Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

2 de marzo de 2025

136. Un jardín en la cabeza

Un jardín en la cabeza


“Si mis cuernos fueran flores,
yo tendría un frondoso jardín en la cabeza”.

Proverbio popular

 

 En un confortable sofá de un elegante despacho:
—Es mi mujer… Tssss… Hola, Tere… Aquí, liadísimo con el papeleo y me da que tendré que viajar.  Ah, ¿sí? … ¿No te importa? … ¡Dios! Acabo de acordarme del aniversario de tus padres… No podré ir. ¡Cuánto lo siento, cariño!… Ya… Dales un beso de mi parte y no escatimes con el regalo… Sí… Tú me conoces y sabes que nunca fallo a las celebraciones familiares. Eeh… Es que vino un cliente de Alemania y tengo que irme urgentemente a… Madrid. Sí, sí… Hoy mismo… ¿De veras?… Y yo a ti…
—¡Al final lo resolviste, mi vida! ¡Qué ilusión! Iremos de compras, a restaurantes… ¡Qué feliz estoy! Ven, que te lo demostraré…
—Mmmmm, siiiiiiiiii… Haremos lo que tú quieras, nena… Qué raro… Me extraña que mi esposa no insistiera… Ni se cabreó conmigo. Es como si se alegrara… Estaba rarísima…
 
 
En la cama revuelta de un lujoso hotel:
—¡Qué coincidencia! ¡Estamos de suerte! Así que tenemos mucho tiempo… Ven, mi fierecilla… Ufff, cómo me pones… Te comeré entera…
—¡Ha salido mejor de lo que pensaba!… Y qué fácil. Ni siquiera tuve que mentir… Mmmmm… Espera un momento. ¡Qué narices! ¡Mis padres celebran su aniversario en un crucero que les regalamos!… ¿A qué vino lo de darles el beso de su parte? De hecho, ayer él mismo los llevó al aeropuerto… Qué raro todo esto. Bueno, al hecho, pecho y al cuerpo, alegría. ¿Dónde lo hemos dejado, machote? ¿Dijiste “comer”?…
 





22/02/2025, Gijón
© La Pluma del Este



Este relato participa en el reto de  El Tintero de Oro dedicado al desamor.






21 de febrero de 2025

134. Babuci

 Babuci


 

Docenas de babuci, sentadas en las banquetas y las cajas de fruta, ocupan la acera alrededor del mercado. Ellas son la alegría para la vista con sus vestidos estampados, los delantales replanchados y los pañuelos florales en las cabezas.
   Venden un poco de todo: las pipas de girasol y calabaza, los caramelos de colores en un palo, las cestitas repletas de frambuesas y grosellas, las galletas caseras, los pyrozhký, rellenos de carne picada, mermelada o requesón; las manzanas recién cogidas del árbol, expuestas sobre los paños impolutos, las zanahorias, los tomates de un rojo intenso, los ramos de olorosas peonías…
    Aunque es la costumbre, mi madre nunca regatea con ellas, y les paga lo que le piden. Un día me dijo que ella misma podría ser una de estas abuelitas. Entonces yo no lo entendí. Mi mamá, tan joven y guapa, jamás sería una viejita arrugada, con las manos llenas de callos. Se lo dije y ella me dio un beso y me compró una piruleta.
   En aquel momento yo no sabía que tenía la razón: mi mamá nunca llegó a envejecer. Yo era solo una niña que estaba feliz chupando un osito de caramelo rosa.
 

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Nota de autor:
Babuci – pl. “abuelas” en ucraniano.
Pyrozhký – en Ucrania, similar a las “empanadillas”.



                                                                                                                                         
                                                                                                                           20/02/2025, Gijón
                                                                                                              © La Pluma del Este

19 de febrero de 2025

133. La carretera de la muerte

La carretera de la muerte 

En memoria de mi abuelo Vania





Estaba congelado.
Los primeros días podía sentir cómo los dedos se encogían dentro de los toscos botines. Le dolían. Siguiendo el consejo del compañero de litera, empezó a envolverlos en trapos para aislarse del gélido suelo siberiano. Pronto los pliegues de tela le provocaron las ampollas que reventaron, segregando la sangre y el pus. Se acostumbró.
   Los labios rajados por el viento polar apenas pronunciaban las palabras. Alguna vez, muy rara, entre los compañeros compartían un trozo de grasa de oso, para suavizar los labios y quitar los pellejos de la piel seca. La boca se le llenaba de sangre caliente. Dolía. Pero él sabía que era un dolor buscado y que significaba que todavía podía sentir y saborear.
    Era un hombre de treinta y cuatro años y ya era un viejo doblado por los trabajos forzados. Su vista empezaba a fallarle. La nieve de un blanco brillante le quemaba las pupilas. Aunque para lo que había que ver, le era suficiente. Se acostumbró también.
   Su cuerpo gritaba y protestaba por la mísera comida, la suciedad, el frío y los castigos. Con el tiempo, el dolor ya era un órgano más.
   ¿Humanidad y esperanza? Las palabras muy lejanas y con un significado olvidado ya. ¿Y la fe? Esta quedó sepultada bajo kilómetros y kilómetros de la carretera junto a los incontables cadáveres de otros tantos como él, “enemigos del pueblo soviético”…
   La saloma, cantada por miles de gargantas rotas, se elevó hacia el cielo plomizo y se expandió por la interminable carretera de la muerte. Los trabajos gloriosos en honor y la grandeza del amado líder continuaban…

 

Foto del Museo Nacional de la República Komy.


 


Uno de tantos cementerios de los presos políticos que pasaron por el Gulag (Vorkuta).

 

Cartel pone: "El trabajo es el honor, la gloria, la valentía y el heroísmo". I. Stalin


Nota de autor: Hay pocos documentos fotográficos de aquella época que cubrió unos cuarenta años de la historia de la URSS. Mi abuelo paterno, de 1943 a 1953, estuvo preso en un Gulag siberiano. Participó en la construcción de la "carretera de la muerte": la carretera de Kolyma. Quedó en libertad a la muerte de Stalin en 1953. 

18/02/2025, Gijón

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