Bienvenido a La Pluma del Este

Relatos de misterio, amor, memoria y sombras del alma humana.

Historias donde conviven el noir, lo gótico y la emoción.

Pasa y lee. Siempre hay un nuevo relato esperando.

15 de febrero de 2026

Un felón entre nosotros

Un felón entre nosotros


 

Marco dudó… Los presentes contuvieron la respiración. César sonrió… y entonces cayó. El telón de terciopelo carmesí, desgastado en algunas partes, cubrió el escenario. El público rompió en aplausos. El telón volvió a subir. Marco, con una gran sonrisa, se inclinó. César seguía en el suelo. Marco, desconcentrado, le dio un ligero puntapié. César no se movió. 
       Marco gritó y se tiró al suelo al lado de César. El emperador estaba muerto, bien muerto. De la comisura de su boca caía una espuma blanca. Acudieron corriendo un par de tramoyistas. Después, los actores. Las frases: «No respira», «Está muerto» y «¡¡Está muertoooo!!», saltaron desde el escenario al anfiteatro. El público, horrorizado, entre empujones y gritos, se echó a la calle. Se encendieron las luces, pero no fueron suficientes para combatir la lúgubre e inexorable certeza de que algo maligno había comenzado. 
         En el escenario, abarrotado de personal del teatro, apareció una mujer elegante de pelo rubio ondulado. No era una actriz. La dejaron pasar. Al llegar hasta el cadáver, se arrodilló, tocó la cara cárdena del muerto, se cubrió el rostro con las manos, engalanadas con guantes de encaje negro, y empezó a llorar.
         —Oh, mi pobre Winston. ¿Qué te han hecho, mi vida? ¿Quién? ¿Qué será de mí ahora?
          Las lágrimas de abatimiento de los actores se interrumpieron por las sirenas de la policía. Como pajarillos asustados, se reunieron en una esquina del escenario.  La mujer se quedó al lado del cadáver de su marido, rodeada de un círculo de luz.
        —¡Policía! ¡Todos quietos! Sargento, lleve a unos agentes y cubra todas las entradas y salidas. ¿Dónde está César? —Un tipo orondo enseñó su placa pegada a la barriga y guiñó un ojo. —Soy teniente Briggs, de la comisaría del Bronx.
         Con el paso firme de uno que sabe lo que hay que hacer y que tiene todo bajo control, Briggs se paró en seco ante la endeble escalerilla del escenario. Resopló al empezar a subir. Aquellos peldaños, y su propia gordura, eran un óbice que detestaba reconocer y, mucho menos, que los demás lo supieran.
          Se acercó al cadáver y con manos temblorosas sacó un sucio pañuelo. Se lo pasó por la cara colorada y la brillante calva, se inclinó. Miró a la esposa. La repasó descaradamente. Y dio su veredicto:
          —Está envenenado. Y huele a almendras. Cianuro… Ejem… Sin duda alguna, el arma preferida de las mujeres. ¿Es así, señora…?
          —Mercer… Señora Mercer. Y la víctima, mi marido, es un actor muy famoso, Winston Mercer. ¿Me acusa usted de algo, teniente?
          —Todos los aquí presentes sois sospechosos. ¿Quién es el jefe de esto?
       —Soy el director del teatro y el fallecido es mi socio. Mi nombre es Augusto Perkins. Y respondo por todos los trabajadores… S… Somos una familia. Y esto es un terrible accidente. Estoy seguro de ello. Sus sospechas son indignantes.
          Briggs levantó la mano como para espantar a un molesto insecto:
          —Ya, ya. Esto lo dicen todos. Sargento, busque un camerino decente. Vamos a interrogarles uno a uno. Nos llevará tiempo. Y mande a alguien a Luigi’s a por una pizza de cebolla y anchoas. Diles que es para mí… Y que no tarden. Ah, deje pasar al forense.
          El director con delicadeza levantó a la señora Mercer y se la llevó con el resto. El forense, un tipo gris y escuálido, acompañado de un par de ayudantes, hizo varias fotos y ordenó el levantamiento del cadáver. Al colocar el cuerpo en la camilla, de entre su ropa cayó un sobre.
          A pesar de su corpulencia, Briggs se agachó con agilidad a recogerlo.
         —¡Qué sorpresa! Sin destinatario ni remitente. Veamos qué pone. — Sus dedos de salchicha abrieron el sobre. Los ojillos del teniente se movieron rápidamente por la carta. —Cómo no. Era tan previsible.
        El policía recorrió con la mirada a los presentes y la detuvo en la señora Mercer. Con un gesto teatral, posó la mano izquierda en la cintura y con la carta en la otra, empezó a leer:
        —En el caso de que mi muerte no sea natural, pregunten a mi esposa. Firmado: Winston Mercer. Nada más. Sin fecha. Ah… Hay una pequeña marca. Un sello. —Briggs acercó la carta. —Es un círculo con una estrella. Bah. Sargento, detenga a la señora Mercer.
          —¡Soy inocente! ¡Quítenme las manos de encima, brutos!
          Un par de agentes agarraron a la señora Mercer y la sacaron en volandas.
          El teniente Briggs, muy satisfecho de sí mismo y paladeando la sabrosa pizza que iba a devorar en breve, estaba contento con la rápida resolución del crimen. Briggs era contumaz por naturaleza: una vez elegía al culpable, el resto solo eran detalles. Y este caso era de lo más sencillo.
         



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              03/02/2026, Gijón


12 de febrero de 2026

Segunda vida

Segunda vida 




Hoy será el día. Sí. Lo sentí nada más levantarme. Una especie de anticipación hizo revolotear las mariposas en mi estómago. Hoy encontraría un tesoro, un santo grial de los buscadores de trastos viejos.
     Nico se rascó la oreja y me miró con cara perruna de fastidio. No le apetecía nada salir del calor de las mantas a buscar, no se sabe qué.
     —Anda, vagoneta. Te haré un sándwich. —Esta palabra mágica hizo que mi perro pierda su dignidad y salga de la cama como un rayo—. Hoy será nuestro día de suerte.
     Llevaba dos horas dando vueltas con mi furgoneta. Cada vez era más difícil encontrar muebles y objetos antiguos. La gente ya no los tiraba: los vendía o los mandaba a restaurar. A eso me dedico yo: dar una segunda vida y descubrir los tesoros donde los demás ven solo basura.
     El tiempo pasaba, la aguja de gasolina se acercaba a la línea roja y Nico se impacientaba.
     Al girar en una glorieta, me metí por una calle que llevaba a un barrio de casas bajas. No era un lugar bueno para encontrar nada, pero era de sentido único y no me quedó otra que seguir.
     Y, sorpresa: justo delante vi un enorme contenedor de escombros lleno de muebles, sillas y alguna que otra lámpara de araña. Varios obreros seguían sacando más y más enseres de una enorme casa. Me sentí como una buscadora de tesoros en una cueva repleta de joyas.
        Pisé el freno y salté de la furgoneta. Les pegué un buen susto a los hombres. Me miraron como a una loca. Y no los culpo.
     —Buenos días, señores. ¡Cuántos trastos! ¿No les importaría regalarme algunos? — acompañé la frase con una sonrisa angelical.
        Pasé la siguiente hora llenando la furgoneta con varias mesitas, una cómoda de madera de palisandro, un aparador de raíz, cuatro sillas francesas, dos espejos recubiertos con pan de oro, otro de pie, cinco lámparas y un secreter de nogal con docenas de cajoncitos. Un poco rayado, pero era la mejor pieza. El santo grial de los trastos. El que lo ha desechado, no tenía ni idea de su valor.
         Los trabajadores me contaron que la dueña de la casa, una señora mayor, había fallecido hacía cuatro meses y que la propiedad pasaba a manos de un sobrino nieto que vive en América, quien la puso a la venta. Los nuevos propietarios no querían saber nada de «la basura y los trastos de una vieja». Me sentí triste por aquella desconocida.
        Nunca entendí por qué la gente tira toda una vida en un contenedor. Sí, todas esas cosas formaban parte de la vida de alguien. Es obvio que cada objeto es el tiempo gastado en conseguirlo, la ilusión en comprarlo, el lugar que ocupa y su utilidad. Es la historia de una familia, parte de su herencia… Yo no tengo nada de esto. ¿Será que por esto busco y me apropio de los restos de las vidas ajenas?
        Definitivamente, debo parar. En el almacén apenas queda espacio. Amontoné las nuevas “adquisiciones” en un rincón y me llevé el secreter a la zona del taller. No podía esperar para ponerle las manos encima y tenía una clienta perfecta que me pagaría un buen precio por la pieza. Aunque, quizás, me lo quedaría para mí. La tentación era demasiado fuerte.
        El mueble necesitaba una limpieza, así que empecé a sacar los cajoncitos. Todos ensamblados en espiga, sin clavos ni tornillos. En la parte frontal, cada uno estaba tallado con flores y pajarillos. Sin duda alguna, la pieza había sido creada por la mano amorosa de un ebanista. Un cajón no quiso salir. Qué extraño, no vi ninguna cerradura. Parecía que estaba atascado. Tiré de la perilla. Nada. Tiré más fuerte. Tampoco. Hacer palanca podría dañar la madera.
        Alumbré con la linterna dentro y debajo del mueble. La superficie lisa no tenía ningún pestillo ni nada por el estilo. Nico, echado en su cama, me miraba con cara cansada. Me senté a su lado para tomar un poco de distancia y observar… Pues, claro. ¡Qué tonta soy! Es de estos que tienen un compartimiento secreto.
     Acerqué un foco, cogí la lupa y me puse a observar la talla. Lo vi. Apenas un imperceptible agujerito, justo en el ojo del pajarillo. Y no era carcoma. Metí la punta de un alfiler y oí un chasquido. El cajoncito se abrió. Por un segundo creí que encontraría una joya: un collar de esos antiguos, un broche. Algo de valor.
     Cuando saqué el cajón del todo, vi un paquete alargado envuelto en terciopelo azul.  A pesar de los años, la luz del foco avivó su color.  Lo llevé a la mesa de trabajo y lo desenvolví con cuidado. A la vista quedaron varios sobres, algo amarillentos, amarrados con una cinta descolorida.
    Nunca me ha pasado nada igual. En mis trabajos encontré algunas monedas, recibos, botones y chucherías sin valor. Pero esto era la vida de alguien. Su historia. Algo tan íntimo y valioso que había necesitado estar oculto.
     Quité la cinta. Eran cuatro sobres y todos tenían un horrible cuño: «Destinatario desconocido». Todos estaban cerrados. Me sentí incómoda e indecisa. ¿Los abro? No lo sé… ¿Y por qué no? La propietaria estaba muerta, el mueble era mío y lo que llevaba dentro, también.
     —Nico, ¿qué me dices? ¿Los abro o no? — Aunque suene estúpido, mi conciencia necesitaba algún tipo de aprobación. Hasta un perro me valía.
          Nico bostezó y volvió a dormirse.
          —Vale, las abro.
         Las abrí y dispuse todo el contenido sobre la mesa. Quería leer las cartas según las fechas. Cuatro cartas, cuatro fotografías en color sepia. En todas, la misma mujer. Bonita. Morena. De pelo ondulado. Sonriente. Feliz. Podría tener unos veinte y tantos años, aunque en aquella época las mujeres se veían mayores.  Por detrás, las fotografías tenían escrito a mano el lugar y la fecha. Madrid, mayo 1953. Toledo, junio 1953. Otra vez, Madrid, julio 1953 y octubre del mismo año.
       Abrí primera carta, fechada el veinte de mayo de mil novecientos cincuenta y tres:
          «Querido, Osvaldo.
         Desde que ayer nos despedimos en la estación, mi mundo se ha derrumbado…»
 
      Pobre mujer. Me acurruqué en el viejo sillón y proseguí con la lectura. Cada palabra estaba llena de amor. Las líneas, escritas con letra pulcra y, ligeramente alargada, hablaban de paseos, de conversaciones en un banco del parque, de besos a escondidas. De sus primeros besos. De preguntas sobre si todo aquello era un sueño. Sobre si él sentía lo mismo. Sobre si, en su viaje, la echaba de menos. Le mandaba besos y cariño. Y se llamaba, Amalia.
      Mi garganta estaba seca. Me levanté a por una taza de café y agua y cogí otra carta. Fecha: el veinticinco de junio del mismo año.
 
          «Querido Osvaldo.
          Ha pasado un mes y no tengo noticias de ti…»
 
   Oh, vaya. Al final, este tipo empezaba a darme una mala espina. Amalia le contaba sobre su vida: el fin de sus clases de secretariado, las prácticas en un bufete con un posible empleo, sus padres que se iban al pueblo. Y, al final, con un suave aire de reproche, le preguntaba por qué no había contestado a su carta anterior. Por supuesto, besos de lo más cariñosos y añoranza por su amor.
   Los quejidos de Nico me trajeron a la vida real. Pobrecito mío, lo tenía abandonado. Salimos a dar un paseo. Casi no le dejé olisquear como le gustaba; necesitaba volver para seguir leyendo. De aquella Amalia me separaban más de setenta años y, sin embargo, vivíamos las mismas preocupaciones.
     La tercera carta, de quince de agosto, ya no empezaba por «querido», sino Osvaldo a secas. Vaya, vaya… ¿Qué habrá pasado? Aquí decía que ha recibido sus cartas devueltas. «Destinatario desconocido». ¡Ya lo sabía! El tipo la engañó. Muchacha, no te merece.  Parecía que tenía manchas secas de lágrimas. ¿Pero por qué volvía a mandarle la carta? Ah, decía que no tiene otro modo de comunicarse con él y que era la única esperanza que le quedaba.
        Quise llorar. Por Amalia, por mí. Por las mujeres. Tontas y enamoradas. Rompí el sobre de la última carta. La tinta corrida por las lágrimas. Cuatro líneas escuetas:
 
          «Osvaldo.
          No entiendo nada. ¿Acaso te ha pasado algo? Ruego a Dios que no sea así. Tu hijo te va a necesitar. En diciembre serás padre. Ruego al Santísimo que esta carta, por fin, te encuentre. No sé qué hacer…
                                                          Siempre tuya, Amalia.»
 
     ¡Madre mía! Qué horror. Sola, embarazada y en aquella época. Pobre mujer. Me puse a llorar. A grito pelado. Nico, también. Y así, los dos, mi perro y yo, lloramos por aquella señora. Sola, en una casa vacía, sin nadie en los últimos momentos de su vida…
          Espera, espera. Sola, no. Había tenido un hijo. O una hija.
          Encendí el ordenador. Busqué la dirección de las cartas. No existe. En Google Maps encontré la casa. No creo que sería complicado dar el nombre de la antigua propietaria.
       Pasé varias semanas reuniendo la información: tanatorio, registro de propiedad, archivos, internet, anuncios en varios grupos de Facebook. Tenía la esperanza de que alguien reconociera a la mujer de las fotos.  Y, mientras tanto, el secreter, como un testigo mudo, se erguía sobre los soportes. No podía tocarlo. Todavía no.
      Tres meses después, ya en Navidades, abrí la puerta del taller y vi algo blanco. Una carta. Mi dirección estaba escrita a mano. El remitente, Juan Osvaldo Pérez, Pamplona. Con manos temblorosas rompí el sobre.
 
          «Estimada Katerina.
          Le escribo con esperanza de que esta carta llegue a sus manos. La dirección es la que figura en su página de muebles. Me encantaría hablar con usted sobre mi madre, Amalia Menéndez Acosta. Y perdone que la contacte por este medio; no me gustan las redes sociales. Sin embargo, es mi hijo quien vio su anuncio.
          Estaremos en su ciudad a mediados de enero. Nos encantaría verla, si le es posible. Le dejo mi teléfono para seguir en contacto.
Un cordial saludo. Juan Osvaldo.»
 
       Me puse a bailar. A reír. Y a llorar de alegría. Nico, sentado en su rincón, me miraba como si dijera: «¿Ves, ama? Tanta preocupación no era para tanto». Me paré frente al secreter y quité la tela que lo cubría.
        —Por fin ha llegado tu turno, muchacho. Vamos a hacerte brillar como mereces.





        28/01/2026, Gijón
© La Pluma del Este

10 de febrero de 2026

El precio del silencio

 El precio del silencio


Excelencia


Cuando lea esta carta, yo ya estaré de camino a algún lugar olvidado por Dios y hombres de bien. Dejo en sus manos obrar en consecuencia con lo que le voy a confesar en estas líneas. No pediré perdón, porque no lo merezco. He cometido el mayor de los pecados: quitar una vida. Su peso me aplasta como una losa de una tumba. No tuve elección. No suplico su comprensión. Esto ya da igual. ¿Cómo podría un hombre tan virtuoso como vos entender a un pecador como yo? Y mucho menos, concederme la absolución.
          Ella era una feligresa muy asidua de la parroquia… Imagino su perplejidad, Excelencia. Sí, he matado a una mujer. Es tan irónico: jamás he amado a una.
         
          Era la tarde de viernes, justo después de Acción de Gracias. Yo leía esperando que alguien entre para confesarse. La puerta del confesionario se abrió y se cerró. Después de unos carraspeos se instaló el silencio. Esperé unos instantes. Noté un olor a canela y manzana. Una voz áspera, no supe si de un hombre o mujer, pronunció:
          —Perdóname, Padre, he pecado.
          —Dime… Hijo mío. Hija mía. ¿Cuál es tu pecado? Seguramente entre los tres: tú, yo y el Santísimo, podremos encontrar una solución.
          —¿So… solución? Ya la encontré, Padre. Justo en este mismo momento ella estará agonizando…
          Tuve la sensación de que la otra persona estaba sonriendo. Su voz se aclaró. Era femenina:
          —Tantos años de cuidados y sin un triste gracias… Me harté. ¿Sabe? Ha sido más fácil de lo que imaginaba. Dejé las pastillas justo al alcance de su mano. Dije que eran las vitaminas. Y como la pobre no se entera de nada, las tomó todas.
          Me quedé sin palabras, Excelencia. Era la confesión de un asesinato. Cuando logré reaccionar, ella ya se había ido, y en mi interior empezó una guerra.
          Mi primer impulso era acudir a la policía. ¿Pero qué podría decirles? Se trataba de una confesión sagrada. ¿Un anónimo, quizás? No había visto su rostro. No sabía quién era, ni dónde buscarla.
          Pero no tuve que esperar mucho. El domingo, muy temprano, me llamaron desde un tanatorio para oficiar el funeral de la señora C.D.P. Más tarde, con la iglesia llena de dolientes, sentí una mirada. Fue una presión muda, insistente. Me incomodó. Alcé los ojos y la vi. Estaba vestida de negro. Delgada. Corriente. Tan corriente que resultaba invisible. Lloraba y discretamente se secaba con un pañuelo blanco. Era la sobrina de la difunta. Me miró. Sin ningún rastro de culpa.   Con ojos de alguien que ha dado un paso al abismo. El mundo se me vino encima: era ella.   Y sabía que yo lo sabía. Y sabía también que yo no podía denunciarla. Se la veía segura de su impunidad. Quizás incluso complacida por ello…         
          Perdóneme, Excelencia, pero aquel día me sentí prisionero de la iglesia. Quise gritar que la asesina de aquella pobre mujer estaba justo ahí, al lado de su ataúd, y que había vivido bajo el mismo techo que su víctima. Odié mis votos. No me servían para salvar a nadie. No había justicia… Solo el silencio como respuesta a mis plegarias.
 
          Pasaron unos tres meses. Y de nuevo aquel olor a manzana y canela flotando en el aire. Me encogí de miedo. Quise desaparecer. No podía compartir aquel espacio sagrado con una asesina. Cuando habló, su voz me clavó al banco de madera, como aguja a un insecto.
          —Perdóneme, Padre, he pecado.
          Guardé silencio.
          —¿No me dice nada? ¿Acaso le doy miedo, cura? Bah, da igual. Vengo a por el perdón. Me arrepiento. Vaya muerte más inútil… Tenía que haber asegurado la herencia antes. ¿Quién iba a decir que la vieja lo dejaría todo a una sobrina lejana? Y esa vino con dos mocosos. Tienen toda la casa hecha un desastre.
          —Entrégate a la policía, hija mía. Reconoce tu pecado y serás libre ante Dios. —logré decir, al fin, con una voz que no parecía la mía.
          —Ni hablar. Esa advenediza no se va a quedar con lo que me pertenece. Donde hay uno, hay dos. De hecho, yo ya sé lo que hay que hacer. Limpio y rápido. Ya nos vemos, padre.
          Salí del confesionario como un poseso. Tenía que detenerla.
          —¡Espera! No lo hagas. Es tu familia. Son inocentes. Vas a dejar huérfanos a los niños. Ten piedad. ¡Te denunciaré a la policía!
          Ella se volvió despacio y se acercó a mí.   Olí su perfume a manzana y canela y me repugnó.
          —Pero no hará, ¿verdad, cura? ¿Dónde quedaría entonces el secreto de la confesión?
          —¿Por qué lo haces? ¿Por qué confiesas tus crímenes aquí? ¿Por qué a mí?
    —Ni yo lo sé. Aquel día vi a la vieja retorciéndose en la cama y pidiendo la extremaunción… Así que vine aquí. Como podía haber ido a cualquier otra iglesia. —Hizo una breve pausa—. Ah, otra cosa. Ni se le ocurra contarlo a nadie. Los niños podrían tener un accidente. Esas cosas pasan a diario.
         
           Me quedé ahí, cobarde e inútil. Una mujer iba a morir y yo no sabía qué hacer para evitarlo. Sus hijos eran el precio por mi silencio. Me rompí en pedazos.   Lloré. Recé.
          ¿Recuerda, Excelencia, aquella vez cuando acudí a usted desesperado? Le pregunté qué debía hacer si en un confesionario conocía un delito que aún podía evitarse. Y su respuesta era que todo estaba en manos de Dios. Desde entonces mi fe empezó a tambalearse. El Santísimo no respondía a mis oraciones. Y yo empezaba a comprender que el silencio también era una respuesta. 
          Llamé a la policía desde una cabina. Les avisé de que se iba a producir un asesinato. Di la dirección y colgué. Me sentí aliviado por descargar una parte de mi peso a los hombros de la ley… Qué necio fui. Qué confiado.
          Al no escuchar nada raro en las noticias, sentí alivio. Aun así, al día siguiente, me acerqué a la casa para confirmar por mí mismo que todo iba bien, que la familia estaba a salvo y que la asesina había sido detenida.
 
          Todavía recuerdo como si fuera ayer las luces azules, la ambulancia alejándose y, en su lugar, el furgón funerario aparcando despacio. La calle, abarrotada de gente, se sumía en silencio, roto por algún que otro llanto aislado.
          Yo me quedé en shock. Había llegado demasiado tarde. Por mi culpa. Solo por mi culpa. Oí decir: «Pobrecita, tan joven. Ha dejado a dos niños huérfanos». «Cuando llegaron del colegio con su tía, encontraron a su madre en la bañera. Muerta». «Habrá resbalado, la pobre. No sería la primera vez. Pasa más de lo que creemos».   Yo sabía la verdad.
          La vi salir de la casa abrazando a dos niños, de unos cinco y diez años. Se alzaba por encima de ellos como un ave oscura. Me vio. Sonrió. Y ahí, en aquel preciso instante, comprendí que los niños serían los siguientes. Sentí rabia e impotencia. Quise gritar que allí, delante de todos, estaba la asesina de su madre. Pero no tenía pruebas. ¿Qué podía hacer yo, un sacerdote de una pequeña parroquia, un simple peón en una terrible partida?
          Volví a llamar a la policía. Muchas veces. Pasé frente a su casa noche tras noche, como un ladrón en las sombras. A través de las ventanas la veía tranquila, incluso feliz. Los niños reían. Mi conciencia, poco a poco, se adormeció.
          Reconozco mi debilidad, Excelencia. Acepté el crimen y su falta del castigo. Como usted dijo: todo está en manos del Señor. ¿Y quién era yo para juzgar sus designios?
         
          Pasó el verano. En el día de Nuestra Señora de los Dolores, la iglesia estaba llena de penitentes. Me sentía cansado, pero en paz. Mi fe comenzaba, lentamente, a recomponerse. A última hora de la tarde me encontraba aún en el confesionario. Entonces regresó aquel olor. Manzana y canela.
          —Perdone, padre… He pecado.
          Me quedé inmóvil, sudando y temblando de frío al mismo tiempo.
          —Por si le interesa, la policía ha cerrado el caso. Accidente doméstico en la bañera. Tan corriente hoy en día.
          —Sé que fuiste tú —dije. —¿Puedes vivir con ello? ¿Mirar a los ojos de esos niños sin sentir nada? He rezado por tu alma. Veo que ha sido inútil.
          Su risa hueca me heló la sangre: 
          —Padre, no sea ingenuo. Solo he esperado el tiempo prudencial. Serían muy sospechosos dos accidentes seguidos y en la misma casa. Ahora soy su tutora legal.   Nos iremos de viaje. A los muchachos les vendrá bien el crucero en un barco. Y, ¿quién sabe?, igual ahí podría pasar alguna tragedia; un resbalón para coger una pelota o una caída accidental al mar… Cosas más raras suceden.
         Algo se rompió dentro de mí:
         —¡Maldita! ¡Deja a los niños en paz!
         Le di su absolución… El confesionario quedó en silencio.
        Aquella noche nadie entró en la iglesia. Sentí a Dios. ¿O era el Satanás que me empujó a cometer el crimen? ¿Acaso importa? Solo sé que ella ya no respiraba y los niños, pobres inocentes, seguían vivos. Si he nacido únicamente para cargar con esto, lo acepto.
 
P.D. El cuerpo se encuentra en la cripta, bajo la iglesia.
      
No rece por mí, Excelencia. No lo necesito. Ya estoy en paz.

                                                      Juan A.A.
 

 



                                                                                                                         20/01/2026, Gijón

                                                                 © La Pluma del Este

7 de febrero de 2026

Un trabajo de película

 Un trabajo de película

(Universo La Muerte Perfumada)





¿Por qué una profesional tan sofisticada como yo ha terminado en un lugar tan rústico como este?
     Son muchas razones: el paisaje, el paisanaje, la comida rica y la sidra, que es lo mejor. Cuando un culín fresco baja por la garganta, te llena el paladar con sabor a manzanas y tierra. Es toda una experiencia religiosa. Y cuando ves cómo la escancian, con esas diminutas gotas doradas salpicando alrededor, te haces partícipe de algo especial, solo visto en esta maravillosa tierra asturiana.
     Cuando vi el escanciado por primera vez, me pareció muy raro. Pensé: esta gente está mal de la cabeza. ¿No es más fácil poner la botella justo encima del vaso? Lo intenté una vez. Las miradas de los parroquianos me mataron varias veces. Lo acepté con deportividad y sin tomar represalias. Como dicen: "A donde fueres, haz lo que vieres". Hasta hoy lo sigo a rajatabla. Perdonen, me estoy yendo por las ramas. ¿Por qué me he quedado a vivir aquí, en Asturias?
     Han pasado unos doce años de aquel trabajo. No era el mejor de mi carrera, pero le tengo un cariño especial. Entonces mi nombre en clave era «Liuba». Todavía no tenía una predilección especial por los perfumes. Me gustaba improvisar sobre la marcha. Cualquier objeto podía ser un arma. Diversidad y diversión: ese era mi lema. Con la edad me he vuelto más selectiva y apacible. Más limpia en mi trabajo.
      Como saben, cada noviembre en Gijón se celebra el Festival Internacional de Cine. Aquel año también participaba Rusia. Yo hablo y escribo perfectamente en español; por eso me enviaron a mí en el papel de crítica de cine.
      Según nuestro contacto en Moscú, entre la delegación rusa venía un posible disidente con información sobre una hipotética invasión rusa al territorio ucraniano, incluyendo una posible adhesión de Crimea. ¿Quién podría creer semejante locura? Mi cometido era encontrarme con él, ofrecerle una generosa cantidad de dinero, una nueva identidad y refugio en cualquier parte del mundo para él, su esposa y su gato…
     Antes de salir del piso franco, me miro en el espejo: la peluca negra, las gafas de espía, la blusa blanca y el traje azul noche de pantalón me sientan de maravilla. Los zapatos de aguja y plataforma añaden unos quince centímetros a mi altura. Labios de un rojo intenso. Como señal, coloco una rosa amarilla en la solapa. Me siento complacida: llamaré la atención a cada paso. Para completar mi atuendo, un portadocumentos. Ah, no llevo armas. Son un engorro y suelen dejarlo todo perdido.
     La calle Corrida está llena de gijoneses y turistas; los escaparates, ya preparados para las Navidades, lucen guirnaldas; el aire es fresco y huele a mar. Yo voy abriendo paso como Moisés. Me encanta esta sensación de poderío. Compruebo el pinganillo del oído. Todo correcto. Los del apoyo, compañeros del CNI, ya están preparados para recibir los “paquetes”.
       El festival se celebra en el teatro Jovellanos, a unos diez minutos a pie. Las luces de la célebre fachada se reflejan en centenares de cabezas. La cola para entrar parece interminable. Pero esto no me importa, ya que voy al café Dindurra, justo al lado.
       La puerta giratoria me lleva a un ambiente de época con olor a café recién hecho, murmullo de clientes y música suave de jazz. Voy a la mesa acordada y me siento cerca de la escalera que lleva a la segunda planta, sin perder de vista la entrada al café. Pido una copa de cava.
         —Aquí la tiene, señora. ¿Desea alguna cosa más?
       Aunque el cava tiene buena pinta, me pongo como una energúmena con el camarero:
        —¡Yo he pedido un cava y esto es agua teñida sin apenas gas! ¡Quiero ver la botella y que la abran delante de mí! ¡Y rápido, que no tengo toda la noche!
          El muchacho se pone a temblar y casi tira la bandeja. Me da mucha pena, el pobre. Ya lo recompensaré con una buena propina.
        Los clientes empiezan a girar la cabeza para ver qué está pasando. Mi pelo a lo Cleopatra, el traje azul y la rosa amarilla son fáciles de ver y recordar. De hecho, nunca olvidarán a esta pija maleducada.
       —Buenas noches, madame. ¿Me permite invitarla a una botella de champán?
        Un hombre de unos sesenta años, grueso y completamente calvo, se sienta en la silla de enfrente. Se le ve nervioso. Tira de su pajarita como si lo fuera a ahogar. Su chaqueta de punto tiene pelos blancos… de gato. Pone un libro sobre la mesa. Guerra y paz, cómo no.
         —No me apetece el champán. A estas alturas prefiero un buen albariño.
         —Ah, por supuesto, faltaría más. A ver si hay un Santiago Ruiz. Dicen que es muy bueno.
          El santo y seña coinciden. Es mi contacto.
         Esta vez nos atiende una chica. Parece que el camarero de antes me cogió miedo, pobrecito.
         Tengo que convencer al ruso y recoger la información. Después de un par de copas, el hombre se relaja. Le digo que el dinero y los nuevos pasaportes le serían entregados cuando su información estuviera contrastada. En media hora. Por el pinganillo me confirman que su mujer y el gato ya están de camino a un lugar seguro. Le enseño su foto en el móvil. Ella se ve contenta. El gato, no tanto. El hombre se va tranquilo, dejando el libro en la mesa. Dentro está el pendrive.
        Continúo tomando mi vino. Veo que una mujer sube a la segunda planta. Ahí están los servicios. La sigo. Es la agente española. Tenemos un tremendo parecido físico. Nos cambiamos de ropa. Ella se convierte en mí. Yo, en ella: una mujer normal, pelo castaño, chaqueta, vaqueros, deportivas y mochila. Perfecto. En el baño compruebo la información en el ordenador y la mando a la SBU. Todo correcto. La nueva “yo” se va con el libro. Rompo el pendrive y lo tiro por el desagüe.
       Salgo del baño y tropiezo de bruces con el joven camarero de antes. Siento un pinchazo en el cuello. Antes de desmayarme veo su sonrisa lobuna. Me habla en ruso:
         —Privet, Liuba. Saludos desde Moscú…
      Vuelvo en mí con un tremendo dolor de cabeza. Tengo las extremidades entumecidas. Estoy tirada en el suelo. Lo único que veo son las patas de una silla y un par de pies embutidos en botas de estilo militar. Uno de esos pies me da una patada en el estómago. El dolor punzante me provoca arcadas. Eso que vemos en las películas americanas es una puñetera mentira. El primer golpe es el peor, por lo inesperado. Es el que te deja con las fuerzas justas para no mearte encima.
         —Despierta, Bella Durmiente. Tenemos mucho de qué hablar y muy poco tiempo.
       —¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí? No entiendo nada. Yo no hice nada —sé que no va a colar, pero necesito despabilarme para reconocer la situación; mi español es impecable—. Soy una turista. No soy rica. Nadie pagará mi rescate. Es un secuestro, ¿no?
       Mientras sigo con la diatriba, empiezo a sentir el cuerpo y la cabeza, más lúcida. Tengo las manos atadas con una brida. Solo llevo puestos los vaqueros y una camiseta. Estoy descalza.
         El ruso me da otra patada. Esta vez estaba preparada. Y otra más.
        —Vale, vale. Por favor, no me pegue más. Ayúdeme a levantarme. Se lo suplico. Un poco de agua, por favor. Esta cosa que me inyectó me dio una sed tremenda.
       Ya sentada en la silla, puedo inspeccionar el entorno. La habitación es cuadrada, completamente vacía, alumbrada por una bombilla en el techo. La puerta queda a mi izquierda. Está cerrada. Enfrente, una ventana. A ambos lados, unas cortinas de terciopelo azul. Una está recogida y puedo ver la persiana bajada. No tengo la más remota idea de dónde estoy.
         —No intentes tus trucos. Te conozco muy bien, Liuba. Sé cómo trabajas. Aquí no tienes nada que puedas usar como arma. La silla está atornillada al suelo. Toda la casa está aislada, así que cualquier señal que quisieras transmitir a los españoles queda bloqueada. Estás sola.
          Ahora lo veo mejor: unos treinta y pocos años, pelo rubio. No es muy alto, pero es fuerte. Se machaca en el gimnasio. Su cara no encaja con su cuerpo: es demasiado juvenil. Por eso me engañó en el bar. ¡Por Dios! Sé quién es. El Niño. El puñetero torturador.
          El sudor frío me bajó entre los pechos. O pienso en algo muy rápido o no saldré de aquí con vida. Este cabrón usa a la gente como sacos de boxeo. Después de pasar por sus manos no queda ni un hueso entero; deja el cuerpo completamente molido y, como buen sádico, disfruta con ello.
          Salió a por el agua. El dolor es insoportable. Creo que alguna costilla está rota. Necesito ponerme en pie. No puedo dejar que me machaque así, sin más. Tengo que llegar hasta la ventana y las cortinas.
         —¿Ya te has resucitado, Liuba? Bebe. —Me da un vaso de plástico, cómo no—. Tenemos mucho trabajo por delante. No eres tan dura como me dijeron. ¿Sabes? Creo que sería más divertido si me retaras o algo así. En tu dosier pone que eres campeona de judo. De toda Ucrania. Me encantaría probar un cuerpo a cuerpo contigo. Uno rápido.
          El cabrón me está provocando. Perfecto. Es mi oportunidad.
     —Usted sigue sin comprender que yo no soy esa persona —le espeté levantándome indignada de la silla—. Yo soy una visitante aquí y ciudadana española. Usted me tiene secuestrada. Me confundió con otra perso…
          Otro puñetazo. Esta vez en la barbilla. Di un par de pasos hacia la ventana. La cabeza empezó a darme vueltas.
        —Ay, Liuba, Liuba. Esto me empieza a aburrir. ¿Dónde está el pendrive? ¿Cómo se llama tu contacto ruso? ¿Quién desde Moscú les avisó?
     Otro golpe en el estómago me empujó hasta la ventana. Me agaché gimoteando y con los dientes logré quitar la brida.
       El cabrón no lo esperaba. Lo agarré por la cabeza y le di un rodillazo en la cara. Alcancé el alzapaños colgado de un gancho. Mi instinto no me falló. Esas cortinas pesan muchísimo y, en vez de abrirlas, en muchas casas usan alzapaños con borlas. Pero es una cuerda, a fin de cuentas. Me hice con él.
     El ruso atacó de nuevo, propinándome un cabezazo y varios puñetazos. Logré esquivar un par de golpes a duras penas, pero le di una patada en la rodilla que lo hizo caer. Me arrastró con él. Intentó quitarme la cuerda, pero fui más rápida. Lo inmovilicé con una llave y logré pasarle el alzapaños por el cuello. Tuve que tirar con todo mi cuerpo. Las manos ensangrentadas me resbalaban, dejando la piel en carne viva.
     El Niño, como una culebra, intentaba zafarse de mi abrazo. Sus ojos inyectados en sangre y su boca retorcida decían que ya faltaba poco para que la palmara de una puta vez.
        Por fin se quedó rígido. Lo empujé a un lado. Respiré. Registré sus bolsillos: un fajo de dinero en efectivo, un par de móviles —uno era el mío—, la llave de un coche, más llaves y una tarjeta negra con letras doradas BB en cirílico. ¿Qué será? Ya lo averiguaré después.
       Salí de la habitación arrastrando los pies, casi sin fuerzas. Me dolía todo. Solo la adrenalina me empujaba a huir de aquel maldito lugar. Mis pertenencias estaban en un rincón de lo que parecía un salón. Empecé a buscar la salida. Todo indicaba que era un chalé. Con cuidado subí una persiana. Afuera, noche cerrada. Encontré la llave y abrí la puerta.
          El olor a mar me refrescó los pulmones y mitigó las náuseas. Así que estaba cerca de la costa. No vi ninguna casa alrededor. La de la que salí tenía toda la pinta de un chalet vacacional. Tampoco vi ningún coche. Encendí el móvil. Mierda. El cabrón me había sacado la tarjeta. Activé el localizador escondido en el tacón de una bota y me oculté entre los arbustos.
          Media hora más tarde apareció el coche del CNI que me llevó de vuelta a Gijón…
 
       Una lengua mojada y caliente me sacó de mi remoloneo matutino. Otra la acompañó. Mis dos hijos peludos empezaron a saltar encima de mí, “diciendo” que tenía que salir de la cama. El tacto del suelo fresco de madera me produjo un respingo. Abrí la pesada cortina y la recogí con un alzapaños. Sí. Ese mismo. El que me salvó la vida hace más de doce años.
        La mágica vista de las escarpadas montañas de los Picos de Europa sigue maravillándome cada día…

 

 


07/02/2026, Gijón

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