18 de marzo de 2024

Las lágrimas de Ianthe

 Las lágrimas de Ianthe

 

 
Las olas de un añil cristalino la estaban meciendo arriba, abajo, arriba, abajo… El agua templada la envolvía con suavidad y los rayos de sol besaban su hermoso cuerpo. Ianthe estaba relajada, se sentía feliz y complacida con el momento de tranquilidad sin el molesto ajetreo de los navíos.  Aunque este rato no durara mucho, ella aprovechaba cualquier oportunidad para salir a la superficie y disfrutar de un cielo, lleno de azules, y de la enigmática costa, donde vivían los humanos. Tenía prohibido acercarse hacia ellos. Su mera existencia dependía de la ocultación.
   Un día, hace muchas lunas, ella ha roto el tabú: conoció a un humano. Él la había enamorado con su música, aquel extraño sonido que salía de un instrumento que tocaba.
   Lo vio por vez primera en una puesta de sol, cuando sus rayos dibujaban el camino dorado hacia el horizonte.
  Después de cazar unos peces, Ianthe retozaba en el suave vaivén de las olas. Él vino en una nave blanca, una de tantas que surcan las aguas de su hogar.  Echó el ancla y quedó muy quieto mirando al más allá. Parecía que estaba rezando. Después abrió una especie de vasija y tiró unos polvos al mar. Empezó a llorar. Lloró mucho, postrado de rodillas. Se le veía muy triste y abatido. Después se sentó, abrió un enorme cofre y sacó algo grande de una extraña forma redondeada. Puso este objeto entre sus piernas y con un palo fino empezó a hacer unos movimientos.
   De repente el aire se llenó de un sonido delicado y a la vez, potente. Ella nunca había oído nada igual. Gaviotas y albatros se han enmudecido. Y el mar se calmó, convirtiéndose en un enorme plato de cristal.
    Ianthe se sintió arrastrada por la triste melodía y quiso acompañarla con su voz. Al unísono – el hombre y la sirena – empezaron a tejer una bella canción que los atraparía en un vertiginoso baile de emociones.
   El hombre dejó de tocar. Extrañado se acercó al borde para ver quién era la cantante. Pero ella ya se había sumergido a las profundidades del mar.
   Pasaron unos días y él volvió.
   De nuevo se puso a tocar, pero esta vez la melodía era más alegre y que invitaba a bailar y saltar las olas como si fuera un pez volador. Por lo menos es lo que ella sintió en aquel momento. Ianthe lo acompañó con su voz cantarina y cuando él quiso verla, se escabulló por debajo del navío sin atreverse a más.
   Pasaron muchas lunas, varias tormentas y tempestades, pero el hombre volvía a la bahía a tocar su música y la sirena le acompañaba en el ritual lleno de magia.
   Un día él no tocó. En silencio se sentó en el borde de la nave con los pies colgando a la espera de su acompañante misteriosa. Albergaba la esperanza de conocerla, por fin. Amaba su voz y quería ponerle una cara.
   Ella se acercó al yate y empezó a flotar dejándose llevar por el suave oleaje.
   Sus miradas se encontraron y se reconocieron al instante. Algo muy antiguo ha resurgido en sus corazones. ¿Tal vez un amor de la vida pasada? ¿Quién lo sabe? Pero estos dos seres tan diferentes se sintieron como uno solo. Se han reencontrado.
   Después vinieron muchos atardeceres llenos de música y amor.
   Ella ya sabía su nombre, Leonardo, y el extraño instrumento que tocaba era un «violonchelo». Que aquel día, cuando lo vio por vez primera, él vino a tirar al mar las cenizas de su mujer que había fallecido de una terrible enfermedad. Leonardo iba a arrojarse al mar también, ya que no imaginaba vivir sin su esposa. Pero conocerla a ella, Ianthe, le ha salvado de aquella terrible decisión.
   Él era profesor en un lugar llamado “la universidad”. Vivía en una ciudad pequeña costera, Sutomore, y le explicaba las maravillas de la vida en la tierra firme. Ella le contaba sobre los tesoros ocultos de las profundidades y de sus habitantes. Los dos eran huérfanos, dos almas solitarias, que tuvieron mucha suerte de encontrarse en un mundo tan inmenso.
   El tiempo pasaba. El pelo castaño de Leonardo iba cogiendo el color de la madera blanquecida por el sol.  Su cara poco a poco se llenaba de arrugas. Ya no era tan fuerte y vigoroso. Sin embargo, Ianthe seguía siendo la misma, con su melena violeta y la piel tersa y suave de una mujer joven. La música de Leonardo ya no sonaba con tanto ímpetu, pero ella seguía acompañándola con su voz cristalina. Con esto le bastaba.
   Algunas veces, Leonardo tardaba en regresar y Ianthe nadaba dando vueltas, desesperada y loca de preocupación por su enamorado. Pero él siempre volvía. Tocaba su violonchelo y ella cantaba para él. Después, retozaban juntos en el suave vaivén de las olas.
   Un día él no volvió.
   Pasaron varias lunas…
   Ella seguía en el mismo lugar como si estuviera anclada con una cadena invisible: «Vendrá. Seguro que volverá. Somos uno solo».
   De repente, en el ocaso, apareció un navío que ella conocía tan bien. ¡Por fin! ¡Ha vuelto! Ianthe estaba fuera de sí de alegría y preocupación. Lo reñiría por ser tan desconsiderado y dejarla sola mucho tiempo. Se abrió el paso entre las olas para acercarse al yate.
   La persona que la saludó no era Leonardo, sino una mujer joven. Después salió un hombre.
   Ella no sabía qué hacer: huir o preguntar por su amante. La muchacha lo hizo por ella:
   — Hola, Ianthe. No te asustes, por favor. Señor Leonardo nos habló mucho sobre ti. Somos sus alumnos y amigos. Yo soy Dafne y él es Eric. Sentimos decirte que Leonardo ha fallecido. Su último deseo era volver aquí, contigo. Estas son sus cenizas…
   Un grito desgarrador rompió la calma marina. La sirena estiró sus manos para coger la urna con los restos de su amado y se sumergió en aguas profundas. Los muchachos levantaron el ancla. El yate se perdió en el ocaso siguiendo la estela dorada del sol. El silencio con su halo mortuorio cubrió aquel rincón del Adriático, testigo de un gran amor y de una gran pérdida.
   Todavía hoy, después de cada tormenta, se oye el llanto de Ianthe. La sirena llora por su amado. Algunos han visto su cabellera, ahora blanca, surcando las olas. Y, los más afortunados, han podido encontrar unas raras perlas de color violeta. Dicen que son las lágrimas de Ianthe. Pero pocos se atreven a buscarlas en el mar, el dominio de una sirena enloquecida por dolor.
 

        



 

                                                                               15/03/2024, Gijón

  

    


12 comentarios:

  1. Hermosa historia, aunque, como siempre pones el corazón en cada detalle y cada palabra, nadie como tu
    Escribe algo que te llega al corazón, gracias, gracias gracias

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  2. Que bella historia d amor. Me gustó mucho. Bendiciones

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  3. HERMOSAAAA!!!! Como todos tus relatos llenos de amor y pasión. gracias por tan bella historia 😍😍😍, 😍

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  4. Hermoso, gracias por compartir

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  5. WAOOOOO bello escrito.
    La vida le trajo a lanthe a su amor ,en una ola lo condujo a que lugar, estando triste por la pérdidas de su amada ,solo quería su vida terminar.
    Después de tanto toque de su música especial como dando la despedida a su esposa ,no sabía que tanbir el amor de nuevo llegaría al encontrar de frente aquella sirena 🧜‍♀️ que enamorada la dejo y su canto también a el regalo .
    Después de tantas lunas el amor hizo magia en el y ahora a su bella sirena también.tocaria sus bellas notas ,para que la dejara con su canto fascinado.
    Fíe un amor de mar ,de olas y de brillante rayos de luna que a los dos envolvía con su magia de amor.
    Ahora aquella bella sirena no quiere seguir sin su amado ,pues sabe que no volverá nadie a tocar esa bella melodía qie a ella enamoro

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  6. Una hermosa historia de amor, un placer leerla, saludos.
    PATRICIA F.

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  7. Bellísima historia!!!!!

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  8. Preciosa historia de amor. Felicidades.
    El amor verdadero traspasa toda barrera, y perdura mas allá de la muerte 💞

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  9. Preciosa es decir poco.

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  10. La leí hoy az una semana creo.y está ya es la 3 vez ye sigue enamorando., como la sirena del maestro

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  11. Para no ser su lengua materna. .escribe muy bien en español. Gracias 🫂 por sus escritos.

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