Mostrando entradas con la etiqueta El mundo de Smith. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El mundo de Smith. Mostrar todas las entradas

15 de febrero de 2026

Un felón entre nosotros

Un felón entre nosotros


 

Marco dudó… Los presentes contuvieron la respiración. César sonrió… y entonces cayó. El telón de terciopelo carmesí, desgastado en algunas partes, cubrió el escenario. El público rompió en aplausos. El telón volvió a subir. Marco, con una gran sonrisa, se inclinó. César seguía en el suelo. Marco, desconcentrado, le dio un ligero puntapié. César no se movió. 
       Marco gritó y se tiró al suelo al lado de César. El emperador estaba muerto, bien muerto. De la comisura de su boca caía una espuma blanca. Acudieron corriendo un par de tramoyistas. Después, los actores. Las frases: «No respira», «Está muerto» y «¡¡Está muertoooo!!», saltaron desde el escenario al anfiteatro. El público, horrorizado, entre empujones y gritos, se echó a la calle. Se encendieron las luces, pero no fueron suficientes para combatir la lúgubre e inexorable certeza de que algo maligno había comenzado. 
         En el escenario, abarrotado de personal del teatro, apareció una mujer elegante de pelo rubio ondulado. No era una actriz. La dejaron pasar. Al llegar hasta el cadáver, se arrodilló, tocó la cara cárdena del muerto, se cubrió el rostro con las manos, engalanadas con guantes de encaje negro, y empezó a llorar.
         —Oh, mi pobre Winston. ¿Qué te han hecho, mi vida? ¿Quién? ¿Qué será de mí ahora?
          Las lágrimas de abatimiento de los actores se interrumpieron por las sirenas de la policía. Como pajarillos asustados, se reunieron en una esquina del escenario.  La mujer se quedó al lado del cadáver de su marido, rodeada de un círculo de luz.
        —¡Policía! ¡Todos quietos! Sargento, lleve a unos agentes y cubra todas las entradas y salidas. ¿Dónde está César? —Un tipo orondo enseñó su placa pegada a la barriga y guiñó un ojo. —Soy teniente Briggs, de la comisaría del Bronx.
         Con el paso firme de uno que sabe lo que hay que hacer y que tiene todo bajo control, Briggs se paró en seco ante la endeble escalerilla del escenario. Resopló al empezar a subir. Aquellos peldaños, y su propia gordura, eran un óbice que detestaba reconocer y, mucho menos, que los demás lo supieran.
          Se acercó al cadáver y con manos temblorosas sacó un sucio pañuelo. Se lo pasó por la cara colorada y la brillante calva, se inclinó. Miró a la esposa. La repasó descaradamente. Y dio su veredicto:
          —Está envenenado. Y huele a almendras. Cianuro… Ejem… Sin duda alguna, el arma preferida de las mujeres. ¿Es así, señora…?
          —Mercer… Señora Mercer. Y la víctima, mi marido, es un actor muy famoso, Winston Mercer. ¿Me acusa usted de algo, teniente?
          —Todos los aquí presentes sois sospechosos. ¿Quién es el jefe de esto?
       —Soy el director del teatro y el fallecido es mi socio. Mi nombre es Augusto Perkins. Y respondo por todos los trabajadores… S… Somos una familia. Y esto es un terrible accidente. Estoy seguro de ello. Sus sospechas son indignantes.
          Briggs levantó la mano como para espantar a un molesto insecto:
          —Ya, ya. Esto lo dicen todos. Sargento, busque un camerino decente. Vamos a interrogarles uno a uno. Nos llevará tiempo. Y mande a alguien a Luigi’s a por una pizza de cebolla y anchoas. Diles que es para mí… Y que no tarden. Ah, deje pasar al forense.
          El director con delicadeza levantó a la señora Mercer y se la llevó con el resto. El forense, un tipo gris y escuálido, acompañado de un par de ayudantes, hizo varias fotos y ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocar el cuerpo en la camilla, de entre su ropa cayó un sobre.
          A pesar de su corpulencia, Briggs se agachó con agilidad a recogerlo.
         —¡Qué sorpresa! Sin destinatario ni remitente. Veamos qué pone. — Sus dedos de salchicha abrieron el sobre. Los ojillos del teniente se movieron rápidamente por la carta. —Cómo no. Era tan previsible.
        El policía recorrió con la mirada a los presentes y la detuvo en la señora Mercer. Con un gesto teatral, posó la mano izquierda en la cintura y con la carta en la otra, empezó a leer:
        —En el caso de que mi muerte no sea natural, pregunten a mi esposa. Firmado: Winston Mercer. Nada más. Sin fecha. Ah… Hay una pequeña marca. Un sello. —Briggs acercó la carta. —Es un círculo con una estrella. Bah. Sargento, detenga a la señora Mercer.
          —¡Soy inocente! ¡Quítenme las manos de encima, brutos!
          Un par de agentes agarraron a la señora Mercer y la sacaron en volandas.
          El teniente Briggs, muy satisfecho de sí mismo y paladeando la sabrosa pizza que iba a devorar en breve, estaba contento con la rápida resolución del crimen. Briggs era contumaz por naturaleza: una vez elegía al culpable, el resto solo eran detalles. Y este caso era de lo más sencillo.
         


         
03/02/2026, Gijón
© La Pluma del Este
         
         


14 de mayo de 2025

Perfume, problemas y muerte asegurada

Perfume, problemas 
y muerte asegurada 



El manto de la noche cubría las desiertas calles. Las farolas perdían su luz en la emboriada oscuridad. Abrí la ventana de mi despacho. Me asomé. Encendí un cigarrillo… Solté una nube de humo… Llevaba unos días su cumbido a la galbana. Estaba jodido… Muy jodido. Sin un mísero caso que resolver, mi cartera tenía más agujeros que las dianas de un campo de tiro. No tenía ni para pagarme una cena decente…
      El humo de tabaco ascendía en el aire, mezclándose con el olor de las chimeneas, de gasolina y solo Dios sabe de qué más… Abajo, en el tugurio de enfrente, se oían las risas estridentes de mujeres y los gritos de borrachos. Los acordes de jazz apenas se notaban en aquel local de mala fama. Di una profunda calada al cigarrillo y lo tiré. Observé cómo el punto rojo caía en la negrura. Un instante después, unos faros alumbraron la sucia calle y despertaron a un borracho, tirado en medio. El tipo apenas pudo rodar hacia un lado para no ser aplastado por un Bentley negro.
    ¿Un cochazo así y en esta calle de mala muerte? ¿Quién podría ser? Se paró en mi entrada. Salió el conductor, un tipo grandote, y abrió la puerta del pasajero. Antes de cerrar la ventana, solo pude atisbar una pierna larga en una media negra de rejilla y un zapato rojo de tacón, posándose en la mugrienta acera. Era de una mujer, sin duda alguna…
    Después de un par de golpes, la puerta de mi despacho casi saltó de los goznes. Un negro enorme, embutido en un traje hecho a medida, repasó toda la habitación y, con un gruñido, salió. Entró ella…
     Mil cosas pasaron por mi cabeza, obliterando todos los pensamientos lógicos de un hombre y, para más inri, de un detective. Era la mujer más impresionante que yo había visto nunca. No solo por su cara, el pelo o el cuerpo, no. Toda ella exudaba la sensualidad y el poder. El poder de una mujer que sabe que lo tiene y que sabe que lo puede usar a su antojo. 
    —¿Detective, Smith? Necesito de sus servicios y, por supuesto, exijo la discreción. —Su voz ligeramente ronca me hizo cosquillas… 
    —Siéntese, por favor. ¿Una copa? ¿No? Entonces me serviré una, estoy sitibundo. ¿De qué se trata? 
     —Me han informado de usted. Creo que es el hombre que busco. Necesito a alguien que no le tema a nada ni a nadie. Ni siquiera a las sombras de esta maldita ciudad. Y este es usted.
    No podía apartar la mirada de sus labios de un rojo sangre. Yo bebía de estos labios cada palabra que pronunciaban… Con dificultad pude asimilar que ella tenía un caso para mí… Un asesinato… Un robo… Una traición… Y una reliquia familiar desaparecida… Le pregunté si sospechaba de alguien.
   —Luisa Tolvaj, mi ex asistente. Es muy inteligente, aunque antes la llamaban “Babieca”. Es peligrosa y conoce muchos trucos. No debía haber confiado en ella, pero una es débil… Aquí tiene su fotografía. Lo dejo en sus manos… Ah, empiece por el club “Copablanca”, es ahí donde la conocí…
   Repasé mis apuntes y, por supuesto, acepté el caso. A estas alturas, yo ya estaba metido hasta las gónadas. Seguir al lado de ella y respirar el mismo aire me bastaba. Aunque…
   —Señora, voy a necesitar un adelanto. Mis honorarios...
   —Descuide. Aquí tiene un cheque. Si necesita algo más, hable con Patrick, mi chofer y… guardaespaldas. Adiós, señor Smith. Espero noticias suyas. Pronto… Y se fue… Dejando en el aire su perfume y el olor a un millón de problemas que acabo de aceptar. ¿Quién era esta mujer? ¿Y por qué tengo la sensación de que no saldré vivo de esto?
  




13/05/2025, Gijón

© La Pluma del Este

 

Nota de autor:
emboriado - neblinoso
galbana - pereza, desidia
sitibundo - sediento
obliterar - anular, tachar, borrar, obstruir los conductos
babieca - persona floja y boba


 


24 de abril de 2025

La mujer del café

 La mujer del café



Como cada noche de domingo, ella entra en el Automat. El café es grande, decorado en estilo de art déco, con detalles dorados y mucha luz que se desprende de las hileras de las lámparas del techo. La mujer podría buscar un rincón donde tomar un café sin que nadie viera su soledad; sin embargo, ella elige la mesa muy iluminada y cerca de la ventana. A la vista de todos. Como en un escaparate. Como un desafío. ¿Está esperando a alguien? ¿Viene en busca de los recuerdos? Nadie lo sabe, ya que no habla con nadie.
       Cada domingo a la misma hora ella está aquí, con su taza de café. Quita un guante y sus dedos delicados sienten el calor de la porcelana. El otro guante queda puesto. Igual que el abrigo. Es como si no quisiera quedarse mucho rato. Solo unos minutos, para tomar su café e irse… Pero estos minutos le pertenecen a ella. Cuando se va, su reflejo todavía sigue congelado en el cristal.
 

 


23/04/2025, Gijón

La Pluma del Este