Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

18 de agosto de 2024

Noticias

 Noticias




La noticia, seguida de un dolor punzante, me dejó estupefacta. El reloj, regalo de mi padre para mis dieciséis, estaba hecho trizas y la sangre, que caía de un profundísimo corte, se mezclaba con la arena y el cristal — un desastre a mis pies. Y pensar que, hasta hace nada, yo estaba tan tranquila…
   En la televisión hablaban de las manifestaciones, “especialmente violentas”, de los agricultores. Las imágenes de cientos de tractores y gente de campo se alternaban con los de la policía preparada para dispersarles.
   El sol, salido de entre las nubes, entró descaradamente por la ventana, sacando a la luz toneladas de polvo y bolas de pelo de los perros. ¡Por Dios! ¡Si ayer mismo pasé el aspirador! Antes de que se me ocurriera volver a aspirar, bajé la persiana: así el salón se verá limpio. Encendí la lámpara de pie.
   La plancha soltó el vapor, avisándome que ya estaba preparada para dejar perfecto un montón de ropa que llevaba esperando… ¿Cuánto? ¿Una semana? La verdad es que no me gusta planchar, aunque se me da bastante bien. Y, según leí en algún blog de esos que dan soluciones a todos los problemas de la vida, tiene su lado positivo. Es como meditar: sabemos que es necesario, pero nunca lo hacemos. Así es con la plancha. Mientras estiras las arrugas y poco a poco las conviertes en una prenda suave, perfumada y preparada para ir al armario para después volver a estar sucia y estrujada (la rueda de la vida), tienes la mente en blanco.  En estos momentos solo piensas en planchar… En nada más. Meditación.
   Las noticias de la tele me deprimen. Tampoco me veo con las ganas de empezar una nueva serie. Me conozco. Si me engancho, dejaré que el aspirador y la plancha queden apartados para el después. La fuerza de voluntad se fomenta con estos pequeños sacrificios. Me siento fuerte y apago la televisión.
   Pido a Alexa que ponga la cadena de siempre. De nuevo noticias. Madre mía. Estoy a punto de pedirle algo de música. Veo que el reloj de arena necesita que le den la vuelta. Dios, qué dispersa estoy hoy. Así nunca acabaré de planchar. Y ya toca preparar la cena.
   Este reloj… Cuantos recuerdos. Me lo regaló mi padre como el “símbolo a la puntualidad”. Sí, mi papá tenía un sentido de humor un poco negro, ya que de adolescente yo llegaba tarde a todos los sitios. Le doy la vuelta. Tiene polvo. Agarro el bajo de mi camiseta de “andar por casa” y empiezo a limpiar…
   «Ahora proseguimos con el sorteo de cada viernes. Cinco… Cero… Uno… Seis… Nueve. El número ganador es cincuenta mil ciento sesenta y nueve. La serie cincuenta y cinco. Les recordamos que al acierto de las cinco cifras le corresponde el premio de doscientos cincuenta mil euros. Si coincide también la serie, el premio es de un millón de euros. Enhorabuena a los afortunados.»
   Me quedé congelada en el tiempo y en el espacio, con el reloj en la mano y con la fecha de mi cumpleaños, dando vueltas en la cabeza: cinco de enero de mil novecientos sesenta y nueve. Lo llevo jugando un montón de años… ¡Un cuarto de millón de euros! ¡Me ha tocado! ¡Me ha to...!
    ¡Crack! ¡Dios, qué dolor! El reloj, regalo de mi papá, está hecho trizas y la sangre, que cae a chorros de mi mano, se mezcla con la arena y el cristal. Empiezo a llorar y gritar de dolor y rabia. El reloj de los diez minutos, el único objeto de mi padre que me quedaba…






                                                                          17/08/2024, Gijón






  


10 de julio de 2024

Hablando de nada y de todo

 Hablando de nada y de todo




     —¿Llevas mucho tiempo aquí arriba?
   —Una buena pregunta. Si hablamos sobre mi existencia — una eternidad. Pero en este sitio, no tanto. Cuando la contemplé por vez primera, la ciudad era mucho más pequeña y con casas bajas. Y ahora, obsérvala — emerge bella y luminosa — por un lado, besada por el mar y por el otro, guardada por las montañas. Incomparable con ninguna. Y las personas que la habitan, la complementan a la perfección.
   —Sí, es un sitio bastante aceptable para anidar y criar a la prole. Hay comida en demasía.  Gente simpática y dadivosa. Aunque siempre hay algún que otro tonto.
   —En la villa del Señor de todo ha de haber. Lo sé por experiencia… Créemelo. Lo he sufrido en carne propia.
   —Sí, sí, ya que lo dices, tienes unas heridas ahí abajo. Y parece que te falta algún que otro trocito. ¿Qué te ha pasado?
   —Ah, son las señales de la guerra que hubo aquí. Me han disparado. Muchas veces. Me han dinamitado. Casi destruyéndome del todo. Pero ya los he perdonado por aquello. Prefiero no recordar los tiempos oscuros. Mi padre me enseñó que hay que amar y perdonar a los que nos han hecho daño. Pero cuéntame, ¿cómo es que no estás con los tuyos? ¿No andáis de un lugar al otro buscando y rebuscando? Y, también, dejando un rastro feo. Espero que me respetes.
   —Bah. Necesitaba un descansito. A veces hay que parar, aunque sea un poco. Sacudirse del polvo y suciedad. Retozar en el agua. He subido aquí a secarme y a calentarme al sol. Y los míos en esta época se vuelven insoportables, se pelean por cualquier cosa. Yo paso de los líos…
   Los rayos dorados dibujaron de oro la calmada superficie del mar y rebotaron en las fachadas acristaladas del paseo marítimo. El contraste de luces y sombras se hizo más pronunciado. La briza con sabor a sal trajo el refresco a las calles llenas del bullicio.
   —Ya se está poniendo el sol. Me voy volando. La parienta estará preguntándose a dónde me he metido. Si Dios quiere, mañana volveré. A pesar de que no tienes ni plumas ni alas y estás hecho de piedra, me ha gustado este rato de plática contigo. Por cierto, ¿cómo te llaman?
— Jesús…
  
   Esta charla entre un palomo y la estatua de Jesús pudo haber sucedido o no… Yo solo he sido un testigo involuntario que intentaba hacer una foto de la Basílica del Sagrado Corazón.




                                                            




                                                          10/07/2024, Gijón

 


4 de julio de 2024

"Seré bueno"

“Seré bueno”


 

Mis dedos temblorosos apenas han podido sostener la llave maestra y esta se cayó al suelo. La recogí y la metí en la cerradura. El suave clic y el crujido de las bisagras me provocaron un escalofrío. Durante unos segundos me quedé paralizado. Al otro lado, dentro, estaba el mundo del que hui y al que me prometí no volver jamás —el piso de mis tíos— la única familia que me quedaba después del accidente de mis padres.
   Entré…
   El olor a cerrado y a un cuerpo en descomposición me dio de pleno como una bofetada. Sentí unas arcadas y, rodeado de una nube de moscas, salí de nuevo al rellano.
   Me obligué a volver. Recorrí con la mirada las paredes forradas en papel pintado con un horroroso estampado, los muebles oscuros y añejos sobre el suelo cubierto de polvo y trastos, amontonados por doquier. Nada había cambiado en los últimos treinta años. La casa de mis tíos como un lóbrego mausoleo seguía asustándome. Me paré sin ganas de adentrarme más …
   De repente todo se llenó de uniformes y trajes blancos. Los focos y flashes han iluminado el ambiente opresivo con una luz fría, sacando a la vista los tenebrosos rincones y un enorme e hinchado cadáver… de mi tío.
   El cerdo la había palmado en su asqueroso sofá. Era su lugar preferido. Ahí pasaba todo el día sentado viendo los documentales. De esos, donde un animal mata al otro para comérselo todavía vivo. Y las hienas… Sí, esas le encantaban. De hecho, él se parecía mucho a una. Aunque le sobraban unos cien kilos. Estaba muy gordo, el cabrón …
   Juan, mi compañero me preguntó algo. Le dejé hacer y de nuevo me sumergí en el pasado…
   Mi tía. La hermana de mi padre. Pobre mujer. Se mató. Después de la enésima paliza, salió de casa y nunca volvió. Pasados unos días de su entierro oí a las vecinas decir que se tiró al mar, «pobrecita ella». La odié por aquello como puede odiar un niño de seis años que se ha quedado a merced de un monstruo. Ya nadie me iba a proteger, ni recibir los golpes por mí. Ni darme los besos con sabor a lágrimas…
   La vida con mi tío ha sido una confusa sucesión de golpes y castigos hasta que los servicios sociales me han sacado de aquel infierno con casi nueve años…
  Los de la morgue ya se han llevado el cadáver, mi compañero hablaba con la vecina, un par de agentes continuaban recogiendo las muestras y yo seguía clavado al lado del sofá. Juan me sacó al presente:
   — Manu, el piso está vacío. Los de la científica casi han terminado. Según el forense, el tal M.J. Pérez lleva muerto unos cuatro meses.  También que la muerte podría ser accidental. El tipo se atragantó con un trozo de pizza. Lo que no me sorprende. El tique de la pizzería es de cuatro de marzo, así que las fechas cuadran.  La vecina dijo que no salía mucho. Ni siquiera a comprar. Todo le traían los repartidores. Tampoco trataba con los vecinos. No le suena que tuviera parientes. Era un tipo muy raro. Creo que es todo. ¿Nos vamos?
   — Espera, daré otra vuelta por si se nos había escapado algo. Ya sabes, los cuatro ojos ven mejor que dos. No tardaré. —No me gusta mentir a mi compañero, pero necesito estar a solas unos minutos.
   Mis pasos me llevaron a una puerta al final del pasillo. Es mi habitación. Lo era. Sigue igual: una cama pequeña cubierta con el edredón de ganchillo que me hizo mi tía, la mesita con una lámpara en forma de faro y la foto de una mujer muy guapa y risueña con un niño rubio en sus brazos. Mi tía y yo… Antes de vivir en el infierno. Un oso azul de peluche… Un par de coches en un estante… Comparada con el resto de la casa, la habitación estaba ordenada.
   Me aproximé al armario cerrado. Giré la llave. Lo abrí de par en par… El interior oscuro olía al orín.  Aparté algunas prendas. Con las manos temblorosas saqué mi linterna. La encendí. Casi se me cae al suelo. En la pared del fondo, con algo afilado, se veía grabada en repetidas veces la frase “seré bueno”, “seré bueno”, “seré bueno” … De varios tamaños. En distintas direcciones. Todas escritas con la misma mano, la mía…
   Cerré el armario y volví al salón. Ya todos se habían ido. En el sofá quedaba una enorme mancha maloliente.
   Ya ves, tío. Al final, no he sido bueno, ¿verdad? El trozo de pizza que te metí por el gaznate lo confirma.



                                                    
                                                                                                            04/07/2024, Gijón

  

12 de junio de 2024

Cariño, ya estoy en casa

 Cariño, ya estoy en casa.





El peso de cientos de kilos de tierra y escombros poco a poco hace su trabajo: aplastarme como un miserable insecto.
   He perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto llevo aquí abajo? ¿Una hora, un día, una semana…? Da lo mismo. Para mí, una eternidad. El pánico de los primeros minutos acabó cuando un punzante dolor en el costado izquierdo me hizo desmayar…
   Cuando me he vuelto en mí, comprendí que muy pronto iba a morir… Un rato después, dejé de gritar y llorar… Me reí con la boca llena de tierra. Qué situación más absurda: todavía vivo, pero muerto. Es para morirse. Puta redundancia.
   Apenas respiro y tengo un hierro clavado en el costado. Mi vida se me escapa a borbotones. ¿Cuánta sangre tiene una persona? ¿Cinco, seis litros? Al principio pude sentir el calor del chorro pegajoso. No he podido taponarlo ni siquiera con las manos, ya que las tengo retorcidas en ángulos imposibles, rotas y encajadas entre los trozos de hormigón.
   Ya no noto el goteo. Parece que la tierra y la sangre coagulada han hecho un tapón. Justo para que el rato que me quede de vida esté divagando gilipolleces. Total, nadie sabe dónde estoy.
  No tenía que haber vuelto a… mi antigua casa. Estúpido… Imbécil… Joder. Pude dejarlo todo a la suerte y olvidar. Igual nadie la hubiera encontrado después de más de veinte años.  A mi primera esposa… Son solo unos huesos. Limpios y blancos. Hervidos con lejía durante horas. Seguro que ni ADN encontrarían. Pero tuve miedo. Mucho miedo. Mi vida actual ahora es perfecta. Y he pagado un precio muy alto para conseguirla.
   Así que aquí estoy, de vuelta con ella: en el pozo de nuestra casa. Su calavera con las mandíbulas rotas a martillazos, cuando le arranque los dientes, me mira fijamente. Y se ríe de mí. Maldita hija de puta. Ni muerto puedo separarme de ti. Cariño, he vuelto…  A casa contigo… Ja, ja, ja…
 


Una semana antes.
  «—… Sí, sí, es un ambicioso proyecto de construcción que cambiará la imagen del barrio de Cerrillano. Toda esta zona de casas viejas, hasta el mes pasado, era un foco de insalubridad y tráfico de estupefacientes. Los okupas y delincuentes tenían aterrorizados a los vecinos. Pero gracias a los fondos europeos y la participación del sector privado, el barrio volverá a ser bonito y con mucha gente nueva que se mudará a esta zona residencial.
   —Gracias, señor alcalde. Como podéis observar, las máquinas excavadoras ya han empezado a demoler y remover el terreno. Según el proyecto, debajo de cada edificio habrá dos plantas de aparcamientos, lo que no es usual en este tipo de construcciones. Así que van a cavar muy profundo…»
   ¡Mierda, mierda, mierda…! ¡Joder! No puede ser. Ahora, no. ¡Si aquello antes era un pueblo fuera de la ciudad! Nunca se me había ocurrido que iban a construir ahí. ¡Mierda! Tengo que desenterrarla y cambiarla de sitio. ¡Joder!
   —Laura, nena, debo ir de viaje unos días a Madrid. Sí, también el fin de semana, pero ya sabes, que el curro es lo que tiene: te avisan de un momento a otro. Dale un beso a Nina de mi parte. Las veré el lunes. Te quiero.







                                                                                                11/06/2024, Gijón