La modista de alegría
En 1945, cuando las ruinas de Kyiv seguían cubiertas por
un velo de tristeza, el único punto de color lo ponía el balcón del segundo
piso de la casa de los Kravchuk. En la calle Lystopadna era uno de los pocos
edificios que quedaban en pie. Allí vivía Olga Vasilievna, modista de la época
de paz y una mujer extravagante por naturaleza.
Con los
años de guerra y hambre, todos tenían el armario igual de apagado; pero Olga
insistía en colgar de la barandilla oxidada cintas de tela teñida con remolacha
y cáscara de cebolla, como si quisiera provocar a la miseria a un combate
«cuerpo a cuerpo». Y, casi siempre, Olga ganaba.
No era
una mujer fuerte. Tampoco una mártir. Era más bien un torbellino indeciso: tres
ideas a la vez y ninguna terminada. Cosía, descosía, volvía a coser… y acababa
sacando una prenda que solo a ella le parecía sensata.
Su taller,
que se extendía por todas las habitaciones, era un caos delicioso. Cajones
desbordados de botones sin pareja, cordones, cuerdas, ovillos enredados como
serpientes de colores. Retales de manteles y cortinas quemados se mezclaban con prendas
heredadas de abuelas que ya nadie recordaba. Todo aquel batiburrillo pertenecía
a la otra época cuando el sol alumbraba la belleza y el cielo azul no albergaba
la muerte. Los uniformes militares de un verde tristón y un gris apagado
ocupaban una habitación entera. Últimamente, era lo que más podía conseguir en
los mercadillos improvisados. Aquel revoltijo Olga Vasilievna lo llamaba «inventario
con posibilidades». Para los demás era solo «trapos».
Las
clientas no acudían buscándola por talento, sino por pura curiosidad. Y,
también, como no, porque era de las pocas afortunadas que conservaban la
máquina de coser. Las señoras entraban, se sentaban, suspiraban, y le dejaban
sus prendas con un gesto resignado.
—Pero no
me pongas nada raro, ¿eh? —decía siempre alguna.
Olga asentía
muy seria, y luego hacía exactamente lo contrario. Si una falda tenía un agujero,
ella lo convertía en un bolsillito secreto para meter deseos escritos en papel
o, simplemente, unas pocas monedas escondidas de los ladrones. Si una camisa
venía amarillenta, la teñía con zelionka, dejándola de un verde agua, «como
la esperanza», decía. Y si una prenda estaba demasiado gastada, la transformaba
en otra cosa que nadie había pedido: un pañuelo psicodélico, una camisita para
un bebé, un delantal que recordaba a una vidriera rota.
Algunas
clientas resoplaban de indignación. Otras, especialmente las jovencitas, se
encariñaban con esas rarezas. A pesar de dolor y miseria, ellas seguían siendo
niñas.
Pero lo
que nadie sabía —porque ella no lo confesaba ni en sueños— era que Olga
Vasilievna no soportaba la idea de que todo siguiera igual después de la
guerra. Le repugnaba el gris, la repetición, la gente anodina caminando
cabizbaja como si ya no tuviera permiso para soñar. Así que, en vez de quejarse,
hacía lo único que sabía: meter color donde no lo habían pedido.
Un día la
modista hizo algo que la convirtió en una pequeña leyenda local. Decidió dar la
salida a la ropa verde caqui. De un montón escogió un abrigo militar, rígido,
ajado, más muerto que vivo. Lo descosió, lo lavó y lo golpeó con una tabla. La
tela se ablandó. Olga sonrió… Mil ideas revolotearon en su cabeza…
Estuvo
encerrada cuatro días. Los vecinos, extrañados, pensaron de todo. ¿Habrá muerto
la loca excéntrica? Sin embargo, el sonido de la Singer que se escuchaba detrás
de las ventanas cerradas a cal y canto les decía lo contrario.
Al quinto
día, Olga Vasilievna Kravchuk, la modista de la calle Lystopadna, surgió como
ave Fénix. De hecho, se parecía a una. Vestía un abrigo verde lleno de parches
circulares de colores imposibles. Aquel caleidoscopio ambulante rompía la
monotonía de luto. Era indecente. Era provocador. Cuando detrás de espesas
nubes salió el sol, el abrigo cobró vida.
Los
viandantes se ofendieron. Algunas mujeres se santiguaron. Olga, sin hacerles
caso, se dirigió al mercado.
Al día
siguiente, tres jovencitas de la zona llamaron a su puerta, fascinados por
aquella locura que era la comidilla en todo el distrito.
—Queremos
algo así. Algo que rompa la tristeza.
Y Olga,
agradecida, sintió un calorcito en el pecho. No había salvado a nadie. No había
sido ejemplo de nada. Sencillamente, su extravagancia había encontrado espejo.
Y eso, en los tiempos que corrían, era casi un milagro sin pretensiones.
Desde
entonces, el barrio siguió igual de pobre, igual de cansado… pero cada tanto,
en medio de la calle, asomaba una prenda absurda, colorida, terca. Un
recordatorio de que, incluso cuando la vida te obliga a andar encorvado,
siempre existe alguien capaz de enderezar la costura.

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