El
reloj del cuco dio las doce. Esta vez el sonido de las campanadas no hizo eco
en la negra pared del bosque. La noche, inusualmente espesa, envolvió los
sonidos. Ni los grillos se atrevían a romper aquel silencio.
Me gustan estos momentos de calma.
Suelo sentarme en el porche con una taza de
café; beber el líquido amargo a sorbos. Paladearlo. Cerrar los ojos y escuchar la
música de la vida nocturna.
Últimamente me siento observado. No me
importa. Seguramente algún animal que va de caza me ve como a un ser extraño.
O, igual, como a un intruso en su territorio.
El grito de un ave me hizo volcar el café.
—¡Joder!
Salté de la silla. Tenía la pechera de mi
camisa mojada. Una mancha marrón bajaba hasta los pantalones. Agarré una
servilleta. Un fajo de papeles resbaló y mi nueva novela quedó desperdigada por
el suelo.
Con la mirada seguí un lápiz. Este rodó hasta
la escalera. Oí cómo golpeaba los escalones. Pam. Pam. Pam.
Primero escuché el disparo. Un instante
después, un golpe en el pecho me hizo caer. Rodé por la escalera. Como el
lápiz. Pam. Pam. Pam.
Me dolía todo. Creo que hasta el mismo dolor
me dolía…
Cerré los ojos. Sentí unas gotas de agua. En
mi cara. Pam. Pam. Pam… Llovía.
«¿Por qué?» Fue mi último pensamiento antes
de morir.
04/11/2026, Gijón
© La Pluma del Este

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