El diez de espadas
La
mujer no levantó la vista cuando él entró. Seguía repartiendo las cartas sobre
un mantel negro. Los restos de humo flotaban alrededor de su pelo rojo; se
arremolinaban en torno a las velas, se colaban dentro de los agujeros de la
calavera colocada en un pedestal en el centro de la mesa. Nunca le gustó
aquella cosa blanquecina. Pero para Ludmila
Varga era esencial en sus rituales de capnomancia. A él le daban igual sus
engaños y fetiches. Toda esa patarata era para los tontos que se dejaban robar.
Solo unos pocos sabían que la adivinación era
una tapadera. Ludmila tenía espías por todo el Bronx y vendía la información a
quien pudiera pagar. Él buscaba algo distinto, y Ludmila se lo conseguía sin hacer
preguntas: venenos.
—No te esperaba —dijo la adivina sin quitar
los ojos de las cartas. Sus dedos se movían rápido y, por la expresión de su
cara, no le gustaba lo que veía.
Él no contestó. Con el gesto de un hombre telendo,
se quitó el sombrero, se desabrochó la levita y se sentó frente a ella. Con la
mano enguantada cogió una carta.
—El diez de espadas... invertido. Ay, Ludmila, te veo
preocupada. —Sonrió. Su boca brilló con un diente de oro. La sonrisa no llegó a
sus ojos. —¿No me ofreces nada? Tengo la garganta seca.
La mujer hesitó un momento. Después se
levantó y acercó a la mesa una botella y un par de copas. Las llenó de un
líquido ambarino. Un ruido en la puerta los interrumpió. Ludmila fue a ver qué
pasaba. La oyó discutir con alguien. Era el momento perfecto. Con un gesto
digno de un ilusionista, vertió algo en la copa de la adivina.
Unos minutos después, Ludmila volvió. Estaba
cariacontecida. Él, cómodo en la silla, seguía disfrutando del whisky de
contrabando. Ludmila apuró su copa. Y antes de derrumbarse sobre la mesa,
comprendió que sus cartas no le habían mentido. El diez de espadas. La
traición. Su boca se llenó de espuma amarillenta.
Él se quedó un rato bebiendo mientras ella
agonizaba. Era feo. Después de tantos años, era la primera vez que veía el
resultado de su trabajo en vivo. No le agradó. Era sucio.
Cuando salió por la puerta de atrás, se le
acercó un hombre hirsuto.
—Patrón, hice lo que me mandaste. Le monté un
buen pollo a esa bruja. Págame.
Lo
que acordamos y un poco más. Ya sabes. La cosa está muy mala.
—Cómo no, amigo. Acércate.
El bastón, convertido en un estoque, se clavó
bajo el esternón del vagabundo. La carta del diez de espadas quedó prendida en su
pecho. El círculo estaba cerrado. La estúpida policía del Bronx jamás
descubriría la verdad.
Él estaba tranquilo.
02/06/2026, Gijón
© La Pluma del Este

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