El invernadero
Con
un escueto “Mis condolencias, señora”, la trabajadora de la morgue le entregó
una bolsa de plástico con las pertenencias de su padre. Le pidió que las
revisara antes de firmar.
Laura
volcó el contenido sobre una mesa de metal. El sonido de unas llaves resonó en
el pasillo desierto. Las recogió. Apretó el llavero en el puño. Era el regalo
que hizo a su padre: un corazón partido por la mitad. Ella tenía la otra mitad.
Guardó las llaves en el bolso junto con la gastada cartera de cuero. Volvió a meter
en el plástico la ropa y el par de zapatillas viejas. Al pasar al lado de un
contenedor, los tiró dentro.
Cuando
aparcó su viejo Ford detrás del invernadero, ya era casi de noche. La tarde en
la funeraria había sido una continua ida y venida de gente vestida de negro. Le
preguntaban algo, ella les respondía. Le traían papeles para firmar; ella los
firmaba. Sin cuestionar nada. Daba por hecho que era lo normal en esos casos.
Nunca tuvo que enterrar a nadie. En el mundo solo estaban ella y su padre. Su
madre los había abandonado cuando ella era pequeña. Ahora, se quedaba sola.
Subió
al porche. Abrió la puerta sin prisa. La casa no la invitaba a entrar. Una idea
se dibujó en el rostro de Laura. Cerró la puerta y bajó rápidamente las
escaleras. Se dirigió al invernadero.
Sacó
las llaves de su padre. Se giró como si esperara que él la fuera a parar. El
jardín oscuro le devolvió el silencio. Agarró las llaves con fuerza. Una encajó
en la cerradura. Detrás del cristal estaba el mundo desconocido para ella. Un
suave clic rompió la prohibición de entrar allí. Su padre nunca la dejó
siquiera asomarse. Y ella jamás le desobedeció.
Se
quedó parada en el umbral sin atreverse a dar un paso.
—Perdona,
papá—apenas susurró.
Y
entró.
El
olor la recibió de inmediato: dulce, empalagoso y con fondo picante. Con la linterna
del móvil dio con el interruptor. Las filas de fluorescentes iluminaron macetas
con flores que no conocía.
Las
flores la miraron.
Se
adentró por el pasillo principal. A su paso, las plantas empezaron a emitir una
especie de murmullo. Se fijó en unas de florecitas blancas. Eran delicadas. Perfectas
para un ramo. En el centro del invernadero vio una maceta enorme con un árbol cubierto
de flores amarillas en forma de campanas. Las tocó. El árbol tembló. El olor
dulce y embriagador envolvió a Laura. Estaba
segura de que a su padre le encantaría que el aroma de sus flores lo acompañara
bajo tierra. Sonrió. Dejó su bolso en una silla de hierro y se puso a buscar
unas tijeras de podar.
En
una esquina, al fondo, vio un armario viejo. Estaba cerrado. Volvió a por las
llaves de su padre. La puerta se abrió como si alguien la hubiera engrasado. Cogió
unas tijeras, un alambre de jardín y unos periódicos viejos. Una cofre metálico
del tamaño de una caja de zapatos le llamó la atención. Estaba cerrado con un
candado pequeño. Lo sacudió. Dentro había algo. Lo recogió todo y se lo llevó a
la mesa de trabajo.
En
un cuarto de hora ya tenía cortadas varias docenas de flores. Para dar más
aroma al arreglo, añadió una rama con campanas amarillas. Lo dispuso todo sobre
la mesa. Su mirada se detuvo en el cofre. Entre las llaves de su padre no encontró
ninguna que abriera el candado. Cogió un
martillo. Con un par de golpes, el
candado se rompió. Laura levantó la tapa.
Lo
primero que vio fue una fotografía de ella, pequeña, en brazos de una mujer. Su
madre. Tenían el mismo color de pelo: rubio. La sonrisa de su madre estaba
llena de vida y amor. Laura hizo un amago de romper la foto. La estrujó. Se
dobló sobre la mesa. Cogió la fotografía de nuevo y la estiró con cuidado. Con
los dedos temblorosos repasó la cara de su madre, el pelo, los brazos, la mano
que abrazaba a la pequeña Laura. Se fijó en el anillo que llevaba: la cabeza de
un gato con ojillos negros.
Dejó
la fotografía a un lado. Sacó de la caja un pequeño paquete. Dentro, un pasador
de pelo con un mechón moreno. Había una tarjeta escrita a mano. Reconoció la
letra de su padre. «Mónica. 15. 23-07-1984. Valdora.» En el siguiente había una barra de labios, de
un rojo estridente con un mechón rojizo. «Celeste. 23. 14-04-1981. “El
Kilómetro 9”.» Otro paquetito, otro nombre, otra fecha, otro cabello… Y otro
más. Laura tenía la boca seca. Le temblaban las manos. Abrió otro. Un anillo
con la cabeza de un gato, con dos piedrecitas negras por ojos, resbaló de sus
manos y cayó al suelo. Un mechón rubio, largo, se deslizó por su mano. Laura gritó.
Luego se derrumbó. Se abrazó a sí misma y lloró… Después se quedó dormida.
El
sonido de su teléfono la despertó a las ocho menos cuarto de la mañana. Eran
los de la funeraria. El entierro sería a las doce y media. Ellos llamarían a un
cura. El seguro de su padre cubriría los gastos. Laura dijo sí a todo y colgó.
Las
flores cortadas la noche anterior se veían mustias. Laura las metió en una
palangana con agua. Rompió la fotografía en pequeños trozos y los enterró bajo
el árbol de las campanas.
—Adiós,
mamá.
Salió al jardín. Los rayos de sol tiñeron su
pelo de oro. La sorprendió el silencio. Los pájaros se habían ido a otro lugar.
Subió lentamente las escaleras y entró en casa. Pasadas un par de horas, ya vestida
de negro, volvió al invernadero.
Las
flores cortadas habían recuperado su esplendor. Los “recuerdos” de su padre
seguían desperdigados sobre la mesa. Laura los metió en un bolsito de tela. Se
puso un mandil viejo y empezó a crear el arreglo floral que su padre merecía.
Ocultó el bolsito entre los tallos.
Aparte
del cura y dos enterradores, solo un par de parroquianos asistieron a dar el
último adiós a su amigo de copas. A Laura no le sorprendió aquello. Se acercó a
la tumba abierta. Cogió un puñado de tierra y se lo guardó en el bolsillo. Después
tiró el ramo de flores sobre el ataúd. El sol de mediodía se reflejó en su
anillo con cabeza de gato.
Más
tarde, cuando Laura volvió al invernadero, las flores suspiraron. Metió la mano
en el bolsillo y sacó la tierra. La echó bajo el árbol de las campanas. Cerró
la puerta del invernadero por dentro. Se puso los guantes de jardinería.
—Papá,
enséñame cómo se hace…
08/04/2026, Gijón
© La Pluma del Este
Querido Lector, espero que este relato te haya hecho sentir. Me gustaria saber qué piensas al respecto. ¿Hasta dónde puede llegar el amor por un padre? ¿Hay secretos que deberían permanecer enterrados? ¿Los hijos deberían seguir los pasos de sus padres? Te leo...
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