Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

10 de marzo de 2025

El arte de lo roto

El arte de lo roto



 

Nunca vi a mi doble en ninguna fotografía ni en ningún cuadro. Nunca. Jamás de los jamases. Ni siquiera en un modesto boceto… Ah, miento. En el cuarto curso, un chico de mi clase me pintó en una hoja de su libreta. No sé si esto cuenta. Debajo de mi “retrato” puso un poema malísimo. Me acuerdo de que me reí de él y se lo conté a mis amigas. ¡Qué crueldad! Pues, ya está. Nada más.
        ¿Por qué les estoy hablando de esto? Verán, hace unos días, leí el prólogo para un libro de un escritor asturiano, escrito por él mismo. Con un estilo culto y refinado, el autor cuenta una curiosa historia. Hace unos treinta años él se topó “cara a cara” con un retrato de sí mismo en una pinacoteca madrileña. El hombre quedó tan impresionado que decidió escribir un libro sobre esta extraña coincidencia. ¿Podría no ser el único? ¿Cuántas más personas han vivido esta especie de duplicidad? A saber…
        Mi amor por la pintura ha surgido desde muy joven. En mi ciudad natal había muchos museos y galerías de arte. Me acuerdo de vagar entre los majestuosos lienzos sin rumbo fijo y contemplar las batallas, las hermosas damas y caballeros, preciosos jarrones y las urnas llenas de frutas y viandas. Y los paisajes de una belleza serena y tan natural que parecían las ventanas al otro mundo; más bonito, mágico, inalcanzable… Mis ojos de niña, embebidos de toda aquella belleza, intentaban recordar lo más posible para posteriormente plasmarla en mi álbum de pinturas… La infancia tiene un don de ver más allá y ver solo lo bueno en lo que nos rodea. Sin mácula, sin engaños, sin roturas…
     Muchos años después, muchas pérdidas después y muchos desengaños, con la vida totalmente diferente de la que pensaba vivir, me vi frente a “El beso” de Gustav Klimt en un museo de Viena. Llevaba muchos años enamorada de su arte. Leí su biografía y, por un maravilloso cúmulo de coincidencias, tuve la oportunidad de visitar la exposición de sus obras.
       Me quedé clavada ahí, intentando descifrar los intrincados mosaicos de oro que rodeaban las figuras de los enamorados. El color de piel, los labios carnosos y el pelo rojizo de la muchacha, su pasión contenida y el abandono en los brazos de su amante, me dieron mucha envidia. ¡Yo quería tener lo mismo! La odié por esto. En vez de disfrutar del magnífico cuadro, me alejé de él.
        Al girar para salir de la sala, me topé con algo que me dejó sin palabras. Empecé a llorar. Sin hacer el ruido. Solo dejé que mis lágrimas corrieran libremente, dejando en mis mejillas el rastro negro de la máscara de pestañas…
      Delante de mí había otro cuadro de Klimt. “Le tré etá”. “Las tres edades” de la mujer. Seguro que lo conocéis. Una madre joven sostiene en sus brazos a una niña y, a su lado, un poco distanciada, una mujer mayor desnuda, con las huellas de la maternidad en su delgado cuerpo. ¡La niña soy yo! Me vi en ella. Yo, con treinta años recién cumplidos, me vi en una niñita del apenas uno. Era una sensación extraña. Mi madre no parecía en nada a la muchacha pelirroja; sin embargo, me percibí unida a la niña. Puede sonar a locura o a divagación de mi mente, o al estrés. No sabría explicarlo, pero sé lo que sentí…
        Pasaron veinte años de aquello.  He perdido a alguien, he asistido a más entierros que bautizos, me he roto, me he encontrado sola y, después, en compañía. Me han dejado y he dejado yo. Lloré a mares y me emborraché de amor y felicidad. Me volví a romper y, de nuevo, a recomponerme. De vez en cuando busco el cuadro de las tres mujeres y ya no me reconozco en la niña, ni en la pelirroja de su madre, ni en la anciana. Aunque con el tiempo, seguro que terminaré viéndome así, desnuda y con las marcas de la vida en mi piel y mi cabello.
     ¿Entonces, después de todo esto, quién soy? ¿Quiénes somos?
    Las huellas de la experiencia vital y las cicatrices no me afean. Ni a vosotros. Somos los recipientes: nos llenamos y nos vaciamos. Nos rompemos y nos volvemos a reconstruir para seguir adelante. Somos las obras de arte hechas de pedazos; somos nuestras propias creaciones llenas de cicatrices.   
          Somos kintsugi.


Nota de autor:

Aquí hablamos sobre el escritor Ricardo Menéndez Salmón y su libro “Vidas irrevocables”.

Kintsugi es una técnica centenaria japonesa que consiste en reparar piezas de cerámica rotas. Sin embargo, también representa una filosofía de vida que defiende la idea de que no tiene ningún sentido ignorar las heridas o disimularlas.

                                                       

                                                      

"Le Tré etá", Gustav Klimt



09/03/2025, Gijón

© La Pluma del Este



2 de marzo de 2025

Un jardín en la cabeza

Un jardín en la cabeza


“Si mis cuernos fueran flores,
yo tendría un frondoso jardín en la cabeza”.

Proverbio popular

 

 En un confortable sofá de un elegante despacho:
—Es mi mujer… Tssss… Hola, Tere… Aquí, liadísimo con el papeleo y me da que tendré que viajar.  Ah, ¿sí? … ¿No te importa? … ¡Dios! Acabo de acordarme del aniversario de tus padres… No podré ir. ¡Cuánto lo siento, cariño!… Ya… Dales un beso de mi parte y no escatimes con el regalo… Sí… Tú me conoces y sabes que nunca fallo a las celebraciones familiares. Eeh… Es que vino un cliente de Alemania y tengo que irme urgentemente a… Madrid. Sí, sí… Hoy mismo… ¿De veras?… Y yo a ti…
—¡Al final lo resolviste, mi vida! ¡Qué ilusión! Iremos de compras, a restaurantes… ¡Qué feliz estoy! Ven, que te lo demostraré…
—Mmmmm, siiiiiiiiii… Haremos lo que tú quieras, nena… Qué raro… Me extraña que mi esposa no insistiera… Ni se cabreó conmigo. Es como si se alegrara… Estaba rarísima…
 
 
En la cama revuelta de un lujoso hotel:
—¡Qué coincidencia! ¡Estamos de suerte! Así que tenemos mucho tiempo… Ven, mi fierecilla… Ufff, cómo me pones… Te comeré entera…
—¡Ha salido mejor de lo que pensaba!… Y qué fácil. Ni siquiera tuve que mentir… Mmmmm… Espera un momento. ¡Qué narices! ¡Mis padres celebran su aniversario en un crucero que les regalamos!… ¿A qué vino lo de darles el beso de su parte? De hecho, ayer él mismo los llevó al aeropuerto… Qué raro todo esto. Bueno, al hecho, pecho y al cuerpo, alegría. ¿Dónde lo hemos dejado, machote? ¿Dijiste “comer”?…
 





22/02/2025, Gijón
© La Pluma del Este



Este relato participa en el reto de  El Tintero de Oro dedicado al desamor.






25 de febrero de 2025

El último abrazo

 El último abrazo



 

Matilde se ahogaba en su propia indignación: el violador y asesino de su hija quedaba libre por falta de pruebas.
   Después de que el juez lo declarara no culpable de todos los cargos, el malnacido con descaro le guiñó un ojo y sonrió a la madre de su víctima. Incluso se atrevió a enviarle un repugnante beso. Estaba satisfecho y preparado para la siguiente muchacha. Matilde lo vio en sus ojos muertos. Ese hijo de puta envalentonado iba a recuperar el tiempo perdido. Ella estaba segura de ello. Lo presentía. Como suele pasar, la policía llegaría muy tarde para evitarlo.
    La mujer estaba asqueada y devastada, todavía incapaz de creer en tanta injusticia. Se ararró a los respaldos de las sillas y obligó a sus piernas a moverse. Salió al pasillo.
   Entre el típico ajetreo de un juzgado, divisó al individuo que hablaba animadamente con su abogada en el rellano de la escalera.  Al lado de una barandilla.  Sin pensar, corrió hacia ellos y, con todas sus fuerzas, se abalanzó sobre él.
   La caída duró una eternidad o un instante, pero Matilde no soltó al ser que le arrebató lo más preciado, su hija…
   Los dos se estamparon contra el blanco suelo de mármol en un mortal abrazo.




 

                                                                              25/02/2025, Gijón

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