Belleza
que no ves
Relatos, cuentos y poesía. Literatura con atmósfera noir, gótica y emocional, escrita desde el Este.
Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.
Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.
Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.
Eran las ocho de la tarde y el tanatorio estaba más concurrido que la calle principal en fechas navideñas. Esta mañana, en su preparación para el trabajo, con la meticulosidad tan característica de él, Ginés examinó todas las esquelas. Una especialmente le llamó la atención: de la nonagenaria doña Henriquetta Fernández Acosta, la viuda de don Juan Fernando Malaquías Buznego. La mujer había fallecido en su casa familiar rodeada por la amorosa e innumerable familia. El nombre de don Malaquías Buznego le sonaba de algo. Con un par de minutos en el ordenador, Ginés ya sabía quién era: el dueño de una empresa de grúas, fallecido hace cinco años. El matrimonio provenía de las familias de abolengo con muchas propiedades y el dinero viejo. Esa gente no escatimaba en montar un entierro con toda la solemnidad requerida. Vendrían los parientes y amigos ricos de todas partes. Será de lo más sencillo cumplir con su trabajo entre tantos lloradores de postín.
Ahora,
haremos una breve introducción para que conozcan a nuestro protagonista.
Ginés es
un ladrón de la vieja escuela, no muy inteligente, pero sí discreto. Con su
metro cincuenta, incluyendo el sombrero, había hecho su carrera robando los
relojes, las carteras y las joyas en los funerales de media España. Su predilección era el Norte, donde hasta en
verano llevar un traje y sombrero era de lo más normal. Y pasar desapercibido
influía proporcionalmente en el éxito. Nadie sospechaba del hombre bajito y elegante,
tan compungido, que parecía ser de la familia cercana de la difunta. Sí, su
debilidad eran las señoras. Ginés con arte ofrecía pañuelos a los dolientes y
decía las frases tan típicas como «qué pena más grande», «pobrecita mía, qué
buena era», «nunca conocí a una señora tan distinguida»…
Su
técnica era bien sencilla: entraba en el tanatorio en la última hora de la
tarde, lloraba un poco con unos y con otros, abrazaba a algún primo o amiga de
la difunta y marchaba con sus carteras y relojes; alguna que otra pulsera o una
cadena de oro, si la suerte estaba de su lado. Los trofeos, como por arte de
magia, desaparecían en un compartimiento secreto de su inseparable sombrero. Las
pobres víctimas, cuando se daban cuenta, ya era tarde.
Volvemos
al presente. Nuestro pequeño ladrón acababa de entrar en la sala abarrotada de
posibles donantes involuntarios. Cuando transcurrió media hora, el sombrero de
Ginés ya se había inundado de joyas. Por lo tanto, ya era el momento de la
exitosa retirada. De repente, una corriente de los recién llegados lo llevó hacia
la vitrina de cristal donde se veía a la difunta doña Henriquetta Fernández
Acosta, la viuda de Malaquías Buznego, expuesta en un lujoso ataúd. Los ávidos
ojos del ladronzuelo quedaron prendados de una sortija de oro con un diamante
del tamaño de una aceituna gorda, que resplandecía en el dedo huesudo de la
muerta.
Un
remolino de planes en la cabeza de Ginés casi hace caer el pesado sombrero. Con
un diamante así, nunca tendría que volver a trabajar. Podría vivir a cuerpo de
rey en algún país del Caribe. Tener a las mujeres más hermosas. Las que quiera…
Un empujón sacó al soñador a la vida real. La sortija seguía brillando detrás
del cristal.
Ginés
salió fuera y con mucho cuidado guardó las joyas y el sombrero en una maceta
del jardín. Ya volvería a por ellos más tarde. Hacerse con el diamante era su
prioridad número uno.
Poco a
poco los asistentes empezaron a abandonar la sala. Entre las idas y venidas, nadie
se fijó en un hombre bajito y escurridizo, escondido detrás de un sofá.
Los
limpiadores han hecho un repaso fugaz y apagaron las luces. Ginés, como un
fantasma, se escabulló entre las coronas y centros florales, agradecido por no
ser alérgico al polen. Con un tremendo esfuerzo, levantó la tapa del ataúd. Y
casi la suelta, encegado por el brillo del diamante. Con delicadeza y con «lo
siento muchísimo, pero a donde va usted no le hace falta», Ginés trató de
deslizar el anillo. Pero el dedo, obstinado hasta después de la muerte, se
resistió. Ginés tiró con más fuerza. Nada. Con la mitad del cuerpo metido en el
ataúd, volvió a tirar. Con tan mala suerte que perdió el equilibrio y se cayó
encima de doña Henriquetta. La tapa se cerró.
Mientras
nuestro protagonista estaba asimilando el hecho de estar dentro de una caja de
muerto, pegado a una muerta, se oyó un “clic”. El operario había cerrado el
ataúd.
Oscuridad… Silencio… Olor a pino barnizado y flores mustias. Y a la
difunta doña Henriquetta…
—¡No!
¡No! ¡¡Nooooo!! —susurró en voz alta Ginés. El acolchado y metros de satén
blanco amortiguaron sus gritos y golpes. Pobre hombrecillo, se acordó de que
nunca había podido estar en espacios cerrados. Y menos en compañía de una
señora que olía a muerto. Ginés se desmayó…
Lleno de
decenas y decenas de dolientes, el cementerio estaba en silencio. El cura acababa
de decir las oraciones y los parientes masculinos levantaron el ataúd para
meterlo en el nicho. Desde dentro se
oyeron unos gritos amortiguados y golpes… El susto fue tan colosal que los
hombres soltaron la caja y esta se estampó contra el suelo, dejando a la vista
a la difunta doña Henriquetta con las faldas arriba.
Los
dolientes de la primera fila empezaron a gritar y se echaron atrás, pisando los
pies a los de la segunda. Y así, sucesivamente, como las fichas de dominó, los
asistentes empezaron a caer unos encima de otros. El cura soltó la biblia y se
metió en el nicho de cabeza. Sus calcetines morados con los dibujos de Hulk
serán la comidilla en el pueblo durante unas semanas. ¿Y nuestro hombre?
Mientras
todo el mundo gritaba, lloraba, rezaba o estaba en estado de shock, Ginés, como
pudo, salió de debajo del cuerpo de la fallecida. Lo que provocó varios
desmayos y aumentó el volumen de los gritos que acompañaron la estampida
humana.
El
ladronzuelo respiró con un tremendo alivio y puso los pies en polvorosa. Los
pocos presentes que mantenían la fuerza de espíritu solo pudieron ver un
extraño resplandor cuando el hombrecillo levantó su mano para despedirse y
desaparecer entre las tumbas.
19/09/2025, Gijón
© La Pluma del Este
“Fui
zar de la carretera…
Hoy
aguardo mi final entre la chatarra.”
Permítanme presentarme: soy Mercedes-Benz M120, aunque se
me conoce como el V12. “Nací” en Affalterbach, un pueblito en el sur de
Alemania. Mis primeros recuerdos son una continua sucesión de destellos: ruido
metálico, golpes, chispas, máquinas con brazos largos, aceite y manos humanas hundidas
en mis entrañas. Lo siguiente que recuerdo es estar en un podio al lado de
otros como yo: elegantes y de líneas perfectas…
Los
flashes de las cámaras de fotos rebotaban en mi superficie negra y lisa como un
espejo. Con cada centímetro de mi carrocería sentía el deseo de poseerme. Ay,
qué ilusos son los humanos. No lo pueden tener todo. Yo elijo a mi conductor…
aunque esa vez el destino me la ha jugado.
Aquel
aciago día me vi rodeado de un grupo de hombres con trajes mal cortados,
zapatos nuevos que aún chirriaban, y miradas voraces, hambrientas de todo.
Olían a vodka y hablaban en una lengua áspera. Venían de un país que acababa de
desmoronarse y con una estúpida creencia de que el mundo les debía algo. Ese
día supe lo que significaba la palabra ruso: hambre, codicia y desprecio
por los semejantes.
Entre
ellos había uno especialmente atento a mis atributos. No dejaba de dar vueltas
a mi alrededor. Me tocaba con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme. Sus
ojos de acero, tan parecidos a mis piezas metálicas, cobraron vida. Sin duda
alguna, querría tenerme… Cueste lo que cueste. Me sentí complacido. El ruso pidió
que me arrancaran y acercó su oreja para oír el latido de mi motor. Su rostro
inerte quedó reflejado en mi capó. Un maletín negro pasó de manos. Mi destino quedó sellado al de Igor Ivánovich
Maksimov, un politicucho gris, salido de las cloacas del Kremlin.
Llegamos
a Moscú con mucha pompa. Igor se pavoneaba y sembraba la envidia entre los
suyos. Me conducía con mano firme por la calle Tverskaya, donde los muros rojos
del Kremlin creaban sombras dentadas en el asfalto gris. Al salir del centro, que era un falso escaparate para el mundo, la imagen cambiaba: la nieve sucia tapaba
los traicioneros baches. El humo de fábricas supervivientes de posperestroika
teñía el aire de gris. Los imponentes edificios estatales cedían el paso a las casas
viejas y mal cuidadas. Y los rusos, gente triste y también gris, formaban
interminables colas para comprar el pan. Las luces frías de neón, la señal
luminosa del occidente, alumbraban toda aquella decadencia.
Entre Ladas
y Moskvich destartalados, yo me erigí en el zar de la carretera. Por donde pasaba,
la ciudad entera se inclinaba ante mí. Ni Chaykas, ni Volgas, coches oficiales,
me eclipsaban. Yo, era el primer V12 que los moscovitas contemplaban
boquiabiertos. Pronto descubrí que toda aquella ciudad respiraba violencia y
negocios turbios y yo no era un mero observador. El motor enganchado a la
gasolina rusa, cada derrape, cada giro, cada paso por el arco de la Torre
Spasskaya, llevando a Igor a las reuniones secretas en el Kremlin, me hacían
partícipe de aquella falsa opulencia.
A los
tres meses de mi nueva vida en Moscú he presenciado la caída de mi propietario.
De hecho, cayó desde una de las ventanas del Ministerio de Transporte: sus
sesos quedaron pegados en mi parabrisas.
El cambio
radical de mi vida llegó con Vasil Kondratov, apodado Dolgorukiy (Mano Larga).
Con él me sumergí en el mundo oculto de Bratva, la mafia rusa. Yo era su
orgullo y estatus. Él era el más rudo entre los rudos. Más bestia entre los
salvajes con trajes de cachemir. Su abrigo de lobo acariciaba mi tapicería. Muy
pronto me acostumbré al peso de sus armas en mi guantera. Sus manos fuertes y con
cicatrices, agarraban el volante de cuero y mi metal rugía y corría por las
calles, dejando los coches de la competencia o de la policía rezagados como viejas
tartanas. Las balas silbaban a mi alrededor y ninguna osaba rozarme. En mis
asientos han sucumbido las mujeres más bellas… Y lloraron los hombres débiles… Sin
embargo, el fatalismo empujaba a los rusos a vivir rápido y sin miedo a morir. ¡Qué
tiempos aquellos!
Y toda
esa existencia acabó con un relámpago de disparos, carrera, más disparos, un
choque y seis vueltas de campana. Todavía huelo el humo mezclado con sangre y
aceite… Vasil con el cuerpo dentro del parabrisas y su abrigo, teñido de rojo, goteaba
sangre. Su nueva novia, la que antes era la novia de su competidor, con la cara
incrustada de cristales… Fuego… y una explosión.
Poca cosa
ha quedado de mí, después de que me cortaran para sacar los cuerpos. Los ecos
de aquella explosión aún resuenan entre mis restos y olor a gasolina, me
recuerda lo efímero de la gloria. Ahora, dos años después, yo, el legendario y
magnífico V12 que ha tenido una vida corta, pero apasionante, estoy en un
desguace a la espera de convertirme en un cubo de metal retorcido. Sonrío por dentro. Así es la vida… Ojalá fuera
un coche normal, como aquellos, familiares; con los asientos llenos de dedos
azucarados y de pelos de un perro, haciendo viajes bajo el sol con risas y
canciones. Pero mi destino era otro. Y aquí estoy, recordando y esperando mi
final…
¿O no?