Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

7 de febrero de 2026

Un trabajo de película

 Un trabajo de película

(Universo La Muerte Perfumada)





¿Por qué una profesional tan sofisticada como yo ha terminado en un lugar tan rústico como este?
     Son muchas razones: el paisaje, el paisanaje, la comida rica y la sidra, que es lo mejor. Cuando un culín fresco baja por la garganta, te llena el paladar con sabor a manzanas y tierra. Es toda una experiencia religiosa. Y cuando ves cómo la escancian, con esas diminutas gotas doradas salpicando alrededor, te haces partícipe de algo especial, solo visto en esta maravillosa tierra asturiana.
     Cuando vi el escanciado por primera vez, me pareció muy raro. Pensé: esta gente está mal de la cabeza. ¿No es más fácil poner la botella justo encima del vaso? Lo intenté una vez. Las miradas de los parroquianos me mataron varias veces. Lo acepté con deportividad y sin tomar represalias. Como dicen: "A donde fueres, haz lo que vieres". Hasta hoy lo sigo a rajatabla. Perdonen, me estoy yendo por las ramas. ¿Por qué me he quedado a vivir aquí, en Asturias?
     Han pasado unos doce años de aquel trabajo. No era el mejor de mi carrera, pero le tengo un cariño especial. Entonces mi nombre en clave era «Liuba». Todavía no tenía una predilección especial por los perfumes. Me gustaba improvisar sobre la marcha. Cualquier objeto podía ser un arma. Diversidad y diversión: ese era mi lema. Con la edad me he vuelto más selectiva y apacible. Más limpia en mi trabajo.
      Como saben, cada noviembre en Gijón se celebra el Festival Internacional de Cine. Aquel año también participaba Rusia. Yo hablo y escribo perfectamente en español; por eso me enviaron a mí en el papel de crítica de cine.
      Según nuestro contacto en Moscú, entre la delegación rusa venía un posible disidente con información sobre una hipotética invasión rusa al territorio ucraniano, incluyendo una posible adhesión de Crimea. ¿Quién podría creer semejante locura? Mi cometido era encontrarme con él, ofrecerle una generosa cantidad de dinero, una nueva identidad y refugio en cualquier parte del mundo para él, su esposa y su gato…
     Antes de salir del piso franco, me miro en el espejo: la peluca negra, las gafas de espía, la blusa blanca y el traje azul noche de pantalón me sientan de maravilla. Los zapatos de aguja y plataforma añaden unos quince centímetros a mi altura. Labios de un rojo intenso. Como señal, coloco una rosa amarilla en la solapa. Me siento complacida: llamaré la atención a cada paso. Para completar mi atuendo, un portadocumentos. Ah, no llevo armas. Son un engorro y suelen dejarlo todo perdido.
     La calle Corrida está llena de gijoneses y turistas; los escaparates, ya preparados para las Navidades, lucen guirnaldas; el aire es fresco y huele a mar. Yo voy abriendo paso como Moisés. Me encanta esta sensación de poderío. Compruebo el pinganillo del oído. Todo correcto. Los del apoyo, compañeros del CNI, ya están preparados para recibir los “paquetes”.
       El festival se celebra en el teatro Jovellanos, a unos diez minutos a pie. Las luces de la célebre fachada se reflejan en centenares de cabezas. La cola para entrar parece interminable. Pero esto no me importa, ya que voy al café Dindurra, justo al lado.
       La puerta giratoria me lleva a un ambiente de época con olor a café recién hecho, murmullo de clientes y música suave de jazz. Voy a la mesa acordada y me siento cerca de la escalera que lleva a la segunda planta, sin perder de vista la entrada al café. Pido una copa de cava.
         —Aquí la tiene, señora. ¿Desea alguna cosa más?
       Aunque el cava tiene buena pinta, me pongo como una energúmena con el camarero:
        —¡Yo he pedido un cava y esto es agua teñida sin apenas gas! ¡Quiero ver la botella y que la abran delante de mí! ¡Y rápido, que no tengo toda la noche!
          El muchacho se pone a temblar y casi tira la bandeja. Me da mucha pena, el pobre. Ya lo recompensaré con una buena propina.
        Los clientes empiezan a girar la cabeza para ver qué está pasando. Mi pelo a lo Cleopatra, el traje azul y la rosa amarilla son fáciles de ver y recordar. De hecho, nunca olvidarán a esta pija maleducada.
       —Buenas noches, madame. ¿Me permite invitarla a una botella de champán?
        Un hombre de unos sesenta años, grueso y completamente calvo, se sienta en la silla de enfrente. Se le ve nervioso. Tira de su pajarita como si lo fuera a ahogar. Su chaqueta de punto tiene pelos blancos… de gato. Pone un libro sobre la mesa. Guerra y paz, cómo no.
         —No me apetece el champán. A estas alturas prefiero un buen albariño.
         —Ah, por supuesto, faltaría más. A ver si hay un Santiago Ruiz. Dicen que es muy bueno.
          El santo y seña coinciden. Es mi contacto.
         Esta vez nos atiende una chica. Parece que el camarero de antes me cogió miedo, pobrecito.
         Tengo que convencer al ruso y recoger la información. Después de un par de copas, el hombre se relaja. Le digo que el dinero y los nuevos pasaportes le serían entregados cuando su información estuviera contrastada. En media hora. Por el pinganillo me confirman que su mujer y el gato ya están de camino a un lugar seguro. Le enseño su foto en el móvil. Ella se ve contenta. El gato, no tanto. El hombre se va tranquilo, dejando el libro en la mesa. Dentro está el pendrive.
        Continúo tomando mi vino. Veo que una mujer sube a la segunda planta. Ahí están los servicios. La sigo. Es la agente española. Tenemos un tremendo parecido físico. Nos cambiamos de ropa. Ella se convierte en mí. Yo, en ella: una mujer normal, pelo castaño, chaqueta, vaqueros, deportivas y mochila. Perfecto. En el baño compruebo la información en el ordenador y la mando a la SBU. Todo correcto. La nueva “yo” se va con el libro. Rompo el pendrive y lo tiro por el desagüe.
       Salgo del baño y tropiezo de bruces con el joven camarero de antes. Siento un pinchazo en el cuello. Antes de desmayarme veo su sonrisa lobuna. Me habla en ruso:
         —Privet, Liuba. Saludos desde Moscú…
      Vuelvo en mí con un tremendo dolor de cabeza. Tengo las extremidades entumecidas. Estoy tirada en el suelo. Lo único que veo son las patas de una silla y un par de pies embutidos en botas de estilo militar. Uno de esos pies me da una patada en el estómago. El dolor punzante me provoca arcadas. Eso que vemos en las películas americanas es una puñetera mentira. El primer golpe es el peor, por lo inesperado. Es el que te deja con las fuerzas justas para no mearte encima.
         —Despierta, Bella Durmiente. Tenemos mucho de qué hablar y muy poco tiempo.
       —¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí? No entiendo nada. Yo no hice nada —sé que no va a colar, pero necesito despabilarme para reconocer la situación; mi español es impecable—. Soy una turista. No soy rica. Nadie pagará mi rescate. Es un secuestro, ¿no?
       Mientras sigo con la diatriba, empiezo a sentir el cuerpo y la cabeza, más lúcida. Tengo las manos atadas con una brida. Solo llevo puestos los vaqueros y una camiseta. Estoy descalza.
         El ruso me da otra patada. Esta vez estaba preparada. Y otra más.
        —Vale, vale. Por favor, no me pegue más. Ayúdeme a levantarme. Se lo suplico. Un poco de agua, por favor. Esta cosa que me inyectó me dio una sed tremenda.
       Ya sentada en la silla, puedo inspeccionar el entorno. La habitación es cuadrada, completamente vacía, alumbrada por una bombilla en el techo. La puerta queda a mi izquierda. Está cerrada. Enfrente, una ventana. A ambos lados, unas cortinas de terciopelo azul. Una está recogida y puedo ver la persiana bajada. No tengo la más remota idea de dónde estoy.
         —No intentes tus trucos. Te conozco muy bien, Liuba. Sé cómo trabajas. Aquí no tienes nada que puedas usar como arma. La silla está atornillada al suelo. Toda la casa está aislada, así que cualquier señal que quisieras transmitir a los españoles queda bloqueada. Estás sola.
          Ahora lo veo mejor: unos treinta y pocos años, pelo rubio. No es muy alto, pero es fuerte. Se machaca en el gimnasio. Su cara no encaja con su cuerpo: es demasiado juvenil. Por eso me engañó en el bar. ¡Por Dios! Sé quién es. El Niño. El puñetero torturador.
          El sudor frío me bajó entre los pechos. O pienso en algo muy rápido o no saldré de aquí con vida. Este cabrón usa a la gente como sacos de boxeo. Después de pasar por sus manos no queda ni un hueso entero; deja el cuerpo completamente molido y, como buen sádico, disfruta con ello.
          Salió a por el agua. El dolor es insoportable. Creo que alguna costilla está rota. Necesito ponerme en pie. No puedo dejar que me machaque así, sin más. Tengo que llegar hasta la ventana y las cortinas.
         —¿Ya te has resucitado, Liuba? Bebe. —Me da un vaso de plástico, cómo no—. Tenemos mucho trabajo por delante. No eres tan dura como me dijeron. ¿Sabes? Creo que sería más divertido si me retaras o algo así. En tu dosier pone que eres campeona de judo. De toda Ucrania. Me encantaría probar un cuerpo a cuerpo contigo. Uno rápido.
          El cabrón me está provocando. Perfecto. Es mi oportunidad.
     —Usted sigue sin comprender que yo no soy esa persona —le espeté levantándome indignada de la silla—. Yo soy una visitante aquí y ciudadana española. Usted me tiene secuestrada. Me confundió con otra perso…
          Otro puñetazo. Esta vez en la barbilla. Di un par de pasos hacia la ventana. La cabeza empezó a darme vueltas.
        —Ay, Liuba, Liuba. Esto me empieza a aburrir. ¿Dónde está el pendrive? ¿Cómo se llama tu contacto ruso? ¿Quién desde Moscú les avisó?
     Otro golpe en el estómago me empujó hasta la ventana. Me agaché gimoteando y con los dientes logré quitar la brida.
       El cabrón no lo esperaba. Lo agarré por la cabeza y le di un rodillazo en la cara. Alcancé el alzapaños colgado de un gancho. Mi instinto no me falló. Esas cortinas pesan muchísimo y, en vez de abrirlas, en muchas casas usan alzapaños con borlas. Pero es una cuerda, a fin de cuentas. Me hice con él.
     El ruso atacó de nuevo, propinándome un cabezazo y varios puñetazos. Logré esquivar un par de golpes a duras penas, pero le di una patada en la rodilla que lo hizo caer. Me arrastró con él. Intentó quitarme la cuerda, pero fui más rápida. Lo inmovilicé con una llave y logré pasarle el alzapaños por el cuello. Tuve que tirar con todo mi cuerpo. Las manos ensangrentadas me resbalaban, dejando la piel en carne viva.
     El Niño, como una culebra, intentaba zafarse de mi abrazo. Sus ojos inyectados en sangre y su boca retorcida decían que ya faltaba poco para que la palmara de una puta vez.
        Por fin se quedó rígido. Lo empujé a un lado. Respiré. Registré sus bolsillos: un fajo de dinero en efectivo, un par de móviles —uno era el mío—, la llave de un coche, más llaves y una tarjeta negra con letras doradas BB en cirílico. ¿Qué será? Ya lo averiguaré después.
       Salí de la habitación arrastrando los pies, casi sin fuerzas. Me dolía todo. Solo la adrenalina me empujaba a huir de aquel maldito lugar. Mis pertenencias estaban en un rincón de lo que parecía un salón. Empecé a buscar la salida. Todo indicaba que era un chalé. Con cuidado subí una persiana. Afuera, noche cerrada. Encontré la llave y abrí la puerta.
          El olor a mar me refrescó los pulmones y mitigó las náuseas. Así que estaba cerca de la costa. No vi ninguna casa alrededor. La de la que salí tenía toda la pinta de un chalet vacacional. Tampoco vi ningún coche. Encendí el móvil. Mierda. El cabrón me había sacado la tarjeta. Activé el localizador escondido en el tacón de una bota y me oculté entre los arbustos.
          Media hora más tarde apareció el coche del CNI que me llevó de vuelta a Gijón…
 
       Una lengua mojada y caliente me sacó de mi remoloneo matutino. Otra la acompañó. Mis dos hijos peludos empezaron a saltar encima de mí, “diciendo” que tenía que salir de la cama. El tacto del suelo fresco de madera me produjo un respingo. Abrí la pesada cortina y la recogí con un alzapaños. Sí. Ese mismo. El que me salvó la vida hace más de doce años.
        La mágica vista de las escarpadas montañas de los Picos de Europa sigue maravillándome cada día…

 

 


07/02/2026, Gijón

                © La Pluma del Este




CNI- Centro Nacional de Inteligencia

SBU- Sluzhba Bezpeky Ukrayiny (Servicio de Seguridad de Ucrania)

5 de febrero de 2026

Muerte por flechazo

Muerte por flechazo 



         —Abogado de la defensa, ¿cómo se declara la acusada?

         —No culpable, Señoría.

         —¿Y la acusada desea hacer alguna declaración?

         —Sí, Señoría.

          —Suba al estrado, señorita Acosta. ¿Jura decir la verdad?

         —Gracias, Señoría. Sí. Lo juro.

         —Prosiga, la acusada.

         —Antes de todo les ruego que me comprendan, por favor. Me encontré superada por las circunstancias… No vi otra salida… Tuve que hacerlo. Quiero que oigan mi historia. Estoy segura de que cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo…

» Todo empezó hace un año. Yo soy una mujer corriente. Como pueden ver, ni guapa ni delgada, sino todo lo contrario. No soy de esas que enamoran por donde van. Pero, a principios de febrero del año pasado, mi soledad y el deseo de tener un hombre decente en mi vida me llevaron a un estado de desesperación. Ver parejas se me hacía insoportable. Y mucho más cuando parecían felices y enamoradas. Ya tengo una edad, ¿saben? Y el tiempo vuela. Así que el día catorce se me ocurrió ir a la iglesia de San Valentín. ¿No es un santo de novios? Pues eso. Le llevé un ramo de rosas y unas velas y me puse a rezar. Recé mucho. Muchísimo. Estuve arrodillada durante horas y horas…

» Aquella misma noche me despertó un ruido. Cuando encendí la lámpara de la mesita, a los pies de la cama, vi sentado a un niño, o alguien que se le parecía mucho. Estaba desnudo, con el pelo rubio ensortijado, unas alitas muy cucas y un arco dorado y flechas…

          La sala del tribunal explotó en risas y carcajadas. El juez mandó callar al público so pena de expulsión y pidió a la acusada continuar.

          —Gracias, Señoría. Ejem, ejem… En conjunto, era la cosita más adorable que yo haya visto nunca. Y, de repente, se dirigió a mí con una voz muy grave: “Mujer, vamos al grano. Mi jefe, San Valentín, me mandó a solucionar tu problema. Dime cómo lo quieres. No te enrolles demasiado, que no tengo toda la noche. Hay montones de pedigüeños como tú. No me mires con esa cara de boba. Al hombre, ¿cómo lo quieres?”.

» Apenas pude articular una palabra para contestarle:

          —No lo sé. Así, de pronto… Que sea muy detallista y romántico, que me regale flores, que me… —Y el Cupido desapareció con la palabra “hecho” flotando en el aire.

» Al día siguiente, al abrir la puerta de mi piso, vi un enorme ramo de rosas rojas con una tarjeta:

 Para la mujer más bella del mundo, 

la que me hace vibrar como un abejorro buscando el dulce néctar de las flores.

Siempre tuyo, tu enamorado secreto.

N. B.

» Madre mía, me puse loca de contenta. Nunca, jamás, me habían regalado ni siquiera un cactus escamochado. ¿Quién sería ese hombre?

» Al llegar al trabajo, también había allí un enorme ramo de rosas. Los compañeros estaban ojipláticos viendo aquello. Y yo, tan contenta. Por fin alguien se había fijado en mí. El ramo también tenía una tarjeta:

                                  Las rosas rojas para mi dulce rosa escarlata.

Con todo el amor, tu enamorado secreto.

N. B.

» Cuando llegué a casa con mis rosas, en la puerta de nuevo había un enorme ramo, pero de lirios, con una tarjeta y un poema muy romántico que hablaba de mis atributos físicos. Había tantas flores que ocupé con ellas todos los jarrones y botes que tenía.

» Al día siguiente, otra vez en la puerta había un enorme ramo de rosas blancas, con tarjeta. Y en el trabajo, también, con tarjeta. Regalé mis flores a todos los compañeros. Estaba muy contenta y ellos, también.

» Al volver a casa, de nuevo encontré un gigantesco ramo de flores en mi felpudo. Gladiolos o dalias. Ya no me acuerdo. Con otra tarjeta y un poema. Tuve que ir al chino a comprar más jarrones. La casa olía como un jardín botánico o como un funeral. Mi mente está confusa al respecto.

» Y así, durante varias semanas, tres o cuatro enormes ramos de flores cada día. Ya no sabía dónde meterlos. Los compañeros empezaban a reírse a mis espaldas. Tampoco nadie quería flores, ni regaladas. Entre las marchitas y las frescas me mareaba. Los vecinos se quejaron de que los ramos amontonados en mi puerta daban mal olor y aspecto de abandono. Ya no podía más… Estaba desesperada… Ejem…

» Llamé a la policía. Me dijeron que nada podían hacer al respecto, ya que no era ningún delito regalar flores. Tampoco se molestaron en averiguar quién era el repartidor o florista que traía los ramos. Me dio la impresión de que les divertía la situación…

          Las risas del público subieron de tono y el juez de nuevo llamó al orden:

           —Señores y señoras presentes, me veo obligado a interrumpir este juicio para un receso de media hora. Espero que recapaciten y, a la vuelta, tomen esta corte con más seriedad y respeto. Acusada, seguiremos con su declaración después del receso. Tómese un descanso, veo que lo necesita. Se levanta la sesión.

          Pasada media hora, después de subir al estrado, la señorita Acosta continuó con la voz temblorosa:

          —La situación empeoró cuando la prensa se instaló en el portal. Salir de mi casa a diario se convirtió en un suplicio… No podía dar un paso sin una alcachofa en mi cara… Sobre mí publicaron en el periódico local y nacional. Ya ni hablo de las redes sociales… Mi cara estaba en todas partes. Hasta llamaron a mis padres, pobrecitos ellos. Me pusieron varios apodos: la mujer de mil rosas, la mujer florero, la mujer de flores marchitas… Era insoportable vivir así… Ejem, ejem, ejem…

» Y, mientras tanto, los ramos aparecían en mi puerta y en el trabajo como por arte de magia. Ahí es cuando comprendí que Cupido me había tomado el pelo. Esto no podía continuar más, así que volví a la iglesia para suplicar a San Valentín que parara esta locura…

          —¡Ruego el silencio en la sala! Aguacil, expulse a aquel grupo del fondo. Este juicio no es una broma, señores. Señorita Acosta, ¿desea un vaso de agua?

          —Le agradezco, Señoría.

          — Continúe, por favor.

          — Como dije, volví a la iglesia. Y me quedé allí rezando durante horas. Por la noche, el Cupido no apareció. (El público volvió a reír. La acusada empezó a llorar). Perdonen, pero es que todo es tan absurdo, lo sé… He vuelto otras dos o tres veces a suplicar a San Valentín.

» Cuando ya perdí la esperanza de ser escuchada, el Cupido apareció en mi dormitorio. Estaba muy enfadado; me gritó y me llamó de todo. Que yo era una caprichosa, chivata, que no sabía lo que quería…

» Parece mentira, pero aquel ser me culpaba de todo… (La pobre mujer lloraba y no paraba de sonarse la nariz). Con su flecha gesticulaba como un loco. Así que no aguanté y se la arranqué de la mano. Lo agarré por sus alitas con la otra y le clavé la flecha. Justo en la barriguita… Y la volví a clavar y clavar y clavar… Cuando me di cuenta, el cuerpo del Cupido parecía un colador… Estaba muerto. Muy muerto. Después, desapareció.

          La sala del tribunal quedó en silencio. El juez, con la expresión cariacontecida, no sabía di reír o llorar con la mujer. Señorita Acosta continuó con la declaración:

          — Llamé a urgencias. Creyeron que estaba bromeando. Llamé a la policía… Varias veces… Cuando vinieron, los acompañaba una ambulancia. Ejem, ejem… Para mí… Me ingresaron en la planta de psiquiatría… Estuve ahí casi tres meses…

» Un día, cuando pasaba delante de una floristería, algo hizo “clic” en mi cabeza. Así que fui a la gasolinera más cercana y compré una garrafa de gasolina. Esperé a que las floristas cerraran la tienda. Ya de noche, con una tapa de registro, rompí el escaparate; metí la garrafa dentro y la volqué. Con un fular hice la mecha y prendí el fuego.

» Me senté en el banco de un jardín cercano a disfrutar del espectáculo. Por vez primera en un año estaba feliz y aliviada

          El silencio en la sala se rompió con un suspiro múltiple, seguido de toses y carraspeos. La acusada se dirigió al jurado:

          — Señores del jurado. No me importa ir a la cárcel, ¿sabéis? Mientras no haya flores ahí…

 




 

SUCESOS

El Cupido “ataca” de nuevo

La Pluma del Este

 

 

Hoy, 25/03/2024, hemos sabido que en una pequeña ciudad de EE. UU., Tennesi Stone, una mujer ha prendido fuego a una tienda de juguetes y ha disparado a un camión de reparto de Toys & A con un arma semiautomática. El conductor salió ileso. Tampoco hubo víctimas entre los trabajadores de la tienda.

 En su declaración a la policía, la mujer dijo: «Que ya estaba harta de tanto pu… oso de peluche y que ella solo quería a un hombre detallista y que el cabrón del Cupido le ha tomado el pelo…» Estas eran sus palabras exactas.

 Por lo que hemos podido averiguar, la señora americana, estuvo recibiendo ingentes cantidades de osos de peluche con un corazón rojo donde pone escrito I love you desde el Día de los Enamorados. La pobre tuvo una tremenda crisis nerviosa a causa de aquello.

 Queremos recordar a nuestros lectores un caso parecido que sucedió en España el año pasado. Pero aquí han sido los incontables ramos de flores frescas. Y la mujer, víctima de una pesada broma – lo que se confirmó en la investigación y la consiguiente sentencia – ha quemado una floristería. También sin víctimas.

 Seguiremos informando.

 

 © La Pluma del Este

 

 

 


3 de febrero de 2026

El odio

 El odio




Mi odio a esta decadente ciudad era tan intenso como el que sentía por mi padre. Estoy convencida de que, si no hubiera conocido a mi madrastra, nuestras vidas serían diferentes. Mejores. Desde que ellas se fueron y yo me quedé anclada a un viejo decrépito, los sueños de una vida plena y feliz —que jamás viviré— se transformaron en odio… Ooo-di-ooo. Me fascina cómo suena. Saboreo esta palabra y sus cinco letras. He descubierto su enorme poder y lo que significa para mi existencia.

          La nieve, húmeda y gris, como cenizas pegajosas, apenas cubría la fealdad que me rodeaba. El silbido estridente de la fábrica había expulsado a las bandadas de cuervos de sus escondites. Los pájaros estaban volando en círculos por encima de los tejados y sus incansables graznidos taladraban mi cerebro. Los pocos transeúntes se deslizaban como fantasmas, sobre los charcos de aguanieve estancada.  Yo caminaba despacio con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, mi único abrigo… Su tela áspera era mi caparazón. Viejo. Humedecido. Como yo. El crujido de la nieve bajo mis botas sonaba a cristales rotos. Faltaban doce minutos para mi turno; tendría que darme prisa. Pero me daba igual… ¿Lo sabéis? No. Claro que no. Nadie lo sabe. Desde niña, me encantaba la nieve, tan blanca y tan pura al caer, aunque terminaba derritiéndose, mezclada con el barro. Siempre supe que aquella pureza de antaño se pudriría, hasta devorar la olvidada perfección de nuestras vidas. De mi vida… Bastaba esperar el tiempo suficiente.

         Desde hace semanas, un sueño extraño me persigue como una sombra. Siempre el mismo. Siempre distinto. Veo un piso… muy bonito. Es donde viven ellas, mis dos hermanastras… Las gemelas Ana y Eva. Hablan. Discuten. Se ríen… ¿De mí? Sé que estoy ahí, con ellas… Las miro y las odio… La envidia me corroe… Ellas están libres… Un reloj de la pared marca la hora… Las ocho y cuarto… ¿De la mañana o de la noche? Oigo una risa… la mía… Después, oscuridad…

          Me despierto en plena noche con una sensación de que algo no encaja. Que algo va a pasar. Y que pasará pronto. Sin embargo, no me hace sentir mal, no… Es otra sensación… Y me quedo mirando a la grieta zigzagueante del techo, que se desvanece detrás de las cortinas húmedas y frías. Me tapo con la manta de mi mamá. Y me siento a salvo, aunque sé que es un engaño.

         Cada mañana dejo la comida y las pastillas de mi padre en la mesa y me voy a malgastar mi vida en un trabajo que odio. No todas tuvimos la suerte de ir a la universidad. Recuerdo a mi madrastra (ojalá no descanse en paz, esté donde esté) hablando orgullosa de sus hijas y de lo listas e inteligentes que eran.  La zorra se quedó preñada para cazar a mi padre. Y él, desgraciado, olvidó a mi mamá en un suspiro… Este cabrón merece estar muerto…

          Día tras día… de lunes a viernes. Durante nueve horas estoy atrapada en un almacén de ferretería. La hora de descanso, la paso sentada en una caja de herramientas, masticando un bocadillo seco… Pensando… Recordando… Ana rompió un dibujo que hice a mi papá… Dijeron que era pequeña y no lo sabía…  Eva se había quedado con mi peluche… Me lo había regalado mi mamá… Su tarta de cumpleaños era más grande y mejor que la mía… Después ni siquiera la tuve… Eran cosas insignificantes, pequeñas para cualquiera, pero para mí eran las piedras que llenaban un saco… Yo las contaba y se regodeaba de su peso y cantidad; grababa en mi memoria cada sonrisa fingida, cada gesto, cada celada. Y el odio, como una diminuta llama, empezaba a crecer…

          Los fines de semana me quedaba encerrada en mi habitación, llorando, odiando, planificando mi libertad… Y así, el hilo invisible de la envidia, surgido en mi niñez, se iba convirtiendo en una enorme bola que me estaba aplastando con todo su peso. Pobre de mí…

          Otra noche más. El mismo sueño. Sin embargo, distinto. La misma habitación… Mis hermanastras. Tan felices, tan seguras. Se ríen… Me miran. Dicen algo. Yo contesto. Avanzo un paso. Hacia ellas. Entonces sus rostros cambian. Sus ojos se congelan… Sus bocas se abren en un grito mudo… Y yo… y yo también grito… Me despierto con la manta enredada en mi cuello. Apretándome como una soga. Y, por fin, sé lo que debo hacer… No puedo continuar, siendo una mera observadora de mi vida. Tengo que soltar las piedras que me ahogan. He tomado una decisión…

          Salí con prisa, muy despistada, dejando el batiburrillo de pastillas al alcance de mi demente padre. También, por error, la garrafa de lejía, al lado del fregadero… Imaginé que querría el agua para tragarlas, aunque la llave de paso estuviera cerrada… Por si acaso. Con los enfermos así nunca se sabe…

          Me sentía eufórica y expectante. Iba por la calle rápido. Casi volando sobre la mugre y saltando los infinitos charcos. Ligera como si fuera uno de aquellos cuervos. El bocadillo del almuerzo me supo a un manjar exquisito.  Mis pensamientos revoloteaban en todas las direcciones. Mi teléfono, sin llamadas. El plan para cambiar mi vida ya estaba en marcha. ¿Cuál sería mi siguiente paso? Aunque sabía lo que tenía que hacer. Me faltaba una pieza para el cómo… Ese algo que me completara. Que fuera infalible. Mi mirada saltaba de una caja a la otra. Sabía qué contenían. Y ninguna me convencía. Sentí rabia… Hoy era el día señalado. No podía postergarlo más.

          A las seis menos cinco me preparaba para irme. A mi casa, no. Si no me han llamado todavía, es que nadie sabía nada. Mejor. Empezaba a enfadarme… Necesitaba algo ya. ¿Qué podría ser? Al acercarme a la puerta de salida, lo vi… Brillaba detrás del cristal, como si hubiera estado aguardándome. Me atraía… Necesitaba sentirlo en mis manos. Era la pieza perfecta para mi cometido. Volví adentro. Sabía dónde estaba la caja repleta de ellas. Nadie se daría cuenta de que faltaba una y, sin embargo, esa única bastaría para todo… 

          La nieve mojada seguía cayendo sin parar…

     Mientras caminaba, pegada a los edificios, contaba los pasos… Estaba nerviosa. Tenía las mariposas en el estómago. Recuerdo haber tenido la misma sensación cuando fui al baile con el chico aquel… ¿Cómo se llamaba? ¿Winston? ¿Willy?… Era muy mono… ¿Qué habrá sido de él? Se ha ido también de esta ciénaga. Muy pocos prosperan aquí… Por ejemplo, mi madrastra. Después de abandonar a mi padre, se casó con el gerente… Pero, por suerte, no disfrutó mucho de su vida de rica… Una caída por una escalera resbaladiza en pleno invierno y de noche… Pasa a cualquiera. Lo sé de primera mano… Y su tristísimo viudo, un vejestorio, se ocupó de las hermanastras. Aquel es su edificio. Tiene un portero cotilla. Zalamero y pegajoso como un chicle viejo. Pero yo entraré por detrás. Trabajar con herramientas tiene su ventaja… Solo tengo que asegurarme de que ellas estén en casa… Solas. Nos queda una charla pendiente y muchas cosas que aclarar. Entre ellas y yo.

          Detrás de la puerta se oía la música y risas… Antes de subir, las vi entrar cargadas de bolsas de boutiques de moda… Las imaginé yendo de una habitación a otra probando modelitos. Seguro que ni ahorrando un año me podría permitir semejantes caprichos… Llamé a la puerta.

          —¿Hermana? Qué raro verte por aquí. ¿Ha pasado algo con el padre? Pasa, pasa… —Ana, en un vestido negro ajustadísimo con la cremallera abierta hasta las nalgas, me dejó pasar. —¡Evaaaa! Vino Cécil. Ven.

        Eva llevaba solo unas bragas diminutas y el sujetador con relleno. Se acercó para darme un beso. Yo me alejé un paso… lo justo para sacar el hacha del caparazón de mi abrigo… Su mango encajaba de maravilla en mi mano. Un golpe en la cabeza… Se oyó un “crack”. El hacha entró más fácil de lo que había imaginado. Eva voló un par de metros… Ana intentó gritar… Pero su boca estaba muda… Yo empecé a reír. ¡Qué subidón! Otro golpe de gracia hizo que su brazo cayera a mis pies. Quiso huir… El hacha la ensartó en medio de la espalda… Un río de sangre bajó hacia el valle de su trasero… Allí estaba yo: tranquila, ligera, engrandecida por mi valor. Y feliz por primera vez en mucho tiempo…

          Antes de salir me fijé en el reloj de la pared… Debajo de las salpicaduras de sangre marcaba las ocho y cuarto… Como en mi sueño. Me regocijé: al final, los sueños se cumplen. Vaya, vaya… ¿Quién lo iba a decir?

          Salí al callejón… El aire frío y áspero limpió mis pulmones del olor dulzón de la sangre. Levanté mi rostro hacia la nieve. Era blanca y perfecta. Sus copos, como las plumas, se posaban en mi piel… Me hacían cosquillas. Me sentí flotar.

          El sonido de las sirenas me devolvió a la realidad. Sonreí: no me atraparían tan fácilmente. La nieve cubriría mi rastro. Corrí hacia el río helado, el puente que me llevaría a la libertad. Mi respiración humeaba en el aire gélido. Cada paso crujía sobre la brillante superficie. Miré atrás: las sirenas rebotaban contra los edificios, rojas y furiosas. Seguí corriendo… El hielo cantaba. Justo en el medio del río su color se oscureció. ¡No podía ser! Era más fino de lo que pensaba; empezó a quebrarse bajo mis botas. Resbalé. Caí de rodillas. Quise levantarme y me hundí hasta la cintura. Intenté agarrarme. El frío me mordió los dedos… Yo seguía peleando por mantenerme a flote.  El agua me abrazaba cada vez más fuerte, me arrastraba… Y, mientras, me hundía lentamente, los cuervos daban vueltas en círculos sobre mí, riéndose, esperando mi final.

 

          Y los odié por ello…

         


   21/08/2025, Gijón

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1 de febrero de 2026

La modista de alegría

 La modista de alegría



 

En 1945, cuando las ruinas de Kyiv seguían cubiertas por un velo de tristeza, el único punto de color lo ponía el balcón del segundo piso de la casa de los Kravchuk. En la calle Lystopadna era uno de los pocos edificios que quedaban en pie. Allí vivía Olga Vasilievna, modista de la época de paz y una mujer extravagante por naturaleza.           

           Con los años de guerra y hambre, todos tenían el armario igual de apagado; pero Olga insistía en colgar de la barandilla oxidada cintas de tela teñida con remolacha y cáscara de cebolla, como si quisiera provocar a la miseria a un combate «cuerpo a cuerpo». Y, casi siempre, Olga ganaba.

          No era una mujer fuerte. Tampoco una mártir. Era más bien un torbellino indeciso: tres ideas a la vez y ninguna terminada. Cosía, descosía, volvía a coser… y acababa sacando una prenda que solo a ella le parecía sensata.

          Su taller, que se extendía por todas las habitaciones, era un caos delicioso. Cajones desbordados de botones sin pareja, cordones, cuerdas, ovillos enredados como serpientes de colores. Retales de manteles y cortinas quemados se mezclaban con prendas heredadas de abuelas que ya nadie recordaba. Todo aquel batiburrillo pertenecía a la otra época cuando el sol alumbraba la belleza y el cielo azul no albergaba la muerte. Los uniformes militares de un verde tristón y un gris apagado ocupaban una habitación entera. Últimamente, era lo que más podía conseguir en los mercadillos improvisados. Aquel revoltijo Olga Vasilievna lo llamaba «inventario con posibilidades». Para los demás era solo «trapos».

          Las clientas no acudían buscándola por talento, sino por pura curiosidad. Y, también, como no, porque era de las pocas afortunadas que conservaban la máquina de coser. Las señoras entraban, se sentaban, suspiraban, y le dejaban sus prendas con un gesto resignado.

          —Pero no me pongas nada raro, ¿eh? —decía siempre alguna.

          Olga asentía muy seria, y luego hacía exactamente lo contrario. Si una falda tenía un agujero, ella lo convertía en un bolsillito secreto para meter deseos escritos en papel o, simplemente, unas pocas monedas escondidas de los ladrones. Si una camisa venía amarillenta, la teñía con zelionka, dejándola de un verde agua, «como la esperanza», decía. Y si una prenda estaba demasiado gastada, la transformaba en otra cosa que nadie había pedido: un pañuelo psicodélico, una camisita para un bebé, un delantal que recordaba a una vidriera rota.

          Algunas clientas resoplaban de indignación. Otras, especialmente las jovencitas, se encariñaban con esas rarezas. A pesar de dolor y miseria, ellas seguían siendo niñas.

          Pero lo que nadie sabía —porque ella no lo confesaba ni en sueños— era que Olga Vasilievna no soportaba la idea de que todo siguiera igual después de la guerra. Le repugnaba el gris, la repetición, la gente anodina caminando cabizbaja como si ya no tuviera permiso para soñar. Así que, en vez de quejarse, hacía lo único que sabía: meter color donde no lo habían pedido.

          Un día la modista hizo algo que la convirtió en una pequeña leyenda local. Decidió dar la salida a la ropa verde caqui. De un montón escogió un abrigo militar, rígido, ajado, más muerto que vivo. Lo descosió, lo lavó y lo golpeó con una tabla. La tela se ablandó. Olga sonrió… Mil ideas revolotearon en su cabeza…

          Estuvo encerrada cuatro días. Los vecinos, extrañados, pensaron de todo. ¿Habrá muerto la loca excéntrica? Sin embargo, el sonido de la Singer que se escuchaba detrás de las ventanas cerradas a cal y canto les decía lo contrario.

          Al quinto día, Olga Vasilievna Kravchuk, la modista de la calle Lystopadna, surgió como ave Fénix. De hecho, se parecía a una. Vestía un abrigo verde lleno de parches circulares de colores imposibles. Aquel caleidoscopio ambulante rompía la monotonía de luto. Era indecente. Era provocador. Cuando detrás de espesas nubes salió el sol, el abrigo cobró vida.

           Los viandantes se ofendieron. Algunas mujeres se santiguaron. Olga, sin hacerles caso, se dirigió al mercado.

          Al día siguiente, tres jovencitas de la zona llamaron a su puerta, fascinados por aquella locura que era la comidilla en todo el distrito.

          —Queremos algo así. Algo que rompa la tristeza.

          Y Olga, agradecida, sintió un calorcito en el pecho. No había salvado a nadie. No había sido ejemplo de nada. Sencillamente, su extravagancia había encontrado espejo. Y eso, en los tiempos que corrían, era casi un milagro sin pretensiones.

          Desde entonces, el barrio siguió igual de pobre, igual de cansado… pero cada tanto, en medio de la calle, asomaba una prenda absurda, colorida, terca. Un recordatorio de que, incluso cuando la vida te obliga a andar encorvado, siempre existe alguien capaz de enderezar la costura.




                                                                                                         13/01/2026, Gijón
© La Pluma del Este

19 de diciembre de 2025

La celera te mata

 La celera te mata





Al abrir la puerta de la mansarda, un olor a rancio y a las cosas olvidadas me dio de lleno. Di un paso. Otro… Hacía mucho que nadie entraba. Ahora que lo pienso, desde que mi abuelo desapareció. Él pasaba horas aquí, encerrado. Se podía oír sus balbuceos al hablar consigo mismo… O, con alguien.  Mis recuerdos de aquellos años son solo los retazos de la memoria. Y, sin embargo, sé que he entrado aquí una vez… Mi abuelo estaba escribiendo en una libreta… Muy absorto. Cuando me vio en la puerta, se enfadó muchísimo, me gritó y me echó. Me tropecé y caí por la escalera. Desde entonces tengo el tic de tocarme la cicatriz de mi frente. También discutió con mis padres. Después nos fuimos a nuestra nueva casa y el abuelo se quedó aquí… Solo… Durante veinticinco años. Sin llamadas, sin cartas, sin felicitaciones por Navidades y cumpleaños… Nunca hemos vuelto…  Hasta ahora.

           Hacía unos seis años que el abuelo había desaparecido sin dejar rastro. Mis padres pusieron la casa en venta. Yo decidí, por fin, mitigar mi curiosidad y ver por mí mismo por qué él pasaba tanto tiempo en esta buhardilla…

          Con la linterna del teléfono vislumbré una lámpara de pie. La encendí… La pantalla, que ahora era un hogar de las arañas, desprendió una luz amarillenta. La sombra del dibujo intrincado de la telaraña se reflejó en el techo. Al lado de la lámpara estaba un sillón antiguo y gastado y una mesita, llena de libretas apiladas. Me fijé en un par de guantes toscos de cuero que estaban colgados en el respaldo. ¿Qué hacían ahí?… Enfrente del sillón, en el centro de la estancia, había una estructura tapada con una sábana. Di una vuelta alrededor. La luz de la linterna se reflejó en las desnudas paredes. Pero las esquinas y las aristas de la buhardilla protegieron su oscuridad de mi invasión. Quité la sábana… Y descubrí un enorme espejo ovalado.

          Me miré y no me vi reflejado en él. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Lo toqué. Mis dedos casi se quedan pegados a la helada superficie. El cristal muerto estaba rodeado por una moldura negra y exageradamente repujada con rosas de un rojo intenso. Las toqué… Y el espejo cobró vida… Los tallos, llenos de espinas, empezaron a retorcerse como serpientes. Y su sonido, una especie de crujido y tintineo, se propagó por la habitación… Me pinché… Las rosas se quedaron quietas… A la espera… La sangre, formando un finísimo riachuelo, empezó a bajar por mi brazo… Metí el dedo en la boca… Mi boca se llenó de sangre… ¡Dios! ¿¡Si era solo un pinchazo de nada!? Sentí un mareo. Di un paso hacia atrás y tropecé con el sillón. Caí en él y una nube de polvo se elevó al techo. Miré al espejo. ¿O el espejo era el que miraba en mí?

          Recogí del suelo una libreta. La frase “La celera te mata”, “la celera te mata”, se repetía centenares de veces en cada página… Abrí otra libreta… Las ojeé una detrás de otra y todas, con más o menos inteligibilidad, tenían escrita la misma frase: “La celera te mata” … Me quedé sentado una hora… ¿O dos? ¿O más? Me sentía débil… La sangre no paraba de gotear. No tenía ni fuerzas ni ganas para moverme y llegar hasta el teléfono que estaba tirado en el suelo. Tampoco creo que valdría para algo; la linterna habrá gastado la batería.

          Miré al espejo. Ahora tenía una mancha oscura que poco a poco aumentaba de tamaño. Yo, como un conejo frente a una serpiente, no podía apartar la mirada.  Y, la mancha se convirtió en un rostro. El de una mujer joven y bellísima. Sus ojos color whisky estaban fijos en mí. De repente, el rostro empezó a cambiar.  Ahora me miraba una cara antigua, marchita y de muecas exageradas, que se rompieron con una risa desdentada… De aquella boca horrorosa no salía ningún sonido y, sin embargo, mi mente la oía. Una risa repugnante. Mi cabeza empezó a dar vueltas. La risa era más y más alta. Mi mente se licuaba con aquel sonido. De repente, todo paró… La cara desapareció.

          Entonces comenzó el tráfago: pasos arriba, pasos abajo, a los lados, golpes en el techo; la lámpara parpadeaba al compás. Las arañas enloquecidas subían por las paredes en oleadas. Era como si la mansarda entera se hubiera despertado de un letargo. Las libretas, como las aves siniestras, batiendo las hojas, formaron un círculo alrededor del espejo. Volando y volando cada vez más rápido, crearon una especie de torbellino. Yo me sentí arrastrado hacia él. Me aferré al sillón… Era una locura. Esto no podía pasar. Mis dedos ya apenas se agarraban al tapizado. Me di cuenta de que ni el sillón, ni la lámpara, ni la mesita se movían. Era total y absolutamente ilógico.  Recé a Dios, llamé a mi madre, lloré como un crío… Miré hacia el espejo… Convertido en una boca oscura y hambrienta, el espejo estaba a punto de engullirme… De nuevo la risa de aquella horrible mujer sonó en mi cabeza: «Ven, muchacho. No seas cobarde. Con tu abuelo no fue suficiente. Ni con tu hijo pagarás por el daño causado. Y los muertos no olvidan. ¡Ja, ja, ja!» … ¿Hijo? No tengo hijos… Una mano huesuda salió del remolino y empezó a arrastrarme hacia dentro. ¡¡Nooooooooo!!

          —Cariño, ¿qué te pasa? Despierta… Te llamé un montón de veces. Me tenías muy preocupada. ¿Te pasa algo?… Dime, cariño. —Sandra, mi novia, estaba de rodillas con cara de susto y preocupación. —He llamado a tu trabajo, también a tus padres. Y me dijeron que ibas a venir aquí. Menos mal que la puerta estaba abierta y pude entrar sin montar un escándalo a estas horas de la noche.

          Mi cabeza seguía dando vueltas. Me sentía confuso sin distinguir qué era el sueño y qué era la realidad. La voz preocupada de Sandra y sus besos poco a poco me sacaron de la pesadilla vivida:

          —San, estoy bien. No te preocupes. Solo que los recuerdos de mi infancia aquí y la historia con mi abuelo me dejaron hecho polvo. ¿Viste mi …? —el resto de la frase quedó atascado en mi garganta. El espejo seguía ahí, pero totalmente diferente. Era un espejo normal, con el marco labrado y repujado en oro. Nada que ver con la monstruosidad que me quiso engullir.

          —¡Qué espejo más bonito! Y es de pie. Estas piezas no se ven a menudo. En un anticuario cuestan unos cientos de euros o más. ¿Podríamos quedar con él? En nuestro dormitorio se vería divino.

          Solo de imaginar revivir la pesadilla salida de este espejo me dio escalofríos.

          —Vaya, cariño. Cómo sois los hombres, ja, ja, ja. Las mujeres siempre vemos joyas donde vosotros veis las antiguallas. Pues si no te gusta, aquí se queda. Cambia esa cara… Te voy a decir algo que te va a levantar el ánimo. De hecho, por esto estaba loca por encontrarte. ¿Te acuerdas de que te dije que me sentía rara? Pues… ¡Chan-chan! ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un bebé!

          Salté del sillón como un muelle. ¡Dios! ¡Seré padre! El amor que sentía por esta maravillosa mujer me hizo sentir el hombre más feliz del mundo. La abracé, la besé en su boca, su frente, su pelo. Olí la fragancia del perfume en su cuello… Y me miré mi mano izquierda que jugaba con el mechón rubio… En la yema del dedo corazón claramente se veía un pinchazo. Miré al espejo. Desde dentro salió volando una fotografía… Suspendida en el aire, que parecía jugar con ella, la fotografía se posó en la mesita. Como si estuviera ahí todo este tiempo. La cogí con la mano temblorosa.

          —¿Y esta foto? ¿Quiénes son, cielo?

          —Mi… Ejem, ejem… Es mi abuelo y la mujer tiene que ser mi abuela. Y la niña, es mi madre. ¿Sabes?, no llegué a conocer a mi abuela.  Ni siquiera vi sus fotos. Es como si jamás hubiese existido. Cuando yo nací, ella ya había muerto. No sé más. Igual mis padres nos pueden hablar de ella. —La fotografía temblaba en mis manos. No podía ser…  Era una locura. ¡La mujer del espejo era mi abuela!

           Cuando cerraba la puerta de la mansarda pude oír la risa diabólica de la vieja… «La celera te mata… la celera te mata, ¡ja, ja, ja, ja!»





38/12/2025, Gijón

© La Pluma del Este