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Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

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2 de junio de 2026

195. El diez de espadas

El diez de espadas 



La mujer no levantó la vista cuando él entró. Seguía repartiendo las cartas sobre un mantel negro. Los restos de humo flotaban alrededor de su pelo rojo; se arremolinaban en torno a las velas, se colaban dentro de los agujeros de la calavera colocada en un pedestal en el centro de la mesa. Nunca le gustó aquella cosa blanquecina.  Pero para Ludmila Varga era esencial en sus rituales de capnomancia. A él le daban igual sus engaños y fetiches. Toda esa patarata era para los tontos que se dejaban robar.
     Solo unos pocos sabían que la adivinación era una tapadera. Ludmila tenía espías por todo el Bronx y vendía la información a quien pudiera pagar. Él buscaba algo distinto, y Ludmila se lo conseguía sin hacer preguntas: venenos.
     —No te esperaba —dijo la adivina sin quitar los ojos de las cartas. Sus dedos se movían rápido y, por la expresión de su cara, no le gustaba lo que veía.
    Él no contestó. Con el gesto de un hombre telendo, se quitó el sombrero, se desabrochó la levita y se sentó frente a ella. Con la mano enguantada cogió una carta.
       —El diez de espadas... invertido. Ay, Ludmila, te veo preocupada. —Sonrió. Su boca brilló con un diente de oro. La sonrisa no llegó a sus ojos. —¿No me ofreces nada? Tengo la garganta seca.
     La mujer hesitó un momento. Después se levantó y acercó a la mesa una botella y un par de copas. Las llenó de un líquido ambarino. Un ruido en la puerta los interrumpió. Ludmila fue a ver qué pasaba. La oyó discutir con alguien. Era el momento perfecto. Con un gesto digno de un ilusionista, vertió algo en la copa de la adivina.
     Unos minutos después, Ludmila volvió. Estaba cariacontecida. Él, cómodo en la silla, seguía disfrutando del whisky de contrabando. Ludmila apuró su copa. Y antes de derrumbarse sobre la mesa, comprendió que sus cartas no le habían mentido. El diez de espadas. La traición. Su boca se llenó de espuma amarillenta.
     Él se quedó un rato bebiendo mientras ella agonizaba. Era feo. Después de tantos años, era la primera vez que veía el resultado de su trabajo en vivo. No le agradó. Era sucio.
     Cuando salió por la puerta de atrás, se le acercó un hombre hirsuto.
     —Patrón, hice lo que me mandaste. Le monté un buen pollo a esa bruja. Págame.
Lo que acordamos y un poco más. Ya sabes. La cosa está muy mala.
     —Cómo no, amigo. Acércate.
     El bastón, convertido en un estoque, se clavó bajo el esternón del vagabundo. La carta del diez de espadas quedó prendida en su pecho. El círculo estaba cerrado. La estúpida policía del Bronx jamás descubriría la verdad.


     Él estaba tranquilo.









02/06/2026, Gijón

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