeado de mujeres. Poco a poco dejó de sentirse culpable y hasta lo divertía
aquello.
Cuando
visitaba la tumba de su esposa, le contaba sus aventuras, aunque sin tener
todavía el valor suficiente para dar un paso a algo más serio. Casi veinte años
después de su muerte, seguía oliendo su inolvidable perfume.
En las clases
conoció a varias mujeres que ahora eran sus amigas. Llegó a valorar tanto su amistad que no
quería estropearla con una relación más personal. Ha sido Javier quien le aconsejó apuntarse
a una página de citas.
Aquel mundo
le pareció una jungla. Bueno, quizás exagerara un poco. Las fotos de muchos
perfiles no tenían nada que ver con la realidad. Don Alejandro no entendía
tanta impostura: «Si ya somos viejos, ¿para qué mentir?»
Ha quedado
con mujeres. Algunas interesantes y con una conversación amena. Otras, tímidas y muy pendientes de sus hijos
y nietos, y que no tenían el tiempo para ellas mismas. No comprendía que los
familiares abusasen tanto sin dar la oportunidad a que estas, todavía bonitas
señoras, pudieran disfrutar de la vida.
Ninguna se
atrevió a acompañarlo, a dar un paseo en su Harley. Lo miraban como a un loco e
imprudente.
Y así,
pasaron casi seis meses …
El bar no
estaba lleno: se oía la música rock entremezclada con el murmullo de
conversaciones. Don Alejandro buscó una mesa libre y se sentó para esperar a
sus hijos. Tenía ganas de contarles sobre el futuro viaje en moto por Europa
del Este. Sabía que no les iba a gustar, pero este era su deseo. Quería vivir
la aventura de un “viajero solitario”. «Qué juego de palabras más avenido».
Esa idea lo hizo sonreír para dentro. Pidió una caña tostada y se puso a leer un
periódico.
—Abuela, “El
amor en el ocaso” no es una tontería. Claro que a la primera no vas a conocer a
tu caballero andante o lo que sea… Ya… Pero tres meses no son nada. Te pido que
esperes un par de semanas, nada más.
La
conversación de la mesa de al lado dejó a nuestro hombre muy intrigado. Él
también estaba apuntado en esta misma página. ¡Qué coincidencia! Se giró y
disimuladamente buscó a la “abuela”.
En la mesa
del fondo había dos mujeres. Una chica joven, no más de diecinueve o veinte
años, y una señora de buen ver. Elegante, pero sin esforzarse. Media melena de
castaño claro. Parece que los ojos eran de color verde. Pequeños, pero bonitos.
Labios color rosa con un toque de brillo. Este efecto le gustó mucho. Cuando
pasaba su mano para colocar el pelo detrás de la oreja derecha, se veía un
pendiente plateado en forma de aro. Aun así, el mechón rebelde volvía a su sitio.
Y ella repetía el mismo gesto. A don Alejandro esto le pareció muy femenino y
sensual. La camiseta negra de Ramones y la chaqueta de cuero le gritó que la
señora tenía alma roquera. ¡Woow!
Afinó más el
oído a lo que contestaba la “abuela”:
—Bueno,
cariño. Te haré caso. Esperaré. Sin embargo…
—Hola, papá.
Te vemos bien. —Don Alejandro dio un respingo y perdió el hilo de conversación
femenina. —¿Tomas otra?
Mientras Juan
y Miguel pedían las consumiciones, las dos mujeres se levantaron para irse.
—Cuenta,
papá. ¿De qué querías hablar con nosotros? —Miguel, repantigado en la silla de
enfrente, le guiñó un ojo—. ¿Conociste a alguien?
—Noooo. ¡Qué
va! Solo quería ver a mis hijos, tomar unas cervezas e ir a picar algo. Hace
tiempo que no charlamos de nuestras cosas.
Mientras
compartía un rato agradable con sus chicos, don Alejandro daba vueltas en la
cabeza sobre aquella mujer y que tenía que encontrarla sin demora. Y que
los dos estuvieran en la misma página era una señal. ¿Por qué no había visto su
perfil antes?
Nada más
llegar a casa, el hombre se puso a buscar a la mujer misteriosa. ¡Por fin!
Su nombre es
Inés. (Muy bonito). Sesenta y ocho años. Viuda. Tiene unos preciosos ojos
verdes. Le gusta el rock. Bailar. Cocinar. Leer. Tomar una copa de vino en una
agradable compañía. Le encantaría vivir aventuras. Su lema: «La edad no es
importante, sino la actitud».
¡Una mujer
perfecta! Tenía ganas de conocerla en persona y confirmar la extraña sensación
que tuvo al verla en el bar.
Dicho y
hecho. Nuestro caballero le escribió un mensaje con la esperanza de que lo lea
pronto y acepte la invitación:
«Estimada Señora.
Para mí sería un enorme placer poder conocerla en persona. Ya no somos
jovencitos para perder el tiempo en un chat. Me quedo a su disposición para que
elija la hora, el día y el lugar. Espero su respuesta.
Un cariñoso saludo, Alejandro Álvarez Fernández» …
13/12/2023, Gijón
© La Pluma del Este
(Continúa en Las citas de la abuela)













