Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

21 de noviembre de 2025

La maldición de Venus

 La maldición de Venus

 

“La realidad supera la ficción”.

         
          No puede existir una frase más gastada por el uso. Tiramos de ella para aceptar cualquier suceso o hecho que nos deja sorprendidos. Al no encontrar la explicación ni la lógica, soltamos el veredicto: la realidad supera la ficción —y, después guardamos en la memoria lo sucedido para contarlo a quien quiera oírnos.
          Eso mismo dijo la vecina del cuarto después de contarme una historia de lo más extraña. Y a ella se lo contó una amiga de su amiga. Y a esa se lo contó su hermana y a ella una compañera de trabajo. Ahí me perdí…  Por supuesto, yo tenía que mantener la noticia en secreto.
          —Hay gente que habla demasiado y quiere saberlo todo. Ya tú sabes, hija mía. —Me lo dijo por lo bajito la vecina.
          Sin embargo, no he podido resistir y, esperando un tiempo prudencial, mi alma escritoril me obliga a relatarles esta historia. Pero debo cumplir mi promesa, así que cambiaré los nombres. No quiero cargar con la culpa de no haber respetado la confianza depositada en mí. Y, para rellenar las lagunas informativas, tomaré alguna que otra libertad literaria. 
          Llamaré a las protagonistas Teodora y Hortensia; las amigas inseparables de toda la vida; casadas y con hijos ya adultos. Y, como suele pasar con las mujeres de cierta edad, ellas añoraban verse más jóvenes y más deseables. Aunque sus maridos llevaban las curvas delanteras y las coronillas despejadas y no criticaban a sus mujeres por engordar un poquito, las dos amigas ansiaban mejorar su imagen. (Una de ellas mucho más que la otra.) El dinero no era un problema… O, bueno, no del todo cierto. Tampoco les sobraba. Pero, por recuperar la lozanía y subir lo que había bajado, el sacrificio monetario merecía la pena.
          Cabe señalar que Hortensia era una mujer tranquila y apacible y Teodora era un torbellino de ideas y decisiones atrevidas. Fue la que, al asistir a la misa de domingo, guiñó el ojo a su amiga y con la frase: «Ya te contaré», acompañada de una sonrisa enigmática, se concentró en la oratoria del cura.
          Ya en la cafetería, sentadas en una mesa apartada y ocultas de las cotillas del barrio, Teodora sacó un folleto publicitario.
          —Mira. Ya lo tenemos. —Y entregó la hoja a su amiga. —Es un chollo. Es un sitio nuevo. Y por la inauguración, si haces un liftin de esos que te deja la cara como un culo de un bebé, te regalan un tratamiento para levantar el trasero. Con colágenos y laurónicos de esos que vemos en la tele. Doscientos cincuenta euracos, un chollo. Sí, solo por cortarte las puntas y teñirte cobran setenta. ¡Una ganga! ¡Nos apuntamos!
          —Ufff… No sé yo. ¿Y si es una estafa? ¿Cómo sabes que no nos quitarán el dinero por no hacer nada? —le contestó Hortensia en un tono incrédulo.
          —Me lo dijo la Feli, la nuera de la otra comosellame, de la frutera. Esa. Que son buenísimos. Que es una amiga de ella que estudió en Nueva York. Y ahora su padre, que tiene dinero por castigo, le montó una clínica llena de aparatos de esos que te dejan como nueva. Bueno, de todos modos, yo ya pedí la cita. Es mañana a las cuatro de la tarde. Quedamos en la parada del doce a las tres y media. Me voy… ¿Pagas tú el café?
          Al día siguiente, Hortensia esperaba a su amiga con la puntualidad alemana. Los doscientos cincuenta euros en billetes pequeños guardados dentro de su sujetador la hacían sudar. Con los tiempos que corren, llevar tanto dinero encima la ponía nerviosa. Su amiga llegó corriendo, asfixiada y roja como un tomate. Montaron casi sobre la marcha el autobús que ya había arrancado. Teodora fulminó con la mirada al chofer y aterrizó en un asiento libre. Hortensia pagó los billetes.
          La clínica, de un blanco níveo y con luces que quemaban las retinas, estaba vacía. Sin embargo, alguien les abrió la puerta. En el centro del vestíbulo, una fuente susurraba el agua cristalina que caía a un pequeño estanque con peces rojos. Olía de maravilla. Una suave música de fondo invitaba a olvidar el ruido de los coches y de la vida. Las paredes con enormes fotografías de modelos bellísimas prometían el maná estético a las mujeres normales y corrientes. Hortensia sintió un pequeño escalofrío de desconfianza: demasiado bonito, demasiado perfecto.
          —Bienvenidas, señoras, al Centro de Estética Personalizada Venus. —Una mujer joven vestida de blanco, con el pelo moreno recogido en un impresionante moño, las hizo pasar a una habitación más pequeña, pero decorada con mucho lujo en tonos rosas y dorados. —Me llamo Ágata y seré vuestra consejera de imagen. Aquí tenéis unos formularios para rellenar. Vuelvo enseguida.
          Teodora, todo nervios y excitación, echó un rápido vistazo a la hoja y la firmó. Hortensia recorrió las líneas con su dedo y, frunciendo el entrecejo se levantó con un gesto de triunfo:
     —¿Ves? ¡Te lo dije! Es un engaño. Mira, aquí pone: «No nos hacemos responsables de los efectos secundarios». Nos vamos.
          —Pero ¿qué dices? Lee. «El éxito del tratamiento está asegurado un cien por cien». Además, hay opiniones. Y todas están más que contentas. Nos quedamos.
          La aparición de Ágata interrumpió la discusión.
          —Señora Teodora, sígame, por favor. Señora Hortensia, la invito a probar el café y acompañarlo con deliciosos pasteles. La avisaremos en breve.
          —No se moleste. No voy a hacer ningún tratamiento. Esperaré a por mi amiga. ¿Seguro que lo quieres hacer, Teo?… Suerte, amiga.
          Después de dos tazas de café que sabía sospechosamente bien y media docena de pastelitos, Hortensia quedó relajada. El mullido sillón la llevó a los brazos de Morfeo.
          Unas voces la despertaron. Hortensia abrió los ojos y vio a esa tal Ágata acompañada de otra mujer. Su cara le sonaba, pero no recordaba dónde la había visto. Era de unos treinta y tantos años, con una melena rubia y cara perfecta. Llevaba un vestido ajustadísimo y tacones. Y esos ojos verdes… ¡Por Dios! Era Teodora. ¡Su Teodora! Y, sin embargo, no quedaba ni rastro de la mujer que conocía tan bien.
          —¡Teo! ¿Eres tú? ¿Pero qué te han hecho? Pareces más joven que tu hija. Ay, Teodora…
          La rubia la miró sin comprender nada.
          —Señora, ¿quién es usted? No me toque.
        —Teodora, soy yo, Hortensia. Tu amiga desde que íbamos a la escuela. ¿Por qué no me reconoces? ¿Qué le habéis hecho, Ágata? Voy a llamar a la policía.
          —Señora, llame a quien quiera. La señora Teodora ha firmado la autorización. Ahí claramente se avisaba sobre los efectos secundarios. En el caso de su amiga, ha sido la memoria. Por lo demás, está perfecta. De hecho, será nuestra nueva modelo para la campaña internacional…
 
          Desde aquel día Hortensia ya no era la misma. Se sentía culpable. Y Teodora… Dejó a su marido. Perdió el contacto con sus hijos. Durante algún tiempo viajó por el mundo. Iba de fiesta en fiesta; salió en revistas, pero, al final, se lio con quien no debía y murió en tierras lejanas. Su marido, nunca lo comprendió. La quería tal como era, con sus años, sus canas, sus arrugas y la sonrisa. Y la clínica… Después de aquello y un par de “tratamientos” más que acabaron con un escándalo, se cerró de un día para otro.
          Todo lo que les he contado podría haber pasado o no, pero créanme: a veces la realidad no solo supera a la ficción, sino la deja atrás sin mirar.




                                                                             19/11/2025, Gijón

© La Pluma del Este

          



7 de noviembre de 2025

El trato roto

 

El trato roto

 

¿Y esa cara? ¿No me esperabas? Cuánto lo siento —bueno, no del todo cierto—. Llevo mucho tiempo postergando este encuentro. Y no, no te molestes en llamar a tus… treinta y siete guardaespaldas. Ni a la secretaria. Tampoco creo que estés preocupado por ellos. Para ti son solo siervos. Ni más ni menos que tú para mí. Te veo muy desmejorado… seco. Es como si te faltara algo dentro.

          Observo un brillo de desdén en tus ojos. Vaya, vaya. He tocado tu punto débil: eres de una soberbia digna de admirar. Cuando mi Padre dictó los diez mandamientos, pensó en los humanos como tú. Sabía que erais débiles. Tú has infringido cada mandamiento cientos de veces. Y, aunque me cueste admitirlo, celebro que hubieras ampliado la lista con unos cuantos más. Solo de imaginar la cara de mi Padre me da un enorme placer. ¡Ja, ja, ja!

          Ah, hablando del susodicho. Dios Todopoderoso, ¿acaso este hombre aquí presente, no es tu obra? Míralo: ha llegado a lo más alto del poder. Ha exprimido a los ciudadanos-hormiga con los impuestos inverosímiles; solo le queda cobrarles por respirar. En cada elección les mentía y prometía cosas que jamás cumpliría. Y reconozco —hasta a mí me ha superado—: mientras yo convenzo y cumplo los deseos de mis clientes en la intimidad, él engaña con facilidad a los millones. ¡Y a plena luz del día! La mentira es su sustento… Ha dividido la sociedad. Ha colonizado todas las instituciones. Sin miramientos deja muertos en vida a los disidentes y a los opositores. Y sin mancharse las manos. Su trato a las mujeres es de la más exquisita malevolencia; las usa sin piedad y las tira… En fin. No vine aquí para alimentar su desmesurado ego. Deseo acabar con esto ya. Así que, Padre, mira a tu obra. Se le ve engreído y a la vez, insignificante, ¿verdad? Pero no me culpes por ello: yo solo le di un pequeño empujón y el resto es el mérito suyo. ¿No te apetece negociar por su alma inmortal, Dios? Te ofrezco una oveja descarrilada para tu redil… Ah. No contestas. Entiendo.

          Tú, gusano, ¿a dónde vas? No he acabado contigo… todavía. Me propuse buscarte una salida, una redención. Pero para ti no hay lugar ni arriba ni abajo. Voy al grano: vine para romper nuestro trato. No hay alma que reclamar. Estás vacío. Otra vez esa cara… No te quiero en mi reino. Serías capaz de confabular a mis demonios contra mí. Morirás ahora. Y te quedarás en ninguna parte. Tú solo y la Nada. Adiós…



 

          04/11/2025, Gijón

© La Pluma del Este

31 de octubre de 2025

La mujer sin rostro

La mujer sin rostro 




Cuando la vi por primera vez, yo tenía unos cinco años. Mis abuelos celebraban las bodas de plata. En algún momento de la fiesta, el abuelo sacó de su despacho un enorme paquete rectangular, envuelto en papel marrón y con un gran lazo rojo. La abuela lo desenvolvió y apareció un cuadro de una mujer sentada de espaldas en un sofá rojo. Su melena castaña colgaba del respaldo. Delante de la mujer, un inmenso ventanal con las vistas a una ciudad.

          Desde aquel día, el cuadro se convirtió en el protagonista del salón y en una obsesión para mí. Una obsesión que me transformó en lo que soy ahora…

          En cada visita me sentaba enfrente del cuadro y pasaba largos ratos contemplando a aquella mujer sin rostro. El cielo detrás de su ventana estaba teñido con los colores de un ocaso, o, quizás, de un amanecer. Las preguntas se empujaban en mi cerebro para salir a la superficie: ¿La mujer acaba de despertar o tomaba un descanso después de un largo día? ¿Vivía sola? ¿Cuántos años tenía? ¿Era guapa? En mi adolescencia llegué a preguntarme si estaba desnuda. Imaginar su cuerpo blanco y perfecto sobre el terciopelo rojo, no me dejaba dormir. Y algunas veces me despertaba en plena noche con el calzoncillo mojado.

         En la universidad estudié Bellas Artes. Empecé a pintar. Conocí a muchachas y mujeres, todas bellas, a su manera, y con ganas de amarme. Las pinté dándome la espalda: sentadas, recostadas, de pie…  Mientras lo hacía, estaba en una especie de trance o sueño. Cuando mis modelos se giraban, algo dentro de mí se rompía. No eran ella… Así que las relaciones no duraban mucho: yo siempre volvía con la mujer del cuadro. Puede sonar a locura, pero me sentía culpable por traicionarla. Por mirar a otras.

          Pregunté a mi abuelo decenas de veces dónde lo había comprado. Me daba evasivas, hasta que un día murió y se llevó su secreto a la tumba. Me legó el cuadro en herencia…

          Lola, la directora de la galería, armada con su mejor sonrisa y un profundísimo escote, me sacó de mis cavilaciones y me dio un abrazo.

          —¡Qué maravilla! No te puedes ni imaginar el éxito que tienen tus obras. Ya vendimos once cuadros y un par más se lo están pensando. Si la cosa sigue así, me harás muy rica. Sonríe. Parece que tomaste vinagre. No me sorprende que nadie se te acerque. ¡Ah! Ahí veo al CEO de una de esas empresas de internet. Te dejo, bombón. Y cambia esa cara… —Llegó como un vendaval y así desapareció entre el público.

          Esa noche era la cúspide de mi trabajo y de mis obsesiones. Desde todas las paredes colgaban los cuadros de mujeres. Pero ninguna tenía rostro: solo espaldas, perfiles difuminados, manos, piernas desnudas, figuras deseosas de ser amadas. Todas eran diferentes y en lo profundo de mi ser, solo yo sabía que todas eran ella. Desde aquel primer encuentro en casa de mis abuelos, me enamoré de algo que solo existía en mi cabeza.                  

          Metido en un rincón apartado y con un whisky en la mano, decidí que ya era hora de salir de todo aquel barullo. Algo me hizo erizar la piel. Una voz aterciopelada… Una risa que nada tenía que ver con el ambiente ni con la ocasión… Me giré en su busca. Por un rabillo de ojo vi unos bucles castaños que desaparecieron entre la multitud. Di una vuelta por la galería. Olí una fragancia delicada de un perfume. El corazón casi se me salía del pecho. La cabeza me empezó a dar vueltas. Caminé entre la gente como un borracho, fijándome en las mujeres. Ninguna… Ninguna tenía su modo de llenar el aire, ni quitar el que respiro. ¿Estaba alucinando?

          Me paré en el centro de la galería, jadeando y sin prestar atención a las miradas curiosas. Me daba igual que pensasen que soy un loco. ¿Acaso los artistas no lo somos? De nuevo tuve la sensación de que algo o alguien se encontraba cerca… Alguien que llevo buscando toda mi vida. Miré a la puerta y la vi. Estaba saliendo y solo pude atisbar su espalda vestida de azul noche. Me puse a seguirla, pero la multitud no era el mar, ni yo era Moisés. Cuando salí a la calle, los restos de una delicada fragancia apenas se notaban entre los olores de la ciudad.

          Corrí como un poseso de una esquina de la manzana a la otra. Solo vi la oscuridad y a unos pocos viandantes. Les pregunté y apresuraron sus pasos para alejarse de mí. Caminé por la calle desierta. Después, me metí entre el tráfico, sin prestar atención a los pitidos de los coches. Tenía que encontrarla como fuera. Y seguí caminando durante la noche…

          No lo vi aparecer; solo sentí un golpe fuerte y volé hacia la oscuridad. Cuando entreabrí los ojos, contemplé un cielo pintado de amanecer. El mismo que en el cuadro. Mi conciencia se desvanecía… No tenía ni frío, ni hambre, ni sed… Ni dolor.

          Antes de desaparecer del todo, necesito saber:

         ¿Acaso visteis a la mujer que estoy buscando?

 

Mark Beck (EEUU, 1941) "El largo adiós"

30/10/2025, Gijón

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