Relatos, cuentos y poesía. Literatura con atmósfera noir, gótica y emocional, escrita desde el Este.
Bienvenido a La Pluma del Este
Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.
Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.
Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.
26 de agosto de 2025
18 de agosto de 2025
Los pucheros de la memoria
Los pucheros de la memoria
En cualquier época del año, la cocina de mi Babushka
rebozaba de colores.
En
invierno, cuando mirabas por una ventana, solo veías un manto blanco infinito que,
más allá, cerca del horizonte, se tornaba gris. Sin embargo, si mirabas por la
otra, esta pureza se rompía con cientos de esqueletos de los árboles del bosque
cercano, que dormían con un sueño agitado. De vez en cuando las ramas, cargadas
de pesada escarcha, se rompían y, si afinabas bien el oído, podías oír sus
quejidos de dolor. Aquel mundo de blanco y negro era un fondo perfecto para el
espectáculo de color que se daba en la cocina de Babushka.
Las
mazorcas amarillas de maíz seco, amontonadas en un cesto del
mimbre blanqueado, esperaban a punto de ser desgranadas por nosotros, un grupo
de primos de todas las edades. Entre bromas y carcajadas, las semillas doradas
llenaban el otro cesto, más pequeño, destinado a las gallinas. Y Babushka, meneando
la cabeza, se afanaba pelando una enorme calabaza rayada. Los suculentos trozos
de un naranja intenso poco a poco colmaban una gran olla de hierro fundido. Luego,
Babushka la rellenaba con la leche del día, añadiéndole arroz, azúcar,
mantequilla y una pizca de sal y palitos de canela. La olla, ya tapada, iba
directamente al horno. Y en poco tiempo, el aroma envolvente se expandía por
todos los rincones de la casa; azucarado, sabroso y lleno de recuerdos.
Nuestro
trabajo y la preparación del puchero de calabaza dulce se terminaban a la par.
Recuerdo las caras felices alrededor de una amplia mesa, cubierta por un mantel
floral y con los platos blancos esmaltados, repletos de trozos humeantes de
calabaza, salpicados de perlitas de arroz. Y, cómo no, una hogaza de pan
casero, con la corteza dorada y crujiente, coronando el festín…
Y cuando
llegaba, Velykodeñ, el Día Grande de la Pascua ortodoxa, el arcoíris se
instalaba no solo en la cocina, sino también en el comedor y en las
habitaciones; en todas las mesas disponibles para exponer las coloridas pascuas,
los huevos pintados y los Pyrogý, rellenos de requesón, semillas de amapola, mermelada
casera…
Mientras cierro
los ojos, puedo sentir la brisa que está jugando con las miríadas de pétalos de
manzanos y cerezos, y sus ramas, apenas vestidas de diminutas hojas esmeralda. Veo
el sol irrumpiendo por las ventanas de la cocina, abiertas de par en par, y a Babushka
y sus hijas, mis tías y mi madre, con manos y delantales manchados de harina…
No era
fácil amasar a mano, así que lo hacíamos por turnos. Dejábamos a reposar aquella
gigantesca masa hecha de kilos y kilos de harina, de decenas de huevos de
gallina y oca, con las yemas de un amarillo intenso; levadura fresca,
mantequilla y azúcar. La masa crecía y la volvíamos a amasar. Y todo el
trabajo, se acompañaba de alegría, canciones y risas, chistes y recuerdos… Una
de mis tías había “asaltado” el escondite de mi abuelo y nos trajo una garrafa
de cristal llena de nalyvka, el vino casero, fresco y dulce, hecho de frutas.
Era la receta especial del abuelo.
Y, por
fin, llegaba el momento de repartir la suave y elástica masa, de un color
blanco y ligeramente amarillo. Nos untábamos las manos en el aceite y las
hundíamos con mucha delicadeza. Trozo a trozo, la masa palpitante se adaptaba a
los moldes y esperaba a ser pintada con las yemas de huevo de ganso. Después de
reposar los moldes, Babushka con el sumo cuidado los metía en el horno. Y el
carbón pálido, moteado de un rojo incandescente, los envolvía en un caluroso
abrazo.
Poco a
poco, surgían los aromas… Un sinfín de ellos. Embriagadores, de estos que te
alimentan el alma, que te hacen sentir como un niño. Así huele el recuerdo de
amor. Ese amor de infancia, de lo bueno, de la familia…
Las
pascuas, con las cortezas, doradas y brillantes, que sobresalían de los moldes,
se sacaban del horno y Babushka las ponía en filas para enfriar. Pasadas unas
horas, empezaba la fiesta de color. Cada pascua, con mucho cuidado, se decoraba
con la pasta de azúcar, bolitas de chocolate, arena comestible de distintos colores,
flores de oblea, figuritas de gominolas y más… Y todos participábamos en ello.
Con más o menos éxito… Con la decoración
hecha, las pascuas se colocaban en bandejas a la espera de ser bendecidas…
Ahora tocaba el turno a las decenas de huevos cocidos. Solo de recordarlo, me río…
¡Cómo nos poníamos de coloridos! Del mismo color que los huevos pintados:
rojos, verdes, amarillos, naranjas, azules, violetas… Los adultos nos reñían,
pero, a pesar de todo, aquello era la felicidad pura…
Ya en
pleno verano empezaba la preparación de mermelada. Los cestos de mimbre estaban
rebozando de fresas, frambuesas, cerezas, grosellas negras y rojas… Aquella
explosión de los rojos de distintas tonalidades se mezclaba con el blanco de
azúcar. La cocina se convertía en un laboratorio mágico y Babushka, armada con
la cuchara de palo, era la maga creadora. Las ollas llenas hervían, y la espuma
de un rosa intenso subía sin parar, y yo, mi hermano y algunos de los primos,
con cucharones en mano, la recogíamos en platos de porcelana blanca. El
contraste era espectacular. Al enfriar, la espuma desaparecía y solo quedaba el
jugo dulce y espeso de frutas. Cada uno de nosotros, con un pedazo de pan y una
gran taza de leche bien fría, dejábamos los platos limpísimos y quedábamos a la
espera de la siguiente recogida de espuma…
En otoño
llegaban las manzanas de colores, la remolacha, las patatas, las vainas de
frijoles, los girasoles con pipas apretadas en dibujos geométricos perfectos… Y
mi Babushka como si fuera una reina de aquel mundo que ya no existe.
¿Por qué,
cuando recordamos nuestra infancia, los recuerdos nos llevan irremediablemente
a la cocina de nuestras madres y abuelas? ¿Por qué los recuerdos más vívidos se
asocian con la comida y las reuniones alrededor de una mesa? ¿Por qué somos
capaces de cerrar los ojos y percibir el aroma de nuestros recuerdos? ¿No será
que la cocina es el corazón palpitante de una casa? ¿O un taller donde los
recuerdos se guardan en los frascos? Pienso que para describir lo que siente
cada uno al respecto, sobran las metáforas. Para mí, la cocina es una única
palabra, FAMILIA.
23 de julio de 2025
Top Secret
Top Secret
—Coronel, ¿qué me puede contar sobre la
Muerte Perfumada? ¿Es alguien real o es solo una quimera?
—Todo este asunto no es del dominio público,
Señor. Ya me entiende. Su ficha está sellada. Solo hay rumores y poco más.
—Descuide.
—Es una agente libre de SBU. No se sabe su
edad exacta. Podría tener cuarenta y tantos años. Nació en Kyiv. Terminó ahí el
colegio y el bachillerato. La reclutaron cuando estudiaba en la Escuela del
Secretariado Internacional. Era muy joven cuando la policía secreta la introdujo
en el operativo de la caza de los especuladores en el mercado negro. Ya
entonces era atrevida, mentía sin pestañear y era camaleónica. Parecía una típica
muchacha boba e inocente, fácil de engañar, que iba por ahí con “los verdes” de
su papá. Los contrabandistas caían en sus redes como moscas. Pero uno la
reconoció y tuvieron que retirarla de las calles.
» Apareció unos
años después en la Universidad de Asuntos Interiores en Kharkiv. Acabó la
carrera con el diploma rojo con el rango de teniente mayor. En aquella época
también ganó varias medallas en artes marciales. Era una buena pieza. Después,
desapareció. Aunque he oído que estuvo en una unidad especial de Seguridad
Nacional dedicada a Sudamérica. Por esto es tan buena en español.
» No se sabe la
cantidad exacta de los cadáveres a sus espaldas, ya que trabaja muy
discretamente. Cuando empezó, mataba con cualquier objeto que tenía entre las
manos. Una vez usó una patata. ¿A quién se le podría ocurrir esto? Le metió a
un señor de la guerra la patata hasta el fondo de la garganta. Solo de imaginarlo,
me dan náuseas.
» En algún momento
se dedicó a matar por medio de perfumes. Limpio y muy elegante. Sin rastro.
Nadie sabe qué tipo de sustancias venenosas usa. Dicen que está medio retirada.
Aunque, de vez en cuando, acepta algún que otro trabajo. Por cierto, señor secretario, ¿por qué necesita saber sobre ella?
—Aquí tiene el dosier
con toda la información del objetivo y la mitad de pago en bitcoins. El resto,
al finalizar. Haga que acepte el trabajo. Adiós, coronel. Cierre al salir y olvídese
de esta reunión.
23/05/2025... en alguna parte de Kyiv
© La Pluma del Este
21 de julio de 2025
Las tres damas
Las tres damas
—Lourdes,
por el amor de Dios, ¿vas a seguir de luto en las fiestas de San Xuan? Ya pasó un
año desde que murió Gonzalo, que en paz descanse. —Rezongó Mercedes,
santificándose y con la cara de fastidio. —¡Pareces la Virgen de Dolores!
—Ahí le
has dado, tengo dolores por todos lados. —Le espetó Lourdes. —Y, además, soy
más que una viuda. ¡Soy viudísima y con mucho orgullo!… No como otras que yo me
sé. —Esta última frase Lourdes murmuró hacia dentro.
—¿Qué has
dicho? ¡Dímelo en la cara, jodia!
—¡Chicas!
¡Chicas! No empecemos con las tonterías. —Intervino, Maricarmen, saliendo del
baño, ya vestida para la fiesta. —Lourdes, eres viuda, pero sigues viva. Así
que disfruta de lo que te queda en este mundo. Que yo me acuerde, tu marido
odiaba el negro. Nunca lo vi ni con un pantalón, ni con unos zapatos negros…
Espera, espera… ¿Serás cabrona? ¡Ja, ja, ja! ¡Todo este tiempo lo hiciste
adrede!
Las tres
amigas se partieron de risa. Como en los viejos tiempos, con sus setenta y
tantos bien llevados y con el peso de vivencias encima, seguían pareciendo unas
chavalas.
Las
calles del pueblo, como unos ríos de colores, llenos de vecinos y visitantes,
vestidos en ropas de domingo, desembocaban en la plaza mayor. Ahí la brisa
marina desparramaba el olor a churrasco, a empanadas y a pulpo cocido. En el
escenario unos gaiteros con más entusiasmo que ritmo, tocaban la Muiñeira y
varias parejas la bailaban como si su vida fuera en ello.
Mercedes,
apartando la multitud, se lanzó como una treintañera en medio de los
bailarines. Se le arrimó un jubilado de buen ver y le juró que era un pariente
lejano de los de Luar na Lubre. Maricarmen, exhibiendo la paciencia de una
maestra retirada, discutía con el pulpeiro por la escasa cantidad de pulpo por
ración. Lourdes, seguía vestida de cuervo, y bajo una sombrilla de encaje
blanco, heredada de su madre, saboreaba el licor de café, que bajaba fresquito
por la garganta y encendía su cuerpo por dento. Lourdes sonreía. Alguien le dio
un codazo:
—¡Dale,
mujer! ¡San Xuan no resucita a los muertos, pero amina a los vivos!
Horas
después, ya en plena noche, las tres damas volvían al hostal. Las calles engalanadas apenas tenían
transeúntes. Algún que otro borracho con alegría desentonaba “Asturias, patria
querida” (los asturianos no pierden ni una fiesta de sus vecinos gallegos y
viceversa), provocando los perezosos ladridos de los perros. Lourdes,
Maricarmen y Mercedes, riéndose a carcajadas, caminaban descalzas y felices.
—¡Paren!
¡Chicas! Propongo una cosa. Tssss… ¿Y si
hacemos esto todos los años? —dijo Lourdes con su vestido negro subido por
encima de las rodillas.
—Si no
nos la palmamos antes, ¡ja, ja, ja! —rio Maricarmen.
—¡Bah!
Total, ¿qué más nos da? Qué nos entierren aquí, entre gaitas y albariño.
—Sentenció Mercedes.
21/07/2025, Gijón
© La
Pluma del Este



