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Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

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12 de febrero de 2026

Segunda vida

Segunda vida 




Hoy será el día. Sí. Lo sentí nada más levantarme. Una especie de anticipación hizo revolotear las mariposas en mi estómago. Hoy encontraría un tesoro, un santo grial de los buscadores de trastos viejos.
     Nico se rascó la oreja y me miró con cara perruna de fastidio. No le apetecía nada salir del calor de las mantas a buscar, no se sabe qué.
     —Anda, vagoneta. Te haré un sándwich. —Esta palabra mágica hizo que mi perro pierda su dignidad y salga de la cama como un rayo—. Hoy será nuestro día de suerte.
     Llevaba dos horas dando vueltas con mi furgoneta. Cada vez era más difícil encontrar muebles y objetos antiguos. La gente ya no los tiraba: los vendía o los mandaba a restaurar. A eso me dedico yo: dar una segunda vida y descubrir los tesoros donde los demás ven solo basura.
     El tiempo pasaba, la aguja de gasolina se acercaba a la línea roja y Nico se impacientaba.
     Al girar en una glorieta, me metí por una calle que llevaba a un barrio de casas bajas. No era un lugar bueno para encontrar nada, pero era de sentido único y no me quedó otra que seguir.
     Y, sorpresa: justo delante vi un enorme contenedor de escombros lleno de muebles, sillas y alguna que otra lámpara de araña. Varios obreros seguían sacando más y más enseres de una enorme casa. Me sentí como una buscadora de tesoros en una cueva repleta de joyas.
        Pisé el freno y salté de la furgoneta. Les pegué un buen susto a los hombres. Me miraron como a una loca. Y no los culpo.
     —Buenos días, señores. ¡Cuántos trastos! ¿No les importaría regalarme algunos? — acompañé la frase con una sonrisa angelical.
        Pasé la siguiente hora llenando la furgoneta con varias mesitas, una cómoda de madera de palisandro, un aparador de raíz, cuatro sillas francesas, dos espejos recubiertos con pan de oro, otro de pie, cinco lámparas y un secreter de nogal con docenas de cajoncitos. Un poco rayado, pero era la mejor pieza. El santo grial de los trastos. El que lo ha desechado, no tenía ni idea de su valor.
         Los trabajadores me contaron que la dueña de la casa, una señora mayor, había fallecido hacía cuatro meses y que la propiedad pasaba a manos de un sobrino nieto que vive en América, quien la puso a la venta. Los nuevos propietarios no querían saber nada de «la basura y los trastos de una vieja». Me sentí triste por aquella desconocida.
        Nunca entendí por qué la gente tira toda una vida en un contenedor. Sí, todas esas cosas formaban parte de la vida de alguien. Es obvio que cada objeto es el tiempo gastado en conseguirlo, la ilusión en comprarlo, el lugar que ocupa y su utilidad. Es la historia de una familia, parte de su herencia… Yo no tengo nada de esto. ¿Será que por esto busco y me apropio de los restos de las vidas ajenas?
        Definitivamente, debo parar. En el almacén apenas queda espacio. Amontoné las nuevas “adquisiciones” en un rincón y me llevé el secreter a la zona del taller. No podía esperar para ponerle las manos encima y tenía una clienta perfecta que me pagaría un buen precio por la pieza. Aunque, quizás, me lo quedaría para mí. La tentación era demasiado fuerte.
        El mueble necesitaba una limpieza, así que empecé a sacar los cajoncitos. Todos ensamblados en espiga, sin clavos ni tornillos. En la parte frontal, cada uno estaba tallado con flores y pajarillos. Sin duda alguna, la pieza había sido creada por la mano amorosa de un ebanista. Un cajón no quiso salir. Qué extraño, no vi ninguna cerradura. Parecía que estaba atascado. Tiré de la perilla. Nada. Tiré más fuerte. Tampoco. Hacer palanca podría dañar la madera.
        Alumbré con la linterna dentro y debajo del mueble. La superficie lisa no tenía ningún pestillo ni nada por el estilo. Nico, echado en su cama, me miraba con cara cansada. Me senté a su lado para tomar un poco de distancia y observar… Pues, claro. ¡Qué tonta soy! Es de estos que tienen un compartimiento secreto.
     Acerqué un foco, cogí la lupa y me puse a observar la talla. Lo vi. Apenas un imperceptible agujerito, justo en el ojo del pajarillo. Y no era carcoma. Metí la punta de un alfiler y oí un chasquido. El cajoncito se abrió. Por un segundo creí que encontraría una joya: un collar de esos antiguos, un broche. Algo de valor.
     Cuando saqué el cajón del todo, vi un paquete alargado envuelto en terciopelo azul.  A pesar de los años, la luz del foco avivó su color.  Lo llevé a la mesa de trabajo y lo desenvolví con cuidado. A la vista quedaron varios sobres, algo amarillentos, amarrados con una cinta descolorida.
    Nunca me ha pasado nada igual. En mis trabajos encontré algunas monedas, recibos, botones y chucherías sin valor. Pero esto era la vida de alguien. Su historia. Algo tan íntimo y valioso que había necesitado estar oculto.
     Quité la cinta. Eran cuatro sobres y todos tenían un horrible cuño: «Destinatario desconocido». Todos estaban cerrados. Me sentí incómoda e indecisa. ¿Los abro? No lo sé… ¿Y por qué no? La propietaria estaba muerta, el mueble era mío y lo que llevaba dentro, también.
     —Nico, ¿qué me dices? ¿Los abro o no? — Aunque suene estúpido, mi conciencia necesitaba algún tipo de aprobación. Hasta un perro me valía.
          Nico bostezó y volvió a dormirse.
          —Vale, las abro.
         Las abrí y dispuse todo el contenido sobre la mesa. Quería leer las cartas según las fechas. Cuatro cartas, cuatro fotografías en color sepia. En todas, la misma mujer. Bonita. Morena. De pelo ondulado. Sonriente. Feliz. Podría tener unos veinte y tantos años, aunque en aquella época las mujeres se veían mayores.  Por detrás, las fotografías tenían escrito a mano el lugar y la fecha. Madrid, mayo 1953. Toledo, junio 1953. Otra vez, Madrid, julio 1953 y octubre del mismo año.
       Abrí primera carta, fechada el veinte de mayo de mil novecientos cincuenta y tres:
          «Querido, Osvaldo.
         Desde que ayer nos despedimos en la estación, mi mundo se ha derrumbado…»
 
      Pobre mujer. Me acurruqué en el viejo sillón y proseguí con la lectura. Cada palabra estaba llena de amor. Las líneas, escritas con letra pulcra y, ligeramente alargada, hablaban de paseos, de conversaciones en un banco del parque, de besos a escondidas. De sus primeros besos. De preguntas sobre si todo aquello era un sueño. Sobre si él sentía lo mismo. Sobre si, en su viaje, la echaba de menos. Le mandaba besos y cariño. Y se llamaba, Amalia.
      Mi garganta estaba seca. Me levanté a por una taza de café y agua y cogí otra carta. Fecha: el veinticinco de junio del mismo año.
 
          «Querido Osvaldo.
          Ha pasado un mes y no tengo noticias de ti…»
 
   Oh, vaya. Al final, este tipo empezaba a darme una mala espina. Amalia le contaba sobre su vida: el fin de sus clases de secretariado, las prácticas en un bufete con un posible empleo, sus padres que se iban al pueblo. Y, al final, con un suave aire de reproche, le preguntaba por qué no había contestado a su carta anterior. Por supuesto, besos de lo más cariñosos y añoranza por su amor.
   Los quejidos de Nico me trajeron a la vida real. Pobrecito mío, lo tenía abandonado. Salimos a dar un paseo. Casi no le dejé olisquear como le gustaba; necesitaba volver para seguir leyendo. De aquella Amalia me separaban más de setenta años y, sin embargo, vivíamos las mismas preocupaciones.
     La tercera carta, de quince de agosto, ya no empezaba por «querido», sino Osvaldo a secas. Vaya, vaya… ¿Qué habrá pasado? Aquí decía que ha recibido sus cartas devueltas. «Destinatario desconocido». ¡Ya lo sabía! El tipo la engañó. Muchacha, no te merece.  Parecía que tenía manchas secas de lágrimas. ¿Pero por qué volvía a mandarle la carta? Ah, decía que no tiene otro modo de comunicarse con él y que era la única esperanza que le quedaba.
        Quise llorar. Por Amalia, por mí. Por las mujeres. Tontas y enamoradas. Rompí el sobre de la última carta. La tinta corrida por las lágrimas. Cuatro líneas escuetas:
 
          «Osvaldo.
          No entiendo nada. ¿Acaso te ha pasado algo? Ruego a Dios que no sea así. Tu hijo te va a necesitar. En diciembre serás padre. Ruego al Santísimo que esta carta, por fin, te encuentre. No sé qué hacer…
                                                          Siempre tuya, Amalia.»
 
     ¡Madre mía! Qué horror. Sola, embarazada y en aquella época. Pobre mujer. Me puse a llorar. A grito pelado. Nico, también. Y así, los dos, mi perro y yo, lloramos por aquella señora. Sola, en una casa vacía, sin nadie en los últimos momentos de su vida…
          Espera, espera. Sola, no. Había tenido un hijo. O una hija.
          Encendí el ordenador. Busqué la dirección de las cartas. No existe. En Google Maps encontré la casa. No creo que sería complicado dar el nombre de la antigua propietaria.
       Pasé varias semanas reuniendo la información: tanatorio, registro de propiedad, archivos, internet, anuncios en varios grupos de Facebook. Tenía la esperanza de que alguien reconociera a la mujer de las fotos.  Y, mientras tanto, el secreter, como un testigo mudo, se erguía sobre los soportes. No podía tocarlo. Todavía no.
      Tres meses después, ya en Navidades, abrí la puerta del taller y vi algo blanco. Una carta. Mi dirección estaba escrita a mano. El remitente, Juan Osvaldo Pérez, Pamplona. Con manos temblorosas rompí el sobre.
 
          «Estimada Katerina.
          Le escribo con esperanza de que esta carta llegue a sus manos. La dirección es la que figura en su página de muebles. Me encantaría hablar con usted sobre mi madre, Amalia Menéndez Acosta. Y perdone que la contacte por este medio; no me gustan las redes sociales. Sin embargo, es mi hijo quien vio su anuncio.
          Estaremos en su ciudad a mediados de enero. Nos encantaría verla, si le es posible. Le dejo mi teléfono para seguir en contacto.
Un cordial saludo. Juan Osvaldo.»
 
       Me puse a bailar. A reír. Y a llorar de alegría. Nico, sentado en su rincón, me miraba como si dijera: «¿Ves, ama? Tanta preocupación no era para tanto». Me paré frente al secreter y quité la tela que lo cubría.
        —Por fin ha llegado tu turno, muchacho. Vamos a hacerte brillar como mereces.





        28/01/2026, Gijón
© La Pluma del Este

20 de junio de 2025

ANUNCIO

 

Un hombre, lleno de amor,

busca a la mujer para compartirlo

 

Nombre: Armando P.F.

Profesión: Fontanero, de tercera generación. Especialista en grifos de sentimientos que no se abren, en fugas incesantes de lágrimas, en atascos de cañerías que llevan al corazón.

Estatura: soy tan alto como tú lo necesites; intentaré llegar al depósito de tu alma, aunque tenga que romper la pared de tu indecisión y timidez.

Edad: 45 años (pero mi llave inglesa está como nueva).

 

Ofrezco:

—reparaciones sentimentales del pasado sin juzgar;

—un hombro firme y una mano, llena de callos, para el apoyo duradero y sin fisuras;

—silencios cómplices mientras se vacía la caldera;

—café o té a media mañana para acompañar una conversación sin filtros.

 

Busco:

Una buena mujer que no tenga miedo de meterse en los charcos emocionales (los domésticos ya los arreglo yo); que comprenda que algunas veces lo que gotea no es una tubería, sino un corazón roto. No me importa si eres una escritora, librera, ama de casa o maestra… Lo que me importa es que te rías conmigo cuando me quede atrapado bajo un fregadero o, cuando, un chorro de agua me salpique de la cabeza a los pies.

 

Garantía:

No puedo arreglar el corazón roto, pero prometo quedarme a tu lado mientras se cura.

 

Llámame sin compromiso. Para una cosa o la otra.





La imagen está tomada del artículo: ¿Cuánto cuesta llamar a un fontanero?


19/06/2025, Gijón

© La Pluma del Este



8 de mayo de 2025

Café en buena compañía

 Café en buena compañía



Ella tiene todo bajo control. Su pelo, veteado de gris, recogido en un moño y las gafas de pasta le dan un aire de descuidada elegancia. Con amor y esmero ordena las infinitas estanterías por los géneros literarios y por los nombres de los autores. Camina con pasos silenciosos en una suave cadencia que solo ella es capaz de interpretar.
        Cada viernes, a las seis en punto, él se acerca al mostrador para devolver un libro y recoger uno nuevo. Es alto y delgado, con un sombrero de ala que no esconde los ojos de color whisky. Los ojos que adquieren un brillo socarrón al ver a la bibliotecaria. Las frases: «¿Qué le ha parecido?». «Este tiene buenas críticas». «Este tiene un final feliz» —es lo único que se atreve a pronunciar. Aun así, ella ya conoce sus gustos y guarda los libros para él.
        Un día, él le dejará una nota dentro de uno: «¿Qué tal un café en buena compañía?». Ella, tímida y con las cicatrices en su corazón, ignorará esta nota y otras muchas más. Pero él no se dará por vencido. Hasta que un día ella leerá: «Cómo duele reconocer que mi compañía no es tan buena. No la molestaré más». Ella, asustada, al entregarle un libro, lo rozará con las puntas de los dedos y, mirándole a los ojos, le dirá: «Hice bollos de canela riquísimos. Serán perfectos para acompañar el café…».
 


 

                                                                                                                   07/05/2025, Gijón

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2 de mayo de 2025

La luz de la esperanza

La luz de la esperanza 



 

       —Que Dios te proteja y te devuelva sano y salvo. —Con estas palabras y un prolongado beso, Elisa se despidió de Abel, su prometido. Se mantuvo firme, sin demostrar la congoja que le estrujaba el corazón, pero por dentro rogaba al mar que no cobrara la vida de su amado, como a otros tantos, a cambio de la preciada pesca.
        Sin embargo, la barca de Abel no regresó ni aquel día, ni al siguiente… Pasó una semana… Pasó otra… Y otra más… Abel no volvía. La desesperación de Elisa iba en aumento igual que su barriga… Cada anochecer subía al promontorio desde el cual divisaba el mar hasta el lejano horizonte, ahí donde este se unía con el cielo en una finísima franja añil. Encendía un fanal que, con su resplandor, marcaba el camino a casa.
     Los del pueblo ya cuchicheaban a sus espaldas y sus padres la querían enviar con una prima lejana para «cubrir las vergüenzas» de su desdichada hija. Pero ella se negaba rotundamente. Debía estar ahí cuando Abel regrese.
    Las semanas dieron paso a los meses. El verano cedió su lugar al otoño y Elisa cada noche subía a la atalaya llevando el farol. Su padre, resignado, le construyó un refugio… Ahí, protegida de las embestidas de viento y lluvia, mantenía la llama viva de su fanal y de su esperanza. “Él volverá, seguro… Solo que está perdido… Y yo tengo que guiarlo a casa”. Repetía una y otra vez… Al principio, como la contestación a sus padres y vecinos, después como una consigna…
   En las puertas del invierno nació su hijo, Deene. Pobre muchacha, con la mente ida, no podía criar al bebé y sus padres lo entregaron a una buena familia. Ya eran mayores y con cuidar de su desdichada y demente hija era más que suficiente.
   Pasaban los años. Los viejos del pueblo iban ocupando las tumbas del cementerio; también los padres de Elisa. Y ella ya vestía canas sobre sus andrajosos y desgastados ropajes. Algunos niños se reían de la pobre «loca del farol», pero los del pueblo no la molestaban y le llevaban la comida y alguna que otra prenda de abrigo. Para la mayoría, Elisa era un ser extraño, ya que no comprendían su obstinado amor y su inútil esperanza. Ella no ha sido la única que había perdido a alguien en el mar. La vida de pescadores era así: corta e imprevista.
     Una noche, a mediados de agosto, el farol en el promontorio se apagó… Los vecinos, sorprendidos, subieron para ver qué pasaba… El lugar estaba desierto. El viejo farol, hecho trizas. De Elisa, ni rastro. Igual, la pobre, se volvió loca del todo y se tiró por el acantilado. Y qué raro que no lo había hecho antes…
   Un tiempo después, algunos pescadores contaron que vieron entre las olas del mar a una pareja joven, que bailaba encima del agua, y aseguraban que eran Eliza y Abel, por fin reencontrados después de tantos años de espera…
         
 



                © La Pluma del Este

                                                                                 02/05/2025, Gijón



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25 de abril de 2025

Un amor imposible

 Un amor imposible


Él la ama. Han llegado a este lugar casi al mismo tiempo. Años de contemplación han hecho que él memorice cada detalle de su rostro, de su cuerpo; cada pliegue de su efímero ropaje que con delicadeza enmarca su bello cuerpo. En el ocaso, el sol poco a poco se va perdiendo entre los tejados y con los últimos y rebeldes rayos alumbra el cuerpo de su amada en oro con destellos de fuego. En estos momentos es cuando ella se ve más bella y vibrante que nunca.
        Su amor es correspondido. Ella también lo ama. Desde siempre… Ama su cuerpo de un gran luchador que la protege de las inclemencias del tiempo en el gélido invierno; del sol abrazador en verano; de las lluvias y del despiadado viento del norte. Ella conoce cada rasgo de su inmutable cara. Lo ve envejecer y no le importa. Ellos son los únicos en este mundo. Están hechos el uno para el otro. Sin embargo, aunque se miran con amor, están condenados a no tocarse jamás.
        Ambos fueron tallados por la mano de un artista que insufló sus almas a la fría y perfecta piedra, dos estatuas en la fachada de un majestuoso y antiguo edificio: el hombre, un guerrero helenio, y la mujer, vestida en una túnica y con su largo cabello recogido bajo una diadema. Pero la historia de su amor imposible llega a su final, ya que pronto, en este lugar, se erguirá una mole de hormigón y cristal, y los dos amantes de piedra, por fin, se unirán, convertidos en trozos y polvo del mármol blanco.

 

 

24/04/2025, Gijón

© La Pluma del Este


14 de abril de 2025

Luna de abril

 Luna de abril

 

 

        Anochecía… La luna poco a poco se adueñaba del cielo. Titilantes estrellas, diminutos farolillos, se encendían en la inmensidad del cosmos. La brisa fresca de abril jugaba con las llamas de la fogata… El olor de los naranjos en flor y de la hierbabuena cubría el campamento. Los romaníes, reunidos alrededor del fuego, esperaban que sucediera algo. El silencio lleno de magia estaba a punto de romperse…
        El acorde de una guitarra rasgó la quietud y una melodía se expandió por el valle. Alguien echó más leña al fuego y una miríada de chispas se elevó en el aire. Y, como por un encantamiento, apareció ella… la cautivadora Rada. Empezó a bailar con mucha delicadeza, como si le costara cada movimiento cimbreante de sus caderas, de sus manos, de su cuello…
        La música sonaba cada vez más y más rápido. La joven cíngara, inmersa en aquel vertiginoso baile, giraba, giraba y giraba… Su falda floreada tenía vida propia: subía, bajaba, se arremolinaba alrededor de su cuerpo, enseñaba los esbeltos tobillos adornados con las tobilleras de plata.
        La guitarra cantó su última nota y la mujer paró… El sudor brillaba en su piel. Con un gesto lleno de sensualidad, apartó el cabello azabache de su cara… Y la noche vio su belleza. Los ojos de un verde intenso miraron alrededor como si buscaran a alguien… Con anhelo… Con la desesperación contenida… Sin encontrarlo… Un halo de decepción y tristeza los llenó de lágrimas.
        La romaní hizo una señal a un grupo de hombres y estos sacaron del fuego un montón de brasas y con los rastrillos las esparcieron por la tierra. La guitarra volvió a sonar. La siguieron las decenas de palmadas, marcando el ritmo. La mujer se subió la falda y, con decisión, pisó las brasas ardientes. Y volvió a bailar. Esta vez era diferente. Es como si algún espíritu salvaje la poseyera y la protegiera de quemarse viva. Este baile era un éxtasis puro… Las palmas, los gritos, el canto de las mujeres y hombres, las panderetas, las campanillas… Un vórtice de pasión se apoderó de los presentes… La bailarina de fuego paró… Respiraba con agitación… El sudor brillaba en su cuello. El collar se posó en sus pechos con un suave tintineo. Dio un paso hacia la oscuridad… Después, el otro…
        Las cortinas de la noche se abrieron y un hombre salió a la luz de la lumbre. El fuego se reflejó en su ávida mirada, llena de añoranza. Estiró sus manos hacia la mujer… Rada sonrió y se echó en sus brazos.
        —Tardaste —dijo con voz de susurro.
        La noche volvió a cerrar sus cortinas detrás de los enamorados… La brisa con olor a las flores de naranjos y a hierbabuena poco a poco apagó la fogata… Los romaníes se retiraron a sus carromatos… La luna cómplice se escondió entre las nubes para que los amantes tuvieran la intimidad…
 

 


                                                                        13/04/2025, Gijón

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15 de noviembre de 2024

"Al César, lo que es de César"

 “Al César, lo que es de César”



La situación era desesperante…
Había que hacer algo y muy rápido…
Era la cuestión de vida o muerte…
   Así que, después de retozar una hora en leche de burra; dos horas de masajes emolientes con aceites afrodisíacos; otras dos horas eligiendo sus joyas más espectaculares y telas más finas que hacían resaltar su magnífica figura, Cleopatra, por fin, estaba preparada para su encuentro con Cesar.
   Y a continuación, se metió dentro de una alfombra…





                                                                                                                 15/11/2024, Gijón

5 de junio de 2024

Todas son iguales

 Todas son iguales



   — ¡Vaya pinta, tío! Ni que una manada de búfalos pasara sobre ti. Hey, tú, sírvele a mi compadre un vaso de ese matarratas que tienes. Y a mi otro. Joder, deja la botella, roñoso. Apúntala a mi cuenta. Bebe, Jonny, y cuéntame tus peripecias.
   No hay mucho que conta, estoy jodio, tío, eventao po dento. Y muy a disgusto. La puñetea Camen no me hace ni puto caso. Y eso que me quedé pendao de ella naa más vela. Su cuepo, sus andaes, su pote… Dese que está conmigo, come de lo mejocito. No escatimo en las viandas. Dueme en el mejo sitio. Intento no fozala mucho. Y la cabona me tata así. Tengo el cuepo paa escombo. Tengo golpes por toos laos. Estoy hecho un puñeteo moraón con patas, joer. Man engañao con ella. Cuando vea al viejo Billy, le pegaé un tio en toa fente.
   —Por Cristo, ¿por qué hablas así?
   —Joer. ¡Mia! Me fatan tes dientes, joer. La cabona me tió cuando la quise montá. Me caí como un saco de bosta. Y la hija e puta me pateó en la cabeza. Casi no lo cuento.
   —Mal asunto con las hembras: las de dos patas o de cuatro, todas son iguales.  Venga, toma otro vaso…




05/06/2024, Gijón


 


13 de mayo de 2024

La víspera del joropo

   La víspera del joropo



Quedaba un día para el joropo y ella todavía no sabía si Marcelo vendría.
   Al ver sus ojos verdes y la linda sonrisa, que no se le quitaba de la cara, supo que era para ella. Por más que su amigo maripozuelo le advertía que era un picaflor y que contaba las copuchentas a todas las mozas de los pueblos cercanos, para ella eran tan solo rumores y habladurías de los envidiosos.
   Él hacía bailar su corazón como un rayo del sol en el agua cristalina del arroyo. Todo en él la atraía. Para ella él era perfecto y …  lo amaba.
   Marcelo, un huacho sin dinero y flacuchento, tocaba con la gran maestría la marimba. Sus dedos con mucha delicadeza agarraban los palillos que recorrían las láminas y ella imaginaba estos dedos sobre su cuerpo.
   La semana pasada se han encontrado en el cocotal que quedaba más allá del pueblo. Después de besarla con mucho brío, le había confesado que era la única para él y que quería casarse con ella. Y ella le contestó…
   El grito de su madre la bajó de las nubes:
—¡Hija, se te está quemando la marucha! ¡Deja de soñar despierta y no me vengas con alharacas amorosas por un muerto de hambre!
 





                                                                                                                  13/05/2024, Gijón

Diccionario:
Joropo - fiesta popular, fiesta en un pueblo
Copuchentas - chismes y murmuraciones
Huacho - huérfano
Marimba - instrumento musical
Marucha - un corte de carne de vacuno




9 de abril de 2024

El estreno desastroso..o no

 El estreno desastroso… o no


No sé si les ha pasado alguna vez, chicas.
Un día te levantas, estás feliz y con un bonito subido. Te metes un buen desayuno de huevos y bacón entre pecho y espalda acompañado de un enorme tazón de café con leche. Claro, sin pan. Una tiene que mantener la línea. Te vistes a estrenar y te maquillas según el último tutorial de YouTube. Estás despampanante.
   Antes de salir a la calle a comer el mundo, te entran las ganas de hacer pis. La vejiga es muy inoportuna y más cuando tienes el medio litro de leche y café dentro.
   Por fin, sales del portal y bajas a la calle igual que una diosa. Barbilla en alto y haciendo el caso omiso (aunque disfrutando como el cerdo en una charca) de los piropos que te echan desde los coches que te adelantan. Llevas una falda nueva, de esas que tienen mucho vuelo y encaje. Un top ajustado y zapatos de aguja. Te encanta sentirte empoderada y rezas para no tropezar y caer desde la altura de tu ego.  En el fondo eres una mujer normal y no estás acostumbrada a tanta atención. Por fin te das cuenta de que la dieta Keto funciona y que el sacrificio corporal en el gimnasio ha dado sus frutos. ¿Quién lo iba a decir?
   Tú eres una nave con velas henchidas que surca el mar de la multitud hasta que esperando en el paso de peatones oyes un carraspeo:
   — Señora, disculpe. — Te giras y ves a un hombre elegante y de buen ver—. Siento molestarla, pero tiene su falda levantada justo por detrás. Se le ve todo…
   Ahí mismo te mueres y antes de entrar en el purgatorio te das cuenta de que cuando fuiste al baño, el bajo de tu nueva falda ha quedado dentro de la cinturilla de los pantis. Y tú, sin enterarte, ibas enseñando el culo desde hace una eternidad.
  ¿Que qué pasó después?
   Me casé con este hombre galante y samaritano. Por cierto, no me permitió tirar la falda. Alguna que otra vez la uso en nuestros juegos de alcoba.






                                                                          08/04/2024, Gijón

  

22 de marzo de 2024

La traición

                                La traición

 

  

El hombre estaba blanco como papel y sin saber a dónde meterse: tartamudeaba y temblaba; de su frente empapada resbalaban unas enormes gotas de sudor. Por fin reunió algo de valor y soltó la primera frase, tan mañida en el mundo entero:
   — Cariño, esto no es lo que parece. Es un malentendido. No te pongas así. Deja que te lo explique…
   — A ver, cabronazo, ¿cómo me lo vas a explicar?— La mujer se sentía demasiado dolida y decepcionada. —¿Cómo pudiste romper nuestro acuerdo? Y tú, ¿qué haces aquí todavía? ¡Lárgate!
   «Uf, vaya lío. Nunca me pasó nada igual. Pobre hombre. No le envidio. Aunque su mujer está buenísima. Pero ponerse así por una pizza, bueno, por dos, no es normal. Menos mal que ya he cobrado». — El repartidor puso los pies en polvorosa. Los gritos de la mujer sobre la dieta, el sacrificio y nosequé boda todavía se oían cuando arrancó su moto.





 




                                                          20/09/2024, Gijón

18 de marzo de 2024

Las lágrimas de Ianthe

 Las lágrimas de Ianthe

 

 
Las olas de un añil cristalino la estaban meciendo arriba, abajo, arriba, abajo… El agua templada la envolvía con suavidad y los rayos de sol besaban su hermoso cuerpo. Ianthe estaba relajada, se sentía feliz y complacida con el momento de tranquilidad sin el molesto ajetreo de los navíos.  Aunque este rato no durara mucho, ella aprovechaba cualquier oportunidad para salir a la superficie y disfrutar de un cielo lleno de azules y de la enigmática costa, donde vivían los humanos. Tenía prohibido acercarse a ellos. Su mera existencia dependía de la ocultación.
   Un día, hace muchas lunas, ella ha roto el tabú: conoció a un humano. Él la había enamorado con su música, aquel extraño sonido que salía de un instrumento que tocaba.
   Lo vio por vez primera en una puesta de sol, cuando sus rayos dibujaban el camino dorado hacia el horizonte.
  Después de cazar unos peces, Ianthe retozaba en el suave vaivén de las olas. Él vino en una nave blanca, una de tantas que surcan las aguas de su hogar.  Echó el ancla y quedó muy quieto mirando al más allá. Parecía que estaba rezando. Después abrió una especie de vasija y tiró unos polvos al mar. Empezó a llorar. Lloró mucho, postrado de rodillas. Se le veía muy triste y abatido. Después se sentó, abrió un enorme cofre y sacó algo grande de una extraña forma redondeada. Puso este objeto entre sus piernas y con un palo fino empezó a hacer unos movimientos.
   De repente, el aire se llenó de un sonido delicado y a la vez potente. Ella nunca había oído nada igual. Gaviotas y albatros se han enmudecido. Y el mar se calmó, convirtiéndose en un enorme plato de cristal.
    Ianthe se sintió arrastrada por la triste melodía y quiso acompañarla con su voz. Al unísono – el hombre y la sirena – empezaron a tejer una bella canción que los atraparía en un vertiginoso baile de emociones.
   El hombre dejó de tocar. Extrañado, se acercó al borde para ver quién era la cantante. Pero ella ya se había sumergido en las profundidades del mar.
   Pasaron unos días y él volvió.
   De nuevo se puso a tocar, pero esta vez la melodía era más alegre y que invitaba a bailar y saltar las olas como si fuera un pez volador. Por lo menos es lo que ella sintió en aquel momento. Ianthe lo acompañó con su voz cantarina y cuando él quiso verla, se escabulló por debajo del navío sin atreverse a más.
   Pasaron muchas lunas, varias tormentas y tempestades, pero el hombre volvía a la bahía a tocar su música y la sirena le acompañaba en el ritual lleno de magia.
   Un día él no tocó. En silencio se sentó en el borde de la nave con los pies colgando a la espera de su acompañante misteriosa. Albergaba la esperanza de conocerla, por fin. Amaba su voz y quería ponerle una cara.
   Ella se acercó al yate y empezó a flotar, dejándose llevar por el suave oleaje.
   Sus miradas se encontraron y se reconocieron al instante. Algo muy antiguo ha resurgido en sus corazones. ¿Tal vez un amor de la vida pasada? ¿Quién lo sabe? Pero estos dos seres tan diferentes se sintieron como uno solo. Se han reencontrado.
   Después vinieron muchos atardeceres llenos de música y amor.
   Ella ya sabía su nombre, Leonardo, y el extraño instrumento que tocaba era un «violonchelo». Que aquel día, cuando lo vio por vez primera, él vino a tirar al mar las cenizas de su mujer que había fallecido de una terrible enfermedad. Leonardo iba a arrojarse al mar también, ya que no imaginaba vivir sin su esposa. Pero conocerla a ella, Ianthe, le ha salvado de aquella terrible decisión.
   Él era profesor en un lugar llamado “la universidad”. Vivía en una ciudad pequeña costera, Sutomore, y le explicaba las maravillas de la vida en la tierra firme. Ella le contaba sobre los tesoros ocultos de las profundidades y de sus habitantes. Los dos eran huérfanos, dos almas solitarias, que tuvieron mucha suerte de encontrarse en un mundo tan inmenso.
   El tiempo pasaba. El pelo castaño de Leonardo iba cogiendo el color de la madera blanquecida por el sol.  Su cara poco a poco se llenaba de arrugas. Ya no era tan fuerte y vigoroso. Sin embargo, Ianthe seguía siendo la misma, con su melena violeta y la piel tersa y suave de una mujer joven. La música de Leonardo ya no sonaba con tanto ímpetu, pero ella seguía acompañándola con su voz cristalina. Con esto le bastaba.
   Algunas veces, Leonardo tardaba en regresar y Ianthe nadaba dando vueltas, desesperada y loca de preocupación por su enamorado. Pero él siempre volvía. Tocaba su violonchelo y ella cantaba para él. Después, retozaban juntos en el suave vaivén de las olas.
   Un día él no volvió.
   Pasaron varias lunas…
   Ella seguía en el mismo lugar como si estuviera anclada con una cadena invisible: «Vendrá. Seguro que volverá. Somos uno solo».
   De repente, en el ocaso, apareció un navío que ella conocía tan bien. ¡Por fin! ¡Ha vuelto! Ianthe estaba fuera de sí de alegría y preocupación. Lo reñiría por ser tan desconsiderado y dejarla sola mucho tiempo. Se abrió paso entre las olas para acercarse al yate.
   La persona que la saludó no era Leonardo, sino una mujer joven. Después salió un hombre.
   Ella no sabía qué hacer: huir o preguntar por su amante. La muchacha lo hizo por ella:
   —Hola, Ianthe. No te asustes, por favor. Señor Leonardo nos habló mucho sobre ti. Somos sus alumnos y amigos. Yo soy Dafne y él es Eric. Sentimos decirte que Leonardo ha fallecido. Su último deseo era volver aquí, contigo. Estas son sus cenizas…
   Un grito desgarrador rompió la calma marina. La sirena estiró sus manos para coger la urna con los restos de su amado y se sumergió en aguas profundas. Los muchachos levantaron el ancla. El yate se perdió en el ocaso siguiendo la estela dorada del sol. El silencio con su halo mortuorio cubrió aquel rincón del Adriático, testigo de un gran amor y de una gran pérdida.
   Todavía hoy, después de cada tormenta, se oye el llanto de Ianthe. La sirena llora por su amado. Algunos han visto su cabellera, ahora blanca, surcando las olas. Y los más afortunados han podido encontrar unas raras perlas de color violeta. Dicen que son las lágrimas de Ianthe. Pero pocos se atreven a buscarlas en el mar, el dominio de una sirena enloquecida por el dolor.
     



                                                                               15/03/2024, Gijón

  © La Pluma del Este

    

Puede escuchar este relato, leído por la locutora argentina Mariel Estrada 

9 de febrero de 2024

El cuervo

El cuervo



Hola, mi amor. 
  Estoy justo delante de tu ventana. No soy como antes. Ha pasado más de un año desde mi entierro. Pero he vuelto. No sé por qué. Dicen que las almas regresan para concluir sus asuntos. Ni idea. No soy un fantasma ni nada por el estilo. Ahora soy un ave. Un simple cuervo negro. Sí, como de aquella película de Hitchcock.
   Me “desperté” ya convertido en este pájaro. Tengo vagos recuerdos de mi vida pasada. De lo que sí estoy seguro es de que te conocía a ti y que fuimos uno solo. Nos amábamos. Pero me morí. ¿De qué? No me acuerdo. Tampoco importa. Antes era yo y ahora, un cuervo.
   Estoy muy cerca. Ahora vivo justo enfrente de nuestro piso. Sí, en ese edificio viejo y destartalado que no te gustaba. Aquí nadie me molesta y tengo una perfecta visión de ti. Te observo.  Atesoro en mi pequeño cerebro cada momento. Los recuerdos como destellos me mantienen en este alfeizar conectado a ti.
   Te veo llorar cada noche. Sola. En nuestro dormitorio. Mi foto sigue en la mesita. La besas antes de dormir. Me complace, pero también me duele que vives estancada. Quiero que disfrutes, que seas feliz. No hace falta que te olvides del todo de mí. Con un recuerdo y un pequeño rinconcito de tu corazón, me conformo.
   El verano dio  paso al otoño. Los primeros copos de la húmeda nieve están colándose por los cristales rotos de mi ventana. Sigo sin entender por qué estoy todavía aquí. ¿Qué es ese asunto pendiente que no me deja partir al más allá?
   Los vecinos de abajo continúan con sus broncas interminables. Algunas cosas no cambian.  Antes la mujer era tu amiga. Pero veo que te está evitando. Me acuerdo de aquella vez que me entrometí en medio de su pelea. El tipo me empujó por la escalera. Me di un buen golpe. A él lo han metido en la cárcel. Yo, una temporada, sufría terribles dolores de cabeza.  Ahora me acuerdo: me morí unos meses después.
   Veo que, a pesar de todo, el tipo ha vuelto con su mujer. Algunas no aprenden. La sigue pegando. Qué triste. Ahí la policía otra vez… No sé si valdrá para algo.
   Ya es noche, fría y llena de estrellas. La nieve cubre todo como una manta impoluta. Descansa, mi amor. Yo seguiré velando por ti…
   ¿Y este brillo? ¡Fuego! En el piso de aquellos desgraciados.
   Mi amor, ¡despierta! Con mi pico estoy dando al cristal de tu ventana. Con todas mis fuerzas. ¡¡Despierta!! ¡¡¡Vamos!!! Sal de ahí. Vete al balcón, sal del piso. ¡Ya!
   Sigues durmiendo…
   Tengo que coger la velocidad. ¡¡¡Vooooooy!!! Una vez… No se rompe. Otra vez… Y otra… El fuego es cada vez más fuerte. Mi pico rompe el cristal. ¡Por fin! El dolor es insoportable. Siento la sangre mojando mi plumaje. No importa. No puedo volar. Creo que he roto un ala. Pero te despertaste. Gracias a Dios. Sal, sal al balcón, ahí estarás a salvo. Ya vienen los bomberos. Te van a rescatar…
   Uff, qué dolor. Mis plumas se prenden tan rápido. Me quemo.  Ahora sé por qué he vuelto… Siempre ha sido por ti… Qué dolor, por Dios. ¿Y esta luz? Me llama… Me siento ligero y agradecido. El pobre cuervo yace convertido en cenizas. Yo, libre, vuelo hacia la luz…




                                                                                                                09/02/2024, Gijón

© La Pluma del Este

 

 

29 de enero de 2024

En rojo

 En rojo



Llevo media hora delante del armario abierto. ¿Qué ponerme? ¿Una falda y una blusa a juego? ¿Este vestido de chiffon que me envuelve como pétalos de rosas? ¿O el pantalón con la camiseta que resaltan mi figura?
   Cada día es más difícil la elección. Total, ¿para qué? Estoy agobiada… Me siento tan exhausta. Suena egoísta. Cualquiera puede decir que no soy la única que pasa por esto. No puedo hablar por los demás. Sé lo que padezco yo… Es como vivir en el limbo, rememorando los momentos del pasado y agarrándose a los hilos que los unen al de ahora. Sin éxito.
   Intento sacar fuerzas para reponerme y fijar una sonrisa en mi cara, marcada con finas arrugas, unas por la edad y otras por lo que me tocó vivir. El amor que siento y que he recibido me empuja adelante, pero tengo momentos de debilidad y siento lástima de mí.
   «¡Basta! ¡Enderézate! ¡Vístete y sal! Vete a verlo, ya es la hora. Seguro que estará como un tigre enjaulado, marcando los pasos, inquieto y gritando a las cuidadoras».
   Las tardes largas son especialmente difíciles. Y yo no quiero que esté atontado con pastillas. Un instante de reconocimiento en sus bellos ojos y yo estaré feliz. Seguiré con nuestra rutina hasta el final…
   Y sonará el “Vals N.2” de Shostakovich, al que bailaremos abrazados como aquel día, cuando nos conocimos. Los cinco maravillosos minutos hasta que él de nuevo volverá a vagar por el laberinto oscuro de su memoria… Y yo me vestiré de rojo, el único color que lo hará regresar a mí…




 © La Pluma del Este


13 de diciembre de 2023

Don Alejandro

               Don Alejandro

                                                   (Serie «El amor en el ocaso»)

 

  Ya se han ido todos.
 Él decidió quedarse. No quería dejarla sola, así no. Se sentía culpable por no cuidarla mejor, por no encontrar los mejores médicos, mejores tratamientos… Cualquier cosa que la salvara. Juntos han perdido la guerra y ella era la víctima.
   Se fue tan joven, tan llena de vitalidad, con tantas cosas por hacer. Maldita sea esta porquería de vida: los buenos se mueren demasiado pronto y los malnacidos, pisan la tierra hasta una vejez inmerecida. ¿Qué será de él? ¿Cómo estarán sus hijos? Sí. Ya son adultos y lo comprenden. Pero él se siente menos hombre por no proteger a su amor, a su mujer del puto cáncer. Quiere maldecir, pelearse con alguien y con todos.  Destrozar este negro obelisco donde está ella…
   —Papá, ven a casa. Ya anochece. Llevas aquí casi cinco horas. Vente conmigo. —Su hijo mayor, Julio, le echó una chaqueta por encima y lo abrazó—. Miguel y Natalia están en casa esperándote para cenar. Llevas días sin comer en condiciones. Javi se durmió, pobre. Te esperaba para que le leas un cuento. Ven, por favor. 
   Con el cuerpo entumecido le costó caminar hasta el coche: «Así será mi vida —se estremeció—.  Paso a paso hasta que la de la guadaña me lleve con mi esposa» …
   Quince años de aquello y la puñetera muerte lo sigue esquivando.
   Los hijos ya peinan canas. Su nieto, Javier, en la universidad. Y él, sigue viviendo sin vivir y a punto de jubilarse. Las veces que soñó con Victoria, su mujer, esta le pedía que deje de culparse a sí mismo; que viva, que sea feliz, que piense en sus hijos y nietos. Pero la culpa seguía corroyéndolo por dentro. Sin embargo, también reconocía que tenía que cambiar y hacer un esfuerzo para que su vida no sea una mera existencia.
   El internet no era algo nuevo para él. De hecho, le encantaba.
   Al mes de su jubilación se puso a mirar las motos. Puede ser descabellado para un hombre de sesenta y pico que nunca montó en una motocicleta. Las “famosas” crisis de los cuarenta y cincuenta las pasó cuidando de su mujer y criando a los hijos, así que no ha podido permitirse este lujo.
   Después de mirar decenas de páginas, encontró una Harley de segunda mano a buen precio. Necesitaba algo de restauración y cariño para que volviera a ser una moto de ensueño. Su nieto mayor estaba encantado. Los hijos y las nueras le llamaron un “viejo insensato”.  Y que “estaba loco para montar una moto con casi setenta años”. «Bah. No hay quien los entienda —pensaba—. Se quejan por todo. O no vivo o me arriesgo demasiado».
   Un año de trabajos con la moto en compañía de Javi, hizo que su alma rejuveneciera. En vez de un nieto, tenía a un amigo joven que lo mantenía al tanto de las novedades en este mundo tan loco e inmediato. Iba al gimnasio, empezó a correr, se apuntó a las clases de cocina. Y, madre mía, ahí estaba rodeado de mujeres. Poco a poco dejó de sentirse culpable y hasta lo divertía aquello.
   Cuando visitaba la tumba de su esposa, le contaba sus aventuras, aunque sin tener todavía el valor suficiente para dar un paso a algo más serio. Casi veinte años después de su muerte, seguía oliendo su inolvidable perfume.
   En las clases conoció a varias mujeres que ahora eran sus amigas.  Llegó a valorar tanto su amistad que no quería estropearla con una relación más personal.  Ha sido Javier quien le aconsejó apuntarse a una página de citas.
   Aquel mundo le pareció una jungla. Bueno, quizás exagerara un poco. Las fotos de muchos perfiles no tenían nada que ver con la realidad. Don Alejandro no entendía tanta impostura: «Si ya somos viejos, ¿para qué mentir?»
  Ha quedado con mujeres. Algunas interesantes y con una conversación amena.  Otras, tímidas y muy pendientes de sus hijos y nietos, y que no tenían el tiempo para ellas mismas. No comprendía que los familiares abusasen tanto sin dar la oportunidad a que estas, todavía bonitas señoras, pudieran disfrutar de la vida.
   Ninguna se atrevió a acompañarlo, a dar un paseo en su Harley. Lo miraban como a un loco e imprudente.
   Y así, pasaron casi seis meses …
   El bar no estaba lleno: se oía la música rock entremezclada con el murmullo de conversaciones. Don Alejandro buscó una mesa libre y se sentó para esperar a sus hijos. Tenía ganas de contarles sobre el futuro viaje en moto por Europa del Este. Sabía que no les iba a gustar, pero este era su deseo. Quería vivir la aventura de un “viajero solitario”. «Qué juego de palabras más avenido». Esa idea lo hizo sonreír para dentro. Pidió una caña tostada y se puso a leer un periódico.
   —Abuela, “El amor en el ocaso” no es una tontería. Claro que a la primera no vas a conocer a tu caballero andante o lo que sea… Ya… Pero tres meses no son nada. Te pido que esperes un par de semanas, nada más.
   La conversación de la mesa de al lado dejó a nuestro hombre muy intrigado. Él también estaba apuntado en esta misma página. ¡Qué coincidencia! Se giró y disimuladamente buscó a la “abuela”.
   En la mesa del fondo había dos mujeres. Una chica joven, no más de diecinueve o veinte años, y una señora de buen ver. Elegante, pero sin esforzarse. Media melena de castaño claro. Parece que los ojos eran de color verde. Pequeños, pero bonitos. Labios color rosa con un toque de brillo. Este efecto le gustó mucho. Cuando pasaba su mano para colocar el pelo detrás de la oreja derecha, se veía un pendiente plateado en forma de aro. Aun así, el mechón rebelde volvía a su sitio. Y ella repetía el mismo gesto. A don Alejandro esto le pareció muy femenino y sensual. La camiseta negra de Ramones y la chaqueta de cuero le gritó que la señora tenía alma roquera. ¡Woow!
 Afinó más el oído a lo que contestaba la “abuela”:
    —Bueno, cariño. Te haré caso. Esperaré. Sin embargo…
   —Hola, papá. Te vemos bien. —Don Alejandro dio un respingo y perdió el hilo de conversación femenina. —¿Tomas otra?
   Mientras Juan y Miguel pedían las consumiciones, las dos mujeres se levantaron para irse.
    —Cuenta, papá. ¿De qué querías hablar con nosotros? —Miguel, repantigado en la silla de enfrente, le guiñó un ojo—. ¿Conociste a alguien?
   —Noooo. ¡Qué va! Solo quería ver a mis hijos, tomar unas cervezas e ir a picar algo. Hace tiempo que no charlamos de nuestras cosas.
   Mientras compartía un rato agradable con sus chicos, don Alejandro daba vueltas en la cabeza sobre aquella mujer y que tenía que encontrarla sin demora. Y que los dos estuvieran en la misma página era una señal. ¿Por qué no había visto su perfil antes?
   Nada más llegar a casa, el hombre se puso a buscar a la mujer misteriosa. ¡Por fin!
   Su nombre es Inés. (Muy bonito). Sesenta y ocho años. Viuda. Tiene unos preciosos ojos verdes. Le gusta el rock. Bailar. Cocinar. Leer. Tomar una copa de vino en una agradable compañía. Le encantaría vivir aventuras. Su lema: «La edad no es importante, sino la actitud».      
   ¡Una mujer perfecta! Tenía ganas de conocerla en persona y confirmar la extraña sensación que tuvo al verla en el bar.
   Dicho y hecho. Nuestro caballero le escribió un mensaje con la esperanza de que lo lea pronto y acepte la invitación:
  
    «Estimada Señora.
   Para mí sería un enorme placer poder conocerla en persona. Ya no somos jovencitos para perder el tiempo en un chat. Me quedo a su disposición para que elija la hora, el día y el lugar. Espero su respuesta.
   Un cariñoso saludo, Alejandro Álvarez Fernández» …




                                                                                           13/12/2023, Gijón

© La Pluma del Este

(Continúa en Las citas de la abuela)