Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

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27 de noviembre de 2025

174. Club Lunar de Mujeres Exhaustas

 Club Lunar de Mujeres Exhaustas





Pasaban los años y ella seguía corriendo detrás del tiempo. Ser madre, esposa, hija, nuera, empleada, cuidadora de dos perros, un conejo y varios peces la dejaba más cansada que Hércules con las caballerizas. A pesar de ello, no tenía la gloria mitológica como recompensa.

          Después de un día que parecía un maratón que ni el mismísimo Filípides aguantaría, se daba por satisfecha. Sin embargo, con la casa recogida, los niños bañados y el marido roncando, tenía ganas de no despertar en un año. Finalmente, cerró el libro, apagó la luz de la mesita y volvió a rogar al cielo, al universo o a lo que haya allá arriba:

          —Por favor, ¡un descanso! Un respiro, aunque sea de cinco minutos, sin que nadie me llame «mamá», «cari», «hija» o «señora».

         Y el universo, o eso que hay allá arriba, la escuchó…

          Cuando despertó, la envolvía un silencio muy silencioso. Nada del zumbido de la nevera, ni del torturador goteo del grifo de la cocina, ni de los ronquidos de al lado… Era un silencio solemne, cósmico, de esos que te asustan y, aun así, te dejan extasiada. Sobrecogida, la mujer salió de la cama. Y, en vez de pisar la gastada y áspera alfombrilla, sus pies se hundieron en el suave polvo lunar. ¿Lunar? Pues, sí. Si no, ¿cómo se podría explicar que la enorme bola azul llamada Tierra colgaba justo allí, delante? Tampoco se sorprendió al ver que su cama era una especie de mini platillo que se sostenía en el aire, cubierto con sábanas de algodón egipcio y decenas de mullidos cojines de plumas.

          —Buenoooooo… esto sí que es desconectar —se dijo, y soltó una carcajada que se perdió en el vacío.

          Dio un par de saltitos, primero algo torpes; después saltó como Pegaso, abrió sus brazos y gritó:

          —¡Soy una con el universo! ¡¡Soy-una-con-el-u-ni-ver-sooooo!! —se sentía libre y ligera. Ni un «¿qué hay de comer?», ni un «cari, me falta un calcetín», ni un «hija, dile a tu padre…», ni siquiera «Señora Rodríguez, bla, bla, bla…».

          Se tumbó bocarriba sobre el polvo chispeante, mirando a las estrellas. Mientras estaba haciendo un ángel lunar, vio a un pequeño marcianito verde con las alitas doradas de un querubín. ¿O más bien, lunarcito? Pero ¡qué mono, por Dios! La saludó con su manita de tres dedos, le tiró un tubo dorado y se desvaneció con cara de fastidio. A la terrícola le pareció oír: «Otra más. ¿A dónde vamos a parar?» ¿Otra más? ¿Dónde?

          Nuestra exploradora espacial abrió el tubo y sacó un pergamino.

 

Querida nueva amiga,

Si estás aquí, significa que ha llegado el momento de conocer

Club Lunar de Mujeres Exhaustas. Ponte cómoda en tu cama y agárrate fuerte.

 La aventura te espera.

         

                                                           Las Discípulas de Hera,

 las que encontraron este refugio antes que tú.

 

          —Universo, querido, te pasaste de generoso —rio y se acomodó entre los innumerables cojines. —Yo solo pedí cinco minutos y me mandaste las vacaciones interplanetarias.

          La cama-platillo o el platillo-cama se elevó hacia las estrellas, sobrevoló el borde de un inmenso cráter y se precipitó abajo, a través de una espesa niebla.

          Lo que vio nuestra intrépida viajera, la dejó sin palabras. Un mundo de color y luz se expandía por toda la superficie. En el centro del cráter y rodeado de exuberantes jardines en cascada; en la cima de un monte, se erguía un magnífico palacio. Sus cúpulas de cristal brillaban en colores que ni siquiera una mujer sabría nombrar. Donde alcanzaba la vista, las innumerables fuentes disparaban hacia el cielo un líquido rosa sospechoso.  A su alrededor, las miríadas de marcianitos-lunarcitos cargaban bandejas de copas flauta, llenas de… ¿Champán rosado? Uno pasó muy raudo justo por encima de la cama-platillo. Y casi muere del susto cuando un brazo ágil, surgido de entre cojines, agarró una copa llena. La mujer la apuró de un trago. Las finas burbujas le cosquillearon la garganta.  No recordaba haber bebido algo tan exquisito. Cazó a un par de camareros voladores y les dejó sin su carga.

          Después de varias, bueno, bastantes, copas de champán, nuestra dama estaba feliz y relajada. Hasta que… se vio rodeada de un enorme enjambre de bombones de Godiva. En forma de corazón, de bolitas; de chocolate blanco, negro y con leche; con perlitas y polvo de oro; con y sin relleno… Todos querían ser tocados y saboreados. ¿Qué milagro era ese? La mujer se pellizcó y se tiró del pelo. Le ha dolido.

          —Definitivamente, estoy loca o colocada. Pero no me iré de aquí sin probar esta maravilla. —Y se metió un Godiva en la boca. Cerró los ojos de placer… Lo siguieron una docena más y más champán. Lo extraño es que ella no se sentía ni ebria ni llena. —Definitivamente, estoy muerta y este era el paraíso.

         Con la boca y las manos manchadas de chocolate, la mujer, por fin, vio que no estaba sola. Había muchas más mujeres. Unas, navegando en los barquitos de colores; otras, nadando; otras, tomando el café en las terrazas llenas de flores, o, paseando sin más… Todas vestidas con túnicas vaporosas y el pelo suelto. Como en la antigua Grecia. Con nostalgia se acordó de su viaje de novios a Atenas. Hace muchísimo. En su otra vida. Las mujeres, muy sonrientes, la saludaban y le daban la bienvenida.

         Con una pirueta en el aire, digna de un caza de combate, la cama-platillo aterrizó… No —alunizó— en las afueras del resort. El contraste con el mundo bucólico que acababa de sobrevolar era tremendo. Un llano polvoriento gris y montículos de sacos apilados. Se respiraba la atmósfera triste y opresiva.  Un poco más allá, una enorme puerta de oro desprendía una cálida luz.  Una fila de mujeres, cada una con un saco en la espalda, esperaban su turno para pasar…  El platillo-cama dejó a nuestra viajera y desapareció con rumbo incierto.

          Unos marcianitos-lunarcitos con caras de pocos amigos la cargaron con un enorme saco lleno de… piedras negras, violetas y amarillas, y la colocaron en la fila con las demás mujeres:

         —Anda, ¿más peso? Y yo que pensaba que estaba de vacaciones. —Nadie le hizo caso. Nadie hablaba. Cada una llevaba su saco. Y todos contenían la distinta carga. Las piedras negras eran las pérdidas; las rojas, amores rotos; las amarillas, facturas y deudas; las azules, las enfermedades; las violetas, preocupaciones; las marrones, la soledad…

          Ya en la puerta, una mujer bellísima, con pinta de diosa, preguntaba algo a cada visitante, la abrazada y le pedía desprenderse del saco. Unas lo quitaban como un abrigo; otras, lloraban y se agarraban a él como si de su segunda piel se tratase… Finalmente, con una sonrisa y espalda recta, cruzaban la puerta y desaparecían en el oasis lunar. 

          —Hola, querida. Puedes dejar tu saco aquí. Te esperará hasta que vuelvas. Nadie más que tú podrá sobrellevar tu carga…  Sé bienvenida al Club Lunar de Mujeres Exhaustas.

          A nuestra heroína le ha costado lo suyo dejar el saco multicolor. Aquellas piedras eran parte de su vida.

          Por fin, ya ligera como una pluma, la mujer atravesó la puerta. En un parpadeo, su camisón de Pikachu se transfiguró en una túnica vaporosa, y la coleta de cuatro pelos en una preciosa melena. (JL se moriría de envidia, segurísimo.) Se unió al grupo de las recién llegadas.  Ahora ya se veía bella y, por primera vez, se sentía hermosa, rodeada de otras como ella: mujeres corrientes, convertidas en diosas… aunque el hechizo no duraría mucho. 

          Las nuevas exhaustas se acercaron, todavía deslumbradas por sus nuevos ropajes, hacia un gran poste informativo que brillaba como el neón celestial. Allí, en letras plateadas, se anunciaban las actividades y talleres:

 

Aprende a decir NO.

Trucos para evitar las cenas en casa de tu suegra.

Idioma para dejar sin palabras a tu hijo/hija adolescente.

¿A dónde van los calcetines?,

Los maridos no nacen, se hacen.

Meditación exprés para no matar a tu jefe…

 

         Nuestra diosa viajera iba leyendo entre risas… hasta que, de golpe, se topó con alguien conocido. Ni más, ni menos que su jefa.  Sí, la misma cabrona que la tenía amargada con quejas, encargos imposibles y correos electrónicos y llamadas a deshoras. ¿Qué hacía allí?

          Ella no lo sabía, pero en aquel reino lunar, incluso su odiada jefa, se había desprendido de su saco de piedras: el marido que la había cambiado por una más joven, el cuidado de su madre enferma, los problemas en la empresa y su lucha para mantenerla a flote… Por primera vez no le pareció una bruja sin corazón, sino una igual, una diosa cansada y rota como las demás. Compartieron las confidencias, bebieron y rieron… Dos mujeres corrientes con sus cicatrices. Y entre risas, nuestra protagonista eligió su primer taller: Aprende a decir NO. Y su jefa: Meditación exprés para no matar a tu jefe…

          El despertador casi la tira de la cama.

         —¡Ostras! Vaya sueñecito… Ufff. —Despeinada y de nuevo con el camisón de Pikachu, nuestra protagonista, salió de la cama. La de siempre. El tacto áspero de la alfombrilla la devolvió a la realidad. Y empezó la batalla: «¡Mamaaaaaa! ¿Planchaste mi falda plisada?», «¡Mamaaaaaa! Tobi llenó mi jersey negro de pelo», «¡¡Guau, guau!!», «Cariño, acuérdate de que este domingo comemos con mis padres».

          Con una sonrisa enigmática y la calma de quien ha viajado por lunas, ha visto palacios de cristal y Godivas que llueven del cielo, la valiente viajera intergaláctica, se enfrentó a su familia. Los niños chillaban, los perros ladraban, el marido, en busca del calcetín perdido, el conejo con cara de susto y los peces… Todo esto parecía el universo entero.  Ella respiró hondo y, con la fuerza de Minotauro, soltó:

          —¡¡NO!!

          Y el mundo, al menos por un segundo, se detuvo. El libro Mitología de la antigua Grecia, se cayó de la estantería.

 

 

           En la oficina, como siempre, con prisas y sin aliento, se dio de bruces con la jefa. Con cara de susto y con un “lo siento” en la boca, nuestra heroína se quedó sin palabras cuando la otra le guiñó el ojo. Y supo que ambas recordaban la Luna.

 



27/11/2025, Gijón (o Luna...)

        © La Pluma del Este


24 de octubre de 2025

170. Un tesoro en la grieta

Un tesoro en la grieta

 

 

Antes de encerrarse en la garita, Gregorio hizo una ronda completa. Con linterna en mano comprobó las puertas, miró los candados, espantó a un par de ratas bien gordas. Y se dio el susto a sí mismo al tropezar con una tubería:

          —¡La madre que te…! Por un momento creí que era un puto cadáver. ¡Reostia! —Y, después de darle una patada, prosiguió.

           Era su primer turno de noche. Normalmente, le tocaba de día, pero el compañero dijo que no venía más y, ni corto ni perezoso, se largó de la empresa. Así que Gregorio aceptó cubrir este turno. Otros cien pavos más no le vendrían mal.  Y el curro era de los fáciles: cuidar una nave vieja llena de maquinaria oxidada, tubos de todo tipo y más trastos de hierro cubiertos por lona. ¿Quién iba a robar esa basura? Pero «donde manda el patrón, no manda el marinero». El trabajo era tranquilo y se cobraba bien. Con esta idea tan satisfactoria, Gregorio se metió en la garita, puso un pódcast sobre misterios y cerró los ojos.

          Un ruido lo sobresaltó. Parpadeó. Un haz de luz vagarosa[1] bailó a través del sucio cristal. Gregorio entreabrió la puerta. Por el pasillo central se movían unas sombras. Miró el reloj.  Era la una menos cuarto. Con el teléfono en mano y con el Revólver calibre treinta y ocho, en la otra, el vigilante se adentró en la oscuridad. Su corazón iba a mil por hora y en su cabeza todavía sonaba la historia sobre un espíritu de una siniestra anabolena[2] que envenenó a sus padres para quedarse con la herencia…

          Gregorio conocía bien el almacén y, moviéndose como un gato, asechó hacia el fondo, donde se oía una acalorada discusión. Se escondió detrás de una vieja furgoneta y se asomó con muchísimo cuidado. Lo que vio delante, lo dejó alucinado.

          —… no sean tan pelmazos. Aquí está todo el botín. ¿Acaso creen que yo les iba a estafar? ¿Por quién me tomáis? ¿Por un aurívoro[3]? —Un hombre regordete, vestido con un traje de raya fina que le quedaba dos tallas menos y con una rosa en la solapa, estaba enfrentado a otros dos con pinta de delincuentes.

          —Mire, señor Marcel, no es que no le creamos, pero aquí falta el pedrusco. Yo y Tuerto lo vimos con nuestros propios ojos antes de meterlo en la bolsa. Y aquí no está. Tuerto, lo viste, ¿no?

          —Ssssi… Y el naife[4] ese brillaba tanto que lo vi con mi ojo ciego. Ejem, ejem… Es un poco exagerado, pero es lo que vi. Y compartir el botín es de gente honrada. Estoy con Gordon.

          La discusión aumentaba de volumen. A Gregorio le extrañó que los tres ladrones no se preocuparan por causar tanto alboroto. De repente, el tal Gordon sujetó al trajeado por detrás y Tuerto empezó a registrarle los bolsillos. Señor Marcel, se zafó y agarró a su atacante por la barba. Se armó la pelamesa[5]: golpes, patadas, mordiscos. Los dos cayeron el suelo y empezaron a rodar… Gregorio salió de su escondite:

          —¡Parad ya! O llamo a la policía.

          Tuerto sacó un cuchillo.

          —¡Suelta el cuchillo o te pego un tiro! — Gritó Gregorio.

          Los tres no le hicieron ni caso. Tuerto se acercó a los compinches y, después de vacilar un momento, clavo el cuchillo. Gordon gritó y de su costado salió un chorro de sangre. Gregorio disparó. La bala pasó a través de Tuerto y se perdió en la oscuridad. El vigilante volvió a disparar… Nada. Mientras tanto, el señor Marcel se liberó del abrazo mortal de Gordon y sacó… una pistola pequeña. Tuerto, cuchillo en mano, lo miraba fijamente. ¿Quién era el primero —la bala o la puñalada? Gregorio, boquiabierto y, teléfono móvil en mano, no sabía si llamar al ciento doce o… Se oyó un disparo. Tuerto soltó el cuchillo y se agarró al abdomen. Cayó de rodillas. Señor Marcel se incorporó con dificultad y respirando como un fuelle viejo… Metió la mano dentro de la chaqueta y sacó un enorme diamante de un azul intenso. Los múltiples destellos saltaron de su mano y huyeron en todas las direcciones. Aquel brillo era de una estrella de hielo: imposible de describir ni alcanzar. Su belleza se reflejó en los ojos de los tres hombres. Gregorio, como un espectador involuntario, contemplaba la escena más surrealista y fantástica que haya visto.

          Tuerto con rapidez de su cuerpo moribundo, clavó el cuchillo en la ingle de señor Marcel. Este se cayó sentado, sin soltar el naife. Su mirada seguía clavada en la piedra. El suelo sucio de hormigón se teñía de rojo.  Tuerto se arrastró hacia la mano con diamante. Señor Marcel, con las últimas fuerzas que le quedaban, lo arrojó lejos.

          El naife rodó por el suelo y… Se precipitó por una grieta… Por un instante, su luz azul se elevó hacia el techo y se hundió en la profundidad. 

          Gregorio se acercó a los hombres para ver si estaban vivos. Los tocó… Y tocó el aire. Sin creer a sus ojos ni a lo que estaba pasando, siguió la estela azul. Llegó a la grieta, se puso de rodillas y lo vio: ahí, abajo, a unos cuantos metros, el diamante más raro y codiciado del mundo. El diamante azul. El naife.

          La alarma del móvil sonó a la una y media. Gregorio se sacudió el sueño. Tocaba hacer otra ronda. Al llegar al fondo de la nave, vio una especie de luminiscencia azul. Se acercó. De una grieta en el suelo salía una luz de color hielo…                                                                  


[1] Vagarosa- que vaga de un lugar al otro

[2] Anabolena- mujer alocada y trapisondista

[3] Aurívoro- codicioso de oro

[4] Naife- diamante de calidad superior

[5] Pelamesa- una pelea en que los contendientes se asen y mesan el cabello o la barba          

     

24/10/2025, Gijón
Autor: © La Pluma del Este
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17 de octubre de 2025

169. La némesis de San Pedro

 

La némesis de San Pedro

 

 

La vida empieza muchas veces

 

 

La fila interminable de almas se perdía entre las montañas de nubes semejantes a algodón de azúcar. Por encima de ella volaba una melodía de murmullos, suspiros y quejidos, salpicados de llantos y de alguna que otra risa infantil. Los hombres, intentando mantener el tipo y mirándose las uñas o el reloj, seguían sin creer del todo que este era su viaje final. Las mujeres, retocándose el pelo y hablando entre ellas, parecían estar en la cola de un supermercado. Los niños —niños son— corrían y jugaban, ajenos a la brevedad de sus vidas. Y los ancianos, encorvados bajo el peso de los años, esperaban con paciencia al eterno descanso. Todas las almas llegaban a las puertas del cielo por caminos distintos, pero compartían la misma expresión: «¿Este es el fin? ¿Estoy muerto? ¿Ya…?»
   El apóstol San Pedro, en toda su deslumbrante magnificencia —aunque con la paciencia desarrollada por los siglos en el mismo puesto— les franqueaba las puertas del cielo. Cogía a cada uno de la mano, posaba la otra en su cabeza, le bendecía y, con un gesto tan amable como rutinario, lo guiaba a través de las puertas al Más Allá. A veces murmuraba algo como “siguiente” o “ahí no lo vas a necesitar”. Aquel lugar respiraba la calma perpetua. La aceptación del sino no dejaba lugar al… ¿Alboroto?
          Un murmullo, al principio bajo, iba subiendo de tono. Lo siguieron los empujones y saltitos. Algunas almas salieron de la fila. Otras quisieron subirse a las nubes cercanas. El Apóstol tomó la postura de su santa indignación y con una voz de trueno preguntó:
   —¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¿Por qué este alboroto?
       Y entre las piernas de la corpulenta señora de cierta edad y de un respetuoso anciano apareció… ¿Un perro?
       San Pedro restregó sus ojos con la túnica celestial y volvió a mirar. Sí. Delante de él estaba un perro. Grande, peludo y con una oreja mirando para abajo y con la otra, al lado contrario. Su lengua, como una bayeta colorada, salía y entraba de la dentuda boca. El perro se sentó sobre sus cuartos traseros y clavó la mirada en San Pedro.
   —¡¡Guau!! ¡Guau! ¿Guaaaau? —es lo que oyeron los presentes. Sin embargo, el Apóstol entendió lo siguiente: —Saludos, Guardián de las puertas. ¿Viste a mi Amo?
     Aunque parezca mentira, el Gran Apóstol quedó mudo. Después, recuperó la compostura y le contestó al polizón:
        —No, no he visto a tu amo… todavía. Y tú, no deberías estar aquí. Vuelve al cielo de mascotas… Siguiente…
         El perro no se movió. De hecho, de una nubecita se hizo la cama, se rascó, se relamió, se mordió las uñas y, después de todo este ritual, clavó su penetrante mirada en San Pedro.
      Desde aquel momento se acabó la tranquilidad de las almas y la concentración del Guardián de las puertas. La fila ya no era ordenada ni iba más allá de las nubes de algodón de azúcar. Aquello se parecía más a una romería, pero sin orquesta. Los niños querían jugar con el perro; las mujeres chillaban para que tuvieran cuidado; los hombres se preguntaban si el perro era suyo y los viejos, con lágrimas en los ojos, recordaban a las mascotas de su infancia.
        Tal desatino no podía continuar. Así que San Pedro chascó los dedos y el perro desapareció. No es que lo matara, nada por el estilo. El perro bajó al mundo de los vivos para buscar a su amo. Y todo ha vuelto a su sitio. Pero no por mucho tiempo.
     Mientras en el cielo apenas pasaron un par de horas, en la Tierra, toda una vida perruna. Y de nuevo en las puertas del Más Allá apareció un perro. Esta vez, una cosita canija y escuálida, con los ojos a punto de salírsele de las órbitas y con los dientes mellados; y… con una oreja mirando para abajo y con la otra, en dirección contraria. Un señor distinguido, que estaba a punto de cruzar la puerta, pisó la colita del perro y este empezó a chillar. Era un sonido tan estridente que taladró los oídos al mismísimo San Pedro. Las almas se dispersaron, como las ovejas por un prado. 
       —¿Tú otra vez? Y no, no he visto a tu amo. ¿Lo buscaste? Vaya, cuánto lo siento. Adiós. —Con el chasquido de los dedos, el Apóstol mandó al chihuahua a la tierra. Otra vez.
    Al chihuahua siguió un pastor alemán; a ese, un perro salchicha. Después, un labrador chocolate, un perro mestizo, un caniche… Todos tenían una oreja mirando para abajo y la otra, en dirección contraria; todos tenían la mirada penetrante de ojos sabios, todos buscaban al mismo Amo y todos eran el mismo perro. San Pedro vivía en un perpetuo déjà vu. Ni los ángeles, ni el resto de los apóstoles, sabían explicar cómo un alma de un simple perro estuviera conectada tan fuertemente a un ser humano. Era un amor tan inmenso e imperecedero que traspasaba la existencia.
     San Pedro ya no se molestaba en arreglar la fila de almas. Total, ¿para qué? Si en cualquier momento aprecia Perro, y todo iba al traste. El Guardián de las Puertas pedía una tregua, un descanso. Y, aunque era un pecado solo de pensarlo, rogaba por la pronta aparición del Amo. ¿Cuántos perros puede haber en la vida de un humano?
      Miles y miles de almas llenaban la infinita pradera sin tener mucha prisa para pasar al Más Allá. Unas charlaban, otras jugaban a pillapilla, otras cotilleaban sobre los demás. Nadie prestaba atención a las inmensas puertas doradas y al ser celestial que las guardaba. Sentado en un taburete, cabizbajo y muy, muy cansado, el Apóstol San Pedro, por vez primera en su milenaria historia laboral, no cumplía con su trabajo.
        —¡¡Guau!! ¡Guau! ¿Guaaaau?
        —Vete. Haz lo que quieras, pero déjalo ya.
        —¡¡Guauuuuuu!!
        San Pedro se levantó y estuvo a punto de mandar a Perro lejos, cuando una mano anciana lo paró. Ahí, justo delante, estaba un enorme perro peludo y con una oreja mirando para abajo y con la otra, al lado contrario. Su lengua, como una bayeta colorada, salía y entraba de la dentuda boca. A su lado, un anciano frágil. Ambos se apoyaban el uno en el otro. El perro se sentó sobre sus cuartos traseros y clavó la mirada en San Pedro.
     —Hola, amigo. ¿Así que has vuelto? Y encontraste a tu Amo. Dígame, señor, ¿cómo un perro ha sido capaz de vivir varias vidas para encontrar una, la suya? ¿Por qué? ¿Qué os ata?
     —Ese chucho grandullón, me salvó cuando yo tenía unos cinco años. Cuando los alemanes entraron en nuestro pueblo, mataron a todos. Y este maravilloso animal, me cubrió con su cuerpo. Quedó herido. Se murió, pero me salvó a mí. Jamás lo olvidé. Tuve varios perros y a todos les llamé por su nombre: Niko. Y ruego que nos deje pasar estas puertas juntos. Se lo suplico.
    San Pedro frunció el ceño. La petición del anciano incumplía las reglas: las almas humanas no se mezclaban con las de mascotas. El perro, Niko, sentado sobre sus cuartos traseros, le miraba fijamente con sus penetrantes ojos marrones. Ojos de un ser que ha visto y sufrido tanto y por un amor imperecedero.
    —Anda, pasad. Y, Niko, no te quiero ver rondando por aquí. Ya hemos perdido demasiado tiempo. El cielo no debe esperar.





17/10/2025, Gijón

© La Pluma del Este