Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

19 de septiembre de 2025

El gran golpe

 

El gran golpe

         

 

Eran las ocho de la tarde y el tanatorio estaba más concurrido que la calle principal en fechas navideñas. Esta mañana, en su preparación para el trabajo, con la meticulosidad tan característica de él, Ginés examinó todas las esquelas. Una especialmente le llamó la atención: de la nonagenaria doña Henriquetta Fernández Acosta, la viuda de don Juan Fernando Malaquías Buznego. La mujer había fallecido en su casa familiar rodeada por la amorosa e innumerable familia. El nombre de don Malaquías Buznego le sonaba de algo. Con un par de minutos en el ordenador, Ginés ya sabía quién era: el dueño de una empresa de grúas, fallecido hace cinco años. El matrimonio provenía de las familias de abolengo con muchas propiedades y el dinero viejo. Esa gente no escatimaba en montar un entierro con toda la solemnidad requerida. Vendrían los parientes y amigos ricos de todas partes. Será de lo más sencillo cumplir con su trabajo entre tantos lloradores de postín.

         Ahora, haremos una breve introducción para que conozcan a nuestro protagonista.

         Ginés es un ladrón de la vieja escuela, no muy inteligente, pero sí discreto. Con su metro cincuenta, incluyendo el sombrero, había hecho su carrera robando los relojes, las carteras y las joyas en los funerales de media España.  Su predilección era el Norte, donde hasta en verano llevar un traje y sombrero era de lo más normal. Y pasar desapercibido influía proporcionalmente en el éxito. Nadie sospechaba del hombre bajito y elegante, tan compungido, que parecía ser de la familia cercana de la difunta. Sí, su debilidad eran las señoras. Ginés con arte ofrecía pañuelos a los dolientes y decía las frases tan típicas como «qué pena más grande», «pobrecita mía, qué buena era», «nunca conocí a una señora tan distinguida»…

          Su técnica era bien sencilla: entraba en el tanatorio en la última hora de la tarde, lloraba un poco con unos y con otros, abrazaba a algún primo o amiga de la difunta y marchaba con sus carteras y relojes; alguna que otra pulsera o una cadena de oro, si la suerte estaba de su lado. Los trofeos, como por arte de magia, desaparecían en un compartimiento secreto de su inseparable sombrero. Las pobres víctimas, cuando se daban cuenta, ya era tarde.

          Volvemos al presente. Nuestro pequeño ladrón acababa de entrar en la sala abarrotada de posibles donantes involuntarios. Cuando transcurrió media hora, el sombrero de Ginés ya se había inundado de joyas. Por lo tanto, ya era el momento de la exitosa retirada. De repente, una corriente de los recién llegados lo llevó hacia la vitrina de cristal donde se veía a la difunta doña Henriquetta Fernández Acosta, la viuda de Malaquías Buznego, expuesta en un lujoso ataúd. Los ávidos ojos del ladronzuelo quedaron prendados de una sortija de oro con un diamante del tamaño de una aceituna gorda, que resplandecía en el dedo huesudo de la muerta.

          Un remolino de planes en la cabeza de Ginés casi hace caer el pesado sombrero. Con un diamante así, nunca tendría que volver a trabajar. Podría vivir a cuerpo de rey en algún país del Caribe. Tener a las mujeres más hermosas. Las que quiera… Un empujón sacó al soñador a la vida real. La sortija seguía brillando detrás del cristal.

          Ginés salió fuera y con mucho cuidado guardó las joyas y el sombrero en una maceta del jardín. Ya volvería a por ellos más tarde. Hacerse con el diamante era su prioridad número uno.

          Poco a poco los asistentes empezaron a abandonar la sala. Entre las idas y venidas, nadie se fijó en un hombre bajito y escurridizo, escondido detrás de un sofá.

          Los limpiadores han hecho un repaso fugaz y apagaron las luces. Ginés, como un fantasma, se escabulló entre las coronas y centros florales, agradecido por no ser alérgico al polen. Con un tremendo esfuerzo, levantó la tapa del ataúd. Y casi la suelta, encegado por el brillo del diamante. Con delicadeza y con «lo siento muchísimo, pero a donde va usted no le hace falta», Ginés trató de deslizar el anillo. Pero el dedo, obstinado hasta después de la muerte, se resistió. Ginés tiró con más fuerza. Nada. Con la mitad del cuerpo metido en el ataúd, volvió a tirar. Con tan mala suerte que perdió el equilibrio y se cayó encima de doña Henriquetta. La tapa se cerró.

          Mientras nuestro protagonista estaba asimilando el hecho de estar dentro de una caja de muerto, pegado a una muerta, se oyó un “clic”. El operario había cerrado el ataúd.

           Oscuridad… Silencio… Olor a pino barnizado y flores mustias. Y a la difunta doña Henriquetta…

          —¡No! ¡No! ¡¡Nooooo!! —susurró en voz alta Ginés. El acolchado y metros de satén blanco amortiguaron sus gritos y golpes. Pobre hombrecillo, se acordó de que nunca había podido estar en espacios cerrados. Y menos en compañía de una señora que olía a muerto. Ginés se desmayó…

          Lleno de decenas y decenas de dolientes, el cementerio estaba en silencio. El cura acababa de decir las oraciones y los parientes masculinos levantaron el ataúd para meterlo en el nicho.  Desde dentro se oyeron unos gritos amortiguados y golpes… El susto fue tan colosal que los hombres soltaron la caja y esta se estampó contra el suelo, dejando a la vista a la difunta doña Henriquetta con las faldas arriba.

          Los dolientes de la primera fila empezaron a gritar y se echaron atrás, pisando los pies a los de la segunda. Y así, sucesivamente, como las fichas de dominó, los asistentes empezaron a caer unos encima de otros. El cura soltó la biblia y se metió en el nicho de cabeza. Sus calcetines morados con los dibujos de Hulk serán la comidilla en el pueblo durante unas semanas. ¿Y nuestro hombre?

          Mientras todo el mundo gritaba, lloraba, rezaba o estaba en estado de shock, Ginés, como pudo, salió de debajo del cuerpo de la fallecida. Lo que provocó varios desmayos y aumentó el volumen de los gritos que acompañaron la estampida humana.

          El ladronzuelo respiró con un tremendo alivio y puso los pies en polvorosa. Los pocos presentes que mantenían la fuerza de espíritu solo pudieron ver un extraño resplandor cuando el hombrecillo levantó su mano para despedirse y desaparecer entre las tumbas.




19/09/2025, Gijón

© La Pluma del Este


5 de septiembre de 2025

El zar caído

El zar caído 





“Fui zar de la carretera…

Hoy aguardo mi final entre la chatarra.”

V12 

 

 

Permítanme presentarme: soy Mercedes-Benz M120, aunque se me conoce como el V12. “Nací” en Affalterbach, un pueblito en el sur de Alemania. Mis primeros recuerdos son una continua sucesión de destellos: ruido metálico, golpes, chispas, máquinas con brazos largos, aceite y manos humanas hundidas en mis entrañas. Lo siguiente que recuerdo es estar en un podio al lado de otros como yo: elegantes y de líneas perfectas…

          Los flashes de las cámaras de fotos rebotaban en mi superficie negra y lisa como un espejo. Con cada centímetro de mi carrocería sentía el deseo de poseerme. Ay, qué ilusos son los humanos. No lo pueden tener todo. Yo elijo a mi conductor… aunque esa vez el destino me la ha jugado.

          Aquel aciago día me vi rodeado de un grupo de hombres con trajes mal cortados, zapatos nuevos que aún chirriaban, y miradas voraces, hambrientas de todo. Olían a vodka y hablaban en una lengua áspera. Venían de un país que acababa de desmoronarse y con una estúpida creencia de que el mundo les debía algo. Ese día supe lo que significaba la palabra ruso: hambre, codicia y desprecio por los semejantes.

          Entre ellos había uno especialmente atento a mis atributos. No dejaba de dar vueltas a mi alrededor. Me tocaba con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme. Sus ojos de acero, tan parecidos a mis piezas metálicas, cobraron vida. Sin duda alguna, querría tenerme… Cueste lo que cueste. Me sentí complacido. El ruso pidió que me arrancaran y acercó su oreja para oír el latido de mi motor. Su rostro inerte quedó reflejado en mi capó. Un maletín negro pasó de manos.  Mi destino quedó sellado al de Igor Ivánovich Maksimov, un politicucho gris, salido de las cloacas del Kremlin. 

          Llegamos a Moscú con mucha pompa. Igor se pavoneaba y sembraba la envidia entre los suyos. Me conducía con mano firme por la calle Tverskaya, donde los muros rojos del Kremlin creaban sombras dentadas en el asfalto gris. Al salir del centro, que era un falso escaparate para el mundo, la imagen cambiaba: la nieve sucia tapaba los traicioneros baches. El humo de fábricas supervivientes de posperestroika teñía el aire de gris. Los imponentes edificios estatales cedían el paso a las casas viejas y mal cuidadas. Y los rusos, gente triste y también gris, formaban interminables colas para comprar el pan. Las luces frías de neón, la señal luminosa del occidente, alumbraban toda aquella decadencia.

          Entre Ladas y Moskvich destartalados, yo me erigí en el zar de la carretera. Por donde pasaba, la ciudad entera se inclinaba ante mí. Ni Chaykas, ni Volgas, coches oficiales, me eclipsaban. Yo, era el primer V12 que los moscovitas contemplaban boquiabiertos. Pronto descubrí que toda aquella ciudad respiraba violencia y negocios turbios y yo no era un mero observador. El motor enganchado a la gasolina rusa, cada derrape, cada giro, cada paso por el arco de la Torre Spasskaya, llevando a Igor a las reuniones secretas en el Kremlin, me hacían partícipe de aquella falsa opulencia.

       A los tres meses de mi nueva vida en Moscú he presenciado la caída de mi propietario. De hecho, cayó desde una de las ventanas del Ministerio de Transporte: sus sesos quedaron pegados en mi parabrisas.  

       El cambio radical de mi vida llegó con Vasil Kondratov, apodado Dolgorukiy (Mano Larga). Con él me sumergí en el mundo oculto de Bratva, la mafia rusa. Yo era su orgullo y estatus. Él era el más rudo entre los rudos. Más bestia entre los salvajes con trajes de cachemir. Su abrigo de lobo acariciaba mi tapicería. Muy pronto me acostumbré al peso de sus armas en mi guantera. Sus manos fuertes y con cicatrices, agarraban el volante de cuero y mi metal rugía y corría por las calles, dejando los coches de la competencia o de la policía rezagados como viejas tartanas. Las balas silbaban a mi alrededor y ninguna osaba rozarme. En mis asientos han sucumbido las mujeres más bellas… Y lloraron los hombres débiles… Sin embargo, el fatalismo empujaba a los rusos a vivir rápido y sin miedo a morir. ¡Qué tiempos aquellos!

          Y toda esa existencia acabó con un relámpago de disparos, carrera, más disparos, un choque y seis vueltas de campana. Todavía huelo el humo mezclado con sangre y aceite… Vasil con el cuerpo dentro del parabrisas y su abrigo, teñido de rojo, goteaba sangre. Su nueva novia, la que antes era la novia de su competidor, con la cara incrustada de cristales… Fuego… y una explosión.

          Poca cosa ha quedado de mí, después de que me cortaran para sacar los cuerpos. Los ecos de aquella explosión aún resuenan entre mis restos y olor a gasolina, me recuerda lo efímero de la gloria. Ahora, dos años después, yo, el legendario y magnífico V12 que ha tenido una vida corta, pero apasionante, estoy en un desguace a la espera de convertirme en un cubo de metal retorcido.  Sonrío por dentro. Así es la vida… Ojalá fuera un coche normal, como aquellos, familiares; con los asientos llenos de dedos azucarados y de pelos de un perro, haciendo viajes bajo el sol con risas y canciones. Pero mi destino era otro. Y aquí estoy, recordando y esperando mi final…

           ¿O no?

         






05/09/2025, Gijón
 © La Pluma del Este

26 de agosto de 2025

Las divagaciones de una escritora sin libro

 Las divagaciones de una escritora sin libro



¿Qué por qué escribo?
¿Qué es la escritura para mí?
 
   Son las preguntas que me hago, mientras me siento a llenar una hoja en blanco con los recuerdos distorsionados o, al revés, recuperados por la memoria; con las ideas locas y los hechos, a la primera vista imposibles, pero superados por la realidad.
   Empecé a escribir hace poco, hará unos tres años, y en el idioma que no es mío. Entré en una etapa de mi vida que exigía buscar un equilibrio mental entre cuidar de un familiar con el deterioro cognitivo y no perder la cabeza en el proceso. Desde entonces, la escritura es un puerto seguro en tierra firme, donde se refugia mi mente cansada. Yo escribo no solo para contar las historias, sino para quedarme un ratito en un lugar, donde todo encaja, aunque sea trágico y oscuro.
    El hecho de escribir me permite controlar lo incontrolable. En la vida real no puedes decidir cuándo empiece una tempestad, pero en una página la puedes invocar o aplacarla; puedes crear y destruir; amar a través de los personajes; luchar y salir victorioso de mil y una batallas y dejar que el mal triunfe…
  Soy la técnica de mi propio laboratorio y puedo experimentar con todo lo que me fascina o inquieta. Mezclo mi imaginación con las vivencias, pruebo cosas que en la vida real jamás haría… Y si me equivoco (lo que pasa más a menudo de lo que me gustaría), nadie sufrirá las consecuencias. Muchas páginas tachonadas y rotas acabarán en la papelera, pero yo seguiré probando, probando y fallando para volver a empezar…
   Escribir es reflexionar y dar mil vueltas en la cabeza a esa idea que te persigue y no te deja dormir. Y cuando, por fin, la agarras, te das cuenta de que tienes que hacer cambios, ya que ni todo es blanco, ni todo es negro. Hay una amplia gama de tonalidades que permiten dibujar un cuadro más realista, más profundo. No deja de ser cierto, que los que escribimos, estamos jugando a ser Dios, aunque sobre un puñado de páginas y con el riesgo de borrar los párrafos enteros. O borrarlo todo…
    Cuesta aceptarlo, pero los escritores somos ladrones. Así de sencillo. Para inspirarnos, no nos va en prenda robar gestos, miradas, palabras sueltas, experiencias ajenas, comentarios leídos en las redes, desgracias y alegrías… Una simple fotografía ajada, en blanco y negro, o un anuncio en el periódico local nos arrastra en una vorágine de ideas que se agolpan por salir y ocupar las hojas blancas… Así, cada palabra escrita se encadena a la otra y otra, creando historias no contadas. Y entre las líneas dejamos una huella invisible de nosotros mismos…
  Los personajes, como los reflejos distorsionados, tienen impresos los rasgos del carácter de un escritor. Es imposible disociarse del todo. Nuestra manera de hablar, de pensar, las emociones y las vivencias se reflejan en los protagonistas, sean héroes o villanos, o en la voz del narrador. Todos tenemos esta parte oscura de nuestro ser que ocultamos y, sin embargo, al escribir, encontramos la libertad para plasmar e imprimir nuestra oscuridad en un villano para después destruirlo.
      Suena liberador, ¿verdad? Pero no. Todo tiene su precio. En cada hoja, el escritor se desnuda ante sus lectores; remueve las emociones intensas —propias y ajenas— y las vuelve a vivir para plasmarlas. El anonimato interior se pierde y dejamos expuestas las partes de nosotros mismos, aunque estén disfrazadas.
       Al escribir, vivimos más en los mundos imaginarios que en el real. Es un lujo poder evadirse por un momento. También es una trampa. En nuestros mundos podemos ajustar la luz, el clima y las palabras. Hasta los silencios dicen algo. Las tramas tienen sentido y cada giro, un propósito. Hay lógica. En la vida real, el mundo es más áspero, plano, incoherente, feo… Y aparece la grieta: una parte de nosotros quiere quedar ahí, escribiendo sin fin, y la otra sabe que hay que volver aquí, a la realidad, donde late la materia prima.
   ¿Podría dejar de escribir? Podría… Total, nunca seré una gran escritora… Sin embargo, siento que tengo que hacerlo.
    La escritura no es solo un pasatiempo para mí. Es un lugar al que vuelvo como una agente secreta, como un despiadado asesino, como un espíritu, como la capitana del barco o como un náufrago que busca la salvación. Aunque este maravilloso lugar me quita el sueño, me hace mirar en el vacío, darle vueltas y vueltas a la cabeza. También es donde yo soy yo; es donde mi voz suena auténtica.
   Las historias que cuento son la forma en la que proceso el mundo que me rodea. No es solo que me gusta narrar, es que todo lo que vivo, veo e imagino lo paso por el filtro narrativo de mi cabeza. Si intentara dejar de escribir, lo seguiría haciendo mentalmente, sin papel. Y esto sería como dejar de respirar y seguir caminando. No duraría mucho y volvería a garabatear las hojas con las ideas locas y sin sentido, pero que son las semillas de las historias que esperan por ser contadas. Además, para mí escribir es un acto de memoria y resistencia. Quiero dejar una huella y constancia de algo, aunque sea inventado, para que no perezca en el tiempo. 
         
 
       Escribo para dar vida a mi imaginación…
 



                                                                                                             15/08/2025, Gijón                                                                         © La Pluma del Este