Sin testigos
La
mujer menuda soltó el cuchillo. El atacante estaba en el suelo. Su sudadera negra
no retenía la sangre y un enorme charco de un rojo oscuro dibujaba un círculo
irregular en el asfalto.
La mujer dio un paso atrás, después otro. Con las manos temblorosas intentó unir los girones de su vestido. En su cara se dibujaba la conciencia de lo que acababa de hacer. El sujeto apenas gemía. La mujer miró hacia los lados y sus vacilantes pasos se perdieron en el oscuro callejón.
Una sombra se desprendió de una fachada de enfrente. Una anciana con un chucho en brazos se acercó al moribundo. Le dio una patada. Se agachó y recogió el cuchillo. Lo metió en el bolso y se fue calle abajo.
La mujer dio un paso atrás, después otro. Con las manos temblorosas intentó unir los girones de su vestido. En su cara se dibujaba la conciencia de lo que acababa de hacer. El sujeto apenas gemía. La mujer miró hacia los lados y sus vacilantes pasos se perdieron en el oscuro callejón.
Una sombra se desprendió de una fachada de enfrente. Una anciana con un chucho en brazos se acercó al moribundo. Le dio una patada. Se agachó y recogió el cuchillo. Lo metió en el bolso y se fue calle abajo.
11/05/2026,
Gijón
© La
Pluma del Este
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¿Qué harías en el lugar de la anciana?
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El caído era el atacante y la mujer menuda la que se defendió. Un testigo entendió que aquello fue la verdadera justicia. Solo había que callar y hacer desaparecer el arma.
ResponderEliminarQue alguien felicite a la anciana. :)
Así es.
EliminarCada crímen tiene su castigo, aunque en un relato.
Muchas gracias, por pasarte por aquí, Cabrónidas.
Un abrazo.