«Mi caaaaasa»
La frase épica de
un ser extraterrestre
El ruido de butacas y voces me sacó de mi
duermevela. Las repentinas luces se me clavaron en los ojos. Por fin había
acabado mi suplicio.
—¡Woow!
¡Qué trabajos más excelsos! Entre todos los cortos, el del “Apartamento” es el
que más me gustó. El concepto es absolutamente subversivo y antagonista. A
pesar de que es en blanco y negro, la gama de los obscuros transmite la
desesperación y la cruda realidad de la vida proletaria. ¿Te das cuenta? ¡Se
grabó en el año sesenta y ocho y, sin embargo, es muy contemporáneo! La lucha
contra el sistema anquilosado y cómo este acaba con el individuo… La desesperanza
y el acatamiento reducidos a una lista interminable de nombres cincelados en la
pared… Uff. ¡Una auténtica obra de arte! Me dará mucho que pensar… ¿Qué te ha
parecido? ¿Repetimos?… No te veo convencido…
La cara de
mi ligue cambió del éxtasis supremo a la desconfianza suspicaz. No quise
mentirle y crearle las falsas expectativas:
—¿Qué
quieres que te diga? Me dormí justo cuando apareció el tío con la gallina. Lo
demás está cubierto por un tupido velo. Para la próxima, elijo yo la película.
Una de Marvel o un buen thriller con un asesino en serie. Nunca vi una peli más
rara. No tiene ningún sentido. Un tío lúgubre y su piso más lúgubre aún. Bufff,
me dio hasta un repelús. Imagina vivir así, en una casa que te quiere matar… Es
surrealista. —Me despaché a gusto. No sé si me dolieron más los diez euros de
las entradas o la imposibilidad de poder seguir con mis planes de “conquista”.
Por la cara que ella puso, la cita había acabado y sin posibilidad de repetir.
Con un «adiós» seco y un «ya hablamos» nos despedimos en la parada de taxi. Sin mucho pesar por mi parte, terminé quedando con los colegas en el pub
cercano.
Unas
cuantas rondas después, llegué a casa. Pasé de ducharme. Me tiré en la cama. La
cabeza me daba vueltas. Intenté poner un pie en el suelo (según Manolo, ayuda a
quitar el mareo), pero casi me pego un trompazo con la esquina de la mesita.
Cerré los ojos…
Me despertó
el sonido del microondas. No me acordaba de haberlo encendido. Me levanté.
Busqué la lámpara de la mesita. No la encontré. Mi mano agarró el cable y tiró
de él. Al fondo del pasillo sonó una campanilla. Volví a tirar y volvió a
sonar. Busqué mi móvil. Estaba apagado. Lo intenté encender… Nada. Seguro que
se quedó sin la batería.
Recorrí la
pared hasta encontrar la llave de luz. La encendí. Vi a la lámpara de tres
brazos flotando sobre mi cama… del revés, empujándose con los cables pelados
como si fuera un calamar… Cerré los ojos. Definitivamente, seguía borracho.
Quise
levantarme, pero la cama, como las arenas movedizas, me empezó a arrastrar
hacia dentro. El cabecero me salvó de ser engullido… Como pude, salí al
pasillo. La lámpara me seguía. El pasillo se hizo interminable… Según caminaba,
los cuadros cobraban vida: me salpicó el mar embravecido, unas gaviotas
salieron volando hacia el salón; la ventisca de nieve me dejó helado y el suelo
se volvió resbaladizo… Empecé a caer… Y caer… Miré abajo y vi la boca abierta
de la lavadora. Dentro, una negrura infinita. Intenté agarrarme por el aplique,
pero este me mordió… Grité de dolor y me solté… La lámpara seguía mis pasos…
Detrás de ella, los libros y demás chucherías, en bandada como pájaros…
La
lavadora me tragó…
No sé cuánto tiempo estuve “viajando” … Sobrevolé un
campo de calcetines, que se mecía en un oleaje multicolor. ¡Ahí es donde
terminan todos! ¡Lo sabía!
La caída
terminó conmigo flotando en mi cocina. Debajo, en la mesa, mis tres perros
jugaban al póquer. Lúa, la chihuahua, con sus dientes mellados, sostenía un
enorme hueso como si fuera un cigarro cubano… Esta imagen me recordó algo que
he visto en otra parte… En el medio de la mesa había un enorme plato de
pechugas de pollo… El aire me dejó de sostener y me caí justo encima. Las
pechugas salieron volando y los perros me atacaron… Empecé a correr…
Llegué a la
puerta de entrada. Estaba cerrada con llave. Llaves, llaves… Ah, en el cajón.
Lo abrí… El cajón se estiró como un chicle… Tiré y tiré… Me quedé enredado… No
podía moverme… El chicle se convirtió en la boa constrictor. ¡Odio a las
serpientes! ¡¡Ayudaaaaaaa!! ¡Dios! ¡¡¡Que alguien me ayude!!!
Me desperté
en mi cama peleando con la manta. ¡Uff, joder! Ha sido un sueño. Encendí la
lámpara de la mesita. El móvil marcaba las cuatro de la mañana. Madre mía, vaya
sueñecito. Ni de coña volveré a un festival de esas pelis raras. Seguiré
durmiendo…
Cuando
levanté la mirada al techo, me vi a mí mismo como en un espejo… Siendo
engullido por una enorme anaconda…
07/04/2025, Gijón
© La
Pluma del Este