5 de febrero de 2026

Muerte por flechazo

Muerte por flechazo 



         —Abogado de la defensa, ¿cómo se declara la acusada?

         —No culpable, Señoría.

         —¿Y la acusada desea hacer alguna declaración?

         —Sí, Señoría.

          —Suba al estrado, señorita Acosta. ¿Jura decir la verdad?

         —Gracias, Señoría. Sí. Lo juro.

         —Prosiga, la acusada.

         —Antes de todo les ruego que me comprendan, por favor. Me encontré superada por las circunstancias… No vi otra salida… Tuve que hacerlo. Quiero que oigan mi historia. Estoy segura de que cualquiera en mi situación habría hecho lo mismo…

» Todo empezó hace un año. Yo soy una mujer corriente. Como pueden ver, ni guapa ni delgada, sino todo lo contrario. No soy de esas que enamoran por donde van. Pero, a principios de febrero del año pasado, mi soledad y el deseo de tener un hombre decente en mi vida me llevaron a un estado de desesperación. Ver parejas se me hacía insoportable. Y mucho más cuando parecían felices y enamoradas. Ya tengo una edad, ¿saben? Y el tiempo vuela. Así que el día catorce se me ocurrió ir a la iglesia de San Valentín. ¿No es un santo de novios? Pues eso. Le llevé un ramo de rosas y unas velas y me puse a rezar. Recé mucho. Muchísimo. Estuve arrodillada durante horas y horas…

» Aquella misma noche me despertó un ruido. Cuando encendí la lámpara de la mesita, a los pies de la cama, vi sentado a un niño, o alguien que se le parecía mucho. Estaba desnudo, con el pelo rubio ensortijado, unas alitas muy cucas y un arco dorado y flechas…

          La sala del tribunal explotó en risas y carcajadas. El juez mandó callar al público so pena de expulsión y pidió a la acusada continuar.

          —Gracias, Señoría. Ejem, ejem… En conjunto, era la cosita más adorable que yo haya visto nunca. Y, de repente, se dirigió a mí con una voz muy grave: “Mujer, vamos al grano. Mi jefe, San Valentín, me mandó a solucionar tu problema. Dime cómo lo quieres. No te enrolles demasiado, que no tengo toda la noche. Hay montones de pedigüeños como tú. No me mires con esa cara de boba. Al hombre, ¿cómo lo quieres?”.

» Apenas pude articular una palabra para contestarle:

          —No lo sé. Así, de pronto… Que sea muy detallista y romántico, que me regale flores, que me… —Y el Cupido desapareció con la palabra “hecho” flotando en el aire.

» Al día siguiente, al abrir la puerta de mi piso, vi un enorme ramo de rosas rojas con una tarjeta:

 Para la mujer más bella del mundo, 

la que me hace vibrar como un abejorro buscando el dulce néctar de las flores.

Siempre tuyo, tu enamorado secreto.

N. B.

» Madre mía, me puse loca de contenta. Nunca, jamás, me habían regalado ni siquiera un cactus escamochado. ¿Quién sería ese hombre?

» Al llegar al trabajo, también había allí un enorme ramo de rosas. Los compañeros estaban ojipláticos viendo aquello. Y yo, tan contenta. Por fin alguien se había fijado en mí. El ramo también tenía una tarjeta:

                                  Las rosas rojas para mi dulce rosa escarlata.

Con todo el amor, tu enamorado secreto.

N. B.

» Cuando llegué a casa con mis rosas, en la puerta de nuevo había un enorme ramo, pero de lirios, con una tarjeta y un poema muy romántico que hablaba de mis atributos físicos. Había tantas flores que ocupé con ellas todos los jarrones y botes que tenía.

» Al día siguiente, otra vez en la puerta había un enorme ramo de rosas blancas, con tarjeta. Y en el trabajo, también, con tarjeta. Regalé mis flores a todos los compañeros. Estaba muy contenta y ellos, también.

» Al volver a casa, de nuevo encontré un gigantesco ramo de flores en mi felpudo. Gladiolos o dalias. Ya no me acuerdo. Con otra tarjeta y un poema. Tuve que ir al chino a comprar más jarrones. La casa olía como un jardín botánico o como un funeral. Mi mente está confusa al respecto.

» Y así, durante varias semanas, tres o cuatro enormes ramos de flores cada día. Ya no sabía dónde meterlos. Los compañeros empezaban a reírse a mis espaldas. Tampoco nadie quería flores, ni regaladas. Entre las marchitas y las frescas me mareaba. Los vecinos se quejaron de que los ramos amontonados en mi puerta daban mal olor y aspecto de abandono. Ya no podía más… Estaba desesperada… Ejem…

» Llamé a la policía. Me dijeron que nada podían hacer al respecto, ya que no era ningún delito regalar flores. Tampoco se molestaron en averiguar quién era el repartidor o florista que traía los ramos. Me dio la impresión de que les divertía la situación…

          Las risas del público subieron de tono y el juez de nuevo llamó al orden:

           —Señores y señoras presentes, me veo obligado a interrumpir este juicio para un receso de media hora. Espero que recapaciten y, a la vuelta, tomen esta corte con más seriedad y respeto. Acusada, seguiremos con su declaración después del receso. Tómese un descanso, veo que lo necesita. Se levanta la sesión.

          Pasada media hora, después de subir al estrado, la señorita Acosta continuó con la voz temblorosa:

          —La situación empeoró cuando la prensa se instaló en el portal. Salir de mi casa a diario se convirtió en un suplicio… No podía dar un paso sin una alcachofa en mi cara… Sobre mí publicaron en el periódico local y nacional. Ya ni hablo de las redes sociales… Mi cara estaba en todas partes. Hasta llamaron a mis padres, pobrecitos ellos. Me pusieron varios apodos: la mujer de mil rosas, la mujer florero, la mujer de flores marchitas… Era insoportable vivir así… Ejem, ejem, ejem…

» Y, mientras tanto, los ramos aparecían en mi puerta y en el trabajo como por arte de magia. Ahí es cuando comprendí que Cupido me había tomado el pelo. Esto no podía continuar más, así que volví a la iglesia para suplicar a San Valentín que parara esta locura…

          —¡Ruego el silencio en la sala! Aguacil, expulse a aquel grupo del fondo. Este juicio no es una broma, señores. Señorita Acosta, ¿desea un vaso de agua?

          —Le agradezco, Señoría.

          — Continúe, por favor.

          — Como dije, volví a la iglesia. Y me quedé allí rezando durante horas. Por la noche, el Cupido no apareció. (El público volvió a reír. La acusada empezó a llorar). Perdonen, pero es que todo es tan absurdo, lo sé… He vuelto otras dos o tres veces a suplicar a San Valentín.

» Cuando ya perdí la esperanza de ser escuchada, el Cupido apareció en mi dormitorio. Estaba muy enfadado; me gritó y me llamó de todo. Que yo era una caprichosa, chivata, que no sabía lo que quería…

» Parece mentira, pero aquel ser me culpaba de todo… (La pobre mujer lloraba y no paraba de sonarse la nariz). Con su flecha gesticulaba como un loco. Así que no aguanté y se la arranqué de la mano. Lo agarré por sus alitas con la otra y le clavé la flecha. Justo en la barriguita… Y la volví a clavar y clavar y clavar… Cuando me di cuenta, el cuerpo del Cupido parecía un colador… Estaba muerto. Muy muerto. Después, desapareció.

          La sala del tribunal quedó en silencio. El juez, con la expresión cariacontecida, no sabía di reír o llorar con la mujer. Señorita Acosta continuó con la declaración:

          — Llamé a urgencias. Creyeron que estaba bromeando. Llamé a la policía… Varias veces… Cuando vinieron, los acompañaba una ambulancia. Ejem, ejem… Para mí… Me ingresaron en la planta de psiquiatría… Estuve ahí casi tres meses…

» Un día, cuando pasaba delante de una floristería, algo hizo “clic” en mi cabeza. Así que fui a la gasolinera más cercana y compré una garrafa de gasolina. Esperé a que las floristas cerraran la tienda. Ya de noche, con una tapa de registro, rompí el escaparate; metí la garrafa dentro y la volqué. Con un fular hice la mecha y prendí el fuego.

» Me senté en el banco de un jardín cercano a disfrutar del espectáculo. Por vez primera en un año estaba feliz y aliviada

          El silencio en la sala se rompió con un suspiro múltiple, seguido de toses y carraspeos. La acusada se dirigió al jurado:

          — Señores del jurado. No me importa ir a la cárcel, ¿sabéis? Mientras no haya flores ahí…

 




 

SUCESOS

El Cupido “ataca” de nuevo

La Pluma del Este

 

 

Hoy, 25/03/2024, hemos sabido que en una pequeña ciudad de EE. UU., Tennesi Stone, una mujer ha prendido fuego a una tienda de juguetes y ha disparado a un camión de reparto de Toys & A con un arma semiautomática. El conductor salió ileso. Tampoco hubo víctimas entre los trabajadores de la tienda.

 En su declaración a la policía, la mujer dijo: «Que ya estaba harta de tanto pu… oso de peluche y que ella solo quería a un hombre detallista y que el cabrón del Cupido le ha tomado el pelo…» Estas eran sus palabras exactas.

 Por lo que hemos podido averiguar, la señora americana, estuvo recibiendo ingentes cantidades de osos de peluche con un corazón rojo donde pone escrito I love you desde el Día de los Enamorados. La pobre tuvo una tremenda crisis nerviosa a causa de aquello.

 Queremos recordar a nuestros lectores un caso parecido que sucedió en España el año pasado. Pero aquí han sido los incontables ramos de flores frescas. Y la mujer, víctima de una pesada broma – lo que se confirmó en la investigación y la consiguiente sentencia – ha quemado una floristería. También sin víctimas.

 Seguiremos informando.

 

 © La Pluma del Este